3 feb. 2012

Richard Dawkins - Virus de la mente





El puerto del cual todos los memes dependen es la mente humana, pero la mente humana es, ella misma, un artefacto que se crea cuando los memes reestructuran un cerebro humano, para hacer de él un hábitat más apropiado para sí mismos. Las vías de entrada y salida son modificadas para ajustarse a las condiciones locales y son fortalecidas por diversos dispositivos artificiales que mejoran la fidelidad y la minuciosidad de la replicación: las mentes de los chinos nativos difieren dramáticamente de las mentes de los franceses nativos y las mentes alfabetizadas difieren de las mentes analfabetas. Lo que, a cambio, le proveen los memes al organismo en el cual residen es un incalculable bagaje de ventajas, con algún que otro caballo de Troya, como para completar la cosa...

Daniel Dennett


Pasto de duplicación

Una hermosa pequeña de seis años cercana a mí, la niña de los ojos de su padre, cree que Tomás, el trencito, realmente existe. Cree en Papá Noel y su ambición es ser un hada madrina cuando sea grande. Ella y sus amigas de la escuela creen en las solemnes palabras de adultos respetables que afirman que las hadas y Papá Noel realmente existen. Esta pequeña tiene edad para creerse cualquier cosa que se le diga. Si se le dice que las brujas transforman en ranas a los príncipes, lo creerá. Si se le dice que los niños malos se cocinan para siempre en el infierno, tendrá pesadillas. Acabo de descubrir que, sin el consentimiento de su padre, se envía a esta dulce, confiada y crédula niña de seis años a catecismo semanal con una monja católica. ¿Qué posibilidades tiene?

Una niña humana es moldeada por la evolución para sumergirse en la cultura de su pueblo. Lo más obvio es que aprenda lo fundamental de su idioma en cuestión de meses. Un gran diccionario de palabras para hablar, una enciclopedia de información de la cual hablar, complicadas reglas sintácticas y semánticas, todo ello se transfiere de cerebros de más edad al de la niña mucho antes de que ella alcance el tamaño de un adulto. Cuando se está preprogramado para absorber información útil a un ritmo elevado, es difícil excluir al mismo tiempo la información perjudicial o dañina. Con tantos bytes mentales para ser «descargados», tantos codones mentales para ser duplicados, no es sorprendente que los cerebros de los niños sean crédulos, estén abiertos a casi cualquier tipo de sugestión, sean vulnerables a la subversión y sean fácil presa de moonies, cienciólogos y monjas. Como si fuesen pacientes con deficiencias inmunológicas, los niños son vulnerables a infecciones mentales que los adultos podrían repeler sin esfuerzo.

También el ADN incluye códigos parasíticos. La maquinaria celular es extremadamente buena copiando ADN. Allí donde haya ADN, la maquinaria celular parece tener ansiedad por copiarlo, igual que los niños al imitar el lenguaje de sus padres. Concomitantemente, el ADN parece ansioso de ser copiado. Para el ADN, el núcleo de la célula, con su bullente maquinaria de sofisticada, veloz y precisa duplicación, es el paraíso.

La maquinaria celular está tan acomodada a la duplicación de ADN que no sorprende que las células sean anfitrionas de ADN parásito: virus, viroides, plásmidos y una morralla de otros compañeros de viaje genéticos. El ADN parásito puede, incluso, lograr ser empalmado en los cromosomas sin «costuras» aparentes con el resto del material genético. Los «genes saltadores» y trozos de «ADN egoísta» se cortan o se copian y se pegan a sí mismos en otros sitios. Los mortales oncogenes son casi imposibles de distinguir de los genes legítimos entre los cuales se introducen. En tiempo evolutivo, probablemente haya un tráfico continuo desde los genes «decentes» a los «rebeldes» que se hallan «fuera de la ley» y viceversa. El ADN es eso, solamente ADN. Lo único que distingue al ADN viral del ADN huésped es el método de transmisión a las generaciones futuras. El ADN huésped «legítimo» es sólo ADN que aspira a transmitirse a la generación siguiente a través de la ruta ortodoxa del huevo o el semen. El ADN «rebelde» o «parasítico» sólo es ADN que busca una ruta más veloz y menos cooperativa hacia el futuro, a través de una gota de estornudo o una mancha de sangre, en lugar de por medio del semen o el huevo.

