31/7/2011

Alberto Laiseca - Nuestro novelista

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Mucho me temo que nuestro novelista fuera uno de ésos que se tomaron demasiado en serio Los caminos de la libertad, de Sartre. Pues, para no ser un burgués, buscó un trabajo de obrero. Creía mantener así su dignidad. Ignoraba por esa época, el infeliz y tonto, cuántas inmundicias, agachadas de cabeza y traiciones debe cometer para sobrevivir el hombre que está abajo. Los "indignos", que él había aprendido a despreciar, por lo menos hacían chanchadas para conservar algo que valiera la pena. El debía realizar mil bajezas para que no lo echasen de las proximidades de un fueguito en el Barrio de las Latas.

Es cosa de ver cuánta mala gente hay abajo. Tanta como arriba en proporción y, por ser más en número, las probabilidades azarosas de colisión o impacto aumentan hasta el infinito.

Hubiese aprendido del mismo Maestro Jean-Paul, quien legislaba en sus libros pero que en su vida real estaba de lo más rozagante, forrado en zapatitos y paseando en coche con la mar de gente. Extraño que, siendo escritor, nuestro amigo de la pensión no supiera que a los libros hay que escribirlos, no vivirlos. Nuestro amigo era un condenado idiota, en otras palabras, ignorante del hecho de que las novelas "dignas" son trampas caza-bobos, o minas electrónicas, como las que se usaban en Vietnam. Están hechas para engatusar a la gente y ganar dinero con ellas, pero quien las escribe, no debe tener ni en sueños la intención de tomárselas en serio. En el submundo de las drogas hay una ley no escrita: "El traficante austero es el que vive más. Si vas a venderlas, tú no las tomes".


En Aventuras de un novelista atonal



30/7/2011

Robert Browning (1812-1889) - Mr. Sludge, «the Medium» (1864)

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Y si a ratos la burbuja, por demasiado hinchada, 
parece a punto de estallar; si casi se ve 
el mundo real a través del falso, ¿qué es lo que se ve? 
¿Está lo viejo tan ruinoso? Te encuentras en un rebaño 
de juventud, de empeño, de pasión; genio, belleza, 
rango, riquezas también, si te interesan: 
y todos deponen sus derechos naturales y te aclaman 
[es decir, me aclaman a mí] como colega y compañero, 
ingresan en la cofradía de Sludge, y se hacen míos, 
verdaderamente los poseo.

Y todo esto podría ser, puede ser, y con ayuda 
de alguna mentirilla será: ¡conque Sludge miente! 
¡En el peor de los casos, como el poeta que canta como los griegos 
que nunca existieron, en una Troya que nunca existió, 
hicieron tal o cual proeza imposible! 
Pero ¿por qué me elevo a los poetas? Tomad la prosa llana:
los que manejan el sentido común, puestos a trabajar, 
¿qué pueden hacer sin sus útiles mentiras? 
Cada cual declara la ley, el hecho y la apariencia 
como querría que fuesen, encuentra lo que le conviene, 
no ve lo que le estorba, se limita a registrar 
lo que abona su su caso, omite el resto. 

Y es una Historia del Mundo, la Era del Dinosaurio, 
los Indios Primitivos, la Guerra Colonial, 
Jerónimo Napoleón, lo que se quiera. 
Todo como al autor le plazca. Y a ese escriba 
le pagáis y alabáis por dar vida a las piedras, 
poner fuego en la bruma, hacer del pasado vuestro mundo. 
Y mucho: «¿Cómo fue usted capaz de asir 
el hilo que le guió por ese laberinto?
¿Cómo alzó del aire un edificio tan sólido? 
¿Cómo en tan leve fundamento pudo fundar este relato, 
esta biografía, esta narración?» O, dicho en otras palabras, 
«¿Cuántas mentiras le costó hacer 
la majestuosa verdad con que aquí nos obsequia?»



And if at whiles the bubble, blown too thin,
Seem nigh on bursting, — if you nearly see
The real world through the false, — what do you see?
Is the oíd so ruined? You find you're in a flock
O' the youthful, earnest, passionate — genius, beauty,
Rank and wealth also, if you care for these:
And all depose their natural rights, hail you,
(That's me, sir) as their mate and yoke-fellow,
Participate in Sludgehood — nay, grow mine,
I veritably possess them— ...

And all this might be, may be, and with good help
Of a little lying shall be: so Sludge lies!
Why, he's at worst your poet who sings how Greeks
That never were, in Troy which never was,
Did this or the other imponible great thing!...

But why do I mount to poets? Take plain prose —
Dealers in common sense, set these at work,
What can they do without their helpful lies?
Each states the law and fact and face o' the thing
Just as he'd have them, finds what he thinks fit,
Is blind to what missuits him, just records
What makes his case out, quite ignores the rest.

It's a History of the World, the Lizard Age,
The Early Indians, the Oíd Country War,
Jerome Napoleón, whatsoever you please.
All as the author wants it. Such a scribe.
You pay and praise for putting Ufe in stones,
Fire into fog, making the past your world.
There's plenty of 'How did you contrive to grasp
The thread which led you through this labyrinth?
How build such solid fabric out of air?
How on so slight foundation found this tale,
Biography, narrative?' or, in other words,
'How many lies did it require to make
The portly truth you here present us with?





