«Pero
¿qué es, oh, qué es eso que en todo, de repente, falta?» Nada más plantearse la
pregunta, el poeta, aterrado tanto por la evidencia de la que surge como por el
abismo al que conduce, se vuelve contra ella y entabla, para comprometerla,
para destruir su insidiosa autoridad, un combate del que ignoramos los detalles
y las vicisitudes, como ignoramos los secretos que esconde esta confidencia
abstracta: «No existe más historia que la del alma». Negándose con repulsión a
divulgar su propia historia, el poeta nos condena a adivinarla o a construirla,
se oculta detrás de las declaraciones que consiente hacernos, y no desea que
toquemos las «claves puras» de su exilio. Impenetrable por pudor, en absoluto
propenso a las abdicaciones de la claridad, a los compromisos de la
transparencia, ha multiplicado sus máscaras, y, si se ha extendido más allá de
lo inmediato y de lo finito, fuera de esa inteligibilidad que es límite y
consentimiento al límite, no ha sido para escoger la vaguedad, preludio poético
de la vacuidad, sino para «perseguir al Ser», único medio que posee de escapar
al terror de la carencia, a la percepción fulgurante de lo que «falta» en todo.
Raramente dado, casi siempre conquistado, el Ser bien merece el honor de la
mayúscula; en este caso, la conquista es tan patente que se diría que emana de
una revelación más que de un proceso o de una lucha. De ahí la frecuencia de la
sorpresa, la sensación de lo instantáneo. «Y de repente todo es para mí fuerza
y presencia, donde humea todavía el tema de la nada.» «El mar mismo, como una
ovación repentina...» Aparte de la interrogación abisal antes citada, se pondrá
el acento en lo súbito para señalar la emergencia y la soberanía de lo positivo,
la transfiguración de lo inanimado, la victoria sobre el vacío. Haber exaltado
el exilio, haber sustituido en la medida de lo posible el Yo por el Extranjero
y reconciliarse no obstante con el mundo, aferrarse a él, hacerse su portavoz:
ésa es la paradoja de un lirismo continuamente triunfal en el que cada palabra
se interesa por la cosa que traduce para revelarla, para elevarla a un orden al
que no parecía destinada, al milagro de un sí jamás vencido, y englobarla en un
himno a la diversidad, a la imagen tornasolada de lo Uno. Lirismo erudito y
virgen, concertado y original, nacido de una ciencia de las savias, de una
ebriedad sabia de los elementos, presocrática y antibíblica, que asimila a lo
sagrado todo lo que es susceptible de poseer un nombre, todo aquello sobre lo
que el lenguaje ‑ese verdadero salvador‑ puede tener efecto. Justificar las
cosas es bautizarlas, es intentar arrancarlas de su oscuridad, de su anonimato;
en la medida en que lo logra, el lirismo amará todas las cosas, hasta ese «gólgota
de basura y chatarra» que es la ciudad moderna. (El recurso a la
terminología cristiana, aunque sea irónico, produce un extraño efecto en una
obra profundamente pagana.)
Emanación y exégesis a la vez de un demiurgo,
el Poema ‑que en la visión de Perse pertenece tanto a la cosmogonía como a la
literatura‑ se elabora como un universo: engendra, enumera, compulsa los
elementos y los incorpora a su naturaleza. Poema cerrado, subsistente por sí
mismo y sin embargo abierto («todo un pueblo mudo se eleva en mis frases»),
reacio y dominado, autónomo y dependiente, tan apegado a la expresión como a lo
expresado, al tema obsesionado consigo mismo y al tema que constata, poema que
es éxtasis y enumeración, absoluto e inventario. A veces, sensibles solamente a
sus lados formales y olvidando que antes se sumerge en la realidad, nos tienta
la idea de leerlo como si se agotara en sus prestigios sonoros y no
correspondiese a nada objetivo, a nada perceptible. «Bello como el sánscrito»,
exclama entonces nuestro yo pasivo y hechizado que se abandona a la
voluptuosidad del lenguaje como tal. Pero ese lenguaje, repitámoslo, se adhiere
al objeto y refleja sus apariencias. El espacio que prefiere es ese Raum der
Rühmung caro a Rilke, ese espacio de la celebración en el que lo real,
nunca deficitario, tiende a un exceso de ser, en el que todo participa de lo
supremo, pues nada es víctima de la maldición de lo intercambiable, origen de
la negación y del cinismo.
