12 nov. 2011

John Maxwell Coetzee - En medio de ninguna parte (266)

Contiene spoiler





Por el momento presente, sin embargo, se diría que nada va a ocurrir, que aún me queda mucho que esperar hasta que llegue el momento de introducirme a rastras en mi mausoleo y de cerrar la puerta a mis espaldas, dando siempre por sentado que pueda encontrar un par de bisagras en el desván, para dejarme mecer por un sueño en el cual por fin no haya voces que me tomen el pelo, voces que me indignen. En momentos como el presente, repleta de lúgubres pensamientos, estoy tentada de atar los cabos sueltos. ¿Dónde y cómo encontraré el valor necesario para morir como una reina vieja y loca, en medio y medio de ninguna parte, sin que nada ni nadie me pueda explicar a los ojos de los arqueólogos, en un tumba llena de pinturas naïf sobre la cal de los muros, pinturas que representen a los dioses del cielo? Si no, ¿terminaré por ceder al espectro de la razón para explicarme en la única clase de confesión que conocemos nosotros los protestantes? Morir siendo un enigma con el alma repleta o morir vaciada de todos mis secretos, es así de pintoresco el dilema que me represento. Por ejemplo: ¿me he explicado plenamente alguna vez por qué no huyo de la granja, por qué no muero en la civilización, en uno de los asilos o manicomios que sin duda ninguna allí abundan, acompañada de libros llenos de ilustraciones, depositados en la mesilla, con una pila de ataúdes vacíos en el sótano y una enfermera bien adiestrada, una enfermera que deposite el óbolo sobre mi lengua? ¿He llegado alguna vez a explicar o si acaso a entender qué he estado haciendo aquí, en una región que se encuentra fuera de la ley, en la que las barreras que nos protegen del incesto a menudo están derruidas, en la que pasamos los días envueltos en un asilvestrado torpor, yo, que a todas luces tenía las hechuras de una muchacha inteligente, que sin duda podría haber expiado mis deficiencias físicas aprendiendo a tocar con agilidad, con todos los dedos, el piano, que habría podido confeccionar un álbum entero lleno de sonetos, que podría haber llegado a ser una buena esposa, industriosa, frugal, dispuesta a sacrificarse en todo momento, fiel e incluso en ciertas ocasiones apasionada? ¿Qué he estado haciendo en esta frontera de barbarie? No me cabe la menor duda, dado que estas no son preguntas baladíes, que en alguna parte existe toda una literatura que espera a contestadas por mí. Por desgracia, no tengo conocimiento de dicha literatura; además, siempre me he sentido más cómoda cuando se trataba de extraer las respuestas de mis propias entrañas. Hay poemas, estoy segura, acerca del corazón que se duele por Vedore Vlatke, acerca de la melancolía del crepúsculo sobre los prados que cubren las amapolas, sobre las ovejas que comienzan a reunirse para guarecerse del frío incipiente en la noche, sobre el lejano molino de viento, el primer chirrido del primer grillo, los últimos trinos de los pájaros posados sobre los espinos, las piedras de la tapia que aún retienen el calor del sol, la lámpara de la cocina que luce sin titilar. Son poemas que yo misma podría haber escrito. Hacen falta varias generaciones que hayan vivido en las ciudades para apartar del corazón esa nostalgia por las costumbres del campo. Yo nunca viviré lo suficiente para despojarme de ella, ni siquiera eso es algo que desee. Estoy corrompida hasta el tuétano por la belleza de este mundo abandonado. Si es preciso decir la verdad, nunca deseé escapar con los dioses del cielo. Siempre tuve, en cambio, la esperanza de que descendieran a la tierra y vivieran aquí conmigo en el paraíso, sustituyendo con su aliento de ambrosia todo lo que perdí cuando las fantasmagóricas figuras de las últimas personas con que tuve trato se escabulleron de mí en plena noche. Nunca he tenido la impresión de ser la creación de otro hombre (ya vienen, aquí están, qué dulces los plañidos del cierre), he pronunciado mi vida entera con mi propia voz (vaya un consuelo), he elegido en todo momento mi propio destino, que no es otro que morir aquí, en este jardín petrificado tras las cancelas y las puertas cerradas a cal y canto, cerca de los huesos de mi padre, en un espacio en el que resuenan los ecos de los himnos que podría haber escrito, pero que no escribí por creer que eran demasiado fáciles.



Traducción de Miguel Martínez-Lage
Barcelona, Mondadori, 2003
Foto:  © Micheline Pelletier/Corbis