1 ene. 2012

Richard Dawkins sobre Stephen Jay Gould (en "El Capellán del Diablo")






Hasta las tropas toscanas

Stephen Jay Gould y yo no agotábamos nuestras tardes conversando. Fuimos muy cordiales en nuestros encuentros, pero sería falaz sugerir que éramos íntimos. Nuestras diferencias científicas, incluso, habían sido llevadas al formato de libro por el filósofo Kim Sterelny, en Dawkins versus Gould: supervivencia del más apto. A su vez, Andrew Brown, en La guerra darwiniana: sobre cómo los estúpidos genes se transformaron en egoístas dioses, ha llegado tan lejos como para dividir a los darwinianos modernos en «gouldianos» y «dawkinsianos». Sin embargo, a pesar de nuestras diferencias, no es sólo el respeto por los muertos lo que me lleva a incluir en esta obra una sección sobre Stephen Gould con un tono en gran medida positivo.

  «Y hasta las tropas toscanas» (Steve habría completado la cita con su formidable memoria literaria) «apenas podían contener sus vivas.» Macaulay celebraba la admiración que puede unir a los enemigos en la muerte. La palabra «enemigos» es demasiado fuerte para una disputa puramente académica, pero «admiración» no lo es. Había muchas cosas por las que luchábamos codo a codo. En su reseña de Escalando el Monte Improbable, Steve invocó entre nosotros una compartida pertenencia, sentimiento que era recíproco, de cara a un enemigo común:
  
    En esta importante batalla por informar a un público dubitativo (cuando no abiertamente hostil) acerca de las afirmaciones de la evolución darwiniana y explicar tanto la belleza como el poder de este revolucionario enfoque de la vida, me siento hermanado con Richard Dawkins en una empresa común.
  
  Nunca se sintió avergonzado por su inmodestia y espero que se me perdone el compartir con mis lectores la única ocasión en la cual su generosidad le impulsó a incluirme en ella: «Richard y yo somos las dos personas que mejor escribimos sobre la evolución…». Había un «pero», desde luego, mas debo continuar.

  Las reseñas que siguen, distanciadas entre sí por muchos años, muestran lo que espero se lea como un equivalente sentimiento de común pertenencia, aun cuando son críticas. Desde Darwin fue la primera colección de los celebrados ensayos de Gould aparecidos en Natural History. Marcó el tono para todos ellos; el tono «agudamente delirante» de Regocijarse con la diversidad de la naturaleza también podría ser adecuado para cualquiera de ellos.

El arte de lo desarrollable, si bien fue escrito en 1983, no ha sido publicado previamente. Se trata de una reseña conjunta en La República de Plutón de Peter Medawar y de la tercera de las colecciones de ensayos de Natural History de Gould. Me lo encomendó The NewYork Review of Books, pero eventualmente, por razones que ya no recuerdo, su publicación no llegó a realizarse. Años más tarde, le envié la reseña a Steve y él me expresó afectuosamente su desilusión ante el hecho de que nunca hubiese sido publicada. Medawar era uno de mis héroes intelectuales y también lo era de Gould: esa era otra cosa que teníamos en común. Mi título, «El arte de lo desarrollable», une El arte de lo soluble de Medawar con el interés de Gould por la evolución del desarrollo.

  La vida maravillosa es, en mi opinión, un libro hermoso y desviado. También ha desviado a otros: su retórica entusiasta ha llevado a otros autores a conclusiones absurdas que van mucho más lejos que las intenciones del Dr. Gould. Desarrollo este aspecto en uno de los capítulos de mi libro Destejiendo el arco iris, «Enormes símbolos confusos de un imaginario romance». Este artículo, que aquí aparece reimpreso como Hallucigenia, Wiwaxia y sus amigos -el título que le diera el Sunday Telegraph- es mi reseña de La vida maravillosa.