La existencia sólo posee legitimidad o valor
si se es capaz de discernir, en el nivel mismo de lo ínfimo, la presencia de lo
irremplazable. Quien no lo logra en absoluto reducirá el espectáculo del
devenir a una serie de equivalencias y de simulacros, a un juego de apariencias
sobre un fondo de identidad. Se creerá clarividente y lo será sin duda, pero la
clarividencia que alcanzará, a fuerza de hacerle oscilar entre lo fútil y lo
fúnebre, acabará hundiéndole en obsesiones infructuosas, en el abismo del
sarcasmo y la complacencia en la retractación. Desesperando de no poder
conferir jamás a sus amarguras confusas la densidad del veneno, y cansado
además de dedicarse a la invalidación del Ser, se dirigirá hacia aquellos que,
participando en la aventura del elogio, superiores a las tinieblas, exentos de
la idolatría del no, se atreven a consentir en todo, dado que para ellos todo
cuenta, todo es irreparablemente único. El Poema de Perse celebrará justamente
la unicidad: no la del momento que pasa, surgimiento sin futuro, sino aquella
en la que se pone de manifiesto la excepción eterna de cada cosa. En ese tiempo
de la celebración sólo existe una dimensión: el presente ‑duración ilimitada
que contiene todas las edades, instante a la vez inmemorial y actual. ¿Nos
hallamos en este siglo o en los comienzos de Grecia o de China? Nada más
ilegítimo que abordar con escrúpulos cronológicos una obra y un autor que
afortunadamente son indemnes a ellos. Como el Poema, Perse es un
contemporáneo... intemporal.
«Estaré allí entre los primeros para la
irrupción del dios nuevo.» Nosotros, sin embargo, sentimos que ha asistido ya
al advenimiento y a la desaparición de los antiguos dioses y que, si espera
otros, no es como un profeta, sino como un espíritu que recuerda y en el que
reminiscencia y presentimiento, lejos de seguir direcciones opuestas, se
encuentran y confunden. Más cerca del oráculo que del dogma (es un iniciado por
la inspiración y la apariencia, por lo que podría llamarse su lado Delfos),
no condesciende sin embargo a ningún culto: ¿cómo se rebajaría al dios de los
demás y lo compartiría con ellos? En la medida en que idolatra las palabras, en
que convierte su ficción en esencia, el poeta se forja una mitología privada,
un Olimpo personal, que puebla y despuebla a voluntad, privilegio que obtiene
del lenguaje, cuyo papel propio y función última es engendrar y destruir
dioses.
De la misma manera que no se inscribe en una
época, el Extranjero del Poema no arraiga en ningún país. Parece recorrer no se
sabe qué imperio librado a una fiesta inacabable. Los seres humanos que en él
encuentra y sus costumbres le retienen sin duda, pero menos que los elementos.
Hasta en los libros buscará el viento y el «pensamiento del viento», y
más que el viento el mar, investido de los atributos y las prerrogativas de que
ordinariamente goza la divinidad: «unidad halagada de nuevo», «claridad hecha
sustancia para nosotros», «el Ser sorprendido en su esencia», «instancia
luminosa». En su productividad infinita (en muchos aspectos evoca la Noche
romántica), el mar será absoluto desplegado, maravilla insondable y sin embargo
visible, revelación de una apariencia sin fondo. La misión del Poema consistirá
en imitar su ondulación y su resplandor, sugerir como él la perfección en lo
inacabado, ser o parecer también él eternidad turbulenta, coexistencia de lo pasado
y de lo posible en el interior de su devenir sin sucesión, de una duración que
recae interminablemente sobre sí misma.
Ni histórica ni trágica, la visión de Perse,
emancipada tanto del terror como de la nostalgia, participa del escalofrío, del
estremecimiento tónico de un espíritu que ha «fundado sobre el abismo» en lugar
de abandonarse a él y de cultivar allí sus angustias. Ningún gusto por el
pánico en Perse, sino el éxtasis triunfando sobre la vacuidad, la sensualidad
sobre el espanto. De su universo (en el que la carne recibe un estatuto
metafísico) el mal está proscrito, como por otra parte el bien, pues en él la
existencia encuentra su justificación en sí misma. ¿La encuentra
verdaderamente? Cuando el poeta lo duda y cuando sabe que no podrá alcanzar el
fondo del Ser, como tampoco del mar, se vuelve hacia el lenguaje con el
propósito de estudiar sus «grandes erosiones», de explorar sus profundidades,
sus «viejas capas». Acabada la inmersión, surge de nuevo para proferir,
siguiendo el ejemplo de las olas, «una sola y larga frase sin cesura, para
siempre ininteligible».
