31 de dic. de 2011

Juan Carlos Onetti - Justo el treintaiuno

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Cuando toda la ciudad supo que había llegado por fin la medianoche yo estaba, solo y casi a oscuras, mirando el río y la luz del faro desde la frescura de la ventana mientras fumaba y volvía a empeñarme en buscar un recuerdo que me emocionara, un motivo para compadecerme y hacer reproches al mundo, contemplar con algún odio excitante las luces de la ciudad que avanzaban a mi izquierda.

Había terminado temprano el dibujo de los dos niños en pijama que se asombraban matinalmente ante la invasión de caballos, muñecas, autos y monopatines sobre sus zapatos y la chimenea. De acuerdo con lo convenido, había copiado las figuras de un aviso publicado en Companion. Lo más difícil fue la expresión babosa de los padres espiando desde una cortina y abstenerme de usar el carmín para cruzar el dibujo con letras peludas de pincel de marta: "Biba la felisidá".

Pero en cambio pude dedicar los cuarenta minutos que me separaban del año nuevo, de mi cumpleaños y del prometido regreso de Frieda pintando en letras verdes un nuevo cartelito para el cuarto de baño. El viejo estaba desteñido, salpicado, con manchas de jabón y dentífrico. Además había sido hecho con letras cursivas y espantosas, con esa caligrafía que se emplea en las tablitas que cuelgan los cretinos en las paredes: casa chica, corazón grande, bienvenidos, barco joven capitán viejo.

Había comprado para Frieda un regalo que la estaba esperando, envuelto en papel celeste, junto a su vaso, a la botella de caña, al platito con frutas abrillantadas, turrón y nueces, en el lugar de la mesa que ella acostumbraba ocupar. También le había comprado un toscano y un paquete de hojas de afeitar para que se cortara el pelo. Aunque hacía pocos meses que vivíamos juntos estos regalos eran tradicionales para los aniversarios que respetábamos o inventábamos. Ella los agradecía con insultos de obscenidad asombrosa, a veces convincentes, prometía venganzas, terminaba siempre aceptando mi buena voluntad, mi estima y mi comprensión descuidada. Sus regalos, en cambio, eran empleos, formas de ganar poco dinero, artilugios para que yo olvidara que estaba viviendo del suyo.

Los sábados de noche, cuando había mucha gente, cuando empezaba a estar borracha, Frieda iba a sentarse en el inodoro y durante minutos o cuartos de hora, mientra no fuera nadie a buscarla, se estaba casi inmóvil, con las bombachas en las rodillas, cortándose con una hojita de afeitar, con avaricia, el pelo que le cubría la frente, mirando con sus ojos alerta de pájaro el cartelito clavado entre el botiquín y la pileta, el mismo que yo estaba renovando para sorprenderla, los versos de Baudelaire que dicen: "Gracias, Dios mío por no haberme hecho mujer, ni negro ni judío ni perro ni petizo". Nadie que usara el inodoro podía alejarse sin haberlos rezado.

Pero en aquella víspera de año nuevo habíamos querido -o nos habíamos envuelto en mentiras hasta comprometernos- estar solos e intentar sentirnos felices. Ella había jurado dejarlo todo, alumnas de baile, clientas del taller de vestidos, proposiciones inesperadas, para estar sola conmigo antes de la medianoche. Yo no tenía muchas cosas que dejar para corresponder: en la noche de fin de año alguien, alguna, de la tribu siniestra se dedicaría a contemplar hasta el alba las oscilaciones de la cabeza del viejo.

No era la felicidad pero era el menor esfuerzo. Frieda llegaría, pero no llegó, antes del año nuevo. Comeríamos algo y nos dedicaríamos, expertos, demorando las cosas para no estropearlas, a emborracharnos: yo haría preguntas de interés fingido para animarla a repetir el monólogo sobre su infancia y su adolescencia en Santa María, la historia de su expulsión, las caprichosas, variables evocaciones del paraíso perdido.

Tal vez, al final de la noche, hiciéramos el amor en la cama grande, la alfombra del primer cuarto o en el balcón. A mí me daría lo mismo hacerlo o no; pero nunca había conocido a una mujer tan capacitada para seguir sorprendiendo, tan dispuesta a confesarse. Cuando se le ocurría acostarse conmigo y la borrachera la obligaba a conversar, era como poseer a decenas de mujeres y saber de ellas. Tal vez, además, aceptara celebrar el año nuevo colocándose de espaldas al piso o al colchón.

Estaba fumando y bebiendo con mucha agua, en la ventana, cuando empezaron a sonar las bocinas y los tiros. Me era imposible ocuparme de mí; de modo que pensé en María Eugenia y en Seoane mi hijo, me esforcé en sufrir y en acusarme, recordé anécdotas que nada lograban significar.

Todo, simplemente, había sido o era así, de tal manera, aunque acaso fuera de otra, aunque cada persona imaginable pudiera dar una versión distinta. Y yo, definitivamente, no sólo no podía ser compadecido sino que ni siquiera resultaba creíble. Los demás existían y yo los miraba vivir, y el amor que les dedicaba no era más que la aplicación de mi amor por la vida.

Ya se habían olvidado en Montevideo de la medianoche. Las luces del lado de Ramírez comenzaban a ralear y ya estarían las parejas del baile en el Parque Hotel yendo y viniendo de la arena, cuando empezó de veras el añ­o nuevo. Algún tamboril de negro volvió a sonar, profundo, solitario, no vencido, en las proximidades del cuartel, e hizo confusas las palabras.

Pero reconocía la voz de Frieda, insegura, entregándose. perdiendo la energía. Gritó "Himmel" y yo crucé el departamento, bajé sin ruido unos peldaños de la escalera de ladrillos, a oscuras, que llevaba al jardín y a la entrada.

Allí no había más luz que la que llegaba, diluida, del Proa. Pero pude verla, bien plantada entre dos canteros secos, atlética, balanceando su vigor, mientras un aborto de padres tuberculosos, negruzco y con polleras, con la cabeza fantásticamente agrandada por una jornada de trabajo de un peluquero barato, le decía: "porque a mí, guacha, porque si te creíste que me vas a tomar para la farra. Porque si andás conmigo no andás con nadie más". Le golpeaba la cara con la mano y Frieda se dejaba; luego empezó a pegarle con la cartera, metódica y sin descanso.

Me senté en un peldaño y encendí un cigarrillo. "Frieda puede aplastarla con solo mover un brazo -pensé-. Frieda puede hacerla llegar al río con solo una patada".

Pero Frieda había elegido empezar así el año: con las manos en las nalgas, exagerando la anchura de los hombros del traje sastre, dejándose pegar y gozándolo, contestando a los carterazos con sus roncos "Himmel" que parecían sonar para pedir más golpes.

Cuando la inmundicia se cansó de pegar, lloraron las dos y salieron del jardín a la calle. Las vi detenerse, jadeantes, y caminar después abrazadas. Entonces subí para prender todas las luces y ofrecerle a Frieda una buena recepción de año nuevo.

La tuve bajo el lujo de la lámpara de pie, o solo ella estuvo allí, en el sillón, con su pelo rubio, tapándole la frente, la boca torcida en vicio y amargura, la ceja derecha alzada como siempre y curvándose ahora sobre un ojo amoratado. Con los labios partidos y sangrantes que no quiso curarse, me obligó a entrar en el año nuevo hablando de Santa María. Su familia la había echado de allí y le giraba dinero todos los meses porque desde los catorce años ella se había dedicado a emborracharse y a practicar el escándalo y el amor con todos los sexos previstos por la sabiduría divina.

