31 de may. de 2011

Marco Denevi - Una vida rutinaria

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Prisionero de Inglaterra, Napoleón Bonaparte llegó a la isla de Santa Elena el 15 de octubre de 1816. El médico de abordo le diagnosticó cáncer de píloro, pronosticó que no viviría mucho tiempo.

El gobernador de la isla, sir Hudson Lowe, profesaba a Napoleón un frío aborrecimiento británico. Dispuesto a hacerle pagar caros sus quince años de gloria, razonó así: "Este hombre morirá a corto plazo. Su reclusión en Santa Elena será breve y, aún en mi compañía, no le hará pagar todas sus culpas. No tengo otro recurso que alargar artificialmente la duración de su cautiverio".

Fraguó, pues, un plan. En las habitaciones de Napoleón todos los días eran el mismo día. Los relojes no funcionaban. Los almanaques mostraban una única hoja y la hoja decía: 15 de octubre de 1816, miércoles. Desayunos, almuerzos y cenas no variaban. No variaban las palabras, las pausas, los tonos de voz, los fingidos titubeos, las miradas, los ademanes, las vestimentas y los movimientos de quienes a diario atendían al emperador caído.

Napoleón daba todas las tardes un paseo por las galerías interiores de la fortaleza (había que evitar que las alteraciones del clima lo echasen todo a perder) y en esos paseos encontraba siempre la misma temperatura y la misma luz, veía las mismas caras, oía las mismas voces y recibía los mismos saludos. Por la noche escribía sus memorias. Que escribiese todo lo que quisiera: al día siguiente los papeles estaban en blanco y debía recomenzarlo todo. O que leyese: en la biblioteca había un solo libro multiplicado en cientos de ejemplares iguales.

Todas las mañanas lo visitaba el médico. Los mismos golpecitos en el vientre, la misma recomendación involuntariamente irónica (dieta, reposo, la lectura de la Biblia), la misma hipócrita reverencia. Después lo visitaba sir Hudson. Todas las veces le preguntaba: "¿Alguna queja que formularme?", cualquiera que fuese la contestación añadía: "Lo tendré en cuenta" y se iba sonándose la nariz anabaptista en el mismo pañuelo de hilo irlandés.

Esta farsa se repitió durante meses. Sobreviva un día o un año, reflexionaba Lowe, su castigo le parecerá eterno. Pero transcurrieron años y Napoleón no se moría. El médico le informaba al gobernador: "Es increíble, se mantiene en el mismo estado de salud". Lowe gruñía: "Tanto mejor". Pero la rutina los volvía locos a todos. Estaban hartos de comportarse como figuras mecánicas. Hubo protestas, algunos pujos de rebelión. Sir Hudson no cedió. Combinando arengas patrióticas y terribles amenazas consiguió imponerse a sus subordinados. Éstos aguantaron cinco años.

Pero el 5 de mayo de 1821 fue sir Hudson Lowe quien perdió la paciencia. Irrumpió en las habitaciones de Napoleón y empezó a gritar y a maldecir. Inmediatamente el prisionero murió de cáncer de píloro.

En este episodio histórico se inspiraron Edgar Allan Poe para su Mr. Valdemar y Adolfo Bioy Casares para una narración, injustamente tildada de original, que se titula El perjurio de la nieve.


En Falsificaciones


30 de may. de 2011

Stanislaw Lem - Do yourself a book

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La historia del auge y fracaso de Do yourself a book es muy aleccionadora. Aquel tumor maligno del mercado editorial suscitó polémicas tan violentas, que su propia exacerbación hizo pasar a un segundo plano el fenómeno mismo. Por consiguiente, los factores que causaron el hundimiento de la empresa quedan poco claros hasta hoy. Nadie se propuso efectuar un sondeo de la opinión pública respecto al caso. Tal vez con razón; tal vez el público que había decidido la suerte de la empresa lo hizo sin saber qué hacía.

El invento estaba en el aire desde hace unos veinte años y sólo hay que sorprenderse de que no haya sido realizado antes. Recuerdo muy bien los primeros ejemplares de aquella «construcción novelística». Era una caja con el formato de un libro bastante grande, que contenía unas instrucciones, un índice y un conjunto de «elementos de construcción». Esos elementos eran unas tiras de papel de anchura desigual, con fragmentos de prosa impresos en ellas. Cada tira tenía en el margen unos agujeritos, que servían para la encuademación, y unas cifras de varios colores. Ordenando todas las tiras conforme a la numeración en color «básico», negro, se obtenía un «texto inicial», compuesto casi siempre por dos obras de la literatura mundial, adecuadamente abreviadas. Si todo el juego hubiera tenido que servir sólo
para esa reconstrucción, hubiese carecido de sentido y de valor comercial. Lo tenía, empero, gracias a la posibilidad de barajar los elementos. Las instrucciones solían indicar unos ejemplos de variantes de recombinación, determinadas por las cifras de color en los márgenes. La patente del invento fue sacada por la «Universal», utilizando libros cuyos derechos de autor ya habían caducado. Eran obras de clásicos tales como Balzac, Tolstoi o Dostoievski, abreviadas para el caso por un equipo anónimo de la editorial. Es de suponer que los inventores dirigían esas mezcolanzas a cierta clase de gente, capaz de divertirse deformando y adulterando las versiones originales de las obras de arte. Coges Crimen y Castigo o Guerra y Paz y haces con sus personajes lo que se te antoje. Natasha puede acostarse con quien quieras antes de la boda y después de ella; Svidrigailov, casarse con la hermana de Raskolnikov; este último, escapar a la justicia y marcharse con Sonia a Suiza; Anna Karenina engañará al marido no con Vronski sino con un lacayo, etc. La crítica atacó al unísono este vandalismo; el editor se defendió como pudo, incluso con cierta destreza.

