9 nov. 2011

Jean Marie Gustave Le Clezio: La cuarentena (fragmento)







Marsella, a finales de agosto de 1980

Todavía sigo pensando en él. Lo recuerdo, tenía yo diez u once años, mi abuela me había hablado de lo que había sucedido aquella noche, en la taberna de Saint-Sulpice, me había leído fragmentos de Le bateau ivre, y yo le pregunté: «Pero ese Rimbaud del que hablas, ¿es como una especie de tío para mí?». Yo pensaba que lo habían ocultado, expulsado, sólo porque era un golfo, porque se había ido y había abandonado a todo el mundo, como Léon.

Así pues, he querido ir al último lugar en que había vivido, como quien va a visitar el panteón familiar. Para ver lo que él había visto, para sentir lo que él había sentido. En Marsella todavía estamos en pleno verano. A las nueve de la mañana, al apearme del tren, el aire abrasaba, flotaba sobre la ciudad un olor como de incendio.

No he querido tomar un taxi. Con la ayuda del plano de la ciudad, he tratado de encontrar el camino que él había seguido, en coche de caballos, desde la estación Saint–Charles hasta la Conception. Había espaciosas avenidas, túneles. Nada de todo esto existía por entonces.

He recorrido la larga Rue Saint–Pierre, que pasa, sinuosa, por entre lo que los alemanes dejaron en pie del casco antiguo de Marsella. Edificios vetustos de tres plantas, ventanas enrejadas, puertas cocheras. En los bares oscuros, olor a anís, música oriental. Me parecía oír cómo rebotaba contra las casas el martilleo de los cascos del caballo que tiraba del coche que iba camino del hospital con las cortinillas corridas. Tal vez estuviera ya inconsciente. El camino le resulta conocido. Es la tercera vez que lo recorre. La primera vez, al desembarcar del Amazone, el viernes 20 de mayo, y luego exactamente dos meses después, para tomar otra vez el tren del norte. Y ahora... Avanzo por la calle estrecha, y tengo la sensación de estar a punto de llegar a la meta, de que todo va a aclararse. De que voy a encontrar al Desaparecido, algún rastro suyo, una señal, una flor que se estremece al viento en un patio, un árbol bajo el que se hubiera sentado, un nombre grabado en una piedra. Cada casa, cada ventana, cada puerta es testigo.

Al final de la calle, junto a la antigua cárcel de los condenados a trabajos forzados, convertida ahora en archivo o en museo, se levantan las altas paredes de hormigón blanco del hospital, construidas encima del polvo del derribo. Del antiguo hospital no subsiste nada, nada en absoluto. He deambulado sin rumbo por los pasillos, por lo que queda del jardín entre dos aparcamientos. He leído la inscripción: «Aquí el poeta... concluyó su aventura terrestre». El aula Arthur Rimbaud. En la sala de los pasos perdidos, un árabe, vestido con un pijama sudadera y con zapatillas deportivas sin calcetines, camina con el oído pegado al transistor. Tiene el rostro demacrado, con los rasgos marcados por el dolor. Él también lleva bigotito, el cabello muy corto, como un presidiario. Escucha su música, y su mirada es muy dulce, soñadora, como si estuviera lejos de aquí, en los montes de Aurés. «Allah Kerim!»

Y él, el otro, ¿fue cojeando hasta los grandes plátanos de la entrada, apoyándose en la muleta, para sentarse a la sombra fresca? ¿Caminó, cogido del brazo de Isabelle, mordiéndose el labio para no gritar, hasta el extremo del jardín, para contemplar el mar a lo lejos, entre los tejados de la ciudad y las colinas, confundido con el velo lechoso del cielo?

Ese mismo verano, hace de ello ochenta y nueve años, Léon y Suryavati se borraron de la memoria de los Archambau, como si entraran en otro mundo, al otro lado de la vida, y me separa de ellos una delgada piel que los vuelve invisibles. Nunca han estado tan cerca de mí como en este instante.

Estaba hambriento. Me sentía libre, respiraba el aire tórrido, disfrutaba con la sombra ligera de los grandes plátanos centenarios. Al salir del hospital, he comprado un panecillo en Paniol, y he ido bajando por la larga calle que serpentea hasta la estación de ferrocarril.



Trad.: Thomas Kauf
Barcelona, Tusquets, 1998
Foto: Pascalito-Corbis