1 nov. 2011

Alessandro Baricco - El río





Había visto años de guerra, porque un río no fluye ciegamente en medio de los hombres. Y durante años había escuchado lamentos, porque un río no fluye sordo allí donde mueren los hombres. Siempre impasible, había llevado hasta el mar los resplandores de aquella feroz represalia. Pero aquel día demasiada fue la sangre, y la ferocidad, y el odio. En el día de gloria de Aquiles yo me rebelé, disgustado. Si no tenéis miedo a las fábulas, escuchad ésta.

Era el amanecer y delante del muro de los aqueos los dos inmensos ejércitos se desplegaron el uno frente al otro. Vi relampaguear las armas de bronce, por millares, con la luz del primer sol. Estaba Aquiles, delante de los suyos, con las nuevas armas, impresionantes, divinas. Y en primera línea, delante de los troyanos, Eneas, el hijo de Anquises. Se adelantaba amenazador mientras sacudía su poderoso yelmo y blandía la lanza de bronce. Aquiles no esperaba otra cosa. Con un brinco salió de las filas de sus guerreros, situándose justo delante mismo de Eneas, espumando de rabia como un león herido, y como un león herido sentía las ansias de venganza y de sangre. Empezó a gritar: «Eneas, ¿qué te pasa por la cabeza, acaso quieres desafiarme? ¿Qué crees, que si me vences Príamo te dará su corona? Para eso ya tiene a Héctor, y a todos sus hijos, ¿no estarás pensando que te dará el poder a ti? Márchate ahora, que aún estás a tiempo. Nosotros dos ya nos hemos desafiado, y te recordaré cómo fueron las cosas: no te cansaste de huir. Venga, huye ahora mismo: date la vuelta y corre. Y no te vuelvas más.»

«Crees que me asustas, ¿verdad?», le respondió Eneas. «Pero yo no soy ningún niño, soy un héroe. Corre sangre noble y divina por mis venas, igual que por las tuyas. Y no tengo ganas de quedarme aquí intercambiando injurias contigo, como si fuéramos mujerzuelas que se están peleando en mitad de la calle, en lugar de héroes en medio de la contienda y la masacre. Deja ya de hablar, Aquiles, y pelea.»

Empuñó la lanza y la arrojó. La punta de bronce resonó contra el enorme, espléndido escudo de Aquiles. Había sido fabricado con infinita maestría. Dos capas de bronce, en el exterior; dos capas de estaño, en el interior. Y, en medio, una capa de oro. La lanza de Eneas atravesó el bronce, pero en el oro se detuvo.

Levantó entonces su lanza Aquiles. Eneas tendió hacia delante el brazo que sostenía el escudo. La punta de bronce voló con rapidez por el aire, partió el escudo, pasó como un soplo por encima de la cabeza de Eneas y fue a clavarse al suelo, detrás de él. Eneas se quedó petrificado por el miedo. La lanzada había fallado por muy poco. Aquiles desenvainó la espada. Gritando de una manera horrible se lanzó hacia delante. Eneas se sintió perdido. Cogió con sus manos una gran piedra que encontró cerca. La levantó para defenderse. Y vi que Aquiles, de repente, como cegado, perdía el empuje, como si dentro de su cabeza le estuviera pasando alguna cosa, hasta detenerse, perdido; su vista daba vueltas a su alrededor, como si estuviera buscando algo que hubiera perdido. Eneas no se lo pensó mucho. Se dio la vuelta y echó a correr hasta que desapareció entre los troyanos. De manera que Aquiles, cuando volvió en sí, miró en torno y ya no lo vio. Seguía estando allí la lanza que había fallado el tiro por un soplo, clavada en el suelo, pero él ya no estaba. «Parece arte de magia», murmuró Aquiles. «Eneas debe de ser amado por algún dios, para poder desaparecer de este modo. ¡Pero que se vaya enhoramala! No es de él de quien me tengo que ocupar. Ya es hora de que entre en combate.» Así habló y se lanzó sobre los troyanos.

