31 de mar. de 2011

Pasa la vida » Harry Clarke – Ilustraciones
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Norberto Bobbio - Fascismo

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El fascismo es un sistema político que trata de llevar a cabo un encuadramiento unitario de una sociedad en crisis dentro de una dimensión dinámica y trágica promoviendo la movilización de masas por medio de la identificación de las reivindicaciones sociales con las reivindicaciones nacionales.

Esta definición exige una demostración que nos preocuparemos de dar precisamente con la plena conciencia de las dificultades que hay que afrontar. El fascismo es, en efecto, como un iceberg. Emerge la parte histórica, la parte relativa al fenómeno en la era de sus triunfos y de su derrota final. En cambio, en la política actual, sólo desde hace poco tiempo su profundidad ha sido objeto de los primeros escándalos  porque no existe todavía una noción precisa de lo que es verdaderamente.

Por otra parte, ni siquiera los fascistas sabían qué cosa era el fascismo.  “Del mismo modo que el fascismo se jactó desde el principio de no ser un movimiento teórico, afirmando que la acción está por encima del pensamiento, así también le faltó la capacidad de comprenderse e interpretarse a sí mismo. Su camino siempre estuvo sembrado de intentos de interpretación realizados por amigos y enemigos” (Nolte, 1970).

El hecho de que el predominio de la praxis sobre la doctrina sea precisamente una característica de fascismo no le proporciona, por lo tanto, al juicio externo un paradigma fijo y preciso y le permite a cada uno, en sustancia, inventar su propio fascismo ya sea positivo o negativo. De tal manera se acepta pacíficamente la etiqueta del fascismo para regímenes que no tienen nada que ver con el fascismo (los ordenamientos franquista y salazariano, varios regímenes militares de derecha) y se le niega a otros (el sistema justicialista de Perón, el mismo nacional-socialismo) que reproducen emblemáticamente todas sus modalidades.

La historiografía italiana más inteligente se ha dejado llevar de la dilucidación del fenómeno tal como se produjo en nuestro país a la sobrevaloración de las peculiaridades nacionales, tomándolas casi como circunstancias constitutivas. Cuando mucho se acepta la intencionalidad del fenómeno únicamente dentro del período comprendido entre las dos guerras, partiendo de la crisis de la gran guerra, como presupuesto decisivo y característico. Esta limitación reviste, desde el punto de vista histórico, una utilidad indiscutible, ya que les permite disipar los nubarrones polémicos que una simple admisión de actualidad no podría dejar de acumular, y correría el peligro de extender un certificado de defunción ficticio. Además de esto, si negar la respetabilidad del fascismo en los países europeos en que nació y se desarrolló constituye, después de todo, un razonamiento correcto y aceptable, negar que éste se haya reproducido en otros países en esta posguerra es por lo menos arriesgado.

La damnatio memoriae que afectó nominalísticamente al fascismo hizo que ningún movimiento político considerara oportuno (excepción hecha de las asociaciones nostálgicas que, por lo demás, están muy lejos de su esencia auténtica) retomar abiertamente sus insignias. Pero esto significa muy poco. Hasta en las dos décadas comprendidas entre las dos guerras, los movimientos fascistas negaron ser tales: el líder de los “cruces flechadas” húngaras, Ferencz Szalasi, que debía seguir hasta el final la suerte de la Alemania nazi, proclamaba la peculiaridad de su movimiento: “Ni hitleriano, ni fascismo, ni antisemitismo, sino hungarismo”. El líder del Rexismo belga, León Degrelle, que terminaría siendo general de las S.S., rechaza con desdén la comparación con Hitler y Mussolini: “Yo no soy ni el uno ni el otro, y no tengo ninguna intención de imitarlos”. José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, y Plinio Salgado, líder de la Acción Integrista Brasilera, proclamaban la misma pretensión de originalidad. No sólo: “La afinidad entre los fascismos no excluye la posibilidad de una aversión recíproca” (Hoepke, 1972). Es obvio que los movimientos en que el nacionalismo constituye un elemento determinante nieguen la paternidad de un movimiento externo. Afirmar lo contrario equivaldría en los años prebélicos a confesar la subordinación política a dos grandes potencias en proceso de expansión agresiva, y en los años pos bélicos a confesar una subordinación ideológica a un sistema derrotado militarmente.

De ahí se deduce la siguiente consideración: si es fácil distinguir los regímenes y los movimientos políticos inspirados en las ideologías corrientes (se trata de un cálculo meramente exterior), en el caso de los regímenes y de los movimientos de tipo fascista se requiere una verdadera operación de descifración. Sólo después de aclarar las circunstancias que suelen acompañar el nacimiento y las modalidades propias del fenómeno, es decir sólo después de haber establecido la carta de identidad del fascismo sería posible catalogar los distintos fascismos pasados y contemporáneos, reconocer los elementos fascistas existentes en sistemas insospechables y absolver o desenmascarar los falsos fascismos.

Desde ahora se puede anticipar que para los fines del redescubrimiento del fascismo como fenómeno ideológico-político del mundo actual, es más útil el examen de ciertos fascismos menores que el desentrañamiento del prototipo italiano. El florecimiento de estudios sobre el fascismo francés, sobre el falangismo, sobre los fascismos balcánicos y sobre el integrismo brasilero (la Acción Integrista, con más de un millón de afiliados, es el partido fascista más numeroso del período comprendido entre las dos guerras después del P.N.F. y la N.S.D.A.P.) ayudan a comprender un aspecto plausible y actual del fascismo sin recurrir de manera resuelta al espejo enceguecedor del fascismo italiano y de la variante alemana. Al mismo tiempo, una serie de ensayos que relaciona el fascismo con el proceso de industrialización introduce en el examen del fenómeno un elemento tal vez inquietante, pero despiadadamente realista.


En Diccionario de política


30 de mar. de 2011

Roberto Bolaño - Unas pocas palabras para Enrique Lihn

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En mi adolescencia era lugar común hablar de Lihn y de Teillier como de dos opciones enfrentadas. Los muchachos sensibles, los que no querían envejecer (o los que querían envejecer de inmediato), preferían a Teillier. Los que estaban dispuestos a discutir la cuestión preferían a Lihn. No era esta la única de sus virtudes. Frecuentar su poesía es enfrentarse con una voz que lo cuestiona todo. Esa voz, sin embargo, no sale del infierno, ni de las profecías milenaristas, ni siquiera de un ego profético, sino que es la voz del ciudadano ilustrado, un ciudadano que espera llegar a la modernidad o que es resignadamente moderno. Un ciudadano que ha aprendido la lección de Parra, su maestro y compañero de travesuras, y que en ocasiones nos ofrece una visión latinoamericana refulgente y original. Todo el fulgor, sin embargo, en Lihn está tamizado por un ejercicio constante de la inteligencia.

¿Merecimos los chilenos tener a Lihn? Esta es una pregunta inútil que él jamás se hubiera permitido. Yo creo que lo merecimos. No mucho, no tanto, pero lo merecimos.

Esa lucidez, en los años setenta, le costará el estigma y el anatema de la izquierda dogmática y neostalinista que incluso llegará a acusarlo de connivencia con el pinochetismo. Esos mismos que entonces no levantaron la voz para defender a Reinaldo Arenas y que hoy se acomodan como putines* en la nueva situación, intentaron borrarlo del mapa, deslegitimar una voz que por lo demás siempre se consideró a sí misma como voz bastarda, hija del imperioso azar y de la necesidad, que tiene cara de perro.

