14 dic. 2011

Juan Carlos Onetti: Santa Rosa (La vida breve)





—Mundo loco —dijo una vez más la mujer, como remedando, como si lo tradujese.
Yo la oía a través de la pared. Imaginé su boca en movimiento frente al hálito de hielo y fermentación de la heladera o la cortina de varillas tostadas que debía estar rígida entre la tarde y el dormitorio, ensombreciendo el desorden de los muebles recién llegados. Escuché, distraído, las frases intermitentes de la mujer, sin creer en lo que decía.
Cuando su voz, sus pasos, la bata de entrecasa y los brazos gruesos que yo le suponía pasaban de la cocina al dormitorio, un hombre repetía monosílabos, asintiendo, sin abandonarse por entero a la burla. El calor que la mujer iba hendiendo se reagrupaba entonces, eliminaba las fisuras y se apoyaba con pesadez en todas las habitaciones, en los huecos de las escaleras, en los rincones del edificio.
La mujer iba y venía por la única pieza del departamento de al lado, y yo la escuchaba desde el baño, de pie, la cabeza agachada bajo la lluvia casi silenciosa.
—Aunque se me destroce a pedacitos el corazón, le juro —dijo la voz de la mujer, cantando un poco, cortándosele el aliento al final de cada frase, como si un empecinado obstáculo surgiera cada vez para impedirle confesar algo—. No le voy a ir a pedir de rodillas. Si él lo quiso, ahora lo tiene. Yo también tengo mi orgullo. Aunque me duela más que a él mismo.
—Vamos, vamos —conciliaba el hombre.
Escuché por un rato el silencio del departamento en cuyo centro repiqueteaban ahora pedazos de hielo remolineados en los vasos. El hombre debía de estar en mangas de camisa, corpulento y jetudo; ella muequeaba nerviosa, desconsolándose por el sudor que le corría en el labio y en el pecho. Y yo, al otro lado de la delgada pared, estaba desnudo, de pie, cubierto de gotas de agua, sintiéndolas evaporarse, sin resolverme a agarrar la toalla, mirando, más allá de la puerta, la habitación sombría donde el calor acumulado rodeaba la sábana limpia de la cama. Pensé, deliberadamente ahora, en Gertrudis; querida Gertrudis de largas piernas; Gertrudis con una cicatriz vieja y blancuzca en el vientre; Gertrudis callada y parpadeante, tragándose a veces el rencor como saliva; Gertrudis con una roseta de oro en el pecho de los vestidos de fiesta; Gertrudis, sabida de memoria.
Cuando volvió la voz de la mujer pensé en la tarea de mirar sin disgusto la nueva cicatriz que iba a tener Gertrudis en el pecho, redonda y complicada, con nervaduras de un rojo o un rosa que el tiempo transformaría acaso en una confusión pálida, del color de la otra, delgada y sin relieve, ágil como una firma, que Gertrudis tenía en el vientre y que yo había reconocido tantas veces con la punta de la lengua.
—Se me podrá destrozar el corazón —dijo al lado la mujer— y a lo mejor ya no volveré a ser nunca la misma de antes. Cuántas veces me hizo llorar Ricardo como una loca, en estos tres años. Hay muchas cosas que usted no sabe. Esta vez no me hizo nada peor que otras cosas que me ha hecho antes. Pero ahora se acabó.
Debía de estar en la cocina, agachada frente a la heladera, rebuscando, refrescándose la cara y el pecho con el aire helado donde se endurecían olores vegetales, aceitosos. —No voy a dar un solo paso aunque se me destroce el corazón. Aunque venga a pedirme de rodillas...
—No diga eso —dijo el hombre. Había caminado, supongo, sin ruido hasta la puerta de la cocina, y con un brazo peludo apoyado en el marco y el otro encogido sosteniendo el vaso miraría desde arriba el cuerpo acuclillado de la mujer—. No diga eso. Todos tenemos errores. Si él, digamos... Si Ricardo viniera a pedirle...
—No sé qué decirle, créame —confesó ella—. ¡He sufrido tanto por él! ¿Nos tomamos otro, le parece?
