Hubo un tiempo, según Sir George H Darwin, en
que la Luna estaba muy cerca de la Tierra. Las mareas fueron poco a poco
empujándola lejos, esas mareas que ella, la Luna, provoca en las aguas
terrestres y en las cuales la Tierra pierde lentamente energía.
¡Claro
que lo sé –exclamó el viejo Qfwfq–, ustedes no pueden acordarse, pero yo sí. La
teníamos siempre encima, a la Luna, desmesurada; en plenilunio –noches claras
como de día, pero con una luz color manteca– parecía que iba a aplastarnos; en
novilunio rodaba por el cielo como un paraguas negro llevado por el viento, y
en cuarto creciente se acercaba con los cuernos tan bajos que parecía a punto
de ensartar la cresta de un promontorio y quedarse allí anclada. Pero todo el
mecanismo de las fases marchaba de una manera diferente de la de hoy, porque
las distancias del Sol eran distintas, y las órbitas, y la inclinación de no
recuerdo qué; además, eclipses, con Tierra y Luna tan pegadas, los había a cada
rato, imagínense si esas dos bestias no iban a encontrar manera de hacerse
continuamente sombra una a la otra.
¿La
órbita? Elíptica, naturalmente, elíptica; por momentos se nos echaba encima,
por momentos remontaba vuelo. Las mareas, cuando la Luna estaba más baja,
subían que no había quien las sujetara. Eran noches de plenilunio bajo bajo y
de marea alta alta y si la Luna no se mojaba en el mar era por un pelo,
digamos, por pocos metros. ¿Si nunca habíamos tratado de subirnos? ¡Cómo no!
Bastaba llegar justo debajo con la barca, apoyar una escalera y arriba.
El punto
donde la Luna pasaba más bajo estaba en mar abierto, en los Escollos de Zinc.
Ibamos en esas barquitas de remos que se usaban entonces, redondas y chatas, de
corcho. Éramos varios: yo, el capitán Vhd Vhd, su mujer, mi primo el sordo y a
veces la pequeña Xlthlx, que entonces tendría doce años. El agua estaba
aquellas noches tranquilísima, plateada que parecía mercurio, y los peces,
adentro, violetas, que no podían resistir a la atracción de la Luna y salían
todos a la superficie, y también pulpos y medusas de color azafrán. Había
siempre un vuelo de animalitos menudos –pequeños cangrejos, calamares y también
algas livianas y diáfanas y plantitas de coral– que se despegaban del mar y
termnaban en la Luna, colgando de aquel techo calcáreo, o se quedaban allí en
mitad del aire, en un enjambre fosforescente que ahuyentábamos agitando hojas
de banano.
Nuestro
trabajo era así: en la barca llevábamos una escalera; uno la sostenía, otro
subía y otro le daba a los remos hasta llegar debajo de la Luna; por eso
teníamos que ser tantos (sólo he nombrado a los principales). El que estaba en
la cima de la escalera, cuando la barca se acercaba a la Luna gritaba
espantado: "¡Alto! ¡Alto! ¡Me voy a pegar un cabezazo!" Era la
impresión que daba viéndola encima tan inmensa, tan erizada de espinas filosas
y bordes mellados y dentados. Ahora quizá sea distinto, pero entonces la Luna,
o mejor dicho el fondo, el vientre de la Luna, en fin, la parte que pasaba más
arrimada a la Tierra hasta casi rozarla, estaba cubierta de una costra de
escamas puntiagudas. Al vientre de un pez se parecía y también el olor, por lo
que recuerdo, era si no exactamente de pescado, apenas más leve, como de salmón
ahumado.