  "Chauvinismo humano y progreso evolutivo" es mi reseña de Full House, un libro al que los editores británicos rebautizaron como Life’s Grandeur [La grandeza de la vida]. La reseña fue publicada en pareja con la reseña que Steve escribió sobre Escalando el Monte Improbable. El director de Evolution pensó que sería divertido invitar a cada uno de nosotros a reseñar el libro del otro, en forma simultánea, sabiendo de la existencia pero no del contenido de la reseña del otro. La reseña de Gould tenía el característico título de «Autoayuda para un erizo atascado en el túmulo de un topo». Full House trata acerca de la idea de progreso en evolución. Concuerdo con las objeciones de Gould a la idea de progreso tal como él lo veía. Pero en esta reseña desarrollo dos significados alternativos de progreso que creo importantes y no tan vulnerables a sus objeciones. Mi intención no era únicamente reseñar un libro, sino también hacer una contribución al pensamiento evolutivo.

  Stephen Jay Gould fue mi contemporáneo exacto, pero siempre lo consideré como a alguien mayor que yo, probablemente porque sus prodigiosos conocimientos parecían pertenecer a una época más culta. Su colega de toda la vida, Niles Eldredge, quien me enviara con gran amabilidad el texto de su conmovedor panegírico, decía que había perdido un hermano mayor. Años antes me había parecido natural pedir el consejo de Steve cuando, viajando por Estados Unidos, fui invitado a sostener un «debate» televisivo con un creacionista. Steve me dijo que él siempre había rechazado esas invitaciones, no porque tuviese miedo de «perder» el debate (la sola idea es risible), sino por una razón más sutil que yo acepté y nunca olvidé. Poco antes de que su última enfermedad comenzara, le escribí recordándole el consejo que me había dado y proponiéndole publicar una carta conjunta ofreciendo el mismo consejo a otros. Steve aceptó con entusiasmo y sugirió que yo preparase un borrador sobre el cual pudiésemos trabajar juntos más tarde. Lo hice, pero lamentablemente «más tarde» nunca llegó. Cuando supe de su repentina muerte le escribí a Niles Eldredge preguntándole si él pensaba que a Steve le hubiese gustado que yo publicara la carta de todos modos. Niles me alentó a hacerlo y ese texto cierra la sección con el nombre de Correspondencia inconclusa con un «peso pesado» darwiniano [se incluye a continuación].

  Para bien o para mal, Steve Gould ejercía una gran influencia en la cultura científica estadounidense y, tras el balance, lo bueno sobresale. Resulta placentero que, justo antes de su muerte, lograra completar su magnum opus acerca de la evolución y su ciclo de ensayos de Natural History en 10 volúmenes. Aunque disentíamos en mucho, compartíamos también mucho, incluyendo un fascinado deleite ante el mundo natural y una apasionada convicción de que tales maravillas no merecen nada menos que una explicación puramente natural.

(...)


5.5. Correspondencia inconclusa con un «peso pesado» darwiniano

La siguiente correspondencia nunca fue completada y ahora, desgraciadamente, nunca podrá serlo.

  9 de diciembre de 2001  
  Stephen Jay Gould, Harvard

    Estimado Steve:

Recientemente he recibido un mensaje electrónico de Philip Johnson, fundador de la escuela creacionista llamada de «Diseño Inteligente», cacareando triunfalmente a causa de que uno de sus colegas, Jonathan Wells, había sido invitado a participar en un debate en Harvard. Johnson incluyó el texto de su mensaje en su sitio web «Cuña de la Verdad» [Wedge of Truth], en el cual anunciaba el debate de Wells bajo el título de «Wells batea un home run en Harvard». 
http: //www.arn.org/docs/pjweekly/pj_weekly_011202. htm