Digo esto en homenaje a ella, que se mostraba más católica cada domingo y que me llenaba cada sábado, cada madrugada de sábado, el departamento-pagado por ella- de mujeres cada vez más viejas, asombrosas y abyectas. Habló de su infancia provinciana y de su familia de junkers, absolutamente culpable de que ahora, en Montevideo, ella no tuviera más camino que emborracharse y reiterar el escándalo y el crapuloso amor. Habló hasta la madrugada de ese primero de enero, de desencuentros y culpas ajenas, borracha desde antes de llegar, acariciándose el ojo casi cerrado del todo, disfrutando del dolor de los labios partidos e hinchados.

-Me pareció- dijo sonriendo- no vas a creerme, me pareció que estaba Seoane en la esquina.

-¿A estas horas? Además, hubiera subido a verme.

-A lo mejor no vino para verte.

-Sí, querida -dije.

-No para visitarte. Tal vez para espiar la casa por si salías o entrabas.

-Puede ser -asentí, porque no me gustaba hablar de Seoane con Frieda y tal vez con nadie.

Hablaba, como todas las mujeres, de una Frieda ideal, se admiraba del triunfo incesante de la injusticia y la incomprensión, buscaba, ofrecía culpables sin odiarlos.

No dijo nada de la repugnancia inexplicable que le había estado golpeando la cara con la cartera. Yo ya estaba acostumbrado a su necesidad de traerse amantes cada vez más sucias y baratas. Como el tiempo carece de importancia, como la simultaneidad es un detalle que depende de los caprichos de la memoria, me era fácil evocar noches en que el departamento donde Frieda me permitía vivir estaba poblado por numerosas mujeres que ella se había traído de la calle, de bares del puerto, del Victoria Plaza. Las hubo hermosas y bien vestidas, con pocas joyas, con ajorcas, con trajes oscuros completados por perlas.

Pero en los últimos tiempos abundaron las mestizas insolentes y sucias, las malas palabras, los cigarrillos quemándose colgados de la boca. Con frecuencia, los diálogos enconados me impedían dormir y saltaba de la cama y recorría el departamento mordiendo un cigarrillo como una ramita de olivo, desplazándome con trabajo entre las mujeres en cuclillas, sentadas sobre la mesa, abiertas en el diván, arrodilladas en la cocina, cambiándose en el cuarto de baño, recibiendo el sol o la luna en las baldosas coloradas del balcón.

-Herrera pagó -dijo Frieda-. Hizo bien, así empieza mejor el año y tal vez le traiga suerte.

Los billetes habían caído de mi pecho a la mesa. Los levanté sin aflojar la goma que los rodeaba; eran de cien pesos.

-¿Pagó todo? -pregunté.

Frieda se puso a reír y después se chupó el labio partido.

-Dame un trago y un pucho. Esa pobre atorranta. Pero es tan lindo dejar y dejar, que te hagan lo que quieran, que ni sospechan siquiera quien sos vos. Dejar hasta que de pronto a alguien se le ocurre que se acabó y entonces uno deja de soportar y de tener placer en dejarse y hace con todas las ganas y la felicidad del mundo la barbaridad más grande. En revancha; y no por orgullo ni por ganas de desquitarse, sino porque de pronto el placer consiste en pegar y no en dejarse golpear. ¿Si?

-Entiendo -dije. La escuchaba haciendo bailar sobre mi mano el cilindro de billetes.

-¿Me vas a ayudar? Cuando llegue el momento, digo, si llega.

-Claro. Me guardé el dinero en el bolsillo del pantalón, llené un vaso de caña y se lo di, le puse un cigarrillo en la boca y le acerqué un fósforo. -Cuando quieras. ¿Pagó o no? Quiero decir, ¿pagó todo y para siempre?

Frieda se incorporó con un ataque de risa y se dejó caer de costado salpicando el piso con la baba.

-Creo que esa sucia...-se apretó las costillas y puso después una cara infantil para escuchar lo que iba quedando de la noche-. Que esa perra inmunda me dio un rodillazo en el vientre. No es nada. Sí, pagó todo. Yo le dije que era la última cuota. No sé si es cierto, no sé si dentro de una semana, cuando esté jugando con los hijos y los regalos de Reyes no me aparezco para pedirle más dinero. Y no me importa el dinero de Herrera. Ya ves, ya te lo guardaste. Me importa joderlo, esa es mi relación con él y tendrá que seguir así.

-Frieda -dije en voz muy alta. Se removió en el sillón y terminó por levantar la cabeza. Estaba borracha, tenía la sonrisa de niña, empezaban a caerle las lágrimas. Puse el dinero sobre la mesa, cuidando que no rodara. Está mal. Hay que dar por terminado el asunto de Herrera.

Se encogió de hombros y me estuvo mirando como si me quisiera, con una sonrisa tan triste y asombrada, mientras movía perezosa la lengua para tocarse las lágrimas.

-Como quieras-dijo-. Dame otro trago, vamos a festejar el año.




29 de dic. de 2011

Antonio Di Benedetto - Caballo en el salitral

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El aeroplano viene toreando el aire.

Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.

Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:

-¿Será Zanni..., el volador?

-No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.

-¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?

-Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.

Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al "tren del rey".

Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.

Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.

Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.

Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque... Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática. Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: "...este es el rey, porque le da olor al campo". 


¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo ? No puede ser; sin embargo, la gente dice...

Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado, como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el campo? Sí, pero... su campo está más allá de la Loma de los Sapos.

La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.

Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile del circo. El "tren del rey", el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.

Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?

La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja. Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como si no estuviera.

Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios: "¡ Será ! . . . "

Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.
    

Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.

A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.

Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos. 

Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.

El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.
    

Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.

Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo abandona.

El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.

Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.

El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.

No es difícil ­todavía­ beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.

El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.

El atardecer calma el día y concede un descanso al animal. 


La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas piernas.

Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.

Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro. 

Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.

El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.

La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.

Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal. Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.

El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.

El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las "islas" de monte que suelen encofrarla.

Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.

Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.

El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo. 


De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.

No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.

A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.

La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.

En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.

Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.

Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.

Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro del arenal. 


Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa. Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.

Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un bastón.

Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.

Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante. Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.

Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.

Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo. 


Un setiembre 

Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.

Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo. Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.

Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.

Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana. Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.

Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.

No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, ]a cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.




27 de dic. de 2011

Steven Millhauser: La princesa, el enano y la mazmorra (fragmentos)

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La mazmorra. Se dice que la mazmorra se encuentra a tal profundidad en las cámaras más subterráneas del castillo que surge naturalmente una pregunta: ¿la mazmorra es parte del castillo? Otros recintos subterráneos, como las bodegas, la cámara de torturas y las celdas usadas para la detención durante el juicio, son apenas los más bajos en una ordenada progresión de recintos descendentes, y mantienen una relación clara y razonable con los niveles superiores del castillo. Pero la mazmorra está tan por debajo de las demás que más parece parte de un oscuro submundo, como ese lugar bajo la montaña donde los ogros se alimentan con la sangre de niños asesinados.

(...)

Cuentos de la princesa. Erase una vez una bella princesa; su cutis era más blanco que el alabastro, su cabello más brillante que el oro remachado, y su virtud, celebrada en toda la comarca. Un día desposó a un príncipe que era tan apuesto como ella era hermosa; se amaban con plenitud, pero al cabo de un año su felicidad se volvió desesperación. Algunos culpaban al príncipe, diciendo que era arrogante y celoso por naturaleza, pero otros acusaban a la princesa de una debilidad secreta. Con esto se referían nada menos que a su virtud. Pues su virtud, que nadie cuestionaba, la protegía de las atenciones de los admiradores, y le impedía siquiera imaginar la posibilidad de una infidelidad. A causa de su profundo amor por el príncipe, y conociendo bien su propia firmeza, no se fortaleció con altanería, reserva y un temible sentido del decoro. En cambio, aunque siempre respetaba las estrictas normas de la etiqueta cortesana, era natural en sus modales, generosa de espíritu y abierta en su amistad con los miembros del círculo íntimo de su esposo. Más aún, su amor por el príncipe la inducía a seguir de cerca los asuntos de la corte, con el objeto de comprender todo lo que a él concernía y aconsejarlo sabiamente. En consecuencia, no era inusual que se interesara por el forastero que llegó una noche en un caballo ricamente aparejado, y que pronto ganó la amistad del príncipe merced a la nobleza de su porte, la osadía de su ánimo, su sed de conocimientos y su don para la elocuencia, pero que no obstante, y diciendo sólo que era un margrave de una tierra distante, lucía en su emblema la palabra Infelix. el Desdichado.

