30 de jun. de 2011

César Bruto Hijo de madre viuda

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El ser hijúnico de madre viuda, o sea no tener arriba del mundo más familia que la madre noble que nos da la vida y uno agarra y les paga con ser ingrato, como dise el tango de josE betinotI que mi tío aquileZ lo guarda en disco y lo toca cuando está triste y le viene el surmenaje de ser guérfano y seacuerda de que cuando era chico y la vieja dél le desía sienpre: –Seguí una carrera, quel que tiene carrera nunca se muere de hanbre, migito... Pero mi tío aquileZ salió de mala cabesa y más le gustó sienpre ir a juntarse con los tipo de ideas avansada, o sea narquista, y en vez de salir un lindo tenedoR de librO como quería su buena y dulse viegita, que adentro de la gloria estea, o costrutor de obrA como quería su padre, se vino masimalista, partaquista, nilista y otra montonera de cosas rusa que lúnico que ganó fué que lo metieran preso por alterante del órden, y sienpre él seacuerda de que cuando fué la guelga de lo de vasenA y searmó la semanA trájicA él fabricaba los petardo en casa y los guardaba adentro de la cosina económica sin desirle nada a mi vieja, la cual, inosente y buena, un día prendió la cosina sin darse cuenta la reventó toda de arribabajo, y del susto nasió mi hermano Unberto, el 7 mesino, y tan efedto le hiso que todavía cuando siente sonar un cuete el pobre agarra y se escuende abajo de la cama, sin duda porque se acuerda del día que nasió y de la esplosión o a lo mejor tiene miedo de naser otra vez, quien sabe.

Yo de ser hijúnico de madre viuda no dejaría nunca de que nadies la ofendiera a mi vieja sin sacar la cara y defenderla, ques lo que tiene que haser un hijo que tenga aunque más no sea un poco de sangre en la cara. Y si no la puede defender, agarrar y salir en busca de un buen vijilante que venga en nonbrede la leY y con el rebólver le dea al insolente una lesión deducasión, a meno que quiera entender por las buena y pague los danios y perjuisios que son deacuerdo con la plata que tenga o en su defedto con cosas de comer o bevida. Otra cosa de ser hijúnico de madre viuda es la ventaja de salbarse de haser la coscrición, los hijos que son honbres, porque las que son muger no hasen el soldado y se pasan la gran vida adentro de la casa endemientra los honbre van al canpo de batalia y se matan peliando propio como liones, sienpre que el tipo no sea un cobarde y piense que lo mejor es tirarse a chanta adentro de una sanja y dejar que losotro arreglen el lío tirándose balas, lo cual si uno lo mira bien no está mal, porque adentro del canpo de batalia es fásil ligarse una linda bala perdida que se le incustre en la cabesa y lo mate. Si todavía uno tendría la seguridá de que la bala le pega en alguna pierna, baya y pase, porquentonses lo lebantan entre todos y lo lieban alospital, adonde le dan caldo de gayina y nunca falta una linda enfermera que le pone el termómetro abajo de la asila, o sea la parte de abajo del braso ques adonde se escuende la fiebre y hay que ir a buscarla escarbando con el termómetro.

Otra bentaja de ser hijúnico es porque no teniendo más hermano que yo solo yo sería el más mimosiento de mi vieja y la ropa que me conpraría sería a medida de mi cuerpo, y no como cuando yo era chico que tenía que esperar quel viejo le dejara los trages a mi hermano el mayor, que mi hermano el mayor se lo dejara al otro hermano más menor, y así consecutivamente hasta que me tocaba el turno, o sea que una vez que le fui a dar la mano a una tía mía en la cálie, la tipa sacó una moneda y me la dió confundida de que yo era un méndigo. Aquel día me recuerdo que me saltaron las lágrima, no sólo porque la moneda era de sinco, que total mi tía no era una bacana para dar más limosna, sino porque me di cuenta de que con aquelia ropa yo nunca iba a ser nada arriba de la vida y meno liegar a doptoR o presidente del paíx, cosa que puede ser cualquiera, sienpre y cuando haiga elesiones linpia y cuartoscuro y no se metan a votaR las mugeres, porque si las muger agarran y botaN enfija que seligen entre élias, y si con un presidente honbre el paíx va como la mona, mimajino la cosa que pasaría si lo comandase alguna muger que ya bastante trabajo tiene con cuidar la casa, los hijo y desirle a los cobrador que venga el mes que viene porque este mes no le alcansa por la poca plata que le dejó el marido.

La maternidá, ya sea en la muger o en el honbre, es lo que da la grandesa al paíx, y un matrimonio que no tiene tan siquiera un hijo para refregarle por la cara a los parientes, es un muerto que camina.



Crónicas de Viage
En Lo que me hubiera gustado ser a mí si no fuera lo que yo soy




29 de jun. de 2011

Matsuo Basho - El santuario de Kehi-no-Myo

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Las nubes cubrieron al Monte Blanco pero del otro lado apareció el monte de Hina; cruzamos el puente de Asamutsu y llegamos a Tamae; las cañas de Tamae ya ostentaban henchidas espigas; atravesamos el Paso del Ruiseñor y el de la montaña de Yunoo y llegamos al castillo de Hiuchi; en el monte Kaeru oímos los primeros gritos de los gansos salvajes y en el puerto de Tsuruga, la tarde del día catorce del Octavo Mes, encontramos alojamiento. Esa noche la luna lucía extraordinariamente clara. Le dije al dueño de la posada: “Ojalá aparezca tan clara la de mañana, que es la luna llena”. Me contestó: “En estas tierras del norte no se sabe nunca cómo será la luna de mañana”, y nos sirvió saké. Más tarde fui a visitar el Santuario de Kehi-no-Myo-jin, que fue del emperador Chuai. Es imponente. La luz de la luna atravesaba los pinos y caía sobre las blancas arenas, frente al santuario. Era como si hubiese caído una helada. El posadero me contó que el segundo bonzo Yugyo, hace mucho, había hecho el voto de arreglar la senda y él mismo había cortado las yerbas y apisonado las piedras y la tierra. Desde entonces los bonzos de este templo siguen su ejemplo, llevan arena al santuario y hoy los visitantes encuentran un camino sin asperezas:

Sobre la arena
esparcida por Yugyo
luna clarísima.