En
realidad, desde lo alto de la escalera se llegaba justo a tocarla extendiendo
los brazos, de pie, en equilibrio sobre el último peldaño. Habíamos tomado bien
las medidas (todavía no sospechábamos que se estaba alejando); en lo único que
había que fijarse bien era en la forma de poner las manos. Yo elegía una escama
que pareciera sólida (nos tocaba subir a todos, por turno, en tandas de cinco o
seis), me agarraba con una mano, después con la otra e inmediatamente sentía
que escalera y barca se me escapaban y el movimiento de la Luna me arrancaba a
la atracción terrestre. Sí, la Luna tenía una fuerza que te arrastraba, lo
sentías en aquel momento de paso entre una y otra; había que incorporarse de
repente, con una especie de cabriola, aferrarse a las escamas, alzar las
piernas para encontrarse de pie en el fondo lunar. Visto desde la Tierra
parecías colgado cabeza abajo, pero para ti era la misma posición de siempre, y
lo único extraño era, al alzar los ojos, verte encima la capa del mar luciente
con la barca y los amigos patas arriba, balanceándose como un racimo de
sarmiento.
En
aquellos saltos el que desplegaba un gran talento era mi primo el sordo. Sus
toscas manos, apenas tocaban la superficie lunar (era siempre el primero que
saltaba la escalera), se volvían de pronto suaves y seguras. Encontraban en
seguida el punto a que debían agarrarse para izarse, y parecía que le bastaba
la presión de las palmas para adherirse a la corteza del satélite. Una vez tuve
realmente la impresión de que la Luna se le acercaba cuando él le tendía las
manos.
Igualmente hábil era en el descenso a Tierra,
operación más difícil todavía. Para nosotros consistía en un salto en alto, lo
más alto posible, con los brazos levantados (visto desde la Luna, porque visto
desde la Tierra en cambio se parecía más a una zambullida, o a nadar en
profundidad, con los brazos colgando), en fin, igual al salto desde la Tierra,
sólo que ahora faltaba la escalera porque en la Luna no había nada donde
apoyarla. Pero mi primo, en vez de echarse con los brazos adelante, se
inclinaba sobre la superficie lunar con la cabeza hacia abajo como para una
cabriola, y se ponía a dar saltos haciendo fuerza con las manos. Desde la barca
lo veíamos de pie en el aire como si sostuviera la enorme pelota de la Luna y
la hiciera rebotar golpeándola con las manos, hasta que sus piernas quedaban a
nuestro alcance y conseguíamos atraparlo por los tobillos y bajarlo a bordo.
Ahora me
preguntarán ustedes qué diablos íbamos a hacer en la Luna, y les explico.
Ibamos a recoger leche, con una gran cuchara y un balde. La leche lunar era muy
densa, como una especie de requesón. Se formaba en los intersticios entre
escama y escama por la fermentación de diversos cuerpos y sustancias de origen
terrestre, procedentes de los prados y montes y lagunas que el satélite
sobrevolaba. Se componía esencialmente de: jugos vegetales, renacuajos,
asfalto, lentejas, miel de abejas, cristales de almidón, huevos de esturión,
mohos, pollitos, sustancias gelatinosas, gusanos, resinas, pimienta, sales
minerales, material de combustión. Bastaba meter la cuchara debajo de las
escamas que cubrían el suelo costroso de la Luna para retirarla llena de aquel
precioso lodo. No en estado puro, claro; las escorias eran muchas: en la
fermentación (la Luna atravesaba extensiones de aire tórrido sobre los
desiertos) no todos los cuerpos se fundían; algunos permanecían hincados allí:
uñas y cartílagos, clavos, hipocampos, carozos y pedúnculos, pedazos de loza,
anzuelos de pescar, a veces hasta un peine. De modo que ese puré, después de
recogido, había que descremarlo, pasarlo por un colador. Pero la dificultad no
era ésa, sino cómo enviarlo a la Tierra. Se hacía así: cada cucharada se
disparaba hacia arriba manejando la cuchara como una catapulta, con las dos
manos. El requesón volaba y si el tiro era bastante fuerte iba a estrellarse en
el techo, es decir, en la superficie marina. Una vez allí quedaba flotando y
recogerlo desde la barca era fácil. También en estos lanzamientos mi primo el
sordo desplegaba una particular habilidad; tenía pulso y puntería; con un golpe
decidido conseguía centrar su tiro en un balde que le tendíamos desde la barca.