Para los datos contenidos en un disquete, un ordenador es un bullente paraíso, del mismo modo en que el núcleo celular bulle en su ansiedad por duplicar ADN. Los ordenadores y los lectores de discos y cintas que están asociados a ellos están diseñados para mantener una gran fidelidad de copiado. Al igual que las moléculas de ADN, los bytes magnetizados no «quieren» realmente ser copias fidedignas. Sin embargo, se puede escribir un programa informático que ejecute ciertos pasos para duplicarse a sí mismo. No solo para duplicarse a sí mismo dentro del ordenador original, sino también para difundirse a otros ordenadores. Los ordenadores son tan buenos copiando bytes y obedeciendo de manera fidedigna las instrucciones contenidas en esos bytes, que son fáciles presas para los programas autorreplicadores: son muy vulnerables a los programas parásitos. Cualquier cínico que estuviese familiarizado con la teoría de los genes y los memes egoístas hubiese sabido que los ordenadores personales modernos, con su promiscuo tráfico de disquetes y vínculos de correo electrónico, simplemente estaban buscándose un problema. Lo único sorprendente acerca de la actual epidemia de virus informáticos es que haya tardado tanto en llegar.


La mente infectada

Ya me he referido a la preprogramada credulidad de los niños, tan útil para aprender la lengua y la sabiduría tradicional y tan fácilmente subvertida por las monjas, los moonies y otros de su clase. En términos más generales, todos intercambiamos información unos con otros. No se trata precisamente de que nos insertemos disquetes unos a otros en ranuras de nuestros cráneos, sino de que intercambiamos oraciones, tanto a través de nuestros oídos como de nuestros ojos. Nos percatamos del estilo de moverse y de vestirse de cada uno y somos influidos por ello. Prestamos atención a los estribillos de los anuncios publicitarios y, presumiblemente, somos persuadidos por ellos; de otro modo, los prácticos hombres de negocios no gastarían tanto dinero en contaminar el aire con publicidad.

Piénsese acerca de las dos cualidades que un virus -o cualquier tipo de replicador parásito- requiere de un medio amigable, las dos cualidades que hacen a la maquinaria celular tan favorable para el ADN parásito y que hacen a los ordenadores tan adecuados para los virus informáticos. Estas cualidades son: primero, cierta facilidad para replicar información de manera precisa, tal vez con algunos errores que luego son reproducidos también de manera precisa; y segundo, cierta facilidad para obedecer instrucciones codificadas en la información que de ese modo se replica. La maquinaria celular y los ordenadores electrónicos son sobresalientes en ambas cualidades. ¿Cómo les va, en comparación, a los cerebros? Como replicadores fidedignos, son, por cierto, menos perfectos que las células o los ordenadores electrónicos. Sin embargo, son bastante buenos, tal vez tan buenos como los virus de ARN, aunque no tanto como los de ADN con todas sus elaboradas medidas contra la degradación textual. Las pruebas acerca de la fidelidad de los cerebros, especialmente en los niños, como duplicadores de datos, las da el lenguaje mismo. Sólo con su oído, el profesor Higgins de Bernard Shaw era capaz de reconocer en qué calle había crecido un londinense en particular. La ficción no prueba nada, pero todos sabemos que la habilidad de Higgins es sólo una exageración de algo que todos podemos hacer. Cualquier estadounidense puede distinguir entre el acento del Sur y el del Medio Oeste, y entre el de Nueva Inglaterra y el de las colinas. Todo neoyorquino puede distinguir entre el acento del Bronx y el de Brooklyn. Pueden hacerse afirmaciones equivalentes para cada país. Lo que ese fenómeno significa es que el cerebro humano es capaz de copiar de manera bastante precisa (de lo contrario, el acento de New Castle, por ejemplo, no sería lo suficientemente estable como para ser reconocido), pero con algunos errores (de lo contrario, la pronunciación no evolucionaría y todos los hablantes de un idioma heredarían sin modificación los acentos de sus ancestros remotos). El lenguaje evoluciona, a causa de que posee tanto una gran estabilidad como una ligera capacidad de cambiar: ambos, prerrequisitos de todo sistema en evolución.

El segundo requisito de un ambiente favorable a los virus -que debe obedecer un programa de instrucciones codificadas— es, una vez más, solo cuantitativamente menos válido en los cerebros que en las células o los ordenadores. En ocasiones obedecemos las órdenes de otros, pero en ocasiones no lo hacemos. Con todo, es un factor revelador que en todo el mundo la vasta mayoría de niños sigan la religión de sus padres en lugar de cualquier otra religión disponible. Las instrucciones para persignarse, inclinarse hacia la Meca, asentir con la cabeza hacia la pared en forma rítmica, sacudirse como un maniático, «hablar en lenguas» —la lista de tales arbitrarios patrones motores sin sentido, ofrecida solo por la religión, es amplia— se obedecen, si bien no como si se tratase de esclavos, al menos con cierta elevada probabilidad estadística.

