10 dic. 2011

Salman Rushdie: Sobre Akbar el Grande (La encantadora de Florencia)






Por fin llegó la paz al país, pero el rey nunca tenía el espíritu en calma. El rey acababa de regresar de su última campaña; había aplastado la sublevación de Surat, pero en su cabeza, durante los largos días de marcha y guerra, había lidiado con enigmas tanto lingüísticos y filosóficos corno militares. El emperador AbulFath Jalaluddin Muhammad, rey de reyes, conocido desde la infancia como Akbar, que significa «el grande», y más tarde, pese a la tautología inherente, como Akbar el Grande, el grande grande, grande en su grandeza, doblemente grande, tan grande que la repetición en su título no solo era apropiada sino incluso necesaria a fin de expresar la esplendidez de su esplendor: el Gran Mogol, el emperador absoluto, polvoriento, cansado del combate, victorioso, reflexivo, incipientemente metido en carnes, desencantado, bigotudo, amante de la poesía, libidinoso, que parecía en todos los sentidos demasiado magnífico, demasiado universal y, en suma, demasiado de todo para ser un solo individuo humano; y durante el largo y tedioso viaje de regreso, en el que lo acompañaban las cabezas de sus enemigos derrotados meciéndose dentro de tinajas herméticamente cerradas, esta arrolladora avalancha de soberano, este tragamundos, este monstruo multicéfalo que hacía referencia a sí mismo en primera persona del plural, empezó a meditar acerca de las inquietantes posibilidades de la primera persona del singular, el «yo».

Los interminables días del lento avance ecuestre propiciaron muchas y lánguidas lucubraciones en un hombre de temperamento especulativo, y el emperador, mientras cabalgaba, meditó acerca de asuntos tales como la mutabilidad del universo, el tamaño de las estrellas, los pechos de sus esposas y la naturaleza de Dios. Y aquel día en particular también acerca de esta cuestión gramatical del sujeto y sus Tres Personas, la primera, la segunda y la tercera, los singulares y los plurales del alma. Él, Akbar, nunca se había referido a sí mismo como «yo», ni siquiera en privado, ni siquiera en un arranque de ira o en sueños. Él era —¿qué otra cosa podía ser?— «nosotros». Era la definición, la encarnación de Nosotros. Había nacido en la pluralidad. Cuando decía «noso-tros», se presentaba a sí mismo con total naturalidad y sincero convencimiento como la encarnación de todos sus súbditos, de todas sus ciudades y territorios y ríos y montañas y lagos, así como de todos los animales y plantas y árboles dentro de sus fronteras, y también de los pájaros que volaban por el cielo y los mosquitos urticantes en el crepúsculo y los monstruos sin nombre en sus guaridas subterráneas, royendo lentamente las raíces de las cosas; se presentaba a sí mismo como la suma de todas sus victorias, como el receptáculo de las personalidades, las aptitudes, las historias y quizá incluso las almas de sus adversarios decapitados o simplemente pacificados; y, además, se presentaba a sí mismo como el apogeo del pasado y el presente de su pueblo, y el motor de su futuro.

Ese «nosotros» era lo que llevaba implícito ser rey; pero sin duda también los hombres corrientes, se permitió pensar, en interés de la justicia, y para propiciar el debate, se consideraban de vez en cuando plurales.

¿Se equivocaban? ¿O se equivocaba él? (¡Oh, pensamiento traicionero!) Acaso esta idea del sujeto como comunidad era lo que llevaba implícito ser un ser en el mundo, cualquier ser, siendo tal ser, a fin de cuentas, inevitablemente un ser entre otros seres, una parte del ser de todas las cosas. Quizá la pluralidad no era una prerrogativa exclusivamente regia, quizá no era, a fin de cuentas, su derecho divino. Uno podía aducir además que, como a buen seguro las meditaciones del monarca se reflejaban, de forma menos exaltada y sutil, en las cavilaciones de sus súbditos, era por tanto inevitable que los hombres y mujeres a quienes gobernaba se concibieran también a sí mismos como «nosotros». Se consideraban, quizá, entidades en plural, compuestas de ellos mismos más sus hijos, madres, tías, amos, correligionarios, compañeros de trabajo, clanes y amigos. También ellos se consideraban múltiples yos, uno que era el padre de sus hijos, otro que era el hijo de sus padres; sabían que no eran los mismos en presencia de sus amos que en casa con sus mujeres. En pocas palabras, todos eran sacos de yos, llenos a rebosar de pluralidad, al igual que él. ¿No existía, pues, una diferencia esencial entre gobernantes y gobernados? Y llegados a este punto, la duda original volvió a plantearse adoptando una forma nueva y alarmante: si sus súbditos de múltiples yos conseguían verse a sí mismos en el singular más que en plural, ¿podía ser también él un «yo»? ¿Podía haber un «yo» que fuera simplemente uno mismo? ¿Existían tales «yoes» desnudos y solitarios bajo los superpoblados «nosotros» de este mundo?

