3 dic. 2011

Vladimir Nabokov - Solus Rex





 Como sucedía siempre, al rey le despertó el estruendo del cambio de guardia que inevitablemente se producía cuando la guardia nocturna daba paso a la diurna (morndammer wagh y erldag wagh) La primera, excesivamente puntual, abandonaba siempre su puesto en el minuto prescrito, mientras que la segunda se demoraba invariablemente unos segundos, ya consabidos, lo cual no era debido a negligencia alguna por su parte sino más bien al secular retraso del reloj ya maltrecho de alguno de sus miembros. Consecuentemente, los que abandonaban el lugar y los que llegaban se encontraban siempre en un mismo punto, en el angosto camino justo debajo de la ventana de la cámara real, entre el muro trasero del palacio y un seto, más bien un enmarañado arbusto donde la madreselva se esforzaba por florecer, entre la densa vegetación, y bajo el cual se agazapaba dispersa todo tipo de basura, plumas de pollo, fragmentos descascarillados de loza y barro, y unas enormes latas de hojalata a cuadros rojos que habían contenido Pomona, la marca nacional de frutas en conserva. El encuentro venía invariablemente acompañado por el ruido sordo de un forcejeo bienintencionado (y eso era lo que despertaba al rey), cuando uno de los centinelas nocturnos, un tipo con una cierta sorna, pretendía que no quería entregar la pizarra en la que figuraba el santo y seña a uno de los hombres de la mañana, un viejo gruñón algo estúpido, veterano de la campaña de Swirhulm. Luego volvía a reinar la calma, y el único ruido que se dejaba oír era el crepitar incesante, acelerado a veces, de una lluvia como de campaña que se empecinaba en caer sistemáticamente durante trescientos seis días de los trescientas sesenta y cinco o trescientos sesenta y seis que tiene el año, de forma que las peripecias del clima habían dejado hace tiempo de preocupar a nadie (o eso le decía el viento a la madreselva).

 El rey se dio una vuelta en la cama al despertarse y se incorporó apoyando en su enorme puño derecho una mejilla, donde se marcaban las formas de un tablero de ajedrez, huellas del escudo bordado en la almohada. Por el filo abierto, que dejaba el borde interno de los cortinajes marrones cerrados con cierto descuido sobre la única y amplia ventana de la cámara, se colaba un rayo de luz jabonosa, y el rey recordó al punto una de sus obligaciones inminentes (su presencia en la inauguración de un nuevo puente sobre el Egel) cuya desagradable imagen parecía inscrita con inevitable geometría en el pálido triángulo de aquel día. No le interesaban los puentes, tampoco los canales ni la construcción naval, y aunque cinco años, sí, cinco años exactamente (es decir ochocientos veintiséis días), de nebuloso reinado hubieran debido bastarle para adquirir el hábito de ocuparse con diligencia de una multitud de asuntos cuya naturaleza orgánicamente inane no despertaba sino aversión en su ánimo (mientras que otros asuntos, totalmente indiferentes al desempeño de sus obligaciones reales, persistían en su perfección infinita e inagotable), sin embargo todavía se deprimía hasta la exasperación no sólo cada vez que se veía obligado a enfrentarse a cualquier cosa que exigiera una sonrisa falsa de deliberada ignorancia, sino también cuando tan sólo se exigía de su persona una serie de normas convencionales en relación a un objeto absurdo e incluso inexistente. Si la inauguración del puente, cuyos planos, que sin duda habían requerido de su aprobación real, ni siquiera recordaba, le parecía simplemente una festividad vulgar, lo era porque nadie se había preocupado tan siquiera de averiguar si le interesaba aquel intrincado fruto de la tecnología suspendido en el espacio, que, sin embargo, hoy debería cruzar majestuosamente en un reluciente descapotable con un radiador dentado, un auténtico suplicio; y además estaba el ingeniero aquel del que todo el mundo le venía hablando desde el momento en el que se le ocurrió mencionar (sin más, sencillamente para esquivar alguna pregunta o persona inoportuna) que le hubiera gustado practicar el alpinismo, en el caso de que aquella isla hubiera tenido alguna montaña que escalar (el viejo volcán de la costa, muerto hacía tiempo, no contaba y, además, para empeorar las cosas, habían construido en la cima un faro —que, por cierto, tampoco funcionaba). Aquel ingeniero, cuya dudosa fama prosperaba en los salones de cortesanas y cortesanos, atraídos por su tez de miel y su hablar insinuante, había propuesto elevar la llanura del centro de la isla para transformarla en un macizo montañoso mediante el procedimiento de inyectar aire subterráneo. A los habitantes de la localidad elegida se les permitiría permanecer en sus viviendas mientras se trabajaba en el suelo. Los pusilánimes que prefiriesen abandonar la zona de pruebas, donde se apiñaban sus casitas de ladrillo y mugían de asombro sus vacas rojas, al notar el cambio de altura, recibirían el castigo de tener emplear mucho más tiempo en regresar por los escarpes recién fo mados, del que habían empleado en su reciente retirada sobre el llano condenado. Los prados se fueron hinchando lentamente; las piedras movían sus redondos lomos; un arroyo letárgico se desvió bruscamente de su cauce y, ante su sorpresa, se convirtió en una cascada alpina; los árboles empezaron a caminar en fila hacia las nubes y muchos de ellos (los abetos, por ejemplo) disfrutaron del viaje; los aldeanos, apoyados en las balaustradas de sus porches, saludaban con el pañuelo mientras admiraban la evolución neumática del paisaje. Y de este modo, la montaña comenzó a crecer más y más hasta que el ingeniero ordenó que detuvieran el bombeo de aquellas monstruosas válvulas. El rey, sin embargo, no esperó a que cesaran, sino que volvió a dormirse, y apenas tuvo tiempo de lamentar el hecho de que, como no hacía sino refrenar la prontitud con la que sus consejeros apoyaban la realización de cualquier plan descabellado (mientras que, por otro lado, sus derechos más naturales y más íntimamente humanos se veían constreñidos por leyes estrictas), no hubiera dado autorización para el experimento, y ahora era demasiado tarde, el inventor se había suicidado, tras patentar una horca para uso doméstico (eso es, al menos, lo que le contó el espíritu del sueño al durmiente).

 El rey siguió durmiendo hasta las siete y media y, a la hora, más bien al minuto, habitual, su mente empezó a volver en sí de forma que, cuando Frey entró en el dormitorio, ya estaba preparado para recibirle. Aquel asmático y decrépito konwacher siempre emitía al caminar un extraño ruido complementario, como si tuviera muchísima prisa, aunque aparentemente la precipitación no fuera con su persona, ya que todavía no había dado el menor signo de que tuviera la más mínima prisa por morirse. Colocó un barreño de plata en un taburete con el diseño de un corazón hueco tallado en el asiento, como venía haciendo a lo largo de medio siglo, al servicio de dos reyes; aquel día sus actos iban encaminados a despertar a un tercer monarca, cuyos predecesores habían sin duda utilizado aquel agua con aroma a vainilla y aparentemente embrujada para sus abluciones. Ahora, sin embargo, resultaba algo superflua; y, sin embargo, todas las mañanas, el barreño y el taburete hacían su aparición, junto con una toalla que habían doblado cinco años antes. Sin dejar de emitir aquel sonido que le caracterizaba, el viejo ayuda de cámara abrió las puertas a la plena luz del día. El rey siempre se preguntaba por qué Frey no empezaba por abrir las cortinas, en lugar de manejarse a tientas en la penumbra con el taburete y su inútil utensilio hasta llevarlos a la cama. Pero hablarle a Frey era como hablar con la pared, debido a una sordera que se acomodaba a la perfección con las canas de nieve de su pelo: estaba aislado del mundo por el algodón de la vejez, y, mientras se retiraba con una reverencia del lecho real, empezó a oírse con más claridad el tictac del reloj de pared de la augusta cámara, como si le hubieran recargado las pilas del tiempo.

