1
La manecilla del nivel de la gasolina cayó de pronto a cero y el joven conductor
del coupé
afirmó
que era cabreante lo que tragaba aquel coche.
—A ver si nos
vamos a quedar otra vez sin gasolina —dijo la chica (que tenía unos veintidós años) y le recordó al conductor
unos cuantos sitios del mapa del país en los que ya les había sucedido lo mismo.
El joven respondió
que él
no tenía
motivo alguno para preocuparse porque todo lo que le sucedía estando con
ella adquiría
el encanto de la aventura. La chica protestó; siempre que se les había acabado la
gasolina en medio de la carretera, la aventura había sido sólo para ella, porque el joven se había escondido y
ella había
tenido que utilizar sus encantos: hacer autoestop a algún coche, pedir
que la llevasen hasta la gasolinera más próxima, volver a parar otro coche y
regresar con el bidón.
El joven le preguntó si
los conductores que la habían
llevado habían
sido tan desagradables como para que ella hablase de su misión como de una
humillación.
Ella respondió
(con pueril coquetería)
que a veces habían
sido muy agradables, pero que no había podido sacar provecho alguno porque
iba cargada con el bidón y
había tenido además que despedirse
de ellos antes de que le diera tiempo de nada.
—Miserable —le dijo el
joven. [77]
La chica afirmó
que la miserable no era ella, sino precisamente él; ¡quién sabe cuántas chicas le hacen autoestop en la
carretera cuando conduce solo! El joven cogió a la chica del hombro y le dio un suave
beso en la frente. Sabía
que ella lo quería y
que tenía
celos de él.
Claro que ser celoso no es una cualidad muy agradable, pero, si no se emplea en
exceso (si va unida a la humildad), presenta, además de su natural incomodidad, cierto
aspecto enternecedor. Al menos eso era lo que el joven creía. Como no tenía más que veintiocho
años, le parecía que era muy
mayor y que había
aprendido ya todo lo que un hombre puede saber de las mujeres. Lo que más apreciaba de
la chica que estaba sentada a su lado era precisamente aquello que hasta
entonces había
encontrado con menor frecuencia en las mujeres: su pureza.
La manecilla ya estaba a cero cuando el joven vio a la derecha un
cartel que indicaba (con un dibujo en negro de un surtidor) que la gasolinera
estaba a quinientos metros. La chica apenas tuvo tiempo de afirmar que se había quitado un
peso de encima, cuando el joven ya estaba poniendo el intermitente de la izquierda
y entrando en la explanada en la que estaban los surtidores. Pero tuvo que
detenerse a un lado porque, junto al surtidor, había un voluminoso camión con un gran
depósito de metal
que mediante una gruesa manguera llenaba de gasolina el depósito del
surtidor.
—Vamos a tener
que esperar un buen rato —le
dijo el joven a la chica y salió
del coche—. ¿Va a tardar
mucho? —le
preguntó a
un hombre vestido con un mono azul.
—Un minuto —respondió el hombre.
Y el joven dijo:
—Ya veremos lo
que dura un minuto.
Iba a volver al coche a sentarse pero vio que la chica salía por la otra
puerta. [78]
—Voy a aprovechar
para ir a hacer una cosa —Dijo
ella.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó el joven
intencionadamente, porque quería
ver la cara que iba a poner.
Hacía
ya un año
que la conocía y
la chica aún
era capaz de avergonzarse delante de él, y a él le encantaban esos instantes en los
que ella sentía
vergüenza;
en primer lugar porque la diferenciaban de las mujeres con las que él se había relacionado
antes de conocerla, en segundo lugar porque sabía que en este mundo todo es pasajero, y
eso hacía
que hasta la vergüenza
de su chica fuera algo preciado para él.
2
A la chica realmente le desagradaban las ocasiones en las que tenía que pedirle
(el joven conducía
con frecuencia muchas horas sin parar) que se detuviese un momento junto a un
bosquecillo. Siempre le daba rabia cuando él le preguntaba con fingido asombro por
el motivo de la parada. Ella sabía que la vergüenza que sentía era ridícula y pasada de moda. En el
trabajo había
podido comprobar muchas veces que la gente se reía de su susceptibilidad y que la provocaban
a propósito.
Sentía
siempre vergüenza
anticipada sólo
de pensar que iba a darle vergüenza.
Con frecuencia deseaba poder sentirse libre dentro de su cuerpo, despreocupada
y sin angustias, como lo hacía
la mayoría
de las mujeres a su alrededor. Hasta había llegado a inventarse un sistema
especial de convencimiento pedagógico: se decía que cada persona recibía al nacer uno
de los millones de cuerpos que estaban preparados, como si le adjudicasen una
de los millo- [79] nes de habitaciones de un inmenso
hotel; que aquel cuerpo era, por tanto, casual e impersonal; que era una cosa
prestada y hecha en serie. Lo repetía una y otra vez, en distintas versiones, pero nunca
era capaz de sentir de ese modo. Aquel dualismo del cuerpo y el alma le era
ajeno. Ella misma era excesivamente su propio cuerpo, y por eso siempre lo sentía con angustia.