El día quince, como había anunciado el dueño de la posada, llovió.

¿Luna de otoño?
Promesas y perjurios,
Norte cambiante.



En Sendas de Oku
Traducción: Octavio Paz



28 de jun. de 2011

Elías Canetti - El suplicio de las moscas (fragmento)

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En tiempos de gran desconfianza uno crea personajes misteriosos y temibles a partir de las personas que conoce bien o con las que ha hablado recientemente: te dicen cosas taimadas y execrables con la peor intención. Les replicas con acritud. Y su respuesta es aún más acre. Su único propósito es irritarte más y más, hasta que la rabia y el miedo te hacen perder todo recato y les muestres sus peores rasgos, exagerados hasta lo demoníaco. Palidecen, incluso es posible que se hagan los muertos por un tiempo. Pero de pronto te asaltan de nuevo, preferiblemente por la espalda. Te enzarzas en interminables diálogos con ellos. Siempre te comprenden y tú siempre les comprendes, todo es uniformemente diáfano en su hostilidad. Es probable que quieran devorarte, y la parte de tu cuerpo más próxima a ellos es la más amenazada. Retiras la mano de golpe, escondes tu hígado, enrollas la lengua, aunque sigas usándola con fruición. Esa figura hostil presenta un contorno preciso sólo por el odio que expresa y que tú le devuelves. Pero no puede morderte en cualquier parte, posee una limitación muy específica, pues depende de ti. Surgió como una estela de humo y como una estela ondea de un lado a otro a nuestro arbitrio. Tiembla, se hincha, invertebrada, y a veces pienso que es una reminiscencia del tiempo en que vivíamos en el fondo del mar y nos atacaban criaturas informes.

Pero, en cuanto la persona a la que el personaje debe su nombre se acerca a nosotros, éste se disuelve en la nada, y por un instante nos sentimos confiados y alegres.


1992


Traducido del alemán por
Cristina García Ohlrich
Barcelona, De Bolsillo, 2008 


27 de jun. de 2011

Enrique Lihn - Muchachas

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    Altas voces perdidas de un coro de muchachas;
ellas siempre ignoraron las reglas del diálogo, pero
            lo que se escucha, a nuestra edad, es el canto,
y suena a Mozart esa pajarería, el triunfo bizantino
             de una ciudad de jaulas
donde todas las lenguas se confunden en un
cotorreo ritual transfundido en la luz. Risa en que
             el cielo abunda, todo lo que reluce es
             alegría del sol,
y la alegría irrecuperable, en todo instante, para
              siempre,
para esos fantasmas, compañeros de Ulises.


   Jóvenes de otra edad, los años se cumplieron por
            sí mismos, diríase
que el mar se allanó, sin duda, a devolverle.
              Primavera distinta a cada una de sus partes:
              siete otoños por cabeza
a la comparsa fiel, ducha en murmuraciones.
El ocio abstraído en calcular otras islas, y, para él,
             un nido de sirenas
en cada noche de amor: el tiempo de un Zenón feliz,
             uno e inmóvil;
a nosotros el remo, y luego el báculo.


En el jardín, la música de la sangre y el mundo:
             secreto a voces de la primavera
que enguirnalda una fiesta que no es para nosotros
los pobres invitados de honor, esta comparsa.
Y en el salón, junto a la gente seria, nuestros años
             perdidos, murmurando
su gastada ansiedad para siempre incalmable:
               fórmulas bizantinas
de encantamiento en Mozart y feos pensamientos.






En Poesía de paso

26 de jun. de 2011

Dashiell Hammett - Sombra en la noche

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Un sedan con los faros apagados estaba parado en el arcén, más arriba del puente de Piney Falls. Cuando lo adelanté, una chica asomó la cabeza por la ventanilla y dijo:

—Por favor.

Aunque su tono era apremiante, no contenía la suficiente energía como para volverlo desesperado o perentorio.

Frené y puse la marcha atrás. Mientras hacía esta maniobra, un tipo se apeó del coche. A pesar de la débil luz vi que se trataba de un joven corpulento. Señaló en la dirección que yo llevaba y dijo:

—Amigo, sigue tu camino.

—Por favor, ¿quieres llevarme a la ciudad? —preguntó la chica. Tuve la sensación de que intentaba abrir la portezuela del sedan. El sombrero le cubría un ojo.

—Encantado —respondí.

El joven que estaba en la carretera dio un paso hacia mí, repitió el ademán y ordenó:

—Eh, tú, esfúmate.

Bajé del coche. El hombre de la carretera echó a andar hacia mí, cuando del interior del sedan surgió una voz masculina áspera y admonitoria..

—Tranquilo, Tony, tranquilo. Es Jack Bye.

La portezuela del sedan se abrió y la chica se apeó de un salto.

—¡Ah! —exclamó Tony e, inseguro, arrastró los pies por la carretera. Al ver que la chica se dirigía a mi coche, gritó indignado— ¡Oye, no puedes largarte con...!

La chica ya estaba en mi dos plazas, y murmuró:

—Buenas noches.

Tony me hizo frente, meneó testarudamente la cabeza y empezó a decir:

—Que me cuelguen antes de permitir que...

Lo sacudí. Fue un buen golpe porque le di duro, pero estoy convencido de que podría haberse levantado si hubiese querido. Le concedí unos segundos y pregunté al tipo del sedan, al que seguía sin ver:

—¿Te parece bien?

—Tony se recuperará —respondió deprisa—. Lo cuidaré.

