16 feb. 2012

Truman Capote - Lázaro





EL HOMBRE QUE ES ENTERRADO VIVO
¡MILAGRO! VÉALO USTED MISMO

Adultos, 25 centavos - Niños, 10 centavos

- Siempre canto un himno y leo un sermón -dijo la mujer-. Es horriblemente triste: algunos se ponen a llorar, en especial los viejos. Voy de lo más elegante: un velo negro y un vestido negro que me sientan muy bien. Él se pone un maravilloso traje de novio hecho a medida, un turbante y mucho talco en la cara. Tratamos de que parezca un funeral con todas las de la ley, ¿entiendes? Pero caray, hoy en día sólo te vienen unos cuantos sabihondos a burlarse de ti; de verdad, a veces me alegro de que esté impedido, si no tal vez se ofendería.

- ¿Quiere decir que trabajan en un circo, en una feria o algo así?

- No, solos -dijo la mujer mientras recogía el sombrero caído-. Lo hemos hecho años y años; actuábamos en todos los puebluchos del Sur: Singasong, Mississippi; Spunky, Louisiana; Eureka, Alabama… -Estos y otros nombres salieron de su boca musicalmente, fluyendo como lluvia-. Después del himno y del sermón, lo enterramos.

- ¿Es un ataúd?

- Algo así. Es maravilloso, hasta tiene estrellas color de plata pintadas encima de la tapa.

- ¿Y no se asfixia? -dijo Kay, sorprendida-. ¿Cuánto tiempo permanece enterrado?

- All dice que dura como una hora, sin contar el «cebo», claro.

- ¿El cebo?

- Es lo que hacemos la víspera del espectáculo. Mira, escogemos una tienda, cualquier tienda vieja que tenga escaparate vale, y le pedimos permiso al dueño para que él se hipnotice a sí mismo ahí en el escaparate; se queda toda la noche, más tieso que un jugador de póquer; y la gente va a verlo. Se cagan de miedo… -Al hablar se hurgaba la oreja con un dedo, que retiraba de vez en cuando para examinar sus hallazgos-. Una vez un granuja que hace de sheriff en Mississippi trató de…

La historia que siguió fue desconcertante y parecía no venir al caso: Kay no se molestó en escuchar. Sin embargo, lo que ya había oído la transportó a un ensueño, a una vaga recapitulación del funeral de su tío, suceso que, a decir verdad, no la había afectado mucho, pues apenas le conocía. Y así, mientras miraba distraídamente al hombre, en su mente apareció el rostro de su tío, casi tan pálido como el cojín de seda del ataúd. Al observar las dos caras simultáneamente, la del hombre y la de su tío, creyó distinguir un extraño parecido: el hombre tenía la misma quietud asombrosa, embalsamada y secreta, como si, en cierto sentido, estuviera realmente expuesto en una jaula de cristal, satisfecho de que le mirasen, sin ningún interés por mirar.

- Perdóneme, ¿qué ha dicho?

- Que me encantaría que nos prestaran un cementerio auténtico. Tal como están las cosas, tenemos que hacer el espectáculo donde nos dejan…, por lo general en solares que nueve de cada diez veces están al lado de una gasolinera maloliente, lo cual no es una gran ayuda, verdad, pero, como te digo, nuestra actuación es estupenda. La mejor. Tendrías que venir a vernos cuando puedas.

- Ah, me encantaría -dijo Kay, distraída.

- Ah, me encantaría -la imitó la mujer-. ¿Y quién te ha invitado? ¿Eh? -Se alzó la falda y se sonó la nariz con entusiasmo en el dobladillo gastado de la combinación-. No creas que es una manera sencilla de hacer dinero. ¿Sabes cuánto ganamos el último mes? ¡Cincuenta y tres dólares! A ver si puedes vivir con eso algún día, querida -Sorbió por la nariz, poniéndose bien la falda con una considerable delicadeza-. Seguro que un día de éstos mi muchacho se morirá allí dentro, y todo y con eso alguien dirá que es un timo.

En ese momento el hombre sacó del bolsillo algo parecido a un hueso de melocotón finamente lacado y lo hizo bailar en la palma de su mano. Miró a Kay para asegurarse de que le prestaba atención, abrió mucho los ojos y empezó a frotar y acariciar el hueso de un modo indefiniblemente obsceno.

Kay se estremeció:

- ¿Qué pretende?

- Que se lo compres.

- Pero ¿qué es?

- Un talismán -dijo la mujer-, un talismán de amor.

El de la armónica paró de tocar. Entonces afloraron otros sonidos menos precisos: un ronquido, el acompasado rodar de la botella de ginebra, una discusión de voces soñolientas, el murmullo distante de las ruedas del tren.

- ¿Dónde vas a encontrar un amor más barato?

- Es bonito, quiero decir que es lindo… -dijo Kay, tratando de ganar tiempo. El hombre se frotaba el hueso en el pantalón y le sacaba brillo, inclinando el rostro en un ángulo lastimero, suplicante; finalmente colocó el hueso entre sus dientes y lo mordió, como si fuera una pieza de plata sospechosa-. Los talismanes siempre me traen mala suerte. Y además…, por favor, ¿por qué no hace que pare de una vez?

- No te asustes -dijo la mujer, en voz más baja que nunca-. No te va a hacer daño.

- ¡Que pare de una vez!

- ¿Qué quieres que haga? -dijo la mujer encogiéndose de hombros-. Eres la rica, la única que tiene dinero. Sólo te pide un dólar.

Kay se metió el bolso debajo del brazo.