Con esa misma angustia se había aproximado también al joven a
quien había
conocido hacía
un año y
con el que era feliz quizá
precisamente porque nunca separaba su cuerpo de su alma y con él podía vivir por
entero. En aquella indivisión
residía
su felicidad, sólo
que tras la felicidad siempre se agazapaba la sospecha, y la chica estaba llena
de sospechas. Con frecuencia pensaba que las otras mujeres (las que no se
angustiaban) eran más
seductoras y atractivas, y que el joven, que no ocultaba que conocía bien a aquel
tipo de mujeres, se le iría alguna
vez con alguna de ellas. (Es cierto que el joven afirmaba que ya estaba harto
de ese tipo de mujeres para el resto de su vida, pero la chica sabía que él era mucho más joven de lo
que pensaba. ) Ella quería
que fuese suyo por completo y ser ella por completo de él, pero con
frecuencia le parecía
que cuanto más
trataba de dárselo
todo, más
le negaba algo: lo que da precisamente el amor carente de profundidad y
superficial, lo que da el flirt. Sufría por no saber ser, además de seria,
ligera.
Pero esta vez no sufría
ni pensaba en nada de eso. Se sentía a gusto. Era su primer día de vacaciones (catorce días de vacaciones
en los que durante todo el año
había centrado su
deseo), el cielo estaba azul (todo el año había estado preguntándose
horrorizada si el cielo estaría
verdaderamente azul) y él
estaba con ella. A su «¿qué vas a hacer?» respondió ruborizándose y se alejó del coche sin
decir palabra. Dejó a
su lado la estación
de servicio que estaba al borde de la ca- [80] rretera,
completamente solitaria, en medio del campo; a unos cien metros de allí (en la misma
dirección
en la que iban) empezaba el bosque. Se dirigió hacia él, se escondió tras un arbusto y disfrutó durante todo
ese tiempo de una sensación
de satisfacción.
(Es que hasta la alegría
que produce la presencia del hombre a quien se ama se siente mejor a solas. Si
la presencia de él
fuera continua, sólo
estaría
presente en su constante transcurrir. Detenerla sólo es posible en
los ratos de soledad. )
Después
salió
del bosque y se dirigió hacia
la carretera; desde allí se
veía la estación de servicio;
el camión
cisterna ya se había
ido; el coche se había
aproximado a la roja torrecilla del surtidor. La chica se puso a andar
carretera adelante, mirando a ratos si ya venía. Luego lo vio, se detuvo y empezó a hacerle señas, tal como se
las hacen los autoestopistas a los coches desconocidos. El coche frenó y se detuvo
justo al lado de la chica. El joven se agachó hacia la ventanilla, la bajó, sonrió y preguntó:
—¿Adonde va, señorita?
—¿Va hacia
Bystrica? —preguntó la chica y
sonrió con
coquetería.
—Pase, siéntese —el joven abrió la puerta. La
chica se sentó y
el coche se puso en marcha.
3
El joven siempre disfrutaba cuando su chica estaba alegre; no ocurría con
frecuencia: tenía
un trabajo bastante complicado, en un ambiente desagradable, con muchas horas
extras; en casa, su madre estaba enferma, solía estar cansada; tampoco destacaba por
la firmeza de sus nervios ni por su seguridad en sí mis- [81] ma,
era víctima
fácil de la
angustia y el miedo. Por eso era capaz de recibir cualquier manifestación de alegría de ella con la
ternura y el cuidado de un padre adoptivo. Le sonrió y dijo:
—Hoy estoy de
suerte. Hace ya cinco años
que conduzco pero nunca he llevado a una autoestopista tan guapa.
La chica le estaba agradecida al joven por cada una de las zalamerías que le hacía; tenía ganas de
disfrutar un rato de aquella cálida
sensación y
por eso le dijo:
—Parece que sabe
mentir muy bien.
—¿Tengo cara de
mentiroso?
—Tiene cara de
disfrutar mintiendo a las mujeres—dijo la chica y en su voz había un resto
involuntario de la vieja angustia, porque creía realmente que a su joven le gustaba
mentirles a las mujeres.
El joven ya se había
sentido molesto algunas veces por los celos de la chica, pero esta vez podía pasarlos fácilmente por
alto, porque la frase no iba dirigida a él, sino a un conductor desconocido. Por
eso le respondió
sin más:
—¿Eso le molesta?
—Si saliese con
usted, me importaría —dijo la chica y
había en ello un
sutil mensaje al joven; pero el final de la frase iba dirigido ya al
desconocido conductor—:
Pero como a usted no le conozco, no me molesta.
—Las mujeres
siempre encuentran muchos más
defectos en su propio hombre que en los demás —ahora se trataba de un sutil mensaje
pedagógico
del joven a la chica—,
pero ya que no tenemos nada que ver, podríamos entendernos bien.