(...)

La orilla del río. Recto hacia el oeste de la ciudad, en la orilla entre la fundición de cobre y una molienda, se extiende nuestro ejido más ancho. Para llegar allí debemos cruzar el foso seco por un puente de tablones de roble, que se baja todas las mañanas con unas cadenas, desde el interior de la muralla externa, y se alza todas las noches, cerrando el paso. El ejido tiene árboles de sombra generosa, la mayoría limas y robles; hay una senda a lo largo del río, y fuentes talladas con cabezas de demonios y monos. En los días festivos y los domingos de verano, la gente juega a los bolos, lucha, baila, come salchichas, pasea junto al río o se tiende en la orilla. Los comerciantes ricos y sus esposas se mezclan con carniceros, albañi-les, fabricantes de cáñamo, lavanderas, aprendices de herreros, aprendices de tejedores de alfombras, criados, braceros. En cualquier momento, cuando nos reímos echando la cabeza hacia atrás, o movemos levemente los ojos, podemos ver, a través del ramaje atravesado por el sol, el río que titila, el abrupto risco, el alto castillo brillando bajo el sol.

(...)

La torre. Desde el alba hasta el atardecer ella permanece en la torre. Llegamos a ver lo que parece ser su rostro en la ventana, pero es probable que sólo veamos relumbrones de sol o sombras de aves pasajeras en las altas vidrieras. En todo otro sentido ella es invisible, pues nuestros solemnes poetas la encierran en palabras de elevada y formal alabanza: su cabello es más radiante que el sol, sus senos más blancos que el plumón de cisne o la nieve recién caída. La vimos una vez, cabalgando por la plaza del mercado en un día festivo, montando su caballo blanco con negros penachos de avestruz, y nos asombró el destello del cabello renegrido bajo la cogulla azul. Pero en los largos días de verano, cuando los tejados brillan al sol como si estuvieran por derretirse, su cabello del color del cuervo poco a poco es reemplazado por el cabello rubio de los poetas, hasta que la visión de la princesa montada en el caballo blanco sólo parece un sueño diurno. En lo alto de la torre, desde el alba hasta el anochecer, ella se pasea con su pesadumbre, ¿y quién puede saber siquiera si su pena le pertenece?



En Pequeños reinos
Traducción de Carlos Gardini
Foto: Associated Press


26 de dic. de 2011

Carlos Fuentes - El robot sacramentado

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¿Qué es primero? ¿El nombre, o la cosa?
PLATÓN, Cratilo

Una vez más, los culpables fueron Adán y Eva. Su jerarquía de Primeros Padres les otorgó un sitio privilegiado en el Cielo, así como una visibilidad excesiva: lo que en términos políticos modernos se llama «un alto perfil». Pero el sambenito de «Primer Padre» y «Primera Madre» no se soporta fácilmente, ni en el Cielo ni en la Tierra. Su status de megaestrellas terminó por hastiar a Adán y Eva.

—Mejor nos hubiera ido en el Infierno —le dijo Eva a Adán, mientras ambos atendían a una interminable fila de recién llegados a la Vida Eterna que, bolígrafo en mano, esperaban pacientemente turno para obtener los autógrafos de los Primeros Padres—. Allá abajo, lo que aquí pasa por un premio sería visto como un castigo.

La costilla de Adán levantó por un minuto la mirada del coqueto libro de autógrafos (páginas lilas alternadas con azul celeste) y vio la fila extendida a lo largo y ancho del tiempo y del espacio. La astuta mujer se dio cuenta entonces de que éste era infinito y aquél, aun en la eternidad, contado. Ella y su esposo eran víctimas de ambos.

Los primeros casados consultaron entre sí. Llevar su queja al Todopoderoso y pedirle, en vez de la celebridad, el privilegio del anonimato, era gestión fracasada de antemano. Adán y Eva no sólo eran el principal atractivo turístico, por así decirlo, del Paradiso Package Tour, que tan buena entrada en divisas le daba, allá en la Tierra, al Vaticano. Además, la presencia de Adán y Eva en el Cielo era la prueba fehaciente de la infinita misericordia divina: Si Dios perdonó a Adán y Eva, igual te perdonará a ti y al cabo, como argumentó un día el argüendero Orígenes, perdonará al mismísimo Diablo pues, de lo contrario, Dios no sería Dios. Pero a Orígenes, el sofista perseguido, sus herejías le costaron, literalmente, los huevos.

No nació de huevo alguno la generación «Cratilo» de robots, sino de la colaboración de una economía global perfectamente integrada: idea alemana, diseño italiano, financiación francesa, programación japonesa, mercadotecnia norteamericana y fabricación en una maquila de la frontera mexicana. En vez de huevo, esta red internacional perfeccionó el cerebro robótico, haciéndolo cada vez más parecido al de los seres humanos, mediante la creación de redes neuronales artificiales.

A los japoneses les interesó sobremanera que esta asimilación del robot a las funciones cerebrales humanas no significase una pérdida de las virtudes propias de las anteriores generaciones de robots; a saber: la exactitud y la velocidad, la repetibilidad y, sobre todo, la resistencia a la fatiga. A los franceses, en cambio, les bastó con asegurar que los nuevos robots cerebrales tuviesen coherencia lógica en el acto racional de reconocer, manipular y clasificar objetos. Fueron los alemanes quienes, al cabo, exigieron y obtuvieron que, además de estas funciones tradicionales, la generación de robots, para serlo, obedeciese a impulsos metafísicos.

Todos obtuvieron lo que quisieron: aptitudes físicas, los japoneses; coherencia lógica, los franceses. Pero la novedad fue la programación germana, obtenida mediante aparatos aceleradores de las partículas y ciclotrones de cada robot: la nueva generación de robots actuaría en las áreas de los verbos infinitivos, ser y estar, desear, nacer, vivir, morir, trascender. Ontorobots, Teleorobots, Axiorobots: todos estos nombres se barajaron a medida que la nueva generación era fabricada de la misma manera que se enseña a un niño a manipular y reconocer objetos, a caminar y a hablar, pero esta vez con una función metafísica, trascendente, ulterior.

Intervino entonces un nuevo factor cultural. Llevados los robots al sitio propio de su funcionamiento, el espacio exterior, donde la triple exigencia intelectual —japonesa resistencia y funcionamiento en un medio hostil; abstracta distancia metafísica alemana; y comprobación racionalista francesa de todo lo anterior— se cumpliría (todos estuvieron de acuerdo) mejor. Solo que los robots fueron conducidos al espacio extraterrestre por la recuperada iniciativa española de exploración en la plataforma «Santiago Ramón y Cajal».

Perfectamente preparados para responder sólo a las grandes interrogantes de la existencia (el valor, los fines superiores y la plenitud moral), los nuevos robots se hallaron, de esta manera, cerca del cielo —hecho que no escapó a la atención divina—. El zumbido de la «Ramón y Cajal», sin embargo, se iba acercando al Paraíso con una bodega llena de jamones y salchichas, Riojas y Valdepeñas, así como abundantes imágenes de santos en las cabinas de la tripulación española. Entre el cielo y la fabada, entre el espíritu puro y el puro puchero, los robots, programados para la metafísica, comenzaron a sentir ansias, cosquilleos, cachonderías olfativas, caldosas, culinarias; la axiología se confundió con la ajología, la apología con la apiología, y la ontología con el omelette. De este modo surgió la duda: ¿Tenía la nueva generación, producto de la tecnología supranacional anónima, gustos nacionales atávicos?

