14 oct. 2011

Vladimir Nabokov - Terror






A veces me ocurría lo siguiente: después de pasar la primera parte de la noche trabajando en mi escritorio, esa parte en que la noche inicia su penoso ascenso, yo salía del trance en el que mi trabajo me había sumergido en el momento preciso en el que la noche alcanzaba su cima y se demoraba vacilante en su cumbre, dispuesta a emprender el descenso hasta el aturdimiento de la aurora; entonces, me levantaba de la silla, aterido y totalmente agotado, y al encender la luz de mi dormitorio me veía de repente en el espejo. Lo que pasaba era lo siguiente: durante el tiempo que había estado absorbido en mi trabajo, me había separado de mí mismo, una sensación semejante a la que se experimenta cuando te encuentras con un íntimo amigo después de años de separación: durante unos pocos momentos vacíos, lúcidos pero también detenidos, le ves bajo una luz totalmente diferente aun cuando te das cuenta de que el hielo de esta anestesia misteriosa se derretirá y la persona a la que miras revivirá, su carne se encenderá cálida, volverá a ocupar su lugar, y te resultará de nuevo tan próxima que ningún esfuerzo de la voluntad podrá hacer que vuelvas a captar aquella primera sensación fugaz de enajenamiento. Así, precisamente así, me sentía yo, contemplando mi figura en el espejo y sin lograr reconocerla como mía. Y cuanto más examinaba mi rostro —esos ojos extraños e inmóviles, el brillo de unos pelillos en la mandíbula, aquella sombra que recorría la nariz—, y cuanto más insistía en decirme a mí mismo: «Ése soy yo, ése es tal y tal», menos claro me parecía por qué aquél tenía que ser «yo», más difícil me resultaba conseguir que el rostro del espejo se fundiera con aquel «yo» cuya identidad no conseguía captar. Cuando hablaba de mis extrañas sensaciones, la gente se limitaba a observar que el camino que yo había emprendido acababa en el manicomio. De hecho, en una o dos ocasiones, ya muy avanzada la noche, me detuve a contemplar mi imagen tanto rato que se apoderó de mí un sentimiento espeluznante y tuve que apagar la luz corriendo. Y sin embargo, a la mañana siguiente, mientras me afeitaba, no se me ocurría en absoluto cuestionar la realidad de mi imagen.

Otra cosa más: por la noche, en la cama, recordaba de repente que era mortal. Lo que ocurría entonces en mi mente era muy parecido a lo que sucede en un gran teatro cuando las luces se apagan de repente y alguien se pone a dar gritos histéricos en la oscuridad de veloces alas, y se le unen otras voces, provocando una tempestad ciega, en la que el trueno negro del pánico crece imparable..., hasta que de pronto vuelven las luces y la representación retoma su curso suavemente. Del mismo modo se asfixiaba mi alma cuando tendido boca arriba, con los ojos completamente abiertos, trataba con todas mis fuerzas de conquistar el miedo, de racionalizar la muerte, de enfrentarme a ella de forma cotidiana, sin apelar a credo o a filosofía alguna. Al final, uno se dice a sí mismo que la muerte está todavía lejos, que habrá tiempo suficiente para razonar sus términos, y, sin embargo, uno sabe que nunca llegará a eso, y, de nuevo, en la oscuridad, en los asientos más baratos, en el teatro privado de uno mismo donde los cálidos pensamientos vivos acerca de las queridas minucias terrenales han desaparecido presas del pánico, se produce un grito de terror que se apaga luego cuando uno se da la vuelta en la cama y se pone a pensar en un asunto distinto.

Yo asumo que esas sensaciones —la perplejidad ante el espejo por la noche o la punzada repentina ante la anticipación de la muerte— son conocidas por muchos, y si me detengo en ellas es sólo porque contienen una partícula pequeñísima de ese terror supremo que el destino me concedió experimentar una sola vez. Terror supremo, terror especial — busco a tientas el término exacto que lo defina pero mi reserva de palabras hechas, que en vano trato de utilizar, no contiene una sola que pueda servir para definirlo.