La chica no tenía
intención
de entender el mensaje pedagógico
subyacente y por eso se dirigió
exclusivamente al conductor desconocido:
—¿Y qué, si dentro de
un momento nos vamos a separar? [82]
—¿Por qué?
—Porque en
Bystrica me bajo.
—¿Y qué pasaría si yo me
bajase con usted?
Al oír
estas palabras la chica miró al
joven y comprobó
que tenía
exactamente el aspecto que ella se imaginaba en sus más amargas horas de celos; se horrorizó al ver con qué coquetería la halagaba (a
ella, a una autoestopista desconocida) y lo bien que le sentaba. Por eso le
contestó en
plan provocador:
—¿Y qué iba a hacer usted
conmigo?
—Con una mujer
tan guapa no necesitaría
pensar demasiado qué
hacer —dijo
el joven, y en ese momento hablaba ya más para su chica que para la
autoestopista.
Pero la chica sintió
como si, al hacerle decir aquella frase halagadora, lo hubiera cogido por
sorpresa, como si con un astuto truco lo hubiera obligado a confesar; tuvo un
breve e intenso ataque de odio y dijo:
—¿No le parece que
exagera?
El joven miró a
su chica; aquella cara altiva estaba llena de tensión; sintió lástima por la chica y añoró su mirada
habitual, familiar (de la que solía decir que era infantil y sencilla); se acercó a ella, pasó el brazo por su
hombro y le susurró el
nombre con que solía
llamarla y con el que ahora pretendía acabar el juego.
Pero la chica le apartó y
dijo:
—¡Me parece que va
demasiado rápido!
El joven, al ser rechazado, dijo:
—Perdone señorita —y se puso a
mirar fijamente la carretera. [83]
4
Pero el dolor de los celos abandonó a la chica tan rápido como la había atacado. Al
fin y al cabo era sensata y sabía
que sólo
se trataba de un juego; incluso le pareció un poco ridículo haber rechazado al joven sólo por la rabia
que le producían
los celos; no quería
que él
lo notase. Por suerte las mujeres tienen una habilidad mágica para
modificar ex post el sentido de sus actos. De modo que utilizó esta habilidad
y decidió
que no lo había rechazado
porque le hubiera dado rabia, sino para poder continuar con un juego que, por
caprichoso, era tan adecuado para el primer día de vacaciones.
De manera que volvió a
ser una autoestopista que acaba de rechazar a un conductor atrevido sólo para hacer la
conquista más
lenta y más
excitante. Se volvió
hacia el joven y le dijo con voz melosa:
—¡No era mi
intención
ofenderle!
—Perdone, no
volveré a
tocarla —dijo
el joven.
Estaba enfadado con la chica por no haberle hecho caso y haberse
negado a volver a ser ella misma cuando tanto lo deseaba; y como la chica seguía con su máscara, el joven
le traspasó su
enfado a la desconocida autoestopista que ella representaba; y así descubrió de pronto el carácter de su
papel: abandonó la
galantería
con la que había
pretendido halagar indirectamente a su chica y empezó a hacer de hombre duro que al dirigirse
a las mujeres pone de relieve más
bien los aspectos bastos de la masculinidad: la voluntad, el sarcasmo, la
confianza en sí
mismo.
Este papel era contradictorio con las atenciones que habitualmente le
dedicaba el joven a la chica. Es verdad que antes de conocerla se comportaba
con las mujeres de un modo más
bien brusco que delicado, pero nunca había llegado a parecer un hombre demoníacamente duro
porque no sobresalía
ni por su fuer- [84] za de voluntad
ni por su falta de miramientos. Pero si nunca lo había parecido, tanto más había deseado en
otros tiempos parecerlo. Se trata seguramente de un deseo bastante ingenuo,
pero qué se
le va a hacer: los deseos infantiles salvan todos los obstáculos que les
pone el espíritu
maduro y con frecuencia perduran más que él, hasta la última vejez. Y aquel deseo infantil
aprovechó rápidamente la
oportunidad de asumir el papel que se le ofrecía.
A la chica le venía
muy bien el distanciamiento sarcástico del joven: la liberaba de sí misma. Ella misma
era, ante todo, celos. En el momento en que dejó de ver a su lado al joven galante que
trataba de seducirla y vio su cara inaccesible, sus celos se acallaron. La
chica podía
olvidarse de sí
misma y entregarse a su papel.
¿Su papel? ¿Cuál? Era un papel
de literatura barata. Una autoestopista había parado un coche, no para que la
llevase, sino para seducir al hombre que iba en el coche; era una seductora
experimentada que dominaba estupendamente sus encantos. La chica se compenetró con aquel estúpido personaje
de novela con una facilidad que a ella misma la dejó, acto seguido, sorprendida y encantada.
Y así
iban en coche y charlaban; un conductor desconocido y una autoestopista desconocida.
5
No había
nada que el joven hubiera echado tanto en falta en su vida como la
despreocupación.