 La cámara real cobró ahora nitidez, con su grieta en forma de dragón que cruzaba el techo y su perchero enorme, esbelto como un roble, en un rincón. Una tabla de plancha admirable se apoyaba en la pared. Bajo las faldas de un sillón con fundas blancas se agazapaba un objeto que servía para quitarse las botas de montar tirando del talón, un utensilio pasado de moda con la figura de un inmenso ciervo de hierro fundido. Había también un armario de roble, grueso, ciego y apestando a naftalina, junto a un receptáculo de mimbre, de forma ovalada, que servía para guardar la ropa blanca, colocado allí por algún Colón desconocido. Una serie de objetos diversos colgaban al azar en las paredes azuladas, un reloj (que ya había hecho notar su presencia), un botiquín, un barómetro antiguo que indicaba más bien el tiempo recordado que el tiempo real, un dibujo a lápiz de un lago con juncos y un pato que parecía abandonar la escena, una fotografía borrosa de un caballero con polainas de cuero a caballo de un corcel de cola desdibujada que sostenía un mozo solemne delante de un porche, en cuyas escalinatas estaban congregados una serie de criados con rostros fatigados, unas cuantas flores extendidas y apretadas bajo un cristal polvoriento y un marco circular... La parquedad de los muebles y su absoluta irrelevancia respecto a las necesidades y a la ternura de quienquiera que utilizara aquel dormitorio espacioso (en otro tiempo, al parecer, habitado por la Husmuder, como apodaban a la madre del rey anterior) le concedían un aspecto de curioso descuido, y si no hubiera sido por la intrusión del desusado barreño y de la cama de hierro, en cuyo borde se sentaba un hombre con camisón y cuello de gorgueras, que apoyaba los pies desnudos en el suelo, hubiera resultado imposible imaginarse que nadie durmiera en aquel lugar. Los dedos de los pies tentaron el suelo buscando unas zapatillas marroquíes que acabaron por encontrar y el rey, tras enfundarse en un batín gris como la mañana, se encaminó hasta la puerta entelada contra el ruido, acompañado del crepitar de las maderas a su paso. Cuando tiempo después recordara aquella mañana, tendría la impresión de una fatiga matutina que le hubiera acompañado en cuerpo y mente al abandonar la cama, una pesadez desconocida, el lastre cargado de presagios que aquel día le reservaba, de modo que la espantosa desgracia que le sobrevino aquel día (y que bajo la máscara de un aburrimiento trivial le acechaba ya en guardia en el puente de Egel) por más que fuera absurda y de todo punto impredecible en aquella mañana, se le apareció más tarde con los colores de un hecho cuyo desenlace estuviera implícito de antemano. En general tendemos a conceder al pasado inmediato (yo lo tenía entonces en mis manos lo puse ahí y ahora, ay, ya no lo encuentro) rasgos que lo conectan con el inesperado presente, que no es sino un peatón vulgar que se adereza con los blasones de un escudo que acaba de comprar. Nosotros, esclavos como somos de una cadena de acontecimientos firmemente enlazados, tratamos por todos los medios de cubrir cualquier hueco o vacío de la cadena mediante eslabones fantasmas. Y al echar la vista atrás, tenemos la certeza de que el camino que contemplamos tras nosotros es el que con toda seguridad nos ha conducido hasta la tumba o hasta el manantial en el que nos encontramos en el momento presente. La mente no puede soportar los disparatados saltos y traspiés de la vida si no es descubriendo en los acontecimientos previos una serie de signos de inestabilidad y solidez. Aquéllos eran, dicho sea de paso, los pensamientos del otrora artista independiente Dmitri Nikolaevich Sineusov, y había caído la noche y en la oscuridad brillaban como rubíes las letras rojas y verticales de la palabra Renault.

 El rey salió dispuesto a desayunar. Nunca sabía de antemano en cuál de las cinco posibles cámaras alineadas a lo largo de la fría galería de piedra, con telas de araña en las esquinas de sus ventanas ojivales, le esperaría el café. Fue abriendo las puertas una a una tratando de localizar la mesita con el desayuno que finalmente encontró en el lugar más inesperado: bajo el inmenso retrato, de oscura opulencia, de su predecesor el rey Gafon. El retrato lo presentaba a la edad en que él lo recordaba, pero sus rasgos, su postura y su corpulencia aparecían dotados de una magnificencia totalmente ajena a la de aquel anciano encorvado, nervioso, desgalichado e imberbe, cuyo labio superior, algo deforme, mostraba unas arrugas más propias de una vieja campesina expuesta a las inclemencias del sol. La picaresca del pueblo llano jugaba con las palabras de la divisa del blasón familiar, «observa y gobierna» (sassed ud halsem) que cuando eran referidas a la persona real se transmutaban en las más pedestres «sillón y licor de avellana» (sasse und hazel). Reinó durante unos treinta años, sin despertar un particular afecto ni tampoco un odio especial en ninguno de sus subditos, creyendo a partes iguales en el poder del bien y en el del dinero, dócil en su sometimiento a la mayoría parlamentaria, cuyas débiles aspiraciones humanitarias encontraban buen acomodo en su alma sentimental, y compensando generosamente con los fondos del tesoro secreto las actividades de aquellos diputados cuya devoción a la corona aseguraba su estabilidad en la misma. Hacía ya tiempo que el ejercicio del poder propio de un monarca había pasado a ser en él una costumbre, como el pistón de una máquina que se mueve a un ritmo mecánico, y consideraba que la celosa sumisión del país, donde el Peplerhus, es decir, el Parlamento, brillaba débilmente como la luz difusa y trémula de una vela de junco, no era sino una forma más de rotación mecánica y regular. Y aunque los últimos años de su reinado se vieron envenenados por la amarga sedición, que se presentó inoportuna como un eructo tras un banquete largo y agradable, no fue suya la responsabilidad sino de la persona y el comportamiento del príncipe heredero. En este sentido hay que decir que en el fragor de la ira los buenos burgueses soliviantados comprobaron que el olvidado profesor Ven Skunk, en tiempos considerado el azote de los círculos ilustrados, no se equivocaba demasiado cuando afirmaba que la procreación no era sino una enfermedad, y que cada niño no era sino un tumor paterno ya existente aunque «externalizado» y con frecuencia de naturaleza maligna.

 El rey actual (al que vamos a denominar, mientras dure su etapa previa a la accesión al trono, con la letra R que tomamos de las notaciones del juego de ajedrez) era sobrino del anciano rey y, al comienzo, nadie soñaba siquiera que el sobrino pudiera acceder algún día a un trono que pertenecía por derecho al hijo del rey Gafon, el príncipe Adulf, cuyo indecente apodo popular (basado en una asonancia feliz) debemos traducir, por mor del decoro, como el de príncipe Figo. R creció en un palacio remoto bajo la vigilancia de un aristócrata moroso y también ambicioso y de su caballuna y masculina esposa, de modo que apenas tuvo ocasión de conocer a su primo y sólo empezó a tratarle con cierta regularidad a la edad de veinte años, cuando Adulf se acercaba a los cuarenta.

 Tenemos ante nosotros a un tipo plácido y bien alimentado, con un cuello robusto, unas caderas amplias y un rostro uniformemente rosado y de pómulos bien marcados donde destacan unos hermosos ojos saltones. Su repugnante bigotito, semejante a un par de alas negro mosca, parecía como a la contra en sus gruesos labios, siempre con aspecto grasiento como si acabara de chupar un hueso de pollo. Sus cabellos espesos y oscuros, malolientes y también grasientos concedían un cierto aire canalla poco común en Thule, a su cabeza de sólidas dimensiones. Tenía cierta afición por la ropa vistosa que compaginaba curiosamente con un cierto desaliño y una escasa afición al agua más propia de un papugh, esto es, de un seminarista. Era versado en música, escultura y dibujo, pero podía pasarse las horas muertas en compañía de gente vulgar y sin ningún interés. Lloraba copiosamente cuando escuchaba el tierno violín del gran Perelmon pero las mismas lágrimas acompañaban su pena cuando lloraba al recoger los fragmentos rotos de su copa favorita Estaba siempre dispuesto a ayudar como fuera a quien lo necesitara en tanto en cuanto en aquel momento no estuviera ocupado con otros asuntos; tenía una cierta actitud beatífica ante la vida, la mordisqueaba y también trataba de penetrar en ella, y al hacerlo, provocaba en terceras personas cuya existencia ignoraba, un torrente de penas y sufrimientos mucho más profundos que los que albergaba su alma... penas y dolores que pertenecían a otro, al otro mundo.

 Al cumplir veinte años R ingresó en la Universidad de Ultimare, situada a setecientos kilómetros de brezo de la capital, en la costa de un mar gris, y allí tuvo conocimiento de algunos detalles de la dudosa moralidad del príncipe heredero, y se habría enterado de muchas más cosas si no hubiera evitado conversaciones y discusiones que hubieran podido comprometer su ya no fácil anonimato. El conde, su guardián, que iba a visitarle una vez por semana (a veces en el sidecar de una moto conducida por su robusta esposa), no cesaba de insistir en lo lamentable, peligroso y desagradable que sería el que cualquiera de los estudiantes o profesores se enteraran de que este joven taciturno y larguirucho, tan destacado en sus estudios como jugando al vanbol en el patio que había detrás de la biblioteca cuya antigüedad se remontaba a doscientos años atrás, no era el hijo de un notario, sino el sobrino del rey. Ya fuera por obediencia a uno de esos caprichos, enigmáticos en su estupidez, con los que un personaje desconocido pero más poderoso que el rey y que el Peplerhus juntos, turbaba por alguna razón la plácida y monótona vida norteña, fiel a pactos medio olvidados, de aquella île triste et lointaine; ya fuera porque el aristócrata agraviado albergaba sus propios planes, sus cálculos perspicaces (se suponía que la educación de los reyes debe permanecer en secreto), eso nunca lo sabremos; tampoco había razón alguna para especular sobre ello, ya que, en cualquier caso, aquel estudiante insólito estaba ocupado en otros asuntos. Libros, frontón, esquí (entonces solía nevar en invierno), pero, sobre todo, noches enteras de singular meditación junto a la chimenea, y, un poco más tarde, su romance con Belinda —todo esto colmaba suficientemente su existencia como para no preocuparse de las pequeñas y vulgares intrigas de la metapolítica. No sólo eso, sino que al estudiar con toda diligencia los anales de la madre patria, nunca se le ocurrió pensar que en sus venas dormitaba la misma sangre que había corrido por las venas de los reyes precedentes; o que la vida real que corría ante sus ojos era también «historia»... una historia que había surgido del túnel de los tiempos para estallar a la pálida luz del sol. Ya fuera porque su objeto de estudio terminara un siglo antes del reino de Gafon, o porque el mundo mágico que inadvertidamente desprendían hasta las más sombrías crónicas le parecía más precioso que su propio testimonio, el hombre de letras que había en él dominaba al testigo presencial de los hechos, y más tarde, cuando trató de volver a establecer contacto con el presente, se tuvo que contentar con reunir precipitadamente fragmentos provisionales, que sólo le sirvieron para deformar el carácter remoto, tan conocido por él, de la leyenda (¡aquel puente sobre el Egel, aquel puente salpicado de sangre!).

