13 dic. 2011

Silvina Ocampo - El piano incendiado





Empecé por las fotografías: eran de 1950. Las miré con horror, luego me conmovieron y llegué a ver a niños vestidos de blanco, con los delantales recién planchados, en un teatro de posturas y movimientos. Miré mi cara. Lo que más me gustó fueron los ojos. Tenían un color indefinido, azul, verde, violeta. No puedo explayarme sobre el color de los ojos. Los ojos son lo mejor que tenemos, pero el color desaparecía en esa foto borrosa. Qué lindos ojos tenía entonces. Ahora se nota el tiempo, que arrugó los contornos de los párpados y dejó el resto casi borrado. La foto de mi abuela, tan famosa por su belleza, no tenía belleza alguna para mi gusto. Un vestido largo, que parecía un batón, la cubría hasta los pies. El pelo, aparentemente rubio, trenzado, no la favorecía. Pobre, cómo se enojaría si supiera que no me gusta este retrato. La foto de papá era horrible, con esas manchas de humedad que lo afeaban; la de mamá, en cambio, era tan preciosa que durante media hora la miré atentamente, sin sacar los ojos de encima. Estaba acodada al balcón, sola, como si no existiera otra persona que la quisiera; los ojos tristes, la boca entreabierta, mirando más allá de donde es posible mirar. A medida que iba buscando nuevas fotografías y que se alegraba el tiempo con polleras más cortas y pequeñas travesuras en los tablones de las faldas, surgió de pronto Herminia, con ese rostro que no dejaba saber si era buena o mala o simplemente distraída. Nada en el rostro anticipaba la tristeza profunda que me trajo a lo largo de los años. Pensé que era (como siempre pensé) perversa, pero no por su culpa, sino por la culpa terrible del tiempo que va deformando lo bueno y caricaturizando lo malo. Qué triste mundo nos unía y nos desunía. Qué haría yo para alejarme de su lado, sino los subterfugios que Dios me ofrecía. Dediqué toda mi vida a quererla, sin pedirle nada, ni siquiera el amor que no era amor sino atención, atención por tal cosa o tal otra; y así fue cómo llegamos a una situación despareja, en que ella reinaba sobre mí, porque, debo confesarlo, yo la odiaba. Poco a poco advertí que la odiaba. No podía soportar que me tocara para pedirme un vaso de agua o un terrón de azúcar; tampoco que me agradeciera por haberlos traído. El odio subió en mí con su efervescencia, hasta el día en que Herminia (tal vez por ser mayor que yo) se unió a una gente en un rincón de la casa donde había un piano negro, de cola. Que un piano sea maligno no parece posible; el nuestro, en ese momento, lo fue. En una mesa de vidrio había miles de vasos de distintas bebidas. Lo primero que pensé fue cuál sería más inflamable. ¿Por qué pensé eso?.

Herminia, con desenvoltura, se sentó frente al piano. Salieron los acordes más armoniosos que oí en mi vida. Herminia, en vez de mirar el piano, miraba a un joven a los ojos como si fuera la música. Entonces, sin saber lo que hacía, me acerqué y le dije: 

 —Si sigues tocando el piano, lo incendio. 

No parecieron oír mi voz. Apoyado en el piano, el joven escuchaba con atención. Tan rápida como silenciosa, fui al antecomedor y busqué una tela y un frasco de alcohol, algo para incendiar el piano. ¿Para qué hice esto?. En el momento más íntimo, sin que nadie me viera, pensé colocar dentro del piano, que tenía la tapa abierta, la tela empapada en alcohol. Pensé incendiarla y esperar. Pero ahí estaban los vasos, las bebidas. Dejé caer el alcohol de algunos vasos, rocié el piano. No tardó en arder, pero nadie lo notó. Estaban entregados al deseo de oír. Por último alguien gritó:  

—Se incendió algo en este cuarto. ¿No sienten olor a quemado?. 

Nos asomamos para mirar el piano y vimos llamas altísimas. Herminia y el joven se asomaron al balcón, abrieron todas las ventanas, buscaron un balde con agua. Todo fue inútil. El piano se quemaba. Yo me tiré al suelo y recé. Nadie me miraba, porque miraban el fuego. El fuego ardía menos que yo. Entonces sucedió lo increíble. Herminia se arrodilló a mi lado y me dijo: 

 —¿Te das cuenta?. Toqué el piano con tanta pasión que se incendiaron las notas. 

Advertí que el joven la tenía de la mano. Mi odio creció, como crecen las plantas cuando han estado mucho tiempo sin agua y se les da de beber. 

Cuando se apagó el fuego (costó mucho trabajo apagarlo) quedaron unas pocas notas que todavía sonaban, como si fuera en un sueño. 

Durante algún tiempo se habló del piano misterioso. Nadie pensó que alguien lo había incendiado. Bastaba imaginar el resto, y muchos lo imaginaban: la colilla de un cigarrillo, un fósforo encendido, cualquier cosa. ¿No se incendian los campos enteros sin que nadie sepa por qué?. Yo prefiero no imaginar nada y dejar que la gente siga suponiendo cosas realmente absurdas. ¿Qué era lo que el piano tocaba y que podía por sus propios medios incendiar?. Todo era Brahms, los valses de Brahms. Nunca sabré cuál era, aunque podría hasta cantarlo, pero si lo canto alguien me contesta: "Esto no es de Brahms" y, si lo canto a otra persona, dice que es Schumann o Grieg, pero yo sigo con mi música dentro de mi oído, sin poder saber si es ésa o si cantando desafino tanto que la gente no la reconoce. Qué bueno sería reproducirla y que alguien me dijera: "Mirá, aquí la tengo, no busques más”, sin saber que las notas se fueron en el fuego para siempre. Recordé sin embargo las canciones serias, profundas, que duelen. Creo que nadie olvida ni el aire de la voz que las canta ni el acompañamiento solo, triste, en el piano. Creo que se trata de dos obras: una la voz, otra la voz del piano, que la acompaña. Si alguien siente la gran tristeza de estas canciones sin resucitar, no siente el valor de la música. Hay algo en el dolor tan idéntico al más gran goce que sólo un músico puede apreciar, y por eso, cuando me piden de contar toda la historia del piano incendiado, la cuento a mi modo. No fui yo quien lo incendió, fue él mismo el que produjo fuego con sus acordes, y me dejó un recuerdo tan lleno de amor que sólo así puedo contarlo de un modo más real y más íntimo, más penetrante, ya que no puedo recurrir a la misma obra, pues perdí su título, su partitura, todo lo que permitiría demostrar su grandeza, su inimitable perfección. Pienso que a veces sólo con música puedo descubrirlo, sin saber de qué autor es la melodía que recuerdo. Probablemente le cambio el tono y la voz y siempre vuelvo a interpretar la auténtica melodía, dando con la verdadera luz que la ilustra. No creo que el amor a la música sea único, como tal vez no creo que la pintura de un cuadro se parezca a la de otro. En el mundo de un cuadro o de una música, de ese mundo visual surge la faz del amor en una resolución perfecta que da un goce inasible, como la luz que sale de una composición lograda. Yo quisiera morir un día de la perfección de un cuadro o de una música o de un poema.

En Cuentos completos
Imagen: Sara Facio