Tenían que estar en la cocina porque escuché golpear el hielo en la pileta. Abrí otra vez la ducha y removí la espalda bajo el agua mientras pensaba en la mañana, unas diez horas atrás, cuando el médico fue cortando cuidadosamente, o de un solo tajo que no prescindía del cuidado, el pecho izquierdo de Gertrudis. Habría sentido vibrar el bisturí en la mano, sentido cómo el filo pasaba de una
blandura de grasa a una seca, a una ceñida dureza después.
La mujer resopló y se echó a reír; alterada por el rumor de la ducha, me llegó una frase:
—¡Si supiera cómo estoy de los hombres! —Se alejó hacia el dormitorio y golpeó las puertas del balcón—. Pero ¿me quiere decir cuándo va a llegar la tormenta de Santa Rosa?
—Tiene que ser hoy —dijo el hombre, sin seguirla, alzando la voz—. No se apure, que antes de la madrugada revienta.
Entonces descubrí que yo había estado pensando lo mismo desde una semana atrás, recordé mi esperanza de un milagro impreciso que haría para mí la primavera. Hacía horas que un insecto zumbaba, desconcertado y furioso entre el agua de la ducha y la última claridad del ventanuco. Me sacudí el agua como un perro, y miré hacia la penumbra de la habitación, donde el calor encerrado estaría latiendo. No me sería posible escribir el argumento para cine de que me había hablado Stein mientras no lograra olvidar aquel pecho cortado, sin forma ahora, aplastándose sobre la mesa de operaciones como una medusa, ofreciéndose como una copa. No era posible olvidarlo, aunque me empeñara en repetirme que había jugado a mamar de él, de aquello. Estaba obligado a esperar, y la pobreza conmigo. Y todos, en el día de Santa Rosa, la desconocida mujerzuela que acababa de mudarse al departamento vecino, el insecto que giraba en el aire perfumado por el jabón de afeitar, todos los que vivían en Buenos Aires estaban condenados a esperar conmigo, sabiéndolo o no, boqueando como idiotas en el calor amenazante y agorero, atisbando la breve tormenta grandilocuente y la inmediata primavera que se abriría paso desde la costa para transformar la ciudad en un territorio feraz donde la dicha podría surgir, repentina y completa, como un acto de la memoria.
La mujer y el hombre habían vuelto, perdiéndose, a la habitación.
—Le juro que locura como la nuestra no hubo —había dicho ella al salir de la cocina.
Cerré la ducha, esperé a que el insecto se acercara para voltearlo con la toalla, aplastarlo contra la rejilla del sumidero, y entré desnudo y goteante en el dormitorio. A través de la persiana vi la noche que comenzaba a ennegrecerse desde el norte, calculé los segundos que separaban los relámpagos. Me puse dos pastillas de menta en la boca y me tiré en la cama.
...Ablación de mama. Una cicatriz puede ser imaginada como un corte irregular practicado en una copa de goma, de paredes gruesas, que contenga una materia inmóvil, sonrosada, con burbujas en la superficie, y que dé la impresión de ser líquida si hacemos oscilar la lámpara que la ilumina. También puede pensarse cómo será quince días, un mes después de la intervención, con una sombra de piel que se le estira encima, traslúcida, tan delgada que nadie se atrevería a detener mucho tiempo sus ojos en ella. Más adelante las arrugas comienzan a insinuarse, se forman y se alteran; ahora sí es posible mirar la cicatriz a escondidas, sorprenderla desnuda alguna noche y pronosticar cuál rugosidad, cuáles dibujos, qué tonos sonrosados y blancos prevalecerán y se harán definitivos. Además, algún día Gertrudis volvería a reírse sin motivo bajo el aire de primavera o de verano del balcón y me miraría con los ojos brillantes, con fijeza, un momento. Escondería enseguida los ojos, dejaría una sonrisa junto con un trazo retador en los extremos de la boca.
Habría llegado entonces el momento de mi mano derecha, la hora de la farsa de apretar en el aire, exactamente, una forma y una resistencia que no estaban y que no habían sido olvidadas aún por mis dedos. «Mi palma tendrá miedo de ahuecarse exageradamente, mis yemas tendrán que rozar la superficie áspera o resbaladiza, desconocida y sin promesa de intimidad de la cicatriz redonda.»
—Entienda. No es por la fiesta ni por el baile, sino por el gesto —dijo la mujer al otro lado de la pared, próxima y encima de mi cabeza.
