10 feb. 2012

Orhan Pamuk - El castillo blanco (Cap. XI)







He llegado al final de mi libro. Puede que mis inteligentes lectores lo hayan dejado de lado tras concluir que en realidad mi historia había acabado hace mucho. En tiempos yo pensé lo mismo y guardé en un rincón estas páginas, escritas hace años, con la intención de no volverlas a leer jamás. Por aquel entonces estaba dispuesto a entregar todas las energías de mi mente a las otras historias, a las que inventaba para mi propio placer y no para el sultán, la de un comerciante que se convierte en lobo y se une a su manada, relatos de amor en inhóspitos desiertos y bosques helados en países que nunca había visto; quería olvidar este libro, esta historia. Quizá podría haberlo conseguido, aunque me constaba que no sería fácil después de tantos rumores como había oído y tantas experiencias como había vivido, pero me dejé seducir por las palabras de un huésped que vino a verme hace dos semanas y volví a sacar el libro de donde lo tenía guardado. Hoy sé que, de entre todas mis obras, ésta es la que más me gusta; la terminaré como debe ser, como deseo, como lo he soñado.

Desde nuestra vieja mesa, a la que me he sentado para acabar el libro, veo un pequeño velero que navega desde Cennethisar a Estambul, un molino entre los olivos lejanos, niños que juegan dándose empellones entre las higueras en la parte baja del huerto y el polvoriento camino que va de Gebze a Estambul. En invierno, con la nieve, no hay muchos viajeros, en primavera y verano veo las caravanas que se dirigen al este, a Anatolia, hacia Bagdad y Damasco; sobre todo pasan esos destartalados carros de bueyes que avanzan tan despacio, y a veces me emociono al ver a un jinete cuyas ropas no puedo distinguir, aunque, cuando se aproxima, comprendo que el viajero no viene a verme: en los últimos tiempos nadie viene y sé que ya nadie vendrá.

Pero no me quejo; para mí no existe la soledad: en los años en que ejercí de gran astrólogo ahorré mucho dinero, me casé y tengo cuatro hijos. Dejé el empleo en el momento más adecuado, quizá intuyendo los desastres que se avecinaban con el sexto sentido que me había hecho ganar el ejercicio de mi profesión: me refugié aquí, en Gebze, mucho antes de que los ejércitos del sultán fueran a Viena, de que con la rabia de la derrota ordenara que decapitasen a los bufones que le rodeaban y al gran astrólogo que me sucedió, de que nuestro soberano, tan aficionado a los animales, fuera destronado. Construí este caserón y me instalé en él con mis amados libros, mis hijos y dos de mis hombres. Mi esposa, con la que me casé siendo todavía gran astrólogo, es mucho más joven que yo, entiende mucho de asuntos domésticos y es ella quien se encarga de toda la casa y de otros asuntos insignificantes, dejándome solo en este cuarto todo el día para que yo, que tengo un pie en la setentena, escriba mis libros e imagine lo que quiera. Así puedo pensar en Él cuanto desee para encontrar un final adecuado a mi historia y a mi vida.

Sin embargo, en los primeros años procuraba no hacerlo. Cuando el sultán me preguntó por Él un par de veces, pudo ver que no me gustaba en absoluto aquel tema de conversación. Supongo que se quedó satisfecho con aquello, simplemente sentía curiosidad, pero nunca pude averiguar qué era lo que se la provocaba ni hasta qué punto. Al principio me decía que no debía avergonzarme porque Él me hubiera influido, por haber aprendido de Él. Sabía desde un primer momento que todos aquellos libros, calendarios y profecías que le había ido presentando a lo largo de años los había escrito Él; de hecho, también a Él se lo había comentado mientras yo estaba en casa afanándome con los bocetos de nuestra arma, que acabó encallada en la ciénaga; y sabía que me lo había contado, de la misma manera que yo le contaba todo a Él. Puede que por aquel entonces ninguno de nosotros hubiera perdido todavía la mesura, pero yo notaba que el sultán tenía más los pies sobre la tierra. Por entonces empecé a pensar que el sultán era más inteligente que yo, que sabía todo lo que había que saber y que jugaba conmigo para tenerme en un puño. Quizá hubiera en aquello cierto influjo del agradecimiento que sentía hacia el sultán por haberme salvado de aquella derrota que acabó encallada en la ciénaga y de la ira de los militares, rabiosos por los rumores de la maldición. Porque algunos soldados pidieron mi cabeza en cuanto supieron que el infiel se había fugado. Si en aquellos primeros años el sultán me lo hubiese preguntado abiertamente, creo que se lo habría contado todo. Por aquel entonces todavía no habían surgido rumores de que yo no era yo y me habría gustado hablar con alguien, le echaba de menos.