Yo llevaba una vida feliz. Tenía una novia. Recuerdo bien la tortura de nuestra primera separación. Yo me había ido en viaje de negocios al extranjero, y a mi vuelta, me vino a esperar a la estación. La vi de pie en el andén, como enjaulada en la leonada luz del sol, que había penetrado en un cono polvoriento a través de la bóveda acristalada de la estación. Su rostro se movía rítmicamente al compás del paso de las ventanillas del tren hasta que éste se detuvo lentamente. Con ella me encontraba siempre a gusto y en paz. Sólo una vez... de nuevo me doy cuenta al recordarlo de que el lenguaje humano es un instrumento muy torpe. Sin embargo, me gustaría explicarlo. Realmente es tan tonto, tan efímero: estamos solos en su cuarto, yo escribo mientras ella, con su cabeza inclinada, remienda una media de seda extendida bien tensa sobre el dorso de una cuchara de madera; tiene la oreja, de un rosa translúcido, medio oculta tras un mechón de pelo rubio y las perlas menudas, que rodean su cuello, brillan de una forma un tanto conmovedora, y sus tiernas mejillas parecen hundirse ante la persistencia con que se empeña en fruncir los labios mientras cose. De repente, y sin razón alguna, me aterroriza su presencia. Y mi terror es más profundo que el que sentí cuando fui incapaz, por tan sólo un momento, de registrar su identidad en el sol polvoriento de la estación. Me aterra el hecho de que haya otra persona en el cuarto conmigo; me aterra la misma noción de otra persona. No me extraña que los locos no reconozcan a sus parientes. Pero ella levanta la cabeza, y todos sus rasgos participan de la sonrisa rápida que me dedica —y ya no queda traza alguna del extraño terror que sentí hace un momento. Dejadme que lo repita: esto ocurrió una sola vez y lo tomé como una estúpida jugada de mis nervios, olvidándome de que en noches solitarias ante un espejo solitario había experimentado algo bastante similar.

Fue mi amante durante casi tres años. Sé que mucha gente no podría entender nuestra relación. Se sentirían perdidos tratando de explicar qué tenía aquella doncella inocente que atrajera y mantuviera el afecto de un poeta: ¡Dios Santo!, cómo me gustaban su belleza sin pretensiones, su alegría, su bondad y simpatía, las emociones y movimientos de su alma. Era precisamente la sencillez amable de su persona la que me protegía: para ella, todo en el mundo tenía una especie de claridad cotidiana, e incluso me parecía que ella sabía lo que nos esperaba tras la muerte, por lo que no teníamos razón alguna para discutir el tema. Al final de nuestro tercer año juntos me vi obligado a marcharme por bastante tiempo. La víspera de mi partida fuimos a la ópera. Ella se sentó un momento en el pequeño sofá carmesí del oscuro vestíbulo, algo misterioso, de nuestro palco para quitarse sus grandes botas de nieve grises, y yo la ayudé a liberar sus esbeltas piernas cubiertas de seda —y al hacerlo pensé en esas mariposas nocturnas que surgen de unos enormes capullos peludos. Nos sentamos en la parte delantera del palco. Estábamos alegres mientras nos inclinábamos sobre el abismo rosado del teatro esperando que subiera la cortina, una sólida pantalla antigua con decoraciones doradas que representaban escenas de diversas óperas —Ruslan con su casco puntiagudo, Lenski con su carrick—. Al apoyar su codo desnudo contra la barandilla aterciopelada estuvo a punto de tirar sus pequeños prismáticos nacarados.

Luego, cuando todo el mundo hubo ocupado sus asientos, y la orquesta ya respiraba a fondo dispuesta a estallar en música, sucedió algo: todas las luces se apagaron en el inmenso teatro rosado, y se abatió sobre nosotros una oscuridad tan densa que pensé que me había quedado ciego. En esta oscuridad todo empezó de pronto a moverse, se desató un estremecimiento de pánico que degeneró en gritos femeninos, y como las voces de los hombres empezaron a alzarse con fuerza pidiendo que la gente se calmara, los gritos se hicieron más y más estridentes. Yo me reía y empecé a hablar con ella, pero me di cuenta de que me había agarrado de la muñeca y que había empezado a desatarme los gemelos del puño de la camisa. Cuando la luz inundó de nuevo la sala vi que estaba pálida y con los dientes firmemente apretados. La ayudé a salir del palco. Movía la cabeza, castigándose con una sonrisa de desprecio por su terror infantil, pero luego rompió a llorar y me pidió que la llevara a casa. Sólo recuperó la compostura dentro del coche cerrado, cuando se llevó el pañuelo a sus ojos bañados en lágrimas y me empezó a explicar lo triste que estaba de que me fuera a la mañana siguiente, y que había sido un error tremendo el pasar nuestra última noche en la ópera, entre extraños.