De modo menos portentoso y, otra vez, especialmente notable en los niños, las «manías» constituyen un ejemplo asombroso de la conducta que debe más a la epidemiología que a la elección racional. Yo-yos, anillos de hula hula y bastones saltarines, junto con sus acciones comportamentales fijas asociadas, se difunden por las escuelas y, más esporádicamente, saltan de una a otra, en patrones que no presentan diferencias importantes con una epidemia de sarampión. Hace 10 años, se podría haber viajado por todo Estados Unidos y no ver nunca una gorra de béisbol con la visera hacia atrás. Hoy en día, la gorra vuelta hacia atrás se encuentra en todas partes. No sé cuál fue el preciso patrón de dispersión geográfica de la gorra con la visera volteada, pero la epidemiología está, por cierto, entre las profesiones más adecuadas para estudiarlo. No necesitamos ponernos a discutir acerca del «determinismo»; no necesitamos afirmar que los niños están obligados a imitar lo que hacen sus compañeros.

Por más que sean triviales, las modas nos proveen aun más pruebas circunstanciales de que las mentes humanas -tal vez especialmente las mentes juveniles— poseen las cualidades que hemos reconocido como deseables para un parásito informático. Como mínimo, la mente es un candidato plausible para la infección de algo semejante a los virus informáticos, incluso cuando no se trate del ambiente de los sueños de un parásito, a diferencia de lo que ocurre con los núcleos celulares y los ordenadores electrónicos. Resulta intrigante preguntarse cómo podríamos sentirnos si nuestra mente fuese víctima de un «virus». Podría tratarse de un parásito diseñado deliberadamente, como los virus informáticos actuales. O podría tratarse de un parásito que haya mutado accidentalmente y evolucionado en forma inconsciente. En ambos casos, especialmente si el parásito evolucionado era el descendiente memético de una larga línea de exitosos ancestros, tenemos derecho a esperar que el típico «virus mental» sea bastante bueno en la tarea de lograr ser replicado exitosamente.

La evolución progresiva de los parásitos mentales más efectivos tendrá dos aspectos. Los nuevos «mutantes» (ya sea que hayan sido producidos al azar o que hayan sido diseñados por seres humanos) que se dispersen mejor se tornarán más numerosos. Y habrá un agrupamiento de ideas que florecerán unas en presencia de las demás, ideas que se apoyarán mutuamente unas a otras, del modo en que lo hacen los genes y -según mis especulaciones- tal como es posible que hagan, algún día, los virus informáticos. Esperamos que los replicadores vayan juntos de cerebro en cerebro, en bandas mutuamente compatibles. Estas bandas terminarán transformándose en un paquete, el cual puede ser lo bastante estable como para recibir el nombre colectivo de catolicismo o vudú. No importa mucho si en nuestra analogía comparamos todo el paquete con un virus solo, o cada una de las partes componentes a un único virus. La analogía no es tan exacta. De todos modos, al igual que al distinguir entre un virus informático y un gusano informático, no es algo como para ponerse nervioso. Lo que importa es que las mentes son ambientes favorables para las ideas o para la información autorreplicadora parasítica, y que, de manera típica, son infectadas en forma masiva.

Al igual que los virus informáticos, los virus mentales exitosos tenderán a ser difíciles de detectar para sus víctimas. Si el lector es víctima de un virus mental, lo más probable es que no lo sepa y hasta es posible que lo niegue vigorosamente. Aceptando que un virus ubicado en nuestra mente podría ser difícil de detectar, ¿qué signos delatores podríamos buscar? Responderé imaginando cómo un libro de texto de medicina podría describir los síntomas característicos de una víctima (que supondré masculina, de manera arbitraria):

1. De modo típico, el paciente se siente compelido por una convicción interior muy profunda a creer que algo en particular es verdad, correcto o virtuoso, convicción esta que nada parece tener que ver con las pruebas o la razón, pero que, de todos modos, el paciente siente de manera imperativa y convincente. Los médicos se refieren a tales creencias con el nombre de «fe».

2. De modo característico, los pacientes consideran una virtud positiva que la fe sea intensa y sólida a pesar de no estar basada en pruebas. En efecto, pueden pensar que mientras menos pruebas haya, más virtuosa es la creencia (véase más adelante). Esta paradójica idea de que, en todo lo referente a la fe, la falta de pruebas es una positiva virtud tiene algo de las características de un programa autosustentable, a causa de que es autorreferencial. Una vez que se cree en la proposición, esta socava automáticamente cualquier posibilidad de oposición. La idea de que «la carencia de pruebas es una virtud» constituiría un admirable camarada, formando con la fe una gavilla de programas virales que se apoyarían mutuamente.