En cambio yo a veces erraba el tiro; la cucharada no conseguía vencer la
atracción lunar y me caía en un ojo.
Todavía
no les he dicho todo sobre las operaciones en que mi primo se destacaba. Aquel
trabajo de exprimir leche lunar de las escamas era para él una especie de
juego; en lugar de la cuchara a veces le bastaba meter debajo de las escamas la
mano desnuda o sólo un dedo. No procedía con orden sino en puntos aislados,
yendo de uno a otro a saltos, como si quisiera hacer bromas a la Luna, darle
sorpresas o directamente hacerle cosquillas. Y donde él metía la mano saltaba
el chorro de leche como de las ubres de una cabra. Tanto que nos bastaba irle
detrás y recoger con las cucharas la sustancia que aquí y allá hacía rezumar,
pero siempre como por casualidad, porque los itinerarios del sordo no parecían
responder a ningún propósito práctico definido. Había puntos, por ejemplo, que
tocaba solamente por el gusto de tocarlos: intersticios entre escama y escama,
pliegues desnudos y tiernos de la pulpa lunar. A veces mi primo apretaba, no
con los dedos de la mano, sino –en un impulso bien calculado de sus saltos– con
el dedo gordo del pie (subía a la Luna descalzo) y parecía que aquello fuera
para él el colmo de la diversión, a juzgar por el gañido que emitía su úvula, y
los nuevos saltos que seguían.
El suelo
de la Luna no era uniformemente escamoso, sino que mostraba zonas desnudas
irregulares de una resbalosa arcilla pálida. Al sordo esos espacios suaves le
daban antojos de cabriolas o de vuelos casi de pájaro, como si quisiera
incrustarse en la pasta lunar con toda su persona. Como se iba alejando, en
cierto momento lo perdíamos de vista. En la Luna se extendían regiones que
nunca habíamos tenido motivo o curiosidad de explorar, y allí desaparecía mi
primo; y a mí se me había ocurrido que todas aquellas cabriolas y pellizcos en
que se desahogaba delante de nuestros ojos sólo eran una preparación, un
preludio a algo secreto que debía desarrollarse en las zonas ocultas.
Un humor
especial era el nuestro, en aquellas noches de los Escollos de Zinc, alegre
pero un poco expectante, como si dentro del cráneo sintiéramos, en lugar del
cerebro, un pez que flotara atraído por la Luna. Y así navegábamos haciendo
música y cantando. La mujer del capitán tocaba el arpa; tenía brazos
larguísimos, plateados aquellas noches como anguilas, y axilas oscuras y
misteriosas como erizos marinos; y el sonido del arpa era tan dulce y agudo,
tan dulce y agudo, que casi no se podía sopobar, y teníamos que lanzar grandes
gritos, no tanto para acompañar la música como para protegernos el oído.
Medusas
transparentes afloraban a la superficie marina, vibraban un poco, echaban a
volar hacia la Luna ondulando. La pequeña Xlthlx se divertía atrapándolas en el
aire, pero no era fácil. Una vez, al tender los bracitos para agarrar una, dio
un pequeño salto y se encontró también suspendida. Como era flaquita le
faltaban algunas onzas para que la gravedad la devolviera a la Tierra venciendo
la atracción lunar, así que volaba entre las medusas colgando sobre el mar. De
pronto se asustó, se echó a llorar, después se rió y se puso a jugar atrapando
al vuelo crustáceos y pececitos, llevándose algunos a la boca y
mordisqueándolos. Nosotros navegábamos siguiéndola; la Luna corría por su elipse
arrastrando aquel enjambre de fauna marina por el cielo, y una cola de algas
ensortijadas, y la niña suspendida en el medio. Tenía dos trencitas delgadas,
Xlthlx, que parecían volar por su cuenta, tendidas hacia la Luna; pero entre
tanto pataleaba, daba puntapiés al aire como si quisiera combatir aquel
influjo, y los calcetines –había perdido las sandalias en el vuelo– se le
escurrían de los pies y colgaban atraídos por la fuerza terrestre. Nosotros
subidos a la escalera tratábamos de agarrarlos.