El hecho de vivir solo en la misma casa que habíamos habitado juntos durante tantos años me crispaba aún más los nervios. Tenía los bolsillos rebosantes de dinero y me acostumbré a ir al mercado de esclavos; estuve yendo y viniendo hasta que encontré lo que buscaba. Por fin compré a un pobrecillo que en realidad no se parecía demasiado ni a Él ni a mí y lo traje a casa. Esa noche le asusté de veras cuando le dije que me enseñara todo lo que sabía, que me hablara de su país y su pasado, aún peor, que me expusiera todos sus pecados, y finalmente cuando hice que se plantara ante el espejo. Fue una noche terrible, y el pobrecillo me dio pena: por la mañana lo manumitiría; pero me ganó la avaricia, lo llevé al mercado de esclavos y lo revendí. Luego hice saber por el barrio que había decidido contraer matrimonio. Vinieron muy alegres pensando que por fin acabaría pareciéndome a ellos, que por fin llegaría la tranquilidad a mi calle. Yo también estaba contento de parecerme a ellos, me sentía optimista y pensaba que se acabarían los rumores y que podría vivir en paz durante años inventándome historias para mi sultán. Seleccioné a mi esposa con sumo cuidado; por las noches incluso tocaba el laúd para mí.

Cuando volvieron a comenzar los rumores, primero creí que se trataba de un jueguecito del sultán porque sabía que le gustaba verme apurado y dirigirme preguntas que me sorprendieran. Al principio no me inquietaba demasiado cuando de repente decía cosas como: «¿Nos conocemos a nosotros mismos? Uno debería saber bien quién es»; pensaba que había aprendido aquellas fastidiosas preguntas de un sabelotodo aficionado a la filosofía griega del grupo de bufones serviles que había vuelto a reunirse a su alrededor y que de veras se las creía. Cuando me pidió que escribiera algo al respecto, le presenté mi último libro, en el que hablaba de las gacelas y los gorriones, que eran felices porque no pensaban sobre sí mismos ni sabían quiénes eran. Al enterarme de que se había tomado el libro en serio y lo había leído complacido, me tranquilicé un poco, pero los rumores también llegaron a mis oídos: estaba dejando al sultán por tonto porque ni siquiera me parecía a aquel cuyo lugar había ocupado, Él era más esbelto y delgado, yo estaba gordo; supieron que mentía cuando afirmé que nunca podría saber todo lo que Él sabía; algún día yo también escaparía durante una batalla después de sembrar mala suerte por doquier y, como Él, facilitaría la derrota entregándole al enemigo nuestros secretos militares, etcétera. Para protegerme de aquellos rumores, que yo creía que procedían del propio sultán, me alejé de todo tipo de entretenimientos, no me dejaba ver en público, adelgacé y, tras cuidadosas pesquisas, me enteré de lo que se había hablado aquella última noche en la tienda del sultán. Mi mujer daba a luz un niño tras otro, mis ingresos eran buenos y yo sólo quería olvidar los rumores, el pasado y a Él, y continuar tranquilamente con mi trabajo.