3. Un síntoma relacionado, que también puede presentar la víctima de la fe, es la convicción de que el «misterio» por sí mismo es algo bueno. No es una virtud resolver misterios. En lugar de ello, deberíamos disfrutar de los misterios y hasta regocijarnos por la imposibilidad de resolverlos.

Todo impulso por resolver misterios podría resultar seriamente hostil a la difusión de un virus mental. No debería sorprender, pues, que la idea de que «los misterios están mejor si se los deja sin resolver» fuera un miembro importante de una banda de virus que se apoyen mutuamente. Consideremos, por ejemplo, el «Misterio de la Transustanciación». Resulta fácil y nada misterioso creer que, en un sentido simbólico o metafórico, el vino de la eucaristía se transforma en la sangre de Cristo. La doctrina de la transustanciación católica romana, sin embargo, afirma mucho más. «Toda la sustancia» del vino se transforma en la sangre de Cristo; la apariencia de vino que permanece es algo «meramente accidental», «que no es inherente a la sustancia». En el lenguaje de todos los días, se enseña que la transustanciación implica la conversión del vino en la sangre de Cristo, «de modo literal». Ya sea en su forma aristotélica o en su más sincera forma cotidiana, la afirmación acerca de la transustanciación solo puede hacerse a costa de ejercer gran violencia sobre los significados normales de palabras como «sustancia» y «literalmente». Redefinir las palabras no es pecado, pero si utilizamos términos como «toda la sustancia» o «literalmente» en este caso, ¿qué palabras utilizaremos cuando auténtica y verdaderamente deseemos decir que algo realmente ocurrió? Tal como ha señalado Anthony Kenny acerca de su propio asombro como joven seminarista: «Por lo que sé, mi máquina de escribir podría ser Benjamín Disraeli transustanciado...».

Los católicos, cuyas creencias en la autoridad infalible les obliga a aceptar que el vino se transforma físicamente en sangre, a pesar de todas las apariencias, se refieren al «Misterio» de la transustanciación. Lo ve usted, llamarle Misterio lo arregla todo. Por lo menos lo hace en una mente que ya ha sido bien preparada por un trasfondo de infección. Se ejecuta el mismo truco, exactamente, en el «Misterio» de la Trinidad. Los misterios no están allí para ser resueltos, sino para causar un temor reverencial. La idea de «el misterio es virtud» viene en ayuda del católico, quien de otro modo hallaría intolerable la obligación de creer el obvio absurdo de la transustanciación y de las «tres personas en una». Una vez más, la creencia en que «el misterio es virtud» posee un anillo autorreferencial. Como podría decir Douglas Hofstadter: el propio carácter misterioso de la creencia impulsa al creyente a perpetuar el misterio.

Un síntoma extremo de infección por «el misterio es virtud» es la afirmación de Tertuliano, «Certum est quia impossibile est» (Es cierto porque es imposible). En esa dirección está la locura. Uno se siente tentado de citar a la Reina Blanca de Lewis Carroll. En respuesta a la afirmación «No se puede creer en cosas imposibles...» de Alicia, la reina arguye «Me atrevo a decir que no tienes mucha práctica... Cuando tenía tu edad siempre practicaba durante media hora cada día. ¡Vaya! En ocasiones he creído en seis cosas imposibles antes del desayuno». O el Monje Eléctrico de Douglas Adams, un dispositivo para ahorrar trabajo. Estaba programado para creer en lugar de uno y era capaz de «creer en cosas que la gente encontraría difícil de creer en Salt Lake City» y que, en el momento de ser presentado al lector, creía, contra toda evidencia, que todas las cosas del mundo tenían un tono rosado uniforme. Pero las Reinas Blancas y los Monjes Eléctricos se tornan menos divertidos cuando uno se percata de que estos virtuosos creyentes no pueden distinguirse de los reverenciados teólogos de la vida real. «Hay que creerlo totalmente, porque es absurdo» (otra vez Tertuliano). Sir Thomas Browne cita a Tertuliano con aprobación y va más allá: «Pienso que, para una fe activa, no hay suficientes imposibles en la religión». Y «Deseo ejercitar mi fe en el punto más difícil; puesto que dar crédito a objetos comunes y visibles no es fe, sino persuasión». Tengo la sensación de que aquí está ocurriendo algo más interesante que la pura insania o el absurdo surrealista, algo emparentado con la admiración que sentimos cuando miramos a un malabarista caminar por la cuerda floja. Es como si los creyentes obtuviesen prestigio a través de arreglárselas para creer cosas incluso más ridículas que las que han logrado creer sus rivales. ¿Estas personas están poniendo a prueba —entrenando- sus músculos para creer, entrenándose a sí mismos para creer cosas imposibles de modo tal que les permita superar los obstáculos para creer en las cosas meramente improbables que se les pide que crean?

Mientras estaba escribiendo este artículo, The Guardian (del 29 de julio de 1991) me trajo, en forma fortuita, un buen ejemplo. Se trataba de una entrevista con un rabino que se tomaba el extraño trabajo de controlar la ausencia de alimentos kosher en los productos alimenticios, rastreando sus más ínfimos ingredientes hasta su origen. En aquel momento agonizaba por la cuestión de si debía hacerse el viaje hasta China para examinar el mentol que hay en los caramelos para la tos.

Alguna vez he intentado examinar el mentol chino... fue extremadamente difícil, especialmente a partir de que recibimos la respuesta a la primera carta que enviamos, en el mejor inglés chino, «El producto no contiene ningún kosher»... China ha comenzado a abrirse a los investigadores kosher sólo recientemente. El mentol debería de estar bien, pero no se puede estar absolutamente seguro a menos que se visite el lugar.

Estos investigadores kosher tienen una línea telefónica de emergencias en la cual se registran alertas rojas, actualizadas cada minuto, acerca de sospechas contra las barras de chocolate o el aceite de hígado de bacalao. El rabino suspiraba a causa de que la tendencia verde, alejada de los colores y los sabores artificiales, «hace miserable la vida en el campo kosher, porque hay que rastrear el origen de todas esas cosas». Cuando el entrevistador le preguntó por qué se molestaba en realizar un ejercicio que obviamente no tenía sentido, el rabino respondió en forma muy clara que el sentido era precisamente que no tenía sentido:

El que la mayoría de las leyes Kashrut sean mandamientos divinos sin que se dé ninguna razón es 100% el quid. Es muy fácil no matar gente. Muy fácil. Un poco más difícil es no robar, a causa de que ocasionalmente uno tiene la tentación. Por lo tanto, no es una gran prueba de que creo en Dios o de que estoy realizando Su deseo. Pero, si El me dice que no beba esa taza de café con leche con la que iba a acompañar mis albóndigas con arvejas a la hora del almuerzo, esa sí es una prueba. La única razón de que lo haga es que es lo que se me ha dicho. Se trata de hacer algo difícil.

Helena Cronin me ha sugerido que aquí puede haber una analogía con la teoría de la desventaja de la selección sexual y la evolución de las señales de Amotz Zahavi. Fuera de moda durante mucho tiempo, hasta ridiculizada, la teoría de Zahavi ha sido rehabilitada recientemente con gran agudeza por Alan Grafen, y ahora los biólogos evolutivos la toman en serio. Zahavi sugiere que los pavos reales, por ejemplo, desarrollaron sus abanicos absurdamente estorbosos, con sus colores ridículamente conspicuos (para los predadores), precisamente a causa de que son estorbosos y peligrosos y, por lo tanto, causan impresión en las hembras. El pavo real, en efecto, está diciendo: «Mirad cuán adaptado y fuerte debo ser, puesto que puedo darme el lujo de llevar conmigo esta absurda cola».

Para evitar que se entienda mal el lenguaje subjetivo en el cual Zahavi gusta expresar sus argumentos, debería añadir que aquí se da por sentada la convención de los biólogos de personificar las acciones inconscientes de la selección natural. Grafen ha traducido su argumento a un modelo darwiniano matemático ortodoxo y funciona. No se hace aquí ninguna afirmación acerca de la intencionalidad o la conciencia de los pavos reales machos y hembras. Pueden ser tan automáticos o intencionales como se desee. Más aún, la teoría de Zahavi es lo bastante general como para no depender de un basamento darwiniano. Una flor anunciando néctar a una abeja «escéptica» podría beneficiarse del principio de Zahavi. Pero lo mismo podría ocurrir con un vendedor humano que intente impresionar a su cliente.

La premisa de la idea de Zahavi es que la selección natural favorecerá el escepticismo entre las hembras (o entre los individuos que reciben los anuncios publicitarios en general). La única manera que tiene el macho (o el individuo que se publicita) de certificar la autenticidad de sus alardes de fuerza (calidad o lo que sea) es probar que son verdaderos a través de soportar un costo en desventajas verdaderamente elevado -una desventaja que solo un macho realmente fuerte (o de alta calidad, etc.) pueda soportar-. Podría llamársele el principio de autenticación del costo. Y ahora, al argumento. ¿Será posible que se prefieran algunas doctrinas religiosas, pero no a pesar de ser absurdas, sino precisamente a causa de que lo son? Cualquier inepto en materia de religión puede creer que el pan representa el cuerpo de Cristo en forma simbólica, pero es necesario ser un auténtico católico, hecho y derecho, para creer algo tan bobo como la transustanciación. Si puedes creer en esto, puedes creer en cualquier cosa (recordad la historia de Tomás, el discípulo incrédulo) y estas personas están entrenadas para considerarlo una virtud.

Volvamos, entonces, a nuestra lista de los síntomas que podría esperar experimentar alguien que es víctima del virus mental de la fe y la gavilla de infecciones secundarias que le acompañan.

4. La víctima puede encontrarse a sí misma comportándose de manera intolerante hacia los vectores de fes rivales, llegando, en los casos extremos, hasta matarlos o abogar por sus muertes. Puede ser igualmente violento en su actitud hacia los apóstatas (las personas que alguna vez tuvieron esa fe, pero que luego renunciaron a ella) o hacia los herejes (las personas que han adherido a una versión diferente —a menudo, significativamente, una versión ligeramente diferente— de la fe). Puede sentir hostilidad, también, hacia otros modos de pensamiento que resulten potencialmente hostiles a su fe, tales como el método de razonamiento científico, el cual puede funcionar en forma semejante a un software antiviral.

La amenaza de muerte que pende sobre el distinguido novelista Salman Rushdie es sólo el último de una larga lista de tristes ejemplos. El mismo día que escribo estas palabras, el traductor japonés de Los versos satánicos fue hallado asesinado, una semana después de un ataque casi fatal al traductor italiano de ese libro. A propósito, el aparentemente contradictorio síntoma de «simpatía» por la «herida» musulmana, expresado por el Arzobispo de Canterbury y otros líderes cristianos (bordeando, en el caso del Vaticano, una complicidad directamente criminal) es, desde luego, una manifestación del síntoma que hemos diagnosticado previamente: la ilusión de que la fe, sin importar cuán nociva pueda resultar, debe ser respetada sencillamente porque es una fe.

El asesinato es un extremo, desde luego. Pero hay un síntoma aun más extremo: el suicidio en el servicio militante de la fe. Al igual que una hormiga soldado programada para sacrificar su vida por copias de los genes que la programaron, a un joven árabe se le enseña que morir en la guerra santa es la manera más rápida de llegar al paraíso. El hecho de que los líderes que se aprovechan de ellos lo crean realmente no disminuye el brutal poder que el «virus de la misión suicida» ejerce en nombre de la fe. Por supuesto, el suicidio, como el asesinato, es una espada de doble filo: posibles candidatos a la conversión pueden sentirse repelidos o sentir desprecio por una fe que es lo suficientemente insegura como para necesitar de tales tácticas.

De manera más obvia, si demasiados individuos se sacrifican, la provisión de creyentes podría escasear. Esto ocurrió en un notorio ejemplo de suicidio inspirado en la fe, aunque en este caso no se trataba de muerte «kamikaze» en batalla. La secta del Templo del Pueblo se extinguió cuando su líder, el Reverendo Jim Jones, llevó al grueso de sus seguidores desde Estados Unidos hasta la Tierra Prometida de «Jonestown», en la jungla de Guyana. Allí persuadió a más de 900 de ellos, los niños primero, de que bebieran cianuro. El macabro asunto fue investigado íntegramente por un equipo del San Francisco Chronicle.

Jones, «el Padre», había convocado a su rebaño y les había dicho que era tiempo de partir al paraíso.
«Nos encontraremos», prometió, «en otro lugar.»
Las palabras siguieron saliendo de los altoparlantes del campamento.
«Hay una gran dignidad en morir. Morir es una gran demostración para todos.»

Dicho sea de paso, no escapa a la entrenada mente del alerta sociobiólogo que Jones, dentro de su secta y en los primeros tiempos, «se autoproclamó la única persona a la que le estaba permitido el sexo» (presuntamente sus parejas también lo tenían permitido). Una secretaria arreglaba los encuentros de Jones. Telefoneaba y decía: «El padre detesta hacer esto, pero tiene una tremenda necesidad y, por favor, ¿podrías...?». Sus víctimas no eran sólo mujeres. Un seguidor varón de 17 años, de los días en que la comunidad de Jones aún estaba en San Francisco, ha dicho que se lo llevaban a pasar indecentes fines de semana a un hotel en el que Jones recibía un descuento de «ministro para el Reverendo Jones y su hijo».