 Por lo tanto R tuvo que esperar hasta el comienzo de su segundo año de facultad para, con ocasión de unas vacaciones breves en la capital donde se había alojado modestamente en el denominado «Club de los Ministros», conocer, en su primera recepción en palacio, al príncipe heredero, un charmeur exuberante, rechoncho y con un aspecto escandalosamente juvenil, a cuyo encanto era imposible sustraerse. El encuentro tuvo lugar en presencia del anciano rey, quien sentado en un trono junto a la ventana de cristal emplomado, devoraba voraz y rápidamente unas ciruelas minúsculas como aceitunas negras que ingería como si fueran una golosina y no tanto en virtud a sus usos medicinales. Aunque Adulf pareció no darse en cuenta en un primer momento de la presencia de su joven pariente y siguió hablando con dos cortesanos aduladores, lo cierto es que el príncipe empezó a hablar de un tema elegido con la intención precisa de fascinar al recién llegado a quien no miraba de frente; de costado y mostrándole tan sólo tres cuartos de su persona, exhibía su oronda panza con las manos embutidas en los bolsillos de sus pantalones de cuadros todos arrugados y sin dejar de balancearse en vaivén sobre los talones.

 «Por ejemplo», dijo con el tono de triunfo que reservaba para las ocasiones públicas, «contemplen el curso de nuestra historia y comprobarán, caballeros, que nosotros siempre hemos considerado que los orígenes del poder radican en la magia y que sólo concebimos la obediencia cuando, en la mente del sometido, la obediencia puede identificarse con el efecto infalible de un encantamiento En otras palabras, o bien el rey era originariamente un mago o bien había sido embrujado a su vez, unas veces a manos del pueblo, otras a manos de sus consejeros, en algunos casos incluso quizá hubiera caído víctima de un enemigo político que le había arrancado la cabeza de los hombros, como quien se lleva un sombrero de un perchero. Recuerden la antigüedad remota y el gobierno de los mossmons (altos sacerdotes, "moradores de los pantanos"), el culto de la turba fosforescente, ese tipo de cosas; o también... piensen en aquellos primeros reyes paganos, Gildras sí, y también Ofodras, y aquel otro, no recuerdo cómo se llama, el tipo aquel que tiró su copa al mar, tras lo cual, durante tres días y tres noches, los pescadores estuvieron sacando agua marina transformada en vino... "Solg uddigh vorje sage vel, udjem gotelm quolm osje musikel" ("Dulces y ricas eran las olas del mar y las doncellas las bebían en conchas marinas" —el príncipe citaba de memoria la balada de Uperhulm). Y los primeros frailes, que llegaron en un esquife provisto de una cruz en lugar de una vela, y todo aquel asunto de "La Roca Bautismal", porque tuvieron que esperar a adivinar cuál era el punto débil de nuestra gente para poder introducir la locura del credo romano. Y lo que es más», continuó el príncipe, moderando súbitamente los crescendos de su voz, pues muy cerca de él se encontraba un dignatario del clero, «si la denominada iglesia no consiguió nunca apoderarse de nuestro aparato de Estado, y si, en los dos últimos siglos, fue perdiendo su influencia política ello fue debido precisamente a que los milagros elementales y más bien monótonos que fue capaz de producir dejaron muy pronto de tener interés y de causar asombro en los fieles», el clérigo se alejó y el príncipe se sintió en libertad para alzar de nuevo la voz, «y no pudieron competir con la brujería natural, le magic innée et naturelle de nuestra madre patria. Consideren también a los reyes posteriores, de indudable importancia histórica, y el comienzo de nuestra dinastía. Cuando Rogfrido I accedió, o más bien logró subir al trono vacilante que él mismo había comparado a un barril sacudido por las olas, y cuando el país estaba en las garras de una insurrección y un caos tal que su aspiración a la monarquía no parecía más que un sueño infantil ¿recuerdan ustedes lo primero que hizo cuando llegó al poder? Inmediatamente empezó a acuñar coronas y medias coronas en las que figuraba una mano de seis dedos. ¿Por qué una mano? ¿Por qué seis dedos? Ningún historiador ha sido capaz de desentrañar el enigma, y hay motivos para pensar que ni el propio Rogfrido supiera la razón. El hecho es, sin embargo, que aquella medida mágica muy pronto pacificó al país. Más tarde, bajo el reinado de su nieto, cuando los daneses intentaron imponernos a su protegido y éste desembarcó con el gran grueso de sus tropas ¿qué sucedió? De pronto, y como quien no quiere la cosa, el partido de la oposición —me he olvidado de cómo se llamaba, en cualquier caso, los traidores, sin quienes no se hubiera activado el complot— envió un mensajero al invasor con la educada misiva de que de ahí en adelante les iba a ser imposible apoyarle; porque, atiendan a esto, porque las aliagas, es decir, el brezo de la llanura que debía atravesar el ejército traidor para reunirse con las fuerzas rebeldes, se había enredado en los estribos y las pantorrillas de la traición, impidiendo así cualquier avance posrerior, lo cual debe ser entendido aparentemente en su sentido literal más que interpretado según esas rancias alegorías en las que educan a los escolares. Y de nuevo, ¡qué ejemplo tan espléndido!, la reina Ilda, no debemos olvidar a la reina Ilda, la del pecho blanco y amores abundantes, quien solucionó todos los problemas de Estado por medio de encantamientos, y lo hizo con tanto éxito que cualquier persona que no contara con su beneplácito perdía la razón; sin duda saben usredes que hasta nuestros días el pueblo llano llama a los manicomios ildehams. Y cuando ese mismo pueblo empieza a participar en asuntos legislativos y administrativos, resulta absurdamente evidente que la magia se pone del lado del pueblo. Pueden estar seguros, por ejemplo, de que si al pobre rey Ederic le resultó imposible ocupar el trono en la recepción ofrecida a los dignatarios electos, no fue por culpa del asiento ni por una imposibilidad física. Etcétera, etcétera, etcétera...» (el príncipe empezaba a cansarse del tema que había elegido), «... la vida de nuestro país, como la de un anfibio, mantiene su cabeza sobre el agua de nuestra sencilla realidad nórdica, mientras que sumerge su vientre en la fábula, en la magia rica y vivificante. No es casual que cada una de nuestras piedras cubiertas de musgo, cada uno de nuestros viejos árboles haya participado al menos una vez en algún tipo de ritual mágico. Aquí tenemos a un joven estudiante de historia que estoy seguro de que corroborará mi opinión».

 R escuchaba con grave atención y confianza los razonamientos de Adulf, y no podía dejar de extrañarse al comprobar cuánto coincidían con sus propias opiniones. Es cierto que los ejemplos elegidos por el locuaz príncipe heredero parecían sacados de un rria nual escolar y resultaban, a su juicio, un poco toscos; ¿acaso no era cierto que las raíces de aquel fenómeno había que buscarlas no tanto en aquellas extraordinarias manifestaciones de magia sino en los delicados matices de un no sé qué fantástico, profundo y también misterioso, del que se teñía la historia toda de la isla? En cualquier caso, estaba de acuerdo, totalmente, con las premisas básicas y así lo hizo saber, asintiendo en silencio con la cabeza. Sólo más tarde se dio cuenta de que la asombrosa coincidencia de ideas que tanto le había extrañado en un principio había sido consecuencia de una argucia casi inconsciente por parte de aquel orate, que tenía sin duda un instinto especial que le permitía adivinar el cebo más efectivo para captar la atención de un nuevo oyente.

 En cuanto el rey se hubo comido la última ciruela, le hizo una seña a su sobrino para que se acercara, y como no se le ocurría de qué hablar con él, le preguntó cuántos estudiantes había en la universidad. R se quedó desconcertado —no sabía cuántos y no se le ocurrió tampoco inventarse un número al azar. «¿Quinientos? ¿Mil?», insistía el rey, con un tono de entusiasmo juvenil en su voz. «Estoy seguro de que tiene que haber más», añadió en tono conciliador, toda vez que no había recibido ninguna respuesta; luego, y tras reflexionar unos momentos, pasó a preguntarle a su sobrino si le gustaba montar a caballo. Y en ese instante el príncipe heredero, con su habitual desenfado pletórico de vida, interrumpió la conversación para invitar a su primo a salir juntos a caballo el jueves siguiente.

