18 feb. 2012

Naguib Mahfuz - El único hombre





Permítanme que me presente. Mi nombre es Satán. Sólo con eso debería bastar. Conocen mi historia desde la Antigüedad. Y, en efecto, la fama de mi misión resplandece con tanto brillo como el sol que con seguridad me abrasará el Día del Juicio.

Sin embargo, estoy aturdido y confuso desde que me he enterado de que, a pesar de todas las protestas en sentido contrario, existe aún un hombre honorable en su país. Para evitar cualquier malentendido, permítanme decirles con franqueza que no puedo aceptar ninguna responsabilidad por la marea de maldades que actualmente inunda la tierra. No obstante, acepto complacido esas ideas nuevas y desviadas que nunca se me habían ni siquiera ocurrido en los tiempos antiguos. Siempre he aceptado mi destino, que es luchar por hacer que el hombre tropiece, y después tomarme el tiempo necesario para ver los resultados. Pero las innovaciones de esta generación sobrepasan de largo las de todas las que la precedieron. Desde tiempo inmemorial, el arte de tentar a un solo hombre o una sola mujer me absorbía por completo, y recurría a mi amplio repertorio de trucos y prestidigitaciones en mi esfuerzo por hacerlos caer en la trampa. Pero ahora, simplemente contemplo cómo la humanidad entera se lanza locamente al abismo. Grupos y pueblos enteros caen en el pozo sin que una palabra pase por mis labios, sin que haga movimiento alguno. Todos ellos se hunden juntos en el lodazal, mientras yo me aparto un poquito y espero, intrigado y perplejo, golpeando una mano contra la otra. ¡Cuánto he deseado ser yo la causa, la persona que puso todo en movimiento, el que tenía derecho a alardear de que era obra suya!

Pero ¿qué sucede de verdad? ¿De dónde procede toda esta corrupción?

Una vez más he de confesar que los tiempos han cambiado. Cada día asistimos a un nuevo milagro o maravilla en el mundo. Y, en efecto, me doy cuenta de que hoy es necesario estudiar economía y política, propaganda y oratoria, y aprenderlo todo sobre ciencia y tecnología, así como sobre contratistas y agentes y comisionistas, y las maneras y modos de la inmigración ilegal. Tengo que hacerme más culto y cambiar mis viejas formas si no quiero que mi causa sea derrotada, perder mi auténtica razón de existir. De otro modo, mi rebelión inmortal se desvanecerá estérilmente en el vacío sin dejar ninguna huella.

Estaba sumido en este estado de frustración y aturdimiento cuando mis espías me informaron de que todavía quedaba un hombre íntegro en estas tierras.

—Se llama Muhammad Zayn —me dijeron—. Es juez de profesión, vive en la calle Zayn al-Abidin número 15.

Inmediatamente, empecé a vigilar con especial cuidado a aquel hombre. Reside en una casa vieja, poco adecuada a su posición. Pero allí es donde creció con su familia hasta que quedó para él conforme iban falleciendo todos los de su linaje. No obstante, se considera una gran merced del Señor en una época en la que la gente vive en tumbas y tiendas de campaña. Está casado, tiene un hijo en la universidad y otro hijo y una hija que estudian secundaria. Va solo andando hasta el autobús del tribunal cada mañana, se baja una parada antes para que la gente no le vea andar confundido entre la muchedumbre, y lleva bien apretada la cartera bajo el brazo. Empieza las sesiones del tribunal a la hora prevista, continúa con el testimonio de la fiscalía, de la defensa y de los testigos con sorprendente concentración e interés. Aparte de eso, prácticamente nunca sale de su casa si no es por necesidad, algunas veces para estudiar los informes legales o para pagar sus facturas. Transmite a sus hijos el espíritu del trabajo duro y la austeridad, y ninguno de ellos se eleva por encima de los vástagos de los pobres. En conjunto, la familia se ajusta a un aspecto de sencilla modestia en la conducta, el modo de vestir e incluso en la comida. La esposa, sin embargo, sobrelleva todo esto con poca paciencia, y desahoga sus sentimientos quejándose y maldiciendo de vez en cuando los tiempos que le han tocado.

—Pongo mi sueldo entero en tus manos —le dice el juez—. No puedo convertir en oro los metales corrientes. No especulo con el coste brutal de la vida, porque vivo temeroso de Dios, que ha de preservarme de la perdición hasta que exhale el último suspiro.

Un gran hombre, pero pecador de todas formas. Las tentaciones le acechan por todas partes, como el agua o el viento. Descubrí que un ansia de conquista se había apoderado de mí, porque justo delante tenía a su mujer y su familia. Aún más: era un grupo familiar perfectamente consciente de lo que sucedía a su alrededor. Aquí tienen una conversación que nos muestra las diferencias entre un marido y su esposa:

—¿Qué clase de mundo es éste? —preguntaba ella—. ¿Hemos de ser condenados a todo este tormento simplemente porque somos buenos?

Él la cortó con firmeza:

—Ésta es la suerte del honrado en tiempos de pecado.

—Son todos unos ladrones, como sabes muy bien —declaró ella.

—Sí, son... todos son unos ladrones.

—¿Y cómo terminará todo?

—No tengo más posesión que mi paciencia —le replicó él.

Este ejemplo era tanto una objeción a la forma en que andaban las cosas como un reproche a la virtud de su marido.

La hija escucha con mucha atención; lee la prensa cada día y reflexiona bastante sobre los asuntos del mundo. ¿Debería celebrarse su matrimonio en condiciones tan espantosas? No me arrugué a la hora de enviarle a un joven seductor, ni tampoco a una colega mía muy competente para encontrar pisos amueblados, pero de todos modos la joven pareja logró echar el freno al borde del pecado.

—Los sinvergüenzas se sienten seguros, y circulan como si estuvieran por encima de la ley —declaró la hija—. Y mientras tanto, la propia ley es miserable, y sólo se aplica contra los miserables.

—A sus hijos se les abren todas las puertas —dijo uno de los hijos del propio Muhammad—. Y sólo hay buenas oportunidades para ellos.

—A nosotros todo lo que nos toca es sufrimiento, y mentiras envueltas en miel.

—Nuestro padre es un hombre honorable. Un juez honrado... ¡pero más débil que un delincuente con dinero!

Estaba encantado con lo que oía y me preparé para el trabajo. En mi existencia todo se efectúa en cosa de segundos. Mi tarea parecía extremadamente fácil. Decidí dejar al hombre solo para que se concentrase en sus hijos. Si uno quiere someter una fortaleza, debe buscar primero un punto débil en sus murallas. Y allí es donde ha de aplicar con más intensidad su esfuerzo.

El éxtasis que precede al triunfo iluminó mi corazón. Pronto, sin embargo, se mezcló con otra cosa, y —¡oh, qué deprisa y de qué extraño modo!— esta cosa semejaba un olor de origen dudoso. La euforia se disipó como una ola que acaricia la orilla. Caí en un estado de lasitud, una modorra parecida a una sensación de fracaso, como si me avergonzara de mí mismo por primera vez en toda mi bien arraigada historia. Vacilé, cuando nunca antes había vacilado. Me acobardé, cuando nunca antes me había acobardado. Por muchos deseos que hubiera albergado de entrar en batalla, mi victoria sólo podía ser motivo de burla, y una derrota acarrearía indudablemente vergüenza.

No, Satán; no se trata de mera indolencia, es renunciación. Nunca antes había tenido semejante contretemps. Le dejaré a usted, señor Muhammad, con su trabajo intachable, con sus duras circunstancias personales y toda la gente retorcida que tiene a su cargo. No es usted feliz, pero, aun así, le tienen envidia. No sucumbe ante ellos, de modo que intentan provocarle. Nadie le ama. Nadie se identifica con usted. Le tienen inquina y conspiran sin cesar para mortificarle con el peor de los deseos.

Ahora le diré adieu. Seguiré desde lejos sus noticias. Porque usted será una mancha negra en mi ser, ya para siempre. Si alguna vez me preguntan por usted, responderé:

—Es un hombre que impidió al diablo hacer su trabajo.



En El séptimo cielo, relatos de lo sobrenatural
Traducción: Mariano Antolín Rato