4 nov. 2011

Voltaire - Una aventura india





Pitágoras, estando en la India, aprendió, como saben todos, en la escuela de los gimnosofistas la lengua de los animales y la de las plantas. Paseándose un día por un prado cerca de la orilla del mar, oyó estas palabras: ¡Qué desdicha la mía de haber nacido hierba, apenas llego a dos pulgadas de alto, cuando me huella bajo sus vastos pies un monstruo voraz, un animal horroroso, que tiene armada la boca de una fila de tajantes hoces con que me siega, me hace añicos, y me traga: los hombres llaman carnero a este monstruo, y no creo que haya en el universo criatura más abominable!

Dio Pitágoras algunos pasos más, y encontró una ostra abierta sobre una piedra: todavía no había abrazado la admirable ley que prohibe comerse a los animales nuestros semejantes; iba a tragarse la ostra, cuando dijo ella estas lastimosas razones: ¡Oh, naturaleza, qué feliz es la hierba, que como yo es obra tuya! Cuando la cortan, renace, y es inmortal; y nosotras desventuradas ostras, en balde nos defiende una doble coraza, que unos malvados nos engullen a docenas para desayunarse, y se acabó para siempre. ¡Qué suerte tan horrenda la de una ostra! ¡Que inhumanos son los hombres!

Estremecido Pitágoras conoció la enormidad del delito que iba a cometer: pidió llorando perdón a la ostra, y la repuso bonitamente encima de la piedra.

Mientras iba meditando profundamente en este suceso, vió de vuelta al pueblo arañas que se comían las moscas, golondrinas que se comían las arañas, y gavilanes que se comían las golondrinas. ¡Todas estas gentes, decía, no son filósofos!

Al entrar en el pueblo le apretaron, le estrujaron y le tiraron al suelo una muchedumbre de pillos y desarrapados que iban corriendo y gritando: muy bien hecho; bien lo merecen. ¿Quién?, ¿qué?, dijo levantándose Pitágoras. Y la gente corría sin cesar diciendo: ¡ah, qué gusto será verlos asar! Pitágoras creyó que hablaban de membrillos o de alguna otra fruta; pero no era así, que era de dos pobres indios. Sin duda, dijo Pitágoras, que serán dos grandes filósofos aburridos de la vida y que anhelan renacer bajo otra forma. Siempre es cosa gustosa mudar de casa, puesto que ningún alojamiento hay bueno; pero sobre gustos no se ha de disputar.

Siguió con la muchedumbre hasta la plaza pública, y allí vió una gran hoguera encendida, y enfrente de la hoguera un banco que llamaban un tribunal, y en este banco unos jueces; y estos jueces tenían todos en la mano una cola de vaca, y en la cabeza un bonete que se parecía perfectamente a las dos orejas del animal que montaba Isleño cuando vino en otro tiempo al país con Baco, después de atravesar el mar Eritreo a pie enjuto, y parar el Sol y la Luna, como lo cuentan los verídicos órficos.

Entre estos jueces se encontraba un hombre de bien a quien conocía mucho Pitágoras; y el sabio de la India explicó al de Samos de qué se trataba la fiesta que iban a dar al pueblo indio. Los dos indios, le dijo, no tienen ganas ninguna de que los quemen; que les han condenado a este suplicio mis graves colegas: al uno, porque ha dicho que la sustancia de Jaca es distinta de la de Brama; y al otro, porque ha sospechado que era posible agradar al Ser supremo siendo virtuoso, sin agarrar a la hora de la muerte una vaca por la cola; porque, dice él, en todos los tiempos es posible practicar la virtud, y no siempre se encuentra una vaca a mano. Las buenas mujeres de este pueblo se han alborotado de tal modo al oír estas dos proposiciones heréticas, que no han dejado ni a sol ni a sombra a los jueces, hasta que han mandado el suplicio de estos dos infelices. Infirió Pitágoras que, desde la hierba hasta el hombre, había motivos de quebranto en este mundo, puesto que trajo a la razón a los jueces, y aún a las devotas, cosa que solamente esta vez ha sucedido.

Fuése luego a predicar la tolerancia a Crotona; más un intolerante pegó fuego a su casa, y se quemó en ella después de haber librado a dos indios de las llamas. ¡Escape el que pudiere!



En Novelas y cuentos
Traducción: Gloria Pampillo
Imagen: Voltaire por Pieter Antonie von Verschaffelt, 1760