Al primero que mató fue a Ifitión, le acertó en la cabeza, la cabeza se partió por la mitad: cayó el héroe con estruendo y pasaron por encima de él las ruedas de los carros aqueos. Luego mató a Demoleonte: le dio en la sien, no resistió el yelmo de bronce y la punta de la lanza le trituró el cerebro. Descendió la tiniebla sobre los ojos del héroe. Luego mató a Hipodamante, mientras intentaba huir, aterrorizado: alcanzado en mitad de la espalda, cayó al suelo bramando como un animal. El alma abandonó el cuerpo del héroe. Después mató a Polidoro, el más joven de los hijos de Príamo, y el más amado. Aquiles le acertó en mitad de la espalda: la lanza atravesó el cuerpo y salió por el pecho; cayó de rodillas el héroe con un grito y una nube, oscura, lo envolvió. Cuando Héctor vio a su hermano menor de rodillas, con las entrañas en la mano, fue asaltado por la rabia y se olvidó de toda prudencia. Sabía que no tenía que salir al descubierto y que tenía que esperar a Aquiles en medio de la muchedumbre, donde estaba bien protegido por sus compañeros. Pero vio a su hermano, muriendo de aquel modo, y ya no pensó en nada y se abalanzó hacia Aquiles, gritando. Aquiles lo vio y en sus ojos brilló un destello de triunfo. «Ven, Héctor, acércate más», gritó. «¡Acércate a tu muerte!» «No me das miedo, Aquiles», respondió. «Sé que eres más fuerte que yo, pero mi lanza es tan capaz de matar como la tuya. Y será el destino el que decida quién ha de morir.» Luego lanzó su arma, pero la punta de bronce fue a clavarse al suelo, no muy lejos de él. Aquiles pensó que ya lo tenía en sus manos. Con un grito terrible arremetió hacia delante, blandiendo la lanza. Pero de nuevo, la vista se le oscureció y algo se le perdió en su mente. Por tres veces arremetió hacia delante, pero como a ciegas, como si combatiera envuelto por una niebla profunda. Cuando volvió en sí, Héctor ya no estaba allí: había desaparecido entre los troyanos. Furibundo, Aquiles embistió contra todo lo que iba encontrando a su alrededor. Mató a Dríope, al darle en pleno cuello. Y a Demuco, acertándole primero en la rodilla y luego en el vientre. A Laógono lo mató con la lanza y a Dárdano con la espada. Aterrorizado, Tros cayó de rodillas a sus píes, pidiéndole compasión. Era sólo un muchacho, joven como Aquiles. Aquiles le atravesó el hígado con su espada, el hígado se le salió y negra sangre brotó del cuerpo del héroe. A Mulio lo mató con una lanzada en la oreja: la punta de bronce le traspasó la cabeza y salió por debajo de la otra oreja. Con la espada mató a Equeclo, destrozándole el cráneo. Con la lanza le dio a Deucalión en el codo, y luego con la espada le cortó la cabeza: la médula manó de sus vértebras, cayó el tronco del héroe al suelo. Con la lanza le traspasó el vientre a Rigmo, y con un golpe en la espalda mató a su escudero, Areítoo. Era igual que un fuego que va devorando el inmenso bosque, empujado por un viento impetuoso. Sobre la negra tierra corría la sangre, y él no se detenía, ávido de gloria, con las manos manchadas de barro y de muerte.