- Tengo lo justo para regresar a la escuela -mintió, levantándose deprisa. Salió al pasillo. Se quedó allí un momento, esperando que empezara el follón. Pero nada sucedió.

La mujer dio un suspiro y cerró los ojos con una indiferencia bastante deliberada; poco a poco el hombre se fue tranquilizando y guardó el talismán; luego estiró la mano para tomar la de la mujer en un flojo apretón.

Kay cerró la puerta y se encaminó hacia la plataforma exterior. Hacía mucho frío al aire libre y había dejado el impermeable en el departamento. Se aflojó la bufanda para cubrirse la cabeza con ella.

Aunque nunca había hecho aquel viaje, el tren pasaba por una región extrañamente familiar: altos árboles, brumosos, pálidos, bañados por la aviesa luz de la luna, que se alzaban sin interrupción ni hueco alguno. Arriba, el cielo era de un azul profundo, inexorable, tachonado de estrellas que se desvanecían aquí y allá. El humo salía en jirones de la locomotora como largas nubes de ectoplasma. En un rincón de la plataforma, un farol rojo de queroseno arrojaba una sombra llena de color.

Encontró un cigarrillo y trató de encenderlo: el viento apagaba cerilla tras cerilla hasta que ya sólo le quedó una. Fue al rincón donde estaba el farol y ahuecó las manos para proteger la última cerilla: la llama chisporroteó, relumbró y se murió. Enojada, Kay arrojó el cigarrillo y el paquete vacío; toda su tensión se concentró en un impulso exasperante: golpeó la pared con el puño y empezó a llorar, suavemente, como una niña nerviosa.

El frío intenso le provocó dolor de cabeza. Pensó en regresar adentro y ponerse a dormir en el vagón tibio. Pero no podía, al menos de momento; no tenía sentido preguntar por qué, ya que conocía muy bien la respuesta. En parte para impedir que sus dientes castañetearan y en parte porque necesitaba el consuelo de su propia voz, dijo en voz alta:

- Creo que estamos en Alabama y mañana estaremos en Atlanta y tengo diecinueve años y cumplo veinte en agosto y soy universitaria… -Miró la oscuridad en derredor, buscando señales del amanecer, pero seguía encontrando la misma muralla infinita de árboles, la misma luna helada-. Lo odio, es horrible y lo odio… -Calló, avergonzada de su estupidez, demasiado exhausta para evadir la verdad: tenía miedo.

De repente sintió un curioso impulso de arrodillarse y tocar el farol. La grácil pantalla de vidrio estaba caliente, y el resplandor rojo refulgió a través de sus manos, encendiéndolas. El calor le desheló los dedos y subió por sus brazos.

Estaba tan preocupada que no oyó la puerta. Las ruedas del tren que murmuraban clic-ti-clac-clac-ti-clic acallaron las pisadas del hombre.

La sutil sensación de estar en un momento crítico hizo que al fin se diera cuenta, pero pasaron unos segundos antes de que se atreviera a mirar hacia atrás.

Él estaba allí, con un mudo distanciamiento, la cabeza alzada, los brazos caídos. Al ver su rostro indefenso, insulso, brillantemente enrojecido por la luz del farol, Kay supo de qué tenía miedo: un recuerdo de la infancia, terrores que una vez, hacía mucho, se habían cernido sobre ella como las fantasmales ramas de un árbol hecho de oscuridad. Tías, cocineras, desconocidos…, todos ansiosos de un cuento o un verso de aparecidos, muertes, presagios, espíritus, demonios. Y ahí estaba también la infalible amenaza del hombre del saco: si te alejas de casa vendrá el hombre del saco y te comerá. El hombre del saco vivía en todas partes, en todas partes había peligro. De noche, en la cama: ¿oyes cómo llama a la ventana? ¡Escucha!

Se levantó muy despacio, aferrada a la baranda. El hombre asintió y extendió la mano en dirección a la puerta. Kay respiró hondo y dio un paso. Entraron juntos.

El aire del vagón estaba cargado de sueño: ahora una sola luz iluminaba el coche, creando una suerte de penumbra artificial. No había otro movimiento que el perezoso bamboleo del tren y un furtivo temblor de periódicos abandonados.

Sólo la mujer estaba completamente despierta. Era evidente que estaba muy inquieta: jugaba con sus bucles y sus cerezas de celuloide, y sus pequeñas piernas regordetas, cruzadas en los tobillos, se movían de arriba abajo. No advirtió la presencia de Kay. El hombre se sentó sobre una pierna en el asiento y se cruzó de brazos.

Kay cogió una revista en un intento de parecer natural, pero se dio cuenta de que el hombre la miraba; no le quitaba el ojo de encima ni un instante; sabía lo que pasaba, eso que le daba tanto miedo aceptar. Quería gritar y despertar a todos los del vagón. ¿Y si no la oían? ¿Y si no estaban dormidos de verdad? Sus ojos llenos de lágrimas agrandaron y distorsionaron la ilustración de una página hasta convertirla en una mancha brumosa. Cerró la revista con feroz brusquedad y miró a la mujer.

- Se lo compro -dijo-. El talismán, digo. Lo compro, si es eso, pero sólo eso, todo lo que quiere.

La mujer no dijo palabra; sonrió con apatía mientras giraba la cabeza para mirar al hombre.

Kay observó que la cara del hombre se transformaba, como si se alejara, parecida a una roca en forma de luna que se hundiera con suavidad en el agua. Se sumergió en una tibia languidez. Apenas estaba consciente cuando la mujer le quitó el bolso y le acomodó el impermeable sobre el rostro con delicadeza, como una mortaja.


En Cuentos completos
Traducción: de Juan Villoro
Imagen: Richard Avedon