El gusto le entró a los robots por el cerebro programado para el entendimiento filosófico. En ese instante los robots se dieron cuenta de que ellos también tenían un cuerpo, y como lo expresó el líder natural 14921992 a sus hermanos y hermanas robóticas:

—No nos olvidemos ni un minuto de que todos nosotros estamos en el mundo, poseemos un cuerpo y conocemos al mundo directamente. No se olviden nunca de que nuestros actos son parte, desde ahora, de la dinámica del mundo.

—Yo tengo hambre —dijo un robot chiquitito, conocido como todos los demás por su número, 13251521—. Estoy oliendo un mole poblano; lo sé, lo siento, lo deseo, y no puedo tenerlo, sólo puedo reconocerlo y clasificarlo... ¡Chingue a su madre Descartes! —exclamó este cantinflesco sujeto, revelando a las claras sus atavismos nacionales.

—No lo obtendrás con solicitudes corteses —contestó el líder robot—, sino dándote cuenta de que ellos nos han dado una visión tridimensional del mundo.

—¿Y? —se limitó a preguntar el robot pequeño.

—El problema de ellos es proyectar una trayectoria sin colisiones para el trabajo de nuestros brazos. Nuestro problema es obligar a que la trayectoria cambie y las colisiones ocurran...

Desde ese momento, misteriosamente, cayeron en manos de los robots capones y guajolotes, botellas de vino y tarros de cerveza, quesos y tortillas de huevo, produciendo en estas máquinas de dimensión indescriptible, pues en ellas el espesor era transparencia, la altura aspiración y el peso propósito, un revoltijo funcional. Los robots rebelados, lanzados costosamente al espacio, se negaban a cumplir su función, que era la de fijar de una vez por todas, dándoles ubicación y certeza científicas, a las eternas preguntas metafísicas que tanto tiempo y energía hacían perder a los seres humanos, distrayéndoles de sus pragmáticas funciones económicas. Y la rebelión llegó a su cúspide cuando 14921992 les dijo a sus robots colegas, el alemán 15171871, el inglés 10661215 y el francés 04961789, definidos desde ya por sus apetitos culinarios, que había algo peor que negarles la sensualidad y la gula, y era darles sólo números impersonales, negarles... —la palabra emergió explosiva— nombres, nombres propios, no números, como si fueran cosas, mercadería, fichas técnicas...

—Hasta nuestra generación se llama «Cratilo» y nosotros nada...

—Pero el nombre es sólo un concepto que acompaña a una imagen individual y con ello niega la existencia de los universales —opinó el robot alemán.

—El nombre es sólo una convención —dijo el robot francés.

—No, el nombre es la esencia de lo que nombra —dijo con calor 14921992.

En la vecindad de las alturas lo escuchó Dios Padre y, con la ayuda de algunos poderosos arcángeles, encaminó la plataforma «Ramón y Cajal», a estas alturas (sic) tan amotinada como el Bounty, a las puer tas de San Pedro. Dios puso a cantar a todos los ángeles a fin de adormecer la atención filosófica de los robots y plantearles, sin tapujos, su solicitud:

—Encuéntrenme a Adán y Eva. Se me han perdido.

Los robots se estremecieron al escuchar los nombres de los Primeros Padres: eran también los Primeros Nombres. Pero enseguida se preguntaron por qué Dios, que todo lo sabía, no podía encontrar por sí solo a los Padres Perdidos, sin necesidad de ordenadoras.

—Ustedes son los culpables —suspiró el Todopoderoso—. Y la Trinidad también. La información teológica descifrada con rapidez de rayo por el Centro Wiener-Kafka hace sólo cincuenta años fue trasmitida al mundo mediante esta formula ridícula: Uno que es Dos que es Tres que es Uno, no es Nadie. Sobre semejante absurdo no puede asentarse la ciencia de la informática, y la teología se desacredita si Dios es Nadie. Encarné demasiado a mi Hijo, comiendo pan y bebiendo vino a todas horas; me desencarné demasiado en mi Espíritu, al cual apenas logro darle forma de paloma mensajera y de ave preñadora, que no de presa.

El suspiro de Dios Padre casi les parte el alma a los robots:

—No tengo ni cuerpo suficiente, ni suficiente espíritu. Soy un buen administrador. Pero Paraíso Inc. no funciona sin los Primeros Padres, ustedes me comprenden...

Movidos a la compasión (esta era la treta del Señor), los robots procesaron, en cuestión de minutos, la información nominativa del Paraíso: No todos sus habitantes tenían nombre; el anonimato podía ser portado con orgullo en la felicidad celestial; pero había muchos «Evas» y «Adanes». ¿Quiénes eran los Adán y Eva reales, únicos, que habían asumido un repentino anonimato en el cielo, aburridos de la celebridad?

La información volvió a procesarse, en medio de combinaciones —blips y regüeldos— que revelaban a las claras el revoltijo de física y metafísica con el que los robots habían contaminado la pureza de su función, haciéndola posible sólo en la impureza. Absoluta, transparente, incontrovertible, la prueba trasmitida por los cerebros electrónicos de la nave «Ramón y Cajal» se comunicó a través del Paraíso, en pantallas, bocinas, cintas y videos: Allí, señalados por el largo brazo robótico de 14921992, aparecieron el hombre y la mujer, acurrucados, nuevamente avergonzados, con las cabezas bajas, como los pintó, inolvidablemente, el Masaccio, otra vez expulsados del Paraíso, pero esta vez por su propia voluntad, revelados otra vez en la más total y obscena de las desnudeces, pues sólo ellos dos, entre todos los bienaventurados del cielo, poseían vientres sin sello de nacimiento.

—¿Cómo los descubrieron? —preguntó azorado el Señor.

—Eran los únicos sin ombligo —contestó el francés 04961789.

—¿Cómo no se me ocurrió a mí primero? —exclamó Dios Padre.

—Por la misma razón que ellos creyeron que podían engañarnos —resumió 14921992—. Sabemos razonar porque aprendimos igual que los niños, poquito a poco. Los robots hemos tenido infancia. Ni tú, Señor, ni Adán ni Eva la tuvieron. Nos parecemos más a los hombres que ustedes.

—¿Qué puedo darles en recompensa?

—Un nombre —dijo el francés 04961789, pensando secretamente en Balzac, gran nombrador de hombres, en Hugo, gran nombrador de cosas, y en Mallarmé y la pureza de las palabras de la tribu.

—Y no sólo un nombre, sino la ceremonia que lo convalida —dijo 14921992 convalidando él mismo su cultura ancestral—. Queremos ser bautizados.

Y lo fueron, en medio de una fiesta incomparable, celestial y terrena, física y metafísica; fueron nombrados Remedios y Piedad, Angustias y Socorro, Santiago y Felipe, Ludwig y Wolgfang Amadeus, Francesco y François, Tristram y Jacques, Fortescue y Marmaduke, Akihito y Akira, Sóstenes y Guadalupe. En medio de la exuberancia sensual de la ceremonia, los robots introdujeron en su programación dos nuevas preguntas:

—¿Es un nombre una pura convención?

—¿Refleja un nombre la realidad de lo que nombra?

Una y otra vez, la respuesta a estas preguntas se repitió en las pantallas de los ordenadores y en las bóvedas celestiales: Un nombre es sólo una aproximación a la naturaleza de las cosas.