Aguanté casi siete años más; si mis nervios hubieran sido más templados y, sobre todo, si no hubiese intuido que el sultán se disponía a hacer una nueva limpieza en su entorno, podría haber aguantado hasta el final; porque, al olvidarla, me embargó de repente mi antigua personalidad, la misma que había pretendido dejar de lado según cruzaba las puertas que el sultán me abría. Ahora le respondía con descaro a esas preguntas sobre la identidad que tan nervioso me ponían al principio: «¿Qué importancia tiene quién sea uno? —le decía—. Lo que importa es lo que hemos hecho y lo que haremos en el futuro». ¡Creo que fue por esa puerta por la que el sultán entró en el armario de mi mente! Se irritó cuando me pidió que le hablara del país al que Él había huido, de Italia, y yo le contesté que no sabía demasiado al respecto: el sultán sabía que Él me lo contaba todo, ¿de qué tenía miedo?, me bastaba con recordar lo que me contaba. Así fue como le relaté una y otra vez al sultán Su infancia y algunos de Sus hermosos recuerdos, parte de los cuales he incluido en este libro. Al principio no estaba tan tenso y el sultán me escuchaba como debía, como se presta atención a alguien que cuenta lo que le ha oído a otro, pero en los años siguientes fue más allá; ahora me escuchaba como si le estuviera oyendo a Él. Después de preguntarme detalles que sólo Él podría haber sabido, me pedía que no me asustara y que le contestara con la primera respuesta que se me viniera a la mente: ¿a qué se debía la tartamudez de su hermana? ¿Por qué no le habían aceptado en la Universidad de Padua? ¿De qué colores iba vestido su hermano durante el primer espectáculo de fuegos artificiales que vio en Venecia? Mientras le explicaba al sultán aquellos detalles como si hubiesen formado parte de mi vida, ambos nos encontrábamos, o bien dando un paseo en barca, o bien al lado de un estanque con nenúfares que bullía de ranas, o bien ante la jaula de plata de los desvergonzados monos, o bien en alguno de esos jardines tan llenos de recuerdos compartidos por los que en tiempos habíamos paseado los tres juntos. Entonces, el sultán, a quien tanto le gustaban las historias y el juego de las flores que se abrían en el jardín de nuestras memorias, me hablaba de Él como si recordara a un viejo amigo que nos hubiera traicionado: fue por entonces cuando me confesó que le había venido muy bien que se fugara porque, a pesar de lo mucho que le entretenía, había estado pensando muy seriamente en ordenar que lo mataran porque Su insolencia le resultaba insoportable. Después me dio una serie de explicaciones que me asustaron porque no sabía a quién de nosotros se refería, aunque no hablaba con ira sino con cariño: hubo días en que había temido no poder aguantar más Su ignorancia y en que, furioso, habría ordenado matarle, ¡la última noche estuvo a punto de llamar a los verdugos!

Luego me dijo que yo no era insolente y que tampoco me creía el hombre más inteligente y más capaz del mundo; y no había intentado aprovecharme del horror de la peste en mi propio interés; no les había quitado el sueño a todos durante noches con historias de niños reyes a quienes habían empalado; y ahora no tenía a nadie en casa a quien acudir corriendo para burlarme de los sueños del sultán ni nadie con quien escribir cuentos entretenidos pero absurdos para engañarle. Mientras escuchaba todo aquello, me parecía verme a mí mismo y a ambos desde fuera, como en un sueño, y me daba cuenta atemorizado de que estábamos perdiendo la medida, pero en los últimos meses el sultán hablaba todavía más, como si pretendiera enloquecerme: yo no era como Él, ¡no había entregado mi mente a sofismas como qué podía ser lo que nos diferenciaba de «ellos»! Mi Diablo, que hacía tanto tiempo le había otorgado a Él la victoria sobre el otro diablo del firmamento oscuro en aquel espectáculo de fuegos artificiales que el sultán había visto desde la orilla opuesta cuando tenía ocho años y aún no nos conocía, ahora estaba con Él, ¡se había marchado con Él al país en el que creía que encontraría la paz! Luego, durante alguno de esos paseos por el jardín que tanto se repetían, el sultán me preguntaba cuidadosamente: ¿acaso era necesario ser sultán para comprender que la gente se parecía en los cuatro climas y los siete confines del mundo? Yo guardaba silencio asustado y, como si quisiera romper mis últimas resistencias, el sultán insistía: el que los hombres pudieran ocupar el lugar de otros, ¿no era la mejor prueba de que eran iguales en todas partes? Aquel asunto había ido demasiado lejos.