La carretera de su vida había
sido diseñada
con despiadada severidad: su empleo no acababa con las ocho horas de trabajo
diario, invadía
también
el resto de su tiempo [85] con
el aburrimiento obligado de las reuniones y del estudio en casa; invadía también, a través de la atención que le
prestaban sus innumerables compañeros y compañeras, el escasísimo tiempo de su vida privada, que!
nunca permanecía
en secreto y que por lo demás
se había
convertido ya un par de veces en objeto de cotilleos y de debate público. Ni
siquiera las dos semanas de vacaciones le brindaban una sensación de liberación y de aventura;
hasta aquí
llegaba la sombra gris de la severa planificación; la escasez de casas de veraneo en
nuestro país
le había
obligado a reservar con medio año
de antelación
la habitación
en los montes Tatra, para i lo cual había necesitado una recomendación del Comité de su empresa,
cuya omnipresente alma no le perdía así la
pista ni por un momento.
Ya se había
hecho a la idea de todo aquello pero, de vez en cuando, tenía la horrible
sensación
de que le obligaban a ir por una carretera en la que todos le veían y de la que
no podía
desviarse. Ahora mismo volvía a
tener esa sensación;
un extraño
cortocircuito hizo que identificase la carretera imaginaria con la carretera
verdadera por la que iba y eso le sugirió de pronto la idea de hacer una locura.
—¿A dónde dijo que
quería
ir?
—A Banska
Bystrica —respondió.
—¿Y qué va a hacer allí?
—He quedado con
una persona.
—¿Con quién?
—Con un señor.
El coche se aproximaba a un cruce de caminos importante; el conductor
disminuyó la
velocidad para poder leer las señales que indicaban la dirección; luego dobló a la derecha.
—¿Y qué pasaría si no llegase
a su cita?
—Sería culpa suya y
tendría
que ocuparse de mí.
—Seguramente no
se ha dado cuenta de que he doblado hacia Nove Zamky. [86]
—¿De verdad? ¡Se ha vuelto
loco!
—No tenga miedo,
yo me ocuparé de
usted —dijo
el joven.
De pronto el juego había
adquirido un nivel superior. El coche no sólo se alejaba de su objetivo imaginario
en Banska Bystrica, sino también
del objetivo real hacia el que había partido por la mañana: los Tatra y la habitación reservada. De
pronto la vida de ficción
atacaba a la vida sin ficción.
El joven se alejaba de sí
mismo y de la severa ruta de la que hasta ahora nunca se había desviado.
—¡Pero si había dicho que iba
a los Pequeños
Tatra! —se
asombró la
chica.
—Señorita, yo voy a
donde quiero. Soy un hombre libre y hago lo que quiero y lo que me da la gana.
6
Cuando llegaron a Nove Zamky, empezaba a hacerse de noche.
El joven nunca había
estado allí y
tardó un
rato en orientarse. Detuvo varias veces el coche para preguntar a los
viandantes dónde
estaba el hotel. Había
varias calles en obras, de modo que, aunque el hotel estaba muy cerca (según afirmaban
todas las personas a las que les había preguntado), el camino daba tantas vueltas y tenía tantos desvíos que tardaron
casi un cuarto de hora en aparcar el coche. El hotel no tenía un aspecto muy
agradable, pero era el único
hotel de la ciudad y el joven ya no tenía ganas de seguir conduciendo. Así que le dijo a
la chica:
—Espere —y bajó del coche.
Al bajar del coche volvió naturalmente a ser él [87] mismo.
Y le pareció un
fastidio encontrarse por la noche en un sitio completamente distinto del que había planeado; y
resultaba aún más fastidioso
porque nadie le había
obligado y ni siquiera él
mismo lo había
pretendido. Se echaba en cara la locura que había cometido, pero al final acabó por restarle
importancia: la habitación
de los Tatra podía
esperar hasta el día
siguiente y no está
mal celebrar el primer día
de vacaciones con algo inesperado.
Atravesó el
restaurante —lleno
de humo, repleto, ruidoso— y
preguntó
por la recepción.
Le indicaron que siguiese hasta la escalera, donde, tras una puerta de cristal,
estaba sentada una rubia de aspecto anticuado bajo un tablero lleno de llaves:
le costó
trabajo obtener la llave de la única
habitación
libre.
La chica, al quedarse sola, también prescindió de su papel. Pero le fastidiaba
encontrarse en una ciudad extraña.
Estaba tan entregada al joven que no dudaba de nada de lo que él hacía y dejaba en
sus manos, con toda confianza, las horas de su vida. Pero en cambio volvió a pensar que
quizá,
tal como ella ahora, otras mujeres con las que se encontraba en sus viajes de
trabajo esperarían
al joven en su coche. Pero, curiosamente, aquella imagen ahora no le produjo
dolor; la chica sonrió
inmediatamente al pensar lo hermoso que era que esa mujer extraña fuese ahora
ella; aquella mujer extraña,
irresponsable e indecente, una de aquellas de las que había tenido tantos
celos; le parecía
que les había
ganado la mano a todas; que había
descubierto el modo de apoderarse de sus armas; de darle al joven lo que hasta
entonces no había
sabido darle: ligereza, inmoralidad e informalidad; sintió una particular
sensación
de satisfacción
por ser capaz de convertirse ella misma en todas las demás mujeres y de
ocupar y devorar así
(ella sola, la única)
a su amado.