¿Merecimos los chilenos tener a Lihn? Esta es una pregunta inútil que él jamás se hubiera permitido. Yo creo que lo merecimos. No mucho, no tanto, pero lo merecimos, aunque sólo sea por las almas puras, por los príncipes idiotas y por los alegres analfabetos que el país produjo con extraña generosidad y que aún hoy, según cuentan los viajeros, sigue produciendo, aunque en cantidades más limitadas. Bajo cierta luz, Lihn también podría ser un príncipe idiota y un alegre analfabeto.

En el ejercicio de la poesía, a la que siempre le fue fiel, sólo hay un poeta en lengua española que se le pueda comparar, Jaime Gil de Biedma, aunque el abanico de registros de Lihn es mucho más amplio. En el ejercicio del ensayo, de la reseña, del manifiesto e incluso del libelo, no hubo en Chile escritor más certero ni más libre. En la narrativa no alcanzó las cotas de Donoso o de Edwards, aunque siempre quedará la sospecha de que en el fondo, como por los demás todos los grandes poetas de ese país, juzgaba el arte de crear ficciones como algo innecesario, algo que no le iba a salvar la vida. Sus cuentos, sin embargo, siguen vivos, como sigue viva “La orquesta de cristal”, libro mítico por inencontrable y al cual no me atrevo a llamar novela, aun pese a saber que si hay que llamarlo de alguna manera es la palabra novela la que más se acerca a ese libro misterioso. De hecho, hay dos prosistas en la generación del cincuenta que están por descubrir: Lihn y Giaconi.

Es extraño pensar en Lihn ahora, en Giaconi, en Parra, en Teillier, en Rodrigo Lira, en Gonzalo Rojas, en poetas como Maquieira y Bertoni, en narradores como Contreras y Collyer, resulta extraño pensar en ellos y en tantos más. Te queda la extraña sensación de que la literatura ha estado a la altura de la realidad. La famosa rea, la rea, la rea, la rea-li-dad.

*Ay, mi hipócrita, no es argot mexicano, es  Vladimir Putin.



29 de mar. de 2011

Roberto Arlt - Odio desde la otra vida

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Fernando sentía la incomodidad de la mirada del árabe, que, sentado a sus espaldas a una mesa de esterilla en el otro extremo de la terraza, no apartaba posiblemente la mirada de su nuca. Sin poderse contener se levantó, y, a riesgo de pasar por un demente a los ojos del otro, se detuvo frente a la mesa del marroquí y le dijo:

—Yo no lo conozco a usted. ¿Por qué me está mirando?

El árabe se puso de pie y, después de saludarlo ritualmente, le dijo:

—Señor, usted perdonará. Me he especializado en ciencias ocultas y soy un hombre sumamente sensible. Cuando yo estaba mirándole a la espalda era que estaba viendo sobre su cabeza una gran nube roja. Era el Crimen. Usted en esos momentos estaba pensando en matar a su novia.

Lo que le decía el desconocido era cierto: Fernando había estado pensando en matar a su novia. El moro vio cómo el asombro se pintaba en el rostro de Fernando y le dijo:

—Siéntese. Me sentiré muy orgulloso de su compañía durante mucho tiempo.

Fernando se dejó caer melancólicamente en el sillón esterillado. Desde el bar de la terraza se distinguían, casi a sus pies, las murallas almenadas de la vieja dominación portuguesa; más allá de las almenas el espejo azul del agua de la bahía se extendía hasta el horizonte verdoso. Un transatlántico salía hacia Gibraltar por la calle de boyas, mientras que una voz morisca, lenta, acompañándose de un instrumento de cuerda, gañía una melodía sumamente triste y voluptuosa. Fernando sintió que un desaliento tremendo llovía sobre su corazón. A su lado, el caballero árabe, de gran turbante, finísima túnica y modales de señorita, reiteró:

—Estaba precisamente sobre su cabeza. Una nube roja de fatalidad. Luego, semejante a una flor venenosa, surgió la cabeza de su novia. Y yo vi repetidamente que usted pensaba matarla. 

Fernando, sin darse cuenta de lo que hacía, movió la cabeza, confirmando lo que el desconocido le decía. El árabe continuó:

—Cuando desapareció la nube roja, vi una sala. Junto a una mesa dorada había dos sillones revestidos de terciopelo verde.

Fernando ahora pensó que no tenía nada de inverosímil que el árabe pudiera darle datos de la habitación que ocupaba Lucía, porque ésta miraba al jardín del hotel. Pero asintió con la cabeza. Estaba aturdido. Ya nada le parecía extraordinario ni terrible. El árabe continuó:

—Junto a usted estaba su novia con el tapado bajo el brazo—y acto seguido el misterioso oriental comenzó con su lápiz a dibujar en el mármol de la mesa el rostro de la muchacha.

Fernando miraba aparecer el rostro de la muchacha que tanto quería, sobre el mármol, y aquello le resultaba, en aquel extraño momento, sumamente natural. Quizás estaba viviendo un ensueño. Quizás estaba loco. Quizás el desconocido era un bribón que le había visto con Lucía por la Cashba. Pero lo que este granuja no podía saber era que él pensaba en aquel momento matar a Lucía.

El árabe prosiguió:

—Usted estaba sentado en el sillón de terciopelo verde mientras que ella le decía: "Tenemos que separarnos. Terminar esto. No podemos continuar así". Ella le dijo esto y usted no respondió una palabra. ¿Es cierto o no es cierto que ella le dijo eso?

Fernando asintió, mecanizado, con la cabeza. El árabe sacó del bolsillo una petaca, extrajo un cigarrillo, y dijo:

—Usted y Lucía se odian desde la otra vida.

—. . .

—Ustedes se vienen odiando a través de una infinita serie de reencarnaciones.

Fernando examinó el cobrizo perfil del hombre del turbante y luego fijó tristemente los ojos en el espejo azul de la bahía. El transatlántico había doblado el codo de las boyas, su penacho de humo se inmovilizaba en el espacio, y una tristeza tremenda le aplanaba sobre el sillón, mientras que el árabe, con una naturalidad terrorífica, proseguía.

—Y usted quiere morir porque la ama y la odia. Pero el odio es entre ustedes más fuerte que el amor. Hace millares de años que ustedes se odian mortalmente. Y que se buscan para dañarse y desgarrarse. Ustedes aman el dolor que uno le inflige al otro, ustedes aman su odio porque ninguno de ustedes podrían odiar más perfectamente a otra persona de la manera que recíprocamente se odian ya.

Todo ello era cierto. El hombre de la chilaba prosiguió:

—¿Quiere usted venir a mi casa? Le mostraré en el pasado el último crimen que medió entre usted y su novia. ¡Ah!, perdón por no haberme presentado. Me llamo Tell Aviv; soy doctor en ciencias ocultas.