El mismo muchacho ha dicho:

Sentía un verdadero temor reverencial hacia él. Era más que un padre. Yo habría matado a mis padres por él.

Lo que resulta notable acerca del Reverendo Jim Jones, no es su propia conducta de autosatisfacción, sino la credulidad casi sobrehumana de sus seguidores. Dada esta prodigiosa credulidad, ¿puede alguien dudar de que las mentes humanas sean terreno maduro para las infecciones malignas?

Hay que admitirlo, el Reverendo Jones engañó sólo a unos pocos miles de personas. Pero su caso es un extremo, la punta del iceberg. La misma ansiedad de ser estafado por los líderes religiosos está muy extendida. La mayoría de nosotros hemos sido preparados para apostar a que nadie podría salirse con la suya yendo a la televisión y diciendo poco más o menos: «Enviadme vuestro dinero, de modo tal que yo pueda utilizarlo para convencer a otros incautos de que también me envíen su dinero». Con todo, hoy en día, en todas las principales urbanizaciones de Estados Unidos, es posible hallar al menos un canal de televisión evangelista completamente dedicado a este transparente engaño a la confianza. Y se salen con la suya fácilmente. Al enfrentar tanta ingenuidad en una escala tan colosal, es difícil no sentir, a regañadientes, cierta simpatía por los estafadores. Hasta que uno se da cuenta de que no todos los incautos son ricos y que, a menudo, los evangelistas se ceban en las migas de las viudas. Hasta he oído a uno de ellos invocar de manera explícita el principio que identifico con el principio del costo de autenticación de Zahavi. Dios aprecia realmente una donación, dijo con apasionada sinceridad, sólo cuando esa donación es tan grande que duele. Ancianos mendigos eran llevados en silla de ruedas como testigos de cuánto más felices eran desde que le habían entregado al Reverendo lo poco que tenían, quienquiera que este fuese.

5. El paciente puede notar que, en tanto que nada tienen que ver con las pruebas, las particulares convicciones que sostiene sí parecen tener mucho que ver con la epidemiología. Uno podría preguntarse, ¿por qué sostengo este conjunto de convicciones en lugar de aquel otro? ¿La razón es que he examinado las diferentes fes del mundo y escogido aquella cuyas afirmaciones me parecían más convincentes? Casi con certeza, no es ese el caso. Si se posee una creencia basada en la fe, es abrumadoramente más probable en términos estadísticos que se trate de la misma fe que profesaban los padres y los abuelos. Sin duda, las encumbradas catedrales, la música estimulante, las historias conmovedoras y las parábolas contribuyen un poco. Pero, con mucho, la variable más importante en la determinación de la religión que se profesa es el accidente del nacimiento. Si, eventualmente, el lector hubiese nacido en un lugar diferente, esas convicciones en las cuales cree tan apasionadamente hubieran sido un conjunto completamente diferente —y en gran medida contradictorio— de convicciones. Epidemiología, no pruebas.

6. Incluso si el paciente es una de esas raras excepciones que profesan una religión diferente a la de sus padres, la explicación puede ser epidemiológica. Seguramente, es posible que haya examinado en forma desapasionada las diferentes creencias religiosas del mundo y haya seleccionado la que resultaba más convincente. Pero desde el punto de vista estadístico es más probable que haya estado expuesto a un agente infeccioso particularmente potente, un John Wesley, un Jim Jones o un San Pablo. Hablamos aquí de transmisión horizontal, como ocurre en el caso del sarampión. Antes, la epidemiología era del tipo de transmisión vertical, como en el caso de la Enfermedad de Huntington.

7. Las sensaciones internas del paciente pueden recordar de manera alarmante a aquellas asociadas ordinariamente al amor sexual. Se trata de una fuerza cerebral extremadamente poderosa y no es sorprendente, pues, que algunos virus hayan evolucionado para hacer uso de ella. La famosa visión orgásmica de Santa Teresa de Ávila es demasiado notoria como para que sea necesario citarla una vez más. De manera más seria y en un plano menos crudamente sensual, el filósofo Anthony Kenny ofrece un conmovedor testimonio del puro deleite que aguarda a aquellos que se las arreglan para creer en el misterio de la transustanciación. Tras describir su ordenación como sacerdote católico, con el poder de imponer las manos para celebrar la Misa, recuerda vívidamente

[...] la exaltación de los primeros meses durante los que tuve el poder de decir Misa. Por más que antes había sido una persona que se levantaba lentamente y con pereza, ahora saltaba de la cama temprano, del todo despierto y pleno de excitación al pensar en el importantísimo acto que yo tenía el privilegio de ejecutar. Rara vez decía la Misa Comunitaria pública; la mayoría de los días celebraba solo, al lado del altar, con un miembro menor del Colegio que hacía las veces de acólito y de congregación. Pero para mí no había diferencia alguna con respecto a la solemnidad del sacrificio o la validez de la consagración.

