23 nov. 2011

Carlos Drummond de Andrade - Como un presente





Tu cumpleaños, en la sombra,
no se conmemora.

Excúsate por llevar esta corbata.
Ya no tienes ropa, ni la necesitas.
En un mantel en el espacio está el almuerzo,
pero tu almuerzo es el silencio, tu hambre no come.

Ya no te pido la mano arrugada
para besarle las gruesas venas.
Ni busco en los ojos estriados
aquella pregunta: ¿está llegando?

En verdad dejaste de cumplir años.
No envejeces. El último retrato
vale para siempre. Es un hombre cansado
pero fiel: cédula de identidad.

Tu inmovilidad es perfecta. A pesar de la lluvia,
lo incómodo de este suelo. Pero siempre amaste
lo duro, el relente, la carencia. El frío se siente
en mí, que te visito. En ti, la calma.

¿Cómo compraste calma? No la tenías.
¿Cómo aceptaste la noche? Madrugabas.
Tu caballo corta el aire, guardo una espuela
de tu bota, un grito de tus labios,
siento en mí tu cuerpo lleno, tu cuchillo,
tu apuro, tu estruendo... encadenados.

Pero no descubro tu secreto.
No está en los papeles
del cofre. Ni en las casas que habitaste.
En el caserón azul
veo la hilera de cuartos sin llave, oigo tu paso
nocturno, tu carraspeo, y siento los bueyes
y siento las tropas que llevabas por la Selva
y siento las elecciones (tu desprecio) y siento la Cámara
y pasos en la escalera, que suben,
y soldados que suben, rojos,
y armas que tal vez van a matarte,
pero que no se atreven.
Veo, en el río, una canoa,
y tres hombres en ella.
“Aunque está mal preguntar, ¿el Coronel sabe nadar?
Porque esta canoa, alabado sea Dios, puede volcarse,
y su creación nunca más que el señor ha de encontrarla.”
Tu mano saca del bolsillo una cosa. Tu voz va al frente.
“Coronel, discúlpeme, ¿no se puede bromear?”

Te veo más lejos. Quedaste pequeño.
Imposible reconocer tu rostro, pero sé que eres tú.
Viene de la niebla, de las memorias, de los baúles repletos,
de la monarquía, de la esclavitud, de la tiranía familiar.
Eres bien frágil y la escuela te traga.
Haría de ti tal vez un farmacéutico quejoso, un doctor confuso.

Para comenzar: ¡una docena de tortas!
¿Quién dijo?
Entraste por la puerta, saliste por la ventana
—¿supo, señor maestro? — quien quiera que cuente otra,
pero tú ganabas el mundo y en él aprenderías tu sucinta
[gramática,
la mano del mundo tocaría tu mano y diseñaría tu letra firme,
el libro del mundo te entraría por los ojos y te imprimiría su
[completa y clara ciencia,
pero no descubro tu secreto.

Tal vez es un error que amemos así a nuestros padres.
La identidad de sangre actúa como cadena,
sería mejor romperla. Buscar mis padres en el Asia,
donde el pan sea otro y no haya bienes de familia a preservar.
¿Por qué permanecer en este municipio, en este apellido?
Taras, dolencias, deudas: mal se respira en el sótano.
Quisiera hacer un agujero, atravesar el túnel, dejar mi tierra,
paseando por debajo de sus problemas y plantaciones, de la
[eterna agencia de correo,
e inaugurar nuevos antepasados en una nueva ciudad.
Quisiera abandonarte, negarte, huirte,
pero es curioso:
ya no estás, y te siento,
no me hablas, y te converso.
Y tanto nos entendemos, en la sombra,
en el polvo, en el sueño.

Y pregunto tu secreto.
No respondes. No lo tenías.

¿Realmente no lo tenías, me engañabas?
Entonces aquel maravilloso poder de abrir botellas sin
[sacacorchos,
de desatar nudos, atravesar ríos a caballo, asistir, sin llorar, a la
[muerte del hijo,
expulsar apariciones apenas con tu paso duro,
el ganado que desaparecía y regresaba, aunque la peste
[barriese las haciendas,
el dominio total sobre hermanos, tíos, primos, camaradas,
[cajeros,
fiscales de gobierno, beatas, padres, médicos, mendigos,
locos mansos, locos agitados, animales, cosas:
¿entonces no era secreto?

Y tú que me dices tanto
de eso no me cuentas nada.

Perdona la larga charla.
¡Tan pocas palabras, antes!
Es cierto que intimidabas.

Guardabas tal vez el amor
en triple cerca de espinos.

Ya no precisas guardarlo.
En la oscuridad en que cumples años,
en la sombra,
está permitido sonreír.



Traducción: Rodolfo Alonso