22 feb. 2012

Julio Ramón Ribeyro - Malas copias





La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas como las que concurren a la eclosión de una de esas bellezas universales que hacen soñar a toda una generación. Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza! ¡Cuántos Joyces, Kafkas, Célines flous, velados o sobrexpuestos habrán existido! Unos murieron jóvenes, otros cambiaron de oficio, otros se dedicaron a la bebida, otros se volvieron locos, otros carecieron de uno o de dos de los requisitos que los grandes artistas reúnen para elevarse sobre el nivel de la subliteratura. Falta de formación, enfermedades, pereza, carencia de estímulos, impaciencia, angustias económicas, ausencia de ambición o de tenacidad o simplemente de suerte, son como el billete de lotería prometedor al cual solo le falta el número Terminal para obtener el premio en la rifa de la gloria. Y algunos han probablemente reunido todas esas cualidades, pero faltó la circunstancia azarosa, la aparentemente insignificante (la lectura de un libro, la relación con tal amigo) capaz de servir de reactivo al compuesto químicamente perfecto y darle su verdadera coloración. Así en el metro veo a veces a una mujer y me digo: "Podría ser Brigitte Bardot, pero lástima que le falten treinta centímetros de estatura" o "Esa rubia se parece a Marilyn Monroe, pero tiene las piernas corno dos estacas". Ellas son también las malas pruebas del modelo original, la mercadería con fallas que se vende al por mayor.


En Prosas apátridas aumentadas