28 ene. 2012

Cesare Pavese - La gitana





Como todas las mañanas me desperté antes de que fuera de día, pero esperé a que hubiese claridad antes de bajar de la cama. Eso ganaba sobre el largo día. La lluvia, como de costumbre, en vez de lavarme el cristal me lo había ensuciado. Atendí a las cosas sin atreverme a salir. A eso de las once, empujado por el hambre, miré al cielo y bajé aquellos tres peldaños. Persistía en el viento la humedad de la lluvia.

El mundo era un pantano agitado por el viento. A la puerta de las casas hombres con mantas esperaban el infalible sol. Una mujer descalza que atravesaba la plazuela me infundió valor para llegar a la fonda. En el umbral me volví no para mirar al mar —sabía ya que también era un pantano—, sino como hacía siempre por si acaso alguien cruzaba la plaza detrás de mí. Al otro lado del cristal vi sentado a Carletto —los otros ya se habían marchado— que esperaba mirando a la puerta. Se mantenía aferrado, con los puños cerrados, a los bordes del velador, con el gesto de quien va a decidirse a levantarse haciendo un esfuerzo y los ojos clavados en la puerta. Me miró también sin moverse.

No hablamos hasta que llegaron nuestros platos. Disponíamos de todo el día para hablar y no era cosa de desperdiciar los temas. Nosotros dos habíamos hablado tanto ya que teníamos que pensárnoslo dos veces antes de iniciar una conversación. De repente dije que la parra del ayuntamiento estaba más roja que nunca. Todo se pudría y decoloraba en aquel pueblo, menos la parra del ayuntamiento. Carletto hizo un ademán y volvió a inclinarse sobre el plato. Yo había advertido ya que pensaba en su casa: estaba en la consabida situación en la que uno mira a su alrededor sin dar crédito a sus ojos y los bocados se mastican a medias y se olvidan. Si comenzaba con aquel tema, sería el cuento de nunca acabar.

—¿Quién te dice que no estoy también lejos de alguien? —le había respondido una de las primeras veces que me había liado.

Él me dirigió un vistazo sorprendido, sorprendido y feliz, como quien encuentra un amigo inesperado. Y me contó todos los detalles de su soledad, sin vergüenza, sin reserva, como si yo pudiera darle la clave de lo que no ocurría, lo que no se podía hacer que ocurriera, por tratarse de una voluntad que no era la nuestra.

Pero esta vez no habló de su mujer ausente. Esta vez me anunció que habían aparecido unos gitanos por el pueblo, con ollas y carretas, que habían visto a alguno de madrugada, y que las mujeres, según el barbero, visitaban las casas en busca de trabajo.

—Parece imposible —dijo con repentino ardor—, hoy aquí, mañana en la montaña, pasado mañana vete a saber dónde. Nadie manda en ellos, nadie los retiene. Son lo contrario de nosotros.

—Están en su casa en todas partes —contesté.

Carletto había aferrado de nuevo con los puños los bordes de la mesa y parecía esforzarse por estarse quieto.

—Come —le dije.

Pero lo inquietaba especialmente la noticia de que los gitanos anduvieran por el mundo acompañados por sus mujeres. Decía que eran gente de sangre caliente, que no podían prescindir de las mujeres, y por eso las llevaban consigo.

—Deben de tener una vida infernal —repetía.

—¿No querrás escapar?

Me respondió con una mueca. Sobre el cristal se había encendido un poco de sol amarillo, y mientras esperaba a que Carletto acabase de comer, fantaseé también yo, atisbando la luz pálida, sobre los gitanos y su vagabundeo. Salimos juntos a la plazuela, en el viento que contendía con aquel sol apocalíptico, y no encontramos a los muchachos de costumbre armando follón. Una mujer nos dijo que habían ido a ver a los gitanos y nos indicó cierta dirección. Entonces poquito a poco, sin decírnoslo, echamos a andar a lo largo de la playa disfrutando del poco sol que resistía y echando vistazos a la espuma terrosa del mar. Carletto no hablaba. Llevaba las manos a la espalda y pisoteaba meditabundo la arena húmeda.

Yo miraba la colina yerma.

—Yo que ellos ya me habría ido —dije de pronto, incontenible.

Carletto no me respondió.

Caminamos, caminamos hasta el consabido grupo de árboles secos y deshojados. Allí la playa estaba cerrada por peñas y había que subir a la carretera. Trepamos, miramos a lo lejos y no vimos señales de vida. En el aire vibrante no se oía sino el aullido del viento y el retumbo del mar.

En aquellas peñas solíamos fumar, fumar contemplando el horizonte y escrutando el rostro insólito de las peñas o las colinas que había detrás de nosotros. Pero aquel día no había nadie, y pronto acabamos de fumar. Carletto dijo algo sobre los muchos inviernos que debían pasar aún para nosotros en aquella costa. Esta vez fui yo quien no respondió.

