23 mar. 2012

Alberto Laiseca - La serpiente Kundalini





Monitor, en su infinita sabiduría, tomó una decisión con respecto a un hombre. Dio la orden de torturarlo con el procedimiento más costoso que haya existido.

Para construir la máquina de suplicios debieron extraerse nada menos que cincuenta mil millones de metros cúbicos de tierra, arena y rocas; a sea: un poco más de cincuenta kilómetros cúbicos. Vigas de acero, planchas capaces de resistir altas presiones, cables, cemento, etc., integraban el cuerpo del cavernoso engendro.

Sólo el poderío tecnócrata podía lograrlo; sobre toda teniendo en cuenta el tiempo demorado en los trabajos de construcción, que no alcanzó a dos años.

El aparato consistía, entre otras cosas, en un pozo de dos mil metros de profundidad; en su fonda se abría un largo túnel de cinco mil kilómetros de largo, cuya característica radicaba en irse curvando imperceptiblemente hacia la izquierda. Así, al cabo de su recorrido, llegaba al principia trazando una circunferencia perfecta. Era como una serpiente mordiendo su cola.

Las paredes, tanto del pozo como del túnel, fueron al comienzo mucho más grandes, ya que resultó necesario reservar espacio para poner el cemento armado, las vigas y las planchas, encargadas de soportar las inmensas presiones.

Para comprender la dimensión gigantesca de la galería, no hay mejor cosa que pensar en lo amortiguado de su curvatura.

Se descendía por el largo pozo al túnel, con un ascensor provisto de baterías solares. Cualquiera que marchase por el largo pasillo de cinco mil kilómetros, haría que unas luces se fuesen encendiendo delante suyo y apagando por detrás. Así, el que caminaba, se movía constantemente en el centro de un volumen luminoso de cien metros de largo, y en continuo desplazamiento. La construcción de las luminarias había sido planeada en esta forma, para que el supliciado no pudiera darse cuenta de la curvatura del túnel; esto habría sucedido, no obstante lo leve de la deformación, si hubiese estado alumbrado en todo su extenso desarrollo.

Cada tantos metros había alimentos y recipientes con agua. Cuando el caminante estaba cansado y con sueño, simplemente podía echarse a dormir en el pasillo de tormentos.

El condenado, solo por completo, sentía sin embargo la presencia del Monitor. Como lo conocía bastante, tuvo razones para sospechar que, en cierto desconocido punto de la prolongada oquedad, lo estaría esperando alguna trampa: un callejón sin salida destructor de toda esperanza, o una cámara de tormentos donde aguardarían varios verdugos, o cualquier otra cosa. Todo ello podía esperarse de la mentalidad del Monitor, pero no creía que fuese exactamente así en este caso. "Con seguridad me hará caminar años, para que en un momento dado termine por descubrir que estoy otra vez en el principio y me vuelva loco". Se le había ocurrido por primera vez que podía estar marchando sobre el perímetro de una circunferencia. Un punto moviéndose sobre una sucesión elemental e inflexible de puntos. Según toda evidencia, para el Monitor él debía ser menos que una abstracción en ese momento. Esto sí coincidía con su idea del pensamiento total del Jefe de Estado cuando le daba por ser sutil.


"Todos los tramos de esta especie de mina de carbón son iguales; no obstante, al comer y beber iré dejando marcas", arguyó. Se imaginaba a sí mismo mucho después, pensando al ver restos en el suelo: "Parece que otro ha andado por aquí algunos meses atrás", equivocándose acerca de la verdadera manera de ser de la construcción; para, con el tiempo, llegar a descubrir algo que sólo él podía haber dejado y comprender con horror la naturaleza exacta de la pena. Todo esto lo supuso en una convulsión, ya sin caminar, inmóvil por el miedo ático que cubre con membranas.

Pretendió atarse los cordones de los zapatos, para dejar con disimulo su reloj en el piso. Si alguna vez retornaba como temía, lo habría de encontrar. Trató de llamar la atención sobre sí para apartarla del reloj, por si alguien lo estuviera vigilando.

Caminaba diez kilómetros por día. A veces enloquecía y marchaba a paso de ganso en un ataque de furia, hasta quedar exhausto. Otras, echaba a correr como si lo quisieran hervir vivo: lastimándose contra las paredes como el sobrino del profesor Otto Lidenbrock en el Viaje al centro de la Tierra de Verne. Tan posesionado estaba por el recuerdo de este libro que, mientras se llenaba de chichones la cabeza, gritaba lanzando espuma por la boca "¡Saknussemm! ¡Saknussemm!..."; cayendo por fin rendido. "Yo te adoro Graüben, ¿por que huyes?"

A veces negábase terminantemente a continuar. Sentado en el suelo, pletórico de electricidades mentales y haciendo masa, se proponía volver al punto de partida luego de un descanso, o bien permanecer allí per sécula. En estas ocasiones, a poco sentía dentro suyo la advertencia de que su única posibilidad de salvación era seguir; si se dejaba dominar por el nihilismo estaba perdido. Fue disciplinándose poco a poco, cosa que no había hecho durante su vida más que en forma ocasional. Además ¿para qué retroceder si ya se había comido y bebido todo el contenido de los recipientes? Quizá se los volviesen a llenar en caso de que diera toda la vuelta, pero no si ahora retrocedía. Por algo, el agua y la comida de los envases que agrupaba cada depósito era exactamente la que necesitaba para quedar satisfecho; pero no más.

Siguió caminando. Una idea lo sostenía ahora: encontrar su reloj para así probar que el pasillo se mordía la cola. O sea: logró dar vuelta la tortura; lo que estaba destinado a supliciarlo se transformó por obra de su voluntad, en su principal apoyo.

A los quinientos días de haber empezado a caminar, encontró su reloj. No pensó: "¿Y ahora que? "; no meditó en el largo túnel, con planchas de acero como las escamas de una serpiente que se muerde la cola. Descubrió, eso sí, que estaba en la casa de un Dios. Se sentó en el suelo e hizo la flor de loto frente a su joya. Alhajado platino midió el tiempo; la última fracción del definitivo segundo era una espiral de colores sobre discontinuos rieles blancos.

Alcanzó el estado de Samadi, o iluminación.

El Monitor, al verlo así, lo hizo sacar y le dio un alto cargo. Hasta el fin de la guerra,fue su Ministro de Propaganda.

Tecnocracia. Monitor. Triunfo.


En Matando enanos a garrotazos