Aquello
de ponerse a comer los animalitos suspendidos había sido una buena idea; cuanto
más aumentaba el peso de Xlthlx, más bajaba hacia la Tierra; además, como entre
aquellos cuerpos suspendidos el suyo era el de mayor masa, moluscos y algas y
plancton empezaron a gravitar sobre ella y en seguida la niña quedó cubierta de
minúsculas cáscaras silíceas, caparazones quitinosos, carapachos y filamentos
de hierbas marinas. Y cuanto más se perdía en esa maraña, más iba librándose
del influjo lunar, hasta que rozó la superficie del agua y se zambulló.
Remamos
rápido para recogerla y socorrerla; su cuerpo estaba imantado y tuvimos que
esmerarnos para quitarle todo lo que se le había incrustado. Corales tiernos le
envolvían la cabeza, y del pelo, cada vez que pasaba el peine, llovían anchoas
y camarones; los ojos estaban tapados por caparazones de lapas que se pegaban a
los párpados con sus ventosas; tentáculos de sepias se enroscaban alrededor de
los brazos y el cuello; la chaquetita parecía entretejida sólo de algas y de
esponjas. Le quitamos lo más gordo; y durante semanas ella siguió despegándose
mejillones y conchillas, pero la piel marcada por menudísimas diatomeas, eso le
quedó para siempre, bajo la apariencia –para quien no lo observaba bien– de un
sutil polvillo de lunares.
Así de
disputado era el intersticio entre Tierra y Luna por los dos influjos que se
equilibraban. Diré más: un cuerpo que bajaba a Tierra desde el satélite
permanecía por algún tiempo cargado de fuerza lunar y se negaba a la atracción
de nuestro mundo. Incluso yo, a pesar de ser alto y gordo, cada vez que había
estado allá tardaba en acostumbrarme de nuevo al arriba y al abajo terrestres,
y los amigos tenían que atraparme por los brazos y retenerme a la fuerza,
colgados en racimo de la barca oscilante mientras yo, cabeza abajo, seguía
estirando las piernas hacia el cielo.
–¡Agárrate! ¡Agárrate fuerte a nosotros!'–me
gritaban, y yo en aquel braceo a veces terrninaba por aferrar un pecho de la
señora Vhd Vhd, que los tenía redondos y macizos, y el contacto era bueno y
seguro; ejercía una atracción igual o más fuerte que la de la Luna, sobre todo
si en mi bajada de cabeza conseguía con el otro brazo ceñirle las caderas; y
así pasaba de nuevo a este mundo y caía de golpe en el fondo de la barca, y el
capitán Vhd Vhd para reanimarme me arrojaba encima un cubo de agua.
Así empezó la historia de mi enamoramiento
de la mujer del capitán, y de mis sufrimientos. Porque no tardé en notar a
quién se dirigían las miradas más tercas de la señora: cuando las manos de mi
primo se posaban seguras en el satélite, yo le clavaba la vista y en su mirada
leía los pensamientos que aquella confianza entre el sordo y la Luna le iba
suscitando, y cuando él desaparecía en sus misteriosas exploraciones lunares
veía que se inquietaba, estaba como sobre ascuas y entonces todo me resultaba
claro: cómo la señora Vhd Vhd se iba poniendo celosa de la Luna y yo celoso de
mi primo. Tenía ojos de diamante la señora Vhd Vhd, llameaban cuando miraba la
Luna, casi en desafío, como si dijera: "¡No lo conseguirás!" Y yo me
sentía excluido.
De todo esto el que menos se daba por enterado
era el sordo. Cuando le ayudábamos a bajar tirándole –como ya les he explicado–
de las piernas, la señora Vhd Vhd perdía todo recato prodigándose, echándole
encima el peso de su persona, envolviéndolo en sus largos brazos plateados; yo
sentía una punzada en el corazón (las veces que yo me agarraba a ella, su
cuerpo era dócil y amable, pero no se echaba hacia adelante como con mi primo),
mien tras él parecía indiferente, perdido todavía en su arrobamiento lunar.