—Muy amable de tu parte.

Subí a mi coche y me senté junto a la chica. Empezaba a llover y comprendí que no me libraría de calarme hasta los huesos. En dirección a la ciudad nos adelantó un cupé en el que viajaban un hombre y una mujer. Cruzamos el puente detrás de ellos.

—Has sido realmente amable —declaró la chica—. La verdad es que no corría el menor peligro, pero fue..., fue muy desagradable.

—No son peligrosos, pero pueden volverse... muy desagradables —coincidí.

—¿Los conoces?

—No.

—Pues ellos te conocen a ti. Son Tony Forrest y Fred Barnes —no dije nada. La chica añadió: 

Te tienen miedo.

—Soy un desesperado. 

La chica rió.

—Y esta noche has sido muy amable. No me habría largado sola con ninguno, aunque pensé que con los dos... —se subió el cuello del abrigo—. Me estoy mojando.

Volví a parar y busqué la cortinilla correspondiente al lado del acompañante.

—De modo que te llamas Jack Bye —dijo mientras colocaba la cortinilla.

—Y tú eres Helen Warner.

—¿Cómo lo sabes? —se acomodó el sombrero.

—Te tengo vista —terminé de colocar la cortinilla y volví a montar en mi dos plazas.

—¿Sabías quién era cuando te llamé? —preguntó en cuanto volvimos a rodar por la carretera.

—Sí.

—Hice mal en salir con ellos en esas condiciones.

—Estás temblando.

—Hace frío.

Añadí que, lamentablemente, mi petaca estaba vacía.

Habíamos entrado en el extremo oeste de Heilman Avenue. Según el reloj de la fachada de la joyería de la esquina de Laurel Street eran las diez y cuatro. Un policía con impermeable negro estaba recostado contra el reloj. Yo no sabía lo suficiente sobre perfumes como para distinguir el que llevaba la chica.

—Estoy aterida —declaró—. ¿Por qué no paramos en algún sitio a tomar una copa?

—¿Estás segura de que es lo que quieres?

Mi tono debió de desconcertarla, pues giró rápidamente la cabeza para mirarme bajo la tenue luz.

—Me encantaría, a menos que tengas prisa —respondió.

—Voy bien de tiempo. Podemos ir a Mack’s. Sólo queda a tres o cuatro calles pero... es un local para negros.

La chica rió.

—Lo único que espero es que no me envenenen.

—No lo harán. ¿Estás segura de que quieres ir?

—No tengo la menor duda —exageró sus temblores—. Estoy helada, y es temprano.

Toots Mack nos abrió la puerta. Por la amabilidad con que inclinó su cabeza negra, calva y redonda, y por el modo en que nos dio las buenas noches, supe que lamentaba que no hubiésemos ido a otro bar, pero sus sentimientos me traían sin cuidado. Dije con demasiada exaltación:

—Hola, Toots. ¿Cómo te trata la noche?

Sólo había unos pocos parroquianos. Ocupamos una mesa en el rincón más alejado del piano. Súbitamente la chica clavó la mirada en mí, y sus ojos tan azules se tomaron muy redondos.

—En el coche me pareció que veías —comenté.

—¿Cómo te hiciste esa cicatriz? —me interrumpió y se sentó.

—¿Ésta? —me toqué la mejilla con la mano—. Fue hace un par de años, en una pelotera. Deberías ver la que tengo en el pecho.

—Algún día iremos a nadar —añadió alegremente—. Siéntate de una vez y no hagas que espere más esa copa.

—¿Estás segura...?

Se puso a tararear y siguió el ritmo tamborileando con los dedos sobre la mesa.

—Quiero una copa, quiero una copa, quiero una copa —su boca pequeña, de labios llenos, se curvaba hacia arriba, sin ensancharse, cada vez que sonreía.

Pedimos nuestros tragos. Hablamos demasiado rápido. Hicimos chistes y reímos aunque no tuvieran gracia. Hicimos preguntas —entre ellas, el nombre del perfume que llevaba— y prestamos demasiada o ninguna atención a las respuestas. Cuando creía que no lo veíamos, Toots nos miraba severamente desde detrás de la barra. Todo era bastante malo.

Tomamos otra copa y propuse:

—Bueno, vámonos.

La chica estuvo bien, pues no se mostró impaciente por irse ni por quedarse. Las puntas de su cabello rubio ceniza se curvaban alrededor del ala del sombrero, a la altura de la nuca.

Al llegar a la puerta dije:

—Mira, en la esquina hay una parada de taxis. Supongo que no te molestará que no te acompañe a casa.

Me cogió del brazo.

—Claro que me molesta. Por favor... —la acera estaba mal iluminada. Su rostro parecía el de una niña. Apartó la mano de mi brazo—. Pero si prefieres....

—Creo que lo prefiero.

La chica añadió lentamente:

—Jack Bye, me caes bien y te agradezco mucho que...

—Está bien, no te preocupes —la interrumpí, nos dimos la mano y yo volví a entrar en el despacho clandestino de bebidas.

Toots seguía detrás de la barra. Se acercó y dijo, meneando la cabeza con pesar:

—No deberías hacerme estas cosas.

—Lo sé y lo lamento.

—No deberías hacértelas a ti mismo —acotó con la misma tristeza—. Chico, no estamos en Harlem, y si el viejo juez Warner se entera de que su hija sale contigo y viene aquí, puede ponemos las cosas difíciles a los dos. Me gustas, pero debes recordar que por muy clara que sea tu piel, o por mucho que hayas ido a la universidad, no dejas de ser negro.

—¿Y qué coño crees que quiero ser? —repliqué—. ¿Un chino?