Fue esta una duda que lo atemorizó mientras regresaba a casa, valeroso, invicto y, admitámoslo, ya un poco fondón, a lomos de su caballo blanco; y cuando se le metió en la cabeza por la noche, no le fue fácil conciliar el sueño. ¿Qué debía decir cuando viese de nuevo a su Jodha? Si decía sin más «He vuelto» o «Aquí estoy», ¿sería ella capaz a su vez de dirigirse a él con la segunda persona del singular, ese tú, reservado a los niños, los amantes y los dioses? ¿Y qué significaría eso? ¿Que era como un hijo para Jodha, o divino, o sencillamente el amante con quien también ella había soñado, a quien había dado vida en sus sueños con el mismo fervor con que él se la había dado a ella? ¿Podría ser esa breve palabra, ese tú, la más excitante del idioma? «Yo», ensayó con voz queda. «Aquí estoy "yo". "Yo" te quiero. Ven a "mí".»



Un último hecho de armas interrumpió sus meditaciones en el camino de regreso a casa. Otro principito sublevado que aplastar. Un rodeo por la península de Kathiawar para someter al rana de Cooch Naheen, un joven de boca grande y bigote más grande aún (el emperador se jactaba de su propio bigote, y no tomaba a bien la competencia), un señor feudal absurdamente proclive a hablar de libertad. Libertad para quién, y de qué, renegó el emperador en sus adentros. La libertad era una fantasía infantil, un juego de mujeres. Ningún hombre era libre jamás. Su ejército avanzó entre los árboles blancos del bosque de Gir como una plaga que se acercara en silencio, y la triste y pequeña fortaleza de Cooch Naheen, viendo la proximidad de la muerte en las rumorosas copas de los árboles, destruyó sus propias torres, izó la bandera de rendición e imploró misericordia vilmente. Con frecuencia, en lugar de ajusticiar a sus adversarios vencidos, el emperador se casaba con una de sus hijas y daba un empleo al suegro derrotado. Mejor un miembro nuevo en la familia que un cadáver en descomposición. Sin embargo esta vez, colérico, arrancó al insolente rana el bigote del agraciado rostro y rebanó al frágil soñador en pedazos de vivo color encarnado; lo ejecutó él mismo, con su propia espada, tal como habría hecho su abuelo, y después se retiró a sus aposentos para temblar y lamentarse.

El emperador tenía los ojos rasgados y grandes y contemplaba el infinito como lo haría una damisela fantasiosa, o un marino en busca de tierra. Tenía los labios carnosos y fruncidos en un mohín de mujer. Pero, a pesar de estos rasgos femeniles, era un poderoso ejemplar de hombre, fuerte y corpulento. De niño había matado a una tigresa con sus propias manos y luego, trastornado por su acción, había renunciado para siempre a comer carne y se había hecho vegetariano. Un vegetariano musulmán, un guerrero que solo deseaba la paz, un rey filósofo: un contrasentido. Así era el soberano más grande que el reino había conocido.

En la melancolía posterior a la batalla, al caer la tarde sobre los muertos vacíos, bajo la fortaleza en ruinas diluida en sangre, oyendo el canto de un ruiseñor en una pequeña cascada —bulbul, bul-bul, cantaba—, el emperador, en su tienda de brocado, tomaba vino con agua y deploraba su cruenta genealogía. El no quería ser como sus sanguinarios antecesores, pese a haber sido sus antecesores los hombres más grandes de la historia. Los nombres de un pasado de depredación le pesaban como un lastre, los nombres de los que el suyo descendía en un torrente de sangre humana: su abuelo Babur, el caudillo de Fergana que había conquistado, pero siempre despreciado, este nuevo territorio, esta «India» de excesiva riqueza y demasiados dioses, Babur, la máquina de guerra con un imprevisto don para la certera elección de palabras, y antes de Babur, los príncipes homicidas de Transoxiana y Mongolia, y por encima de todos el poderoso Temüjin —Gengis, Genguis, Cingiz, Chinguis Kan— gracias al cual él, Akbar, tenía que aceptar el nombre de «mogol», tenía que ser el «mongol» que no era, o que no se sentía. Se sentía... indostaní. Su horda no era ni Dorada ni Azul ni Blanca. La propia palabra «horda» ofendía sus sutiles oídos, le parecía inmunda, ordinaria. No quería hordas. No quería derramar plata fundida en los ojos de sus enemigos derrotados ni colocarlos bajo la tarima sobre la que él cenaba hasta que morían aplastados. Estaba cansado de la guerra. Recordó la insistencia de su mentor de la infancia, un emir persa, en que para estar uno en paz consigo mismo debía estar en paz con los demás. Sulh-i-kul, paz completa. Ningún kan podía entender una idea así. Él no quería un kanato. Quería un país.




En La encantadora de Florencia, Cap. III
Trad. Carlos Milla Soler
Barcelona, Mondadori, 2009
Imagen de SR: Bhupen Khakhar, The Moor, 1995 - oil on linen (National Portrait Gallery)