Yo miraba al capitán, preguntándome si también
él notaba el comportamiento de su mujer; pero ninguna expresión pasaba jamás
por aquella cara roja de salitre, surcada de arrugas embreadas. Como el sordo
era siempre el último en despegarse de la Luna, su descenso era la señal de
partida para las barcas. Entonces, con un gesto insólitamente amable, Vhd Vhd
recogía el arpa del fondo de la barca y la tendía a su mujer. Ella estaba
obligada a tomarla y a sacar algunas notas. Nada podía separarla más del sordo
que el sonido del arpa. Yo empezaba a entonar aquella canción melancólica que
dice: "Flotan flotan los peces lucientes y los oscuros se van al
fondo..." y todos, menos mi primo, me hacían coro.
Todos los meses, apenas había pasado el
satélite, el sordo volvía a su aislado desapego de las cosas del mundo; sólo la
cercanía del plenilunio lo despertaba. Aquella vez yo me las había ingeniado
para no formar parte de los que subían y quedarme en la barca, junto a la mujer
del capitán. Y apenas mi primo había trepado a la escalera, la señora Vhd Vhd
dijo:
–¡Hoy quiero ir yo también allá arriba!
Nunca había ocurrido que la mujer del capitán
subiera a la Luna. Pero Vhd Vhd no se opuso, al contrario, casi la levantó en
vilo poniéndola en la escalera, exclamando: –¡Pues anda!– y todos empezamos a
ayudarla y yo la sostenía de atrás, y la sentía en mis brazos redonda y suave,
y para empujarla apretaba contra ella las palmas y la cara, y cuando la sentí
subirse a la esfera lunar me dio tanta congoja aquel contacto perdido, que
traté de irme tras ella deciendo:
–¡Yo también voy un rato arriba a dar una
mano!
Algo como una morsa me detuvo.
–Tú te quedas aquí, que también hay que hacer –me ordenó, sin levantar la
voz, el capitán Vhd Vhd.
Las intenciones de cada uno ya eran claras en
aquel momento. Y sin
embargo yo no entendía, y todavía hoy no estoy seguro de haber interpretado
todo exactamente. Claro que
la mujer del capitán había alimentado largamente el deseo de apartarse allá
arriba con mi primo (o por lo menos, de no dejar que él se apartase solo con la
Luna), pero probablemente su plan tenía un objetivo más ambicioso, que debía de
haber sido urdido en inteligencia con el sordo: esconderse juntos allá arriba y
quedarse en la Luna un mes. Pero puede ser que mi primo, como era sordo, no
hubiese entendido nada de lo que ella había tratado de explicarle, o que
directamente no se hubiera dado cuenta siquiera de ser objeto de los deseos de
la señora. ¿Y el
capitán? No esperaba más que
liberarse de su mujer, tanto que apenas ella quedó confinada allá arriba, vimos
que se abandonaba a sus inclinaciones y se hundía en el vicio, y entonces
comprendimos por qué no había hecho nada por retenerla. ¿Pero sabía él desde el
principio que la órbita de la Luna se iba agrandando?
Ninguno de nosoeros podía sospecharlo. El
sordo, quizá únicamente el sordo: de la manera larval en que sabía las cosas,
había presentido que aquella noche le tocaba despedirse de la Luna. Por eso se
escondió en sus lugares secretos y sólo reapareció para volver a bordo. Y fue
inútil que la mujer del capitán lo siguiera: vimos que atravesaba la extensión
escamosa varias veces, a lo largo y a lo ancho, y de golpe se detuvo mirando a
los que habíamos permanecido en la barca, casi a punto de preguntarnos si lo
habíamos visto.
Claro que había algo insólito aquella noche.