1924

Imagen: © John Springer Collection/CORBIS


25 de jun. de 2011

Henri Michaux: expresionismo y vanguardia en pintura

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1937. Gouache sobre fondo negro. 24 x 35 cm. Colección particular



1938. Gouache sobre fondo negro. 32 x 24 cm.
Musée National d'Art Moderne.
Centre Georges Pompidou. París. Francia



 1937. Gouache sobre fondo negro. 24 x 35 cm. Colección particular



1939. Acuarela sobre papel. 18 x 16 cm.
Colección galería Di Meo. París. Francia



 1939. Óleo sobre tela. 24 x 16 cm.
Colección Jean Hugues. París. Francia



1942. Acuarela sobre papel. 26 x 40 cm. Colección particular



1982. Óleo sobre tela. 40 x 33 cm. Colección particular.





Fuente: Ciudad de la pintura

24 de jun. de 2011

Isaac Bashevis Singer - El enemigo

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1

Durante la segunda guerra mundial un buen número de escritores y periodistas judíos lograron llegar a los Estados Unidos vía Cuba, Marruecos e incluso Shanghai..., y todos ellos eran refugiados polacos. No siempre seguía las noticias sobre su llegada que aparecían en la prensa judía de Nueva York, por lo que nunca sabía qué colegas míos seguían con vida y cuáles habían perecido. Una tarde estaba sentado en la Biblioteca Pública que hay en el cruce de la Quinta Avenida con la calle Cuarenta y Dos y leía Los fantasmas de los vivos, de Gurney, Mayers y Podmor, cuando sentí que alguien me tocaba el codo. Un hombrecillo de frente muy despejada y cabellos negros que ya empezaban a encanecer estaba mirándome; llevaba unas gafas con montura de concha y tenía los ojos rasgados, igual que un chino. Me sonrió, mostrándome unos grandes dientes amarillentos. Tenía las mejillas chupadas, la nariz pequeña y un labio superior bastante grueso. Vestía una camisa arrugada y una corbata que le colgaba del cuello como si fuera una cinta para envolver regalos. Su sonrisa expresaba la astuta satisfacción de un amigo íntimo del pasado que se da cuenta de que no se le reconoce: estaba claro que disfrutaba con mi confusión. La verdad es que yo recordaba su rostro pero no lograba relacionarlo con ningún nombre. Es posible que las largas horas pasadas en aquella silla leyendo historias sobre telepatía, clarividencia y la vida más allá de la muerte hubieran logrado embotar un poco mis sentidos.

—Me ha olvidado, ¿eh? —dijo—. Vergüenza debería darle... Soy Chaikin.

En cuanto mencionó su nombre lo recordé todo. Escribía folletines para un periódico judío en Varsovia. Habíamos sido amigos. En aquellos tiempos incluso habíamos llegado a tutearnos, aunque él era veinte años mayor que yo.

—Así que sigue vivo —dije.

—Si a esto le llama estar vivo... ¿Tanto he envejecido?

—Sigue siendo el mismo schlemiel.

—No exactamente el mismo. Creía que estaba muerto, ¿verdad? Me faltó muy poco para estarlo. Salgamos de aquí y vayamos a tomar un vaso de café. ¿Qué está leyendo? ¿Ya ha aprendido el inglés?

—Lo suficiente para leer.

—¿Y de qué trata ese libro tan grueso?

Se lo dije.

—Entonces, ¿sigue interesado en todas esas tonterías?

Me puse en pie. Salimos de la sala de lectura, cruzamos la Sala de Catálogos y bajamos en el ascensor hasta la salida de la calle Cuarenta y Dos. Entramos en una de las cafeterías que había en esa calle. Quise invitarle a cenar pero Chaikin me aseguró que ya había comido. Lo único que deseaba de mí era un vaso de café bien fuerte.

—Me gustaría que estuviese caliente —dijo—. El café norteamericano nunca está lo bastante caliente. Además, odio el azúcar que usan. ¿Cree que podría encontrar algún terrón para que lo mastique?

Tuve que discutir con la chica de la barra para conseguir que me sirviera el café en un vaso y me diera un terrón de azúcar para un recién llegado que echaba de menos las viejas costumbres, pero no quería que Chaikin se metiera con Norteamérica. Ya tenía mis primeros papeles y estaba a punto de convertirme en ciudadano. Le llevé su vaso de café solo y una galleta de huevo como las que solían hornear en Varsovia. Chaikin la cogió con sus dedos amarillos de tanto fumar, la partió y probó un trocito.

—Demasiado dulce.

Encendió un cigarrillo y luego otro, hablando sin parar, y no pasó mucho tiempo antes de que el cenicero de nuestra mesa estuviera lleno de colillas y ceniza.

—Supongo que ya sabe que durante los últimos años estuve viviendo en Río de Janeiro —me dijo—. Siempre leía sus historias en The Forwerts. Si he de serle sincero, hasta hace poco pensaba que esa obsesión suya por la superstición y los milagros no era más que una excentricidad..., o quizá una afectación literaria. Pero me ha ocurrido algo que no consigo comprender.

—¿Ha visto un fantasma?

—Sí. Podría decirse que sí.

—Bueno, ¿y a qué está esperando? Me encanta oír ese tipo de historias, sobre todo si vienen de un escéptico como usted.

—La verdad es que no me gusta hablar de ello. Estoy dispuesto a admitir que quizá haya un Dios incapaz de hacer funcionar correctamente este mundo miserable, pero jamás creí en esas tonterías que tanto le gustan. Sin embargo, a veces te topas con algo para lo que no hay ningún tipo de explicación racional. Lo que me ocurrió..., bueno, parece una locura. O me pasé todos esos días fuera de mis cabales o estuve sufriendo una alucinación muy prolongada. Y, sin embargo, aún no estoy del todo loco. Probablemente sabrá que el estallido de la guerra me pilló en Francia. Cuando crearon el Gobierno de Vichy tuve ocasión de escapar a Casablanca, y de ahí llegué al Brasil. En Río tienen un pequeño periódico judío y me hicieron editor. Por cierto, volví a publicar casi todos sus cuentos... Río es preciosa pero ¿qué se puede hacer allí? Bebía su café amargo y garrapateaba mis artículos. Las mujeres de allí..., eso ya es otra historia. Debe de ser cosa del clima. Exigen amor con tanto entusiasmo que pueden poner en peligro hasta a un viejo solterón. Aproveché la primera ocasión y me marché a Nueva York. No hace falta que le diga que conseguir el visado no fue fácil. Zarpé en un barco argentino que tardó doce días en llegar a Nueva York.

»Cada vez que navego sufro una especie de crisis. Cuando estoy en un barco o en un hotel nunca sé orientarme. No logro encontrar mi habitación. Naturalmente, viajaba en clase turista y compartía mi camarote con un griego y dos italianos. El griego era un tipo bastante raro que no paraba de farfullar para sí mismo. No entiendo el griego pero estoy seguro de que maldecía. Quizá hubiera dejado atrás a una esposa joven y los celos le hacían sufrir. De noche, cuando estábamos a oscuras, sus ojos brillaban igual que los de un lobo. Los dos italianos parecían mellizos..., bajitos y gordos como toneles. Se pasaban el día y la mitad de la noche hablando entre ellos y se echaban a reír cada cinco o diez minutos. El italiano me es casi tan desconocido como el griego y traté de hacerme comprender hablando en mi mal francés. Como si le hablase a la pared... No me hicieron ni caso. El mar siempre mi irrita la vejiga. Cada noche tenía que orinar diez veces, y bajar por la escalerilla de mi litera era un auténtico suplicio.

»Temía que me obligaran a pasar las comidas sentado con otras personas cuyo lenguaje no comprendía, pero me dieron una mesita individual cerca de la entrada. Al principio me sentí feliz. Pensé que podría comer en paz, pero nada más ver a mi camarero supe que íbamos a ser enemigos. Para odiar no hacen falta razones. Los argentinos no suelen ser muy corpulentos, pero aquel tipo era muy alto y tenía unos hombros anchísimos: era un auténtico gigante. Tenía los ojos de un asesino. Cuando se acercó por primera vez a mi mesa me lanzó tal mirada que me hizo estremecer. Su rostro se contorsionó y se le desorbitaron los ojos. Intenté hablarle en francés y luego probé con el alemán, pero él se limitó a menear la cabeza. Le pedí el menú por señas y me hizo esperar media hora. En cuanto le pedía algo, fuera lo que fuese, se me reía en la cara y me traía otra cosa. Tiraba los platos sobre la mesa con un golpe seco. Resumiendo, aquel camarero me había declarado la guerra. Me trataba con tanto desprecio que me ponía enfermo. Estaba en sus manos tres veces al día y siempre hallaba nuevas formas de maltratarme. Intentó servirme costillas de cerdo, aunque yo siempre se las devolvía intactas. Al principio pensé que sería nazi y quería hacerme daño porque sabía que yo era judío. Pero no se trataba de eso. En la mesa contigua había una familia judía. La mujer incluso llevaba un broche con la Estrella de David, pero él les servía de forma muy correcta y hasta hablaba con ellos. Acudí al encargado del comedor y le pedí que me diera otra mesa, pero o no me comprendió o fingió no hacerlo. En el barco había bastantes pasajeros judíos y no me habría resultado difícil hacer amistades, pero me encontraba tan deprimido que me sentía incapaz de hablar con nadie. Acabé haciendo el esfuerzo de acercarme a alguien y me dio la espalda. La verdad es que a esas alturas ya empezaba a sospechar que alguna fuerza maligna trabajaba contra mí. No podía dormir. Me despertaba sobresaltado nada más conciliar el sueño. Tenía unas pesadillas horribles, como si alguien me hubiera echado una maldición. El barco poseía una pequeña biblioteca que incluía unos cuantos libros en francés y alemán. Estaban guardados en un armarito de cristal. Le pedí un libro a la bibliotecaria; me miró, frunció el ceño y se dio la vuelta.

»"Millones de judíos están siendo insultados y torturados en los campos de concentración —me dije—. ¿Por qué habría de tener más suerte que ellos?" Traté de portarme como un cristiano, aunque fuera por una vez, y quise responder al odio con amor. No funcionó. Pedí patatas y el camarero me trajo un bol de espaguetis fríos con un queso que apestaba. "Gracias", le dije, pero aquel hijo de perra no me respondió. Me lanzó una mirada llena de un burlón desprecio. A veces los ojos de un hombre son más reveladores que cualquier palabra de un idioma... A veces basta con su boca o sus dientes. Todas aquellas ofensas no me preocupaban demasiado, pero la curiosidad me devoraba. Si lo que me estaba ocurriendo no era un mero producto de mi imaginación, tendría que hacer una revisión global de todos mis valores..., tendría que volver a las supersticiones de las eras más primitivas del hombre. Este café está helado.

—Ha dejado que se enfriara.

—Bah, olvídelo.

2

Chaikin apagó el último cigarrillo de su paquete.

—No sé si lo recordará, pero siempre he fumado mucho. Desde ese viaje enciendo un cigarrillo con la colilla del otro... Pero permítame seguir con la historia. El viaje duró doce días y cada día era peor que el anterior. Al final acabé dejando de comer. Empecé saltándome el desayuno. Después decidí que una comida al día era suficiente, por lo que sólo iba al comedor para cenar. Cada día era Yom Kippur. Si al menos hubiera encontrado un sitio donde estar tranquilo... Pero la clase turista estaba repleta. Las italianas se pasaban el día en las tumbonas cantando a voz en grito. El bar estaba lleno de hombres que jugaban a las cartas, las damas y el dominó mientras se bebían inmensas jarras de cerveza. Cuando pasamos el ecuador aquello se convirtió en una auténtica Gehenna. Me despertaba en plena noche para subir a cubierta y una ráfaga de calor que parecía salir de un horno me golpeaba el rostro. Tenía la sensación de que un cometa estaba a punto de chocar con la Tierra y haría hervir el océano. Las puestas de sol del ecuador son increíblemente hermosas... y aterradoras. La noche cae de repente. Es de día y un segundo después todo está sumido en la oscuridad. La luna es tan grande como el sol y de un color rojo sangre. ¿Ha viajado alguna vez por aquellas latitudes? Solía tumbarme en cubierta y dormitaba allí para escapar de los dos italianos y el griego. Había aprendido un pequeño truco: siempre robaba algo del comedor, lo que fuese..., un trozo de queso, un panecillo, un plátano. Cuando mi enemigo descubrió que me llevaba comida al camarote se volvía loco de rabia. Una vez cogí una naranja y me la quitó de las manos. Pensé que iba a darme una paliza. Estaba realmente convencido de que podía intentar envenenarme y dejé de probar todo alimento cocinado.

»La cena del capitán se celebró dos días antes de la llegada a Nueva York. Decoraron el comedor con farolillos, guirnaldas y todo ese tipo de tonterías. Cuando entré en el comedor apenas lo reconocí. Los pasajeros llevaban trajes de noche, fracs..., de todo. Sobre las mesas había sombreros de papel y turbantes de color oro y plata, trompetas y las baratijas habituales en esas celebraciones. Los menús tenían cintas y borlas y eran más grandes que de costumbre. Sobre mi mesa había un gorro de bufón, dejado allí por mi enemigo.

»Tomé asiento y, dado que la mesa era pequeña y no estaba de humor para esas tonterías, tiré el gorro al suelo. Aquella noche tuve que esperar más que nunca. Sirvieron sopas, pescado, carne preparada de varias formas, compotas y pasteles, y yo seguía sentado ante mi plato vacío. Al oler la comida la boca se me hacía agua. Llevaba más de una hora esperando, cuando el camarero vino corriendo hasta mi mesa y me puso el menú en la mano con tal brusquedad que me rasgó la piel entre el pulgar y el índice. Entonces vio el gorro de bufón en el suelo. Lo cogió y me lo encasquetó en la cabeza con tanta violencia que me cayeron las gafas. Me negué a hacer el ridículo sólo para complacer a aquel canalla y me quité el gorro. Cuando lo vio empezó a gritar en su idioma y me amenazó con el puño. No quiso anotar lo que quería y se limitó a traerme pan seco y una jarra de vino rancio. Tenía tanta hambre que me comí el pan y me bebí el vino. Los sudamericanos siempre se toman muy en serio la cena del capitán. Cada dos o tres minutos se oía el estampido de una botella de champán al ser descorchada. La orquesta tocaba a toda velocidad. Parejas de ancianos gordos bailaban en la pista. Cuando pienso en lo que ocurrió ya no me parece tan terriblemente dramático, pero entonces habría dado un año de mi vida por saber cuál era la razón de que aquel canalla me atormentara con tanta crueldad. Mi única esperanza era que alguien se diese cuenta de lo que me hacía, pero a nadie parecía importarle. De hecho, tuve la impresión de que mis vecinos más próximos se reían de mí..., incluso los judíos. Ya sabe cómo funciona el cerebro en esa clase de situaciones.

»Viendo que no iba a conseguir más comida, decidí volver a mi camarote. Ni el griego ni los italianos estaban allí. Trepé por la escalerilla que llevaba hasta mi litera y me acosté con la ropa puesta. El mar estaba bastante embravecido y sobre mi cabeza resonaban los gritos, la música y las risas del gran salón. Se lo estaban pasando maravillosamente.

»Me sentía tan cansado que me dormí en seguida. No recuerdo haber caído nunca en un sopor tan profundo. La cabeza me pesaba tanto que parecía atravesar la almohada. Tenía los miembros entumecidos. Quizá sea lo que se siente al morir. Y de repente me desperté sobresaltado, con una terrible punzada de dolor atravesándome la vejiga. Necesitaba orinar. Tengo la próstata demasiado grande y sólo Dios sabe cuántas cosas más... Mis compañeros de camarote no habían regresado. El suelo de los pasillos estaba cubierto de vómitos. Satisfice mi necesidad y decidí subir a cubierta para tomar un poco el aire. Los tablones de la cubierta se veían limpios y húmedos, como si acabaran de fregarlos. El cielo estaba lleno de nubes, el oleaje era bastante fuerte y el barco se agitaba violentamente de un lado para otro. Hacía demasiado frío para quedarse mucho rato, pero yo estaba decidido a aspirar unas cuantas bocanadas de aire fresco y traté de dar un paseo.