    El «home run» resulta NO ser un resonante éxito de Wells en convencer a la audiencia NI tampoco en forma alguna la de su oponente (Stephen Palumbi, quien me dice que aceptó tomar parte en ello con gran reticencia, únicamente porque alguien de Harvard YA había invitado a Wells y era demasiado tarde para hacer algo al respecto). No hay sugerencia alguna acerca de que Wells lo haya hecho bien en el debate, tampoco un interés obvio en el hecho de si lo hizo o no. No, el «home run» fue única y simplemente el haber sido invitado a Harvard. Esta gente no tiene esperanza alguna de convencer a científicos respetables con sus ridículos argumentos. En lugar de ello, lo que buscan es el oxígeno de la respetabilidad. Les damos ese oxígeno a través del mero acto de RESPONDERLES. No les importa ser apaleados en los argumentos. Lo que les interesa es que les hemos reconocido al molestarnos en discutir con ellos en público.

    Me convenciste este año cuando te telefoneé (seguramente ya lo has olvidado) para pedirte consejo cuando fui invitado a debatir con Duane P. Gish. A partir de esa llamada, te he citado repetidamente y he rechazado debatir con esta gente, no porque tenga miedo de «perder» el debate, sino porque, como tú dices, el solo hecho de aparecer en un escenario con ellos es otorgarles la respetabilidad por la que imploran. Sea cual fuere el resultado del debate, el hecho de que sea puesto en escena sugiere al espectador ignorante que debe haber algo que valga la pena debatir, en algo como los «tiempos iguales».

    Primero, estoy interesado en saber si aún mantienes esta opinión, tal como lo hago yo. Segundo, te propongo que consideres unirte a mí (no es necesario involucrar a otros) en la firma de una breve carta, por ejemplo, a The New York Review of Books, explicando públicamente por qué no debatimos con los creacionistas (incluyendo a los creacionistas que hay detrás del eufemismo «Diseño Inteligente») y alentando a otros biólogos evolutivos a seguirnos.

    Esta carta tendría un gran impacto precisamente porque se han publicitado ampliamente nuestras diferencias (que los creacionistas, con una deshonestidad intelectual extrema, no han dudado en aprovechar) y hasta animosidades. Y no sugeriría escribir una larga disquisición acerca de las diferencias técnicas que hay entre nosotros. Eso solamente confundiría el asunto, haría más difícil ponerse de acuerdo en el borrador final y disminuiría el impacto. Ni siquiera mencionaría nuestras diferencias. Sugiero una breve carta al director, explicándole por qué no nos ocupamos del «diseño inteligente» ni de ninguna otra clase de creacionistas y ofrecer nuestra carta como modelo para ser citado por otros al rechazar esas invitaciones en el futuro. Habiendo llegado a mi sexagésimo cumpleaños (tenemos edades casi idénticas) creo esto profundamente.
  
  Steve contestó el 11 de diciembre de 2001 con un cálido y amistoso mensaje electrónico, en el cual acordaba entusiasmado que una carta conjunta era una idea excelente y decía que le encantaría unirse como el otro único firmante. Estuvo de acuerdo con que The New York Review of Books bien podría ser el mejor sitio y me propuso que escribiera el primer borrador. Lo reproduzco aquí exactamente tal y como se lo envié para su aprobación.

  14 de diciembre de 2001
  Estimado Director

  Como toda ciencia que avanza, y como ambos sabemos, el estudio de la evolución posee sus controversias internas. Pero ningún científico calificado duda de que la evolución es un hecho, en el sentido normalmente aceptado en el cual es un hecho que la Tierra gira alrededor del Sol. Es un hecho que los seres humanos somos parientes de los monos, los canguros, las medusas y las bacterias. Ningún biólogo respetable lo duda. Ni lo duda ningún teólogo respetable, desde el Papa en adelante. Desafortunadamente, muchos estadounidenses legos lo dudan, incluyendo, de manera alarmante, a algunos hombres y mujeres influyentes, poderosos y, sobre todo, bien financiados.