Las instrucciones incluidas en la caja afirmaban que el juego enseñaba el manejo de las reglas de la composición del material novelístico («¡Ideal para los escritores novatos!»), que podía ser utilizado como test psicológico de carácter proyectivo («Dime qué hiciste con Caperucita Roja y te diré quién eres»). En una palabra, lo presentaban como un «trainer» para los candidatos a escritores y una diversión para todos los aficionados a las bellas letras.

No era difícil percatarse de que las intenciones de los editores no eran tan nobles. Las instrucciones de la «Universal» advertían al comprador del peligro de las combinaciones «impropias». Se referían a las inversiones de los fragmentos de un texto que conferían un sentido perverso a escenas originalmente blancas como la nieve. Si se intercalaba una sola frase, una conversación inocente entre dos mujeres adquiría matices lesbianos, y se podía conseguir incluso que en las dignas familias de Dickens se practicara el incesto: en fin, cualquier cosa. La «advertencia» era, naturalmente, un aliciente para hacer lo «prohibido», pero estaba formulada de una manera que impedía cualquier acusación al editor por atentado contra el pudor. Claro, él avisaba en las instrucciones que aquello no debía hacerse...

Enfurecido ante la falta de recursos (el asunto era legalmente inatacable, los editores supieron organizarse muy bien), el conocido crítico Ralph Summers escribió en aquel entonces: «Por lo visto, la pornografía actual ya no es suficiente. Hay que envilecer analógicamente todas las obras anteriores, no solamente desprovistas de intenciones sucias, sino abiertamente contrarias a ellas. Ese triste sucedáneo de la Misa Negra que cada uno puede celebrar en su casa, pagando cuatro dólares, sobre el cuerpo indefenso de los clásicos asesinados, es una auténtica ignominia.»

Sin embargo, pronto se vio que Summers había exagerado en su papel de Casandra: el negocio era menos próspero de lo previsto por los editores. Fue lanzada, pues, al mercado una variante nueva de la «construcción»: un tomo compuesto de hojas en blanco, en las que se podían enganchar las tiras impresas sin ninguna preparación previa, ya que tanto éstas como las páginas del tomo iban recubiertas por una fina película magnética monomolecular. Gracias al nuevo invento, el trabajo de «encuademación» se simplificó notablemente. Pero esta innovación tampoco tuvo éxito. ¿Se habría negado el público —como suponían algunos idealistas (ya muy escasos hoy día)— a colaborar con los «verdugos de las obras de arte»? Yo creo que la búsqueda de razones tan elevadas carece, por desgracia, de justificación. Al emprender el negocio, los editores se basaron en su esperanza de encontrar muchas personas que disfrutarían con el nuevo juego. Lo indican ciertos párrafos de las «instrucciones», del estilo, por ejemplo, de éste: «¡El Do yourself a book te ofrece un poder casi divino sobre el destino humano, el mismo que hasta ahora era privilegio exclusivo de los mayores genios del mundo!» Ralph Summers lo interpretó así en uno de sus artículos más combativos: «¡Podrás rebajar al instante lo que era elevado y manchar lo que estaba limpio. Tendrás al mismo tiempo la agradable sensación de libertad de no hacer caso de las teorías de un Balzac o un Tolstoi cualquiera, puesto que tú mismo serás dueño de arreglarlas a tu antojo!»

A pesar de todo —cosa sorprendente— los candidatos a «mancilladores» eran pocos. Summers preveía el florecimiento de «un sadismo nuevo, entendido como agresión a los valores constantes de la cultura», y, sin embargo, los Do yourself a book apenas se vendían. Hubiera sido agradable poder creer que la reacción del público se debía a «aquella dosis natural de sano juicio y rectitud que unos tráfagos subculturales querían eliminar» (L. Evans en «Christian Science Monitor»). El que escribe estas líneas no comparte —¡y le hubiera gustado hacerlo!— la opinión de Evans.

¿Qué ha pasado, pues? Algo mucho más sencillo, según creo. Para Summers, Evans, para mí, unos centenares de críticos escondidos en las revistas trimestrales universitarias y para unos cuantos miles más de cráneos ovoides del país, Svidrigailov, Vronski, Sonia Marmeladov, o bien Vautrin, Anita de la Colina Verde, Rastignac... son personajes bien conocidos, íntimos, incluso a veces más corpóreos que muchas relaciones de carne y hueso. Para el gran público son sonidos huecos, unos nombres que no designan a nadie. Por lo tanto, a Summers, Evans, a mí, la unión de Svidrigailov con Natasha nos horrorizaría, mientras que al público le importaría lo mismo que la unión de Fulano con Mengana. Al no poseer para el gran público el valor de símbolos estables —tanto de la nobleza de sentimientos como de la maldad depravada— esos personajes no incitaban a ningún juego, perverso o no. Eran, simplemente, del todo neutros. No interesaban a nadie. Los editores, a pesar de su cinismo, no se dieron cuenta de esa circunstancia, porque no calibraron correctamente la situación de la literatura en el mercado. Si alguien ve un valor enorme en un libro, el uso de este libro para restregarse en él los pies le parecerá no sólo un acto de vandalismo, sino una especie de Misa Negra, tal como lo sentía y escribía Summers.

Pero la indiferencia hacia esta clase de valores culturales ha ido en nuestro mundo mucho más allá de lo que imaginaban los promotores de la empresa. Nadie quería jugar a Do yourself a book, no porque se negara noblemente a depravar los tesoros de la literatura, sino porque no veía ninguna diferencia entre el libro de un escritorzuelo de cuarta fila y la épica obra de Tolstoi. Ambos le tenían totalmente sin cuidado. Aun si el público tuviera «ganas de pisotear», desde su punto de vista «no había nada interesante por pisotear».

¿Comprendieron los editores esa singular lección? En cierto sentido, sí. No creo que se hayan percatado del estado de cosas siguiendo la línea de razonamiento que acabo de exponer, pero —guiados por el instinto, el olfato y el presentimiento— empezaron a sacar al mercado unas variantes de la «construcción» que se vendían mejor, porque no pretendían nada más que la composición de textos puramente pornográficos y obscenos. Los últimos supervivientes de la especie de los espíritus elevados respiraron con alivio al ver que por fin se dejaba en paz los venerables restos mortales de las obras maestras. El problema dejó de interesarles y de las columnas de las revistas literarias de élite desaparecieron los artículos donde los críticos se rasgaban las vestiduras y esparcían ceniza sobre sus cabezas (ovoides). Era lógico, ya que todo lo que ocurre en la zona literaria no perteneciente a la élite no importa nada en absoluto al Olimpo de las Bellas Artes y a sus diosecillos.

El Olimpo se despertó una vez más cuando Bernard de la Taille construyó, a partir de un juego llamado The Big Party y traducido al francés, una novela que recibió el «Prix Femina». Hubo, además, un escándalo, porque el sagaz francés no había advertido al jurado que su novela no era totalmente original y que procedía de una «composición». Por otra parte, la novela de De la Taille (Guerra a ciegas) no está desprovista de valores. Es evidente que su construcción exigía capacidades y nociones que los compradores de Do yourself a book normalmente no suelen poseer. Ese caso aislado dejó la situación tal como estaba. Se veía claramente desde el principio que la empresa oscilaba entre la farsa tonta y la pornografía comercial. Do yourself a book no trajo fortuna a nadie. Los espíritus elevados, acostumbrados al minimalismo, están ahora llenos de alegría porque los protagonistas de novelones sensacionalistas ya no entran en los salones tolstoianos y las doncellas de alma pura y noble, como la hermana de Raskolnikov, ya no tienen que acostarse con los depravados tipos del hampa.

En Inglaterra vegeta todavía una versión humorística de Do yourself a bookSe editan allí unos juegos de construcción que sirven para componer textos cortitos según las reglas del pure nonsense. El literato de estar por casa se divierte mucho cuando en su micronovela vierten en una botella toda una reunión de gente en vez de zumo de fruta, cuando Sir Galahad tiene una aventura amorosa con su caballo, o cuando el sacerdote juega en el altar, durante la misa, con trenes eléctricos, etc. Se ve que los ingleses se entretienen con estas cosas, ya que algunos periódicos tienen incluso una sección fija dedicada a esas elucubraciones. En el continente, en cambio, los Do yourself a book prácticamente dejaron de existir. Para terminar, citaré aquí la opinión de un crítico suizo cuya explicación del fracaso de la empresa es diferente de la mía: «El público —dice— es ya demasiado perezoso como para tener ganas de violar, desnudar o atormentar a alguien personalmente. Para eso hay profesionales. Los Do yourself a book hubieran tenido éxito, tal vez, si hubiesen aparecido unos sesenta años atrás. Al nacer demasiado tarde, murieron en el parto.» ¿Qué podemos añadir a esta constatación, fuera de un hondo suspiro?


En Vacío perfecto


29 de may. de 2011

Tres poemas de Günter Grass

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Versión de Miguel Sáenz







En el huevo


Vivimos en un huevo.
Hemos cubierto su interior
de dibujos obscenos
y garrapateado los nombres de nuestros enemigos.
Nos están incubando.


Quienquiera que nos incube
incuba también nuestro lápiz.
Cuando rompamos la cáscara un día
nos haremos una idea
enseguida de quien nos incuba.


Suponemos que nos incuban.
Nos imaginamos un ave bonachona
y escribimos trabajos escolares
sobre colores y raza
de la gallina que nos incuba.


¿Cuándo romperemos la cáscara?
Nuestros profetas del interior del huevo
discuten, por un sueldo medianejo,
sobre el período de incubación.
Suponen un día X.


Por aburrimiento y necesidad auténtica
hemos inventado las incubadoras.
Nos preocupa mucho nuestra descendencia en el huevo.
Con gusto recomendaríamos nuestra patente
a quien nos guarda.


Tenemos un techo sobre nuestras cabezas.
Pollitos seniles,
embriones que saben idiomas,
hablan el día entero
y todavía discuten sus sueños.
¿Y si no nos incubaran?
¿Si nunca se hiciera un agujero en esta cáscara?
¿Si nuestro horizonte fuera sólo el horizonte
de nuestros garabatos y no dejara de serlo?
Confiamos en que nos incuban.


Aunque si hablamos sólo de incubaciones
hay que temer también que alguien,
fuera de nuestra cáscara, sienta hambre
y nos eche a la sartén, sazonándonos con sal...
¿Qué haremos entonces, mis hermanos de dentro del huevo?




Diana y los objetos


Cuando alarga la mano derecha
sobre el hombro derecho buscando la aljaba,
adelanta la pierna izquierda.


Cuando me hirió,
su objeto me hirió en el alma
que es para ella un objeto.


En su mayoría son objetos en reposo
contra los que, los lunes,
me golpeo la rodilla.


Ella en cambio, con su permiso de caza,
sólo se deja fotografiar corriendo
y rodeada de perros.


Cuando dice que sí y acierta,
acierta a los objetos de la Naturaleza,
pero también a los disecados.


Siempre me he negado
a dejar que una idea sin sombra
hiriera mi cuerpo que arroja su sombra.


Tú, sin embargo, Diana,
con tu arco,
eres para mí objetiva y responsable.




Inundación


Esperamos que cese la lluvia,
aunque nos hemos acostumbrado
a permanecer invisibles, tras la cortina.
La cuchara es colador ahora y nadie se atreve ya
a extender la mano.
Muchas cosas flotan por las calles,
cosas bien escondidas en tiempo seco.
¡Qué penoso ver las sábanas usadas del vecino!
Vamos a menudo al indicador de nivel
y comparamos, como relojes, nuestras cuitas.
Algunas cosas pueden regularse.
Pero cuando los aljibes se desborden y se colme la medida que heredamos
tendremos que ponernos a rezar.
El sótano está sumergido, hemos subido las cajas
y comprobamos con la lista el contenido.
Todavía no se ha perdido nada...
Como es seguro que las aguas bajarán pronto
hemos empezado a coser sombrillitas.
Será muy duro volver a cruzar la plaza,
claramente, con sombra de plomo.
Al principio echaremos de menos la cortina
y bajaremos al sótano a menudo
para contemplar la marca
que las aguas nos legaron.




Visto en ddooss
Foto: Gunther Grass en Gottingen 1995 
© Sophie Bassouls-Sygma-Corbis


Libros de poemas editados en español
1956, Las ventajas de las gallinas de viento
1960, Gleisdreieck. Triángulo de vías
1967, Interrogado 
1994, Poemas (Gedichte)
2006, Lírico botín
2009, Payaso de Agosto

28 de may. de 2011

Alberto Muñoz: Dos textos de "El naturalista"

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Mirar una mosca

Meter una mosca en un frasco, taparlo. Esperar.
Acercar la lupa a la pared de vidrio, anotar todo aquello que presumiblemente pasa por su cabeza: pan, leche, espirales, azúcar, mierda.
Si el insecto palpa la pared vidriosa acercarle estampas que contengan espectáculos del mundo moderno; remover las estampas y anotar en caso de júbilo o decepción.
El envejecimiento de una mosca es apreciable en su sistema óptico, una película viscosa recubre el gran ojo facetado. La mosca del frasco es vieja.
Retirar la tapa del frasco para que el aire se renueve y observar su desvarío: quedarse y participar de los vidrios a los que esta acostumbrada por la complejidad de su sistema visual o huir al mundo que conoce y desconoce.
Opta por lo primero y me da tiempo a buscar una hoja y pinturitas. La dibujo apoyada sobre el vidrio, la trato sin demasiados detalles, un retrato naif. Vuelvo a la libreta y apunto lo nuevo que le pasa por la cabeza: el aluminio es frío, lo nuestro no llega a ser un reino, hoy dormiré sobre un alambre, quisiera morir adentro de este ojo.
Verde el cuerpecito, marrón la cabeza.



Mirar a un león cautivo

Estás ahí, como una enorme bolsa de dinero, entre la indulgencia y los regalos que Dios te ha dado para alegrar tu círculo pavoroso.
Preparan una foto con África de fondo: son niños japoneses de visita en nuestro país.
Ninguno de los niños tiene actitud de cazador. El fondo africano está pintado por ellos y desearían un rugido, pero tu cuerpo inmóvil descansa y sueña. Sus gestos exagerados son para provocarte el rugido ¡que mejor entrega escolar que tu amenaza sobre el decorado de témperas! pero se resignan; nada habrá de mover tu ejemplo rubio y fáustico. Cae una piedra cerca de tu hocico. Los niños japoneses miran al agresor, es un hombre cualquiera, alguien que ha querido colaborar con la fotografía. Levantas tu cabeza monumental y nos miras a todos. Tenemos miedo. Actuando como ese cualquiera, los que presenciamos la escena tomamos piedras del suelo y las arrojamos contra el espantoso decorado africano para que los niños japoneses se vuelvan a Japón y dejen de joder a nuestros leones.



Buenos Aires, Ediciones La Danza, 2010


27 de may. de 2011

León Bloy - La putrefacción

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No quedará nada más que la putrefacción universal. ¿Hay alguna necesidad de llamar la atención sobre la importancia infinita de una alma viva, importancia tal que al día siguiente a un cataclismo, un solo hombre salvado valdría por una generación? Eso, huelga decirlo, hay que entenderlo en sentido espiritual.

La población toda de la Tierra se calcula en mil cuatrocientos o mil quinientos millones de personas. ¿Pero cuántas almas verdaderamente vivas hay en esa turbamulta humana? Una cada cien mil, acaso, o cada cien millones. No se sabe. Hay personas eminentes, de genio incluso, pero de alma inerte y que mueren sin haber vivido. Un alma sencilla dirá cada día, llorando de angustia: "¿Dónde está en mí el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo? ¿Puedo realmente considerarme vivo o soy un difunto en espera de sepultura?"

Causa espanto pensar que sobrevivimos en medio de una multitud de difuntos que se tienen por vivos; que el amigo, el camarada, el hermano con el que nos tropezamos por la mañana y que volveremos a ver por la noche, no es más que mera vida orgánica, apariencia de vida, una caricatura de existencia que no difiere en nada de cuantas se licúan en las sepulturas.

Resulta intolerable reconocer ante uno mismo que nos han traído al mundo unos padres difuntos; que ese sacerdote plantado en el altar se asemeja a un finado y que el Fármaco de la inmortalidad, la Hostia que acaba de consagrar para que nuestra alma reciba la Vida eterna, nos la va a administrar la mano de un cadáver, declamando con voz sepulcral las sagradas palabras de la liturgia.

Todos esos espectros funcionan, sin embargo, con una regularidad perfecta. La misa dicha por ese sacerdote vale tanto como la de un santo. La absolución que otorga a los pecadores es válida. La fuerza de su ministerio sobrenatural se alarga tanto en el tiempo que la muerte no prevalece contra él. Y esto es así para todos los semidifuntos que nos rodean y que nos vemos obligados a llamar, anticipadamente, muertos. Un alma exenta de vida, puede actuar y pensar mecánicamente.

Un cuerpo saludable y lozano puede ser el tabernáculo de una alma putrefacta. Horror harto frecuente. Ha habido casos de santos tocados por el privilegio espantable de poder oler las almas. De la Pastora de La Salette, Melania, se contaba que su vida era un puro sofoco. Castigo infernal que aceptaba y que no es posible afrontar sin horror.

La putrefacción universal que sigue a los horrendos castigos que han diezmado una parte de la tierra puede por tanto entenderse como la podredumbre de las almas. Algunos raros elegidos de Dios sienten seguro en este momento ese terrible hedor.

No hay duda de que esta guerra interminable desatada por los demonios ha rebajado tanto los caracteres que vale decir que todos los corazones se mueven a ras de tierra. Mientras unos se hacen matar para salvar cuanto quepa de la herencia de los siglos, otros, incontables, se baten en cómodas moradas con los cuajarones de la sangre de las víctimas. La avaricia más feroz, la concupiscencia más grosera se ha apoderado de tal manera de los elementos que componen el honor del pueblo, que se llega a glorificar el hacer fortuna asesinando a la patria ya mutilada. Todo cuanto rinde provecho material merece respeto. Incluso la traición, practicada ventajosamente por los habilidosos, tiene su aureola, y la guillotina llora.

Hay que estar tan privado de razón como de olfato para no percibir que el cuerpo social entero es una carroña semejante a aquélla de Baudelaire "que vomitaba negros ejércitos de larvas" de "fetidez tan enorme que, sobre la hierba, la amada creyó desmayarse ". Esta abominación, que sólo el fuego podrá purificar, crece día a día con terrible celeridad. Nos acostumbramos a ello, la cobardía de unos se torna cómplice de la perfidia de los otros, y aquéllos que deberían mostrar un mayor horror, sin mover un dedo, se resignan calladamente a la chusma. Se trata de la bancarrota de las almas, del irreparable déficit de la conciencia cristiana.

Resulta evidente que Dios se verá forzado a cambiar todas las cosas, pues la situación es insostenible. Pero los caídos que entraron en la Vida perdurable en alas de la victoria y los más venerados santos de Francia no tolerarán que se consume la ruina de una tierra que es la más dilecta heredad de Jesucristo. Qué harán, no lo sabemos. Asistiremos a prodigios que nos harán temblar o llorar de amor, tan imprevisibles como insólitos, pródromos del inconcebible Advenimiento.


En En tinieblas


26 de may. de 2011

Edmond Jabès (El Cairo, 1912 - París, 1991) - Canción del último niño judío

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Mi padre está colgado de la estrella,
mi madre se desliza con el río,
mi madre resplandece
mi padre es sordo,
en la noche que de mí reniega,
en el día que me destruye.
La piedra es liviana.
El pan se parece al pájaro
y lo miro volar.
La sangre está sobre mis mejillas.
Mis dientes buscan una boca menos vacía
en la tierra o en el agua,
en el fuego.
El mundo es rojo.
Todas las rejas son lanzas.
Los jinetes muertos siempre galopan
en mi sueño y en mis ojos.
Sobre el cuerpo devastado del jardín perdido
florece una rosa, florece una mano
de rosa que no estrecharé más.
Los jinetes de la muerte me llevan.
Nací para amarlos.




Chanson du dernier enfant juif


Mon père est pendu à l’étoile,
ma mère glisse avec le fleuve,
ma mère luit,
mon père est sourd,
dans la nuit qui me renie,
dans le jour qui me détruit.
La pierre est légère.
Le pain ressemble à l’oiseau
et je le regarde voler.
Le sang est sur mes joues.
Mes dents cherchent une bouche moins vide
dans la terre ou dans l’eau,
dans le feu.
Le monde est rouge.
Toutes les grilles sont des lances.
Les cavaliers morts galopent toujours
dans mon sommeil et dans mes yeux.
Sur le corps ravagé du jardin perdu
fleurit une rose, fleurit une main
de rose que je ne serrerai plus.
Les cavaliers de la mort m’emportent.
Je suis né pour les aimer.




Versión de Jorge Fondebrider
Poesía francesa contemporánea 1940-1997
Buenos Aires, Libros de Tierra Firme,  1997
Foto: Sergio Gaudenti - Corbis 

25 de may. de 2011

César Bruto - ¡Si me miraran los faraon!

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Parado adelante de la efinjE, y con el otro pie como se dise mirando las pirámidE, estoy adentro de la tierra de los faraóN, que ya conosía bastante a consecuensia de que antes leí un libro de salgarI, de los que mi tío aquileZ tiene entremedio de su biblioteca en el estante de la cabesera de su cama.

Lo más notable que tiene este paíx es el buei apiS, el cocodrilO sagrado y el verde nilO, o sea el color de un batón de mi vieja que le conpró a un ruso a pagar en cómodas cotas mensuales, con laclarasión de quel mes que no pueda darle nada haga el fabor de tener pasiencia y que venga más adelante cuando las cosas vayan mejor, si es que canbea el gobiernO, y sino que aguante como todo el mundO, y no hay nadies que dure un réjimen de 60 anios.

Dise el guíA que meaconpánia quel asunto de fabricar estas pirámidE parese fásil haora questán hechas, pero cuando las tubieron que haser, o sea, hase sientos y sientos de anios se presisó el efuerso de miles y miliares de jente ejibcia que trabajaba día y noche para poner la piedras una arriba de la otra y terminar en punta en la parte alta, lo cual indica bien claro de la perpicacia de los antiguos, que a pesar de ser idnorantes, como corresponde por vibir en una época atrasada, ya sabían que si ponían la parte de la punta parabajo y lancha pararriba no hay pirámidE que aguante y todo se viene al suelo. Aparte deso, me digeron tamién de que por adentro son güecas, o sea vasías, y que los ejibcios la usaban para poner adentro del cadáber de los muertos, con cosas de comer y de chupar, porque tenían la creencia de que la jente al morirse salía de viage y que al viajar presisaba sindudamente comida y bevida, ni masnimeno que cuando nosotros hasemos una incursión en tren varias horas y sienpre liebamos una canastra con previsioneS, con un buen cacho de carne destofado, un termo con sopa, una tortilla de merengena y un buen toco de queso roquE forD (V8), que tanto le gusta a mi viejo, el cual liebado de su buen corasón sienpre le ofrese un pedaso a los otros pasageroS que viajan en los asientos de al lado y sin tomarse a pecho los jestos de repudnancia que hasen y la ofensa de lebantar las ventanilias para quentre aire fresco, útil para respirar.

Aserca de los cadáber, en el ejibtO tenían la manía de mandarlos al otro mundO en forma de momiaS, o sea enbolviéndolos en tiras de jenero de la cabesa a los pieses y poniéndole en el cuerpo varias clases dingredientes como quien hase un ninio enbuelto, lo cual serbía sin duda para haserlos durar siglos y siglos, así cuando liega el día del juisiO finaL, o sea cuando agarren y toquen la tronpetA y cada cual tenga que ir a esplicar lo que hiso en su perra vida, los ejibcio no se van a presentar en forma desqueleto, sino con la carne, lo cual es una buena ventaja, porque ya se sabe que asegún es como se presenta una persona así es el trato que le dan, y entre un muerto que se presente con aspeto de calabera y tiritando con todos los güesos y otro muerto bien carnoso y robusto, cualquiera conprende quel que va muerto es el primero y no el segundo.

Haora estoy tratando de envestigar quién es el faraóN que manda en el paíx para irle y haserle un reportage en conpanía de la faraonA y el faraoncito heredero del mando. La jente de acá, asegún mesplicó el guíA que está sienpre al lado mío, vibe casi toda de la pesca que saca del nilO; los peses, o sea los pescados que más abundan son paresidos al bacalado, el cual es sumamente útil en toda su estensión. Su carne es comestible y, como su nonbre lo dise, sirbe para comer; de su cáscara, los ejibcios hasen el pápiro, o sea el papel que usan para escribir; en la parte de la pansa tienen una bolsita con tinta que cuando están vibos tiran en el agua para que no los miren los pescados más grandes; entonses, con esa tinta, el pápiro y las espinas grandes la jente del paíx escribe las cartas en perfedto ejibcio que viene a ser el idioma nasional, bastante difísil dentender.


En Lo que me hubiera gustado ser a mí si no fuera lo que yo soy


24 de may. de 2011

Elías Canetti - Confucio en sus diálogos

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La aversión de Confucio por la elocuencia: el peso de las palabras elegidas cabalmente. Teme que el uso fácil y corriente las debilite. La vacilación, la reflexión, el tiempo que precede a la palabra lo es todo; pero también el momento que la sigue. En el ritmo de la pregunta y la respuesta aisladas hay algo que acrecienta su valor. Aborrece la palabra rápida de los sofistas, el juego verbal apasionado. Lo que cuenta no es el choque de la respuesta veloz, sino el ahondar de la palabra en busca de su responsabilidad.

Le gusta aferrarse a algo existente y elucidarlo. No se han transmitido diálogos suyos más largos: parecerían antinaturales.

En contraste con él, sus discípulos resultan más útiles a los príncipes por su elocuencia que por su saber. Y así, aquellos que progresan en el mundo gracias a sus discursos no son, realmente, discípulos según el corazón del Maestro.

Impresionante es, en la vida de Confucio, su falta de éxito, especialmente durante el período de peregrinación de ciudad en ciudad. Difícilmente lo hubieran podido tomar en serio de haber llegado a ser ministro y ejercer su cargo en algún lugar. Se desentiende del poder como hecho consumado: sólo le interesan sus posibilidades. El poder nunca es para él un fin en sí mismo, sino más bien una tarea, la responsabilidad frente a la colectividad. Se convierte así en el Maestro de la negación y sabe preservarse totalmente. Pero no es un asceta, toma parte en todos los aspectos de esta vida y nunca se retira realmente de ella. Sólo en los períodos de duelo por los muertos admite algo similar al ascetismo, que sirve para conservar más vivo al difunto.

Su dicha, que nunca termina, es aprender. Su interés por lo antiguo se centra siempre en fenómenos humanos y sirve para organizar la vida. Su propensión al orden llega muy lejos, y su carácter ritual acaba integrándose completamente a su persona. "No se sentaba sobre una esterilla mal colocada." Tenía olfato para las distancias y sabía respetarlas.

Confucio no permite a ningún hombre ser un instrumento. Con esto se relaciona su aversión por los especialistas: un rasgo particularmente importante porque su influencia llega hasta la China actual. Lo que importa no es poder hacer esto o aquello, sino ser hombre con cualquier capacidad aislada.

Pero también insiste enfáticamente en la necesidad de no obrar por cálculo; lo cual significa, bien mirado, no tratar a los hombres como instrumentos. Sea cual fuere la opinión que nos merezca el origen social de este principio, que incluye cierto desprecio por la actividad comercial, el hecho de que haya sido expresado claramente y de que gracias al estudio de los Diálogos de Confucio haya conservado cierta validez -no decisiva, desde luego-, es de suma importancia para lo que podría calificarse de residuo de la cultura china como totalidad.

El hombre ejemplar sigue siendo aquel que no actúa por cálculo.

Confucio es paciente en sus esfuerzos por llegar al oído de quienes detentan el poder: los príncipes gobernantes. No puede decirse que los adule, y si reconoce su autoridad lo hace tan sólo porque les exige mucho en el ejercicio de esa autoridad.

Sobre la naturaleza del poder, lo que éste realmente es en profundidad, no parece tener noción alguna. Esta noción la transmitirán sus adversarios ulteriores, los legalistas. Es muy significativo que todos los pensadores de la historia de la humanidad que tienen alguna idea del poder efectivo, lo afirmen. Los pensadores que están contra el poder, penetran a duras penas en su esencia. La aversión que les produce es tan grande que prefieren no ocuparse de él; temen que los contamine: su postura tiene algo de religioso.

Sólo han elaborado una ciencia del poder aquellos pensadores que lo aprueban y están dispuestos a ser sus consejeros. ¿Cuál es el mejor modo de obtener y conservar el poder? ¿Qué hay que tener en cuenta para defenderlo? ¿Qué escrúpulos hay que desechar para que no obstaculicen su ejercicio?

El más interesante entre estos conocedores del poder, que lo valoran positivamente, es Han Fei Tse (que vivió 250 años después de Confucio). Estudiarlo resulta indispensable justamente para los adversarios declarados del poder.

Los Diálogos de Confucio constituyen el retrato espiritual completo más antiguo de un hombre. Se leen como un libro moderno: no sólo es importante aquello que contienen, sino también todo aquello que les falta.

A través de ellos conocemos a un hombre muy completo, pero no a un hombre cualquiera. Es un hombre atento a su propia ejemplaridad y deseoso de influir en otros a través de ella. Cada uno de sus rasgos, y los aquí consignados son numerosísimos, posee un sentido. A partir de un orden no estricto y sin ningún principio configurativo identificable, se pone de manifiesto, globalmente, una criatura que actúa de manera increíble, que piensa, respira, habla, enmudece y que, sobre todo, es un modelo.

La figura de Confucio permite apreciar con particular claridad la forma en que un modelo surge y se mantiene. Es preciso, ante todo, que uno mismo esté embebido de un modelo al que pueda atenerse en cualquier circunstancia y del cual no dude; un modelo irrenunciable, que uno quisiera alcanzar y nunca alcanza del todo. Y aun cuando lo hubiera alcanzado, nunca deberá admitir la veracidad de este hecho, pues el modelo alcanzado perdería su fuerza. Sólo alimenta a quien lo contempla a la distancia. El intento por superar esta distancia, el intento por imponerse al modelo, deberá ser renovado siempre, pero nunca podrá tener éxito. Mientras no lo tenga, mientras se preserve la tensión de la distancia, el salto en dirección al modelo siempre podrá ser intentado de nuevo. Lo que importa, aunque sea de un modo aparentemente vano, son estos intentos, vanos también en apariencia, pues al realizarlos se van adquiriendo una serie de experiencias, de capacidades, de cualidades, una tras otra.

Confucio sitúa su propio modelo a gran distancia: es el duque de Dschou, que vivió quinientos años antes que él y a quien se le atribuía la mayor parte de las instituciones de aquella dinastía, por entonces nueva. A fin de comprenderlo, Confucio se ocupó de todo cuanto aconteciera en aquel tiempo y a partir de él, estudiando los documentos históricos, los cantos, los ritos. Examina todas estas tradiciones, las tamiza y las ordena; más tarde se admitió que todo cuanto se sabía sobre aquel período había sido sancionado por él. Su modelo se le aparece en sueños; en sus últimos años llega incluso a inquietarse cuando estas apariciones dejan de repetirse un tiempo. Considera este hecho como una señal de desaprobación: significa que a Confucio le han fallado demasiadas cosas que el duque había conseguido.

Pero no es su único modelo. Podría afirmarse que Confucio agrupa en torno a diversos modelos toda la historia china, hasta donde creía conocerla: en los inicios de cada una de las tres dinastías tradicionales, pero también inmediatamente antes de la primera de ellas, coloca a una o dos figuras que, gracias a su ejemplaridad, definirán por largo tiempo el período que las sigue. No sólo está consciente de la enorme importancia de los modelos, sino que sabe asimismo que éstos se deterioran y por eso se encarga de renovarlos. De sí mismo y de sus discípulos deduce la eficacia de los modelos. De los príncipes que intenta aconsejar y que se niegan a escucharlo, aprende a conocer los antimodelos. Por desagradables que éstos le resulten, no los suprime. Los introduce en la historia y los sitúa de preferencia al final de las dinastías. Pero no olvida preocuparse de que, en el curso de la historia, sean vencidos y destronados por los modelos positivos.

A fuerza de ocuparse de sus modelos, él mismo acabó por convertirse en uno de ellos: y lo realmente curioso es que llegó a serlo mucho más que aquéllos, y por un lapso temporal muchísimo mayor.

"Un joven", dice Confucio, "debería ser tratado con el máximo respeto. ¿Cómo sabes si un día llegará a valer tanto como tú vales ahora? Quien haya llegado a los cuarenta o cincuenta años sin haberse distinguido por algo, no merece respeto alguno."

Confucio mismo aplicó este principio a lo largo de su dilatado trato con sus discípulos. ¡Cómo los observaba! ¡Con cuánta prudencia los valora! Se guarda muy bien de perjudicarlos con elogios demasiado prematuros. Pero no se contiene y es feliz cuando merecen alguna alabanza ilimitada. No critica sin quitarle a la crítica su filo nocivo. Y a su vez deja que sus discípulos lo critiquen y les contesta. Pese a todos los principios de los que parte, su valoración del carácter sigue siendo empírica. Cuando ve a dos discípulos juntos, los interroga sobre sus deseos más íntimos y luego les revela los suyos. En este hecho apenas si cabe advertir una censura: es más bien una confrontación entre naturalezas diferentes.

Pero tampoco hace un misterio de su profundo amor por Yen-Hui, el Puro y sin éxito en el mundo; y no oculta su desesperación cuando este discípulo predilecto muere a los 32 años.

No conozco ningún sabio que, como Confucio, haya tomado la muerte tan en serio. Cuando lo interrogaban sobre ella, se negaba a responder. "Si aún no se conoce la vida, ¿cómo se podría conocer la muerte?" Jamás se ha pronunciado una frase más apropiada sobre el tema. Sabe perfectamente que todas las preguntas de este género apuntan a un período posterior a la muerte. Toda respuesta a ellas es una escapatoria que no toma en cuenta a la muerte y la escamotea, tanto como a su incomprensibilidad. Si hay algo después, como antes había algo, la muerte en cuanto tal perdería su peso. Y Confucio no se presta a este juego de prestigiditación, el más indigno de todos. No dice que después no haya nada: no puede saberlo. Pero uno tiene la impresión de que saberlo no le importaría en absoluto, aun cuando fuese posible. Todo valor es transferido así a la vida misma: se le restituye esa parte de seriedad y esplendor que le habían arrebatado al transferir buena parte de su fuerza -acaso la mejor- al más allá de la muerte. Así la vida sigue siendo íntegramente lo que es, y la muerte también permanece intacta: no son intercambiables ni comparables, no se entremezclan; conservan su unicidad.

La pureza y el orgullo humano de este postulado son perfectamente conciliables con aquella enfática potenciación de la memoria de los muertos que aparece en el Li-Ki, el Libro de los Ritos chino. En este Libro de los Ritos se encuentra lo más digno de fe que haya leído yo jamás sobre la aproximación a los muertos, sobre el sentimiento de su presencia en los días destinados a su memoria. El contenido del Libro se inspira totalmente en el espíritu de Confucio; aunque sólo fue redactado en esta forma muy posteriormente, es aquello que siempre advertimos al leer los Diálogos del Maestro. Con una mezcla de ternura y tenacidad difícil de encontrar en otro sitio, Confucio se esfuerza por acrecentar el sentimiento de veneración hacia algunos muertos. Poco se ha insistido en el hecho de que así intenta disminuir el placer de la supervivencia, una de las tareas más delicadas y que hasta la fecha no ha sido solucionada en modo alguno.

Quien lleva duelo durante tres años por la muerte de su padre, interrumpiendo así radicalmente y por tanto tiempo el curso de sus actividades habituales, no puede sentir placer alguno en la supervivencia; cada satisfacción que ésta le produjera, suponiendo que fuera posible, sería extirpada ya en su base por la práctica de las obligaciones inherentes al duelo. Pues en este período se ha de demostrar, además, que uno es digno del padre, cuya vida asume en todos sus detalles: uno se transforma en él, pero a través de una veneración incesante. No sólo no se lo aleja, sino que se desea su retomo, llegando a obtenerse una sensación del mismo en determinados ritos. El padre muerto sigue existiendo como figura y modelo. Uno se guarda muy bien de no cumplir con las tareas que impone su memoria: hay que mostrarse capaz frente a él.

Al cabo de tres días se vuelve a comer; al cabo de tres meses uno se lava de nuevo; al cabo de un año se vuelve a llevar ropa de seda cruda bajo el traje de luto. La autotortura no debe prolongarse hasta el aniquilamiento del propio ser, a fin de que la vida no sea perjudicada por la muerte. El duelo no deberá sobrepasar los tres años.

Los sacrificios no deberán ser muy frecuentes, pues de lo contrario se tornan onerosos y su solemnidad se ve afectada. Pero tampoco deberán ser demasiado esporádicos, pues uno se vuelve perezoso y olvida a los difuntos.

El día del sacrificio, el hijo pensó en sus padres y evocó su vivienda, su sonrisa, su timbre de voz y su manera de ser; pensó en aquello que les causaba alegría y les gustaba comer. Después de haber ayunado y meditado así por espacio de tres días, vio a aquellos por los cuales ayunaba.

El día del sacrificio, cuando entró en la estancia de sus antepasados, esperó ansiosamente verlos de nuevo en sus sitiales; al caminar, entrar o salir de ella estaba serio, como seguro de que los escucharía moverse o conversar; al dirigirse hacia la puerta, se detuvo a escuchar conteniendo la respiración, como si los hubiera oído suspirar.

Que yo sepa, se trata del único intento serio, en todas las civilizaciones, por suprimir el ansia de sobrevivir. A este respecto habrá que considerar, sin ningún prejuicio, el confucianismo tal como se manifiesta en sus orígenes, y pese a todas sus degeneraciones posteriores.

Con todo el respeto que por esto nos merezca Confucio, no se podrá negar que le importaba mucho más otro problema: utilizar el culto a los muertos para consolidar la tradición. Prefirió este medio a las sanciones; las leyes y los castigos. Prolongar la tradición de padres a hijos le pareció más eficaz, pero sólo en la medida en que el padre estuviera siempre presente, como una imagen no deleznable, ante los ojos del hijo. Tres años de duelo le parecieron necesarios para que el hijo llegara a ser plenamente lo que el padre había sido.

Esto supone una gran confianza en lo que el padre había sido, y pretende evitar un empeoramiento de padres a hijos. Cabe, no obstante, preguntarse si así no se dificultaría también un posible mejoramiento.

1971


En La conciencia de las palabras