Esta respuesta convenció a Dios y, lo que es mejor, tanto a los racionalistas franceses como a los místicos españoles. Sólo los alemanes se quejaron de que ni las preguntas ni las respuestas eran, propiamente, metafísicas, con lo cual quedaba desvirtuada la función de los nuevos robots y se imponía pasar a una sexta o séptima generación a la altura de sus deberes filosóficos; en tanto que los japoneses no le vieron utilidad alguna al debate sobre la nominación de las máquinas cibernéticas, a menos que acabasen como atracciones en una feria o en un casino.

Sólo Adán y Eva, a los que en reconocimiento de su más reciente sacrificio se les regalaron dos robots para ellos solitos, entendieron que las máquinas, al ser bautizadas, no dejaron de funcionar, pero tampoco de rebelarse. Hablándoles, mirándolas, el hombre y la mujer acabaron por verse a sí mismos, ni realidad material cerrada ni convención caprichosa aunque útil sino, en efecto, aproximación permanente a una naturaleza, una personalidad y un deseo jamás concluidos, siempre abiertos, capaces de descendencia y multiplicación.

Sin que sus inventores multinacionales lo supiesen, los robots de la quinta generación adquirieron así las verdaderas funciones del cerebro, que son las de parecerse a los hombres y mujeres de una manera mucho más íntima y calurosa. Bautizados, los robots se volvieron parte de un mundo en cierta manera más abierto, generoso e inacabado, y en él se reconocieron también el primer hombre y la primera mujer. 14921992 se llamó desde entonces «Cristóbal» y 04961789 se reveló como «Jeannette».

Fue Dios, sin embargo, quien, complacido, bendijo la unión de sus primeras criaturas y de las criaturas de sus criaturas, y dijo la última palabra:

—En verdad os digo que afortunadamente aún existe una gran diferencia entre quienes fabrican robots y quienes los imaginan.



En Cuentos sobrenaturales
Imagen: © Abilio Lope/CORBIS




25 de dic. de 2011

José Lezama Lima - Fugados

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No era un aire desligado, no se nadaba en el aire. Nos olvidábamos del límite de su color, hasta parecer arena indivisible que la respiración trabajosamente dejaba pasar. Llovía, llovía más, y entre lluvia y lluvia lograba imponerse un aire mojado, que aislaba, que hacía que nos enredásemos en las columnas, o que mirásemos a los hombres iguales que pasaban a nuestro lado durante muchos días y en muchos cuerpos distintos. Hubo una pausa que fue aprovechada por Luis Keeler, para dirigirse a la escuela apresurando el paso, no obstante se detuvo para contemplar cómo el agua lentísima recorriendo las letras de un escudo que anunciaba una joyería había recurvado hacia la última letra, pareciendo que allí se estancaba, adquiría después una tonalidad verde cansado, se replegaba, giraba asustada, sin querer bordear el contorno del escudo, donde tendría que esperar que la brisa se dirigiese –podía también coger otro rumbo– directamente al escudo, cuyas letras desmemoriadas surgían ya con esfuerzo, ante la nivelación impuesta por la brisa y por las lluvias, y por último la gota después de recorrer las murallas y los desiertos desdibujados del escudo saltaba desapareciendo.

Armando Sotomayor había aprovechado también la pausa colocada entre las lluvias, para dirigirse al colegio, que ofrecía un aspecto deslustrado, como si la voz de los profesores hubiera ido formando una costra húmeda que separaba la pared de las miradas. El recuerdo de la lluvia y del agua enfermiza que saltaba de las casas al suelo azafranado, donde se iba borrando, como si la suela de los zapatos limpiase las caras inverosímiles grabadas sobre el asfalto blanduzco. Era como si una idea se dirigiese recta a adivinar el objeto enfrentado, y al encontrar las paredes, verde, amarillo–escamoso, del colegio, saltase al mar para borrarse a sí misma.

Luis y Armando se miraron. Armando observó que al mismo tiempo que ya empezaba a sentir la humedad del agua evaporándose de su chaqueta azul oscuro, con rayas blancas, desde lejos grises, vio como también asomaban con nuevos colores que se secaban lentamente, como después de pensarlo mucho, dejando en las paredes mareadas, patas de moscas, caras viejas, casi resquebrajadas. Armando ya no miraba las paredes húmedas, mareadas, como si la lluvia se hubiese entretenido en extender sobre las paredes piel estirada de gamo, soplado estrellas, trazando una esfumada cartografía sideral. Los ojos de Armando giraron lentamente, los dejó caer sobre Luis que llegaba. Sin saludarlo le dijo: No entremos, en el malecón las olas están furiosas, quiero verlas.

Luis, más joven, alegre por la primera palabra de Armando, lo saludó primero con alegría disimulada, después rápidamente respondió: Vamos.

La humedad persistía, se notaba más que en los zapatos húmedos, en el sudor de la cara de Luis. La última gota se demoraba en el escudo de la joyería, hasta que al fin caía tan rápidamente que la absorción de la tierra daba un grito. Luis parecía fijarse en el peligro de la próxima lluvia, en la disculpa que daría en su casa si sus padres descubrían el improvisado paseo. Aunque cualquier pregunta de Armando fuese demasiado brusca, no se fijaba en la cara de él, como quien goza la presencia de un espejo empañado o se imagina muy espesa la atmósfera lunar o demora la papilla de puré en la lengua. La emoción de escaparse del colegio tenía demasiada importancia para dirigir su mirada a la cara de Armando, aunque es casi seguro que la fijase en sus ojos. Sin embargo, cada palabra de éste era una mirada, hasta casi pensaríamos que hablaba para encontrar en los ojos de Luis la colmación de sus palabras, más que necesaria respuesta.

No deberíamos, pensaba, nada más que ir al colegio por la mañana, todo lo demás sobra. Es cierto que las mañanas casi siempre son húmedas, que ablandan las cosas, que inutilizan las palabras. Cuando veo venir a mi tía, oleaginosa blancura y humedad de la mañana, con los ojos pinchados, con la ropa bruscamente lanzada contra el cuerpo inmóvil, me parece que la veo llegar montando en una vaca y descendiendo muy lentamente –como si quitásemos paños sudorosos de una estatua de yeso– del globo de la mañana. La contemplación del café con leche mañanero produce una voluptuosidad dividida, que se convierte en poca cosa cuando los garzones van penetrando en las academias. Un sabor espeso va penetrando por cada uno de los poros que se resisten, una paloma muere al chocar con la columna de humo de un cigarro, las aguas algosas van alzando el cadáver de un marinero ciego que deja caer pesadamente las manos, ostentando en las narices tatuadas el esfuerzo por querer sobrevivir en aquellas aguas espesadas por las salivas y por los papeles mojados.