  Somos permanentemente invitados a participar de debates públicos con los creacionistas, incluyendo a los creacionistas de los últimos días, disfrazados tras el eufemismo de «Teóricos del Diseño Inteligente». Siempre rechazamos esas invitaciones por una razón de orden superior. Si se nos permitiese explicar esta razón públicamente, esperamos que nuestra carta pueda resultar de ayuda a otros científicos evolucionistas acosados por invitaciones similares.

  La cuestión de quién «ganaría» ese debate, no está en discusión. Ganar no es -de manera realista— a lo que estas personas aspiran. El golpe que buscan dar es, sencillamente y en primer lugar, el del reconocimiento que les provee el hecho de que se les permita compartir un escenario con un auténtico científico. Esto sugeriría al espectador inocente que debe haber alguna idea aquí que genuinamente vale la pena debatir, en algo así como igualdad de condiciones.

  En el momento de escribirle, el principal sitio web del «Diseño inteligente» informa sobre un debate en Harvard con el título «Wells bateó un home run en Harvard». Jonathan Wells es un creacionista devoto, desde hace mucho tiempo, de la Iglesia de la Unificación (los «moonies»). El mes pasado, Wells sostuvo un debate con Stephen Palumbi, profesor de Biología en la Universidad de Harvard. Un «home run» parecería sugerir que el reverendo (sic) Wells logró algún tipo de victoria sobre el profesor Palumbi. O, al menos, que presentó poderosos argumentos y que su exposición fue bien recibida. No se afirma nada de eso. Ello no parece, siquiera, ser de su interés.

  El «home run» resulta ser sencillamente la manifestación pública en Harvard de que, en palabras de Phillip Johnson, autor del sitio web, «Esta es la clase de debate que está teniendo lugar en las universidades actualmente». Hubo una victoria, pero tuvo lugar mucho antes del debate propiamente dicho. Los creacionistas marcaron su home run en el instante en que la invitación de Harvard aterrizó frente a la puerta de su sede. No provenía, dicho sea de paso, de ningún departamento biológico o científico, sino del Instituto de Política. El propio Phillip Johnson, padre fundador del movimiento «Diseño inteligente» (no un biólogo ni un científico, sino un abogado que se transformó en cristiano nuevo converso) escribió el 6 de abril de 2001, en una carta de la cual envió una copia a uno de nosotros:
  
    No vale la pena que invierta mi tiempo en debatir con cada darwinista ambicioso que desea tener su oportunidad de poner en ridículo a la oposición, por lo tanto, mi política general es que los darwinistas deben poner en riesgo una figura significativa antes de que yo acepte participar en un debate. Esto significa, específicamente, Dawkins o Gould, o alguien de parecido nivel y visibilidad pública.  

  Bien, también nosotros podemos condescender y tenemos la ventaja de que los científicos evolutivos no necesitamos la publicidad de esos debates. En el improbable caso de que un argumento significativo surgiese alguna vez de las filas del creacionismo/«diseño inteligente», estaríamos contentos de debatirlo. Mientras tanto, cultivaremos nuestros jardines evolutivos, dedicándonos ocasionalmente a la más exigente y valiosa tarea de debatir entre nosotros. Lo que no haremos es apoyar a los creacionistas en su deshonesta búsqueda de publicidad gratuita e inmerecido respeto académico.

  Con toda humildad, ofrecemos estas reflexiones a nuestros colegas que reciben similares invitaciones al debate. [Fin de la carta]

  Por desgracia, Steve nunca llegó a revisar la carta, la cual en consecuencia carece del penacho estilístico que su diestro toque le hubiese otorgado. Recibí un mensaje electrónico más en el cual se disculpaba y esperaba tratar el asunto a la brevedad. El silencio subsiguiente, ahora me doy cuenta, coincidió con su enfermedad final. Por lo tanto, ofrezco mi borrador, imperfecto como es, con la esperanza de que pueda lograr transmitir, en alguna medida, el mensaje que aprendí originalmente de él muchos años atrás. Mi sincero deseo y mi esperanza es que él habría aprobado el contenido de la carta pero, desde luego, no puedo estar seguro.