El joven abrió la puerta del
coche y condujo a la [88] chica
al restaurante. En medio del ruido, la suciedad y el humo, descubrió una única mesa libre
en un rincón.
7
—Bueno ¿y ahora cómo se va a
ocupar de mí?
—¿Qué aperitivo
prefiere?
La chica no era muy aficionada a beber; como mucho bebía vino y le
gustaba el vermouth. Pero esta vez, adrede, dijo:
—Vodka.
—Estupendo —dijo el joven—. Espero que no
se me emborrache.
—¿Y si me
emborrachara? —dijo
la chica.
El joven no le respondió y llamó al camarero y pidió dos vodkas y, para cenar, solomillo. El
camarero trajo, al cabo de un rato, una bandeja con dos vasitos y la puso sobre
la mesa.
El joven levantó el
vaso y dijo:
—¡A su salud!
—-¿No se le ocurre
un brindis más
ingenioso?
Había
algo en el juego de la chica que empezaba a irritar al joven; ahora, cuando
estaban sentados cara a cara, comprendió que no sólo eran las palabras las que hacían de ella otra
persona diferente, sino que estaba cambiada por entero, sus gestos y su mímica, y que se
parecía
con una fidelidad que llegaba a ser desagradable a ese modelo de mujer que él conocía tan bien y que
le producía
un ligero rechazo.
Y por eso (con el vaso en la mano levantada) modificó su brindis:
—Bien, entonces
no brindaré
por usted, sino por [89] su
especie, en la que se conjuga con tanto acierto lo mejor del animal y lo peor
del hombre.
—¿Cuando habla de
esa especie se refiere a todas las mujeres? —preguntó la chica.
—No, me refiero sólo a las que se
parecen a usted.
—De todos modos
no me parece muy gracioso comparar a una mujer con un animal.
—Bueno —el joven seguía con el vaso
levantado—,
entonces no brindo por su especie, sino por su alma, ¿le parece bien? Por su alma que se
enciende cuando desciende de la cabeza al vientre y que se apaga cuando vuelve
a subir a la cabeza.
La chica levantó su
vaso:
—Bien, entonces
por mi alma que desciende hasta el vientre.
—Rectifico otra
vez —dijo
el joven—:
mejor por su vientre, al cual desciende su alma.
—Por mi vientre —dijo la chica y
fue como si su vientre (ahora que lo habían mencionado) respondiera a la llamada:
sentía
cada milímetro
de su piel.
El camarero trajo el solomillo y el joven pidió más vodka con sifón (esta vez
brindaron por los pechos de la chica) y la conversación continuó con un extraño tono frívolo. El joven estaba cada
vez más
irritado por lo bien que la chica sabía ser esa mujer
lasciva; si lo sabe hacer tan bien, es que realmente lo es; está claro que no ha
penetrado ningún
alma extraña
dentro de ella; está
jugando a ser ella misma; quizá
sea esa otra parte de su ser que otras veces permanece encerrada y a la que
ahora, con la excusa del juego, le ha abierto la jaula; es posible que la chica
crea que al jugar se está
negando a sí
misma, pero ¿no sucede
precisamente lo contrario? ¿No
es en el juego donde se convierte de verdad en sí misma? ¿No se libera al jugar? No, la que está sentada frente
a él no es una
mujer extraña
dentro del cuerpo de su chica; es su propia chica, nadie más que ella. La
miraba y sentía
hacia ella un desagrado cada vez mayor. [90]
Pero no se trataba únicamente
de desagrado. Cuanto más
se alejaba la chica de él síquicamente, más la deseaba físicamente; la
extrañeza
del alma particularizaba el cuerpo de la chica; incluso era ella la que lo
convertía
de verdad en cuerpo; era como si hasta entonces aquel cuerpo no hubiera
existido para el joven más
que en el limbo de la compasión,
la ternura, los cuidados, el amor y la emoción; como si hubiese estado perdido en
aquel limbo (¡sí, como si el
cuerpo hubiese estado perdido!). El joven tenía la sensación de ver hoy por primera vez el
cuerpo de la chica.
Cuando terminó de
tomar el tercer vodka con soda, la chica se levantó y dijo con coquetería:
—Perdone.
El joven dijo:
—¿Puedo preguntarle
a dónde
va, señorita?
—A mear, si no le
importa —dijo
la chica y se alejó
por entre las" mesas hacia una cortina de terciopelo.
8
Estaba contenta de haber dejado estupefacto al joven con aquella
palabra que —a
pesar de su inocencia—
nunca le había oído decir: le
parecía
que nada reflejaba mejor al tipo de mujer a la que jugaba que la coquetería con la que había puesto el énfasis en la
mencionada palabra; sí,
estaba completamente satisfecha; aquel juego le entusiasmaba; le hacía sentir lo que
nunca había
sentido: por ejemplo aquella sensación de despreocupada
irresponsabilidad.