Regresamos al pueblo y le dije que viniera a calentarse a mi casa. El sol se había ido, pero la oscuridad estaba aún lejos. La fonda estaba vacía.

—Aquí se han muerto todos —dije—. Me voy a casa.

Carletto no me soltaba. Esa tarde se había vuelto más pegajoso que las hojas podridas. No hablaba, no daba señales de vida, no levantaba la cabeza. Pensaba en su mujer. Pero también yo estaba tan harto y solo que experimentaba cierto alivio al sentirlo a mi lado. Siempre podía ocurrir que dijese algo.

Entramos en la habitación y puse inmediatamente el café sobre el hornillo. Él se sentó como solía, en la caja del carbón, y encendió el cigarrillo con una torpeza que cada vez me daba pena: las gruesas manos parecían tener miedo de tocar el cigarrillo. Había aprendido a fumar conmigo.

Sobre la mesa había libros, y Carletto también esta vez posó en ellos los ojos con nueva sorpresa. Aunque tiempo atrás había sido tipógrafo, tantos libros lo cohibían y no entendía para qué servían. Ahora paseaba la vista por el cuarto.

—Dicen que los gitanos lo saben todo —farfulló—. Lo saben todo, andan por el mundo, saben más que nosotros.

—Es gente sin normas. Viven a su modo.

Después, mientras le daba el café le hice hablar de su mujer. Le pedí noticias, bajé la voz y sentí en sus quejas el habitual balbuceo de emoción. Había encarrilado yo la conversación sobre lo que hacía en los buenos tiempos al volver a casa del trabajo, y sobre las esperanzas que su mujer tenía de colocarse y reunirse con él, cuando la puerta de cristales entornada a nuestras espaldas tembló, se abrió y una voz enérgica nos hizo volvernos. Al umbral había subido una mujer, una mujer morena de sayas revoloteantes, que en la luz gris de aquel maldito día nos miraba hablando sin parar, y mientras tanto vigilaba alguna otra cosa en el pequeño patio, quizá la puerta contigua a la nuestra. Con una mano nos tendía una paleta y nos decía guturalmente que se la compráramos, pero ya estaba a punto de irse, como si la hubieran llamado.

—La gitana —me sopló Carletto por la espalda.

Cohibido de momento, miré a la mujer, especialmente la pañoleta roja que llevaba anudada a la barbilla, y creí que se iba. Continuó durante unos segundos la queja de su voz, y la paleta de hierro subía y bajaba, rítmicamente, mientras la mujer medio dentro y medio fuera nos miraba con más fijeza poco a poco, hasta tal punto que entró en el cuarto sin que me diera cuenta.

—Compradme una paleta, compradme una paleta —decía observando a su alrededor y avanzando, con pinta de saber que de momento nos quedaríamos pasmados y no le contestaríamos; y vio los libros, vio el vaso medio lleno de café, vio las pieles de naranja amontonadas sobre una silla, vio la cama deshecha y abierta.

No era un rostro joven, tenía la cabeza descubierta y el cabello empapado de gotitas brillantes. Fuera lloviznaba. La mujer era flaca y de piel oscura, una campesina de gestos rápidos y voz insólita. Bajo la falda calzaba un par de botas, y eran lo único por lo que no parecía una campesina.

Ella miraba el hornillo encendido y dejó caer la paleta. Carletto se había levantado, a mis espaldas, y yo dije algo. La gitana había cambiado ya de conversación. Con la misma cadencia, pero con un calor más vivo, nos miró a ambos a los ojos y dijo bruscamente que muchas malas mujeres habrían querido encontrarse con nosotros a lo mejor enseguida, pero que nosotros sabíamos gobernarnos y las malas mujeres no podían jactarse de nada, aunque nosotros sí podíamos jactarnos de ser esperados e invocados por una mujer prisionera detrás de puertas de terciopelo. Al decir esto, una sonrisa le marcó las comisuras de la boca. No era una mofa que tuviese relación con las palabras; había hablado sin detenerse y, aunque animadamente, con la cantilena maquinal de quien repite un discurso. Aquella sonrisa era más bien la señal de que nos había entendido.

La gitana dejó la paleta contra la pared inclinándose sin perdernos de vista y se sacó, no sé cómo, un mazo de naipes de un bolsillo y empezó a hacerlos restallar entre las manos. Dijo a Carletto, que la miraba incrédulo con la boca abierta, que aquella era la buenaventura y que si tenía ganas de oírsela decir. Carletto, inesperadamente, avanzó un paso y se animó y pasó la mano sobre la mesa como para despejarla para que la gitana pudiera hacernos su juego. Pero la gitana pidió «una señal».

