18 dic. 2011

Stephen Jay Gould: El retraso de Darwin







Pocos sucesos inspiran más especulaciones que las largas pausas inexplicadas en la actividad de personas famosas. Rossini coronó una brillante carrera operística con Guillermo Tell, después no escribió prácticamente nada en los siguientes treinta y cinco años. Dorothy Sayers abandonó a Lord Peter Wimsey en el apogeo de su popularidad y se volvió hacia Dios. Charles Darwin desarrolló una teoría radical de la evolución en 1838 y la publicó veintiún años más tarde, y sólo porque A. R. Wallace estaba a punto de pisársela.

Cinco años compartidos con la naturaleza a bordo del Beagle destruyeron la fe de Darwin en la fijeza de las especies. En julio de 1837, poco después del viaje, empezó su primer libro de notas acerca de la “transmutación”. Convencido ya de que la evolución era un hecho, Darwin emprendió la búsqueda de una teoría para explicar su mecanismo. Tras muchas especulaciones preliminares y unas cuantas hipótesis que no le llevaron a ninguna parte, tuvo su gran percepción mientras leía, para entretenerse, un trabajo aparentemente en nada relacionado con sus preocupaciones. Posteriormente, Darwin escribió en su autobiografía:

En octubre de 1838… leí casualmente y por entretenerme el libro de Malthus On Population, y estando como estaba bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que se produce continuamente por doquiera, merced a una continuada observación de los hábitos de los animales y las plantas, se me ocurrió de repente que bajo estas circunstancias las variaciones favorables tenderían a verse preservadas y las desfavorables destruidas. El resultado de esto sería la formación de nuevas especies.

Darwin hacía ya mucho tiempo que venía apreciando la importancia de la selección artificial practicada por los criadores de animales. Pero hasta que la visión de Malthus de la aglomeración y la lucha catalizó sus pensamientos, no había sido capaz de identificar el agente de la selección natural. Si todas las criaturas producían mucha más descendencia que la que concebiblemente podría sobrevivir, entonces la selección natural dirigiría la evolución bajo el simple supuesto de que los supervivientes, por término medio, estarían mejor adaptados a las condiciones de vida dominantes.

Darwin sabía lo que había logrado. No podemos atribuir su retraso a una falta de apreciación de la magnitud de su logro. En 1842 y una vez más en 1844, escribió bocetos preliminares de su teoría y sus implicaciones. También dejó estrictas instrucciones a su esposa de que publicara tan sólo aquellos dos de entre todos sus manuscritos caso de que muriera antes de finalizar su obra principal.

¿Por qué esperó entonces más de veinte años para publicar su teoría? Es cierto que el ritmo de nuestras vidas se ha acelerado hoy en día hasta tal punto -dejando entre sus víctimas el arte de la conversación y el juego del béisbol- que podríamos confundir un período normal de tiempo en el pasado con una buena tajada de la eternidad. Pero la duración de la vida de un hombre es un patrón de medida constante; veinte años siguen siendo la mitad de una carrera normal -un gran fragmento de vida, incluso para los estándares victorianos más relajados.

La biografía científica convencional es una fuente de información notablemente equívoca acerca de los grandes pensadores. Tiende a pintarles como máquinas sencillas y racionales que rastrean sus ideas con inquebrantable devoción bajo el influjo de un mecanismo interior no sujeto a influencia alguna, salvo las limitaciones de los datos objetivos. Así, Darwin esperó veinte años -esto es lo que dice el argumento habitual simplemente porque no había dado fin a su trabajo. El estaba satisfecho con su teoría; pero las teorías son baratas. Estaba decidido a no publicar hasta que hubiera reunido un aplastante dossier de datos en su favor, y esto lleva tiempo.

Pero las actividades de Darwin en el transcurso de los veinte años en cuestión ponen de evidencia lo inadecuado de esta idea tradicional. En particular, dedicó nada menos que ocho años completos a escribir cuatro grandes volúmenes dedicados a la taxonomía de los percebes y su historia natural. Frente a este único dato, los tradicionalistas no pueden ofrecernos más que absurdas especulaciones- cosas como: Darwin pensaba que tenía que comprender a fondo las especies antes de proclamar el modo en que cambian; sólo podía hacer esto elaborando por sí mismo la clasificación de un grupo difícil de organismos- pero no durante ocho años, y no estando como estaba sentado sobre la idea más revolucionaria de la historia de la biología. La valoración que el propio Darwin hizo de los cuatro volúmenes figura en su autobiografía.

Aparte de descubrir varias formas nuevas y notables, distinguí las homologías entre las diversas partes… y demostré la existencia, en ciertos géneros, de machos diminutos complementarios y parásitos de los hermafroditas… No obstante, dudo que el trabajo mereciera que le dedicara tanto tiempo.