Era el hecho de tocar el cuerpo de Cristo, de la cercanía del sacerdote a Jesús, lo que más me subyugaba. Después de las palabras de la consagración miraba la hostia con ojos tiernos, como un amante que mira a su amada a los ojos... Aquellos días como sacerdote han quedado en mi memoria como días de plenitud y de trémula felicidad; algo precioso y, con todo, demasiado frágil para durar, como una aventura amorosa truncada por la realidad de un matrimonio equivocado.

El doctor Kenny resulta conmovedoramente creíble cuando dice que, siendo un joven sacerdote, sentía como si estuviera enamorado de la hostia consagrada. ¡Qué virus tan brillantemente exitoso! En la misma página, dicho sea de paso, Kenny muestra también que el virus se transmite por contagio —si bien no en forma literal, al menos en algún sentido- de la infecciosa palma de la mano del obispo a la coronilla de la cabeza del nuevo sacerdote:

Si la doctrina católica es verdadera, todo sacerdote que haya sido ordenado válidamente deriva sus órdenes de una cadena continua de imposiciones de manos, a través del obispo del que recibe las órdenes, hasta uno de los doce Apóstoles... debe de haber siglos de cadenas de imposiciones de manos registradas. Me resulta sorprendente que los sacerdotes nunca parezcan molestarse por rastrear sus antepasados espirituales de este modo, para averiguar quién ordenó a su obispo y quién ordenó a este y así sucesivamente hasta Julio II o Celestino V o Hildebrand o, tal vez, hasta Gregorio el Grande.

También a mí me sorprende.


¿Es la ciencia un virus?

No. No, a menos que todos los programas informáticos sean virus. Los programas útiles se difunden porque ciertas personas los evalúan, los recomiendan y los transmiten. Los virus informáticos se difunden únicamente a causa de que incluyen instrucciones codificadas: «Difundidme». Las ideas científicas, como todos los memes, están sujetas a cierto tipo de selección natural y esto podría parecer, de manera superficial, semejante a los virus. Pero las fuerzas selectivas que examinan las ideas científicas no son arbitrarias ni caprichosas. Son reglas exigentes, bien pulidas y no favorecen las conductas sin más sentido que el beneficio propio. Estas reglas favorecen todas las virtudes que se han mencionado en los libros regulares de metodología: posibilidad de puesta a prueba, apoyo de pruebas, precisión, posibilidad de cuantificación, coherencia, intersubjetividad, repetibilidad, universalidad, carácter progresivo, independencia del medio cultural y otras. La fe se difunde a pesar de la falta total de siquiera una de estas virtudes.

Se pueden hallar elementos de epidemiología en la difusión de las ideas científicas, pero se trata de una epidemiología en gran medida descriptiva. La rápida difusión de una buena idea a través de la comunidad científica puede verse hasta como una epidemia de sarampión. Pero cuando se examinan las razones subyacentes se halla que son buenas razones que cumplen con los exigentes criterios del método científico. En la historia de la difusión de la fe, se hallará poco más que epidemiología, y una epidemiología causal, por añadidura. La razón por la cual la persona A cree una cosa y B cree otra es sencilla y únicamente que A nació en un continente y B en otro. La posibilidad de puesta a prueba, el apoyo de las pruebas y el resto, no son consideradas ni remotamente. Para las creencias científicas, la epidemiología solo aparece después y describe la historia de su aceptación. Para las creencias religiosas, la epidemiología es la causa básica.


Epílogo

Felizmente, los virus no siempre ganan. Muchos niños han salido incólumes de lo peor que las monjas y los mullahs tenían para lanzarles. La propia historia de Anthony Kenny tuvo un final feliz. Eventualmente, Kenny abandonó los hábitos a causa de que ya no podía tolerar más las obvias contradicciones dentro de las creencias católicas. Actualmente es un académico muy respetado. Pero uno no puede evitar señalar que, por cierto, debe ser una infección poderosa ya que zafar de ella le llevó a un hombre de su sabiduría e inteligencia -es actualmente nada menos que presidente de la British Academy— tres décadas de lucha. ¿Soy indebidamente alarmista al temer por el alma de mi inocente niña de seis años?


En El capellán del diablo
Traducción: Rafael González del Solar
Imagen: David Shankbone