Versión María Luisa Balseiro



29/7/2011

Heinrich Böll: Aquellos días en Odessa

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Hacía mucho frío en Odessa aquellos días. Cada mañana íbamos al aeropuerto en grandes y ruidosos camiones, por la carretera mal adoquinada. Allí esperábamos, muertos de frío, a los grandes pájaros grises que rodaban por el campo de aterrizaje. Pero los dos primeros días, cuando estábamos a punto de subir a bordo, llegó una orden en sentido contrario, porque sobre el mar Negro había una niebla muy densa, o bien demasiadas nubes, y volvimos a subir a los grandes y ruidosos camiones y regresamos al cuartel por la carretera empedrada. 

El cuartel era muy grande. Estaba sucio y lleno de piojos. Pasábamos el rato sentados en el suelo o bien nos acordábamos en las mugrientas mesas y jugábamos a las cartas, o cantábamos. Siempre esperábamos una ocasión para saltar el muro y hacer una escapada. En el cuartel había muchos soldados que esperaban para entrar en combate, y no se nos permitía ir a la ciudad. Los dos primeros días habíamos intentado escabullirnos, pero nos atraparon, y como castigo nos hicieron transportar las grandes cafeteras llenas de café hirviente y descargar panes. Mientras descargábamos los panes nos vigilaba el contador, que llevaba un magnífico abrigo de pieles, el cual, sin duda, estaba destinado al frente. El contador contaba los panes para que no desapareciese ninguno. El cielo de Odessa estaba siempre nublado y oscuro, y los centinelas paseaban arriba y abajo, a lo largo de los negros y sucios muros del cuartel.

El tercer día esperamos a que hubiera oscurecido del todo y nos dirigimos simplemente a la entrada principal. Cuando el centinela nos dio el alto, gritamos «comando Seltscbáni*, y nos dejó pasar. Éramos tres, Kurt, Erich y yo. Caminábamos muy despacio. Sólo eran las cuatro y ya estaba oscuro. Lo único que habíamos ansiado era salir de aquellos altos, negros y sucios muros, y ahora que estábamos fuera casi habríamos preferido estar dentro otra vez. Sólo hacía ocho semanas que nos habían movilizado y teníamos mucho miedo. Pero nos dábamos cuenta de que, si hubiéramos estado otra vez en el cuartel, habríamos querido salir a toda costa, y entonces habría sido imposible. Eran sólo las cuatro, y no podríamos dormir a causa de los piojos y de las canciones, y también porque temíamos y al mismo tiempo esperábamos que a la mañana siguiente haría buen tiempo para volar y nos llevarían en los aviones a Crimea, donde seguramente moriríamos. 

No queríamos morir, no queríamos ir a Crimea, pero tampoco nos gustaba pasarnos todo el santo día tirados en aquel cuartel sucio y negro que olía a café de malta, donde siempre descargaban panes destinados al frente y donde siempre había un contador con abrigo de pieles, abrigo sin duda destinado al frente, que vigilaba y contaba los panes para que no desapareciese ninguno. En realidad, no sé lo que queríamos. Avanzábamos lentamente por aquella callejuela del suburbio, oscura y llena de hoyos. Entre las casitas, donde no se veía una sola luz, la noche estaba cercada por unas cuantas estacas de madera podrida, y más allá, en algún lugar, debía de haber páramos, tierras baldías, como en nuestro país, donde siempre dicen que se va a construir una carretera y abren zanjas y van de aquí para allá con varas de medir, y después no se habla más de la carretera y echan en las zanjas escombros, cenizas y basura, y vuelve a crecer la hierba, mala hierba áspera, indómita y exuberante, hasta que el letrero «Prohibido tirar escombros» queda cubierto por los escombros...

Caminábamos muy despacio porque aún era muy pronto. En la oscuridad nos cruzamos con otros soldados que iban al cuartel, y otros que venían del cuartel nos adelantaban. Teníamos miedo de las patrullas y habríamos preferido volver, pero sabíamos también que si nos hallásemos otra vez en el cuartel estaríamos desesperados, y era mejor tener miedo que sentir sólo desesperación entre los negros y sucios muros del cuartel, donde siempre había que llevar café de aquí para allá y descargar panes para el frente, siempre panes para el frente, y donde vigilaban los contadores con sus magníficos abrigos, mientras nosotros nos moríamos de frío. 

De vez en cuando, a uno y otro lado de la callejuela, veíamos una casa en cuyas ventanas brillaba una mortecina luz amarilla, y oíamos el murmullo de unas voces claras, extranjeras e inquietantes. Y después encontramos, en medio de la oscuridad, una ventana muy iluminada de la que salía mucho ruido, y oímos voces de soldados que cantaban «El sol de México». 

Abrimos la puerta y entramos. La estancia estaba caliente y llena de humo. Había en ella un grupo de soldados, ocho o diez, algunos de los cuales tenían mujeres con ellos. Bebían y cantaban, y uno de ellos se rió muy fuerte cuando entramos nosotros. Éramos muy jóvenes, los más jóvenes de toda la compañía. Nuestros uniformes eran completamente nuevos, y la fibra de madera nos pinchaba los brazos y las piernas; las camisetas y calzoncillos nos producían un terrible picor. También los jerseys eran nuevos y ásperos.

Kurt, el más joven, pasó delante y eligió una mesa. Kurt era aprendiz en una fábrica de cuero, y nos había contado de dónde procedían las pieles, aunque la cosa se consideraba secreto industrial. Nos había explicado incluso los beneficios que se obtenían con ello, aunque eso era también un secreto industrial muy celosamente guardado. Nos sentamos los tres.

De detrás del mostrador vino hacia nosotros una mujer gorda, de cabello oscuro y cara bondadosa, y nos preguntó qué queríamos beber. Preguntamos primero cuánto costaba el vino, pues habíamos oído decir que en Odessa todo era muy caro. Nos dijo que eran cinco marcos la botella, y pedimos tres botellas. Habíamos perdido mucho dinero jugando a las cartas y nos habíamos repartido el resto: teníamos diez marcos cada uno. Algunos de los soldados comían carne asada, que humeaba aún, con rebanadas de pan blanco, y unas salchichas que olían a ajo, y entonces nos dimos cuenta por primera vez de que teníamos hambre. Cuando la mujer trajo el vino le preguntamos cuánto costaba la comida. Nos dijo que las salchichas costaban cinco marcos y la carne con pan, ocho. Dijo que la carne era de cerdo y fresca, pero nosotros le pedimos salchichas. Los soldados besaban a las mujeres y las abrazaban sin disimulo, y nosotros no sabíamos a dónde mirar.

Las salchichas eran grasas y calientes, y el vino era muy seco. Cuando nos hubimos comido las salchichas, no supimos qué hacer. No teníamos ya nada que decirnos, pues nos habíamos pasado dos semanas echados en el mismo vagón del tren y nos lo habíamos contado todo. Kurt había trabajado en una fábrica de cuero, Erich en una granja y yo estaba en la escuela. Todavía teníamos miedo, pero se nos había quitado el frío.

Los soldados que habían estado besando a las mujeres se pusieron ahora los cinturones y salieron con ellas a fuera. Eran tres chicas; sus caras eran redondas y bonitas; reían y bromeaban, pero se iban con seis soldados, creo que eran seis, o, por lo menos, cinco. Quedaron en la sala sólo los borrachos, los que antes cantaban «El sol de México». Uno que estaba junto al mostrador, cabo primero, alto y rubio, se volvió hacia nosotros y se echó a reír otra vez; creo que nuestro aspecto hacía pensar que estábamos en alguna clase del cuartel, allí sentados a la mesa muy silenciosos y correctos, con las manos en las rodillas. El cabo le dijo algo a la mujer y ésta nos trajo tres vasos bastante grandes de aguardiente blanco.

- Hemos de brindar a su salud dijo Erich, golpeándonos con la rodilla.

Yo llamé varias veces al cabo hasta que él se fijó en mí; Erich nos hizo otra vez una señal con las rodillas, y nos pusimos en pie diciendo al unísono:

-A su salud, cabo...

Los otros soldados se echaron a reír a carcajadas, pero el cabo levantó su vaso y nos respondió:

-A su salud, soldados...

El aguardiente era fuerte y amargo, pero nos calentó, y nos habríamos tomado otro vaso.

El cabo le hizo una seña a Kurt para que se acercase. Kurt lo hizo, habló unas palabras con él y nos hizo una seña a nosotros. El hombre nos dijo que estábamos locos, que no teníamos dinero y que teníamos que vendernos algo. Nos preguntó de dónde veníamos y a dónde estábamos destinados. Le dijimos que estábamos en el cuartel esperando que nos llevasen a Crimea. Se puso muy serio y no dijo nada. Yo le pregunté qué podíamos vender, y él me respondió que cualquier cosa: abrigos, gorras, ropa interior, relojes, plumas estilográficas... 

Ninguno de nosotros quería venderse el abrigo. Estaba prohibido y teníamos miedo, y además en Odessa hacía mucho frío. Nos vaciamos los bolsillos: Kurt tenía una pluma estilográfica, yo un reloj y Erich un portamonedas nuevo, de cuero, que había ganado en una rifa del cuartel. El cabo tomó los tres objetos y le pregunté a la mujer cuánto daba por ellos. Ella los examinó detenidamente, dijo que eran cosas malas y nos ofreció doscientos cincuenta marcos, ciento ochenta sólo por el reloj.

El cabo nos dijo que doscientos cincuenta era poco, pero que estaba seguro de que no nos daría más y que aceptásemos, porque quizás a la mañana siguiente nos llevarían a Crimea y entonces todo daría igual.

Dos de los soldados que cantaban antes «El sol de México» se levantaron de sus mesas y le dieron al cabo unas palmadas en el hombro; el cabo nos saludó y salió con ellos.

La mujer me había dado a mi todo el dinero, y yo le pedí dos trozos de carne con pan para cada uno y un vaso grande de aguardiente. Después nos comimos aún cada uno un trozo más de carne y nos bebimos otro vaso de aguardiente. La carne estaba muy caliente, era fresca, grasa y casi dulce, y el pan estaba todo empapado de grasa. Después nos tomamos otro aguardiente. Entonces nos dijo la mujer que ya no le quedaba carne, sólo salchichas, y comimos salchichas acompañadas de cerveza, una cerveza oscura y espesa. Después nos tomamos cada uno otro vaso de aguardiente y nos hicimos traer pasteles, unos pasteles planos y secos de nuez molida. Después bebimos aún más aguardiente, pero no estábamos borrachos en absoluto; teníamos calor y nos sentíamos bien, y no pensábamos en el picor de las fibras de madera de nuestra ropa. Llegaron otros soldados y cantamos todos juntos «El sol de México»...