Habían llegado ya al lugar esperado, las olas entraban por la mirada, luego se producía una desesperada oquedad ocupada rápidamente por las nubes. El paisaje estrenaba una apariencia distinta frente al estilo o la manera distinta de las miradas. Las olas saltaban aceradas alrededor de un puño que les prestaba un esqueleto férreo y algoso. Se formaba el público que sobra siempre en las ciudades para bostezar en los incendios, para encender un quinqué en las inundaciones. Luis y Armando habían llegado frente a las olas un tanto desmemoriados, aquello parecía no ser su finalidad. Momentáneamente había servido, pero les golpeaba un secreto más escurridizo. Las huidas del colegio son el grito interior de una crisis, de algo que abandonamos, de una piel que ya no nos disculpa. Habían perdido una tarde de colegio, ahora dejaban caer las manos, ladeaban un poco la cabeza, todos corrían y Luis se dejaba mojar los zapatos sin levantar la mirada de la próxima ola. Comprendía que el día era gris, que se habían fugado de la escuela, que Armando estaba a su lado ocupando un espacio maravilloso, doblemente cerrado, espacio rítmico, pues de vez en cuando se llevaba la mano a los cabellos como para obligarlos a mantener una postura irreal, movediza. Los cabellos le desobedecían, huían, como si aquél no fuese el sitio indicado para su sueño, rehusando el dominio de la mano que no reconocían como suya. Luis adivinaba que unas cuantas gotas eran poca cosa para sus zapatos. No había oído los gritos, los menudos papeles blanquísimos que al huir le tiraban a la ola, que cortés volvía después a olvidar y a recogerlos. La curvatura de las olas, la grosera asimilación de la ola por otra ola producía una onda de vapores exenta de recuerdos. Como si las nubes se fuesen extendiendo entre ellos y convirtiesen a los niños fugados en unos archipiélagos húmedos. Un barco los golpea suavemente y se ve lentamente rechazado por las manecillas de un reloj. Cambiaron de rumbo, la finalidad que los había unido se perdía invisiblemente. Se iban a mantener más tensas y secretas las palabras que los enlazaban. Los dos se fueron replegando, ignorándose. Se alejaban de las olas creyendo que cansadas de estilizar el litoral se perderían en una aventura más comprometedora. Más que ver las olas las habían adivinado entrando en la atmósfera acuosa que desalojaban, les llegaba un ruido lejano, una ola empujaba a la otra, impulsando curvados sonidos que se adelgazaban para penetrar en la bahía algodonosa de los oídos. Ya habían decidido pasear. La incitación primera se había convertido en el tedio llevadero del tener que pasear. Armando se fijaba en uno de los dos botones que se apartaban de la coloración azul con rayas blancas del traje de Luis, invariablemente uno le parecía distinto, después empezaba el nuevo agrado descubriendo que los dos eran iguales. Ya no esperaba la próxima ola, sino la cambiante atracción de los botones azulosos, iguales, desiguales, aparecían, se sumergían. La ola que se tendía, después la fijeza de uno de los botones, el otro era tan improbable. La mirada humedecida alargaba peces asfaltados. Era como si una grulla, ave blanda, fuese absorbida por el asfalto exigente que podía lucir así su nueva marca de grulla asfaltada. Todo tan diluido que no se diría la grulla escudo sobre el asfalto, como aquel que demoraba la última gota en el anuncio de la joyería. Luis se estremeció, como si hubiese chocado con una nube o como si se hubiese despertado. Se oyó una voz más espesa, menos infiltrada de humedad. Se sintió aterrorizado como cuando nos enteramos que el escaro, pescado exquisito, sólo tiene los intestinos comestibles. Luis sentía la humedad invisible en su paseo con Armando. Ningún punto fijo podía obligarlo, cualquier línea clareadora era tan alargada que moría en el agua electrizada. Verde de luna palustre, adivinando verdor de juncos enlunados. Había surgido Carlos –la obligación con el nombre, la esclavitud a la línea y al punto–, mayor que Armando, diciéndole imperiosamente, era esa la palabra que Luis no decía, pero que sentía, pero que oía desgarrándole: ¿No habíamos quedado en ir al cine? Todavía podemos ir. Armando, secamente, sin mirar a Luis, que ha tomado una figura insignificante, le dice: Adiós, me voy. Secamente, sin la mirada decisiva, sin intentar por última vez discriminar el colorido de los botones de su chaqueta azul con rayas blancas. Nuevos pájaros nevados dejan caer sus picos sobre las mandolinas que silabean numeradas elegías. El sueño se va espesando en el recuerdo de aquella última ola que definitivamente se marmolizó. La ola es el monstruo que busca el tazón de alabastro cuando dos manos viajeras deciden desembarcar a la misma hora.

Siguió con la mirada la curva de los paredones, que parecían inútiles, pues las olas desmemoriadas se detenían en un punto prefijado, trazado en el vértice de la ola y de la gaviota. Vio también cómo su brazo giraba, se perdía, hasta que adormecido lentamente se iba curvando, obligado por el girar de las gaviotas que trazaban círculos invisibles, no tan invisibles, pues al querer extender el brazo sentía las picadas de los peces–arañas, y al alzar los ojos veía a la gaviota esconderse en un punto geométrico, o entrar como flecha albina en un gran globo de cristal soplado. Ya no podía aislar el recuerdo de los peces–arañas, ni el brazo lentamente curvado de la mansa compasión de las gaviotas. No podía aislar en su cajita de níquel cromo los fósforos de las agujas. Ni el libro de las preguntas de las respuestas madreselvas, de los grupos de corales, de las más podridas anémonas. Las nubes se abrían rápidamente mostrando el castillo que se desangraba. Las nubes destetadas hacían un poco más rosado el nácar de aquella agonía. Siguiendo las vueltas de las gaviotas aparecían una docena de adolescentes ocultando en las arenas sus flautas cremosas, dejando en recuerdo sus orejas enterradas. En el centro de la pecera se ven flotar, diminutos, otra docena de guerreros romanos.

Se sentó en el muro, el agua ya no rebotaba en las piedras. Se dirigía a los oídos con pasos secretos, rebotando contra el castillo, sin timbre o lebrel que partiesen aquella humedad, que avivasen la oportunidad de aquel secreto oleaje. Vio como la uniformidad marina se abría en un remolino somnoliento, vislumbró un alga verde cansado, gris perla, adivinanza congelada, secreto que fluye. Llegaba una olita, fabricada por los juncos tejidos, guiada tan sólo por el ruido que forman los peces al virarse para pellizcarse el cuello; parecía que avisada el alga, ya empezaba a oír su nombre indistinto, iba a incrustarse en la piedra. Insatisfecho momento y el alga diferenciada, un tanto mareada, volvía a ocupar el mismo sitio. Luis Keeler sintió la fijeza del alga, sintió también su carrera invisible hacia el paredón musgoso. Quedando así el alga, como una corona que desciende hasta la raíz del castillo que se desangra sobre el río. El alga clamaba por la monarquía del sueño interminable. Entre los pasos de la codorniz y la raíz del castillo, la fotografía tomada a la sombra del húmedo ruido y a la ligereza, podía garantizar el surgimiento de las algas diferenciadas.

Cuando el alga rebotó por última vez contra la piedra ablandada, Luis Keeler se fue hundiendo en el sueño. Un sueño blando, rodeado de algas, algodones, de manos que tocan blandamente un saco de arena y de puntillas. Cartas persas, las codornices de servicios domésticos, las peceras volcadas después del crimen. En su afán de buscar la última palabra y el nivel del sueño la codorniz tiraba desesperadamente de los labios. En el paraíso el agua corría de nuevo y se fabrica el cielo. La línea del paredón se alargaba, y él fue también estirando, adelgazando. Sintió que el pensamiento se le escapaba como había sentido los pasos de la codorniz, para ocupar el centro de aquella alga nombrada, diferente, que podía ostentar su orgullo y sus voluntarios paseos. El tacto insatisfecho ya no podía prolongarse en la mirada o en aquel último fragmento de sus labios. Espeso sueño como de quien pudiese hablar con la boca llena de agua. Absolutista alga que separaba el cristal de la divagación de los recuerdos y de las nubes.

Traspasó una línea marinera, que había sido trazada por los juncos antes de convertirse en pájaromoscas. La última se extendió por el cuerpo de Luis Keeler, quedando también adormecida en la arborescencia de sus nervios. Uno de sus ojos, traspasando el globo de porcelana, que había sido traído junto con el taladro de los granates, se fijó en la punta del dedo de un bandolero agilísimo. Triunfó, una ruedecilla recorría la distancia que separaba la mirada del objeto ceniciento.