 «Es asombroso lo mucho que ha llegado a parecerse a mi pobre hermana», dijo el rey con un suspiro melancólico, quitándose las gafas y devolviéndolas al bolsillo superior de su chaqueta marrón con alamares. «Soy demasiado pobre para regalarte un caballo», continuó, «pero tengo una pequeña fusta muy bonita. Gotsen», dijo dirigiéndose al camarero mayor, «¿dónde está aquella fusta tan bonita con cabeza de perrito? Después la buscas y se la das... un pequeño objeto interesante, de valor histórico y todo lo demás. Bien, estoy encantado de regalártela, pero un caballo está por encima de mis posibilidades... todo lo que tengo son un par de jacas y las guardo para mi coche fúnebre. No te sientas molesto... no soy rico». («II ment», dijo el príncipe heredero en voz baja y se alejó, canturreando algo entre los dientes.)

 El día del paseo hacía un tiempo frío y desapacible, un cielo nacarado se desparramaba sobre sus cabezas, los setos de sauces cetrinos se inclinaban a su paso en los barrancos, los cascos de los caballos chapoteaban en los charcos de agua densa esparciendo el lodo en surcos de chocolate; los cuervos graznaban; tras pasar el puente, los jinetes abandonaron la carretera y cruzaron al trote el sombrío páramo de brezos, interrumpido aquí y allá por algún abedul de hojas ya amarillentas. El príncipe heredero resultó ser un jinete extraordinario, aunque era más que evidente que no había pasado por ninguna escuela ecuestre, ya que montaba sin ninguna clase. Su pesado trasero, grande y embutido en un tejido de gamuza y pana, botaba sobre la silla de montar y sus hombros caídos y un punto achaparrados despertaban en su compañero un extraño y confuso sentimiento de piedad, que se desvanecía por completo en cuanto la mirada de R se topaba con el rostro sonrosado del príncipe que emanaba salud y suficiencia y en cuanto oía sus palabras apremiantes.

 Aunque la fusta había llegado el día anterior, habían salido sin ella; el príncipe (que era quien había puesto de moda en la corte hablar en un francés de andar por casa) había dicho con desprecio que aquello era un «machin ridicule» para luego afirmar que pertenecía al hijo del mozo de cuadra que se la debía de haber dejado olvidada en el porche del rey. «Et mon bonhomme de père, tu sais, a une vraie passion pour les objets trouvés

 —He estado pensando en cuánta razón había en tus palabras. Los libros no hablan de ello, ni siquiera lo mencionan.

 —¿De qué me hablas? —preguntó el príncipe, esforzándose por recordar cuál, entre tanta disparatada teoría, era la que había expuesto ante su primo en los últimos días.

 —¿No te acuerdas? Aquello que decías acerca del origen mágico del poder y el hecho de que...

 —Sí, sí, ya me acuerdo —se apresuró a interrumpirle el príncipe, tratando de zanjar de inmediato aquel tema aburrido sin perder las maneras—. No quise emplearme a fondo en ello el otro día porque había demasiados oídos pendientes de mis palabras. Verás, todos nuestros males actuales proceden de esa extraña apatía del gobierno, de la inercia nacional, de las querellas de los miembros del Peplerhus. Y todo esto ocurre porque la fuerza de los encantamientos, tanto los de origen popular como los de origen real, se ha evaporado de alguna forma, y nuestra magia ancestral se ha visto reducida a pura palabrería. Pero no discutamos ahora asuntos tan deprimentes, hablemos de cosas más alegres. Dime, ¿has oído hablar mucho de mí en la universidad? ¡Me lo puedo imaginar! Dime, ¿qué decían? ¿Por qué te quedas callado? Supongo que dirían que yo era un sinvergüenza de malas costumbres, ¿verdad?

 —Yo procuraba mantenerme apartado de rumores y cotilleos maliciosos —dijo R—, aunque creo que más de uno lo comentaba.

 —El rumor es la poesía de la verdad, es cierto. Todavía eres joven, un joven bastante guapo, todo hay que decirlo, para entender una serie de cosas. Sólo te haré una observación: a todo el mundo le gusta básicamente divertirse y quien más quien menos se ha pasado alguna vez de la raya, pero si logras mantener en secreto tus veleidades, como cuando te escondes en un rincón oscuro para atiborrarte de mermelada o si vives las más escandalosas aventuras en el ámbito silencioso de tu imaginación, nadie te dirá nada ni se escandalizará: no lo considerarán un delito. Pero si una persona satisface con franqueza y asiduidad los apetitos que le impone un cuerpo que domina nuestra naturaleza, entonces, ¡la gente no duda en acusarle del delito de desenfreno! Y una segunda observación: en lo que a mí concierne, si me hubiera limitado a satisfacer mi legítimo apetito mediante un solo y único método, la opinión popular habría acabado por resignarse, y lo más que me reprocharía sería que cambiara de amante con demasiada frecuencia, pero ¡Dios mío! el escándalo es mayúsculo porque no respeto un determinado código de libertinaje sino que trato de buscar el placer allí donde lo encuentro. Y te advierto que me gusta todo, desde un tulipán a una sencilla brizna de hierba, porque, verás —concluyó el príncipe, sonriendo y entornando los ojos—, lo que realmente busco son tan sólo fracciones de belleza, los enteros se los dejo a los buenos burgueses, pero esas fracciones pueden encontrarse tanto en una bailarina de ballet como en un estibador portuario, en una Venus madura y en un joven jinete.

 —Sí —dijo R—, ya entiendo. Eres un artista, un escultor, adoras la forma...

 El príncipe tiró de las riendas y soltó una carcajada. —Bueno, no es exactamente una cuestión de escultura, à moins que tu ne confundes la galanterie avec la Galatée, lo cual es excusable a tu edad. No, no, es mucho menos complicado. Pero no me tengas miedo, no voy a comerte. Sencillamente, no soporto a los tipos qui se tiennent toujours sur leurs gardes. Si no se te ocurre algo más interesante podemos volver por Grenlog y cenar junto al lago. Luego ya pensaremos qué hacemos.

 —No, me temo que... bueno, es que tengo algo que hacer. Resulta que esta noche...

 —Está bien, no voy a obligarte —dijo el príncipe afablemente; al llegar al molino, un poco más adelante, se despidieron.

 Cuando trataba de encarar aquel paseo, R, como mucha gente tímida que hubiera estado en su lugar, se imaginaba que iba a ser una prueba especialmente difícil debido concretamente a que Adulf pasaba por ser un gran conversador y una persona muy jovial: con un tipo más apacible, con personalidad no tan marcada hubiera sido más fácil establecer de antemano el tono y el tempo de la excursión. Mientras se preparaba para la misma, R trató de imaginarse todos los momentos de tensión que podrían surgir al tener que acomodar su estado de ánimo al tono jovial y brillante de Adulf. No sólo eso, él mismo había creado una suerte de precedente que ahora determinaba de algún modo su actitud en su primer encuentro con el príncipe, cuando con imprudencia se mostró en todo de acuerdo con él y con sus opiniones, de forma que indujo al príncipe a pensar, con toda probabilidad, que seguirían naturalmente de acuerdo en ocasiones posteriores. Al elaborar un inventario detallado de todas sus posibles meteduras de pata y, sobre todo, al imaginarse con absoluta claridad y precisión, la tensión nerviosa, la rigidez en sus mandíbulas de plomo, el aburrimiento desesperado que se apoderaría de su persona (provocado por su capacidad innata, en cualquier ocasión que se presentara, para verse a sí mismo desde fuera), al tabular todo eso, incluyendo sus inútiles esfuerzos para fusionarse con su otro yo y para encontrar interesantes las cosas que se suponía que lo eran, R perseguía también otro objetivo, un objetivo de índole práctica: desarmar al futuro, cuyo único poder radica en la sorpresa. Y casi consiguió lo que pretendía. El destino, por imposición de su propia y perversa decisión, se contentaba con aquellos elementos inocuos que R no había considerado en sus previsiones: el cielo pálido, el viento del páramo, una silla de montar que crujía con cada movimiento, un caballo excesivamente nervioso, el incesante monólogo de su compañero, satisfecho de sí mismo, todo ello se fundía en una sensación bastante soportable, especialmente porque R se había fijado un límite de tiempo para aquel paseo. Sólo era cuestión de mantener el tipo hasta el final. Pero el príncipe, al proponer una posibilidad nueva, amenazó con romper los límites previstos e introdujo un elemento diferente y desconocido, cuyas contingencias debía evaluar una a una con todo detalle y sin escatimar sufrimiento al hacerlo (y una vez más, le imponían a R «algo interesante», algo que requería de él que se mostrara ilusionado ante esa perspectiva), aquel período adicional de tiempo —¡superfluo!, ¡imprevisto!—, le resultaba intolerable; y por eso, aun a riesgo de parecer maleducado, había utilizado el pretexto de un impedimento inexistente. Bien es verdad que, tan pronto como se dio la vuelta, lamentó su falta de cortesía con la misma intensidad con la que, un minuto antes, había lamentado su falta de libertad. Consecuentemente, el desagradable panorama que encerraba el futuro degeneró en un eco dudoso del pasado. Por un momento pensó en dar la vuelta y seguir hasta alcanzar al príncipe y consolidar así los cimientos de una amistad mediante su asentimiento tardío, pero por eso mismo doblemente valioso, a una nueva prueba. Pero sus temores puntillosos de ofender a un hombre amable y jovial no lograron imponerse a su temor de ser incapaz de estar a la altura de aquella amabilidad y jovialidad. De ahí que, a pesar de todo, el destino consiguiera burlarle y, mediante una última y furtiva treta, dejó sin valor aquello que él había estado dispuesto a considerar una victoria.