A las seis, nos habíamos gastado todo el dinero y seguíamos sin estar borrachos. Como no teníamos nada más que vender, regresamos al cuartel. En la oscura calle llena de hoyos no se veía ya ninguna luz y, cuando llegamos, el centinela nos dijo que nos presentásemos en el puesto de guardia. Allí se estaba caliente y no había humedad, estaba sucio y olía a tabaco. El sargento nos echó una bronca y nos dijo que habríamos de atenernos a las consecuencias. Pero aquella noche dormimos muy bien. A la mañana siguiente fuimos al aeropuerto en los ruidosos camiones por la carretera empedrada. Hacia frío en Odessa. El tiempo era magnífico; el cielo estaba despejado. Subimos por fin a los aviones, y, cuando despegábamos, nos dimos cuenta de pronto de que no volveríamos nunca, nunca...



Trad. Esther Donato
Foto Corbis: Sophie Bassouls


27/7/2011

Guillaume Apollinaire - El músico de Saint-Merry

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Al fin tengo derecho a saludar a seres que no conozco
Pasan ante mí y se aglomeran a lo lejos
Mientras que todo lo que de ellos veo me es desconocido
Y su esperanza no es menos fuerte que la mía


No canto a este Mundo ni a los demás astros
Canto todas las posibilidades de mí mismo fuera de este Mundo y de los astros
Canto la alegría de vagar y el placer de morir errante


El 21 del mes de mayo de 1913
Barquero de los muertos
Millones de moscas aventaban un esplendor
Cuando un hombre sin ojos sin nariz y sin orejas
Dejó el bulevar Sebastopol y entró en la calle Aubry-le-Boucher
El hombre era joven y moreno con las mejillas color de fresa


¡Hombre! Ah Ariadna
Tocaba la flauta y la música dirigía sus pasos
Se detuvo en la esquina de la calle Saint-Martin
Tocando la tonada que yo canto y que yo he inventado


Las mujeres que pasaban se detenían a su lado
Venían de todas partes
Cuando de pronto las campanas de Saint-Merry se pusieron a sonar
El músico dejó de tocar y bebió en la fuente
Que se halla en la esquina de la calle Simon-le-Franc
Luego Saint-Merry se calló


El desconocido volvió a tocar la flauta
Y volviendo sobre sus pasos caminó hasta la calle de la Verrerie
Donde entró seguido por el tropel de mujeres
Que salían de las casas
Llegaban de las calles laterales con los ojos idos
Con las manos tendidas hacia el melodioso raptor
Él se iba indiferente tocando su tonada


Se iba terriblemente


Luego en otra parte
A qué hora saldrá un tren hacia París


En ese momento
Los palomos de las Molucas ensuciaban algunas nueces moscadas
Al mismo tiempo
Misión católica de Bôma que has hecho del escultor


En otra parte
Ella atraviesa un puente que une a Bonn con Beuel y desaparece a través de Putzchen


Al mismo tiempo
Una joven enamorada del alcalde


En otro barrio
Rivaliza pues poeta con las etiquetas de los perfumistas


En suma oh reidores no habéis sacado gran cosa de los hombres
Apenas habéis extraído un poco de grasa de su miseria
Pero nosotros que morimos de vivir lejos uno de otro
Tendemos nuestros brazos y sobre esos rieles rueda un largo tren de mercancías
Y mientras el mundo vivía y cambiaba
El cortejo de mujeres largo como un día sin pan
Seguía en la calle de la Verrerie al feliz músico


Cortejos oh cortejos
Como antaño cuando el rey se iba a Vincennes
Cuando los embajadores llegaban a París
Cuando el delgado Suger se apresuraba hacia el Sena
Cuando el motín moría alrededor de Saint-Merry


Cortejos oh cortejos
Las mujeres desbordaban unas a otras tan grande era su número
Por todas las calles cercanas
Y se apresuraban rectas como una bala
Para seguir al músico
¡Ah! Ariadna y tú Pâquette y tú Amine
Y tú Mia y tú Simone y tú Mavise
Y tú Colette y tú la bella Geneviève
Han pasado temblorosas y vanas
Y sus pasos ligeros y apresurados seguían la cadencia
De la música pastoral que guiaba
Sus ávidas orejas


El desconocido se detuvo un momento ante una casa en venta
Casa abandonada
Con los cristales rotos
Es un edificio del siglo XVI
El patio sirve de aparcadero a coches de reparto
Allí entró el músico
Su música al alejarse se volvía lánguida
Las mujeres lo siguieron hasta la casa abandonada
Y allí todas entraron atropelladamente
Todas todas entraron sin volver la cabeza
Sin echar de menos lo que habían dejado
Lo que habían abandonado
Sin acordarse del día la vida y la memoria
Pronto no quedó nadie en la calle de la Verrerie
Excepto yo y un sacerdote de Saint-Merry
Ambos entramos en la vieja casa
Pero no encontramos allí a nadie


Cae la tarde
El ángelus suena en Saint-Merry
Cortejos oh cortejos
Es como antaño cuando el rey regresaba de Vincennes
Vino un tropel de gorreros
Llegaron vendedores de plátanos
Llegaron soldados de la guardia republicana
Oh noche
Rebaño de lánguidas miradas de mujeres
Oh noche
Tú mi dolor y mi espera vana
Oigo morir el son de una flauta lejana





Le musicien de Saint-Merry



J’ai enfin le droit de saluer des êtres que je ne connais pas
Ils passent devant moi et s’accumulent au loin
Tandis que tout ce que j’en vois m’est inconnu
Et leur espoir n’est pas moins fort que le mien