Si un sentido unívoco se identifica con una
obra, ésta se halla condenada sin remedio; desprovista de ese halo de
indeterminación y de ambigüedad que halaga a los glosadores y los multiplica,
sucumbe a las miserias de la claridad y, al dejar de desconcertar, se expone al
deshonor reservado a las evidencias. Si quiere ahorrarse la humillación de ser
comprendida, deberá, dosificando lo irrecusable y lo oscuro, esmerándose en el
equívoco, suscitar interpretaciones divergentes y fervores perplejos ‑índices
de vitalidad, garantías de duración. La obra estará perdida por poco que
permita a los comentadores saber en qué nivel de la realidad se sitúa y qué
mundo refleja. El autor, no menos que ella, debe disimular su identidad,
revelar de sí mismo todo salvo lo esencial, perseverar en su magia y en su
soledad, soberano esclavo de sus palabras, deslumbrado por ellas. Hasta un
Perse, tan visiblemente dueño de las suyas, nos da la impresión de que soporta
su despotismo, de que, fascinado por ellas, las equipara a los elementos e
incluso al elemento mismo, cuyas órdenes y caprichos no podrá eludir.
Pero a esta impresión la corrige otra opuesta
e igualmente legítima: cuanto más lo leemos, más discernimos en él la dimensión
de un legislador, impaciente por codificar lo vago y lo impalpable, por llamar
al orden a las palabras..., por sacarlas de su anarquía o elevarlas de su
torpor para enviarlas en nuestro auxilio, cargadas de verdades saludables y vivificantes.
Al contrario que un Valéry o un Eliot (Miércoles de ceniza es el
antípoda exacto del mundo de Perse), evitará insistir en la «pureza del No‑ser»
o en «la gloria débil de la hora positiva» y cuando evoque la muerte será para
denunciar su «énfasis inmenso» y no para explotar su fascinación. Poeta por
connivencia, por afinidad con los seres y las cosas, no deplora ni condena esa
ruptura original que los arrastró fuera de la unidad en una procesión, en
absoluto nefasta según él, sino por el contrario afortunada, puesto que provocó
ese desfile de lo múltiple, de lo patente y de lo extraño cuya relación
exhaustiva emprenderá. Todo lo que se ve merece la pena ser visto, todo lo que
existe existe irremediablemente, parece decirnos mientras que en trance, en el
vértigo de la plenitud, con un apetito orgiástico de realidad, se dedica a
colmar y dar consistencia al vacío, sin infligirle esa plaga de la opacidad y
de la gravitación que desacredita a la materia.
Hay poetas a quienes pedimos que nos ayuden a
decaer, que fomenten nuestros sarcasmos, que agraven nuestros vicios o nuestros
estupores. Son irresistibles, maravillosamente debilitadores... Hay otros más
difíciles de abordar porque contradicen nuestras amarguras y nuestras
obsesiones. Mediadores en el conflicto que nos opone al mundo, nos invitan a la
aceptación, al esfuerzo sobre uno mismo. Cuando estamos hartos de nosotros
mismos y aún más de nuestros gritos, cuando esa manía de protestar y
reivindicar eminentemente moderna, llega a adquirir en nosotros la gravedad del
pecado, ¡qué consuelo encontrar un espíritu que jamás sucumbe a ella, que
retrocede ante la vulgaridad de la rebeldía como un hombre de la antigüedad, de
la antigüedad heroica y de la antigüedad crepuscular, semejante a un Píndaro y
también al Marco Aurelio que exclama: «Todo lo que me traen las horas es para
mí un fruto sabroso, oh Naturaleza». Hay en Perse una nota de sabiduría lírica,
una magnífica letanía del consentimiento, una apoteosis de la necesidad y de la
expresión, del destino y del verbo, al igual que, sin el menor acento
cristiano, un aspecto visionario. «Y la estrella apátrida avanza en las alturas
del siglo verde»: ¿no se creería estar leyendo un versículo de una variante serena
del Apocalipsis? Si el universo desapareciese, nada se perdería, puesto que, en
suma, el lenguaje lo reemplazaría. Si una palabra, una simple palabra
sobreviviese a un cataclismo general, ella sola desafiaría a la nada. Esa nos
parece ser la conclusión que el Poema implica y exige.
En Ejercicios de admiración y otros textos
Trad.: Rafael Panizo
Barcelona, Tusquets editores, 1992.
Foto ©Editionsdelherneok



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