  Cerrar esta sección con una nota de esta armonía puede parecer enigmático. Puesto que Steve era tan neodarwinista como lo soy yo, ¿en qué disentíamos? Las principales diferencias se ven claramente en su último libro de gran extensión, La estructura de la teoría de la evolución, el cual no tuve oportunidad de leer hasta después de su muerte. Es adecuado, por lo tanto, explicar ese asunto aquí y resulta que también es un puente natural hacia el ensayo siguiente. La cuestión en disputa es esta: ¿cuál es el papel de los genes en la evolución? Para utilizar la frase de Gould: ¿es «teneduría de libros o causalidad»?

  Gould consideraba que la selección natural operaba en muchos niveles de la jerarquía de la vida. En efecto, eso puede ser hasta cierto punto, pero creo que esa selección solo puede tener consecuencias evolutivas cuando las entidades seleccionadas son «replicadores». Un replicador es una unidad de información codificada, de gran fidelidad, pero ocasionalmente mutable, con algún poder causal sobre su propio destino. Esas entidades son los genes. También lo son, en principio, los memes, pero estas entidades no están aquí en discusión. La selección natural biológica, en cualquier nivel que podamos verla, tiene como resultado efectos evolutivos únicamente en la medida que hace surgir cambios en las frecuencias de los genes de los acervos génicos. Gould, sin embargo, consideraba a los genes solo como «tenedores de libros» que registran pasivamente los cambios que ocurren en otros niveles. En mi opinión, además de otras cosas, los genes tienen que ser más que tenedores de libros, de lo contrario la selección natural no puede funcionar. Si un cambio genético no tiene una influencia causal sobre los cuerpos o, al menos, sobre algo que la selección natural pueda «ver», la selección natural no puede favorecerlo o desfavorecerlo. No habrá ningún cambio evolutivo.

  Gould y yo coincidiríamos en que los genes pueden ser considerados como un libro, en el cual está escrita la historia evolutiva de una especie. En Destejiendo el arco iris lo llamé «El Libro Genético de los Muertos». Pero el libro está escrito en la dirección de la selección natural de genes que varían al azar, seleccionados en virtud de su influencia causal sobre los cuerpos. La del tenedor de libros es, precisamente, la metáfora errónea, a causa de que invierte la flecha causal casi de una manera lamarckiana y hace de los genes tenedores de libros pasivos. Traté este asunto en 1982 (El fenotipo extendido) en mi distinción entre «replicadores activos» y «replicadores pasivos». Este punto también está explicado en la soberbia reseña del libro de Gould escrita por David Barash. («Grappling with the Ghost of Gould», Human Nature Review, 2 - 9 de julio de 2002).

La del tenedor de libros es, de manera perversa —y característica—, una metáfora valiosa, precisamente a causa de que está tan diametralmente invertida. No es la primera vez que las características vividez y claridad de una metáfora de Gould contribuyen a que veamos vivida y claramente lo que es incorrecto en su mensaje y cómo necesita ser modificado para poder llegar a la verdad.

  Espero que esta breve nota no se interprete como un intento de ganar la ventaja de quedarme con la última palabra. La estructura de la teoría de la evolución es una última palabra tan poderosa que nos mantendrá ocupados en darle respuesta por años. Qué brillante modo de despedirse para un investigador. Lo echaré de menos.


    El Capellán del Diablo. Reflexiones sobre la esperanza, la mentira, la ciencia y el amor
    Título del original inglés: A Devil’s Chaplain
    Traductor: González del Solar, Rafael
    ©2003, Dawkins, Richard
    ©2005, Gedisa


    Foto: Richard Dawkins © Rune Hellestad-Corbis 2009