Je ne chante pas ce monde ni les autres astres
Je chante toutes les possibilités de moi-même hors de ce monde et des astres
Je chante le joie d’errer et le plaisir d’en mourir


Le 21 du mois de mai 1913
Passeur des morts et les mordonnantes mériennes
Des millions de mouches éventaient une splendeur
Quand un homme sans yeux sans nez et sans oreilles
Quittant le Sébasto entra dans la rue Aubry-le-Boucher
Jeune l’homme était brun et de couleur de fraise sur les joues


Homme Ah! Ariane
Il jouait de la flûte et la musique dirigeait ses pas
Il s’arrêta au coin de la rue Saint-Martin
Jouant l’air que je chante et que j’ai inventé


Les femmes qui passaient s’arrêtaient près de lui
Il en venait de toutes parts
Lorsque tout à coup les cloches de Saint-Merry se mirent à sonner
Le musicien cessa de jouer et but à la fontaine
Qui se trouve au coin de la rue Simon-Le-Franc
Puis saint-Merry se tut


L’inconnu reprit son air de flûte
Et revenant sur ses pas marcha jusqu’à la rue de la Verrerie
Où il entra suivi par la troupe des femmes
Qui sortaient des maisons
Qui venaient par les rues traversières les yeux fous
Les mains tendues vers le mélodieux ravisseur
Il s’en allait indifférent jouant son air


Il s’en allait terriblement


Puis ailleurs
À quelle heure un train partira-t-il pour Paris


À ce moment
Les pigeons des Moluques fientaient des noix muscades
En même temps
Mission catholique de Bôma qu’as-tu fait du sculpteur


Ailleurs
Elle traverse un pont qui relie Bonn à Beuel et disparait à travers Pützchen


Au même instant
Une jeune fille amoureuse du maire


Dans un autre quartier
Rivalise donc poète avec les étiquettes des parfumeurs


En somme ô rieurs vous n’avez pas tiré grand-chose des hommes
Et à peine avez-vous extrait un peu de graisse de leur misère
Mais nous qui mourons de vivre loin l’un de l’autre
Tendons nos bras et sur ces rails roule un long train de marchandises
Tu pleurais assise près de moi au fond d’un fiacre
Et maintenant
Tu me ressembles tu me ressembles malheureusement


Nous nous ressemblons comme dans l’architecture du siècle dernier
Ces hautes cheminées pareilles à des tours
Nous allons plus haut maintenant et ne touchons plus le sol
Et tandis que le monde vivait et variait
Le cortège des femmes long comme un jour sans pain
Suivait dans la rue de la Verrerie l’heureux musicien


Cortèges ô cortèges
C’est quand jadis le roi s’en allait à Vincennes
Quand les ambassadeurs arrivaient à Paris
Quand le maigre Suger se hâtait vers la Seine
Quand l’émeute mourait autour de Saint-Merry


Cortèges ô cortèges
Les femmes débordaient tant leur nombres était grand
Dans toutes les rues avoisinantes
Et se hâtaient raides comme balle
Afin de suivre le musicien
Ah! Ariane et toi Pâquette et toi Amine
Et toi Mia et toi Simone et toi Mavise
Et toi Colette et toi la belle Geneviève
Elles ont passé tremblantes et vaines
Et leurs pas légers et prestes se mouvaient selon la cadence
De la musique pastorale qui guidait
Leurs oreilles avides


L’inconnu s’arrêta un moment devant une maison à vendre


Maison abandonnée
Aux vitres brisées
C’est un logis du seizième siècle
La cour sert de remise à des voitures de livraisons
C’est là qu’entra le musicien
Sa musique qui s’éloignait devint langoureuse
Les femmes le suivirent dans la maison abandonnée
Et toutes y entrèrent confondues en bande
Toutes toutes y entrèrent sans regarder derrière elles
Sans regretter ce qu’elles ont laissé
Ce qu’elles ont abandonné
Sans regretter le jour la vie et la mémoire
Il ne resta bientôt plus personne dans la rue de la Verrerie
Sinon moi-même et un prêtre de saint-Merry
Nous entrâmes dans la vieille maison
Mais nous n’y trouvâmes personne


Voici le soir
À Saint-Merry c’est l’Angélus qui sonne
Cortèges ô cortèges
C’est quand jadis le roi revenait de Vincennes
Il vint une troupe de casquettiers
Il vint des marchands de bananes
Il vint des soldats de la garde républicaine
O nuit
Troupeau de regards langoureux des femmes
O nuit
Toi ma douleur et mon attente vaine
J’entends mourir le son d’une flûte lointaine




Guillaume Apollinaire, Ondes, Calligrammes 1918
En Selección poética
Trad. José Manuel López
Edicomunicación S.A., 1999
Fuente foto: epdlp