Tal vez estuviera tirada en la cama, como yo, en una cama igual a la mía, que podía ser escondida en la pared y exhumada por la noche con unos desesperados chirridos de resortes; el hombre, corpulento, de retintos bigotes enconados, podría estar, siempre bebiendo, doblado en un sillón o sudando, prisionero de un imaginario respeto, junto a los pies descalzos de la mujer. La miraría hablar, asintiendo, sin decir nada; desviaría a veces los ojos, fascinado por las uñas de los pies, pintadas de rojo, los cortos dedos que ella estaría moviendo a compás, sin pensarlo.
—¡Qué me importa el carnaval, imagínese! Ya, a mi edad, no me voy a quedar loca por un baile. Pero era el primer baile de carnaval que íbamos a ir juntos, Ricardo y yo. Y le digo con toda la boca, como se lo dije a él, que se portó como un hijo de perra. Dígame qué le costaba decirme que no podía, «mirá, tengo otra cosa que hacer» o «no tengo ganas». Si no tiene confianza conmigo, dígame con quién más la va a tener. Una mujer nunca se engaña; nos hacemos las engañadas, sí, muchas veces, que no es lo mismo. —Se rió sin amargura, entre dos toses—. Hasta podría darle nombres; él se caería de espaldas si supiera las cosas que yo sé de él y me callé por discreción. Ni se lo sueña. Pero dígame si no es distinto, una noche de carnaval, el primer baile que vamos a ir. Y llegan las once, las doce y el señor no aparece. Hasta le dije a la Gorda la lástima que me daba que Ricardo no pudiera largar hasta tan tarde. Lástima por él, imagínese, pensando que se perdía de divertirse. Yo estaba de dama antigua; pero de negro, con pelo blanco.
La mujer se rió, tres chorros de risa; al revés de la voz, ansiosa, que se detenía inesperadamente para señalar el final de cada frase, la risa parecía haber estado contenida, formándose, durante mucho tiempo, y saltar de golpe, entrecortada, como un débil relincho.
—La Gorda, pobre, estaba verde de furia. Se había perdido la noche por nosotros, y al final se fue. Era ya día claro cuando me desperté sentada en aquel sillón grandote (no sé si alcanzó a conocerlo) que teníamos en Belgrano, con la peluca caída y el ramo enorme de jazmines en el suelo. Que con el calor, y todo encerrado, parecía de veras un velorio.
«...Y aquí va a estar Gertrudis medio muerta —pensé—, en la convalecencia, si todo va bien. Con esa asquerosa bestia del otro lado de una pared que parece de papel. Y, sin embargo, cuando la vea mañana en el sanatorio, si puede hablar, si puedo verla, si veo que no se va a morir todavía, podré, por lo menos, apretarle una mano y decirle sonriendo que ya tenemos vecinos. Porque si puede hablar o escucharme y no está sufriendo demasiado, yo no tendré nada más verdadero que decirle, nada más importante que la noticia de que alguien se mudó al departamento de al lado, el H. Ella sonreirá, hará preguntas, mejorará, volverá a casa. Y va a llegar el momento de mi mano derecha, del labio, de todo el cuerpo; el momento del deber, de la piedad, del terror de humillar. Porque la única prueba convincente, la única fuente de dicha y confianza que puedo proporcionarle será levantar y abatir a plena luz, sobre el pecho mutilado, una cara rejuvenecida por la lujuria, besar y enloquecerme allí.»
—No es un capricho —decía ahora la mujer en la puerta—. Esta vez es para siempre.
Me levanté con el cuerpo seco, ardiente; resbalando y apoyándome en el calor fui a levantar la mirilla de la puerta de entrada.
—Ya va a ver como todo se arregla —repitió el hombre, calmoso, invisible.
Vi a la mujer; no tenía bata sino un vestido oscuro y ajustado, pero los brazos, desnudos, eran gruesos y blancos. La voz, interrumpiéndose como aplastada en algodón contra la blandura de los ahogos, resurgía una y otra vez para repetir que ya nada podía ser modificado, sin dejar de sonreír al hombre que me mostraba ahora un hombro gris, el ala oscura del sombrero puesto.
—Puede estar seguro. Una, al final, se cansa. ¿O no es cierto?



La vida breve, Primera parte, I
Madrid, Punto de lectura, 2007
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