31 ene. 2012

José Saramago - Las tierras





Como un ser vivo, las ciudades crecen a costa de lo que las rodea.

El gran alimento de las ciudades es la tierra, que, tomada en su inmediato sentido de superficie limitada, adquiere el nombre de terreno, en el que, realizada esta operación lingüística, ya es posible construir. Y cuando nosotros vamos allí a comprar el periódico, el terreno desaparece, surgiendo en su lugar, el inmueble.

Hubo un tiempo en el que las ciudades crecían lentamente. Cualquier casa de la periferia tenía tiempo para perder la flor de la novedad antes de que otra viniera a hacerle compañía. Las calles daban directamente al campo abierto, al baldío, a los huertos abandonados, donde pastaban auténticos rebaños de ovejas guardados por auténticos pastores. Ese país diferente, salpicado de olivos enanos, de higueras agachadas, de toscos muros en ruina y, de vez en cuando, con portalones solitarios abiertos al vacío, eran las tierras.

Las tierras no se cultivaban.

Hacían, inertes, sus despedidas de la fertilidad, soportaban aquella pausa intermedia entre la muerte y la inhumación. Su gran vegetación, su gran triunfo floral, era el cardo. Si le daban tiempo, el cardo cubría el paisaje de un verde ceniciento. Desde los pisos más altos de las casas, la vista era melancólica, uniforme, como si en todo aquello hubiera una gran injusticia y un remordimiento vago.

Pero las tierras eran también el paraíso de los niños suburbanos, el lugar de la acción por excelencia. Allí se hacían descubrimientos e invenciones y se trazaban planes, allí la humanidad de calzón corto se dividía ya imitando a los adultos. Había chiquillos imaginativos que daban nombres a los accidentes topográficos y otros, más sentimentales, se quedaban tristes cuando, un día, hombres callados, toscos, empezaban a abrir zanjas en el lugar donde había ardido la hoguera ritual del grupo, hoguera a cuyo alrededor se disponían, en grave deliberación, rostros atentos y rodillas desolladas.

Los grupos tenían jefes autoritarios, algunos pequeños tiranos que, un día, inexplicablemente, eran destituidos, marginados, e iban a probar suerte a otros grupos donde nunca echaban raíces. Pero la gran desgracia se daba cuando un chiquillo cambiaba de barrio. El grupo se cicatrizaba deprisa; así, el muchacho, con el alma pesada, andaba kilómetros para volver a ver a sus amigos, para volver a los lugares felices, pero cada vez era más difícil reconstituir la antigua comunión, hasta que venían la indiferencia y la hostilidad y el chiquillo desaparecía definitivamente, tal vez ayudado por otras amistades y nuevas tierras.

Hoy, la ciudad crece tan rápidamente que deja atrás, sin remedio, las infancias. Cuando el niño se prepara para descubrir las tierras del arrabal, éstas se encuentran ya lejos y es una ciudad entera la que se interpone, áspera y amenazadora. Los paraísos se van alejando cada vez más. Adiós, fraternidad. Cada uno para sí.

Pero es destino de los hombres, por lo visto, contrariar las fuerzas dispersivas que ellos mismos ponen en movimiento o dentro de ellos se insurgen. Entonces se descubre que esas tierras están en el interior de la ciudad, que todos los descubrimientos e invenciones son otra vez posibles, que la fraternidad renace y que los hombres, hijos de los niños que han sido, reinician el aprendizaje de los nombres de las personas y de los lugares y otra vez se sientan alrededor de la hoguera, hablando del futuro y de lo que a todos nos importa, para que ninguno de ellos muera en vano.


En Las maletas del viajero
Traducción: Basilio Losada
© Sophie Bassouls/Sygma/Corbis