Puse sobre la mesa una moneda —la primera que me vino a los dedos—, y ella empezó a mirarme fijamente deslizando las cartas bajo el pulgar. Entonces le dije que la suerte no la esperaba yo, sino el otro, y reí como había sonreído ella antes y fui al hornillo, lo aticé y me volví para decir que conocía mi suerte durante al menos tres años. Ella, sin insistir, cogió la mano de Carletto y le dio la vuelta con la palma hacia arriba.

La mano gruesa y pesada de Carletto, abandonada en las manos de la mujer y escrutada de aquel modo, resultaba extraña. Pero la gitana la dejó caer de inmediato y dijo que manos como aquella no hablaban. Puso el mazo de naipes sobre la mesa y los extendió. Yo ahora la veía inclinada, casi de espalda, oía sus murmullos y sus alientos, los grititos de sorpresa —las palabras que se le dicen a un bebé o a un gatito al mimarlos—. Aquellas botas y el pañuelo rojo, y los ojos vivos y escurridizos que adivinaba atentos al juego, casi me hicieron olvidar que ya no era joven. No me habría asombrado si, volviéndose, me hubiera aparecido hermosa y fiera, risueña, como la novia de un bandido.

Quien la escuchaba con el corazón en un puño era Carletto. Dubitativo y atento, con el entrecejo fruncido, seguía los gestos de las manos sobre las cartas, recibía la revelación y saludaba las figuras con el aire de quien las viese entonces por primera vez. Aventuró incluso alguna pregunta.

La gitana le decía que dejase obrar a las mujeres. Dos mujeres, una conocida y una desconocida, se lo disputaban y se vigilaban entre sí. Sus rivales estaban ya derrotados desde el principio. Una carta estaba volando hacia él. Una enfermedad cambiaría su suerte. A la suerte, además, basta con interrogarla para que se apresure. En ese mismo momento estaban contando una suma que le estaba destinada y una mujer soñaba con sus besos.

—¿Quiere café? —le pregunté a la gitana cuando se volvió.

Había olvidado los pliegues oscuros que le tallaban la boca y me sorprendieron cuando los vi de nuevo. Lástima aquella sequedad y aquella tensión de los rasgos. Tenía los ojos y los movimientos de una mujer que había sido guapa.

Ella sonrió, con aquel involuntario rostro de mofa que constituía su cordialidad. Se acomodó la falda, se pasó un dedo entre la garganta y el pañuelo y recorrió la habitación con mirada voluble, cogiendo la taza.

Se sentó, contestó a Carletto, que quería saber algo más, pero volviéndose hacia mí, y dijo que todos los hombres tienen un destino y una mujer que piensa en ellos.

Carletto le preguntó cuál era el destino de las mujeres. Se me escapó una sonrisa. Había hablado de pie, con una voz entre torpe y tentadora, como de quien quiere bromear, con un rostro aún serio y ceñudo.

—El hombre —dijo la gitana, acercando la boca a la taza.

Y nos escrutó mientras bebía. Le miré las botas otra vez.

—Lleva botas de hombre —dije—. ¿Las usa siempre?

—Hago mucho camino.

—¿No van en carro?

—El carro hay que empujarlo, cuando las carreteras están rotas.

—¿No se paran en los pueblos?

Carletto nos miraba hablar, vacilante, al lado de mi silla. Dijo alzando la cabeza:

—No está nada bien una mujer con ese calzado. ¿Las lleva siempre en los pies?

La gitana rió, un poco ronca.

—Me las quito para dormir en la cama.

Y miró, con aquellos ojos, a nuestras espaldas.

—¿Tienen cama en el carro? —dije.

Me escudriñó, impávida.

—No, pero a veces encuentro alguna que me gusta.

Entonces me volví hacia Carletto, como para invitarlo a decir la suya. Carletto, con las manos en los bolsillos, examinaba de abajo arriba a la gitana, entre dispuesto y enfadado. «Ahora le cuenta de su mujer», pensaba. Pero Carletto se adelantó un paso, con la cabeza gacha como un toro, y con voz insegura, casi rabiosa, balbució:

—Si se quita las botas, aquí también podría dormir.

La mujer me miró a mí, a él, miró al medio, nos miró a ambos y tenía de nuevo en la boca aquel pliegue maquinal. Pero esta vez reía.

Callamos un momento y me levanté. Fuera la niebla había adquirido un tono azul, casi caliginoso.

—Ya no llueve —dije mirando al cristal—. Voy a ver si en la fonda hay alguien. Ven tú luego a cenar.

Y sin hacer caso de Carletto, lancé una sonrisa y un ademán de saludo a la gitana, me abroché el impermeable y salí.


En Los cuentos
Traducción: Esther Benítez