La superficie del mar, aunque tensa como siempre que había plenilunio y hasta
casi arqueada hacia el cielo, ahora parecía relajarse, floja, como si el imán
lunar no ejerciera toda su fuerza. Y sin embargo no se hubiera dicho que la luz
era la misma de los otros plenilunios, como por un espesarse de la tiniebla
nocturna. Hasta los compañeros, arriba, debieron de darse cuenta de lo que
estaba sucediendo, pues alzaron hacia nosotros ojos despavoridos. Y de sus
bocas y las nuestras, en el mismo momento, salió un grito:
–¡La Luna se aleja!
Todavía no se había apagado este grito cuando
en la Luna apareció mi primo corriendo. No parecía asustado, ni siquiera
sorprendido; posó las manos en el suelo para la cabriola de siempre, pero esta
vez después de lanzarse al aire se quedó allí, suspendido, como ya le había
sucedido a la pequeña Xlthlx, dio volteretas por un momento entre Luna y Tierra,
se puso cabeza abajo y con un esfuerzo de los brazos como el que nadando debe
vencer una corriente, se dirigió, con insólita lentitud, hacia nuestro planeta.
Desde la Luna los otros marineros se
apresuraron a seguir su ejemplo. Ninguno pensaba en hacer llegar a la barca la
leche recogida, ni el capitán los amonestaba por eso. Ya habían esperado
demasiado, la distancia era ahora difícil de atravesar; por más que trataban de
imitar el vuelo o la natación de mi primo, se quedaron gesticulando, suspendidos
en medio del cielo. –¡Aprieten
filas, imbéciles, aprieten filas! –gritó el capitán. A su orden, los marineros trataron de reagruparse, de
juntarse, de pujar todos juntos para llegar a la zona de atracción terrestre,
hasta que de pronto una cascada de cuerpos se zambulló en el mar.
Ahora las barcas remaban para recogerlos.
–¡Esperen! ¡Falta la señora! –grité. La mujer del capitán también había
intentado el salto pero había quedado suspendida a pocos metros de la Luna y
movía muellemente los brazos plateados en el aire. Me trepé a la escalerilla y
en el vano intento de ofrecerle un asidero le tendía el arpa. –¡No llego! ¡Hay que ir a buscarla! –y traté de lanzarme blandiendo el arpa.
Sobre mí, el enorme disco lunar no parecía ya el mismo de antes, tanto se había
achicado, y ahora se iba contrayendo cada vez más como si fuese mi morada la
que lo alejaba, y el cielo desocupado se abría como un abismo en cuyo fondo las
eserellas se iban multiplicando y la noche se volcaba sobre mí como un río de
vacío, me inundaba de zozobra y de vértigo.
"¡Tengo miedo! –pensé–. ¡Tengo demasiado
miedo para tirarme! ¡Soy un cobarde!" y en aquel momento me tiré. Nadaba
por el cielo furiosamente, tendía el arpa hacia ella, y ella en vez de venir a
mi encuentro se volvía sobre sí misma mostrándome ya la cara, ya el trasero.
–¡Unámonos! –grité, y ya la alcanzaba y la
aferraba por la cintura y enlazaba mis miembros con los suyos–. ¡Unámonos y
caigamos juntos! –y concentraba mis fuerzas en unirme más estrechamente a ella,
y mis sensaciones en gustar la plenitud de aquel abrazo. Tanto que tardé en
darme cuenta de que estaba arrancándola de su estado de suspensión, pero para
hacerla caer en la Luna. ¿No me di cuenta? ¿O ésta había sido desde el
principio mi intención? Todavía no había conseguido formular un pensamiento y
ya un grito irrumpía de mi garganta: –¡Yo soy el que se quedará contigo un mes!
–y– ¡Sobre ti! –gritaba en mi excitación–: ¡Yo sobre ti un mes! –y en aquel
momento la caída en el cielo lunar había disuelto nuestro abrazo, nos había
hecho rodar a mí aquí y a ella allá entre las frías escamas.