Ella, que siempre había
tenido miedo de cada paso que tenía que dar, de pronto se sentía completamente
suelta. Aquella vida ajena dentro de la que se encontraba era una vida sin vergüenza, sin
determina- [91] ciones biográficas, sin
pasado y sin futuro, sin ataduras; era una vida excepcionalmente libre. La
chica, siendo autoestopista, podía hacerlo todo: todo le estaba permitido; decir
cualquier cosa, hacer cualquier cosa, sentir cualquier cosa.
Atravesaba la sala y se daba cuenta de que la miraban desde todas las
mesas; esa también
era una sensación
nueva, hasta entonces desconocida: la impúdica satisfacción del propio
cuerpo. Hasta ahora nunca había
sido capaz de librarse por completo de aquella niña de catorce años que se avergüenza de sus
pechos y que siente como una desagradable impudicia que le sobresalgan del
cuerpo y sean visibles. Aunque siempre se había sentido orgullosa de ser guapa y bien
hecha, aquel orgullo era inmediatamente corregido por la vergüenza: intuía correctamente
que la belleza femenina funciona, ante todo, como incitación sexual y eso
le desagradaba; ansiaba que su cuerpo sólo se dirigiese al hombre que amaba;
cuando los hombres le miraban los pechos en la calle, le parecía que con ello
arrasaban una parte de su más
secreta intimidad, que sólo
le pertenecía a
ella y a su amante. Pero ahora era una autoestopista, una mujer sin destino; se
había visto privada
de las tiernas ataduras de su amor y había empezado a tomar intensa conciencia de
su cuerpo; lo sentía
con tanta mayor excitación
cuanto más
extraños
eran los ojos que la observaban.
Cuando pasaba junto a la última mesa, un individuo medio borracho, deseando
jactarse de ser un hombre de mundo, le dijo en francés:
—Combien,
mademoiselle?
La chica lo entendió.
Irguió el
cuerpo, sintiendo cada uno de los movimientos de sus caderas; desapareció tras la
cortina. [92]
9
Todo aquello era un juego raro. La rareza consistía, por ejemplo,
en que el joven, aunque había
asumido estupendamente la función de conductor desconocido, no dejaba de ver en la
autoestopista desconocida a su chica. Y eso era precisamente lo más doloroso; veía a su chica
seducir a un hombre desconocido y disfrutaba del amargo privilegio de estar
presente; veía
de cerca el aspecto que tiene y lo que dice cuando lo engaña (cuando lo
engañaba,
cuando lo va a engañar);
tenía el paradójico honor de
ser él
mismo objeto de su infidelidad.
Lo peor era que la adoraba más de lo que la amaba; siempre le había parecido que
su ser sólo
era real dentro de los límites
de la fidelidad y la pureza y que más allá de esos límites simplemente no existía; que más allá de aquellos límites habría dejado de ser
ella misma, tal como el agua deja de ser agua más allá del límite de la ebullición. Ahora, al
verla trasponer con natural elegancia aquel horrible límite, se llenaba
de rabia.
La chica volvió
del servicio y se quejó:
—Uno de aquellos
me dijo: Combien, mademoiselle?
—No se asombre —dijo el joven—, tiene usted
aspecto de furcia.
—¿Sabe que no me
molesta en absoluto?
—¡Debía haberse ido
con ese señor!
—Ya le tengo a
usted.
—Puede irse con él después. ¿Por qué no se ponen de
acuerdo?
—No me gusta.
—Pero no tiene
usted inconveniente en estar una misma noche con varios hombres.
—Si son guapos ¿por qué no?
—¿Los prefiere uno
tras otro o al mismo tiempo? [93]
—De las dos
maneras.
La conversación
era una suma de barbaridades cada vez mayores; la chica estaba un poco
espantada, pero no podía protestar.
También
el juego encierra falta de libertad para el hombre, también el juego es
una trampa para el jugador; si aquello no fuera un juego, si estuvieran
sentadas frente a frente dos personas extrañas, la autoestopista se hubiera podido
ofender hace tiempo y hubiera podido marcharse; pero el juego no tiene
escapatoria; el equipo no puede huir del campo antes de que finalice el juego,
las piezas de ajedrez no pueden escaparse del tablero, los límites del campo
de juego no pueden traspasarse. La chica sabía que tenía que aceptar cualquier juego, precisamente
porque era un juego. Sabía
que cuanto más
exagerado fuera, más
sería un juego y más obediente iba
a tener que ser al jugar. Y era inútil invocar la razón y advertir al alma alocada que debía mantener las
distancias con respecto al juego y no tomárselo en serio. Precisamente porque se
trataba sólo
de un juego, el alma no tenía
miedo, no se resistía y
caía en él como
alucinada.
El joven llamó al
camarero y pagó la
cuenta. Luego se levantó y
le dijo a la chica:
—Podemos ir.
—¿A dónde? —fingió asombro la
chica.