Como esperaba que algún día el sultán y yo lográramos olvidarle y tenía la intención de ahorrar mucho más dinero, puede que hubiera soportado todo aquello pacientemente porque me había acostumbrado al temor a la incertidumbre; pero el sultán abría y cerraba despiadadamente las puertas de mi mente como si vagara al azar por un bosque en el que nos hubiésemos perdido mientras cabalgábamos persiguiendo a una liebre, y además lo hacía delante de todo el mundo. Así que tuve miedo porque se hacía acompañar otra vez por aquellos bufones serviles y pensé que haría una nueva limpieza en su entorno confiscándonos nuestras propiedades y porque intuí los desastres que se avecinaban. Un día en que me hacía describirle los puentes de Venecia, el mantel bordado de la mesa en que desayunaba de niño, lo que había recordado cuando estuvieron a punto de decapitarle para que se convirtiera al islam y lo que veía por la ventana que daba al jardín de atrás de su casa, decidí que debía huir de Estambul a la mayor brevedad posible tan pronto como me ordenó que escribiera todo aquello en un libro como si me hubiera sucedido a mí.

Una vez en Gebze nos instalamos en una casa distinta para poder olvidarle. Al principio tenía miedo de que viniera gente de palacio para llamarme, pero nadie apareció preguntando por mí, ni nadie se inmiscuyó en mis ingresos; o me habían olvidado, o el sultán me vigilaba en secreto. No pensé mucho en ello, puse mis asuntos en orden, hice construir esta casa y organicé el jardín de atrás como mejor me pareció, siguiendo mis impulsos; pasaba el tiempo leyendo mis libros, escribiendo historias amenas para mi propio placer y atendiendo, más por diversión que por dinero, a los visitantes que venían a pedir consejo porque se habían enterado de que yo era un antiguo gran astrólogo. Quizá fuera entonces cuando mejor llegué a conocer el país en el que había vivido desde niño: antes de predecirles el futuro a los tullidos, a los desesperados que habían perdido a un hijo o a un hermano, a los enfermos desahuciados, a los padres con hijas solteronas, a los bajos que no crecían de manera alguna, a los maridos celosos, a los ciegos, a los marinos o a los enamorados ofuscados por la pasión, les hacía que me contaran sus vidas en detalle y por la noche escribía en cuadernos lo que había escuchado con la intención de usarlo en mis historias, tal y como he hecho en este libro.

Fue por aquellos años cuando conocí a aquel anciano que trajo consigo una profunda amargura a mi habitación. Debía de tener diez o quince años más que yo. Se llamaba Evliya y en cuanto vi la tristeza de su rostro decidí que le consumía la soledad, pero no fue eso lo que me dijo: había consagrado su vida entera a viajar y a escribir un libro de viajes en diez volúmenes que estaba a punto de terminar; antes de morir iría a La Meca y Medina, los lugares más próximos a Dios, y también los describiría, pero su libro tenía una carencia que le molestaba, quería hablarles a sus lectores acerca de Italia ya que había oído hablar mucho de la belleza de sus fuentes y sus puentes, ¿acaso yo, a quien había venido a ver porque había oído de mi fama en Estambul, podía describírsela? Cuando le respondí que nunca había visto Italia me contestó que ya lo sabía, como todo el mundo, pero que le constaba que en tiempos había tenido un esclavo de allí que me lo contaba todo; si ahora se lo contaba yo a él, a cambio Evliya me narraría historias entretenidas: ¿no era lo mejor de la vida inventar y escuchar historias agradables? Sacó tímidamente un mapa de su bolsa, el peor mapa de Italia que nunca había visto, pero decidí describírsela.

Señalaba una ciudad en el mapa con sus dedos regordetes, que recordaban a los de un niño, y después de deletrear su nombre, pasaba cuidadosamente por escrito las descripciones que yo le daba. Además, para cada ciudad quería una historia curiosa. Así fue como pasamos trece noches en trece ciudades distintas, cruzando de norte a sur todo aquel país que yo veía por primera vez, y regresando en barco a Estambul desde Sicilia. Aquello nos llevó toda la mañana. Como había quedado muy satisfecho con lo que le había narrado, decidió divertirme y me habló de los funámbulos que desaparecían en los cielos de Acre, de la mujer de Konya que dio a luz un elefante y de su hijo, de los toros con alas azules y gatos rosados de las riberas del Nilo, de la torre del reloj de Viena y de los dientes que se hizo allí y que me mostró sonriendo, de la gruta parlante en las orillas del mar de Azov, y de las hormigas rojas de América. Por alguna razón, aquellas historias despertaban en mí una extraña amargura y me daban ganas de llorar. El rojo del sol naciente entraba en mi habitación; cuando Evliya me preguntó si yo tenía historias así de sorprendentes, le contesté, con la intención de dejarle de veras boquiabierto, que se quedara a dormir esa noche en casa con sus hombres: tenía una historia que le gustaría sobre dos hombres que ocupaban el uno el lugar del otro.