Alcé los ojos como cada vez que tocaba la
corteza de la Luna, seguro de encontrar encima de mí el nativo mar como un
techo desmesurado, y lo vi, sí, lo vi esta vez, ¡pero cuánto más alto, y cuán
exiguamente limitado por sus contornos de costas y escollos y promontorios, y
qué pequeñas parecían las barcas e irreconocibles las caras de los compañeros y
débiles sus gritos! Me llegó un sonido poco distante: la señora Vhd Vhd había
encontrado su arpa y la acariciaba insinuando un acorde apesadumbrado como un
llanto.
Comenzó un largo mes. La Luna giraba lenta en
torno a la Tierra. En el globo suspendido veíamos no ya nuestra orilla familiar
sino el transcurrir de océanos profundos como abismos, y desiertos de lapilli
incandescentes, y continentes de hielo, y selvas culebreantes de reptiles, y
las paredes de roca de las cadenas montañosas cortadas por el filo de los ríos
impetuosos, y ciudades palustres, y necrópolis de tosca, y reinos de arcilla y
fango. La lejanía untaba todas las cosas del mismo color; manadas de elefantes
y mangas de langosta recorrían las llanuras tan igualmente vastas y densas y
tupidas que no se diferenciaban.
Debía haber sido feliz: como en mis sueños
estaba solo con ella, la intimidad con la Luna tantas veces envidiada a mi
primo y la de la señora Vhd Vhd eran ahora mi exclusivo privilegio, un mes de
días y noches lunares se extendía ininterrumpido delante de nosotros, la
corteza del satélite nos nutría con su leche de sabor ácido y familiar, nuestra
mirada se alzaba hacia el mundo donde habíamos nacido, finalmente recorrido en
toda su multiforme extensión, explorado en paisajes jamás vistos por ningún
terráqueo, o contemplaba las estrellas más allá de la Luna, grandes como frutas
de luz maduras en los curvos ramos del cielo, y todo superaba las esperanzas
más luminosas, y en cambio, en cambio era el exilio.
No pensaba más que en la Tierra. La Tierra era
la que hacía que cada uno fuera ése y no otro; aquí arriba, arrancado de la
Tierra, era como si yo no fuese yo, ni ella para mí ella. Estaba ansioso por
volver a la Tierra, y temblaba de miedo de haberla perdido. El cumplimiento de
mi sueño de amor había durado sólo el instante en que nos habíamos unido
rodando entre Tierra y Luna; privado de su suelo terrestre, mi enamoramiento
sólo conocía ahora la nostalgia desgarradora de aquello que nos faltaba: un
dónde, un alrededor, un antes, un después. Esto era lo que yo sentía. ¿Y ella?
Al preguntárselo estaba dividido en mis temores. Porque si tamién ella sólo
pensaba en la Tierra, podía ser una buena señal, señal de que había llegado
finalmente a un entendimiento conmigo, pero podía ser también señal de que todo
había sido inútil, de que únicamente al sordo seguían apuntando sus deseos. En
cambio, nada. No alzaba jamás la mirada al viejo planeta, andaba pálida por
aquellas landas murmurando cantinelas y acariciando el arpa, como ensimismada
en su provisional (así creía yo) condición lunar. ¿Era señal de que había
vencido a mi rival? No; había perdido; una derrota desesperada. Porque ella
había comprendido que el amor de mi primo era sólo para la Luna, y lo único que
quería ahora era convertirse en Luna, asimilarse al objeto de aquel amor
extrahumano.
Cumplido que hubo la Luna su vuelta del
planeta, nos encontramos de nuevo sobre los Escollos de Zinc. Con estupor los
reconocí: ni siquiera en mis más negras previsiones me había esperado verlos
tan empequeñecidos por la distancia. En aquel mar como un charco los compañeros
habían vuelto a navegar sin la escalera ahora inútil, pero desde las barcas se
alzó como una selva de largas lanzas; cada uno blandía la suya, provista en la
punta de un arpón o garfio, quizá con la esperanza de raspar todavía un poco
del último requesón lunar y quizá de tendernos a nosotros, pobres desgraciados
de aquí arriba, alguna ayuda.