—No preguntes y
camina —dijo
el joven.
—¿Con quién se cree que
está hablando?
—Con una furcia —dijo el joven.
10
Iban por una escalera mal iluminada: en el descansillo, antes del
primer piso, había
un grupo de [94] hombres medio borrachos delante
de la puerta del retrete. El joven abrazó a la chica por la espalda, de tal modo
que su mano apretaba el pecho de ella. Los hombres que estaban junto al retrete
lo vieron y empezaron a dar gritos. La chica intentó soltarse pero el joven le gritó:
—¡Aguanta!
Los hombres aprobaron su actitud con zafia solidaridad y le
dirigieron a la chica unas cuantas groserías. El joven llegó con la chica al
primer piso y abrió la
puerta de la habitación.
Encendió la
luz.
Era una habitación
estrecha con dos camas, una mesilla, una silla y un lavabo. El joven cerró la puerta y se
volvió
hacia la chica. Estaba frente a él con un gesto de suficiencia y una mirada
descaradamente sensual. El joven la miraba y trataba de descubrir, tras la
expresión
lasciva, los familiares rasgos de la chica, a los que amaba con ternura. Era
como si mirase dos imágenes
metidas en un mismo visor, dos imágenes puestas una encima de otra y que se
trasparentasen la una a través
de la otra. Aquellas dos imágenes
que se trasparentaban le decían
que en la chica había de
todo, que su alma era terriblemente amorfa, que cabía en ella la
fidelidad y la infidelidad, la traición y la inocencia, la coquetería y el recato;
aquella mezcla brutal le parecía
asquerosa como la variedad de un basurero. Las dos imágenes seguían trasparentándose la una a
través
de la otra y el joven pensaba en que la chica sólo se diferenciaba de las demás superficialmente,
pero que en sus extensas profundidades era igual a otras mujeres, llena de
todos los pensamientos, las sensaciones, los vicios posibles, dándoles así la razón a sus dudas y
a sus celos secretos; que lo que parece un perfil que marca sus límites como
individuo es sólo
una falacia que engaña
al otro, a quien la mira, a él.
Le parecía
que aquella chica, tal como él
la quería,
no era más
que un producto de su deseo, de [95] su
capacidad de abstracción,
de su confianza, y que la chica real estaba ahora ante él y era
desesperadamente extraña, desesperadamente ambigua. La
odiaba.
—¿Qué estás esperando?
Desnúdate
—dijo.
La chica inclinó
con coquetería
la cabeza y dijo:
—¿Para qué?
El tono con que lo dijo le resultó muy familiar, le pareció que hace ya
mucho tiempo se lo había oído a otra mujer,
pero ya no sabía a
cuál. Tenía ganas de
humillarla. No a la autoestopista, sino a su propia chica. El juego se había confundido con
la vida. Jugar a humillar a la autoestopista no era más que una excusa para humillar a la
chica. El joven olvidó
que estaba jugando. Sencillamente odiaba a la mujer que estaba delante de él. La miró fijamente y sacó de la cartera
un billete de cincuenta coronas. Se lo dio a la chica:
—¿Es suficiente?
La chica cogió
las cincuenta coronas y dijo:
—No me valora
demasiado.
El joven dijo:
—No vales más.
La chica se abrazó al
joven:
—¡No debes
portarte así
conmigo! ¡Conmigo
tienes que portarte de otra manera, tienes que poner algo de tu parte!
Lo abrazaba y trataba de llegar con su boca a la de él. El joven le
puso los dedos en la boca y la apartó suavemente. Dijo:
—Sólo beso a las
mujeres cuando las quiero.
—¿Y a mí no me quieres?
—No.
—¿Y a quién quieres?
—¿A ti qué te importa? ¡Desnúdate! [96]
11
Nunca se había
desnudado así.
La timidez, el sentimiento interior de pánico, el alocamiento, todo lo que
siempre había
sentido al desnudarse delante del joven (cuando no la tapaba la oscuridad),
todo aquello había
desaparecido. Ahora estaba frente a él confiada, descarada, iluminada y sorprendida al
descubrir de pronto los hasta entonces desconocidos gestos del desnudo lento y
excitante. Percibía
sus miradas, iba dejando a un lado, con mimo, cada una de sus prendas y
saboreaba los distintos estadios de la desnudez. Pero de pronto se encontró ante él totalmente
desnuda y en ese momento se dijo que el juego había terminado; que al quitarse la ropa se
ha quitado también
el disfraz y que ahora está
desnuda, lo cual significa que ahora vuelve a ser ella misma y que el joven
ahora tiene que acercarse a ella y hacer un gesto con el que lo borre todo,
tras el cual sólo
vendrá ya
el más íntimo acto
amoroso. Así
que se quedó
desnuda delante del joven y en ese momento dejó de jugar; estaba perpleja y en su cara
apareció
una sonrisa que era de verdad sólo
suya: tímida
y confusa.