Esa noche, cuando todos se retiraron a dormir y cayó sobre la casa el silencio que ambos estábamos esperando, regresamos a mi habitación. ¡Fue entonces cuando soñé por vez primera esta historia que estáis acabando! Las frases se seguían lentamente unas a otras, no como si me lo estuviera inventando, sino como si alguien me estuviera susurrando en voz baja todas esas palabras: «Ibamos de Venecia a Nápoles y los barcos turcos nos cortaron el paso...».

Cuando terminé mi historia, mucho después de medianoche, se produjo un largo silencio. Podía notar que tanto mi huésped como yo estábamos pensando en Él, pero Evliya tenía una imagen completamente distinta en su mente. ¡No me cabe la menor duda de que estaba pensando en su propia vida! Yo también estaba pensando en mi vida, en Él, en que me gustaba la historia que acababa de contar; además me sentía orgulloso de todo lo que había vivido y soñado: la habitación en la que nos encontrábamos estaba repleta de recuerdos de lo que fuimos y lo que quisimos ser en tiempos. Comprendí con toda claridad que nunca Le olvidaría y que aquello me haría infeliz hasta el fin de mis días; ahora sabía que nunca podría vivir solo: era como si a medianoche, y junto con mi relato, hubiera aparecido en la habitación la sombra de un atrayente fantasma que a la vez que despertaba nuestra curiosidad nos inquietaba. Poco antes de amanecer, mi invitado, tras complacerme afirmando que mi historia le había gustado mucho, añadió que tenía algunas objeciones. Le escuché con atención porque quizá así me libraría del desasosegante recuerdo de nosotros dos y podría regresar cuanto antes a mi nueva vida.

Debíamos buscar lo extraño y lo sorprendente, como en mi historia; sí, puede que eso fuera lo único que podíamos hacer contra el agotador aburrimiento del mundo; y como era algo que sabía desde aquellos años de infancia y de escuela en que siempre repetía las mismas cosas, ni siquiera se le había pasado por la cabeza pasarse la vida encerrado entre cuatro paredes; por eso la había consagrado a los viajes, a buscar historias por los caminos infinitos. Pero debíamos buscar lo extraño y lo sorprendente en el mundo, ¡no en nuestro interior! Rebuscar de aquella manera dentro de nosotros mismos y pensar tanto en nosotros nos hacía desdichados. Y eso era lo que les había ocurrido a los personajes de mi relato: por eso los protagonistas no podían soportar ser ellos mismos y siempre querían ser otros. Luego me planteó: supongamos que los sucesos de esta historia son reales, dijo, ¿acaso era capaz de creerme yo que esos hombres que ocupaban el lugar del otro podrían ser felices en sus nuevas vidas? Guardé silencio. Luego, por alguna extraña razón, me recordó un detalle de mi historia: ¡no debíamos dejar que nos descarriaran las esperanzas de un esclavo español manco! Si lo hacíamos, nos convertiríamos en otros distintos a fuerza de escribir ese tipo de historias y de buscar en nuestro interior, y, Dios no lo quisiera, lo mismo les ocurriría a nuestros lectores. No quería pensar siquiera en lo horrible que sería ese mundo en el que la gente siempre hablara de sí misma, de sus rarezas, en el que los libros y las historias siempre trataran de eso.

¡Yo sí quería! Por esa razón, en cuanto aquel diminuto anciano, al que en un solo día tanto aprendí a querer, reunió a sus hombres al amanecer y se puso en camino ligero como una pluma para dirigirse a La Meca, me senté enseguida para escribir mi obra. Puse en el libro todo cuanto estuvo en mi mano acerca de mí mismo y de Él, a quien no podía separar de mí tal vez con la intención de imaginar mejor a los hombres de ese horrible mundo del futuro. Pero en estos días en que he vuelto a leer este libro que hace dieciséis años arrojé a un rincón, he podido darme cuenta de que tampoco fue mucho lo que estuvo en mi mano. Por eso, pidiendo disculpas de antemano a los lectores a quienes no les gusta que uno hable de sí mismo —especialmente si se deja llevar por la impetuosidad de los sentimientos—, añado esta página:

Le quise, Le quise como había amado a ese yo desvalido y patético con el que había soñado, como si me ahogaran la vergüenza, la ira, la culpabilidad y la amargura de aquella imagen soñada, como si me dejara llevar por la vergüenza que se siente al ver a un animal salvaje que se muere de tristeza, como si me enfureciera el descaro de mi propio hijo, como si me reconociera a mí mismo con una tonta alegría y una tonta repugnancia. Y, quizá, sobre todo Le quise de la misma manera en que me había acostumbrado a los superfluos movimientos de insecto de mis brazos, de la misma manera en que comprendía los pensamientos que cada día producían ecos en los muros de mi mente para luego apagarse, como reconocía el inconfundible olor del sudor de mi cuerpo patético, mi pelo ralo, mi fea boca o la mano rosada que sostenía mi pluma: por eso no pudieron engañarme. ¡Nunca me dejé embaucar por todos aquellos rumores que surgieron después de que escribiera mi libro y lo arrojara a un rincón para olvidarme de él, por los embustes de todos aquellos que habían sabido de nuestra fama y habían querido aprovecharse de ella! ¡Estaba proyectando una nueva arma en El Cairo bajo las alas protectoras de un bajá! ¡Durante la derrota ante Viena Él estaba en la ciudad aconsejando al enemigo cómo vencernos de la forma más rápida! ¡Le habían visto disfrazado de pordiosero en Edirne, donde había apuñalado a un fabricante de edredones en una pelea entre comerciantes que Él mismo había provocado antes de desaparecer! Ejercía de imán en una mezquita de barrio en una lejana ciudad de Anatolia, había fundado una sala de relojes, quienes lo contaban juraban que era cierto; ¡además había empezado a reunir dinero para construir una torre de reloj! ¡Se había hecho rico escribiendo libros en España, adonde había ido siguiendo a la peste! ¡Incluso dijeron que era Él quien estaba tras las maniobras políticas que derrocaron del trono a nuestro pobre sultán! ¡Escribía libros deprimentes después de haber logrado escuchar por fin confesiones verdaderas en aldeas eslavas, donde lo trataban con tanto respeto como a cierto legendario sacerdote epiléptico! ¡Viajaba por Anatolia diciendo que depondría a los estúpidos sultanes, arrastrando tras de sí a una horda hechizada por sus profecías y sus poemas, y me invocaba para que me uniera a Él! Durante los dieciséis años en que escribí historias para olvidarle, para entretenerme con los horribles pobladores de los horribles mundos del futuro, para disfrutar al máximo de mi imaginación, escuché otros rumores como aquellos, pero no me creí ninguno. No sé si a otros les ocurrirá lo mismo; a veces mientras nos hacíamos insoportable la vida entre aquéllas cuatro paredes en la ladera del Cuerno de Oro, a veces mientras esperábamos una invitación de palacio o de una mansión que nunca llegaba, a veces cuando complacíamos en nuestro odio mutuo, a veces también cuando nos sonreíamos escribiendo otro opúsculo para el sultán, de repente ambos nos fijábamos en algún pequeño detalle: un perro empapado que habíamos visto por la mañana, el oculto paralelismo de los colores y las formas de la ropa tendida entre dos árboles, ¡un lapsus que revelaba la simetría de la vida! ¡Eso es lo que más echo de menos ahora! Por eso he vuelto al libro de mi sombra, que supongo que algún curioso leerá años o quizá siglos después de Su muerte soñando más con su propia vida que con nosotros, aunque en realidad no me importa demasiado si nadie lo lee, y en el que he ocultado Su nombre enterrándolo, aunque no demasiado profundamente: para soñar de nuevo con las noches de la peste, con mi infancia en Edirne, con las hermosas horas que pasé en los jardines del sultán, con el escalofrío que me recorrió en la espalda cuando lo vi por primera vez, sin barba ante la puerta del bajá. Todo el mundo sabe que hay que volver a soñar la vida y los sueños que perdimos para poseerlos de nuevo: ¡yo me creí mi historia!