»Y entonces ocurrió aquello que aún sigue pareciéndome imposible. Llegué a la barandilla de popa y me di la vuelta. Pero no estaba solo como creía. Vi a mi camarero. Me estremecí. ¿Habría estado acechando en la oscuridad, aguardándome? Aunque sabía que era él, daba la impresión de estar hecho de niebla. Venía hacia mí. Intenté huir pero un bandazo del barco me hizo caer en sus manos. No puedo describirle lo que sentí en ese instante. Cuando aún no era más que un mocoso yeshiva, oí como un gato atrapaba a un ratón en plena noche. Han pasado casi cuarenta años pero el chillido de aquel ratón sigue acosándome. La desesperación de cuanto estaba vivo gritaba por boca de aquel animalito. Yo había caído en las garras de mi enemigo y su odio me era tan incomprensible como el del gato para el ratón. No necesito decirle que no tengo madera de héroe. Siempre he rehuido las peleas, incluso de joven. Mi naturaleza me impide levantar la mano contra alguien pero, aun así, descubrí que estaba dispuesto a ofrecerle resistencia. Le empujé y él me empujó. Luchamos, y empecé a preguntarme si aquel hombre podía ser mi archienemigo del comedor. El camarero podría haberme matado de un solo puñetazo. El hombre con quien luchaba no era el gigante a quien tanto temía. Sus brazos parecían estar hechos de goma, de gelatina, de plumas..., no se me ocurre otra manera de expresarlo. Sus empujones apenas tenían fuerza, y logré hacerle retroceder. No dijo nada. En cuanto a por qué no grité pidiendo socorro..., no tengo ni idea. De todas formas, nadie podría haberme oído, pues el océano rugía y atronaba. Luchamos en silencio, debatiéndonos tozudamente, y el barco seguía cabeceando de un lado para otro. Resbalé, pero logré conservar el equilibrio. No sé cuánto duró el duelo. Cinco minutos, diez, o quizá más tiempo. Hay una cosa que sí recuerdo: no me dejé dominar por la desesperación. Tenía que luchar y luché sin miedo. Más tarde pensé que así es como deben de luchar dos ciervos que quieren conseguir a la misma hembra. La naturaleza les ordena que luchen y ellos obedecen. Pero el combate se prolongaba, y no tardé en sentirme agotado. Tenía la camisa empapada. Veía chispas ante mis ojos. No, no eran chispas..., eran como manchas de sol. Mi cuerpo y mi alma estaban absortos en el combate y no había espacio para ninguna otra sensación. De repente me encontré junto a la barandilla. Cogí al demonio o lo que fuera y le arrojé por la borda. Parecía extrañamente ligero..., como si estuviera hecho de espuma o de esponja. Mi pánico me impidió ver qué era de él.

«Después se me doblaron las piernas y caí sobre la cubierta. Me quedé tendido allí hasta las primeras luces grisáceas del amanecer. Que no pillara una neumonía ya es un auténtico milagro... No llegué a quedarme totalmente dormido, pero tampoco estaba despierto. En cuanto amaneció empezó a llover y la lluvia debió de revivirme. Volví casi arrastrándome a mi camarote. El griego y los italianos roncaban como bueyes. Trepé por la escalerilla y me derrumbé en mi litera, exhausto. Cuando desperté, el camarote estaba vacío. Era la una de la tarde.

—Luchó con un cuerpo astral —le dije.

—¿Cómo? Sabía que diría algo parecido... Usted siempre tiene nombres para todo. Pero, espere, aún no he terminado con la historia.

—¿Qué más ocurrió?

—Cuando me levanté seguía sintiéndome terriblemente débil. Fui al comedor, queriendo convencerme de que todo aquello no había sido más que una pesadilla. ¿Qué otra cosa podía ser? Levantar la mole de aquel camarero me habría resultado tan imposible como a usted el levantar toda esta cafetería, así que fui hasta mi mesa y me senté. Era la hora de almorzar. Apenas llevaba un minuto sentado, cuando un camarero vino hacia mí..., no mi encarnizado enemigo sino otro, bajito, delgado y muy amable. Me entregó el menú y, muy cortésmente, me preguntó qué deseaba. Intenté averiguar dónde estaba el otro camarero, primero en pésimo francés y luego en alemán. Pero no pareció comprenderme; el caso es que me contestó en castellano. Intenté conversar por signos pero fue inútil. Le señalé algunos platos del menú y en seguida me trajo lo que le había pedido. Fue mi primera comida decente en ese barco. Aquel camarero se encargó de servirme hasta que atracamos en Nueva York. El otro no volvió a aparecer... como si realmente le hubiera arrojado al océano. Y ésa es toda la historia.

—Una historia muy extraña.

—¿Qué sentido cree que tiene? ¿Por qué me odiaba tanto? ¿Y qué es un cuerpo astral?

Intenté explicarle a Chaikin lo que había aprendido sobre tales fenómenos en los libros de ocultismo. Dentro de nuestro cuerpo hay otro cuerpo: tiene la misma forma y miembros que nuestro cuerpo material pero está hecho de una sustancia espiritual, una especie de transición entre lo corpóreo y lo fantasmal...; es un ser etéreo cuyos poderes se hallan por encima de las leyes físicas y fisiológicas que conocemos. Los ojos de Chaikin me contemplaron a través de sus gafas con montura de concha, lanzándome una mirada adusta cargada de reproches mientras sus labios sonreían levemente.

—El cuerpo astral no existe. Había bebido demasiado vino y tenía el estómago vacío. Todo fue cosa de mi fantasía.

—Entonces, ¿cómo explica el que ese camarero no volviese a aparecer por el comedor? —le pregunté.

Chaikin cogió una colilla y empezó a hurgar en sus bolsillos buscando cerillas.

—A veces los camareros cambian de sitio. ¡Oh, lo que no se le ocurre a unos nervios alterados...! Además, creo que le vi unas semanas después en Nueva York. Entré en una taberna para llamar por teléfono y allí estaba, sentado ante la barra..., a menos que fuera otro fantasma.

Nos quedamos callados durante un rato bastante largo.

—En cuanto a lo que tenía contra mí, nunca lo sabré —acabó diciendo Chaikin.


Imagen: ©Bettmann/CORBIS


23 de jun. de 2011

Salman Rushdie - El suelo bajo sus pies (fragmento)

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Durante algún tiempo me convertí en fotógrafo de salidas. No es fácil hacer fotografías en los funerales de extraños. La gente se molesta. Sin embargo, me interesaba que las prácticas funerarias indias tratasen tan abierta, tan directamente, el aspecto físico del cadáver. El cuerpo sobre la pira o sobre la “dokhma”, o en su sudario musulmán apretadamente cosido. Los cristianos eran la única comunidad que escondía sus cuerpos en cajas. No sabía qué significaba eso, pero sabía qué parecía. Los ataúdes prohibían la intimidad. En mis fotografías robadas ―porque el fotógrafo debe ser un ladrón, debe robar instantes de tiempo a otras gentes para fabricar sus propias eternidades diminutas― era la intimidad lo que buscaba, la proximidad entre vivos y muertos. La secretaria mirando con ojos tristes el cuerpo de su amo vestido de fuego. El hijo de pie ante la tumba abierta, sosteniendo la cabeza amortajada de su padre en el hueco de la mano, y dejándola tiernamente en la tierra profunda.