Una cuestión tan compleja como las motivaciones del retraso de Darwin en publicar su obra no tiene una respuesta sencilla, pero me siento seguro de una cosa: el efecto negativo del miedo debe haber interpretado un papel en ella, al menos tan relevante como la necesidad positiva de una mayor documentación. Entonces, ¿de qué tenía miedo Darwin?

Cuando Darwin experimentó su súbita percepción malthusiana, tenía veintinueve años de edad. Carecía de posición profesional, pero se había hecho acreedor a la admiración de sus colegas por su perspicaz trabajo a bordo del Beagle. No se sentía dispuesto a comprometer su prometedora carrera publicando una herejía que no fuera capaz de demostrar.

¿Cuál era entonces esta herejía? La respuesta evidente es que la creencia en la evolución de por sí. Pero esto no puede ser parte fundamental de la respuesta, ya que, contrariamente a lo que se cree, la evolución constituía una herejía muy común durante la primera mitad del siglo diecinueve. Era un tema amplio y abiertamente discutido que, por supuesto, se enfrentaba con la oposición de la gran mayoría, pero que era admitido, o al menos tenido en cuenta por la mayor parte de los grandes naturalistas.

Tal vez la respuesta se halle en una extraordinaria pareja de libros de notas que figuran entre los primeros escritos por Darwin (véase H. E. Gruber y P. H. Barret, Darwin on Man, para conocer el texto y amplios comentarios acerca del mismo). Estos libros de notas denominados M y N fueron escritos en 1838 y 1839, mientras Darwin recopilaba los cuadernos de notas sobre la transmutación que constituyeron la base de sus bocetos de 1842 y 1844. Contienen sus ideas acerca de la filosofía, la estética, la psicología y la antropología. Al releerlos en 1856, Darwin se refirió a ellos diciendo que estaban “repletos de metafísica acerca de la moral”. Incluyen multitud de afirmaciones que muestran que había adoptado, pero temía sacar a la luz, algo que percibía como mucho más herético que la propia evolución: el materialismo filosófico- el postulado de que la materia es la base de toda existencia y de que todos los fenómenos mentales y espirituales son sus productos secundarios. No existía idea alguna que pudiera resultar más demoledora para las más enraizadas tradiciones del pensamiento occidental que la afirmación de que la mente -por compleja y poderosa que fuera- era un producto del cerebro. Consideremos, por ejemplo, la visión de Milton de la mente algo distinto y superior al cuerpo que habita durante un espacio de tiempo (Il Penseroso, 1633).

Que mi lámpara, a la hora de la medianoche,
Pueda ser vista en alguna alta y solitaria torre,
Desde la que a menudo pueda observar la Osa,
Con el tres veces grande Hermes*, o sacar de su esfera
El espíritu de Platón, para desvelar
Qué mundos o qué vastas regiones contiene
La mente inmortal que ha abandonado
Su mansión en este rincón carnal.

Los cuadernos de notas muestran que Darwin se interesaba por la filosofía y que era consciente de sus implicaciones. Sabía que la característica fundamental que distinguía su teoría de todas las demás doctrinas evolucionistas era su materialismo filosófico sin paliativos. Otros evolucionistas hablaban de fuerzas vitales, historia dirigida, aspiraciones orgánicas, y de la irreductibilidad esencial de la mente -toda una panoplia de conceptos que el cristianismo tradicional podía aceptar a modo de compromiso, ya que permitían la intervención de un Dios cristiano que operaría a través de la evolución en lugar de la creación. Darwin no hablaba más que de variaciones al azar y selección natural.

En los cuadernos de notas, Darwin aplicaba resueltamente su teoría materialista de la evolución a todos los fenómenos de la vida, incluyendo lo que él llamaba “la propia ciudadela” -la mente humana. Y si la mente carece de existencia real más allá del cerebro, ¿puede acaso ser Dios otra cosa más que una ilusión inventada por otra ilusión? En uno de sus libros de notas acerca de la transmutación, escribió:

Amor al efecto teístico de la organización, ¡oh tú materialista! … ¿Por qué es más maravilloso que el pensamiento sea una secreción del cerebro que la gravedad sea una propiedad de la materia?
No es más que por nuestra arrogancia, por nuestra admiración hacia nosotros mismos.

Esta convicción resultaba tan herética que Darwin incluso la dejó a un lado en El Origen de las Especies (1859), en el que se limitó a aventurar el críptico comentario de que “se arrojará luz sobre el origen del hombre y de la historia”. Dio rienda suelta a sus creencias tan sólo en el momento en que fue incapaz de seguir ocultándolas, en Descent of Man (1871) y The Expression of the Emotions in Man and Animals (1872). A. R. Wallace, el codescubridor de la selección natural, jamás fue capaz de aplicarla al cerebro humano, al que consideraba la única contribución divina a la historia de la vida. Y aún así, Darwin rompió con 2.000 años de filosofía y religión en el más notable epigrama del cuaderno de notas M: 

Platón dice en Phaedo que nuestras “ideas imaginarias” surgen de la preexistencia del alma, que -no son derivables de la experiencia -léase monos donde pone preexistencia.