 Unos días más tarde recibió otra invitación del príncipe; le pedía que se «dejara caer» por palacio cualquier noche de la semana siguiente. R no podía negarse. Además, un sentimiento de alivio al ver que el otro no estaba molesto contribuyó ladinamente a prepararle el camino.

 Le hicieron pasar a una enorme habitación amarilla, donde hacía tanto calor como en un invernadero, en la que una veintena de personas, de ambos sexos, estaban sentadas en divanes y hamacas o tumbados sobre una gruesa alfombra. Durante una fracción de segundo el anfitrión pareció extrañarse de la llegada de su primo, como si hubiera olvidado su invitación, o como si pensara que lo había invitado otro día. Sin embargo, aquella expresión fugaz pronto cedió paso a una sonrisa de bienvenida, tras la cual el príncipe ignoró a su primo, sin que, por otra parte, el resto de los invitados, todos ellos evidentemente amigos del príncipe, prestara ninguna atención al reqén llegado: mujeres jóvenes de pelo liso y extraordinariamente delgadas, media docena de caballeros maduros, de rostro bronceado y bien afeitado, y varios jóvenes con unas camisas abiertas a la moda de entonces. R reconoció entre ellos al joven y famoso acróbata Ondrik Guldving, un joven rubio taciturno con una rara suavidad de porte y de gesto, como si la expresividad de su cuerpo, tan notable en la pista de circo, se viera amortiguada por la ropa. R consideró que el acróbata le proporcionaba la clave de toda aquella constelación de gente allí reunida y, aunque el observador era ridiculamente inexperto y casto, notó inmediatamente que aquellas jóvenes apesadumbradas y placenteramente esbeltas que cruzaban piernas y brazos con distintos y diversos grados de abandono, esas jóvenes que más que conversar se dejaban caer en milagros de conversaciones (consistentes en medias sonrisas lentas y en onomatopeyas con las que contestaban o preguntaban a través del humo de unos cigarrillos que fumaban en boquillas preciosas), pertenecían a aquel mundo esencialmente sordomudo que en los viejos tiempos se denominaba demi-monde (cortinas cerradas, que no penetre ningún «otro» mundo en éste). El hecho de que, mezcladas con ellas, hubiera una serie de damas que frecuentaban los bailes de la corte no cambiaba nada. El grupo masculino era asimismo bastante homogéneo, a pesar de que comprendía miembros de la aristocracia, artistas con las uñas sucias, y matones tipo estibador del puerto. Y precisamente porque el observador era casto e inexperto, puso inmediatamente en duda su impresión inicial, totalmente involuntaria, y se acusó a sí mismo de tener prejuicios vulgares, de creer servilmente los sucios rumores que corrían por la ciudad. Decidió que todo estaba en regla, es decir, que su mundo no se veía en absoluto trastornado por la inclusión en el mismo de aquella provincia nueva, y que todo en él era sencillo y comprensible: una persona independiente y divertida había elegido libremente a sus amigos.

 R se sintió especialmente reconfortado al comprobar el ambiente despreocupado, sosegado y hasta un punto infantil de aquella reunión. Los cigarrillos que se consumían mecánicamente, las golosinas variadas en platitos con vetas doradas, los gestos de camaradería que se repetían como en un ciclo (alguien iba a buscar una partitura que otro le había pedido; una joven se probaba el collar de otra), la sencillez, la serenidad, todo ello denotaba a su manera aquella afabilidad que R, que personalmente carecía de ella, reconocía en todos los fenómenos de la vida, ya fuera en la sonrisa de un bombón en su sombrerete rizado, o el eco de una vieja amistad adivinado en la conversación banal de quien está a nuestro lado. El príncipe, concentrado en el juego, el ceño fruncido y soltando de vez en cuando unos lamentos nerviosos que siempre acababan en gruñidos de fastidio, se esforzaba por meter seis pelotas diminutas en el centro de un laberinto de cristal de bolsillo. Una pelirroja con un vestido verde y sandalias en los pies desnudos no cesaba de repetir, con un gesto cómico de pena, que nunca lo lograría, pero él insistió durante un buen rato, manipulando el recalcitrante artilugio, dando patadas en el suelo cada vez que fallaba para luego volver a empezar otra vez. Finalmente lo lanzó a un sofá, de donde inmediatamente lo recogieron otros para jugar de nuevo. Luego, un hombre de rasgos hermosos deformados por un tic, se sentó al piano, y se puso a tocar con un vigor exagerado como si estuviera parodiando la forma de tocar de otra persona, y en seguida volvió a ponerse en pie y se puso a discutir con el príncipe acerca del talento de una tercera persona, probablemente el autor de la melodía truncada, y la pelirroja, rascándose un muslo ebúrneo por encima del vestido, empezó a explicarle al príncipe cuál era la posición de la parte injuriada en un complicado litigio musical. De repente, el príncipe miró el reloj y se volvió al joven acróbata rubio que bebía naranjada en un rincón: «Ondrik», dijo con aire preocupado, «creo que ya es hora». Ondrik se lamió los labios muy serio, dejó el vaso y se acercó. Con sus gruesos dedos, el príncipe le desabrochó la bragueta a Ondrik, sacó toda la masa rosa de sus partes pudendas, eligió la principal y comenzó a frotar vigorosamente su lustrosa vara.

 —Al principio —contó R—, pensé que me había vuelto loco, que estaba sufriendo una alucinación —lo que más le escandalizaba era la naturalidad con la que actuaban. Le entraron náuseas y se marchó de allí. Cuando llegó a la calle, se puso incluso a correr durante un rato.

 La única persona con la que se sentía capaz de compartir su indignación era su tutor. Aunque no sentía el menor afecto por el poco agraciado conde, se decidió a consultarle ya que era el único familiar que tenía. Le preguntó desesperado cómo podía ser que un hombre de la moral de Adulf, un hombre que, además, ya no era joven, y por lo tanto no era probable que cambiara ya, llegara a ser el soberano del país. Tal y como ahora veía al príncipe, a la luz de su repentino descubrimiento, observaba que Adulf no sólo era desagradablemente procaz, sino que, a pesar de su afición por el arte, no era sino un salvaje, un patán autodidacta que carecía de cultura y que tan sólo se había apropiado de algunas de sus gemas, un hombre que había aprendido a exhibir el brillo superficial de su mente acomodaticia y a quien, ni que decir tiene, no le importaban lo más mínimo los problemas de su inminente reinado. R preguntó una y otra vez si no era una locura absurda, un puro desvarío, que una persona así pudiera llegar a ser rey algún día. Pero sus preguntas no esperaban realmente una respuesta directa: eran más bien la retórica que acompaña a todo joven desencantado. Sin embargo, al seguir expresando su perplejidad en torpes frases (la elocuencia no era una de sus virtudes), R llegó a dar alcance a la realidad e incluso vislumbró su rostro. Es verdad que tras alcanzarla, volvió sobre sus pasos, pero aquella visión fugaz permaneció grabada en su alma y le reveló en un instante los peligros que acechan a un Estado condenado a convertirse en el juguete de un canalla procaz.
 El conde le escuchó con atención, fijando en él de tanto en tanto sus ojos de buitre sin pestañas: en ellos se reflejaba una extraña satisfacción. Como mentor frío y calculador que era, contestó a las preguntas de R con mucha cautela, como si no estuviera totalmente de acuerdo con él, y trataba de calmarle diciéndole que lo que le había venido en suerte presenciar le estaba trastornando hasta cierto punto sus facultades mentales; que el único propósito de aquella actuación higiénica del príncipe iba encaminado a evitar que su joven amigo derrochara sus energías con mujerzuelas, y que Adulf tenía cualidades que tal vez saldrían a plena luz cuando subiera al trono. Al acabar la entrevista el conde se ofreció para presentarle a un cierto hombre muy sabio, el renombrado economista Gumm. Con ello, el conde perseguía un doble objetivo: de un lado, no se hacía en absoluto responsable de lo que pudiera suceder en el futuro y se mantenía al margen, lo cual no dejaba de ser una ventaja en el caso de que hubiera cualquier tipo de contratiempo: de otro, dejaba a R en manos de un consumado conspirador, poniendo así en práctica un plan que el malvado y ladino conde venía acariciando desde hacía tiempo.
 Y así es como Gumm, el economista Gumm, entra en escena, un vejete panzudo con un chaleco de lana, gafas azules que apoyaba en su frente color rosa, Gumm, el pulcro, el bullicioso, siempre con la risa en los labios. Los encuentros se fueron haciendo más y más frecuentes y, al final de su segundo año de universidad, R incluso estuvo viviendo durante una semana en casa de Gumm. Para entonces R ya había descubierto suficientes datos acerca del comportamiento del príncipe como para no lamentarse de su primera explosión de indignación. R se enteró, no tanto por Gumm que siempre parecía estar a punto de partir hacia otro lugar, sino por sus parientes y amigos de las distintas medidas que se habían ido adoptando para tratar de reprimir al príncipe. Al principio, la gente había intentado informar al Viejo Rey de las travesuras de su hijo, pensando que el padre trataría de imponer su autoridad. Y en verdad que cuando uno u otro conseguía acceder, superando las espinosas barreras del protocolo, al kabinet del soberano, y le describía a su majestad las proezas de su hijo, el anciano, ruborizándose profundamente y recogiéndose las faldas de la bata, mostraba una cólera sincera que pocos hubieran adivinado en el monarca. Gritaba que iba a poner término a todo aquello, que aquello era la gota que rebasaba el vaso (y al decir esto su café matutino desbordaba la taza con estruendo), que le alegraba oír un informe tan candido que desterraría a aquel canalla lascivo a pasar seis meses encerrado en un suyphellhus (un barco monasterio, una ermita flotante) que en adelante no toleraría... Y cuando la audiencia había llegado a término, y el complacido cortesano estaba a punto de hacer la reverencia de despedida, el viejo rey, que seguía resoplando aunque ahora ya estuviera más tranquilo, le llevaba a un aparte, y con una actitud pragmática y confidencial (aunque estaban los dos solos en su despacho) le decía: «Sí, sí, lo entiendo, entiendo lo que está sucediendo, pero escuche, entre nosotros, dígame, si lo miramos bien, mi Adulf es un joven soltero, un tipo juerguista, le gusta divertirse... después de todo, no es para que saquemos las cosas de quicio. Recuerde que también nosotros fuimos jóvenes». Esta última consideración sonaba siempre un punto ridicula, pues la remota juventud del rey había transcurrido en la más dulce tranquilidad, y más tarde, la difunta reina, su esposa, le había tratado con inusitada severidad hasta que cumplió sesenta años. Era una mujer, hay que decir, extraordinariamente obstinada, estúpida y mezquina, muy propensa a tener fantasías inocentes, pero un tanto absurdas y es muy posible que fuera la causante de que la corte y, en cierta medida, el Estado hubieran adquirido aquellos rasgos tan peculiares y difíciles de definir, aquella sorprendente mezcla de estancamiento y de extravagancia, de imprevisión y de ese rigor que caracteriza a las formas no violentas de locura que tanto atormentaba al rey.