Doce horas más tarde yo estaba en el compartimiento de un tren, mirando por la ventana el brumoso cielo invernal, el ojo inflamado del sol que se movía al ritmo del tren, los campos cubiertos de nieve que no dejaban de abrirse ante mi vista como un abanico gigante de plumas de cisne. Fue en la ciudad extranjera, a la que llegué al día siguiente, donde tuve mi encuentro con el terror supremo.

Para empezar, dormí muy mal durante tres noches seguidas y la cuarta no dormí en absoluto. En los últimos años había perdido el hábito de la soledad y ahora, estas noches solitarias me causaban una angustia profunda y aguda. La primera noche vi en sueños a mi chica: la luz del sol inundaba su cuarto, y estaba sentada en la cama con un camisón de encaje y se reía, se reía, no podía parar de reír. Me acordé del sueño por azar, un par de horas más tarde, al pasar por delante de una tienda de lencería y al recordarlo me di cuenta de que todo lo que en el sueño había sido pura alegría —su encaje, su cabeza inclinada hacia atrás, su risa—, ahora, que estaba despierto se había convertido en algo espantoso. Sin embargo, no conseguía explicarme por qué aquel risueño sueño de encaje era ahora tan desagradable, tan odioso. Yo tenía muchas cosas que hacer y no paraba de fumar, y mientras lo hacía me daba cuenta de que tenía que mantener un control rígido sobre todos mis actos por todos los medios. Al prepararme para ir a la cama en la habitación de mi hotel, silbaba o canturreaba deliberadamente pero me asustaba como un niño temeroso al mínimo ruido que se produjera a mi espalda, aunque fuera el sonido sordo de mi chaqueta que se resbalaba de la silla al suelo.

El quinto día, después de una mala noche, me tomé mi tiempo y me fui a dar un paseo. Me gustaría que la parte de mi historia que me propongo relatar ahora pudiera escribirse en cursiva; no, ni siquiera la cursiva serviría: necesito una tipografía nueva, única. El insomnio me había dejado un vacío excepcionalmente receptivo en la mente. Parecía que tenía la cabeza de cristal y el ligero calambre que sentía en las piernas tenía asimismo un carácter vidrioso. Tan pronto como hube salido del hotel... Sí, ahora creo que he encontrado las palabras adecuadas. Me apresuro a escribirlas antes de que se desvanezcan. Cuando salí a la calle, vi de repente el mundo tal y como es realmente. Verá usted, nos consolamos diciéndonos a nosotros mismos que el mundo no podría existir sin nosotros, en la medida en que somos capaces de representárnoslo. La muerte, el espacio infinito, las galaxias, todas estas cosas nos asustan, precisamente porque trascienden los límites de nuestra percepción. Pues bien, en aquel día terrible en el que, devastado por una noche de insomnio, salí a una ciudad fortuita y vi las casas, los árboles, los automóviles, la gente, mente se negó abruptamente a aceptarlos como «casas», «árboles» y demás —como algo que tuviera conexión alguna con la vida humana cotidiana. Mi línea de comunicación con el mundo se cortó, yo estaba completamente solo y el mundo lo estaba a su vez, y ese mundo carecía de sentido. Vi la esencia real de todas las cosas. Miraba las casas y éstas habían perdido su significado habitual —quiero decir, todo eso en lo que pensamos cuando miramos una casa: un cierto estilo arquitectónico, el tipo de habitaciones que hay dentro, que sea una casa fea, o una casa cómoda—, todo ese tipo de apreciaciones se había evaporado, sin dejar en su lugar más que una concha absurda, de la misma forma que cuando repetimos una palabra de las más habituales durante un tiempo suficiente sin prestar atención a su significado lo que nos resta no es sino un mero sonido, un absurdo sonido: casa, asa asa. Pasaba lo mismo con los árboles, lo mismo con la gente. Entendí el horror del rostro humano. La anatomía, las distinciones sexuales, la noción de «piernas», «brazos», «vestidos», todo eso quedó abolido, y frente a mí no había sino un mero algo —ni siquiera una criatura, porque también eso es un concepto humano, sino sencillamente algo que se movía allí delante. Traté en vano de dominar mi terror acordándome de cómo cuando era niño, al despertarme una vez, alcé mis ojos todavía soñolientos mientras apretaba la nuca contra la almohada y vi, inclinado hacia mí sobre la cabecera de la cama, un rostro incomprensible, sin nariz, con el bigote negro de un húsar justo debajo de sus ojos de pulpo, y con dientes que le salían de la frente. Me enderecé en la cama con un grito e inmediatamente el bigote se transformó en unas cejas y el rostro entero se convirtió en el de mi madre que había entrevisto al principio y, sin quererlo, del revés.