26/7/2011

Franz Kafka - En la sinagoga

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1 de octubre. Ayer, sinagoga de Alt-Neu. Kol Nidre. Murmullos; apagados, como de gente en la Bolsa. En el vestíbulo, una cajita con esta leyenda: «Una callada donación aplaca toda indignación.» Interior propio de una iglesia. Tres devotos judíos, al parecer orientales. En calcetines. Inclinados sobre el libro de rezos, con el manto de las plegarias sobre la cabeza, se han encogido todo lo posible. Dos lloran, ¿conmovidos simplemente por el día de fiesta? Uno de ellos quizá tiene únicamente los ojos doloridos, sobre los que aplica fugazmente el pañuelo, todavía doblado, para volver en seguida a inclinar el rostro sobre el texto. Las palabras no son propiamente ni principalmente cantadas, pero tras las palabras vienen unos arabescos formados con una prolongación, fina como un cabello, de esas mismas palabras. El niño que, sin la menor idea del conjunto y sin posibilidades de orientación, con el rumor en los oídos, se abre paso entre la gente aglomerada, dando y recibiendo empellones. El tipo con aspecto de dependiente de comercio, que reza con rápidas sacudidas, lo que debe interpretarse como un intento de dar a cada palabra el énfasis máximo, aunque tal vez incomprensible, protegiendo así su voz; la cual, de todos modos, no conseguiría una acentuación clara en medio de este ruido. La familia del propietario del burdel. En la sinagoga de Pinkas fui conmovido de un modo incomparablemente más intenso por el judaismo.


En Diarios (1910-1913)
Traducción de Feliu Formosa
Imagen: © Bettmann/CORBIS



25/7/2011

Stephen Jay Gould - El niño como verdadero padre del hombre

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La búsqueda de Ponce de León de la fuente de la juventud continúa en las villas de retiro del estado soleado que descubrió. Los alquimistas chinos buscaron en otros tiempos la droga de la inmortalidad aliando la incorruptibilidad de la carne con la permanencia del oro. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a realizar el pacto con el demonio de Fausto a cambio de una vida eterna?

Pero nuestra literatura registra también los problemas potenciales de la inmortalidad. Wordsworth, en su famosa oda, argumentaba que la visión en la infancia del “esplendor de la hierba, de la gloria de la flor” jamás puede ser recuperada, aunque nos aconsejaba: “no os aflijáis, por el contrario, sacad fuerzas de lo que queda atrás”. Aldous Huxley dedicó en una ocasión una novela After Many a Summer dies The Swan a ilustrar la equívoca bendición de la eternidad. Con la consumada arrogancia que tan sólo un millonario americano puede exhibir, Jo Stoyte se embarca en la aventura de comprar su inmortalidad. El científico contratado por Stoyte, el doctor Obispo, descubre que el quinto conde de Gonister ha conseguido prolongar su vida hasta bien entrados los doscientos años de edad por medio de la ingestión diaria de tripas de carpa. Se apresuran hacia Inglaterra, entran a saco en la bien guardada residencia del conde y descubren -con gran horror por parte de Stoyte y profundo regocijo por parte de Obispo- que el conde y su amante se han transformado en monos. La horrible verdad de nuestro origen sale a la luz: evolucionamos reteniendo las características juveniles de nuestros antecesores, un proceso denominado neotenia (literalmente, “mantenimiento de la juventud”).

"Un simio fetal que ha dispuesto de tiempo para crecer”, consiguió decir finalmente el doctor Obispo: “¡Es demasiado gracioso!” Una vez más se vio dominado por la risa… El señor Stoyte le aferró por un hombro sacudiéndole violentamente… “¿Qué les ha ocurrido?” “No es más que el tiempo”, dijo desenfadadamente el doctor Obispo… El antropoide fetal consiguió llegar a su madurez… Sin moverse de donde estaba sentado, el quinto conde orinó en el suelo.

Aldous Huxley tomó el tema de la “teoría de la fetalización” propuesta en los años veinte por el anatomista holandés Louis Bolk (la que probablemente le fuera transmitida por su hermano Julián, quien había estado haciendo importantes investigaciones acerca del retraso de la metamorfosis en los anfibios). Bolk basaba su idea en la impresionante lista de características que compartimos con las etapas juveniles, pero no las adultas de otros primates o de los mamíferos en general. La lista incluye, entre más de veinte importantes caracteres:

1 Nuestro cráneo redondeado y bulboso ,alojamiento de nuestro cerebro, de mayor tamaño. Los simios y monos embrionarios poseen un cráneo similar, pero el cerebro crece con tal lentitud en comparación con el resto del cuerpo que la bóveda craneana se vuelve más baja y relativamente más pequeña en los adultos. Probablemente, nuestro propio cerebro lograra su gran tamaño por medio de la retención de las rápidas tasas fetales de crecimiento.

2 Nuestro rostro “juvenil” ,perfil recto, mandíbulas y dientes pequeños, arcos ciliares débiles. Las mandíbulas igualmente pequeñas de los simios jóvenes crecen relativamente más deprisa que el resto del cráneo, formando en los adultos un hocico pronunciado.

3 Posición del foramen magnum -el agujero de la base de nuestro cráneo del que emerge la médula espinal. Al igual que en los embriones de la mayor parte de los mamíferos, nuestro foramen magnum yace en la parte inferior de nuestro cráneo, apuntando hacia abajo. Nuestro cráneo va montado sobre la parte superior de la espina dorsal, y miramos hacia adelante cuando estamos erguidos. En otros mamíferos, esta localización embrionaria cambia al moverse el foramen a una posición en el cráneo orientada hacia atrás. Esto resulta adecuado para la vida cuadrúpeda ya que la cabeza queda montada delante de las vértebras y los ojos se dirigen hacia adelante. Los tres rasgos morfológicos más frecuentemente citados como marcas de humanidad son nuestro gran cerebro, nuestras pequeñas mandíbulas y nuestra posición erguida. La retención de rasgos juveniles puede haber jugado un importante papel en la evolución de todos ellos.

