7 ene. 2012

Ernesto Sabato: Lenguaje de la ciencia y lenguaje de la vida





Muchas de las actuales confusiones de la gramática y de la lingüística se deben —en mi opinión— a que no se distingue la existencia de dos lenguajes, más o menos superpuestos: el lenguaje de la vida y el lenguaje de la verdad. 

Primero el hombre vive en el universo y luego reflexiona sobre su esencia. Y es inevitable que al ir construyendo, poco a poco, burdamente, el mundo de los conceptos, su ciencia y su filosofía, se valga de las palabras que tiene a mano, de esas palabras que, como “piedra” y “calor”, le han servido para sobrevivir, simplemente para sobrevivir. Y como de algún modo esos imperfectos signos tienen parentesco con los fantasmas del cielo platónico, como en alguna medida la palabra “piedra” sugiere la transparente “piedridad” que desde allá arriba rige su existencia, el hombre resulta capaz de irse elevando hacia el puro mundo de las ideas merced a ese imperfecto conjunto de materializaciones. Pero esta tara antropomórfica no nos debe engañar sobre la esencia de aquel universo platónico que debe, finalmente, ser expresado con un lenguaje de símbolos creados para él y sólo para él. En ese instante el lenguaje de la ciencia se separa para siempre del lenguaje vital. 

Ahora bien: la lógica, por la que tanto suspiran los gramáticos —ansiosos de encontrar una base firme al tembladeral en que se mueven—, tiene muy poco que ver con el lenguaje de la vida; su sede es el lenguaje de la ciencia. Me parece necesario que de una buena vez nos convenzamos de esta verdad. 

El lenguaje de la ciencia puede ser lógico porque sus proposiciones se refieren al mundo estático y unívoco de las esencias; y no tienen otro objeto que expresar y comunicar verdades. Nadie pretende que, además, la frase persuada, despierte entusiasmo o adhesión, suscite grandes manifestaciones populares de odio o alegría. Desde este punto de vista, es una desgracia que los hombres de ciencia tengan que servirse a menudo de palabras concretas, vitales, cotidianas, para simbolizar sus objetos abstractos; pues esas palabras vienen cargadas de afectos que nada tienen que hacer en el reino del pensamiento puro y que más bien perturban —y han perturbado— su desarrollo. Razón por la cual la ciencia ha terminado por buscar su lenguaje propio, totalmente inventado para sus necesidades: una tranquila multitud de símbolos desposeídos de cualquier otro significado que el convenido por sus creadores. 

Muy diferente es el lenguaje que se emplea en el mundo del hombre concreto. En primer término, porque su realidad no es lógica, y luego porque no sólo o ni siquiera se propone comunicar un conocimiento o una verdad: más bien pretende expresar sentimientos y emociones, e intenta actuar sobre el ánimo de sus semejantes, incitándolos a la acción, a la simpatía o al odio. Es, por lo tanto, un lenguaje insinuante, absurdo y contradictorio. En este dominio de lo viviente, se suele ver a hombres patéticos, con una Gramática entre las manos, como evangelistas con la Biblia, intentando vanamente ser escuchados por la turba.


En Heterodoxia (1953)
Foto Daniel Mordzinski