La madera de sándalo desempeña su perfumado papel en todos esos ritos. Astillas de madera de sándalo en la cerveza musulmana, en el fuego parsi, en la pira hindú. Pero una cámara no puede oler. Prescindiendo de ramilletes de flores, puede meter las narices tanto como le dejen, puede entrometerse. A menudo tenía que girar sobre mis talones y escapar, perseguido por insultos y piedras. ¡Criminal! ¡Asesino!, me gritaban los afligidos parientes, como si fuera responsable de la muerte que lloraban. Y había algo de cierto en los insultos. Un fotógrafo dispara. Como un pistolero de pie junto a una puertecita del jardín de un primer ministro, como un asesino en un pasillo de hotel, tiene que lograr un disparo limpio, debe tratar de no fallar. Tiene un objetivo y tiene una rejilla en su ocular. Quiere luz de sus temas, capta su luz y su oscuridad también, lo que quiere decir sus vidas. Sin embargo, yo pensaba también en aquellas fotos, aquellas imágenes prohibidas, como muestras de respeto. El respeto de la cámara no tiene nada que ver con la seriedad, la mojigatería, la intimidad o incluso el gusto. Tiene que ver con la atención. Tiene que ver con la claridad: de lo real, de lo imaginado. Y está también la cuestión de la honradez, virtud que todo el mundo ensalza y recomienda rutinariamente, hasta que se dirige, con toda su fuerza no amortiguada, contra ellos mismos.

La honradez no es la mejor política en la vida. Sólo, quizás, en el arte.

Las muertes no son las únicas salidas, naturalmente, y en mi nuevo papel de fotógrafo de salidas traté de documentar partidas más cotidianas. En el aeropuerto, espiando las penas de las despedidas, buscaba al único miembro de la multitud llorosa que tenía los ojos secos. Fuera de los cines de la ciudad, examinaba los rostros del público que salía de los sueños a la acritud de lo real, con la ilusión todavía en los ojos. Traté de encontrar narrativas, misterios, en el ir y venir por las puertas de los grandes hoteles. Al cabo de algún tiempo, no sabía ya por qué estaba haciendo esas cosas, y fue entonces, creo, cuando mis fotografías comenzaron a mejorar, porque no eran ya de mí mismo. Había aprendido el secreto de hacerme invisible, de desaparecer en mi obra.

La invisibilidad era simplemente extraordinaria. Ahora, cuando iba a buscar partidas, podía dirigirme al borde de una tumba y fotografiar una discusión entre los que querían esparcir flores sobre el cadáver y los que aducían que la religión no permitía tales complacencias… o podía escuchar una pelea familiar en un muelle del puerto, para capturar el momento en que la hija recién casada de padres ancianos, una muchacha que había rehusado un casamiento arreglado y había insistido en un “matrimonio por amor”, dejaba a su desaprobadora madre y subía al vapor que esperaba, agarrándose al desastre de su marido débilmente bigotudo, que sonreía con torpeza, para iniciar una nueva vida con el peso de un remordimiento del que nunca podría deshacerse… O podía acercarme sigilosamente a cualquiera de los momentos secretos que escondemos del mundo, el último beso antes de partir, el último pis antes de empezar, y disparar alegremente. Estaba demasiado excitado por mi poder para ser escrupuloso con su uso. Un fotógrafo inhibido debería dejar la cámara, creo, y no volver a trabajar.



Capítulo 8 - El momento decisivo
Trad.: Miguel Sáenz
Barcelona, Plaza & Janés Editores, 1999


22 de jun. de 2011

Herman Hesse - Carta a André Gide

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Enero de 1951.

Mi querido y admirado André Gide:

Su nuevo traductor Lüsberg me ha enviado sus Hojas de otoño; he leído ya la mayor parte de estos recuerdos y meditaciones y no me parecería ahora justo ni delicado dar las gracias al citado señor por su obsequio sin enviarle a usted, por fin, un nuevo saludo de afecto y gratitud.

Hubiese debido hacerlo hace ya mucho tiempo, pero hace otro tanto que vivo sumido en una resignada fatiga y no es este precisamente el estado de ánimo en el cual puede llevarse a cabo la visita a una persona mayor en edad y muy admirada. Pero la fatiga podía continuar hasta el final, y antes de este era mi deseo testimoniarle a usted una vez más mi simpatía y mi gratitud, invariable y aumentadas si cabe en los últimos años.

Las gentes de nuestra clase se han tornado ahora, según parece, harto escasas, y comienzan a sentirse solitarias; por ello mismo es una dicha y un consuelo saber que en usted alienta aún un defensor y amante de la libertad, de la personalidad, del tesón, de la responsabilidad individual. La mayor parte de nuestros colegas más jóvenes, y por desgracia también algunos de nuestra generación, aspira a otras cosas muy distintas, como es la unificación o igualación, ya sea la romana, la luterana, la comunista u otra cualquiera, y muchos han llevado a cabo ya esta unificación hasta términos que en ocasiones han significado también la autoaniquilación. Ante cada conversión de cualquier camarada de antaño hacia las Iglesias y lo colectivo, ante cada apostasía de un colega que ha caído en la desesperación o en el cansancio sin remedio, demasiado grandes ya para poder seguir siendo un caminante solitario y responsable de sí propio, el mundo se torna para cada uno de nosotros más pobre y más fatigosa la tarea de seguir viviendo. Pienso que a usted le ocurrirá lo mismo.

Acepte usted una vez más los saludos de un viejo individualista a quien no se le ha pasado por la cabeza la idea de enrolarse en una cualquiera de las grandes maquinarias existentes.

Imagen: Martin Hesse