Fernando comprendió que no tenía objeto resistirse a nada. Bribón o clarividente, el desconocido había penetrado hasta las raíces de su terrible problema. Golpeó el gong y un muchachito morisco, descalzo, corrió sobre las esteras hacia la mesa, recibió el duro "assani", presto como un galgo le trajo el vuelto y pronto Fernando se encontró bajo las techadas callejuelas caminando al lado de su misterioso compañero, que, a pesar de gastar una magnífica chilaba, no se recataba de pasar al lado de grasientas tiendas donde hervían pescado día y noche, y puestos de té verde, donde en amontonamiento bestial se hacinaban piojosos campesinos descalzos.

Finalmente llegaron a una casa arrinconada en un ángulo del barrio de Yama el Raisuli.

Tell Aviv levantó el pesado aldabón morisco y lo dejó caer; la puerta, claveteada como la de una fortaleza, se entreabrió lentamente y un negro del Nedjel apareció sombrío y semidesnudo. Se inclinó profundamente frente a su amo; la puerta, entonces se abrió aun más, y Fernando cruzó un patio sombreado de limoneros con grandes tinajones de barro en los ángulos. Tell Aviv abrió una puerta y le invitó a entrar. Se encontraban ahora en un salón con un estrado al fondo cubierto de cojines. En el centro una fontana desgranaba su vara de agua. Fernando levantó la cabeza. El techo de la habitación, como el de los salones de la Alhambra, estaba abombado en bóveda. Ríos de constelaciones y de estrellas se cuajaban entre las nebulosas, y Tell Aviv, haciéndole sentar en un cojín, exclamó:

—Que la paz de Alá esté en tu corazón. Que la dulzura del Profeta aceite tu generosidad. Que tus entrañas se cubran de miel. Eres un hombre ecuánime y valiente. No has dudado de mi amistad.

Y como si estuvieran perdidos en una tienda del desierto, batió tan rudamente el gong que el negro, sobresaltado, apareció con un puñado de rosas amarillas olvidado entre las manos:

—Rakka, trae la pipa—y dirigiéndose a Fernando, aclaró:—Fumarás ahora la pipa de la buena droga. Ello facilitará tu entrada en el plano astral. Se te hará visible la etapa de tu último encuentro con la que hoy es tu novia. La continuidad de vuestro odio.

Algunos minutos después Fernando sorbía el humo de una droga acre al paladar como una pulpa de tamarindo. Así de ácida y fácil. Su cuerpo se deslizó definitivamente sobre los cojines, mientras que su alma, diligentemente, se deslizaba a través de espesas murallas de tinieblas. A pesar de las tinieblas él sabía que se encaminaba hacia un paisaje claro y penetrante. Rápidamente se encontró en las orillas de una marisma, cargada de flexibles juncos. Fernando no estaba triste ni contento, pero observaba que todas las particularidades vegetales del paisaje tenían un relieve violento, una luminosidad expresiva, como si un árbol allí fuera dos veces más profundamente árbol que en la tierra.

Más allá de la marisma se extendía el mar. Un velero, con sus grandes lienzos rojos extendidos al viento, se alejaba insensiblemente. De pronto Fernando se detuvo sorprendido. Ahora estaba vestido al modo oriental, con un holgado albornoz de verticales rayas negras y amarillas. Se llevó la mano al cinto y allí tropezó con un pistolón de chispa.

Un pesado yatagán colgaba de su cinturón de cuero. Más allá la arena del desierto se extendía fresca hasta el ribazo de árboles de un bosque. Fernando se echó a caminar melancólicamente y pronto se encontró bajo la cúpula de los árboles de corteza lisa y dura y de otros que por un juego de luz parecían cubiertos por escamas de cobre oxidado. Como Tell Aviv le había dicho, la paz estaba en él. No lejos se escuchaba el murmullo de un río. Continuó por el sendero, y una hora después, quizá menos, se encontró en la margen del río. El lecho estaba sembrado de peñascos y las aguas se quebraban en sus filos en flechas de cristal. Lo notable fue que, al volver la cabeza, vio un hermoso caballo ensillado, con una hermosa silla de cuero labrado. Fernando, sorprendido, buscó con la mirada en derredor. No se veía al dueño del caballo por ninguna parte. El caballo inmóvil, de pie junto al río, miraba melancólicamente pasar las aguas. Fernando se acercó. Un sobresalto de terror dejó rígido su cuerpo y rápidamente llevó la mano al alfanje. No lejos del caballo, sobre la arena, completamente dormida, se veía una boa constrictor. El vientre de la boa, cubierto de escamas negras y amarillas, aparecía repugnantemente deformado en una gran extensión. Por la boca de la boa salían los dos pies de un hombre. No había dudas ahora. El hombre que montaba el caballo, al llegar al río, desmontó posiblemente para beber, y cuando estaba inclinado de cara sobre el agua, probablemente la boa se dejó caer de la rama de un árbol sobre él, lo trituró entre sus anillos y después se lo tragó. ¡Vaya a saber cuántas horas hacía que el caballo esperaba que su amo saliera del interior del vientre de la boa!

Fernando examinó el filo de su yatagán—era reciente y tajante—, se aproximó a la boa, inmóvil en el amodorramiento de su digestión, y levantó el alfanje. El golpe fue tremendo. Cercenó no sólo la cabeza del reptil sino los dos pies del muerto. La boa decapitada se retorció violentamente.

Entonces Fernando, considerando el atalaje del caballo, pensó que el hombre que había sido devorado por la boa debía ser un creyente de calidad, cuya tumba no debía ser el vientre de un monstruo. Se acercó a la boa y le abrió el vientre. En su interior estaba el hombre muerto. Envuelto en un rico albornoz ensangrentado, con puñal de empuñadura de oro al cinto. Un bulto se marcaba sobre su cintura. Fernando rebuscó allí; era una talega de seda. La abrió y por la palma de su mano rodó una cascada de diamantes de diversos quilates. Fernando se alegró. Luego, ayudándose de su alfanje, trabajó durante algunas horas hasta que consiguió abrir una tumba, en la cual sepultó al infortunado desconocido.

Luego se dirigió a la ciudad, cuyas murallas se distinguían allá a lo lejos en el fondo de una curva que trazaba el río hacia las colinas del horizonte.

Su día había sido satisfactorio. No todos los hijos del Islam se encontraban con un caballo en la orilla de un río, un hombre dentro del vientre de una boa y una fortuna en piedras preciosas dentro de la escarcela del hombre. Alá y el Profeta evidentemente le protegían.

No estaban ya muy distantes, no, las murallas de la ciudad. Se distinguían sus macizas torres y los centinelas con las pesadas lanzas paseándose detrás de los merlones.

De pronto, por una de las puertas principales salió una cabalgata. Al frente de ella iba un hombre de venerable barba. El grupo cabalgaba en dirección de Fernando. Cuando el anciano se cruzó con Fernando, éste lo saludó llevándose reverentemente la mano a la frente. Como el anciano no le conocía, sujetó su potro, y entonces pudo observar la cabalgadura de Fernando, porque exclamó:

—Hermanos, hermanos, mirad el caballo de mi hijo.

Los hombres que acompañaban al anciano rodearon amenazadores a Fernando, y el anciano prosiguió:

—Ved, ved, su montura. Ved su nombre inscripto allí.

Recién Fernando se dio cuenta de que efectivamente, en el ángulo de la montura estaba escrito en caracteres cúficos el posible nombre del muerto.

—Hijo de un perro. ¿De dónde has sacado tú ese caballo?