Pero el joven no se acercó a ella y no borró el juego. No percibió la sonrisa que
le era familiar; sólo
veía ante sí el hermoso
cuerpo extraño
de su propia chica, a la que odiaba. El odio limpió su sensualidad de cualquier resto de
sentimientos. Ella quiso acercarse pero él le dijo:
—Quédate donde estás, quiero verte
bien.
Lo único
que ahora deseaba era comportarse con ella como con una furcia de alquiler. Sólo que el joven
nunca había
tenido una furcia de alquiler y las únicas imágenes de que disponía al respecto provenían de la literatura
y de lo que había oído contar. Se
remitió
por lo tanto a aquellas imágenes
y lo primero que vio en ellas fue a una mujer en ropa interior ne- [97] gra
(con medias negras) bailando sobre la reluciente tapa de un piano. En la pequeña habitación del hotel no
había piano, lo único que había era una
mesilla junto a la pared, pequeña,
cubierta con un mantel de lino. Le ordenó a la chica que se subiera a ella. La
chica hizo un gesto de súplica
pero el joven dijo:
—Ya has cobrado.
Al ver en la mirada del joven su irreductible obsesión, trató de continuar
con el juego, aunque ya no podía
ni sabía
hacerlo. Con lágrimas
en los ojos se subió a
la mesa. Apenas medía
un metro de lado y una de las patas era un poquito más corta; la chica, de pie sobre la mesa,
tenía sensación de
inestabilidad.
Pero el joven estaba satisfecho con la figura desnuda que se elevaba
por encima de él y
cuya avergonzada inseguridad no hacía más
que incrementar su autoritarismo. Deseaba ver aquel cuerpo en todas las posturas
y desde todos los ángulos,
del mismo modo en que se imaginaba que lo habían visto y lo verían también otros hombres.
Era grosero y lascivo. Le decía
palabras que ella nunca le había oído decir. La
chica tenía
ganas de rebelarse, de huir del juego; le llamó por su nombre pero él le gritó que no tenía derecho a tratarlo
con tanta confianza. Y así
por fin, confusa y llorosa, le obedeció; se inclinaba y se agachaba según los deseos del
joven, saludaba y movía
las caderas como si estuviera bailando un twist; en ese momento, al hacer un
movimiento un poco más
brusco, el mantel se deslizó
bajo sus piernas y estuvo a punto de caerse. El joven la sostuvo y la arrastró a la cama.
La penetró.
Ella se alegró de
pensar que al menos ahora se acabaría aquel desgraciado juego y que volverían a ser ellos
mismos, tal como eran, tal como se querían. Trató de unir su boca a la de él. Pero el joven
se lo impidió y
le repitió
que sólo
besaba a una mujer cuando la quería. Se echó a llorar. Pero ni siquiera del llanto pudo
disfrutar, porque el furioso [98] apasionamiento
del joven iba ganándose
gradualmente su cuerpo, que hizo callar a los lamentos de su alma. Pronto
hubo en la cama dos cuerpos perfectamente fundidos, sensuales y ajenos.
Aquello era precisamente lo que toda su vida la había espantado y lo que había tratado
cuidadosamente de evitar: acostarse con alguien sin sentimientos y sin amor.
Sabía que había atravesado la
frontera prohibida, pero ahora, después de cruzarla, ya se movía sin protestar
y con plena participación;
sólo en algún rincón lejano de su
conciencia se horrorizaba al comprobar que nunca había sentido tal placer y tanto placer como
precisamente esta vez —más allá de aquella
frontera.
12
Luego todo terminó.
El joven se levantó de
encima de la chica y llevó la
mano al largo cable que colgaba sobre la cama; apagó la luz. No deseaba ver la cara de la
chica. Sabía
que el juego había
terminado, pero no tenía
ganas de volver a la relación
habitual con ella; le daba miedo aquel regreso. Estaba ahora acostado en la
oscuridad junto a ella, acostado de modo que sus cuerpos no se tocaran.
Al cabo de un rato oyó un
suave gemido; la mano de la chica rozó tímida, infantilmente, la suya: la rozó, se retiró, volvió a rozarla y
luego se oyó
una voz suplicante, que gemía,
lo llamaba por un apelativo familiar y decía:
—Yo soy yo, yo
soy yo...
El joven callaba, no se movía y advertía la triste falta de contenido de la
afirmación
de la chica, en la que lo desconocido era definido por sí mismo, por lo
desconocido. [99]
Y la chica pasó en
seguida de los gemidos a un ruidoso llanto y volvió a repetir aquella emotiva tautología incontables
veces:
—Yo soy yo, yo
soy yo, yo soy yo...
El joven empezó a
llamar en su ayuda a la compasión (tuvo que llamarla de lejos, porque por allí cerca no se
encontraba), para acallar a la chica. Todavía tenían por delante trece días de
vacaciones. [100]
El libro de los amores ridículos © 1968 Milan Kundera
Traducción de Fernando Valenzuela
Los números entre corchetes corresponden a la edición impresa
Barcelona, Grijalbo Mondadori, 2000



0 Comentarios:
Publicar un comentario