Pero en seguida se vio claramente que no había
pértiga bastante larga para alcanzar la Luna, y cayeron, ridículamente cortas,
humilladas, para flotar en el mar; y alguna barca en aquel desbarajuste perdió
el equilibrio y se volcó. Pero justo entonces desde otra embarcación empezó a
levantarse una más larga, arrastrada hasta allí al ras del agua; debía de ser
de bambú, de muchas y muchas cañas de bambú encajadas una en otra, y para
levantarla había que andar despacio a fin de que –fina como era– las
oscilaciones no la despedazaran, y manejarla con gran fuerza y destreza para
que el peso totalmente vertical no hiciera perder el equilibrio a la barquita.
Y sí: era evidente que la punta de aquella
asta tocaría la Luna, y la vimos rozar y hacer presión en su suelo escamoso,
apoyarse allí un momento, dar casi un pequeño empujón, incluso un fuerte
empujón que la hacía alejarse de nuevo, y después volver a golpear en aquel
punto como de rebote, y de nuevo alejarse. Y entonces lo reconocí, los de –yo y
la señora– reconocimos a mi primo, no podía ser sino él, él que jugaba su
último juego con la Luna, una artimaña de las suyas, con la Luna en la punta de
la caña como si la sostuviera en equilibio. Y comprendimos que su destreza no
apuntaba a nada, no pretendía alcanzar ningún resultado práctico, incluso se
hubiera dicho que iba empujando a la Luna, que favorecía su alejamiento, que la
quería acompañar en su órbita más distante. Y también esto era de él, de él que
no sabía concebir deseos contrarios a la naturaleza de la Luna y a su curso y
su destino, y si la Luna ahora tendía a alejarse, pues él gozaba de este
alejamiento como había gozado hasta entonces de su cercanía.
¿Qué debía hacer, frente a esto, la señora Vhd
Vhd? Sólo en aquel instante mostró hasta qué punto su enamoramiento del sordo
no había sido un capricho frívolo sino un voto sin recompensa. Si lo que mi
primo amaba ahora era la Luna lejana, ella permanecería lejana, en la Luna. Lo
intuí viendo que no daba un paso hacia el bambú, sino que sólo dirigía el arpa
hacia la Tierra alta en el cielo, pellizcando las cuerdas. Digo que la vi, pero
en realidad sólo de reojo apresé su imagen, porque apenas el asta tocó la
corteza lunar, yo salté para aferrarme a ella, y ya, rápido como una serpiente,
trepaba por los nudos del bambú, subía a fuerza de rodillas, liviano en el
espacio enrarecido, impulsado como por una fuerza de la naturaleza que me
ordenaba volver a la Tierra, olvidando el motivo que me había llevado arriba, o
quizá más consciente que nunca de él y de su final desafortunado, y en el
escalamiento de la pértiga ondulante había llegado ya al punto en que no
necesitaba hacer esfuerzo alguno sino sólo dejarme deslizar cabeza abajo atraído
por la Tierra, hasta que en esa carrera la caña se rompió en mil pedazos y yo
caí al mar entre las barcas.
Era el dulce retorno, la patria recobrada,
pero mi pensamiento sólo era de dolor por haberla perdido, y mis ojos apuntaban
a la Luna por siempre inalcanzable, buscándola. Y la vi. Estaba allí donde la
había dejado, tendida en una playa justo sobre nuestras cabezas, y no decía
nada. Era del color de la Luna; apoyaba el arpa en su costado, y movía una mano
en arpegios lentos y espaciados. Se distinguía bien la forma del pecho, de los
brazos, de las caderas, así como la recuerdo todavía, como aún ahora que la
Luna se ha convertido en ese circulito chato y lejano, sigo buscándola siempre
con la mirada, apenas asoma el primer gajo en el cielo, y cuanto más crece más
me imagino que la veo, ella o algo de ella pero sólo ella, en cien, en mil
posturas diversas, ella por la que es Luna la Luna y que en cada plenilunio
hace aullar a los perros toda la noche y a mí con ellos.
Las cosmicómicas (1965)
Trad.: Angel Sánchez-Gijón



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