Voy a terminar mi libro narrando el día en que decidí acabarlo. Hace dos semanas, otra vez sentado ante mi mesa intentando soñar en una nueva historia, vi a un jinete procedente de Estambul. En los últimos tiempos no venía nadie a traerme noticias de Él y, quizá porque les trataba con reserva, no creía que vinieran muchos en el futuro, pero en cuanto vi a aquel viajero con su extraña capa y su parasol, supe que venía a verme. Pude oír su voz antes de entrar en mi habitación: hablaba turco con sus mismos errores, aunque no con tantos como Él, pero pasó al italiano en cuanto entró en mi cuarto. Al ver que yo arrugaba el gesto y que no le respondía, me dijo en su turco chapurreado que había dado por supuesto que yo sabría algo de italiano. Luego me contó que había sabido de mi nombre y de quién era yo por Él. Después de regresar a su país había escrito un montón de libros sobre las increíbles historias que había vivido entre los turcos, sobre el último sultán, tan amante de los animales, y sus sueños, sobre los turcos y la peste, sobre nuestras normas de conducta en la corte y en la guerra. Gracias a la mágica atracción por el Oriente que comenzaba a extenderse entre los aristócratas y especialmente entre las damas elegantes, Sus libros habían sido recibidos con gran interés, Sus obras se habían leído mucho, había impartido clases en diversas academias y se había hecho rico. Además, Su antigua prometida se dejó llevar por el entusiasmo de Sus escritos, se separó de su marido sin atender a la edad que ya tenía, se casaron, compraron las propiedades familiares, que habían sido divididas y vendidas, se instalaron en ellas y devolvieron la casa y el jardín a su estado anterior. Mi invitado sabía todo aquello porque le había visitado en Su hogar en calidad de admirador de Sus libros. Él había sido muy cortés, le concedió un día entero, respondió a sus preguntas y volvió a contarle las aventuras narradas en Sus libros. Fue entonces cuando le habló de mi, y durante largo rato: estaba escribiendo un libro sobre mi persona titulado Un turco a quien conocí de cerca; se disponía a presentar a Su interesado público italiano toda mi vida, desde mi infancia en Edirne hasta el día en que nos separamos, ayudándose con Sus inteligentes comentarios personales sobre los turcos. «¡Cuánto le habló usted de sí mismo!», dijo mi invitado. Luego, para sorprenderme, recordó ciertos detalles del libro, del cual había leído algunas páginas: cómo de niño había llorado amargamente después de darle una despiadada paliza a uno de mis amigos del barrio avergonzado por lo que había hecho, que era inteligente, que había asimilado en seis meses toda la astronomía que Él me había enseñado, que quería mucho a mi hermana, que era un hombre religioso que rezaba a las horas prescritas, que me encantaba la mermelada de cerezas, mi especial interés por la fabricación de edredones, la profesión de mi padrastro, etcétera. Como sabía que no podría comportarme con frialdad con aquel idiota después del interés que había demostrado por mí y como sé que a la gente así le gustan ese tipo de detalles, le mostré mi casa habitación por habitación. Luego se interesó por los juegos de mis hijos pequeños y sus amigos en el jardín; anotó en un cuaderno las reglas no sólo de la toña, sino también las de la gallina ciega, la pídola y el burro, que me pidió que le explicase, aunque este último no le gustó mucho. Fue entonces cuando me dijo que era un amigo de los turcos. Repitió lo mismo cuando aquella tarde, como no había nada mejor que hacer, le mostraba nuestro huerto y luego Gebze y la casa en la que había vivido con Él hacía años. Mientras examinaba cuidadosamente nuestra despensa paseándose entre tarros de mermelada y encurtidos, que le interesaron mucho, y tinajas de aceite de oliva y vinagre, vio el retrato que yo le había encargado a un pintor veneciano y se atrevió a ir un poco más allá; como quien revela un secreto, me confesó que en realidad Él no era un verdadero amigo de los turcos, sino que escribía cosas malas sobre nosotros: escribía acerca del principio de nuestro declive, hablaba de nuestras mentes como de armarios sucios llenos de porquerías, que no teníamos remedio, que nuestra única posibilidad de salvación era someternos a ellos cuanto antes, y que luego, durante siglos, no podríamos sino imitar a aquellos a quienes nos habríamos sometido. Para impedir que prosiguiera, le interrumpí diciendo de repente: «Pero Él quería salvarnos», a lo que mi invitado me contestó que sí, y para eso había construido el arma, pero nosotros no le habíamos comprendido; la máquina había sido abandonada en la ciénaga repugnante en que se había quedado encallada una mañana brumosa, como el espantoso pecio de un barco pirata que embarranca en los arrecifes durante una tormenta. Luego añadió: sí, había querido salvarnos de verdad. Pero eso no significaba que en Él no hubiera una malignidad diabólica. ¡Todos los genios eran así! Había tomado entre sus manos mi retrato y lo observaba de cerca mientras seguía susurrando algo sobre la genialidad: de no haber caído cautivo, de haber podido vivir en Su país, Él habría sido el Leonardo del siglo diecisiete. Luego volvió a ese tema de la maldad que tanto le gustaba, y me contó un par de cotilleos financieros sobre Él que se me han olvidado. «Lo extraño —dijo después— es que Él no ha influido para nada en usted.» Había podido conocerme y apreciarme, dejó clara su admiración por mí; pero no entendía cómo dos hombres que han vivido tantos años juntos podían parecerse tan poco. No me pidió mi retrato, como me temía; después de dejarlo en el mismo lugar del que lo había tomado, me preguntó: ¿podía ver los edredones? «¿Qué edredones?», le respondí confuso. Me miró sorprendido: ¿no me pasaba el tiempo libre cosiendo edredones? Fue entonces cuando decidí mostrarle el libro que no había tenido en mis manos desde hacía dieciséis años.