 La segunda forma de oposición, segunda cronológicamente habrá que precisar, se centró en algo más profundo: se trataba de manipular y recurrir a la opinión pública. Es verdad que no se puede confiar en la participación espontánea de los plebeyos: entre los labradores, tejedores, panaderos, carpinteros, tratantes de grano, pescadores, y demás, la transformación de cualquier príncipe heredero en rey era un asunto que se aceptaba con la misma sumisión con la que se tomaban los cambios meteorológicos: el lugareño miraba a los rayos de la aurora, que se filtraban entre los cúmulos, meneaba la cabeza y ahí se acababa todo; en su oscuro cerebro enmohecido se reservaba tradicionalmente un lugar para el desastre tradicional, ya fuera nacional o natural. La atonía y el letargo de la economía, la congelación de los precios que hacía tiempo que habían perdido sensibilidad o contacto con la vida real, ese nexo que inmediatamente se establece entre un estómago vacío y un cerebro plano, la triste y constante sucesión de cosechas poco importantes aunque suficientes para no desatar la hambruna, el pacto secreto entre cereales y verduras que, al parecer, se habían puesto de acuerdo para complementarse mutuamente manteniendo una suerte de equilibrio agrícola —todos estos factores, según Gumm (véase La base y la anábasis de la economía), mantenían al pueblo sumiso en una obediente languidez; y si todavía subsistía una cierta brujería en todo aquello, tanto peor para las víctimas de sus embrujos viscosos. Lo que es más —y los ilustrados encontraban en este punto una fuente de tristeza especial—, el príncipe Figo gozaba de una cierta popularidad de índole más bien obscena entre los proletarios y la pequeña burguesía (clases sociales cuya línea de demarcación es imprecisa y tan permeable que a menudo se pueden observar fenómenos tan desconcertantes como que el hijo de un comerciante próspero retorne al humilde trabajo manual de su abuelo). El relato jocoso de las travesuras de Figo iba siempre acompañado de risas y chanzas producidas con toda naturalidad y calidez, lo cual impedía su condena: la máscara de hilaridad se les quedaba fija en la boca hasta el punto de que el mimo no se distinguía de la realidad. Cuanto más atrevidas eran las aventuras lascivas de Figo, más se reía la gente y con más estruendo y aparato celebraban sus hazañas en los bares y tabernas, con acompañamiento de aplausos y movimiento de cuerpos. Un detalle característico: un día en que el príncipe, con un puro en la boca, pasaba a caballo por una aldea perdida en los bosques, se fijó en una jovencita atractiva a la que invitó a pasear, y sin tomar en consideración la expresión aterrada de sus padres (que ni siquiera el respeto conseguía moderar), se la llevó consigo, perseguido por el abuelo de la criatura que corrió tras ellos por el camino hasta que se cayó a una zanja, y la reacción del pueblo, según contaron, fue de total admiración que expresaron rompiendo a reír a carcajada limpia, tras lo cual felicitaron a la familia, disfrutaron haciendo conjeturas sobre el futuro que le esperaba a la niña, y no escatimaron malicia en las preguntas que le hicieron a la joven cuando, una hora después, regresó con un billete de cien coronas en una mano, y en la otra un pajarito que se había caído del nido en una espesura desolada y que había recogido en su camino de regreso a la aldea.

 En los círculos militares, el rechazo hacia el heredero no estaba basado tanto en consideraciones de orden moral ni tampoco en el prestigio de la nación, sino en el desprecio del príncipe hacia ardores guerreros, armas y cañones que provocaba en la casta militar un profundo resentimiento. El propio rey Gafon, en contraste con su belicoso predecesor, desde siempre había manifestado una actitud decididamente «civil» ante la vida y sus conflictos; una actitud, empero, tolerada por el ejército ya que su incomprensión absoluta de los asuntos militares se veía compensada por la estima y el respeto no exento de temor que mostraba hacia la milicia; sin embargo lo que la Guardia Real no podía perdonar era el abierto sarcasmo del príncipe heredero. Los juegos de guerra, los desfiles militares, la música marcial, los banquetes de los oficiales y sus regimientos en los que año tras año se observaban las mismas costumbres pintorescas, así como toda la serie de entretenimientos corporativos de aquel pequeño ejército insular no conseguían provocar sino un total aburrimiento teñido de desprecio en el alma eminentemente artística de Adulf. Empero, el descontento del ejército se limitaba a una serie de rumores esporádicos en el cuarto de banderas, acompañados quizás de juramentos nocturnos (con ruido y brillo a veces de sables y copas), que eran prontamente olvidados a la mañana siguiente. En consecuencia, la iniciativa quedaba circunscrita a las personalidades ilustradas y pensantes de la población civil que, desgraciadamente, no eran demasiadas; la oposición al príncipe heredero incluía entre sus filas a ciertos hombres de Estado, directores de periódicos y juristas, todos ellos personas respetables y fajados en antiguas batallas, que ejercían una gran influencia secreta o manifiesta. En otras palabras, la opinión pública empezó a decantarse hasta tal punto que la cuestión del príncipe heredero y la posibilidad de cercenar sus aspiraciones al trono pasó a constituir la ambición y preocupación central de toda persona inteligente y honesta. Les faltaba únicamente el arma con la que conseguir su propósito. Y ésa era precisamente su única carencia. Existía la prensa, existía el parlamento, pero según la constitución, la más mínima alusión irrespetuosa a cualquier miembro de la familia real llevaba consigo la supresión del periódico o la disolución de la cámara. Hubo un único intento de levantar a la nación, pero éste resultó fallido. Nos estamos refiriendo al famoso proceso del doctor Onze.

 El proceso representó un acontecimiento sin parangón en los anales, a su vez sin parangón, de la justicia de Thule. Un hombre renombrado por su virtud, un escritor y conferenciante experto en temas cívicos y problemas filosóficos, una personalidad reconocida, de principios estrictos, un personaje, en suma, con un carácter tan sólido, y una reputación tan intachable, que cualquier conducta, medida con ella, hubiera resultado un punto sospechosa, fue acusado de varios delitos contra la moral ante los que se defendió con la torpeza de la desesperación, para acabar declarándose culpable. Hasta ahí la cosa no tenía demasiado de particular: ¡sólo Dios sabe que el mérito, bajo un escrutinio atento, puede desarrollar todo tipo de excrecencias en su seno! La parte insólita y hasta sutil del asunto radica en el hecho de que el auto de acusación y las pruebas constituían prácticamente una réplica de todas las imputaciones que podían hacérsele al príncipe heredero. No cabía sino el asombro al comprobar la precisión de detalles que se habían obtenido a fin de encajar un retrato de cuerpo entero en el marco previsto de antemano sin necesidad de retocar ni omitir nada en el proceso. Gran parte del retrato era tan nuevo y precisaba hasta tal punto los lugares comunes de los rumores más vulgares, que, en primera instancia, las masas no se dieron cuenta de quién había posado como modelo para el retrato. Muy pronto, sin embargo, los artículos diarios de la prensa comenzaron a despertar un interés bastante fuera de lo común entre los lectores avezados que fueron dándose cuenta de la trampa, y la cotización por asistir al juicio público, que estaba en unas veinte coronas por persona, se disparó hasta más allá de las quinientas con el beneplácito de los asistentes.