4 Cierre tardío de las suturas del cráneo y otras señales de calcificación retrasada del esqueleto. Los bebés tienen un “punto blando” de grandes dimensiones, y las suturas existentes entre los huesos de nuestro cráneo no se cierran totalmente hasta bien avanzado el estado adulto. Así, nuestro cerebro puede continuar con su pronunciada expansión postnatal. (En la mayor parte de los demás mamíferos, el cerebro está prácticamente completo en el momento del nacimiento y el cráneo totalmente osificado.) Uno de los principales anatomistas de primates ha comentado: “Aunque el hombre se desarrolla in utero hasta un tamaño mayor que el de cualquier otro primate, su maduración esquelética ha progresado menos en el momento del nacimiento que cualquier mono o simio del que tengamos información relevante.” Tan sólo en los humanos los extremos de los huesos largos y de los dígitos siguen siendo totalmente cartilaginosos a la hora del nacimiento.

5 Dirección ventral del canal vaginal en las mujeres. Copulamos con mayor comodidad cara a cara porque estamos construidos así. El canal vaginal también apunta hacia adelante en los embriones de mamíferos, pero gira hacia atrás en los adultos, y los machos montan por detrás.

6 Nuestro fuerte dedo gordo del pie no rotado y no oponible. El pulgar del pie de la mayor parte de los primates se origina, como el nuestro, en conjunción con sus vecinos, pero gira hacia un costado y se hace oponible a los demás dedos para poder agarrar eficientemente. Al retener un rasgo juvenil que nos dota de un pie más fuerte para caminar, nuestra postura erguida se ve respaldada.

La lista de Bolk resultaba impresionante (esto es tan sólo una pequeña parte de la misma), pero la ligó a una teoría que condenó sus observaciones al olvido y proporcionó a Aldous Huxley su metáfora anti-Fausto. Bolk propuso que habíamos evolucionado por medio de una alteración de nuestro equilibrio hormonal que había retrasado nuestro desarrollo en su totalidad. Escribió:

Si quisiera expresar el principio básico de mis ideas por medio de una frase un tanto fuerte, diría que el hombre, en lo que a su desarrollo corporal se refiere, es un feto de primate que ha alcanzado la madurez sexual.

O, por citar de nuevo a Aldous Huxley:

Existe una especie de equilibrio glandular… Entonces llega una mutación y lo echa abajo. Se obtiene un nuevo equilibrio que, casualmente, retarda la tasa de desarrollo. Se crece; pero tan lentamente que está uno muerto antes de dejar de parecerse al feto de su tataratatarabuelo.

Bolk no rehuyó la implicación obvia. Si debemos nuestros rasgos distintivos a un freno hormonal del desarrollo, entonces ese freno podría fácilmente soltarse: “Notarán ustedes”, escribe Bolk, “que una serie de lo que podríamos llamar rasgos pitecoides se alojan en nosotros en estado latente, a la espera tan sólo de que fallen las fuerzas retardadoras para entrar en actividad de nuevo”.

¡Qué delicada posición para los reyes de la creación! Un simio con su desarrollo frenado en posesión de la chispa de la divinidad gracias tan sólo a un freno químico impuesto sobre su desarrollo glandular.

El mecanismo de Bolk no llegó nunca a obtener excesivo apoyo, pero empezó a resultar cada vez más absurdo al irse estableciendo la teoría darwiniana moderna en el transcurso de los años treinta. ¿Cómo iba a poder un simple cambio hormonal producir una respuesta morfológica tan complicada? No todos nuestros rasgos están retrasados (por ejemplo las piernas largas), y aquellos que lo están exhiben grados variables de atraso. Los órganos evolucionan por separado en respuesta a requerimientos adaptativos diferentes, un concepto que denominamos evolución en mosaico. Desafortunadamente, las excelentes observaciones de Bolk quedaron enterradas bajo el bombardeo de críticas justificadas contra su imaginativo mecanismo. La teoría de la neotenia humana suele quedar hoy en día relegada a uno o dos párrafos en los libros de texto sobre antropología. No obstante, es en mi opinión fundamentalmente correcta; un tema esencial, si no dominante en la evolución humana. Pero, ¿cómo podemos rescatar las insinuaciones de Bolk del seno de su teoría?

Si hemos de basar nuestra argumentación en la lista de rasgos neoténicos, estamos perdidos. El concepto de evolución en mosaico dicta que los órganos evolucionarán de formas distintas para hacer frente a diferentes presiones selectivas. Los seguidores de la neotenia hacen una lista de sus rasgos, los oponentes hacen la suya y rápidamente se llega a una situación de tablas. ¿Quién puede decir qué rasgos son “más fundamentales”? Por ejemplo, recientemente un defensor de la neotenia ha escrito: “La mayor parte de los animales muestran un retardo en algunos rasgos, aceleración en otros… Haciendo balance, opino que en el hombre, por comparación con los demás primates, el retardamiento resulta mucho más importante que la aceleración.” Pero un detractor proclama: “Los rasgos neoténicos… son consecuencias secundarias de los rasgos clave no neoténicos.” La validación de la neotenia como idea fundamental requiere algo más que una lista impresionante de caracteres retardados; debe ser justificada como un resultado esperado de procesos que actúan en la evolución humana.