Y también ahora trataba por todos los medios de enderezarme mentalmente, para que el mundo visible volviera a adoptar su posición cotidiana —pero no lo conseguía. Al contrario: cuanto escrutaba la gente más de cerca, más absurdo me resultaba su aspecto. Abrumado por el terror, busqué apoyo en alguna idea básica, en algún ladrillo más sólido que el ladrillo cartesiano, con ayuda del cual empezar a reconstruir el mundo habitual, sencillo, natural, que todos conocemos. En ese momento estaba descansando, creo, en un banco de un parque público. No tengo un recuerdo preciso de mis actos. De la misma forma que a un hombre que está sufriendo un ataque al corazón en la acera le importan un comino los transeúntes, el sol, la belleza de la antigua catedral, y sólo tiene una preocupación, respirar, así también yo sólo tenía un deseo, no volverme loco. Estoy convencido de que nadie ha visto nunca el mundo de la misma forma en que yo lo vi en aquellos momentos, en toda su desnudez aterradora y en todo su aterrador absurdo. Junto a mí un perro olfateaba la nieve. A mí me torturaban mis esfuerzos por reconocer lo que «perro» podría significar, y como me lo había quedado mirando fijamente, subió hasta mí confiado y me entraron tales náuseas que me levanté del banco y me alejé. Fue entonces cuando mi terror alcanzó su punto más alto. Dejé de luchar. Ya no era un hombre sino un ojo desnudo, una mirada sin objeto que se movía en un mundo absurdo. La visión misma de un rostro humano me llevaba a gritar.

De pronto me encontré de nuevo a la entrada de mi hotel. Alguien se me acercó, pronunció mi nombre, y me puso una hoja de papel doblada en mi mano fláccida. La abrí inmediatamente y mi terror se desvaneció al instante. Todo a mi alrededor recuperó su carácter ordinario y discreto: el hotel, los reflejos cambiantes en el cristal de las puertas giratorias, la cara familiar del botones que me había entregado el telegrama. Me quedé de pie en el centro del espacioso vestíbulo. Un hombre con una pipa y una gorra de cuadros tropezó conmigo al pasar y me pidió excusas muy serio. Sentí una cierta extrañeza y un dolor intenso, insoportable, aunque muy humano. El telegrama decía que ella se moría. 

A lo largo de todo mi viaje de vuelta, y mientras estuve a la cabecera de su cama, nunca se me ocurrió analizar el sentido del ser y del no ser, y ya no me aterrorizaban aquel tipo de pensamientos. La mujer que era lo que más quería en el mundo se moría. Esto era todo cuanto veía y sentía.

No me reconoció cuando me golpeé la rodilla contra su cama. Yacía, apoyada en inmensas almohadas, bajo inmensas mantas, tan pequeña, con el pelo estirado y la frente despejada que dejaba ver la pequeña cicatriz de la sien que habitualmente ocultaba con un mechón de pelo. No reconoció mi presencia real, pero por la ligera sonrisa que se apuntó un par de veces en la comisura de sus labios, supe que me veía en su delirio tranquilo, en su imaginación agonizante —de forma tal que ante ella estábamos dos: yo mismo, en persona, a quien no veía, y mi doble, invisible para mí. Y luego me quedé solo: mi doble murió con ella.

Su muerte me salvó de la locura. El dolor humano, puro y simple, llenó mi vida tan completamente que no había lugar para ninguna otra emoción. Pero el tiempo pasa, y su imagen se vuelve cada vez más perfecta dentro de mí, cada vez menos viva. Los detalles del pasado, los pequeños recuerdos vitales, se van desvaneciendo imperceptiblemente, desaparecen uno a uno, o de dos en dos, de la misma forma que se van apagando las luces, ahora aquí, ahora allá, en las ventanas de una casa cuyos habitantes se van quedando dormidos. Y sé que mi cerebro está condenado, que el terror que experimenté en una ocasión, el impotente miedo a la existencia, se apoderará de mí una vez más, y que entonces ya no habrá salvación.


En Cuentos completos
Traducción: María Lozano
Imagen: Constantin Joffe © Condé Nast Archive/CORBIS