En su comentario a los cuadernos de notas M y N, Gruber etiqueta el materialismo como algo “por aquel entonces más ultrajante que la evolución”. Pasa a documentar la persecución de las creencias materialistas durante finales del siglo dieciocho y comienzos del diecinueve y concluye:

Se utilizaron métodos represivos en virtualmente todas las ramas del conocimiento: se prohibieron conferencias, se dificultaron publicaciones, se negaron cargos de profesorado, la prensa publicaba feroces invectivas y ridiculizaciones. Los estudiosos y los científicos aprendieron la lección y respondieron a las presiones a las que se veían sometidos. Aquellos que sostenían ideas impopulares se retractaban en ocasiones de ellas, publicaban bajo el anonimato, presentaban sus temas en versiones edulcoradas, o retrasaban su publicación muchos años.

Darwin había experimentado esta situación directamente como subgraduado de la Universidad de Edimburgo en 1827. Su amigo W. A. Browne leyó un trabajo con una perspectiva materialista de la vida y la mente ante la Plinian Society. Tras largos debates, toda referencia al trabajo de Browne, incluyendo la referencia (en el acta de la reunión anterior) a sus intenciones de hacerlo público, fue eliminada.

Darwin aprendió su lección, dado que escribió en el cuaderno de notas M:
Para evitar poner de relieve hasta qué punto creo en el Materialismo, digamos tan sólo que las emociones, los instintos, los grados de talento, que son hereditarios, lo son porque el cerebro del niño se asemeja a la cepa parental.

Los materialistas más ardientes del siglo diecinueve, Marx y Engels, no tardaron en darse cuenta de lo que había logrado Darwin y en explotar su contenido radical. En 1869, Marx le escribió a Engels acerca del Origen de Darwin: 

Aunque desarrollado con el crudo estilo inglés, este es el libro que contiene las bases de nuestra perspectiva en la historia natural.

Posteriormente, Marx le ofreció a Darwin dedicarle el segundo volumen, de Das Kapital, pero Darwin rechazó amablemente la oferta, afirmando que no deseaba implicar aprobación por un libro que no había leído. (He tenido ocasión de ver la copia de Darwin del Volumen I en su biblioteca de Down House. Va dedicado por Marx que se declara a sí mismo “sincero admirador” de Darwin. Las hojas están sin cortar. Darwin no era un devoto admirador de la lengua germana).

Darwin era, de hecho, un revolucionario amable. No sólo retrasó largo tiempo la publicación de su trabajo, sino que eludió de continuo toda manifestación pública acerca de las implicaciones filosóficas de su teoría. En 1880, escribió a Karl Marx:

Tengo la impresión (correcta o incorrecta) de que los argumentos dirigidos directamente en contra del Cristianismo y el Teísmo carecen prácticamente de efecto sobre el público; y de que la libertad de pensamiento se verá mejor servida por esa gradual elevación de la comprensión humana que acompaña al desarrollo de la ciencia. Por lo tanto, siempre he evitado escribir acerca de la religión y me he circunscrito a la ciencia.

No obstante, el contenido de su trabajo resultaba tan disruptivo para el pensamiento tradicional occidental, que aún no hemos llegado a abarcarlo del todo. La campaña de Arthur Koestler en contra de Darwin, por ejemplo, descansa sobre su reticencia a aceptar el materialismo de éste y en el ardiente deseo de revestir de nuevo a la materia viva de alguna propiedad especial (véanse The Ghost in the Machine o The case of the Midwife Toad). Esto, tengo que confesarlo, es algo que me siento incapaz de comprender. Tanto la maravilla como el conocimiento deben ser objeto de nuestra mayor estima. ¿Acaso apreciaremos menos la belleza de la naturaleza porque su armonía no esté planificada? ¿Y acaso las potencialidades de nuestra mente dejarán de inspirarnos admiración y sobrecogimiento simplemente porque varios miles de millones de neuronas residan dentro de nuestros cráneos?



*“El Oso” hace referencia a la constelación Ursa Major (La Osa Mayor) “El tres veces grande Hermes” es Hermes Trismegisto (nombre griego de Thoth, dios egipcio de la sabiduría). Los “Libros herméticos” supuestamente escritos por Thoth son una colección de obras metafísicas y mágicas que ejercieron una gran influencia en la Inglaterra del siglo XVII. Algunos los equiparaban con el Antiguo Testamento como fuente alternativa de sabiduría precristiana. Perdieron gran parte de su importancia cuando fueron desvelados como productos de la Grecia alejandrina, pero sobreviven en varias doctrinas de los Rosacruces y en nuestra expresión “cierre hermético”.

En Desde Darwin. Reflexiones sobre la historia natural
Foto: GyB