Le entusiasmó la idea, podía leer turco y me dejó claro que, por supuesto, le interesaba sobremanera un libro sobre Él. Subimos a mi cuarto de trabajo, que daba al jardín de atrás. Se sentó a nuestra mesa y yo encontré el libro donde lo había metido hacía dieciséis años como si lo hubiera colocado allí el día anterior; lo dejé abierto ante él. Era capaz de leer turco, aunque fuera despacio. Se sumergió en el libro con ese deseo de dejarse llevar sin abandonar el propio mundo, seguro y familiar, que yo había visto en todos los viajeros y que tanto me irritaba. Le dejé solo, salí al jardín y me senté en un diván de enea desde el que podía verle por la ventana abierta. Al principio parecía muy contento y me gritaba a través de ella: «¡Cómo se nota que no ha puesto el pie en Italia!». Pero luego se olvidó de mí; esperé tres horas allí, sentado en el jardín, a que acabara el libro, echándole un vistazo de reojo de vez en cuando. Cuando lo terminó, había comprendido; tenía el rostro desencajado; pronunció a gritos un par de veces el nombre del castillo blanco más allá de la ciénaga que había engullido nuestra arma; incluso intentó hablar conmigo en italiano, inútilmente. Luego, para descansar de lo que había leído y para digerir la sorpresa, se volvió y miró absorto por la ventana. Yo veía con agrado que al principio miraba a un punto infinito en el vacío, un punto focal que no existía, como hacen todas las personas en las mismas circunstancias, pero poco después, tal y como esperaba, él también lo vio: ahora estaba mirando el paisaje enmarcado por la ventana. No, no era tan estúpido como había creído, y mis inteligentes lectores ya se habrán dado cuenta. Tal y como esperaba, comenzó a pasar ansioso las páginas de mi libro, buscando algo; yo, complacido, esperaba que lo encontrara, y por fin lo consiguió y lo leyó. Luego volvió a observar lo que veía por esa ventana que daba al jardín de atrás de mi casa. Por supuesto, yo sabía muy bien lo que estaba viendo:

Sobre una mesa había una bandeja con incrustaciones de nácar con melocotones y cerezas, tras la mesa había un diván de enea en el que habían colocado unos cojines del mismo color verde que el marco de la ventana; allí estaba sentado yo, con un pie en la setentena; más allá se veía un pozo en cuyo brocal se posaba un gorrión, y olivos y cerezos. En el nogal que había entre ellos habían atado con largas cuerdas un columpio bastante alto que una brisa apenas perceptible balanceaba suavemente.

1984-1985



Traducción del turco de Rafael Carpintero Ortega
Barcelona, Random House Mondadori, S. A., 2007
Foto: © Francesco Acerbis/Corbis