 La idea inicial se había originado en el seno de la prokuratura (magistratura). El juez más antiguo de la capital se encaprichó con ella. Lo único que se necesitaba para llevarla a la práctica era encontrar una persona que fuera lo suficientemente honesta y recta como para que no la confundieran con el prototipo original que había dado lugar al proceso, una persona suficientemente inteligente como para no comportarse como un payaso o como un cretino ante un tribunal, y, especialmente, una persona tan convencida de la causa que estuviera dispuesta a sacrificarlo todo por ella, a soportar un monstruoso baño de lodo sobre su persona y a que su carrera se viera de la noche a la mañana transformada en una sentencia de trabajos forzados. No encontraron candidatos para semejante misión: a los conspiradores, en su mayoría padres de familia acomodados, les gustaban todos los papeles de la obra menos aquel sin el cual no se podía montar la función. La situación parecía ya desesperada cuando un día, en plena reunión de los conspiradores, apareció el doctor Onze completamente vestido de negro y, sin sentarse, declaró que ponía su persona a la entera disposición de los conspiradores. Apenas tuvieron ocasión ni tampoco tiempo para extrañarse o maravillarse ante aquella oferta que se les presentaba, debido a la urgencia de no dejar escapar aquella oportunidad única; pues, a primera vista, resultaba difícil comprender que la vida encastillada de un pensador pudiera ser compatible con la voluntad de convertirse en víctima y ocupar la picota pública por causa de una intriga política. En realidad, no se trataba de un caso tan raro. El doctor Onze, ocupado como estaba constantemente con problemas espirituales, tratando de adaptar las leyes de unos principios rígidos a frágiles abstracciones, consideró aquello como un ejemplo particular y real de su labor intelectual y le resultó imposible negarse a utilizar su persona como conejillo de indias una vez que se le presentó la oportunidad de aplicar su método, de realizar una acción desinteresada y probablemente sin sentido, es decir, abstracta en razón de la absoluta pureza de su naturaleza. Lo que es más, no debemos olvidar que el doctor Onze renunciaba a su cátedra, a la molicie de su estudio forrado de libros, a la continuación de su última obra maestra... en suma, a todo lo que un filósofo aprecia y valora. Mencionaremos también que no andaba muy bien de salud; subrayaremos el hecho de que antes de examinar el caso detalladamente se había visto obligado a dedicar tres noches al estudio de obras especializadas, que trataban de temas ajenos normalmente a las preocupaciones y saberes de un asceta; y añadamos también que, no mucho antes de tomar su decisión, se había prometido a una virgen senescente tras años de amarla en silencio, una virgen que en el transcurso de aquellos años silenciosos había guardado fidelidad a un novio lejano que trataba de curarse la tisis en la remota Suiza, el cual, finalmente, había tenido a bien morir, liberándola así de su compromiso piadoso.

 El caso comenzó con la demanda interpuesta por esa mujer verdaderamente heroica contra el doctor Onze, al que acusaba de haberla atraído con engaño hasta su garçonniere secreta, «un antro de lujuria y libertinaje». Había sido presentada contra Figo una demanda similar (la única diferencia era que el piso que los conspiradores habían alquilado y amueblado subrepticiamente no era el mismo que el que el príncipe arrendaba temporalmente para sus placeres, sino uno que estaba enfrente, al otro lado de la calle, lo que estableció de inmediato la idea del juego de espejos característica de todo el proceso), interpuesta por una joven sin muchas luces que ignoraba que su seductor era el heredero del trono, es decir, un sujeto que nunca podría comparecer ante un tribunal de justicia. A continuación declararon numerosos testigos (algunos, altruistas devotos de la causa, otros, testigos comprados: no habían conseguido encontrar muchos de los primeros); sus declaraciones habían sido brillantemente elaboradas por un comité de expertos entre los que se encontraba un distinguido historiador, dos importantes hombres de letras y varios juristas de prestigio. Aquellas declaraciones fueron desgranando el relato gradual y en crescendo de las actividades del príncipe, cuyo orden cronológico, sin embargo, contrastaba, en sus saltos y vacíos temporales, con el calendario acumulativo de horas y días sucesivos en los que había ido creciendo en el pueblo la exasperación desesperada por la conducta del príncipe. Fornicación en grupo, ultraonanismo, seducción de menores y otras diversiones de este cariz fueron desgranándose ante el acusado en forma de preguntas minuciosas que respondía con brevedad. Tras estudiar el caso con la metódica diligencia propia de su mentalidad, el doctor Onze, que nunca había prestado la mínima atención a las artes escénicas (de hecho nunca iba al teatro), ahora, con su intuición de hombre sabio, logró sin proponérselo, una representación espléndida del personaje del delincuente cuya pretendida inocencia y negación de culpabilidad (una actitud pensada en este caso para apoyar las tesis del fiscal) se basa en declaraciones contradictorias y se apoya en una obstinación perpleja.

 Todo se desarrolló conforme a lo previsto, pero nadie contaba, me temo, con que los conspiradores no parecían tener claro lo que realmente esperaban conseguir. ¿Abrirle los ojos a la gente? Pero la gente conocía de sobra el valor nominal de Figo. ¿Que el rechazo moral se transformara en una revuelta civil? Nada indicaba que se fuera a producir una metamorfosis semejante. ¿O quizás todo el plan no era sino el eslabón de una cadena de revelaciones cuya eficacia crecería a medida que se iban sucediendo unas a otras? En ese caso, la audacia y la garra del asunto trabajaban a contracorriente, porque el carácter único de cada revelación le concedía un carácter irrepetible que no podía sino romper la secuencia de aquella cadena de eslabones, una cadena que, para ser eficaz, habría necesitado de una cierta gradación y maleabilidad.

 La publicación de todos los pormenores del caso sólo sirvió para que los periódicos se enriquecieran: su circulación aumentó hasta tal punto que amparados en la abundancia, algunos avisados (como Sien, por ejemplo) se las arreglaron para fundar nuevos órganos de expresión que, aunque concebidos con ciertos objetivos explícitos, vivían de los reportajes del juicio que diariamente incluían entre sus páginas. Los ciudadanos honestos indignados por las revelaciones del proceso eran muy inferiores en número a los lectores que lo hacían por satisfacer el morbo de los placeres prohibidos y la curiosidad. Las gentes sencillas leían y se reían. Todo aquel proceso les parecía una broma de lo más divertida ideada por unos sinvergüenzas. La imagen del príncipe heredero adquirió en sus mentes el aspecto de un polichinela que aguanta en su cabeza los envites y los golpes de un pobre diablo que sólo rasca el barniz superficial, sin impedir que siga siendo el niño mimado del público la estrella del espectáculo. Por otra parte, la sublime personalidad del doctor Onze no logró reconocimiento alguno, sino que al contrario provocaba chanzas maliciosas (de las que se hacía eco, ignominiosamente, la prensa amarilla), ya que el populacho malinterpretaba su actitud que confundía con la de un intelectual comprado por el poder que se rebajaba a cambio de una buena suma de dinero. En una palabra, que la popularidad pornográfica, que siempre había rodeado al príncipe, no hizo sino aumentar y las conjeturas y comentarios irónicos acerca de su actitud ante el juicio y ante las revelaciones del mismo tenían ese tono amable que sus aventuras siempre habían despertado en su pueblo, un tono que, en última instancia, no había hecho más que alentarle en su temeridad y en su ostentación.

 La aristocracia, los consejeros, la corte y los diputados «cortesanos» del Peplerhus contemplaron con sorpresa aquella reacción inesperada. Decidieron cautamente esperar para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, perdiendo así un precioso tiempo político. Bien es verdad que, unos días antes de pronunciarse la sentencia, varios miembros del partido monárquico consiguieron, a través de complicadas intrigas o sencillamente por medios fraudulentos, que se aprobase una ley que prohibía a los periódicos informar sobre «causas de divorcio y otras noticias que pudiesen contener elementos de escándalo»; pero como la constitución contemplaba que las leyes no entraran en vigor hasta cuarenta días después de ser aprobadas en el parlamento (período que se conocía como el «parto de Themis»), los periódicos tuvieron tiempo más que suficiente para cubrir el proceso hasta el final.

 El príncipe Adulf, por su parte, contemplaba el asunto con indiferencia total, y lo hacía de una forma tan natural que cabía preguntarse si era consciente de quién era en realidad el sujeto del juicio y aquel a quien se referían todas aquellas tropelías. Dado que conocía hasta el más mínimo detalle del caso, habrá que concluir que o bien sufría de un caso agudo de amnesia o bien que demostraba un extraordinario dominio de sí mismo. En una ocasión sus íntimos creyeron ver una sombra de enojo en su rostro: «¡Que pena!», exclamó, «¿por qué no me invitaría ese polisson a sus fiestas? Que de plaisirs perdus!». En cuanto al rey, tampoco parecía afectado por el asunto, pero a juzgar por la forma en la que se aclaraba la garganta cada vez que guardaba el periódico en un cajón y se quitaba las gafas, y también a juzgar por la frecuencia de sus encuentros con alguno de sus consejeros, convocado a horas intempestivas, cabía suponer que estaba seriamente preocupado. Se decía que durante los días en los que duró el proceso se ofreció en varias ocasiones, con pretendida naturalidad, a prestarle a su hijo el yate real para que Adulf pudiera «dar una pequeña vuelta al mundo», pero Adulf no recogió la invitación y se limitó a darle un beso en la calva mientras se reía. «En serio, hijo mío», insistía el viejo rey, «¡es delicioso el mar! ¡Llévate unos músicos, un barril de vino!». «Hélas!», contestó el príncipe, «mi plexo solar no puede aguantar el horizonte marino y su ritmo de sierra».

