31/8/2011

Danniel Dennett: Memes tóxicos

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Cualquier encuentro creativo con el mal requiere que no nos distanciemos de él tan sólo demonizando a aquellos que cometen actos malignos. Con el fin de escribir acerca del mal, un escritor tiene que tratar de comprenderlo, de adentro hacia afuera; tiene que intentar entender a los perpetradores aunque no necesariamente simpatice con ellos. Pero los norteamericanos parecen tener una gran dificultad a la hora de reconocer que hay una diferencia entre entender y simpatizar. De algún modo creemos que un intento por informarnos a nosotros mismos acerca de lo que conduce al mal es al mismo tiempo un intento por disculparlo. Creo que la verdad es justamente la opuesta, y que cuando se trata de enfrentar el mal, la ignorancia es el peor enemigo. 

Kathleen Norris, "Native evil"


La escritura de este libro me ha ayudado a entender que la religión es una clase de tecnología. Su habilidad para tranquilizar y explicar es terriblemente seductora, pero también es peligrosa. 

Jessica Stern, Terror in the name of God: Why religious militants kill 



¿Alguna vez ha oído hablar de los yahuuz, una gente que piensa que lo que nosotros llamamos pornografía infantil es simplemente puro y saludable entretenimiento? Fuman marihuana diariamente, hacen de la defecación una ceremonia pública (con competencias hilarantes para ver a quién le toca el ritual de la limpiada), y una vez que uno de sus ancianos alcanza la edad de 80 años, organizan un banquete especial durante el cual esta persona ceremonialmente se quita la vida, y luego los demás se lo comen. ¿Le desagrada? Entonces, ahora sabe cómo se sienten muchos musulmanes respecto de nuestra cultura contemporánea, con su alcohol, sus ropas provocativas y las actitudes de descuido hacia la autoridad familiar. Parte de mi esfuerzo en este libro es lograr que piense y no sólo sienta. En este caso particular, debe advertir que su desagrado, pese a lo fuerte que sea, es sólo un dato, un hecho acerca de usted -un hecho muy importante acerca de usted- pero no un inequívoco signo de verdad moral; es, sencillamente, como el desagrado de los musulmanes respecto de algunas de nuestras prácticas culturales. Debemos respetar a los musulmanes, sentir empatia con ellos, tomar con seriedad su malestar, pero luego debemos proponerles que se unan a nosotros en una discusión respecto de las perspectivas sobre las que diferimos. El precio que debe estar dispuesto a pagar por ello es el de su buena voluntad para considerar con calma el modo de vida de los (¡fantásticos!) yahuuz, y preguntarse-si es que resulta tan claro por qué no puede ser defendido. Si ellos participan de estas tradiciones de todo corazón, sin ninguna aparente coerción, quizá deberíamos decir "que vivan y que nos dejen vivir". 

Y quizá no. Sobre nosotros pesa la responsabilidad de demostrar a los yahuuz que su modo de vida incluye tradiciones de las que deberían avergonzarse y que deberían desterrar. Si nos embarcamos en este ejercicio conscientemente, tal vez descubramos que algo de nuestro desagrado hacia sus maneras es provinciano e injustificado. Ellos podrían enseñarnos algo. Nosotros les enseñaríamos algo. Y aunque quizá nunca podamos cruzar la brecha de diferencias abierta entre nosotros, no deberíamos asumirla de antemano, que es la posibilidad más pesimista. 

Mientras tanto, el modo de prepararnos para esta utópica conversación global es estudiando, con la mayor compasión y poca pasión, tanto sus costumbres como las nuestras. Consideremos la valiente declaración de Raja Shehadeh, cuando escribe acerca de la difícil situación de la Palestina moderna: "La mayor parte de tu energía se emplea en establecer sensores para detectar la percepción pública de tus acciones, ya que tu supervivencia depende de que permanezcas en buenos términos con tu sociedad". Cuando podamos compartir observaciones similares acerca de los problemas en nuestra sociedad estaremos en un buen camino hacia el entendimiento mutuo. Si Shehadeh está en lo cierto, la sociedad palestina está plagada de un virulento caso del meme "castiga a aquellos que no castigarán", para el que existen modelos (empezando por el de Boyd y Richerson, 1992) que predicen otras propiedades que deberíamos buscar. Es posible que esta característica particular logre frustrar proyectos bien intencionados que podrían funcionar en sociedades que carecieran de ella. En particular, no debemos suponer que las políticas que son benignas en nuestra propia cultura no serán malignas para otras culturas. Como dice Jessica Stern (2003: 283): 

He terminado por considerar al terrorismo como una clase de virus, que se dispersa como resultado de la existencia de factores de riesgo en varios niveles: global, interestatal, nacional y personal. Pero es difícil identificar con precisión estos factores. Las mismas variables (políticas, religiosas, sociales, y todas las anteriores) que parecen ser la causa de que una persona se vuelva terrorista en otro caso pueden ser la causa de que alguien se vuelva un santo. 

Mientras la tecnología haga cada vez más difícil que los líderes protejan a sus pueblos de la información externa, y mientras las realidades económicas del siglo XXI hagan cada vez más claro que la educación es la inversión más importante que cualquier padre puede hacer en un hijo, las esclusas se abrirán en todo el mundo y traerán efectos tumultuosos. Todos los despojos de la cultura popular, y toda la basura y la mugre que se acumula en las esquinas de una sociedad libre, inundarán estas regiones relativamente prístinas junto con los tesoros de la educación moderna, la igualdad de los derechos de la mujer, una mejor atención médica, derechos para los trabajadores, ideales democráticos y una apertura hacia las otras culturas. Como muy claramente nos lo muestra la experiencia de la ex Unión Soviética, las peores características del capitalismo y de la tecnología de avanzada se encuentran entre los más robustos replicadores de esta explosión poblacional de memes, y habrá suficiente fundamento para que aparezcan la xenofobia, el ludismo y los intentos de "higiene" del fundamentalismo retrógrado. Al mismo tiempo, no deberíamos apresurarnos en ser apologéticos en lo que respecta a la cultura popular norteamericana. Ésta tiene sus excesos, pero en muchas ocasiones no son los excesos los que ofenden, sino la tolerancia hacia ellos y su espíritu igualitario. El odio hacia esta potente exportación norteamericana a menudo está conducido por el racismo -debido a la fuerte presencia afroamericana en la cultura popular norteamericana- y el sexismo -dado el estatuto de las mujeres que celebramos y nuestro trato (relativamente) benigno de la homosexualidad- (véase, por ejemplo, Stern, 2003: 99). 

Como lo muestra Jared Diamond en Armas, gérmenes y acero, fueron los gérmenes europeos los que en el siglo XVI llevaron a las poblaciones del hemisferio occidental al borde de la extinción, debido a que sus habitantes no habían tenido una historia que les permitiera desarrollar defensas contra ellos. En este siglo, serán nuestros memes, tanto los tónicos como los tóxicos, los que causen estragos en un mundo que no está preparado para resistirlos. Nuestra capacidad para tolerar los excesos tóxicos de libertad no puede ser asumida por los otros, ni puede ser simplemente exportada como un artículo más de consumo. La prácticamente ilimitada capacidad de educación de cualquier ser humano nos da esperanzas de éxito, pero diseñar e implementar las vacunas culturales necesarias para prevenir el desastre, mientras se respetan los derechos de aquellos que necesitan la vacuna, será una tarea urgente y sumamente compleja, que requerirá no sólo de una ciencia social mucho mejor, sino también de sensibilidad, imaginación y coraje. Expandir el campo de la salud pública para incluir la salud cultural será el reto más grande del próximo siglo.

Jessica Stern (2003: xxx), intrépida pionera en esta tarea, señala que observaciones individuales como la suya son sólo el principio: 

Un estudio estadístico riguroso y sin sesgos de las raíces que causan el terrorismo a nivel de los individuos requeriría identificar controles: una juventud expuesta al mismo entorno, que sintiera la misma humillación, los mismos abusos a los derechos humanos y las respectivas privaciones, pero que en su lugar escogiera medios no violentos para expresar sus quejas, o que escogiera no expresarlas en absoluto. Un equipo de investigadores que incluyera psiquiatras, médicos y una variedad de científicos sociales desarrollarían un cuestionario y una lista de exámenes médicos que habrían de ser administrados a una muestra aleatoria de operarios y a sus familias.

En el capítulo 10 argüí que no es necesario que los investigadores sean creyentes para poder entender, y ojalá tengamos la esperanza de que esté en lo cierto, pues queremos que durante el proceso nuestros investigadores entiendan el terrorismo islámico desde adentro hacia afuera sin tener que convertirse en musulmanes -ni ciertamente en terroristas-. Pero tampoco podremos entender el terrorismo islámico a menos que podamos ver en qué se asemeja y de qué maneras se diferencia de otras clases de terrorismo, incluidos el terrorismo hindú y el cristiano, el ecoterrorismo y el terrorismo antiglobalización, para redondear nombrando a los sospechosos de siempre. Y no vamos a entender el terrorismo islámico, ni el hindú, ni el cristiano, si no entendemos las dinámicas de las transiciones que condujeron a una secta benigna a convertirse en un culto, y luego en la clase de fenómeno desastroso que presenciamos en Jonestown, Guyana, en Waco, Texas, y en el culto Aum Shinrikyo en el Japón. 

Una de las hipótesis más tentadoras es que estas mutaciones particularmente tóxicas tienden a generarse cuando los líderes carismáticos calculan equivocadamente sus tentativas como ingenieros meméticos, liberando, como el aprendiz del brujo, adaptaciones que más tarde son incapaces de controlar. De algún modo ellos se desesperan, y continúan reinventando los mismos malos mecanismos que han de llevarlos a cuestas de sus propios excesos. El antropólogo Harvey Whitehouse (1995) ofrece una explicación de la debacle que tomó por sorpresa a los líderes del Pomio Kivung, la nueva religión de Papua y Nueva Guinea mencionada al comienzo del capítulo 4, que (me) sugiere que algo parecido a la selección sexual desbocada asumió el poder. Los líderes respondieron a la presión de su gente -¡demuéstranos que lo dices en serio!- con versiones exageradamente infladas de las demandas y las promesas que los llevaron al poder, y que luego los condujo inevitablemente a la quiebra. Esto nos recuerda los acelerados arranques de creatividad que tienen los mentirosos patológicos cuando presienten que su desenmascaramiento es inminente. Una vez que ha convencido a las personas de que asesinen a todos los cerdos anticipándose al gran Período de las Compañías, ya no puede ir sino hacia abajo. O hacia afuera: ¡Son ellos, los infieles, la causa de toda nuestra miseria! 