Después el otro ojo se fijó en la condecoración dejada por el carapacho de las aguas quemantes, de las lavas y de los punzones. Puesto ya de pie, todas las algas huidas y borrado el límite de los paredones, la noche le empapaba las entrañas, creciendo como un árbol que sacude la tinta de sus ramas. Hubiera sido decoroso dar un grito, pero en aquel momento se vaciaba la jaula de los cines y de la vida clamante de las algas había surgido un absoluto sistema de iluminación. Dar un grito le hubiera costado partirse un pie o adivinar los últimos cabeceos de las algas o cómo circula la sangre en los granates.


24 de dic. de 2011

Vladimir Nabokov - El cuento de Navidad

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Se hizo el silencio. La luz de la lámpara iluminaba despiadadamente el rostro mofletudo del joven Anton Golïy, vestido con la tradicional blusa rusa campesina abotonada a un lado bajo su chaqueta negra, quien, nervioso y sin mirar a nadie, se disponía a recoger del suelo las páginas de su manuscrito que había desperdigado aquí y allá mientras leía. Su mentor, el crítico de Realidad Roja, miraba el suelo mientras se palpaba los bolsillos buscando una cerilla. También el escritor Novodvortsev guardaba silencio, pero el suyo era un silencio distinto, venerable. Con sus quevedos prominentes, su frente excepcionalmente grande y dos mechones ralos colocados de través sobre la calva tratando de ocultarla, estaba sentado con los ojos cerrados como si todavía siguiera escuchando, con las piernas cruzadas sobre una mano embutida entre la rodilla y una de las lorzas de su muslo. No era la primera vez que se veía sometido a este tipo de sesiones con sedicentes novelistas rústicos, ansiosos y tristes. Y tampoco era la primera vez que había detectado en sus inmaduras narrativas, ecos —que habían pasado inadvertidos para los críticos— de sus veinticinco años de escritura, porque la historia de Golïy era un torpe refrito de uno de sus propios temas, el de El Filo, una novela corta que había compuesto lleno de esperanza y de entusiasmo, y cuya publicación el pasado año no había logrado en absoluto acrecentar su segura aunque pálida reputación.

 El crítico encendió un cigarrillo. Golïy, sin alzar la vista, guardó el manuscrito en su cartera. Pero su anfitrión se mantenía en silencio, no porque no supiera cómo enjuiciar el relato, sino porque esperaba, dócil y también aburrido, que el crítico finalmente se decidiera a pronunciar las frases que él, Novodvortsev, no se atrevía ni siquiera a insinuar: que el argumento era un tema de Novodvortsev, que también procedía de Novodvortsev la imagen aquella del personaje principal, un tipo taciturno, dedicado en cuerpo y alma a su padre, un hombre trabajador, que logra una victoria psicológica sobre su adversario, el despreciable intelectual, no tanto en razón de su educación, sino gracias a una especie de serena fuerza interior. Pero el crítico encorvado en el sillón de cuero como un gran pájaro melancólico se empecinaba desesperadamente en su silencio. 

 Cuando Novodvortsev se dio cuenta de que una vez más no iba a oír las palabras esperadas, mientras trataba de concentrar su pensamiento en el hecho de que, después de todo, el aspirante a escritor había ido hasta él, y no hasta Neverov, para solicitar su opinión, cambió de postura, volvió a cruzar las piernas metiendo la mano entre las mismas, y dijo con toda seriedad: "Veamos", pero al observar la vena que se hinchaba en la frente de Golïy, cambió de tono y siguió hablando con voz tranquila y controlada. Dijo que la historia estaba sólidamente construida, que el poder de lo colectivo se advertía en el episodio en el que los campesinos empiezan a construir una escuela con sus propios medios; que, en la descripción del amor que Pyotr siente por Anyuta, había ciertas imperfecciones de estilo que no lograban acallar sin embargo el reclamo poderoso de la primavera y la urgencia del deseo y, mientras hablaba, no dejaba de recordar por alguna razón que había escrito a aquel crítico recientemente, para recordarle que su vigésimo quinto aniversario como escritor era en enero, pero que le rogaba categóricamente que no se organizara ninguna conmemoración, teniendo en cuenta que sus años de dedicación al sindicato todavía no habían acabado... 

 — En cuanto al tipo de intelectual que has creado, no acaba de ser convincente —decía—. No logras transmitir la sensación de que está condenado... 

 El crítico seguía sin decir nada. Era un hombre pelirrojo, enjuto y decrépito, del que se decía que estaba tuberculoso, pero que probablemente era más fuerte que un toro. Le había contestado, también por carta, que aprobaba la decisión de Novodvortsev, y allí se había acabado el asunto. Debía de haber traído a Golïy como compensación secreta... Novodvortsev se sintió de improviso tan triste —no herido, sólo triste— que dejó de hablar de pronto y empezó a limpiar las gafas con el pañuelo, dejando al descubierto unos ojos muy bondadosos. 

 El crítico se puso en pie. 

 — ¿Adónde vas? Todavía es temprano —dijo Novodvorstsev, levantándose a su vez. Anton Goïly se aclaró la garganta y apretó su cartera contra el costado. 

 — Será un escritor, no hay duda alguna —dijo el crítico con indiferencia, vagando por el cuarto y apuñalando el aire con su cigarrillo ya acabado. Canturreaba entre dientes, con cierto tono de asperidad, se inclinó sobre la mesa de trabajo y luego se quedó un rato mirando una estantería donde una edición respetable de Das Kapital ocupaba su lugar entre un volumen gastado de Leonid Andreyev y un tomo anónimo sin encuadernar; finalmente, con el mismo paso cansino, se acercó a la ventana y abrió la cortina azul. 

 — Venga a verme alguna vez —decía mientras tanto Novodvortsev a Anton Golïy, que primero se inclinó a saludarle con torpeza para después erguirse como con altanería—. Cuando escriba algo nuevo, tráigamelo. 

 — Una buena nevada —dijo el crítico, dejando caer la cortina—. Por cierto, hoy es Nochebuena. 

 Y se puso a buscar distraído su sombrero y su abrigo. 

 — En los viejos tiempos, al llegar estas fechas tú y tus colegas hubierais estado produciendo a marchas forzadas manuscritos navideños... 

 — Yo no —dijo Novodvortsev. 

 El crítico se rió entre dientes. 

 — Es una lástima. Deberías escribir un cuento de Navidad. En el nuevo estilo. 

 Anton Golïy tosió en su pañuelo. 

 — En otro tiempo lo hicimos... —empezó con voz ronca, gutural, pero luego carraspeó. 

 — Lo digo en serio —siguió el crítico, embutiéndose en el abrigo—. Se puede inventar algo inteligente... Gracias, pero ya son... 

 — En otro tiempo —dijo Anton Golïy—. Lo hicimos. Un maestro. Un maestro que... Se le metió en la cabeza hacer un árbol de Navidad para los niños. En la cima. Colocó una estrella roja. 

 — No, eso no sirve —dijo el crítico—. Es más bien severo para un cuento. Tienes que darle un perfil más sutil. La lucha entre dos mundos diferentes. Todo ello contra un fondo nevado. 

 — Hay que tener cuidado con los símbolos, en términos generales —dijo sombrío Novodvortsev—. Tengo un vecino, un hombre muy recto, miembro del partido, militante activo, y sin embargo utiliza expresiones como "el Gólgota del Proletariado"... 

 Cuando sus huéspedes se hubieron ido se sentó en su mesa y apoyó la cabeza en su gran mano blanca. Junto al tintero había algo que parecía un vaso sencillo y cuadrado con tres plumas hincadas en una especie de caviar de bolas azules. El objeto tenía unos diez o quince años: había sobrevivido todos los tumultos, mundos enteros habían caído despedazados en torno de él, pero ni una de aquellas bolas de cristal se había roto. Eligió una pluma, dispuso una hoja de papel convenientemente, metió unas cuantas hojas más debajo de la primera para escribir sobre una superficie más blanda... 