 El proceso llegó a su fase final. La defensa aludió a «la juventud» del acusado, a su «sangre caliente», a las «tentaciones» que inevitablemente acosan a un hombre soltero, todo lo cual no era al fin y al cabo sino una burda parodia de la permisividad del rey. El fiscal pronunció un discurso elocuente y poderoso —y se dejó llevar por sus palabras hasta pedir la pena de muerte. La última intervención del acusado introdujo una nota totalmente inesperada. Agotado por la prolongada tensión, destrozado al haber tenido que revolcarse en la suciedad ajena y desconcertado a su pesar por el arrebato del fiscal, el desgraciado intelectual perdió el coraje, y tras murmurar unas palabras incoherentes, empezó de repente a contar, con una voz nueva en la que se apreciaba ese tono agudo y claro de la histeria, que una noche, siendo joven, tras beber su primera copa de licor de avellana, consintió en ir a un burdel con un compañero de clase y que no llegó a entrar únicamente porque se desmayó en el camino. La inesperada confesión despertó la risa incontenida y prolongada del público, mientras que el fiscal perdió la cabeza y se abalanzó sobre el acusado para callarle la boca. Entonces el jurado se retiró a fumar un cigarrillo en silencio a la sala reservada para ellos y al poco rato regresó para anunciar el veredicto. Se recomendaba condenar al doctor Onze a una pena de once años de trabajos forzados.

 La prensa manifestó su aprobación a la sentencia de forma clamorosa. Los amigos del mártir le visitaban en secreto y le animaban, se despedían de él con un apretón de manos... Y entonces, el buen rey Gafon, por primera vez en su vida y de forma totalmente inesperada para todos, incluso para sí mismo, tuvo su primera idea genial: hizo uso de una de sus incontestables prerrogativas y le concedió el indulto a Onze.

 Y de este modo, tampoco hubo manera de hacer efectivo este segundo método de presión sobre la conducta del príncipe que resultó tan inoperante como el primero. Quedaba una tercera vía, una vía absolutamente decisiva y certera. Todas las conversaciones en el círculo de Gumm se mostraban favorables a la misma aunque nadie pronunciaba su nombre: la muerte goza de un suficiente número de eufemismos. R, involucrado en las complicadas circunstancias de una conspiración, no se enteraba bien de qué era lo que estaba pasando, y la razón de su ceguera no hay que buscarla exclusivamente en su inexperiencia juvenil; más bien radicaba en el hecho de que se consideraba, instintiva y erróneamente, el instigador principal del complot (mientras que, evidentemente, no era sino un actor invitado —o incluso un rehén honorario) y por lo tanto, se negaba a creer que el proyecto que él mismo había iniciado pudiera terminar en un derramamiento de sangre; en realidad, no había un proyecto articulado, ya que sentía vagamente que por el mero hecho de vencer la repugnancia que le suponía analizar la vida de su primo, ya estaba realizando algo sumamente importante y necesario; y cuando en el transcurso del tiempo empezó a aburrirse con el citado análisis y con las interminables conversaciones sobre el mismo tema, seguía participando en ellas, sin desentenderse de aquel tedioso asunto, sin dejar de pensar que estaba cumpliendo con su deber al colaborar con una especie de fuerza oscura que transformaría finamente, como por un golpe de magia, al príncipe imposible en un heredero de la corona aceptable. Aun cuando alguna vez se le ocurrió sencillamente la posibilidad de obligar a su primo a renunciar directamente al trono (una posibilidad más o menos implícita en los meandros retóricos del lenguaje utilizado por los conspiradores) nunca, por extraño que parezca desarrolló su hipótesis original hasta sus consecuencias lógicas, esto es hasta sí mismo, y su posición inmediata en la línea de sucesión al trono. Durante casi dos años, al margen de sus estudios universitarios, mantuvo sus contactos de forma continuada con el poderoso Gumm y con sus amigos, e imperceptiblemente se vio enmarañado en una red muy densa y delicada; y quizá aquella sensación de aburrimiento sobrevenido que cada vez sentía con más fuerza no debiera entenderse como resultado único de una suerte de incapacidad por su parte, que, por otro lado, era una característica suya, para preocuparse por todas aquellas cosas que van tejiendo la trama del hábito (una trama tan tupida que le impedía distinguir sus momentos de vida y de color); quizá más bien se debiera a que, de alguna forma, percibía un cambio de tono que encerraba una suerte de advertencia subliminal. Mientras tanto, aquel asunto, que había comenzado su andadura mucho antes de que él entrara a participar en el mismo, se aproximaba a su sangriento desenlace.

 Una fría tarde de verano fue invitado a participar en una reunión secreta; acudió porque la invitación no hacía sospechar nada raro. Bien es verdad que más tarde recordaría la renuencia, el sentimiento de agobio con los que acudió a la cita; pero eran sentimientos semejantes a los que había experimentado en otras ocasiones similares. En una gran sala sin calefacción y amueblada, por así decir, de forma ficticia (el papel de la pared, la chimenea, el aparador donde se apoyaba un vaso de cuerno... objetos todos como salidos de un escenario de un teatro de provincias), había una veintena de hombres, la mitad de los cuales le resultaron desconocidos. Por primera vez vio al doctor Onze: aquella calva de blancura de mármol hendida por la mitad, aquellas tupidas cejas rubias, las pecas que adornaban su entrecejo, la sombra bermeja de sus pómulos, los labios prietos, la levita de un fanático y aquellos ojos suyos de pez. Una expresión tenue de helada melancolía no lograba atenuar ni embellecer aquel rostro desgraciado. Todo el mundo le trataba con sumo respeto. Todos sabían que después del juicio su novia le había abandonado porque, decían, contra toda razón seguían viendo en el rostro de aquel hombre desgraciado las huellas de los vicios nauseabundos que había confesado al asumir la personalidad de otro. Se retiró a una aldea remota, donde se dedicó en cuerpo y alma a la enseñanza; en cuanto al doctor Onze, poco tiempo después de que se produjese el acontecimiento del que era prólogo aquella reunión, buscó refugio en un humilde monasterio.

 Entre los presentes, R reconoció también al celebrado jurista Schliss, a varios diputados (frad) liberales del Peplerhus, al hijo de un ministro de educación... Y sentados en un incómodo sofá de piel a tres sombríos oficiales larguiruchos.

 Encontró una silla de anea junto a una ventana en cuyo alféizar se sentaba un hombrecillo que se mantenía apartado del resto. Sus facciones eran plebeyas y no paraba de jugar con una gorra de empleado de correos que llevaba en la mano. R estaba lo suficientemente cerca de él como para observar sus pies embutidos en unos zapatrancos enormes que parecían pertenecer a otro cuerpo más corpulento que su endeble figura, de forma que más que una persona parecía una foto, una instantánea que alguien hubiera tomado de improviso y en un escorzo sin la necesaria distancia. R no se enteró de que aquel hombrecillo era Sien hasta mucho más tarde.

 Al principio R pensó que la gente allí reunida seguía hablando de los mismos asuntos que tan bien conocía. Algo dentro de él (¡su amigo más íntimo y recóndito, una vez más!) incluso le hacía desear, con una especie de fervor infantil, que esta reunión no fuera distinta de las anteriores. Pero el gesto extraño y desagradable de Gumm, cuando al pasar le puso una mano en el hombro y asintió misteriosamente... aquello, así como el lento tono cauteloso de las voces y la expresión de la mirada de aquellos tres oficiales, pusieron sobre aviso a R. Sólo tuvieron que pasar dos minutos para que R comprendiera que lo que allí se estaba tramando, en aquella habitación de mentira, era el asesinato premeditado del príncipe heredero.

 Sintió el aliento del destino junto a sus sienes y la misma náusea física que había experimentado en una ocasión tras una velada en casa de su primo. Al ver la mirada que le dirigió aquel pigmeo silencioso del alféizar de la ventana (una mirada de curiosidad teñida de sarcasmo), R se dio cuenta de que su confusión no había pasado desapercibida entre los presentes. Se levantó y al hacerlo, todos se volvieron hacia él, y el personaje corpulento de cabellos erizados, que estaba hablando en aquel momento (R hacía tiempo que había dejado de oír sus palabras), se detuvo. R se acercó a Gumm, cuyas cejas triangulares se alzaron intempestivamente con cierta expectación. «Tengo que irme», dijo R, «no me encuentro bien. Creo que es mejor que me vaya». Saludó; unos cuantos hombres se levantaron cortésmente del asiento; el hombre de la ventana encendió la pipa, con una sonrisa. Mientras R se dirigía a la salida, tuvo una sensación como de pesadilla en la que pensó que quizá la puerta no fuera sino un bodegón, que la manilla era un trompe-l'oeil, que no podría abrirse. Pero de repente la puerta se hizo real, y, escoltado por un joven silencioso, que había surgido de otra habitación en zapatillas con un manojo de llaves, R procedió a bajar por una escalera larga y oscura.





En Cuentos completos
Traducción: María Lozano