Hay tantas complejidades y tantas variables; ¿será que podemos tener la esperanza de que algún día lograremos formular predicciones sobre las que podamos actuar? De hecho sí, sí podemos. He aquí una, precisamente: en cada lugar donde ha florecido el terrorismo, casi todos aquellos a quienes ha atraído son hombres jóvenes que han aprendido lo suficiente respecto del mundo como para darse cuenta de que, de otro modo, sus futuros parecen desolados y aburridos (como los futuros de aquellos que fueron presa de Marjoe Gortner): 

Lo que parece ser más llamativo acerca de los grupos religiosos militantes -cualquiera sea la combinación de razones que un individuo pueda aducir para unírseles- es el modo en que logran simplificar la vida. El bien y el mal salen a luz con absoluto alivio. La vida se transforma a través de la acción. El martirio -acto supremo de heroísmo y de idolatría- proporciona el escape final a los dilemas de la vida, especialmente para los individuos que se sienten profundamente alienados y confundidos, humillados o desesperados (Stern, 2003: 5-6). 

¿Dónde encontraremos una sobreabundancia de jóvenes como éstos en el futuro cercano? En muchos países, pero especialmente en China, donde las leyes draconianas que establecen que sólo se puede tener un hijo por familia -que han frenado espectacularmente la explosión poblacional (y han convertido a China en una floreciente potencia económica de perturbadora magnitud)-, han tenido el efecto secundario de crear un desequilibrio enorme entre niños y niñas. Como todo el mundo quería tener un niño (un anticuado meme que evolucionó para prosperar en un ambiente económico anterior), las niñas han sido abortadas (o asesinadas al nacer) en número creciente, de modo que en ningún lado va a haber suficientes esposas para todos. ¿Qué van a hacer todos estos jóvenes consigo mismos? Aún tenemos unos cuantos años para encontrar canales benignos hacia los cuales puedan dirigirse sus energías cargadas de hormonas. 



En Romper el hechizo. La religión como un fenómeno natural 
Traducido por Felipe De Brigard
New York, 2006 - Buenos Aires, 2007
Foto: David Orban

30/8/2011

Julio Cortázar: La daga y el lis. Notas para un memorial

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El correo salido ayer de tarde con la venia del duque habrá presentado al Ejecutor una somera relación de los hechos acontecidos en la noche del viernes veintiuno del mes que corre. Dicha relación, dictada por mí al secretario Dellablanca, atendía a someter a la atención del Ejecutor los hechos inmediatos y las providencias de primera hora. A tres días del suceso, vueltos los espíritus a una más ponderada vigilancia de sus ánimos y humores, fuerza es rendir debida cuenta de las muchas reflexiones, enredadas conjeturas y ansias de verdad que por todo ello corre. El Ejecutor ha de encontrar en lo que sigue debida memoria de hechos y legítimo ejercicio del razonar sobre la sustancia de los mismos, que traen alterada la corte del duque y abren los oídos de la plebe a los más sediciosos rumores. 

El Ejecutor no ignora en su saber que el difunto agente Felipe Romero, natural de Cuna de Metán, de diecinueve años, soltero, de estatura mediana, nariz recta, boca de labios finos, barbilla regular, cejas negras, ojos azules, cabello rubio rizado, barba afeitada, me asistía en la delicada tarea para la cual el Ejecutor tuvo a bien designarme. La discreción de la camarera Carolina allanó las dificultades para que el agente Romero fuese admitido en calidad de paje en la cámara de mi señora la duquesa; tres meses y una semana precedió en este oficio a la muerte, habiendo ganado confianza y estima de sus señores, y aprovechado de ella sin mengua para adentrar en los engañosos silencios de palacio donde la historia crece envuelta en terciopelo. Así, el informe elevado al Ejecutor en quince de mayo, conteniendo el pliego de consignas de los que conspiran contra Palacio, procedía tanto de la diligencia y afán del agente Romero, sagazmente ayudado por la camarera Carolina, como de mis propios barruntos que el Ejecutor ha tenido la bondad de alabar en otras oportunidades. De los agentes asignados a la misión a mi cargo, el difunto Romero sobresalía por méritos propios, que su extremada juventud recataba a ojos que miden saber por arrugas o truecan respeto por historiales. Su donaire le valía volteo de llaves y abandono de recelos; así mi señora la duquesa hubo de agraciarlo gentilmente con encargos y diligencias, cediendo en él labores que atañían a otros criados de su cámara, más remisos o desabridos. De cada una de aquellas mercedes (que tales son las órdenes en labios de mi señora la duquesa) hubo el agente Romero de extraer provecho para la investigación, allegándome noticias y presunciones que el Ejecutor recibió en su día, oportunamente cernidas y glosadas. 

Los hechos de la noche del viernes los conoce el Ejecutor en sustancia. Hallóse el cuerpo de Felipe Romero en la galería cubierta que conduce, viniendo de la poterna norte, a las salas de armas y cámaras del duque. Cupo a la camarera Carolina el descubrirlo, con lo que perdió los sentidos y desplomóse sobre la sangre brotada de la garganta del finado. Digo finado, aunque ciertas revelaciones que el Ejecutor considerará más luego, permiten suponer una agonía prolongada, una muerte llena de delicadeza como cuadraba al ser en la que se ejercía. 

Recobrada la camarera, alzó voces y vinieron con luces y visto fue el hecho. Yo llegué poco más tarde y era Felipe Romero el muerto. Vestía la víctima su jubón verde de paje, sus cintas bicolores, su gorro de pluma sola. Por abajo del mentón le entraba una daga fina como un áspid, de cabo con rubíes, subiendo su hilo templado a perforar la lengua y los paladares, pasándole a la caja del cerebro para acabar su carrera en el recinto mismo del pensar y el acordarse. Yacía el muerto de espaldas, encogidas de lado las piernas y en cruz los brazos, crispados los dedos hacia abajo como probando de aferrarse al suelo. Cuando le quité la daga mientras hombres le sostenían la cabeza, volcóse el resto de la sangre sobre el arma y el pecho, sin faltar quien dijera que las manos se habían movido una vez. 

Yo reparé en lo que había que ver e hice lo que cuadraba, y ya entonces acudía el duque con la gente de dentro. Díjele que era un paje, por no nombrarle y adentrar en su inteligencia la sospecha de que me era adicto, y él ordenó que acercaran las luces y se estuvo mirando al muerto, que también lo miraba sin verlo, y me miraba. Un arquero le bajó los párpados, y el duque pidió la daga para imaginar la herida. Le respondí que arma era ya de la justicia, y dijo: “Justicia es extraña palabra, mas acaso doblemente la merezca esa hoja”. Y como yo esperara, pues del esperar tengo mucho aprendido, fijóse en la herida y musitó: “Empalado lo han”. “Señor, que por abajo se empala”, dije. Y él: “No olvide el Investigador cómo los sesos y la lengua saco son a veces de inmundicia, y una daga en ellos más justa que los palos del turco”. Entonces agregó que era broma, como que lo maravillaba herida tan peregrina siendo que en muchas batallas jamás viera soldado apuñalado por la barba. Discutieron los otros, y yo aduje sin insistir que daga italiana es arma sutil, y que se va de la mano al enemigo y entra por doquiera como lluvia fina. 

Cuando ordenaba a un alabardero quedarse cabe el cadáver, y volvíamos a la cámara mayor del duque, oyéronse clamores en los aposentos del ala menor de palacio, se alzaron luces, y por averiguación de criados supimos que la duquesa era enterada del suceso y condolida harto. “Favor tenía el paje”, prorrumpió el duque torciendo el gesto. “Cuide el Investigador de que sea removido el muerto y ahorrada a mi mujer verle entre tanta sangre.” Prometí que lo haría apenas acabadas mis providencias, y aguardé otras palabras. Volvióse el duque a sus dados, que los alternaba con el capellán, y ensimismóse sin esfuerzo. Yo pedí dos luces y retorné junto a Felipe. 

Repare el Ejecutor en que la noche era sin luna y agobiada de tinieblas la galería. Pudieron matar a Felipe sin darle tiempo a ver venir el golpe, y él mismo andando por el sitio no ofrecía más blanco que una sombra entre otras. Asómbrame lo certero del golpe, allí donde un error de nada hubiera envainado la daga en el aire, alertando al atacado. El Ejecutor sabrá cuán azaroso es golpear en el magro espacio que dejan los maxilares y el nacimiento del cuello, y que apenas el asentir de la cabeza oculta. De mozo entendíame con mis hermanos en arte de montería, siendo frecuente que probáramos la vista y la suerte en herir al jabalí dándole en convenido lugar. Y porque llegué a hacerlo como me venía en gana, sé del repetido trabajo que requiere. 

Despedidos el alabardero y los criados, fijos los hachones a las anillas de la pared, bajéme a ver con los ojos lo que antes viera con los pulsos. Sepa el Ejecutor que esta memoria nace de la reflexión y el debate en horas sustraídas al mundo de palacio, fijo el entendimiento en la suerte del agente Romero, en los azares o conjunciones que hicieron de él un cadáver que para mí guardaba una última palabra. Sepa el Ejecutor que la palabra era un lis, trazado por su mano derecha en el mármol donde la sangre una vez más hizo de tinta para la historia. 

Junté la flor del duque y el lugar, los medí sin parcialidad ni favor, y vi lo que estoy diciendo. Bien que el agente Romero no fuera extraño a las cámaras del duque, su lugar estaba allende, cabe su señora y ama, y aún más de noche antes del retiro de los séquitos y los asistentes, por ser hora de últimas órdenes y disposiciones. Supo la víctima que moría, anegóse en su sangre, alcanzó a trazar el lis en la tiniebla, con el último calor de su mano derecha. Y yo lo vi el primero, como él debió esperarlo, y lo borré al bajarme para desgajar el puñal, antes que asomara el duque. 