Fernando no atinaba a pronunciar palabra. Las evidencias lo acusaban. De pronto el anciano, que le revisaba y acababa de despojarle de su puñal y alfanje ensangrentado, exclamó:

—Hermanos..., hermanos..., ved la bolsa de diamantes que mi hijo llevaba a traficar...

Inútil fue que Fernando intentara explicarse. Los hombres cayeron con tal furor sobre él, y le golpearon tan reciamente, que en pocos minutos perdió el sentido. Cuando despertó, estaba en el fondo de una mazmorra oscura, adolorido.

Transcurrieron así algunas horas, de pronto la puerta crujió, dos esclavos negros le tomaron de los brazos y le amarraron con cadenitas de bronce las manos y los pies. Luego a latigazos le obligaron a subir los escalones de piedra de la mazmorra, a latigazos cruzó con los negros corredores y después entró a un sendero enarenado. Su espalda y sus miembros estaban ensangrentados. Ahora yacía junto al cantero de un selvático jardín. Las palmas y los cedros recortaban el cielo celeste con sus abanicos y sus cúpulas; resonó un gong y dejaron de azotarle. El anciano que le había encontrado en las afueras de la ciudad apareció bajo la herradura de una puerta en compañía de una joven. Ella tenía descubierto el rostro. Fernando exclamó:

—Lucía, Lucía, soy inocente.

Era el rostro de Lucía, su novia. Pero en el sueño él se había olvidado de que estaba viviendo en otro siglo.

El anciano lo señaló a la joven, que era el doble de Lucía, y dijo:

—Hija mía; este hombre asesinó a tu hermano. Te lo entrego para que tomes cumplida venganza en él.

—Soy inocente—exclamó Fernando—. Le encontré en el vientre de una boa. Con los pies fuera de la boa. Lo sepulté piadosamente.—Y Fernando, a pesar de sus amarraduras, se arrodilló frente a "Lucía". Luego, con palabras febriles, le explicó aquel juego de la fatalidad. "Lucía", rodeada de sus eunucos, le observaba con una impaciente mirada de mujer fría y cruel, verdoso el tormentoso fondo de los ojos. Fernando de rodillas frente a ella, en el jardín morisco, comprendía que aquella mirada hostil y feroz era la muralla donde se quebraban siempre y siempre sus palabras. "Lucía" lo dejó hablar, y luego, mirando a un eunuco, dijo:

—Afcha, échalo a los perros.

El esclavo corrió hasta el fondo del jardín, luego regresó con una traílla de siete mastines de ojos ensangrentados y humosas fauces. Fernando quiso incorporarse, escapar, gritar, otra vez su inocencia. De pronto sintió en el hombro la quemadura de una dentellada, un hocico húmedo rozó su mejilla, otros dientes se clavaron en sus piernas y...

El negro de Nedjel le había alcanzado una taza de té, y sentado frente a él Tell Aviv dijo:

—¿No me reconoces? Yo soy el criado que en la otra vida llamé a los perros para hacerte despedazar.

Fernando se pasó la mano por los ojos. Luego murmuró:

—Todo esto es extraño e increíblemente verídico.

Tell Aviv continuó:

—Si tú quieres puedes matar a Lucía. Entre ella y yo también hay una cuenta desde la otra vida.

—No. Volveríamos a crear una cuenta para la próxima vida.

Tell Aviv insistió.

—No te costará nada. Lo haré en obsequio a tu carácter generoso.

Fernando volvió a rehusar, y, sin saber por qué, le dijo:

—Eres más saludable que el limón y más sabroso que la miel; pero no asesines a Lucía. Y ahora, que la paz de Alá esté en ti para siempre.

Y levantándose, salió.

Salió, pero una tranquilidad nueva estaba en el fondo de su corazón. Él no sabía si Tell Aviv era un granuja o un doctor en magia, pero lo único que él sabía era que debía apartarse para siempre de Lucía. Y aquella misma noche se metió en un tren que salía para Fez, de allí regresó para Casablanca y de Casablanca un día salió hacia Buenos Aires. Aquí le encontré yo, y aquí me contó su historia, epilogada con estas palabras:

—Si no me hubiera ido tan lejos creo que hubiera muerto a Lucía. Aquello de hacerme despedazar por los perros no tuvo nombre. . .


27 de mar. de 2011

Marvin Harris - Un rompecabezas chino

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Confucio, el filósofo de la ética y la política más popular de China, nació en el mismo siglo que Gautama y Mahavira. Al igual que sus contemporáneos indios, Confucio viajó de un Estado en guerra a otro, predicando una «vía óctuple» que comprendía el amor a la humanidad, benevolencia, deberes filiales y cívicos, veracidad, respeto por los antepasados y la sabiduría, y la paz entre los pueblos. Es posible que fuera Confucio quien formulara por primera vez el precepto de oro, al menos en su forma negativa: « No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti.» 

Este mensaje de amor y paz no caló con facilidad en los jefes militares a que iba dirigido principalmente. Mencio, el discípulo más famoso de Confucio (comparado a veces con el Pablo de Jesús), llegó incluso a sugerir que, en el orden de las cosas, el trato justo de los ciudadanos corrientes era más importante que la riqueza y la gloria del soberano. Mencio dijo que «los hombres son el bien más precioso de un Estado. Le siguen las aras de la tierra y los cultivos, y, en último lugar, está el príncipe». Acaso Mencio fue el primer hombre de la historia en expresar su condena de los instigadores de la guerra, calificándolos de delincuentes: «En una lucha por la posesión de un pedazo de tierra los muertos cubrirán los campos; en el sitio para tomar una ciudad los muertos llenarán la ciudad. Esto es llevar el país a devorar seres humanos. Incluso la pena de muerte es poco para un crimen como ese.» 

Aún así, no puede decirse que Confucio y Mencio fueran los reformadores éticos más radicales de China. Mo Tse, coetáneo menos conocido de Confucio, abogaba por unos principios que guardaban un parecido asombroso con la ética esencial del cristianismo. Rechazando la necesidad de jerarquizar la vida social e incluso la prioridad del derecho de los padres al afecto de un hijo, Mo Tse declaró que todos los seres humanos deben amarse por igual. « La parcialidad debe ser sustituida por la universalidad.» La nueva vía debía ser una vía de amor universal y ayuda mutua. De hecho, por lo que respecta al amor filial, tan fundamental en la ética de Confucio, es más importante amar a los padres de los demás que a los propios porque, decía Mo Tse, sólo así los propios padres podrán quedar libres de la malquerencia de los demás. 

A juzgar por toda la doctrina de la piedad filial, es indudable que [los hijos] desean que los demás amen a sus padres. Ahora bien, ¿qué debo hacer en primer lugar para conseguir este fin? ¿Debo empezar amando a los padres de los demás para que, a cambio, amen a los míos, o debo empezar odiando a los padres de los demás para que, a cambio, amen a mis padres? Claro que debo empezar amando a los padres de los demás [...]. Por esta razón, los que deseen mostrar su amor filial a los padres propios [...] harán bien empezando por amar y beneficiar a los padres de los demás.

Confucio y sus seguidores se sintieron indignados con la defensa que hacía Mo Tse del amor universal; Mencio, en particular, lanzó una amarga diatriba contra la imparcialidad hacia los padres propios. Reconocer que ni los padres ni el emperador tenían más derecho a ser amados que las demás personas equivalía a «reducir al ser humano al nivel de las bestias». Debía prohibirse que los «oradores perversos», predicadores de la imparcialidad universal, se manifestaran en público. En cuanto al amor universal aplicado a las relaciones entre superiores e inferiores, Mencio decía lo siguiente: «Por lo que respecta a las criaturas inferiores, el hombre superior se mostrará con ellas bondadoso, pero no afectuoso. Por lo que respecta a la gente en general, será amable con ellos, pero no afectuoso. Será afectuoso con sus familiares y amable con la gente en general. Será amable con la gente en general y bondadoso con las criaturas.» 

La creencia de Mo Tse en el principio del amor universal le llevó a entablar una lucha vitalicia por abolir la guerra. Como los pacifistas de nuestros días, Mo Tse intentó demostrar que las guerras estaban motivadas por la codicia y que, si bien la victoria podía granjear riqueza y gloria a unos pocos, para la mayoría suponía una calamidad. En cuanto Mo Tse y sus discípulos tenían noticia de alguna hostilidad inminente, partían corriendo hacia el Estado agresor para tratar de persuadir a sus jefes militares de no atacar. 

Mo Tse no era, sin embargo, un pacifista absoluto. Era contrario al desarme unilateral y su argumento en favor de una defensa fuerte tiene resonancias extrañamente modernas. La paz sólo se podía mantener si los Estados pequeños almacenaban provisiones, conservaban en buen estado sus murallas interiores y exteriores y velaban por la armonía de sus relaciones sociales internas. Debido a su militancia en favor de la idea de una defensa poderosa como disuasión de la guerra, Mo Tse y sus discípulos se convirtieron en especialistas en artes militares, y fueron muy solicitados por los Estados deseosos de protegerse de sus vecinos agresivos. 

Como ya he indicado, los confucianos también criticaban duramente la guerra. Pero los moístas fueron más lejos. Sung Tse, contemporáneo moísta de Mencio, predicaba que había que evitar el conflicto ofreciendo, efectivamente, la otra mejilla: «Al mostrar que ser insultado no significa perder el honor podemos impedir que la gente pelee. La gente pelea porque se siente deshonrada por el insulto. Cuando descubre que ser insultado no significa perder el honor, dejará de pelear.» Esto me lleva a uno de los mayores enigmas de la humanidad. Pese a los estrechos paralelismos existentes entre los principios éticos chinos e indios de los siglos VI y V a.C., no puede decirse que ninguno de los reformadores chinos fundara una religión radicalmente nueva. Su influencia en las creencias chinas sobre el alma humana, la vida después de la muerte, la debida realización de los rituales y la vía para obtener la salvación es prácticamente indetectable. 

Cada vez que los discursos de los confucianos tocan temas relativos a los dioses y los antepasados, se tornan huecos, dubitativos y a menudo francamente agnósticos. Efectivamente, en las Analectas de Confucio nos enteramos de que «los temas de los que el Maestro no habló eran: cosas extraordinarias, proezas, desorden y seres espirituales». Cuando su discípulo Chi Lu preguntó cómo se podía servir a los espíritus, Confucio respondió: «Si no eres capaz de servir a los hombres, ¿cómo vas a servir a sus espíritus?» Chi Lu se aventuró entonces a inquirir cómo era la muerte. «Si no conoces la vida, ¿cómo vas a conocer la muerte?», fue la respuesta. En otra ocasión, alguien pidió a Confucio una explicación acerca del sacrificio a los antepasados. Aunque era partidario de mantener estos ritos, dijo que no lo sabía. «Quien conozca la explicación tendrá  la misma facilidad para resolver las cosas de este mundo que yo para hacer esto», dijo, posando un dedo en la palma de su otra mano.

En general, Confucio da la impresión de ser más bien tibio en los asuntos religiosos. Su definición de la sabiduría era la siguiente: « Entregarse seriamente a los deberes que corresponden a los hombres y, sin dejar de respetar los seres espirituales, mantenerse apartado de éstos.» Confucio tampoco se molestó nunca en aclarar si «cielo» significaba para él una fuerza cósmica impersonal, como la «naturaleza», o un dios personal animista interesado en los asuntos de los hombres. 

Es cierto que a Mo Tse le preocupaba mucho más que a Confucio fundar sus principios éticos en la voluntad de un dios personal interesado en los asuntos humanos. Para él es el cielo quien desea la rectitud y abomina la maldad, y es voluntad del cielo que los hombres se amen unos a otros de forma universal. Pero el núcleo principal del argumento de Mo Tse a favor del amor universal se basa realmente en razones pragmáticas según las cuales la imparcialidad puede prevenir la guerra y el sufrimiento. Al postular la existencia de un dios personal, Mo Tse tampoco rompía con la tradición china. Las inscripciones y los textos del período shang testimonian que la creencia en «Ti» o «Shang Ti» (Dios en las Alturas) constituía un elemento importante de la religión china mucho antes del siglo VI a.C. Los estudiosos están en general de acuerdo en que la religión shang estuvo indisolublemente ligada a la génesis y legitimación del Estado shang. La creencia era que Ti, el dios supremo, concedía cosechas abundantes y ayuda divina en el campo de batalla, que los antepasados del rey podían interceder ante Ti y que el rey podía comunicarse con sus antepasados. Por esta razón, el culto a los antepasados shang prestaba apoyo psicológico e ideológico a la autoridad política de los reyes shang. 

Salvo en lo tocante al contenido ético de la voluntad celestial, no había nada realmente nuevo en la idea que presentaba Mo Tse de un cielo en forma de dios personal. En la religión de Mo Tse faltan por completo las maravillas cósmicas, las complicadas lucubraciones y pasiones adoradoras provocadas por la existencia de seres superiores en las grandes religiones de la India y de Occidente. Al igual que Confucio, Mo Tse aceptaba la necesidad de hacer sacrificios a los muertos, pero no estaba tan seguro de la existencia de espectros y espíritus fuera del cielo. Su punto de vista era que nada se perdía con ejecutar rituales sacrificatorios puesto que los alimentos no eran desechados sino consumidos, y nadie hace ascos a una buena comida. En palabras del propio Mo Tse: 

Si los espectros y espíritus no existen, parecerá derroche material de vino y pasteles. Pero su utilidad no acaba en la cuneta o el arroyo, sino que los miembros del clan y los amigos de la aldea y del distrito aún pueden comer y beber de ellos. Así, aunque no hubiera espectros ni espíritus, un sacrificio aún serviría para reunir a un grupo de gente donde los participantes se pueden divertir y trabar amistad con sus vecinos. 

Este pasaje demuestra que, 2.500 años antes que los antropólogos como yo, Mo Tse ya había comprendido la relación práctica existente entre las ofrendas alimentarias y la celebración de festines redistributivos. Pero en su enfoque pragmático de la vida y la muerte del alma, su genio le abandonó y, según parece, siguió el consejo de Confucio de mantenerse respetuoso pero distante. Sea como fuere, si Mo Tse estuvo efectivamente a punto de fundar una nueva religión, no tuvo la menor influencia en la posterior vida religiosa de China. A partir de la dinastía Han el confucianismo se convirtió en el credo filosófico y ético oficial del Estado chino, y las enseñanzas de Mo Tse fueron condenadas. Hace muy poco tiempo tan sólo que los estudiosos chinos han empezado a reconocer en él a un igual de Confucio y a rescatar su memoria de un inmerecido olvido.

¿Es mera casualidad que los grandes reformadores éticos de China no hayan sido líderes religiosos carismáticos y que hasta la actualidad el culto a los antepasados haya seguido siendo la religión dominante del pueblo y del Estado chinos? El budismo fue la única religión de carácter universalizador que jamás llegó a afianzarse en China, y esto sólo por predicar el culto a los antepasados como una de las principales formas de acumular méritos en el camino hacia el nirvana. Aún así, el Estado temía la propagación de esta religión extranjera entre sus masas; salvo los dos intervalos dinásticos a los que hice alusión unas páginas atrás, el budismo nunca llegó a sustituir como religión oficial al culto a los antepasados. Los misioneros budistas gozaban de libertad y del derecho a fundar monasterios y conventos y no tuvieron dificultades para hacer conversos entre las masas chinas, a las que no siempre daban satisfacción espiritual las tendencias chamánicas del taoísmo y el árido pragmatismo confuciano con su culto a los antepasados. No obstante, cuando los templos y monasterios se fueron multiplicando y aumentó el número de conversos, el Estado intervino repetidamente para frenar esta expansión. Por último, en el año 845 d.C. la dinastía T'ang emprendió un esfuerzo extremo por destruir la base material del budismo. El Estado confiscó cientos de miles de kilómetros cuadrados de tierras que estaban en manos de los monasterios, destruyó 40.000 santuarios y 4.600 templos, y obligó a 260.500 monjes y monjas a volver a ocupaciones seculares productivas. El budismo chino nunca se recuperó de este golpe. 

Volviendo a Confucio, Mo Tse y Mencio, sigue en el aire la pregunta de por qué su visión ética nunca llegó a convertirse en fundamento de una religión espiritualizada, por no hablar de una religión de difusión universal. ¿Había algo diferente en los primeros Estados chinos? ¿Acaso era porque tenían una cultura más homogénea y estaban más centralizados que los de la India y Occidente, y así podían prescindir de una religión universalizadora que trascendiera el culto a los antepasados? ¿O era algo completamente distinto? A decir verdad no lo sé.


En Nuestra especie


26 de mar. de 2011

Ítalo Calvino - Geografía de las hadas

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El primer atributo es la liviandad. Pequeños de estatura con cuerpos de «naturaleza análoga a la de una nube condensada» o «de aire coagulado», en una palabra, de una materia tan sutil y tenue que para nutrirse les basta cualquier líquido que penetre por sus poros como en las esponjas, o bien semillas que disputan a las cornejas y a los ratones. Viven bajo tierra, en montículos perforados de galerías y grietas, pero a veces se elevan y vuelan a media altura. Su apariencia y quizá su presencia misma es discontinua: sólo quien esté dotado de visión segunda puede percibirlos, y siempre por breves instantes porque aparecen y desaparecen. Sus moradas subterráneas están iluminadas por lámparas perpetuas, que brillan sin combustible alguno; hay quien dice que de sus propias personas emana una luz verdosa. Tienen vidas mucho más largas que las humanas, pero son también mortales: en cierto momento, sin enfermarse ni sufrir, se enrarecen y se esfuman...

El trabajo no les es desconocido, si es cierto que cerca de sus moradas se oye martillar y se siente «hornear». Sus mujeres tejen y cosen, según unos, «extrañas telarañas», según otros, «arco iris impalpables», y otros, vestidos semejantes a los nuestros. Pero aun en nuestras cocinas, a veces, mientras dormimos, reordenan serviciales los platos y ponen todo en su lugar. Las relaciones con los seres humanos consisten en estos pequeños servicios pero también en trastadas y pequeños hurtos, o arrojan piedras a veces grandes, pero que no hacen daño. Más grave es el rapto de niños o de nodrizas (adoran la leche) que permanecen con ellos cierto tiempo bajo tierra mientras arriba sus personas son sustituidas por dobles o apariencias larvales.

Tienen inclusive relaciones sexuales con los humanos, especialmente sus hembras, pero en el plano de un juego lascivo y ligero, como en los sueños, sin pasión ni drama.

No son ajenos a la guerra y a la credulidad, pero todo queda entre ellos y poco es lo que nos hacen saber. Hablan las lenguas humanas de los lugares donde viven, pero «como en un silbido fino». «Se diría que poseen muchos libros de cuentos encantadores, pero el efecto de tales lecturas se manifiesta solamente con accesos de alegría extraña.» Tienen momentos de exaltación y de desasosiego, pero su estado más frecuente es la melancolía, debido quizá a su naturaleza incierta. Este es el «pueblo menudo» de los Siths, al que está dedicado un libro publicado por Adelphi (Robert Kirk, Il regazo segreto; edición cuidada por Mario M. Rossi, cuyo ensayo Il cappellano delle fate completa el volumen). Siths es el nombre que se daba en Escocia a los que en Inglaterra se denominan fairies (no existe en italiano una palabra equivalente porque «las hadas» son sólo femeninas, mientras que fairy es tanto femenina como masculina) y en el mundo germánico «elfos» o, con ciertas diferencias específicas, duendes o gobelins, y toda variedad de enanos y gnomos (a menudo relacionados con las minas y los tesoros escondidos), incluidos aquí los hobbits de Tolkien.

El mundo sobrenatural de los pueblos celtas es hormigueante e intrincado y multiforme, difícil de ordenar. O tal vez vemos más ordenado el mundo mediterráneo de faunos, ninfas, dríadas y amadríadas solamente porque las profusas mitologías locales han sido pasadas por el tamiz de la sistematicidad jerárquica y homologadora de la cultura griega y latina. El poder de transfiguración poética del imaginario nórdico nos ha dado Titania, Oberón, Puck, así como el poema de Spenser. Pero aun a través de la palabra de los poetas el reinado de las hadas célticas comunica la fuerza virgen de un mundo irreductiblemente «otro», que la literatura no consigue domar a fondo.

También en la Francia céltica (Bretaña y Normandía sobre todo) el «pueblo menudo» tiene antiguas raíces, y en literatura ha dejado huellas en los cuentos fantásticos de Nodier y en una novela de Barbey d'Aurevilly, L'ensorcelée, donde las apariciones mágico telúricas que afloran en el mundo moderno transmiten un sentimiento muy inquietante. Pero en los verdes prados de Irlanda y en los brezales de Escocia es donde esta genia impalpable ha alcanzado la máxima densidad de población. Si no un censo, por lo menos una clasificación de especies y familias han intentado para Escocia Walter Scott (en Demonology and Witchcraft) y para Irlanda W. B. Yeats (en Irish Folktales): dos ingenios que aplicaron al culto de las tradiciones un espíritu sistemático.

Es diferente el caso de Robert Kirk, que a finales del Setecientos era párroco de la iglesia presbiteriana en una aldea de los confines de los Highlands, Aberfoyle, en Escocia, sometida poco antes a la corona inglesa, devastada por las guerras civiles y de religión, con poblaciones misérrimas en situación de zozobra existencial, de crisis de identidad cultural y religiosa. Estamos en lugares y tiempos en que la supervivencia de las antiguas creencias era fortísima, la topografía misma estaba saturada por la presencia de las hadas, la «visión segunda» era una experiencia común, pero también lugares y tiempos en que el anglicanismo y el presbiterianismo libraban sus batallas con implicaciones tanto teológicas como políticas.

El Seiscientos es el siglo de los procesos de brujas, de los inquisidores (tanto católícos como protestantes) que en la variedad de formas de la supervivencia sobrenatural precristiana no ven sino la uniforme presencia de Satán, que hay que extirpar con la hoguera. El reverendo Kirk, con la fuerza de una profunda inocencia interior, tiene la certeza de que es capaz de reconocer la inocencia del prójimo. Sabe que sus feligreses que creen en las hadas y las ven, no son ni brujas ni brujos; ama a los pobres campesinos escoceses, conoce sus alucinaciones y la precariedad de sus existencias; ama a las hadas, otro pueblo pobre, quizá a punto de disolverse sin un ubi consistam ni físico ni metafísico; sin duda él también cree en las hadas y probablemente las ve, aunque se limite a transmitir testimonios ajenos. Con el coraje de la inocencia, escribe un breve tratado sobre el reino de las fairies, The Secret Commonwealth, para decir todo lo que sabe de ellas, que no es mucho, y sobre todo para alejar toda sospecha de colusión diabólica entre las pequeñas hadas subterráneas y quienes las ven. (Aquí al problema de la existencia de las hadas se superpone el de la visión segunda, la telepatía, las premoniciones, fenómenos no necesariamente más aún, rara vez ligados a la mediación de seres sobrenaturales.) Las citas de las Sagradas Escrituras en las que Kirk apoya su razonamiento son aproximativas y nunca del todo pertinentes, pero su propósito es claro. Quiere establecer que el «pueblo menudo» no tiene nada que ver con el cristianismo ni tampoco con el diablo: su estatuto jurídico es el de Adán antes de la caída, por lo tanto no se salvará ni se condenará; un limbo neutral, ajeno a todo juicio, rodea sus pecados siempre leves, casi infantiles, y su melancolía. El volumen publicado por Adelphi contiene el tratadillo de Kirk, descubierto y traducido por Mario Manlio Rossi, más un amplio ensayo de este último, que con erudición y pasión lo sitúa en la cultura de su tiempo y explica exhaustivamente que Kirk creía verdaderamente en la existencia de las hadas y cómo no había en ello nada de extraño. Tres son, pues, las razones de interés del libro: las hadas en sí, la personalidad del «capellán de las hadas» y la personalidad de su descubridor y exégeta.

Mario Manlio Rossi (1885 1971), anglicista italiano que vivió muchos años en Edimburgo, es una figura de erudito marginal y siempre a contrapelo. Poco sé de él, pero me merece gratitud porque a través de un libro suyo comprendí en mi juventud la grandeza de Swift. Rossi sostiene aquí eficazmente que los procesos por brujería no eran un residuo medieval sino un típico producto de la cultura moderna. Su ensayo es fascinante por la riqueza del cuadro de historia de la cultura que evoca y documenta, pero se hace leer también por el humor o el malhumor polémicos que irrumpen en cada página, prueba de un temperamento quisquilloso en el que se combinan la meticulosidad erudita y los prejuicios. Las blancos de su polémica son muchos: la intolerancia tanto presbiteriana como anglicana, la cacería de brujas y las opiniones de todos los historiadores que se han ocupado de ellas, los cuentos infantiles que censuran el elemento sexual siempre presente en las narraciones populares; pero se las toma también con el empirismo, el irrealismo, el ocultismo, el folklore y sobre todo con la ciencia, que es su bestia negra. Salva (y aquí no dudo en concordar con él) a la poesía, en la que «el hombre de carne y hueso y el hada tienen la misma idéntica posición gnoseológica, la misma realidad».

Mientras leía continuaba zumbándome en la cabeza el nombre de la aldea de Kirk: Aberfoyle. ¿Por qué me suena familiar? Pero claro, si en ella se desarrolla la novela de Jules Verne que prefiero: Las Indias Negras, una historia subterránea en una vieja mina de carbón abandonada, donde se esconden seres que parecen salidos de las págínas del reverendo Kirk: una niña hada que nunca ha visto la luz del sol, un anciano que parece un espectro, un pajarraco del abismo... Aquí el visionario mundo céltico se infiltra en la apología de la ciencia del positivista Verne para demostrar, en polémica con Mario Manlio Rossi, que la misma linfa mitológica circula y se mezcla en la maraña inextricable de las ideologías aparentemente contrapuestas... Para demostrar que las hadas conocen, bajo tierra o en el cielo, más caminos de los que supone cualquiera de nuestras filosofías...

(1980)

En Colección de arena
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis


25 de mar. de 2011

Rudyard Kipling - A través del fuego

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El Policía cabalgaba por la selva del Himalaya, bajo los robles cubiertos de musgo, y su ordenanza trotaba tras él.

–– Un feo asunto, Bhere Singh ––dijo el Policía–– ¿Dónde están?

–– Muy feo ––dijo Bhere Singh–– y, en cuanto a ellos, seguro que se están asando en un fuego más vivo que el que nunca hayan producido las ramas de abeto.

–– Esperemos que no ––dijo el Policía––, porque, teniendo en cuenta la diferencia entre las dos razas, es la misma historia que la de Francesca da Rimini, Bhere Singh.

Bhere Singh no sabía nada de Francesca da Rimini, así que siguió su marcha al mismo ritmo, hasta que llegaron al claro del bosque donde los carboneros quemaban su carbón vegetal y donde las llamas moribundas decían crisp, crisp, crisp mientras revoloteaban y susurraban sobre las cenizas blancas. Tuvo que ser un buen fuego, en su momento de mayor esplendor. Uno hombres lo habían visto en Donga Pa desde el otro lado del valle, vacilando y resplandeciendo a través de la noche, y se dijeron que los carboneros de Kodru se estaban emborrachando. Pero se trataba tan sólo de Suket Singh, cipayo del 102.° Regimiento de Infantería Indígena del Punjab, y de Athira, una mujer, ardiendo... ardiendo... ardiendo.

Así es como sucedieron las cosas; y el diario del Policía confirmará mis palabras.

Athira era la mujer de Madu, un carbonero tuerto y de mal carácter. Una semana después del matrimonio, él pegó a Athira con un palo muy pesado. Un mes más tarde, Suket Singh, cipayo, llegó a aquel lugar, buscando la frescura de las montañas, de permiso de su regimiento, y electrizó a los campesinos de Kodru con sus relatos de gloria y de servicio al Gobierno, y del honor en que le tenía a él, Suket Singh, el sahib coronel Bahadur Y Desdémona escuchaba a Otelo como lo han hecho todas las Desdémonas del mundo. Y, al escuchar, amaba.

–– Yo ya tengo una esposa ––dijo Suket Singh––. aunque eso no es problema si lo piensas bien. También tengo que volver a mi regimiento dentro de poco, y no puedo ser desertor, yo que pretendo llegar a ser havildar.

No hay versión himalaya del poema «No podría amarte tanto, mi amor, si al honor no amara más», pero Suket Singh casi consiguió inventar una con sus palabras.

–– No importa ––le decía Athira––: quédate conmigo y, si Madu trata de pegarme, le pegas a él.

–– Muy bien ––dijo Suket Singh; y pegó a Madu severamente, para regocijo de todos los carboneros de Kodru.

–– Ya es suficiente ––dijo Suket Singh, haciendo rodar a Madu por la pendiente––. Ahora tendremos paz.

Pero Madu reptaba de nuevo por la montaña cubierta de hierba y rondaba en torno a su cabaña con ojos airados.

–– No parará hasta matarme ––le decía Athira a Suket Singh––. Tienes que sacarme de aquí.

–– Habrá problemas en el campamento. Mi mujer me arrancará las barbas, pero no importa ––dijo Suket Singh––: te llevaré.

Hubo un problema considerable en el campamento, y a Suket Singh le arrancaron la barba, y la mujer de Suket Singh se fue a vivir con su madre y se llevó a lo niños con ella.

–– No importa ––dijo Athira.

Y Suket Singh dijo:

–– Sí; no importa.

Y así Madu se quedó solo en la cabaña que domina el valle frente al Donga Pa; y desde el comienzo de los tiempos nadie ha tenido simpatía por los maridos tan poco afortunados como Madu.

Así que fue a ver a Juseen Dazé, el brujo que guarda la Cabeza del Mono Hablador.

–– Devuélveme a mi mujer ––dijo Madu.

–– No puedo ––dijo Juseen Dazé–– hasta que consigas que el río Sutlej deje el valle y suba hasta el Donga Pa.

–– Déjate de enigmas ––dijo Madu, y sacudió el hacha por encima de la cabeza de Juseen Dazé.

–– Dales todo tu dinero a los ancianos del pueblo ––dijo Juseen Dazé–– y ellos convocarán un Concejo comunal y el Concejo enviará un mensaje a tu mujer cominándola a volver.

Y Madu, consiguientemente, entregó todos sus bienes terrenales, que ascendían a veintisiete rupias, ocho annas, tres paisás y una cadena de plata, al Concejo de Kodru. Y ocurrió tal y como Jussen Dazé había dicho

Enviaron al hermano de Athira al regimiento de Suket Singh para que hiciera volver a Athira. Suket Singh, para empezar, le pegó y arrastró a lo largo de todo el cuartel, y luego lo entregó al havildar, que le pegó con un cinturón.

–– Vuelve ––gritaba el hermano de Athira.

–– ¿Adónde? ––dijo Athira.

–– Con Madu ––decía él.

–– Nunca ––decía ella.

–– Entonces Jussen Dazé te enviará una maldición y te marchitarás como un árbol descortezado en la primavera ––dijo el hermano de Athira.

Athira lo consultó con la almohada.

A la mañana siguiente tenía reumatismo.

–– Empiezo a marchitarme como un árbol descortezado en la primavera ––dijo––. Es la maldición de Juseen Dazé.

Y realmente empezó a marchitarse, porque el miedo le secó el corazón, y los que creen en las maldiciones mueren de maldiciones. También Suket Singh tenía miedo, porque amaba a Athira más que a su propia vida. Pasaron dos meses, y el hermano de Athira volvió al cuartel y se desgañitaba gritando:

–– ¡Ajá! Te estás marchitando. Vuelve. 

–– Volveré ––dijo Athira.

–– Di más bien que volveremos ––dijo Suket Singh.

–– Sí, pero ¿cuándo? ––dijo el hermano de Athira.

–– Un día cualquiera muy temprano por la mañana ––dijo Suket Singh; y a paso lento fue en busca del sahib coronel Bahadur para solicitar una semana de permiso.

–– Me estoy marchitando como un árbol descortezado en la primavera ––––se quejaba Athira.

–– Pronto estarás mejor ––decía Suket Singh; y le contó lo que guardaba en su corazón y los dos rieron dulcemente, porque se amaban.

Pero Athira empezó a encontrarse mejor desde aquel momento.

Se fueron juntos, en tren y en tercera clase, como mandaban las normas, y luego en un carro hasta las colinas, y a pie hasta las grandes montañas. Athira olía el aroma de los pinos de sus montañas, las montañas húmedas del Himalaya.

–– Qué bueno es estar vivo ––decía Athira.

–– ¡Ja! ––dijo Suket Singh––, ¿dónde está la carretera de Kodru y dónde está la casa del guardabosques...?

–– Me costo cuarenta rupias hace dos años ––––le dijo el guardabosques, enseñándole la escopeta.

–– Aquí tienes veinte dijo Suket Singh––, y me tienes que dar las mejores balas.

–– Es muy bueno estar vivo ––dijo Athira melancólica, husmeando el aroma de la tierra húmeda bajo los pinos; y esperaron hasta que hubo caído la noche en la carretera de Kodru y en el Donga Pa.

Madu había apilado la leña seca para la hoguera de carbón del día siguiente, en un claro junto a su cabaña.

–– Que cortés por parte de Madu el ahorrarnos este cuidado ––dijo Suket Singh al tropezar con la pila de leña, que tenía doce pies cuadrados y una altura de cuatro ––. Debemos esperar hasta que salga la luna.

Cuando salió la luna, Athira se arrodilló en la pira.

–– Si fuera un Snider de los que utiliza el Gobierno... ––dijo Suket Singh, pesaroso, mirando de reojo el cañón amarrado con alambre del rifle del guardabosques.

–– Sé rápido ––dijo Athira; y Suket Singh fue rápido, pero Athira ya no lo fue más. Entonces él encendió la pira en las cuatro esquinas y subió a ella, a la vez que volvía a cargar el arma.

Las pequeñas llamas empezaron a asomarse entre los grandes leños, por encima de las hojas secas.

–– El Gobierno debería enseñarnos a darle al gatillo con los dedos de los pies ––dijo Suket Singh, lúgubre, a la luna.

Aquella fue la última observación pública del cipayo Suket Singh.

Un día, por la mañana temprano, Madu llegó a la pira, gritó amargamente y corrió a buscar al policía que estaba de servicio en el distrito.

–– Ese hombre de baja casta ha destruido cuatro rupias de leña de quemar carbón ––jadeaba Madu––. También ha matado a mi mujer, y ha dejado una carta que no sé leer, atada a la rama de un pino.

Con la grafía rígida y formal que enseñaban en la escuela del regimiento, el cipayo Suket Singh había escrito:

«Que nos quemen juntos, si es que algo queda de nosotros, porque hemos realizado las plegarias necesarias. También hemos maldecido a Madu y Malak, el hermano de Athira, ambos hombres malvados. Comunicad mi devoción al sahib coronel Bahadur».

El Policía se quedó mirando largo rato y con curiosidad la cama nupcial de cenizas blancas y rojas en la que reposaba, negro opaco, el cañón de la escopeta del guardabosques. Hincó su talón calzado con espuela distraídamente en un leño medio chamuscado, y unas chispas castañetearon volando hacia arriba.

–– Una gente muy extraordinaria ––dijo el Policía.

–– Jim, jinn, uyu ––decían las llamas.

El Policía consignó los hechos escuetos de aquel caso, porque el Gobierno del Punjab no aprueba el romanticismo, en su diario.

–– Pero ¿quién me va a pagar a mí esas cuatro rupias? ––dijo Madu.


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