La idea de la neotenia obtuvo su popularidad inicial como forma de oponerse a la teoría de la recapitulación, una idea dominante en la biología de finales del siglo XIX. La teoría de la recapitulación proclamaba que los animales repiten los estados adultos de sus antecesores en el transcurso de su propio crecimiento embrionario y postnatal, la ontogenia recapitula la filogenia, por recordar la mística frase que todos tuvimos ocasión de aprender en la biología de la escuela superior. (Los recapitulacionistas argumentaban que nuestras hendiduras branquiales embrionarias representaban al pez adulto del que descendemos.) Si la recapitulación fuera una verdad general -cosa que no es- entonces los rasgos tendrían que verse acelerados en el transcurso de la historia evolutiva, ya que los rasgos adultos de los antecesores tan sólo pueden convertirse en las etapas juveniles de sus descendientes si su desarrollo se ve acelerado. Pero los rasgos neoténicos están retardados, dado que los rasgos juveniles de los antecesores se ven retardados para que aparezcan en las etapas adultas de sus descendientes. Así pues, existe una correspondencia general entre el desarrollo acelerado y la recapitulación por una parte y el desarrollo retardado y la neotenia por la otra. Si conseguimos demostrar un retraso general del desarrollo en la evolución humana, entonces la neotenia en los rasgos claves se convierte en algo esperado, no en una simple tabulación empírica.

No creo que pueda negarse al retardamiento su papel como suceso básico de la evolución humana. En primer lugar, los primates en general están retardados con respecto a la mayor parte de los demás mamíferos. Viven más tiempo y maduran más lentamente que otros mamíferos de un tamaño equivalente. La tendencia sigue siendo patente a todo lo largo de la evolución de los primates. Los simios son en general más grandes, maduran más lentamente y viven más tiempo que los monos y los prosimios. La duración y el ritmo de nuestras vidas se han ralentizado aún más espectacularmente. Nuestro período de gestación es sólo ligeramente más largo que el de los simios, pero nuestros bebés nacen con mucho más peso -presumiblemente porque nosotros retenemos nuestra rápida tasa de crecimiento fetal. Ya he comentado el retraso en la osificación de nuestros huesos. Los dientes tardan más en salirnos, maduramos más lentamente y vivimos más tiempo. Muchos de nuestros órganos siguen creciendo largo tiempo después de que el crecimiento de órganos comparables se haya detenido en otros primates. Al nacer, el cerebro de un mono Rhesus tiene el 65 % de su tamaño final, el chimpancé tiene un cerebro que es el 40,5% de su tamaño definitivo, pero en nuestro caso, tan sólo alcanzamos el 23%. Los chimpancés y los gorilas llegan al 70% del tamaño final del cerebro a principios de su primer año de vida; nosotros no alcanzamos  este valor hasta principios de nuestro tercer año. W. M. Crogman, nuestro principal experto en crecimiento infantil ha escrito: “El hombre ostenta de modo absoluto el más extenso período de primera infancia, niñez y juventud de todas las formas de vida, es decir, es un animal neoténico o de largo crecimiento. Casi un treinta por ciento de su vida está dedicada al crecimiento.”

Este retardamiento de nuestro desarrollo no nos garantiza que vayamos a conservar proporciones juveniles como adultos. Pero dado que la neotenia y el desarrollo retardado suelen estar ligados, el retardo sí nos ofrece un mecanismo para una retención fácil de cualquier rasgo juvenil adecuado al estilo de vida adulta de la descendencia. De hecho, los rasgos juveniles son un almacén de adaptaciones potenciales para los descendientes y pueden ser fácilmente utilizados si el desarrollo se ve fuertemente retardado en el tiempo (por ejemplo el pulgar no oponible del pie y la cara pequeña de los primates fetales, como discutíamos anteriormente). En nuestro caso, la “disponibilidad” de rasgos juveniles marcó claramente el sendero hacia muchas de nuestras adaptaciones distintivas.

¿Pero cuál es el significado adaptativo del desarrollo retardado en sí? La respuesta a esta pregunta probablemente se encuentre en nuestra evolución social. Somos preeminentemente un animal que aprende. No somos particularmente fuertes, rápidos, ni estamos especialmente bien diseñados; no nos reproducimos con rapidez. Nuestra ventaja radica en nuestro cerebro y en su notable capacidad para aprender de la experiencia. Para dar más relieve a nuestro aprendizaje, hemos alargado nuestra infancia retrasando la maduración sexual con su añoranza adolescente de la independencia. Nuestros niños se ven atados durante periodos más largos a sus padres, incrementando así la duración de su aprendizaje y fortaleciendo simultáneamente los lazos familiares.

Este argumento es viejo, pero soporta bien la edad. John Locke (1689) alababa nuestra larga infancia por su capacidad para mantener a los padres unidos: “Por lo cual no puede uno sino admirar la sabiduría del Gran Creador que… ha hecho necesario que la sociedad de hombre y esposa resulte más duradera que la del macho y la hembra entre las demás criaturas, para que así su laboriosidad pueda verse respaldada y sus intereses mejor unidos para proveer y guardar bienes para sus descendientes.” Pero Alexander Kope (1735) lo dijo aún mejor, y encima en heroicos versos:

La bestia y el ave atienden su carga común 
Las madres la crían, y los señores la defienden
Los jóvenes son despedidos para que recorran la tierra y los aires 
Ahí acaba el instinto, y ahí acaban las preocupaciones.
La indefensa familia del hombre exige más largos cuidados, 
Esos largos cuidados configuran ataduras más duraderas.


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