Digo que muerto fue el agente Romero en cuarteles que señalan al ejecutor; atraído por aviesa orden o convite gentil, vino a los aposentos del duque y no alcanzó a llegar; supo de su matador por lumbre de estrellas o bisbiseo de venganza, y lo nombró por su nombre figurado. Dos razones tuvo el asesino para matar o hacer matar a Felipe: el favor de la duquesa, manifiesto en cacerías y juegos corteses, y la sospecha de que estaba a mi servicio reuniendo voces y señales de la conjura contra Palacio. De la primera razón dan fe los clamores de su ama y el escarnio del duque al cadáver; de la segunda cábeme el medir la fuerza por mi propia labor amenazada, mi hora que quizá por otra galería viene. A ambas junto para señalar la culpa del duque y encarecer las prontas decisiones de Palacio, al que esta sangre lejana mostrará la inminencia de un golpe más universal, la rebelión latente que este crimen emboza y fortifica. 

Separéme de Felipe para visitar las cámaras de la duquesa, donde las luces no cejaban; hallé a las camareras desaladas, descoloridos los pajecillos del aguamanil, caídas las piezas del juego que había jugado mi señora mientras tañían las vihuelas de la recreación. Allegóse la camarera Carolina, fingiendo mayor desánimo que las otras. Díjome que la duquesa guardaba el lecho, con luces vecinas y el cuidado de la nodriza; recordó que había jugado hasta el toque de relevo, y pedido luego licencia a su contendiente, que lo era el confiscador Ignacio, para contemplar la carta del cielo en procura de conjuraciones vaticinadas por su astrólogo. A su retorno, que lo fue sin luces por mejor ver las estrellas, quejóse de una interpuesta nube y del relente. Por no descuidar nada, mandé a la camarera fuese a reparar en su ama sin ser vista, y trájome cuenta de su olvidado semblante, su reposo en brazos de la nodriza, que con los arrullos de niñez había rescatado la sonrisa en el rostro de mi señora. Despedí a Carolina por mejor pensar, y me estuve moviendo las piezas del juego, encontrando más simple sus muchos azares que el ya acabado con su alfil caído al borde del damero. Y por alfil saqué señor, y también la fatiga y la tristeza trajéronme la imagen de los dos platicando en el patio de armas, la diestra del duque apoyada en el hombro de Felipe, condescendencia del grande que alza así al pequeño para salvarse de ocio un breve rato. También me vino al recuerdo la vuelta de las justas el día de San José, en que hirióse el duque en el brazo por desafortunado lance, y Felipe teniéndole las bridas del caballo por no dejarle sufrir. Así dado a fantasmas, alcé la daga para interrogar su forma, admirándome de pronto el escarnio del duque parado ante el muerto, debatiendo si no protegería un nombre que en su mente se alzaba, o si entendía acallar con su ceñudo continente los recuerdos ajenos donde su mano volvía a posarse en el jubón del paje o se quedaban sus ojos puestos en el cabello que de rubio devoraba el sol de las terrazas. Ardua tarea la de matar rumores; cobíjanse en las colgaduras y doseles, remontando sus figuras por detrás de los párpados; y los grandes saben de su acoso sin lástima.

Así vime llevado a pasar de una reflexión a la sombra que la daga declinaba en el damero; y de mirar el juego de mi señora la duquesa, truncado por las noticias de fuera, me nació el meditar en la infrecuente herida del agente Romero, delatora acaso de una mano aplicada a labores menos graves. Y más luego, luchando en mi interior con este inmóvil alterarse de las piezas en el damero, dime a mí mismo el ejemplo de Judith y de tanta vengadora que en los pasillos del tiempo repite una y mil veces su hecho para maravilla de hombres y libros. Vi verterse una sangre en el damero, la forma de un lis bajo unos dedos arañando el mármol, y el lis es flor ducal y muestra lo que el Ejecutor ha de estar viendo conmigo. Fingió el duque, supo verdad; si cubría con su burla el brillo de pasadas justas, también protegía dolorosamente a quien de él en Felipe se vengaba; salvábase a sí mismo salvando a la homicida. Y vea el Ejecutor esto que solo se agrega: nadie muriendo de herida tal, espumando sangre con la partida lengua, podría en la tiniebla hallar consejo de sí mismo y delatar a su asesino por dibujo de lis. Bajándose a beber de esa enconada agonía, la matadora urdió los pétalos que la mirada de los otros llamaría duque. Inocente es éste, bien que encubridor involuntario. Y la duquesa debe ser prontamente arrancada de esa sonrisa que desde el sueño le alcanza la venganza cumplida. 

Porque tenga el Ejecutor la entera máquina de tan confuso acontecer, estuve luego en la cámara del médico donde yacía el despojo del agente Romero. A la luz de los hachones víle desnudo por primera y última vez en la alta mesa del cirujano; marchóse el médico y quedamos solos. ¿Por qué habría de negarme al testimonio de quien, al menos en apariencia, supo escribir después de muerto? Junto mi rostro al rostro de Felipe, busqué en sus ojos otra vez misteriosamente abiertos la imagen de la verdad, un zodíaco de nombres en su mortecino cielo azul velado. Vi sus labios donde secábase la sangre como un sello de clausura, vanamente pregunté al mármol de su oreja donde el sonido se estrellaba y caía. Mas de tanta negación hube de atisbar en Felipe una respuesta, un afirmarse a sí mismo como respuesta, un contestar su propio cuerpo por nombre, un horrible nombre invasor y tiránico. Como si de pronto, por el puente de los rostros contiguos, pudiera él pensar con mi pensamiento, ser yo mismo en la revelación instantánea. Y oí su nombre dicho tantas veces, su nombre repetido, solamente su nombre. Apelé a la reflexión, tapándome los ojos, pero después miré la herida del mentón y me acordé del grande Áyax, de los que se matan por filo, se tiran sobre un arma. Teniéndola con ambas manos, evitado de verla por la sombra y la postura, le bastó empujar una sola vez mientras sumía la cabeza en el pecho, y el resto fue dolor y confusión agónica. Con las mismas manos que habían tenido la brida del caballo del duque a la vuelta de las justas se mató Felipe, lo sé de pronto como se sabe que el día ha llegado o que el vino del alba olía a violetas. Y digo al Ejecutor que sabiendo excuso, aunque el excusar me arrastre mañana en la caída del agente Romero. Excuso una muerte a ciegas, un darse el silencio a través de la lengua; mido, como medí junto al frío cadáver desnudo de Felipe, su abominable valor a la hora de la decisión. Creo que llevaba en la inteligencia las claves y las pruebas de la conjura del duque contra Palacio, y que no fue capaz de traicionarlo después del brillo de las justas y el prestigio de favores que imagino. Fiel hasta esa noche al Ejecutor y a mí, acosado por una división que la dura mirada de sus ojos resumía, se refugió en la muerte como el niño que era. Inocentes resultan los duques, discretos esperan de mi discreción el final de una confusa tarea que para mí dura todavía, después que cerré finalmente los ojos de Felipe, lo vestí con mi ropa de Palacio, lo puse en un féretro de ébano sin herrajes ni figuras, y al alba del domingo dejé entrar la luz y los criados que se lo llevaron a una fosa abierta en secreto. Si el Ejecutor lo manda, sabrá donde está enterrado sin nombre ni sentencia: era una criatura maligna y hermosa, es bueno quizá que haya desaparecido cuando dejaba de serme adicto. 

Aparte de lo informado, agrego que en la tarde del domingo me hizo llamar el duque para pedirme la daga. Esto ocurrió después que yo le había avisado que la investigación iba a cerrarse sin más por falta de pruebas materiales, y que mi informe a Palacio sostendría que el agente Romero se había suicidado. El duque volvió a pedirme la daga, que yo llevaba limpia y envainada para no dejársela a nadie. Me negué atentamente, y hasta le dije: “Cómo le voy a prestar un arma que es de la justicia”. Se puso pálido de coraje, y dijo algo como que las cosas estaban muy turbias y que él se iba a ocupar personalmente de averiguar la procedencia del arma. Cuando yo me iba, agregó: “Nunca le vi esa daga a Felipe Romero”. No sé por qué, tanta seguridad en el inventario me enfureció. Cualquiera puede saber que la daga no era de Felipe, y hasta averiguar de qué vaina salió para matarlo. No solamente el duque sabe eso; pero tampoco es obligación que un hombre se mate con su propia daga. A la daga y al lis pueden pensárseles muchos dueños. Todos sabemos herir, y todos podemos dibujar tres pétalos con sangre. Lo que creo es que el duque está empezando a mostrar lo que en la noche del viernes tapaba con su burla. Le duele Felipe, le duelo yo, nos dolemos los dos si nos miramos. Pero yo digo: ¿Por qué un duque, ese hombre de reyes, se impacienta por una muerte sin importancia? Se impacienta porque esa muerte está llena de importancia, porque detrás viene la duquesa y vengo yo, sobre todo vengo yo. A mí me parece que detrás de eso vengo yo para el duque. Entonces fuerza la situación, habla de encontrar al dueño del arma para echar sospechas sobre ese pobre hombre a quien a lo mejor Felipe se la quitó en secreto para matarse. 

Y si el duque fuerza la situación y busca un supuesto culpable, es que quiere protegerse o proteger a la duquesa; es que ese perro está tratando de echarle el fardo a otro, y lo hace por la ramera de su mujer o por él mismo. Está claro que es culpable, que mató a Felipe, y que Felipe dibujó el lis mientras se moría, con la última fuerza de su pobre mano dibujó el lis para que yo lo viera y reclamara el castigo del duque, o de la duquesa, o de los dos, del ama de Felipe y del amo de Felipe: el castigo y la muerte de los dos inmediatamente. 



Papeles inesperados 
Madrid, Santillana Ediciones Generales, S.L., 2010


29/8/2011

Mario Bunge - Alienistas y brujos

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Supongo que todos estamos dispuestos a perder cualquier cosa menos la razón, ya que esta es, según Aristóteles, la característica distintiva del ser humano. 

Por esto, las enfermedades mentales son las que más asustan e intrigan. Y por el mismo motivo los brujos y alienistas siempre han gozado de gran prestigio, aun cuando rara vez han sido eficaces. 

Por ejemplo, a fines del siglo XIX Charcot se hizo celebre por diagnosticar y «curar» lo que llamó "histeria" femenina haciendo presión sobre los ovarios, y la masculina apretando los testículos. (En casos graves, Charcot extirpaba el útero.) Sus cursos en la Salpetriere eran frecuentados por la flor y nata de la necrología europea, incluyendo a Freud. Nadie dudó de la certeza de los diagnósticos de Charcot ni de la eficacia de su tratamiento. 

La ineficacia de los alienistas fue proverbial hasta mediados del siglo pasado, cuando se descubrieron los primeros psicofármacos capaces de aliviar los sufrimientos de esquizofrénicos, depresivos y obsesivos. 