 — ¿Pero sobre qué? —dijo Novodvortsev en voz alta, y a continuación con el muslo hizo a un lado la silla y se puso a caminar por la habitación. En su oído izquierdo sentía un zumbido insoportable. 

 El canalla aquel lo dijo con toda la intención, pensó, y como si quisiera seguir los pasos del crítico fue hasta la ventana. 

 Tiene la pretensión de aconsejarme y de avisarme... Y ese tono de mofa... Probablemente piensa que ya he perdido toda originalidad... Pues haré un cuento de Navidad... Y entonces, él escribirá: "Estaba yo en su casa una noche y, entre una cosa y otra, se me ocurrió sugerirle: Dmitri Dmitrievich, deberías describir la lucha entre el viejo y el nuevo orden en el entorno de un nevado cuento de Navidad. Podrías llevar hasta sus últimas consecuencias el tema que apuntabas de forma tan extraordinaria en El Filo, ¿recuerdas el sueño de Tumanov? Ese es el tema al que me refiero ... Y precisamente aquella noche nació la obra que ..." 

 La ventana daba a un patio. No se veía la luna... No, pensándolo bien, sí que hay una especie de brillo que sale de detrás de aquella chimenea. La leña estaba apilada en el patio, cubierta con una alfombra reluciente de nieve. En una ventana resplandecía la cúpula verde de una lámpara, alguien trabajaba en su mesa, y el ábaco relucía como si sus cuentas estuvieran hechas de cristal de colores. De repente, en el más absoluto silencio, unos copos de nieve cayeron del alero del tejado. Luego, de nuevo, un torpor absoluto. 

 Sintió el cosquilleo de vacío que siempre presagiaba el deseo y la urgencia de escribir. En este vacío algo estaba adquiriendo forma, algo crecía. Una especie de nuevo cuento de Navidad... La misma nieve de siempre, un conflicto totalmente nuevo... 

 Oyó unos pasos cautelosos al otro lado de la pared. Era su vecino que volvía a casa, un tipo discreto y educado, comunista hasta la médula. En una suerte de arrebato más o menos abstracto, con una deliciosa sensación de confianza, Novodvortsev se volvió a sentar a la mesa. El tono, la coloratura de la obra ya empezaban a tomar cuerpo. Sólo tenía que crear el esqueleto, el tema. Un árbol de Navidad: ése era el comienzo. Se imaginó ciertas familias, gente que en los viejos tiempos había sido importante, gente que estaba aterrorizada, de mal humor, condenada (se los imaginaba con tanta nitidez ...), gente que con toda seguridad estaba ahora mismo colocando adornos de papel en un abeto que habían cortado a hurtadillas en el bosque. En estos tiempos ya no había dónde comprar aquellos adornos y oropeles, ya no se apilaban los abetos a la sombra de San Isaac... 

 Alguien llamó a la puerta, un golpe amortiguado, como si se hubiera cubierto los nudillos con un trozo de tela. La puerta se abrió unos centímetros. Delicadamente, sin apenas meter la cabeza, el vecino le dijo: "¿Le importaría prestarme una pluma? Si tiene alguna con la punta un poco roma, se lo agradeceré". 

 Novodvortsev se la dio. 

 — Muchísimas gracias —dijo el vecino, cerrando la puerta silenciosamente. 

 Aquella interrupción insignificante rompió en cierta manera la imagen que estaba madurando en su mente. Se acordó que en El Filo Tumanov sentía cierta nostalgia por la pompa de las antiguas fiestas. Pero no buscaba ni quería una mera repetición. Y en aquel momento pasó por su mente otro recuerdo inoportuno. Recientemente, en una fiesta, había oído cómo una joven le decía a su marido: "Te pareces mucho a Tumanov en varios aspectos". Durante unos días se sintió feliz. Pero luego conoció personalmente a la citada señora y el tal Tumanov resultó ser el novio de su hermana. Y tampoco ésa había sido su primera desilusión. Un crítico le había dicho que iba a escribir un artículo sobre Tumanovismo. Había algo que le adulaba infinitamente en ese ismo y también en la t con la que la palabra comenzaba en ruso. El crítico, sin embargo, se había ido al Cáucaso a estudiar a los poetas georgianos. Y, a pesar de todo, no podía negar que Tumanov le había proporcionado ciertos momentos agradables. Por ejemplo, una lista como la siguiente: "Gorky, Novodvortserv, Chirikov..." 

 En una autobiografía que acompañaba sus obras completas (seis volúmenes con retrato del autor incluido) había contado cómo él, hijo de padres humildes, se había abierto camino en el mundo. Su juventud, en realidad, había sido feliz. Un vigor saludable, fe, éxito. Habían transcurrido veinticinco años desde que una aburrida revista literaria publicara su primer relato. 

 A Korolenko le había gustado su obra. Había sido arrestado un par de veces. Habían cerrado un periódico por su culpa. Ahora sus aspiraciones cívicas se habían visto cumplidas. Se sentía libre y cómodo entre los escritores jóvenes que empezaban. Su nueva vida le satisfacía al máximo. Seis volúmenes. Su nombre era conocido. Y sin embargo su fama era pálida, pálida... 

 Saltó de nuevo mentalmente hasta la imagen del árbol de Navidad y, bruscamente y sin aparente razón, se acordó del cuarto de estar de la casa de unos comerciantes, de un gran volumen de artículos y poemas con páginas de cantos dorados (una edición benéfica para los pobres) que de alguna forma estaba relacionado con aquella casa, recordó también el árbol de Navidad del cuarto de estar, la mujer que él amaba en aquel tiempo, y las luces del árbol reflejándose como un temblor de cristal en sus ojos abiertos al coger una mandarina de una de las ramas más altas. Habían transcurrido veinte años o quizá más, cómo se fijaban en la memoria algunos detalles... 

 Disgustado, abandonó este recuerdo y se imaginó una vez más esos viejos abetos más bien ralos que, en ese mismo momento, con toda seguridad, se veían engalanados y decorados con adornos... Pero ahí no había ningún relato, aunque siempre se le podía dar un ángulo sutil... Exiliados que lloran en torno de un árbol de Navidad, engalanados con sus uniformes impregnados de polilla, mirando al árbol sin dejar de llorar. En algún lugar de París. Un viejo general rememora al recortar un ángel de cartón dorado cómo solía abofetear a sus soldados... Pensó entonces en un general que había conocido personalmente y que ahora estaba en el extranjero, y no había forma de imaginárselo llorando arrodillado ante un árbol de Navidad... 

 "Pero, con todo, ahora voy por buen camino." Dijo Novodvortsev en voz alta, persiguiendo impaciente un pensamiento que se le había escapado. Y entonces algo nuevo e inesperado empezó a tomar forma en su imaginación —una ciudad europea, un pueblo bien alimentado, cubierto de pieles. Un escaparate completamente iluminado. Tras él, un enorme árbol de Navidad de cuyas ramas cuelgan frutas carísimas y en cuya base se amontonan muchos jamones. Símbolo de bienestar. Y delante del escaparate, en la acera helada... 

 Todo nervioso, pero nervioso con la excitación del triunfo, sintiendo que había encontrado la clave única y necesaria, que iba a componer algo exquisito, que iba a describir como nadie lo había hecho antes la colisión de dos clases, de dos mundos, empezó a escribir. Escribió acerca del árbol opulento en el escaparate descaradamente iluminado y del trabajador hambriento, víctima del paro, mirando aquel árbol con mirada severa y sombría.

 "El insolente árbol de Navidad —escribió Novodyortsev— ardía con todos y cada uno de los colores del arco iris."


En Cuentos completos
Traducción de María Lozano
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis