5 nov. 2011

Thomas Bernhard: El aliento (in fine)







No habiendo podido los hombres remediar la muerte, la miseria y la ignorancia,
 han imaginado, para ser felices, no pensar en absoluto en ellas
Pascal


En fin de cuentas, para todos nosotros, aunque habíamos tenido que pensar en ello, lo más sensato había sido no hablar de ello. Aquel lugar idílico en que yo, desgraciadamente como enfermo y no como hombre sano, había vivido en aquella época, sin poder disfrutar de las ventajas de aquella comarca protectoramente rodeada de montañas ni aprovechar aquella Naturaleza todavía totalmente intacta en aquel lugar, en todos los aspectos, tenía en su centro, como es natural oculto al público en lo posible y por todos los medios, lo mismo que todo lugar idílico, su reverso, su contradicción, su Boca del Infierno. Quien miraba dentro de aquella Boca del Infierno, tenía que guardarse de no perder mortalmente el equilibrio. Por lo que a mí se refiere, sin embargo, aquí, en el Vötterl, después de haber atravesado el infierno del hospital regional de Salzburgo, no estaba ya expuesto a ese peligro mortal. Sencillamente, había pasado en efecto lo peor, y mis recursos eran ya numerosos. Desde hacía tiempo, las iniciativas surgían de mi mente. La biblioteca de mi habitación había crecido hasta varias docenas de libros, había leído Hambre de Knut Hamsun, El adolescente de Dostoyevski y Las afinidades electivas y, como mi abuelo, que lo había practicado toda su vida, había tomado notas de mis lecturas. Al intento de llevar un diario había renunciado en seguida otra vez. Hubiera podido establecer contacto en el Vötterl con todas las gentes imaginables, pero no había deseado ningún contacto, el trato con mis libros y mis prolongadas expediciones por los anchos y, en gran parte, todavía inexplorados continentes de mi fantasía me habían bastado. Apenas me había levantado y había cumplido a conciencia, como todas las mañanas desde hacía meses, la prescripción de tomarme la temperatura, estaba ya en compañía de mis libros, mis amigos más íntimos e inseparables. Sólo en Grossgmain había llegado a la lectura, de pronto y de forma decisiva para mi vida ulterior. Ese descubrimiento, que la literatura puede ofrecer la solución matemática de la vida y, en todo instante, también de la propia existencia, si se pone en marcha y se practica como una matemática, o sea, con el tiempo, como un arte matemático bastante alto y, finalmente, como el más alto, que sólo podemos calificar de lectura cuando lo dominamos por completo, sólo lo había podido hacer después de la muerte de mi abuelo, ese pensamiento y ese conocimiento se los debía a su muerte. Así pues, me había hecho los días útiles e instructivos, y pasaban también más rápidamente. Con la lectura pude atravesar los abismos abiertos también aquí en todo momento, y salvarme de los estados de ánimo inclinados sólo a la destrucción. Los domingos tenía visita y estaba entonces en compañía de aquellas personas que esperaban mi regreso y mi salud tanto como los temían, porque ese regreso, así habían tenido que pensar, como es natural, tenía que conducir a una catástrofe renovada en su existencia, totalmente destruida por los acontecimientos y sucesos de los últimos meses. Para ellos había sido evidente que yo tendría que dedicar ahora toda mi atención más al comerciante que había en mí que al cantante, o sea, en cualquier caso a la profesión de comerciante y no a la música, e intentaban ininterrumpidamente, durante sus visitas a Grossgmain, de forma directa o indirecta, dirigirme hacia el comerciante y apartarme del cantante, como es natural, tenía que haberles parecido evidente que con mis pulmones quedaba excluida una carrera de cantante, de forma que comenzaban a apostarlo todo otra vez a mis talentos comerciales y a las posibilidades mayores y más lucrativas, como habían creído siempre, del comerciante. Tan pronto como fuera posible, en seguida, en cuanto volviera de Grossgmain a casa y, por consiguiente, estuviera sano de nuevo, había escuchado una y otra vez, debía presentarme al llamado examen de dependiente de comercio, al que al fin y al cabo estaba admitido desde hacía tiempo, y terminar como era debido mi aprendizaje. Cuando ese aprendizaje haya terminado, nos quitaremos un peso de encima, debían de haber pensado con razón, y sus intentos, ahora incesantes, de empujarme a la profesión de comerciante no había que tomarlos a mal. Sin embargo, por mi parte, no tenía ya ningún interés en la profesión de comerciante, había estado dispuesto a pasar el examen de dependiente de comercio, pero nada más. Estaba dispuesto a volver a mi trabajo con Podlaha, pero no pensaba ya, ni de muy lejos, en hacerme comerciante, eso, en el fondo, no lo había pensado jamás, eso no fue jamás para mí un pensamiento serio, porque el que me hubiera marchado del instituto y luego, durante años, hubiera trabajado para Podlaha como aprendiz no había sido algo inspirado, jamás, por el pensamiento de convertirme en comerciante, para eso hubiera tenido que tomar un camino muy distinto, mi acto, mi revolución, los habían comprendido los míos radicalmente mal, naturalmente, y ahora se aferraban al hecho de que había sido aprendiz con Podlaha. El descubrimiento de que todavía no se habían retractado de su error, al contrario de que todavía ahora, como me pareció, lo aprovecharan desvergonzadamente, me repelió. El problema de qué debía ser de mí cuando recobrara la salud, y, por consiguiente, de qué sería de mí, no era en absoluto, desde mi punto de vista, su problema, sino exclusivamente mi problema. Yo no había querido ser nada y, naturalmente, jamás tener una profesión, sólo había querido ser siempre yo. Eso, sin embargo, precisamente con esa sencillez y, al mismo tiempo, brutalidad, no lo habían comprendido nunca. En Pascua de Resurrección vino mi madre con mis hermanos, los últimos días de Grossgmain habían comenzado. Recuerdo que, desde un balcón situado en el primer piso del Vötterl, en compañía de mi madre y mis hermanos, había observado varias bandas de música que pasaban bajo ese balcón, nunca había podido sufrir desfiles de esa clase y también la música de esas bandas me había molestado y herido siempre más de lo que había podido atraerme, lo mismo que, al fin y al cabo, durante toda mi vida, he sido enemigo de toda clase de desfiles y de marchas. Por mis hermanos, probablemente, porque sencillamente había que complacer su deseo de ver esas bandas de música que pasaban por debajo, habíamos salido al balcón y habíamos mirado hacia abajo, a mí, el desfile de esas bandas de música, de esos cientos de hombres con sus uniformes que pasaban por trajes regionales, hombres que, estúpidamente y como enloquecidos, golpeaban sus instrumentos de percusión y, de forma igualmente estúpida y como embrutecidos, soplaban sus instrumentos de viento, me recordó inmediatamente la pasada guerra, yo había odiado ya siempre todo lo militar, y por consiguiente, como es natural, tenía que sentirme repelido por aquel desfile pascual de tropas, y precisamente había destestado siempre profundamente esos pretenciosos desfiles rurales. Al pueblo, sin embargo, le gustan esos desfiles más que nada, y se apresura a ir en tropel a esos desfiles, siempre se ha sentido atraído, en todas las épocas, por lo militar y por la brutalidad militar, y la perversidad en esa esfera es en los países alpinos, donde la estupidez se ha hecho pasar siempre por diversión, incluso por arte, una perversidad máxima. Apenas había pasado la última banda de música y había quedado satisfecha la curiosidad de mis hermanos, mi madre me había hecho una confidencia, informándome de una operación que iban a hacerle ya en los próximos días. Se veía obligada a ir mañana ya al hospital, la fecha no se podía aplazar, ella misma me había hablado de una dolencia cancerosa. La fiesta de Pascua había terminado, mi madre y mis hermanos volvieron a Salzburgo poco después del desfile de bandas de música y trajes regionales, dejándome en un estado de profunda depresión. Cuando llegué a mi casa, a un piso, como recuerdo, frío y sin nadie y totalmente abandonado, en el que podía verse por todos los rincones la catástrofe que se había abatido sobre nosotros, hacía ya tiempo que mi madre había sufrido su operación. Ella ya había tenido conocimiento de su enfermedad dos semanas antes de que me hablase de ella, así pues, me había visitado más de una vez en Grossgmain sin haber tenido valor para decirme esa verdad. Cuando llegué a casa, en el autobús, los míos estaban en el hospital con mi madre. Yo mismo había traído de Grossgmain otra noticia poco agradable con la que, sin embargo, no había querido enfrentar en seguida a los míos: después de todo, mis pulmones se habían visto afectados al final de mi estancia en Grossgmain, el radiólogo había descubierto lo que se llama una infiltración en el lóbulo inferior del pulmón derecho, y el internista de Grossgmain había confirmado su descubrimiento. Mi temor se había confirmado, en Grossgmain había enfermado de repente del pulmón. El mismo día en que salí de Grossgmain visité a mi madre en el hospital regional. Ella había soportado bien la operación. Pero el médico no nos había dado ninguna esperanza. Durante días enteros estuve primero sentado en el cuarto del abuelo y luego andando de un lado para otro por la ciudad, como puede imaginarse, en medio de la mayor desesperación. No había querido ver a nadie, y por consiguiente no había visitado a nadie. Dos semanas después de salir de Grossgmain, el seguro de enfermedad me había enviado un, así llamado, boletín de hospitalización en el sanatorio de Grafenhof. Con el billete de ferrocarril que venía cosido a ese boletín de hospitalización, había podido emprender el viaje.



El aliento. Una decisión (1978)
Trad. Miguel Sáenz
Barcelona, Anagrama, 1986
Imagen: Bernhard por David Levine