La ineficacia de la psiquiatría fue tema del maravilloso relato "El alienista", de Machado de Assis, el fundador de la literatura brasileña, injustamente ignorado por la enorme mayoría de los lectores en lengua castellana. 

¿A qué se debe la ineficacia de la psiquiatría hasta hace medio siglo? Edward Shorter, profesor de Historia de la Medicina en la Universidad de Toronto, nos da la respuesta en su fascinante tratado A History of Psychiatry, de 1997. 

Es sabido que los primitivos explicaban la locura como obra de espíritus malignos que se apoderaban del paciente. 

Siendo así, el remedio estaba a la vista: encargarle al brujo o sacerdote de turno que exorcizase a dichos espíritus malignos o invocase a espíritus benignos. 

Hipócrates de Kos, el padre de la medicina, no creía en espíritus sino en cosas materiales. El examen de heridas del cerebro lo había convencido de la verdad de la hipótesis de Alcmenón, según el cual los procesos mentales son procesos cerebrales. Siendo así, las enfermedades mentales deben de ser enfermedades del cerebro. Esta hipótesis, ampliamente afirmada por la neurociencia contemporánea, no resuelve el problema psiquiátrico, pero al menos ayuda a plantearlo correctamente. 

El problema de la psiquiatría desde hace dos siglos es reparar los mecanismos cerebrales que se descompusieron por algún motivo concreto: químico, celular o ambiental. Primero comprender el cuerpo, luego tratarlo. Esta es la consigna de la psiquiatría biológica, a diferencia de la chamánica. 

Shorter narra, en prosa clara y entretenida, como la psiquiatría biológica estaba ya establecida en 1900 cuando hizo irrupción el psicoanálisis, que ignoró el cerebro. (Yo agregaría que poco después dominó en psicología experimental otra escuela acéfala: el conductismo, que se limita a observar las conductas.) 

¿A qué se debe el éxito comercial y cultural del psicoanálisis, que dominó la psiquiatría norteamericana hasta aproximadamente 1970? Shorter menciona dos factores. Uno de ellos es que los psiquiatras biológicos encontraron muy poco porque pretendieron ver la locura al microscopio. Este medio es demasiado tosco,         excepto en el caso de la enfermedad de Alzheimer, o demencia senil, que va acompañada de alteraciones celulares e intracelulares enormes. 

Recién hacia 1970, con la invención de métodos refinados de visualización del cerebro vivo (PET y MRI), pudo descubrirse, entre otras cosas, que la depresión prolongada va ahuecando la masa encefálica. Aun así, todavía queda mucho por andar hasta dar con signos confiables de las diversas enfermedades mentales. Tampoco se dispone de una clasificación de las mismas aceptada por todos los expertos. 

Un segundo factor del éxito comercial y cultural del psicoanálisis fue la ausencia de psicofármacos eficaces antes del descubrimiento de la clorpromazina a mediados del siglo pasado. No es que los psicoanalistas curasen, sino que encontraron un vacío. 

Este vacío era doble: la ciencia no curaba ni estudiaba las emociones ni las pasiones, en particular el placer y el dolor, el amor y el odio. Las fantasías desbocadas de los psicoanalistas llenaron ese vacío y dieron empleo lucrativo a miles de individuos sin formación científica. 

La psiconeurofarmacologia marcó el fin de la etapa chamánica de la psiquiatría. 

El Prozac y sus parientes químicos reemplazaron al diván. Y los asilos echaron a la calle a centenares de miles de pacientes. 

Casi todos estos se reincorporaron a la vida normal. 

Pero quedaron afuera muchos miles de enfermos que no quieren o no pueden medicarse. Estos individuos viven solos, desamparados, desocupados, y a menudo drogados. Se los ve pululando por las aceras de las grandes ciudades. Mucho de lo que antes se gastaba en manicomios hoy se gasta en seguridad publica.

Shorter elogia a la industria farmacéutica por haber impulsado los estudios de psicofarmacología con mas vigor y eficacia que la universidad. Pero también denuncia sus abusos. Uno de estos abusos es la invención literal de trastornos, tales como el pánico, al que suele llamarse “enfermedad de Upjohn”, la firma que fa- brica la pildorita correspondiente. Otro abuso es haber promovido lo que Shorter llama "hedonismo farmacológico", o sea, la búsqueda de la felicidad en la farmacia. La píldora ayuda a olvidar desgracias, pero en realidad sólo el trabajo y el amor pueden dar felicidad. 

Al sociólogo de la medicina le interesarán también las paginas que Shorter dedica al movimiento llamado "antipsiquiatria". Este movimiento fue iniciado hacia 1960 por Michel Foucault, Thomas Szasz, Ronald Laing y Erving Goffman. Su tesis es que los trastornos mentales son una invención de las autoridades para reprimir a la gente. Obviamente, los antipsiquiatras no creen en sus propios cerebros. 

¿Pensarán, como los antiguos egipcios, que la función del cerebro es segregar mocos? (Por este motivo los embalsamadores egipcios conservaban en vasos canópicos todos los órganos del difunto excepto su cerebro.) ¿O creerán, como Aristóteles, que su función específica es refrigerar el cuerpo? 

La historia que tan bien narra Shorter se entiende aun mejor a la luz de la vieja controversia filosófica sobre la naturaleza del alma (o psique o mente en su versión laica). Es obvio que mientras los exorcistas, psicoanalistas y antipsiquiatras no creen en el cerebro, los psiquiatras biológicos (y los industriales farmacéuticos) creen que los trastornos psíquicos son enfermedades del cerebro. Esta hipótesis es la raíz filosófica del éxito sensacional de la nueva psiquiatría. 

Seria pues justo que los fabricantes de psicofármacos patrocinaran los estudios filosóficos de la hipótesis de que todo lo mental es cerebral. 

Esto no implica que todos los trastornos mentales deban tratarse mediante el escalpelo, el choque eléctrico o la droga. Los trastornos menores, tales como las fobias, pueden tratarse con la palabra. Al fin y al cabo, al pasar del oído al cerebro y transformarse en ideas o imágenes, las palabras desencadenan procesos neu- roquímicos que pueden interferir con procesos cognitivos o emotivos. De aquí la eficacia de la terapia cognitiva, aunque a menudo deba complementársela con la psicofarmacológica. 

En conclusión, la psiquiatría se tornó científica cuando admitió que los trastornos mentales son tan reales y concretos como los digestivos, por ser disfunciones cerebrales. 

Ya no queda lugar decente para brujos ni para chamanes. A no ser la política.


En Cien ideas


28/8/2011

Emily Dickinson - La mariposa en el cielo...

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La mariposa en el cielo,
que no conoce su nombre
y nunca paga impuestos
y que no tiene una casa
es tan alta como tú o yo,
tal vez más alta, sospecho,
elévate, no suspires,
es así como hay que sufrir--

                               c.1881


Versión de Silvina Ocampo
Imagen: © Bettmann/CORBIS




The Butterfly upon the Sky,
That doesn't know its Name
And hasn't any tax to pay
And hasn't any Home
Is just as high as you and I,
And higher, I believe,
So soar away and never sigh
And that's the way to grieve --


26/8/2011

Mahmud Darwish: Pasajeros entre palabras fugaces

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Pasajeros entre palabras fugaces:
Cargad con vuestros nombres y marchaos,
Quitad vuestras horas de nuestro tiempo y marchaos,
Tomad lo que queráis del azul del mar
Y de la arena del recuerdo,
Tomad todas las fotos que queráis para saber
Lo que nunca sabréis:
Cómo las piedras de nuestra tierra
Construyen el techo del cielo.

Pasajeros entre palabras fugaces:
Vosotros tenéis espadas, nosotros sangre,
Vosotros tenéis acero y fuego, nosotros carne,
Vosotros tenéis otro tanque, nosotros piedras,
Vosotros tenéis gases lacrimógenos, nosotros lluvia,
Pero el cielo y el aire
Son los mismos para todos.
Tomad una porción de nuestra sangre y marchaos,
Entrad a la fiesta, cenad y bailad...
Luego marchaos
Para que nosotros cuidemos las rosas de los mártires
Y vivamos como queramos.

Pasajeros entre palabras fugaces:
Como polvo amargo, pasad por donde queráis, pero
No paséis entre nosotros cual insectos voladores
Porque hemos recogido la cosecha de nuestra tierra.
Tenemos trigo que sembramos y regamos con el rocío de nuestros cuerpos
Y tenemos, aquí, lo que no os gusta:
Piedras y pudor.
Llevad el pasado, si queréis, al mercado de antigüedades
Y devolved el esqueleto a la abubilla
En un plato de porcelana.
Tenemos lo que no os gusta: el futuro
Y lo que sembramos en nuestra tierra.

Pasajeros entre palabras fugaces:
Amontonad vuestras fantasías en una fosa abandonada y marchaos,
Devolved las manecillas del tiempo a la ley del becerro de oro
O al horario musical del revólver
Porque aquí tenemos lo que no os gusta. Marchaos.
Y tenemos lo que no os pertenece:
Una patria y un pueblo desangrándose,
Un país útil para el olvido y para el recuerdo.

Pasajeros entre palabras fugaces:
Es hora de que os marchéis.
Asentaos donde queráis, pero no entre nosotros.
Es hora de que os marchéis
A morir donde queráis, pero no entre nosotros
Porque tenemos trabajo en nuestra tierra
Y aquí tenemos el pasado,
La voz inicial de la vida,
Y tenemos el presente y el futuro,
Aquí tenemos esta vida y la otra.
Marchaos de nuestra tierra,
De nuestro suelo, de nuestro mar,
De nuestro trigo, de nuestra sal, de nuestras heridas,
De todo... marchaos
De los recuerdos de la memoria,
Pasajeros entre palabras fugaces.


Traducción María Luisa Prieto
Fuente: Poesía árabe

Foto: F. J. Vargas (Córdoba, 2005)

25/8/2011

Barón de Holbach - Historia abreviada del Cristianismo

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Fue en medio de esta nación dispuesta a hacerse alimentar con esperanzas y quimeras donde se mostró un nuevo inspirado, los seguidores del cual han llegado a cambiar la faz de la tierra. Un pobre judío que pretendía haber salido de la sangre de David (1), ignorado durante mucho tiempo en su país, salió de súbito de la oscuridad para hacer prosélitos. Los encuentra entre los plebeyos mas ignorantes, ahí predicó su doctrina y los convenció de que era hijo de Dios, el liberador de su nación oprimida, el Mesías anunciado por los profetas. Sus discípulos, impostores o seducidos, dieron un testimonio brillante de su poder, pretendieron que su misión había sido provocada por milagros sin número. El único prodigio del cual no fue capaz, fue el de convencer a los judíos, los cuales lejos de verse afectados por sus obras benefactoras y maravillosas, lo hicieron morir con un suplicio infamante.

Así, el hijo de Dios murió a la vista de todo Jerusalén, pero sus seguidores aseguraron que había resucitado secretamente tres días después de morir. Visible solo para ellos, invisible para la nación a la que había venido a iluminar y a conducir a su doctrina, Jesús resucitado conversó –dicen- algún tiempo con sus discípulos y después se volvió a subir al cielo donde, convertido en Dios como su padre, comparte con él la adoración y los homenajes de los seguidores de su ley. Estos, a fuerza de acumular supersticiones y de imaginar imposturas, de forjar dogmas y de amontonar misterios, han formado poco a poco un sistema religioso, informe y desmadejado, que se llama cristianismo a partir del nombre de Cristo, su fundador.

Las diferentes naciones a las cuales los judíos estuvieron sometidos, les habían transmitido una serie de dogmas del paganismo: así la religión judía, egipcia en su origen, se adaptó a los ritos, las nociones y una serie de ideas de los pueblos con los que los judíos estuvieron en contacto.

No hemos de sorprendernos si vemos a los judíos, y a sus sucesores cristianos, imbuidos de nociones tomadas de los fenicios, de los caldeos o persas, de los griegos y de los romanos. Los errores de los hombres en materia de religión tiene muchas semejanzas, solo parecen diferentes por sus combinaciones. El trato de los cristianos y judíos con los griegos les dio a conocer la filosofía de Platón, tan análoga al espíritu novelesco de los orientales y tan conforme al espíritu de una religión que se tomó como un deber el hacerse inaccesible a la razón (2).

Pablo, el mas ambicioso y el mas exaltado de los discípulos de Jesús llevó su doctrina, sazonada de lo sublime y maravilloso, a los pueblos de Grecia, de Asia y hasta a los habitantes de Roma; tuvo seguidores porque todo hombre que habla a la imaginación de unos hombres toscos, les hace compartir sus intereses, y este apóstol activo puede pasar, con toda justicia, por el fundador de una religión que sin él no habría podido extenderse por la falta de conocimientos de sus ignorantes colegas, de los que no se separó para acabar siendo el jefe de la secta. (3).

De cualquier manera que fuera el cristianismo, desde su nacimiento, se vio obligado a limitarse al común de los pueblos, solo fue abrazado por hombres de baja condición entre los judíos y entre los paganos, gente capaz de aceptar con facilidad las maravillas contadas (4). Un dios infortunado, víctima inocente de la maldad, enemigo de los ricos y de los grandes debía ser motivo de consuelo para los desgraciados. Las costumbres austeras, el menosprecio de las riquezas, la solicitud desinteresada en apariencia de los primeros predicadores del evangelio cuya ambición se limitaba a gobernar las almas, la igualdad que la religión establecía entre los hombres, la comunidad de bienes y las ayudas mutuas que se prestaban los miembros de
esta secta, fueron cosas muy a propósito para excitar el deseo de los pobres y para multiplicar los cristianos.

La unión, la concordia, el afecto recíproco recomendados continuamente a los primeros cristianos, debían seducir a las almas honestas; la sumisión al poder, la paciencia ante los padecimientos, la indigencia y la rudeza hicieron que esta secta naciente no fuera considerada peligrosa por los gobernantes acostumbrados a una política de tolerancia religiosa..

Así, los fundadores del cristianismo tuvieron muchos adeptos entre el pueblo y no tuvieron por rivales, contrarios o enemigos sino algunos sacerdotes idólatras o judíos interesados en mantener las religiones establecidas. Poco a poco, el nuevo culto, cubierto por la tosquedad de sus adherentes y por las sombras del misterio arraigó profundamente y resultó demasiado fuerte para ser suprimido. El gobierno romano se dio cuenta demasiado tarde de los progresos de una organización menospreciada; los cristianos, ya numerosos osaron desafiar los dioses del paganismo hasta en sus propios templos. Los emperadores y magistrados, inquietos, quisieron acabar con una secta que les hacía sombra; hicieron perseguir a unos hombres a los que no pudieron reconducir con dulzura y a los que el fanatismo daba tenacidad; los suplicios crearon interés a su favor, la persecución sirvió para ampliar su número, en definitiva, su constancia ante los tormentos pareció sobrenatural y divina a aquellos que fueron sus testigos. El entusiasmo les dio alas, y la tiranía solo sirvió para proporcionar nuevos defensores a la secta que se pretendía ahogar.

Así pues que no nos alaben los maravillosos progresos del cristianismo; fue la religión de los pobres, anunciada por un dios pobre, fue predicada por pobres a otros pobres ignorantes, los consoló de su situación, sus lúgubres ideas fueron análogas al estado de ánimo de unos hombres desgraciados e indigentes. La unión y la concordia, que tanto se admira entre los primeros cristianos no es menos maravillosa, una secta naciente y oprimida permanece unida. Y teme separar sus intereses ¿De que manera en estos primeros tiempos, estando sus mismos sacerdotes perseguidos y tratados como perturbadores, hubieran osado predicar la intolerancia y la persecución?. Los rigores ejercidos contra los primeros cristianos, no pudieron hacerlos cambiar los sentimientos porque la tiranía irrita y el espíritu del hombre es indomable cuando se trata de opiniones ligadas a lo que cree su salvación. Este es el efecto indiscutible de la persecución, Pero los cristianos a los que el ejemplo de su propia secta habría podido desengañar, al fin no han podido, hasta el momento presente, escapar a la locura de perseguir.

Los emperadores romanos, hechos cristianos ellos mismos, es decir, arrastrados por una corriente hecha general que les obligó a servirse de una secta pujante, hicieron subir la religión al trono, protegieron a la Iglesia y a sus ministros, quisieron que sus cortesanos adoptasen sus ideas, y miraron con malos ojos a los que permanecieron fieles a la antigua religión; poco a poco llegaron a prohibir su ejercicio que acabó por estar vedado bajo pena de muerte. Se persiguió sin consideraciones a los que mantuvieron el culto de sus padres, los cristianos devolvieron con usura a los paganos los males que de ellos habían recibido. El Imperio Romano se llenó de sediciones causadas por el celo desmedido de los soberanos y de aquellos sacerdotes pacíficos que poco antes solo hablaban de dulzura e indulgencia. Los emperadores, políticos o supersticiosos, cubrieron al sacerdocio de tantas liberalidades y beneficios que muy pronto esa institución no agradeció; estableció su autoridad, seguidamente respetaron como divino el poder que ellos mismos habían creado. Los sacerdotes fueron descargados de otras funciones civiles para que estas no les distrajeran de su ministerio (5).

Así, los pontífices de una secta antaño humillada y oprimida se hicieron independientes; al final acabaron siendo mas poderosos que los reyes, se arrogaron incluso el derecho de mandarlos. Estos sacerdotes de un Dios de paz, casi siempre en discordia entre ellos, transmitieron sus rencores y sus pasiones a sus pueblos, el universo vio sorprendido como, bajo la ley de la gracia, nacían las querellas y los discordias que no habían experimentado bajo las divinidades pacíficas que antaño se habían repartido, sin disputa, el homenaje de los mortales. Tal fue el camino de una superstición, inocente en sus orígenes, pero que mas tarde, lejos de procurar la felicidad a los hombres, fue para ellos manzana de discordia y germen fecundo de calamidades “Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad”, es así como se anuncia este evangelio, que ha costado al género humano mas sangre que las otras religiones del mundo tomadas colectivamente. “Ama a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como ti mismo”, he aquí según el legislador el resumen de sus deberes y a continuación vemos a los cristianos en la imposibilidad de amar a este Dios feroz, severo y caprichoso al que rinden culto, y de otro lado los vemos atormentar, perseguir y destruir a su prójimo y a sus hermanos. ¿Por que manera de retroversión una religión que solo respira dulzura, concordia, perdón de las injurias y sumisión a los soberanos, se ha convertido  una y mil veces en motivo de discordia, de furor, de revuelta, de guerra y de los crímenes mas negros? ¿Cómo los sacerdotes del Dios de la paz han podido hacer servir su nombre de pretexto para perturbar la sociedad, o para separar la sociedad, para autorizar los desafueros mas inauditos, para enfrentar a los ciudadanos o para asesinar a los soberanos?

Para explicar todas estas contradicciones es suficiente echar una mirada al dios que los cristianos han heredado de los judíos. No contentos con los colores horrorosos con que lo pintó Moisés, los cristianos todavía han desfigurado el cuadro. Los castigos pasajeros de esta vida son los únicos de los que nos habla el legislador hebreo; el cristiano ve a su dios vengándose con rabia y sin mesura toda la eternidad. En una palabra, el fanatismo de los cristianos se nutre de la fastidiosa idea de un infierno, donde su dios, transformado en verdugo tan justo como implacable saciará su sed con las lágrimas de sus criaturas desafortunadas y perpetuará su existencia para continuar haciéndola eternamente desgraciada. Allá ocupado en su venganza gozará con los tormentos del pecador, escuchará con placer los gritos inútiles con los que hará resonar su mazmorra llena de brasas. La esperanza de ver acabar las penas no permitirá ningún descanso en los suplicios.

En una palabra, al adoptar el dios terrible de los judíos, el cristianismo ha dado mas valor a su crueldad, lo representa como al tirano mas insensato, el mas falso, el mas cruel que el espíritu humano pueda concebir; supone que trata a sus súbditos con una injusticia, con una barbarie verdaderamente dignas de un demonio. Por tal de convencer de esta verdad, exponen el cuadro de la mitología judía, adoptada y convertida por los cristianos en algo mas extravagante


1. Los judíos dicen que Jesús era hijo de un soldado llamado Pandora o Pantera, que sedujo a María que era una peinadora casada con un tal Jochanan, según otros Pandora gozó varias veces de María cuando esta pensaba que mantenía relaciones con su esposo. Por ese medio quedó encinta y su marido, disgustado, se retiró a Babilonia. Otros pretenden que Jesús aprendió la magia en Egipto desde donde se trasladó para ejercer su arte a Galilea, donde murió. Véase Pfeiffer, Theol Judaicae et Mahomedicae et. principia . Leipzig 1687. Otros aseguran que Jesús era un bandolero que terminó encabezando una banda de ladrones. Véase la Gemara .


2. Orígenes afirma que Celso acusaba a Cristo de haber robado muchas de sus máximas a Platón. Véase Orígenes, Contra Celso 1, 6. San Agustín confiesa que ha encontrado en Platón el comienzo del Evangelio de San Juan. Véase San Agustín, Confesiones, libro 8 cap. 9, 10,20. Las nociones del Verbo son claramente platónicas; la Iglesia ha sabido sacar gran partido de éste filósofo, como se probará a continuación.


3. Los ebionitas o primeros cristianos consideraban a Pablo un apóstata o un hereje, porque se separaba completamente de la ley de Moisés que los otros apóstoles solo querían transformar.


4. Los primeros cristianos fueron llamados despectivamente ebionitas, palabra que significa miserables. Véase Orígenes, Contra Celso , I, II y Eusebio, Historia Eclesiástica, III, 37. Después se ha querido dignificar la palabra ebion y se le ha dado el significado de hereje. De cualquier manera, la religión cristiana debía agradar a los esclavos, excluidos de las cosas sagradas o que a duras penas eran considerados personas; la religión los persuadió que llegaría algún día su turno y que en la otra vida serían mas felices que sus señores


5. Véase Tillemont, la vida de Constantino, Historia de emperadores y otros príncipes, tomo IV, art, 32, pág 148





En El Cristianismo desvelado
Traducción de Eliseo R. Pérez
Imagen: El Barón de Holbach, retratado por Louis Carmontelle (1766)


24/8/2011

Jorge Luis Borges - Alguien sueña

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¿Qué habrá soñado el Tiempo hasta ahora, que es, como todos los ahoras , el ápice?
Ha soñado la espada, cuyo mejor lugar es el verso.
Ha soñado y labrado la sentencia, que puede simular la sabiduría.
Ha soñado la fe, ha soñado las atroces Cruzadas.
Ha soñado a los griegos que descubrieron el diálogo y la duda.
Ha soñado la aniquilación  de Cartago por el fuego y la sal.
Ha soñado la palabra, ese torpe y rígido símbolo.
Ha soñado la dicha que tuvimos o que ahora soñamos haber tenido.
Ha soñado la primera mañana de Ur.
Ha soñado el misterioso amor de la brújula.
Ha soñado la proa del noruego y la proa del portugués.
Ha soñado la ética y las metáforas del más extraño de los hombres, el que murió una tarde en una cruz.
Ha soñado el sabor de la cicuta en la lengua de Sócrates.
Ha soñado esos dos curiosos hermanos, el eco y el espejo.
Ha soñado el libro, ese espejo que siempre nos revela otra cara.
Ha soñado el espejo en que  Francisco López Merino y su imagen se vieron por última vez.
Ha soñado el espacio. Ha soñado la música, que puede prescindir del espacio.
Ha soñado el arte de la palabra, aún más inexplicable que el de la música, porque incluye la música.
Ha soñado una cuarta dimensión y la fauna singular que la habita.
Ha soñado el número de la arena.
Ha soñado los números transfinitos, a los que se llega contando.
Ha soñado al primero que en el trueno oyó el nombre de Thor.
Ha soñado las opuestas caras de Jano, que no se verán nunca.
Ha soñado la luna y los dos hombres que caminaron por la luna.
Ha soñado el pozo y el péndulo.
Ha soñado a Walt Whittman, que decidió ser todos los hombres, como la divinidad de Spinoza.
Ha soñado el jazmín, que no puede saber que lo sueñan.
Ha soñado las generaciones de hormigas y las generaciones de los reyes.
Ha soñado la vasta red que tejen todas las arañas del mundo.
Ha soñado el arado y el martillo, el cáncer y la rosa, las campanadas del insomnio y el ajedrez.
Ha soñado la enumeración que los tratadistas llaman caótica y que de hecho es cósmica, porque todas las cosas están unidas por vínculos secretos.
Ha soñado a mi abuela Frances Haslam en la guarnición de Junín, a un trecho de las lanzas del desierto, leyendo su Biblia y su Dickens.
Ha soñado que en las batallas los tártaros cantaban.
Ha soñado la mano de Hokusai, trazando una línea que será muy pronto una ola.
Ha soñado a Yorick, que vive para siempre en unas palabras del ilusorio Hamlet.
Ha soñado los arquetipos.
Ha soñado que a lo largo de los veranos, o en un cielo anterior a los veranos, hay una sola rosa.
Ha soñado las caras de tus muertos, que ahora son empañadas fotografías.
Ha soñado la primera mañana de Uxmal.
Ha soñado el acto de la sombra.
Ha soñado las cien puertas de Tebas.
Ha soñado los pasos del laberinto.
Ha soñado el nombre secreto de Roma, que era su verdadera muralla.
Ha soñado la vida de los espejos.
Ha soñado los signos que trazará el escriba sentado.
Ha soñado una esfera de marfil que guarda otras esferas.
Ha soñado el calidoscopio, grato a los ocios del enfermo y del niño.
Ha soñado el desierto.
Ha soñado el alba que acecha.
Ha soñado el Ganges y el Támesis, que son nombres de agua.
Ha soñado mapas que Ulises no habría comprendido.
Ha soñado a Alejandro de macedonia.
Ha soñado el muro del Paraíso, que detuvo a Alejandro.
Ha soñado el mar y la lágrima.
Ha soñado el cristal.
Ha soñado que alguien lo sueña. 




Primera edición de este texto: sección literaria del diario La Nación 16 dic 1984 




23/8/2011

Jorge Teillier - Sobre el mundo donde verdaderamente habito o la experiencia poética.

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I
He oído decir alguna vez que poesía es lo que hace el poeta. La tarea es partir desde ese lugar y tratar de establecer qué es poesía para quien ejerce ese "monótono oficio o arte".

En un principio poesía eran para mí los extraños trozos de pareja tipografía medida y rimada que aparecían en los libros de lectura, esos versos que hay que aprender de memoria (y no de corazón como se dice en francés); de donde surgen el caballo blanco que nos va a llevar de aquí, las loas a los padres de la patria, los versos a la madre que el mejor alumno declama en el proscenio.

Para empezar entonces, la poesía es lo distinto al lenguaje convencional, por una parte, y por otra, "lo bello", lo idealizado como las cuatro estaciones en los cuadros donde se aprende idioma. Dos son las poesías escolares que aún recuerdo: una me atrajo por la anécdota: "La canción del pirata" de Espronceda ("La luna en el mar riela / y en la lona gime el viento), y la otra de García Lorca: "Naranjita de oro/ de oro y de sol", donde las palabras me sonaban como un encantamiento análogo al de las rondas entonadas por las vecinas al atardecer.

No recuerdo haber intentado escribir poema alguno hasta los doce años de edad. La poesía me parecía algo perteneciente a otro mundo y prefería leer en prosa. Leía como si me hubiesen dado cuerda, así como relata Pasternak que veía leer a los moscovitas en los trenes de 1941 ajenos al cañoneo alemán venido de unos pocos kilómetros. Leía de todo, desde cuentos de hadas y El Peneca hasta Julio Verne, Knut Hamsun y Pannait Istrati por quien aún vuelan los cardos en el Baragán.

Desde los doce años escribía prosa y poemas, pero en Victoria, ciudad donde aún suelo vivir, fue donde escribí mi primer poema verdadero, a eso de los dieciséis años, o sea, el primero que vi, con incomparable sorpresa, como escrito por otro.

Sobre el pupitre del liceo nacieron buena parte de los poemas que iban a integrar mi primer libro Para ángeles y gorriones, aparecido en 1956. Mi mundo poético era el mismo donde también ahora suelo habitar, y que tal vez un día deba destruir para que se conserve: aquel atravesado por la locomotora 245, por las nubes que en noviembre hacen llover en pleno verano y son las sombras de los muertos que nos visitan, según decía una vieja tía; aquel poblado por espejos que no reflejan nuestra imagen sino la del desconocido que fuimos y viene desde otra época hasta nuestro encuentro, aquel donde tocan las campanas de la parroquia y donde aún se narran historias sobre la fundación del pueblo. Y también aparecían los poetas; el primero de todos Paul Verlaine, cuyos versos rimaban con las campanas y los pájaros y cuya poesía fue la primera que aprendí a ver viva sin necesitar otra cosa que el sonido, y luego Rubén Darío, López Velarde y Luis Carlos López, provincianos cursis y universales, y también los chilenos: Vicente Huidobro, cuya antología leía en la Pascua de 1949, y Omar Cáceres que me fue descubierto por Miguel Serrano en su Ni por mar ni por tierra ("La brújula del alma señala el sur"), y Pezoa Véliz y Alberto Rojas Giménez y Romeo Murga que hablaba por nosotros a las muchachas con las que no podíamos hablar. Sin embargo, aclaro que nunca hubo para mí distinción entre poetas chilenos y poetas extranjeros. Se es o no es poeta, y allí no caben nacionalidades. Más aún, creo que es un signo de madurez no preguntarse ya "qué es lo chileno". Las personas adultas no se preguntan quién son, sino cómo van a actuar. También las colectividades adultas, me parece.

Nuestra poesía siempre ha tendido a la universalidad, que fundamentalmente se obtiene por el lenguaje imperecedero de la imagen. "La muerte que está ante mí como el chubasco que se aleja" del arpista del Antiguo Egipto es también, "la muerte es grande y somos los suyos" de Rilke, y la misma nieve recuerda a las damas de antaño de Villon y es como la soledad en Rilke, y el tiempo es un río en Heráclito y Jorge Manrique.

Pero vuelvo a 1953... cuando como todo provinciano debí hacer el viaje bautismal de hollín de trenes de entonces a Santiago, atravesando la noche como en un vientre materno hasta asomarse a la lívida madrugada de boca amarga de la Estación Central. Por esos años el héroe poético de mi generación era Pablo Neruda, que perseguido por el Traidor se dejaba crecer barba y atravesaba a caballo la Cordillera y desde México lamentaba que los jóvenes leyeron Residencia en la tierra y llamaba a cantar con palabras sencillas al hombre sencillo y en nombre del realismo socialista convocaba a los poetas a construir el socialismo. Hijo de comunista, descendiente de agricultores medianos o pobres y de artesanos, yo sentimentalmente sabía que la poesía debía ser un instrumento de lucha y liberación y mis primeros amigos poetas fueron los que en ese entonces seguían el ejemplo de Neruda y luchaban por la Paz y escribían poesía social.

Pero yo era incapaz de escribirla, y eso me creaba un sentimiento de culpa que aún ahora suele perseguirme. Fácilmente podía ser entonces tratado de poeta decadente, pero a mí me parece que la poesía no puede estar subordinada a ideología alguna, aun cuando el poeta como hombre y ciudadano (no quiero decir ciudadano elector, por supuesto) tiene derecho a elegir la lucha a la torre de marfil o de madera o cemento. Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia social, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias. Yo escribía lo que me dictaba mi verdadero yo, el que trato de alcanzar en esta lucha entre mí mismo y mi poesía, reflejada también en mi vida. Porque no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos, seguir escuchando el ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre. De qué le vale escribir versos a tanto personaje resentido y sin puerta de escape que vemos deambular por el mundo literario.

II
A su debido tiempo, me parece que todo poeta en esta sociedad se suele considerar un sobreviviente de una perdida edad, un ente arcaico. La poesía es una enferma grave, a la que se le toleran algunos caprichos en espera de su futura muerte, y también la Cenicienta (para editores) de los géneros literarios aun cuando la novela sea "la poesía de los tontos" según dice mi amigo el poeta Molina Ventura.

La burguesía ha tratado de matar a la poesía, para luego coleccionarla como objeto de lujo. Me parece un signo de estos tiempos ver cómo medio mundo reúne cosas que nunca se usarán: volantines que jamás se enredarán en un árbol, botellas que nunca recibirán vino, redes de pescadores que no sirven para atrapar un pez, llaves mohosas para ninguna puerta, "posters" con efigies de muertos que de algún modo se contribuyó a matar. El poeta es un ser marginal, pero de esta marginalidad y de este desplazamiento puede nacer su fuerza: la de transformar la poesía en experiencia vital, y acceder a otro mundo, más allá del mundo asqueante donde se vive. El poeta tiende a alcanzar su antigua "conexión con el dínamo de las estrellas", en su inconsciente está su recuerdo de la "edad de oro" a la cual acude con la inocencia de la poesía. Si soy extraño en este mundo no soy extraño en mi propio mundo, reflexiona el creador, y a la larga, en poesía, "lo que no es práctico resulta ser lo práctico" como escribía Gunnar Ekelof. Pienso en dos poetas chilenos ya fallecidos que pagaron con su vida su calidad de poetas: Teófilo Cid y Carlos de Rokha, ambos "amateurs de la lepra", en nuestro medio. Sí, la poesía considerada como la lepra en este mundo en donde está muriendo la imaginación, en donde la inspiración está relegada al desván de los muebles viejos. Astronautas antisépticos y en esterilizados vehículos llegarán a la luna a plantar sus pequeñas banderas, y a transmitir mensajes sin sentido, serán artistas de circo en la "caja de los idiotas" de la TV. Al contrario, pienso en los verdaderos conquistadores como Cristóbal Colón que parte sin mapas junto con un equipo de locos y presidiarios hasta que aparece el Nuevo Mundo que surge gracias a su visión; en Ponce de León muriendo en pos de la Fuente de la Juventud; Gonzalo Pizarro yendo hacia El Dorado; el Padre Meléndez en estrechas chalupas bogando por los canales hacia la Ciudad de los Césares. Qué puede ver el ciudadano del siglo XX en la Luna sino un pequeño satélite cuya probable utilidad será la de depósitos de perfeccionados proyectiles nucleares, allí donde las jóvenes irlandesas veían al rostro de su futuro amado, los puritanos de Boston a un duende maléfico, los nativos de Samoa una anciana hilando nubes, los niños de hace treinta años a la Sagrada Familia rumbo a Egipto. El poeta es el guardián del mito y de la imagen hasta que lleguen tiempos mejores.

III
Creo que todos mis libros forman un solo libro, publicado en forma fragmentaria, a excepción de Crónica del Forastero. Me parece que difícilmente uno tiene más de un poema que escribir en su vida. Hay varias tendencias en mis libros que van de Para ángeles y gorriones (1956) hasta Poemas del País de Nunca Jamás (1963); una descriptiva del paisaje visto como un signo que esconde otra realidad (como en los poemas "El Aromo" o "Molino de Madera"), otra como la historia de un personaje contada con un marco de referencia que es siempre la aldea (así en "Historia de Hijos Pródigos"), otra como el afrontar el problema del paso del tiempo, de la muerte que subyace en nosotros revelada como el fuego revela la tinta invisible por medio de la palabra (los poemas "Domingo a domingo" u "Otoño secreto"). En este sentido quiero hacer destacar que para mí la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo, y un intento de integrarse a la muerte, de la cual tuve conciencia desde muy niño, a cuyo reino pertenezco desde muy niño, cuando sentía sus pasos subiendo la escalera que me llevaba a la torre de la casa donde me encerraba a leer. Sé que la mayoría de las personas que conozco y conocemos están muertas, que creo que la muerte no existe o existe sólo para los demás. Por eso en mis poemas está presente la infancia, porque –para mí– es el tiempo más cercano a la muerte y en donde verdaderamente se entiende lo que significa. Por otra parte, yo no canto a una infancia boba, en donde está ausente el mal, a una infancia idealizada; yo sé muy bien que la infancia es un estado que debemos alcanzar, una recreación de los sentidos para recibir limpiamente la "admiración ante las maravillas del mundo". Nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado, pero que debiera pasarnos.

Siguiendo con mis libros, Los trenes de la noche es un solo poema escrito también de un solo golpe, en un viaje de Santiago a Lautaro, mirando por la ventanilla del tren nocturno, escribiendo unos versos en un cuaderno de croquis tras salir a respirar a la pisadera del carro, tras bajarme rápidamente en las estaciones de donde parten los ramales, a tomar un vaso de vino. El paso del tren representa el tiempo que las locomotoras van dividiendo en forma implacable en el pueblo natal que atraviesan por la mitad. Alguna vez correrá un último tren, pensaba yo, cuál será ese último tren, así como tantas veces pienso quién pronunciará
por última vez mi nombre, quién leerá por última vez un poema mío.

Crónica del Forastero es un libro con menos revelación, menos visión lírica, un intento fallido tal vez de cambiar mi expresión habitual por el relato, a costa unas veces del relato, otras de la tensión lírica. Pero uno muchas veces no es responsable de lo que hace. Mi intento era el de revivir a través de un personaje lírico la historia o mejor dicho la intrahistoria de la Frontera, nuestro Far West, donde nace en el Siglo XVI la poesía chilena con Pedro de Oña y Ercilla; esa zona tan singular nacida de la fusión de tres razas; revivir a los (y mis) antepasados, proyectar una historia mítica en un presente que debe cambiarse. Yo debía transformarme en una especie de médium para que a través de mí llegara una historia, y una voz de la tierra que es la mía, y que se opone a la de esta civilización cuyo sentido rechazo y cuyo símbolo es la ciudad en donde vivo desterrado, sólo para ganarme la vida, sin integrarme a ella, en el repudio hacia ella. Es posible que esta "Crónica" sea un primer intento que alguna vez retomaré, un primer paso hacia un poema épico para el cual todavía no estoy preparado. Mi trabajo actual está orientado en otro sentido, que no creo del caso hablar ahora, para utilizar figuras manidas, la primavera trabaja mudamente las raíces del trigo que va a aparecer. Tal vez sí apunte a una contradicción de mí mismo, una contradicción dolorosa, porque yo no soy poeta de la aventura, sino del orden, aun cuando admire a los innovadores auténticos, por supuesto. Pero sí, quiero establecer que para mí lo importante en poesía no es el lado puramente estético, sino la poesía como creación del mito, y de un espacio y tiempo que trasciendan lo cotidiano, utilizando muchas veces lo cotidiano. La poesía es para mí una manera de ser y actuar, aun cuando tampoco puedo desarticularla del fenómeno que le es propio: el utilizar para su fin el lenguaje justo para este objeto. Mi instrumento contra el mundo es otra visión del mundo, que debo expresar a través de la palabra justa, tan difícil de hallar. Porque el poema no debe (como dice Archibald McLeish) "significar sino ser". Tal vez lo que importa no es dar en el blanco, sino lanzar la flecha. Y de nada vale escribir poemas si somos personajes antipoéticos, si la poesía no sirve para comenzar a transformarnos nosotros mismos, si vivimos sometidos a los valores convencionales. Ante el "no universal" del oscuro resentido, el poeta responde con su afirmación universal.

IV
Nunca he pensado escribir una poesía original, ni me tengo por un ser sin antepasados poéticos. Cada poeta tiene una línea que va siguiendo. Es la mía la de Francis Jammes, Milocz en alguna de sus etapas, René Guy Cadou —un poeta con cuya visión del mundo creo tener afinidad—, Antonio Machado, para citar a los poetas principales, y en las lenguas que puedo leer en versiones originales, lo que me parece fundamental. En prosa, la línea de Robert Louis Stevenson, Alain Fournier, Selma Lagerlof, cierto Knut Hamsum, Edgar Allan Poe (Arturo Gordon Pym). En Chile, alguna vez me adscribí a un cierto sentido de la poesía que yo mismo llamé "lárica" (ver Boletín de la Universidad de Chile, número 56, 1965, mi trabajo "Los poetas de los lares"), y en donde están, entre otros, Efraín Barquero y Rolando Cárdenas, para citar sólo a mis coetáneos. A través de la poesía de los lares yo sostenía una postulación por un "tiempo de arraigo", en contraposición a la moda imperante e impuesta por ese tiempo, por un grupo ya superado, el de la llamada Generación del 50, compuesto por algunos escritores más o menos talentosos, por lo menos en el sentido de la ubicación burocrática, el conseguir privilegios políticos, el iniciar empresas comerciales, representantes de una pequeña burguesía o burguesía venida a menos. Ellos postulaban el éxodo y el cosmopolitismo llevados por su desarraigo, su falta de sentido histórico, su egoísmo pequeño burgués. De allí ha nacido una literatura que tuvo su momento de auge por la propaganda y autopropaganda, pero que por frívola y falta de contacto con la tierra, por pertenecer al oscuro mundo de la desesperanza ha caducado en pocos años. La pretendida crisis de la novela chilena no es, tal vez, sino crisis de la inautenticidad, de renuncia a las raíces, incluso a las de nuestra tradición literaria, por pobre que sea. En cambio, la mayor parte de nuestros poetas se mantienen fieles a la tierra, o vuelven a ella, como es el caso desde Neruda y Pablo de Rokha a Teófilo Cid y Braulio Arenas, ex surrealistas; o como en los más destacados poetas de la última generación, la poesía es expresión de una auténtica lucha por esclarecerse a sí misma, o por poner en claro la vida que la rodea. Pero mejor que yo lo dice Rilke: "Para nuestros abuelos una torre familiar, una morada, una fuente, hasta su propia vestimenta, su manto, eran aún infinitamente más familiares; cada cosa era un arca en la cual hallaban lo humano y agregaban su ahorro de humano. He aquí que hacia nosotros se precipitan llegadas de EE.UU cosas vacías, indiferentes, apariencias de cosas, trampas de vida... Una morada en la acepción americana, una manzana americana, o una viña americana nada tienen de común con la morada, el fruto, el racimo en los cuales había penetrado la esperanza y la meditación de nuestros abuelos... La cosas dotadas de vida, las cosas vividas, las cosas admitidas en nuestra confianza, están en su declinación y ya no pueden ser reemplazadas. Somos tal vez los últimos que conocieron tales cosas. Sobre nosotros descansa la responsabilidad de conservar no solamente su recuerdo (lo que sería poco y de no fiar), sino su valor humano y lárico". Hasta aquí Rilke (1929). Y no se debe añadir nada más. Dentro del mismo Estados Unidos los movimientos de los beatniks y los hippies recuperan también este mundo del "lar".

V
Lo he dicho entre líneas, pero ahora quiero hacerlo explícito: el personaje que escribe no soy necesariamente yo mismo, en un punto estoy como un ser consciente, en otro la creación que nace del choque mío contra mi doble, ese personaje que es quien yo quisiera ser tal vez. Por eso el poeta es quizás uno de los menos indicados para decir cómo crea. Cuando el poeta quiere encontrar algo se echa a dormir, me parece que lo dice León Felipe. Habitualmente el poema nace en mí como un vago ruido que debe organizarse alrededor de la palabra o la frase clave o una imagen visual que ese mismo ruido o ritmo mejor dicho, concita. No puedo concebir luego el poema en la memoria, sino que debo escribir la palabra o frase clave en un papel, y ver cómo se van organizando alrededor de ella las demás. Nunca corrijo, sino que escribo varias versiones, para elegir una, en la cual trabajo. A veces queda limpia de toda intervención posterior, otras veces empiezo a podar y corregir en exceso, quitando espontaneidad. Creo que algo de eso me ocurrió en la Crónica del Forastero. Pero en realidad, nunca sé en verdad lo que voy a decir hasta que no lo he dicho.

VI
Releo este trabajo, como de costumbre me siento disconforme de él, pero hemos llegado a un fin y eso no carece de importancia. 

Me molesta el tono impostado y dogmático que he solido adoptar, así como el de querer decir verdades últimas. De veras, muchas veces no sé si soy poeta o no, no sé si sobrevivirá de lo que he escrito por lo menos "algunas palabras verdaderas" como pedía Antonio Machado. Pero "nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra tarea". No soy humilde, al estilo de los que dicen, como decía la Violeta, "a humilde a mí no me la gana nadie", pero tampoco seguro de si lo que escribo vale ante los demás y ante mí mismo. Tal vez alguna vez ya no escriba más poesía, tal vez siga en esta tarea que nadie sino yo mismo me he impuesto, no para vender nada, sino para salvar mi alma, en el sentido figurado y literal.

Bien, si difícilmente he podido comunicar algo pido disculpas afirmando como lo hace Humpty Dumpty en Alicia a través del espejo que las palabras no significan sino lo que nosotros queremos que signifiquen. De todos modos, para terminar diré que "el vino y la poesía con su oscuro silencio" dan respuesta a cuanta pregunta se le formule y que si mi amigo el poeta Nicanor Parra escribe "Total cero" en un "artefacto" de epitafio a Pablo de Rokha yo prefiero decir con Paul Eluard que "toda caricia, toda confianza sobrevivirá", y con René Char: "A cada derrumbe de las pruebas el poeta responde con una salva por el porvenir".

1968



En Antología destartalada


22/8/2011

William Carlos Williams - Lamento

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Me llaman y voy.
Es un camino helado
después de medianoche,
una nevisca atrapada
en los tiesos carriles.
Se abre la puerta.
Sonrío, entro y
me sacudo el frío.
Hay una mujer corpulenta
de costado en la cama.
Está enferma,
acaso vomitando,
acaso esforzándose
para dar a luz
su décimo hijo. ¡Alegría! ¡Alegría!
¡La noche es un cuarto
oscurecido para amantes,
a través de las persianas el sol
ha enviado una aguja dorada!
le aparto el pelo de los ojos
y contemplo su dolor
compadeciéndome.

Versión: Alberto Girri



Complaint


They call me and I go.
It is a frozen road
past midnight, a dust
of snow caught
in the rigid wheeltracks.
The door opens.
I smile, enter and
shake off the cold.
Here is a great woman
on her side in the bed.
She is sick,
perhaps vomiting,
perhaps labouring
to give birth to
a tenth child. Joy! Joy!
Night is a room
darkened for lovers,
through the jalousies the sun
has sent one golden needle!
I pick the hair from her eyes
and watch her misery
with compassion.



21/8/2011

Jack Kerouac - Pies Inquietos

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Al principio yo dudaba, porque era negra, porque era desordenada (siempre lo dejaba todo para mañana, el cuarto sucio, las sábanas sin lavar, aunque santo Dios qué pueden importarme las sábanas); dudaba porque sabía que había estado seriamente loca y muy bien podía volver a enloquecer, y una de las primeras cosas que ocurrieron durante las primeras noches fue que ella se había ido al cuarto de baño y se paseaba desnuda por el vestíbulo solitario, pero como la puerta de entrada chirriaba de una manera extraña me pareció (en el ensueño de la marihua­na) que de pronto había llegado alguien y estaba en el rellano de la escalera (como por ejemplo González el mexicano, una especie de vago o de parásito, un tipo anémico que tenía la costumbre de ir a su casa, con la excusa de una cierta vieja amistad que ella había tenido con algunos Pachucos de Tracy, a mendigarle moneditas, o dos cigarrillos, y esto todo el tiempo, generalmente cuando peor estaba ella, y a veces hasta se llevaba botellas para venderlas); pensando que debía de ser él, o alguno de los subterráneos, que le pregunta en el vestíbulo «¿Hay al­guien contigo?», y ella absolutamente desnuda, sin impor­tarle, como la vez del callejón, se queda tan tranquila y le dice: «No, viejo, será mejor que vuelvas mañana porque estoy ocupada, tengo visitas», así fue mi ensueño de la marihuana mientras estaba tendido en la cama, a causa del gemido o chirrido de la puerta, que hacía justamente el efecto de una voz gemebunda; de modo que cuando ella volvió del cuarto de baño se lo dije (honestamente razona­ble, de todos modos, y creyendo que en realidad había sido así, casi, y por otra parte siempre convencido de que seguía siendo activamente loca, como cuando trepó a la cerca en el callejón), pero cuando oyó mi confesión me dijo que casi le había dado el ataque nuevamente; se asustó de mí y casi se levantó y se escapó; por motivos como éste, atisbos de locura, repetidas probabilidades de nuevos ataques de locura, yo tenía mis «dudas», mis dudas masculinas y reservadas acerca de ella; razonaba así: «Hoy o mañana, sencillamente, me iré de aquí y me conseguiré alguna otra, blanca, con los muslos blancos, etcétera, y todo esto habrá sido una gran pasión, aunque espero sin embargo no causarle sufrimientos.» ¡Ja!, sentía dudas porque prepara­ba la comida de cualquier modo y no lavaba nunca los platos en seguida, lo que al principio no me gustó nada, aunque luego tuve que reconocer que en realidad no cocinaba tan mal y que después de un tiempo lavaba los platos, y que a la edad de seis años (así me lo contó ella más tarde) se había visto obligada a lavar los platos de la tiránica familia de su tío, y para colmo la obligaban constantemente a salir al callejón en la oscuridad de la noche, con el cubo de la basura, todas las noches a la misma hora, y ella estaba convencida de que el mismo fantasma la acechaba siempre a esa hora; dudas, dudas, que ahora ya no tengo en la opulencia del placer del pasado. ¡Qué placer es ahora saber que la deseo para siempre contra mi pecho, mi premio, mi mujer, la que yo defendería de todos los Yuri y todos los cualesquiera con los puños y lo que fuera! Y ha llegado para ella el momento de declarar su independencia, anunciando, apenas ayer, antes de que yo empezara a escribir este libro de lágrimas, «Quiero ser una mujer independiente, con dinero, y hacer lo que se me ocurra». «Sí, y también conocer y joder a todo el  mundo,  Pies Inquietos»,  pienso,  pies  inquietos  como soplaba un viento frío, había una cantidad de hombres, y en vez de quedarse a mi lado se alejó con su pequeño impermeable rojo que daba risa y sus pantalones negros, y se metió en la entrada de una zapatería (Haz siempre lo que deseas hacer, nada me agrada más que un tipo que hace siempre lo que quiere, decía siempre Leroy); y yo la sigo de mala gana pensando: «No se puede negar que es un caso de pies inquietos, al diablo con ella, me conseguiré otra menos inquieta» (con mucho menos énfasis al final, como el lector podrá deducir del tono); pero resulta que ella sabía que yo no tenía más que la camisa, pues encima había salido sin camiseta, de modo que quería refugiarse donde no soplara el viento, así me lo dijo después; aunque el hecho de comprender que no era cierto que hablara desnuda con un hombre en el vestíbulo, y que tampoco era una prueba de inquietud alejarse unos pasos para conducirme a un lugar menos frío mientras esperaba el autobús, seguía sin causar la menor impresión en mi mente ansiosa e impresionable, siempre dispuesta a crear, a construir, a destruir y a morir; como lo demostrará la gran construcción de celos que más tarde, partiendo solamente de un sueño, y por motivos de autolaceración, fui capaz de re-crear... Toleradme, vosotros todos, lectores amantes que habéis sufrido, toleradme vosotros, hombres que comprendéis que el mar de negrura en los ojos oscuros de una mujer es el mismo mar solitario, ¿y acaso iríais al mar a exigirle explicaciones, o a pregun­tarle a una mujer por qué cruza las manos en el regazo sobre una rosa? No...
En Los subterráneos
© Allen Ginsberg/CORBIS