Aterrorizados, los troyanos huían por los campos. Y cuando me vieron, en medio de la llanura, como animales que huyen de un incendio se echaron en mis aguas para buscar su salvación. Aquiles llegó hasta mis orillas, luego apoyó su lanza en el suelo y, con la espada desenvainada, él también se lanzó al agua. Mató a cuantos se le ponían a tiro. Oía gemidos y dolor por todas partes, mientras mis aguas se iban tiñendo de sangre. Vi a Aquiles coger, uno a uno, a doce jóvenes de entre los troyanos y, en lugar de matarlos, llevarlos a la orilla, uno a uno, y hacerlos prisioneros, para sacrificarlos delante del cadáver de Patroclo: como cervatillos asustados los sacó del agua, uno a uno, para matarlos bajo las negras naves. Luego se dio la vuelta de nuevo para lanzarse hacia la muchedumbre y proseguir con la masacre. Todavía estaba en la orilla cuando se vio frente a Licaón: era un muchacho, y su padre, Príamo, acababa de rescatarlo de su cautiverio: hacía poco que había vuelto al combate. Y ahora estaba allí, sin armas, se había liberado de todo para poder atravesar el río y allí estaba, desnudo y aterrorizado. «Pero ¿qué es lo que ven mis ojos?», dijo Aquiles. «En otra ocasión ya te encontré en batalla y te cogí vivo, para venderte luego como esclavo en Lemnos. Y ahora vuelvo a encontrarte aquí. No, si al final los troyanos a los que he mandado al infierno empezarán ahora a regresar. Pero esta vez tú no volverás, Licaón.» Levantó la lanza y cuando estaba a punto de clavársela, Licaón cayó de rodillas, por lo que la lanza le rozó la espalda y fue a clavarse al suelo. "Ten piedad», se puso a llorar Licaón. «Acabo de volver al combate y voy y me encuentro de nuevo frente a ti, ¿por qué los dioses me odian de esta manera? Ten piedad, ya has matado a mi hermano Polidoro, no hagas lo mismo conmigo: entre los hijos de Príamo es a Héctor a quien tú buscas.» Pero Aquiles lo miró con ferocidad: «Desgraciado, ¿a mí me hablas de piedad? Antes de que matarais a Patroclo yo sentía piedad, y a muchos troyanos perdoné la vida. Pero ahora... Nadie escapará con vida de mis manos. Deja ya de llorar. Si ha muerto alguien como Patroclo, que valía mucho más que tú, ¿por qué deberías seguir con vida? Y mírame a mí, mira lo fuerte y hermoso que soy; y, a pesar de ello, yo también moriré: llegará una aurora, o una puesta de sol, o un mediodía que me verán morir. ¿Y tú lloras por tu muerte?» Licaón bajó la cabeza. Tendió los brazos hacia delante, en una última súplica. Aquiles hundió su espada, hasta la empuñadura, en su cuerpo, de arriba abajo, entrando justo por debajo de la clavícula. Licaón cayó. Aquiles lo cogió por un pie y lo arrastró hasta mis aguas. «No te llorará tu madre en tu lecho fúnebre», dijo, «sino que este río te llevará hasta el mar, donde serás devorado por los peces.» Luego se puso a gritar. «¡Moriréis todos! No os salvará este río, yo os perseguiré hasta las murallas de Troya. Pereceréis con una muerte horrible y pagaréis todos por lo que hicisteis a Patroclo.» Entró de nuevo en el agua y siguió matando: Asteropeo, y Tersfloco, y Midón, y Astílipo, y Mneso, y Trasio, y Enio, y Ofelestes. Era una masacre. Y entonces yo grité: «Aléjate de mí, Aquiles, vete lejos de mí si quieres seguir matando. Deja ya de echar cadáveres a mis bellísimas aguas, porque no voy a tener fuerzas para llevarlos a todos hasta el mar. Me horrorizas, Aquiles. Detente ya, o márchate.» Y Aquiles me respondió: «Me marcharé de aquí cuando los haya matado a todos, río.» Fue por esto por lo que entonces provoqué una enorme ola, temible, que se levantó en el aire y luego fue a romper sobre su escudo, revolcándose sobre él. Vi que intentaba buscar algo a lo que agarrarse. Había un olmo, en la ribera, grande y florido: se colgó de sus ramas, pero la ola se llevó de allí también el árbol, con las raíces y todo el resto; se precipitó en el agua, arrastrándolo a él también. Entonces Aquiles se levantó, con un esfuerzo sobrehumano consiguió salir de los remolinos y ganar la orilla e intentó escapar por la llanura. Pero hasta allí mismo también lo perseguí: más allá de cualquier cauce, lo perseguí con mis aguas, anegando todos los campos. Él huía y la gran ola en que yo me había convertido lo acosaba: y cuando se detenía, y se daba la vuelta, yo me echaba encima de él, y él volvía a encontrar tierra bajo sus pies y empezaba a correr de nuevo, hasta que al final lo oí gritar: el divino Aquiles se puso a gritar: «¡Madre!, ¡madre! ¿Es que no viene nadie a salvarme? ¿Por qué me dijiste entonces que moriría al pie de las murallas de Troya? Si, por lo menos, me hubiera matado Héctor, que es entre todos el más fuerte... Yo soy un héroe, y es un héroe quien me tiene que matar. En cambio es mi destino morir con una muerte tan indigna, ¡arrastrado por un río como si fuera un miserable guardián de cerdos cualquiera!» Corría entre las aguas, entre los cadáveres y las armas que flotaban y se arremolinaban a su alrededor: corría con una fuerza divina, pero yo sabía que no lo salvarían ni su fuerza, ni su belleza, ni sus espléndidas armas; él acabaría en el fondo de una marisma, cubierto por el cieno, y sobre él acumularía arena y gravilla, y para siempre, para siempre, sería su impenetrable tumba. Me encrespé en el aire, en una última ola enorme que se lo llevara de allí, hirviente de espuma, cadáveres y sangre. Y entonces vi el fuego. Desde la llanura, inexplicable, mágico, el fuego. Una muralla de fuego que venía hacia mí. Ardían los olmos, los sauces, los tamariscos; ardían el loto y el junco y la juncia; ardían los cadáveres y las armas y los hombres. Me detuve. El fuego me alcanzó. Lo que nadie, nunca, había visto, lo vieron todos ese día: un río en llamas. Las aguas hirviendo, los peces escabulléndose aterrorizados por entre los torbellinos incandescentes.

Del mismo modo vería yo huir a los troyanos, muchas noches después, del incendio de su ciudad.

Desde mi lecho, al regresar derrotado a mis corrientes habituales, vi a Aquiles persiguiendo a los troyanos hasta las murallas de Ilio. Desde lo alto de una torre, Príamo observaba la derrota. Hizo abrir las puertas para que todo su ejército hallara refugio en la ciudad, y ordenó volver a cerrarlas en cuanto el último de sus guerreros hubiera pasado. Pero el último guerrero era el más fuerte, y el primogénito, y el héroe que nunca más volvería a entrar por aquella puerta.


En Homero, Ilíada
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis