24 oct. 2011

Rudyard Kipling - Las finanzas de los dioses






En el Chubára de Dhunni Bhagat la comida vespertina había finalizado y los viejos sacerdotes fuma­ban o pasaban las cuentas de sus rosarios. Un niño pequeño desnudo entró correteando, con la boca abierta de par en par, un ramo de caléndulas en una mano y un trozo de tabaco en la otra. Trató de arrodillarse y hacer una reverencia de respeto a Gobinda, pero estaba tan gordo que se cayó hacia delante, sobre su cabeza afeita­da, pataleando y jadeando, mientras las caléndulas se le caían por un lado y el tabaco por el otro. Gobinda se rió, lo puso de pie y bendijo las caléndulas mientras recibía el tabaco.

–– De parte de mi padre ––dijo el niño––. Tiene la fiebre y no puede venir. ¿Rezarás por él, padre?

–– Seguro, pequeño; pero hay niebla en la tierra y el rocío de la noche está en el aire: no es bueno salir des­nudo en otoño.

–– No tengo ropa ––dijo el niño–– y he estado lle­vando todo el día tortas de estiércol de vaca al bazar. Hacía mucho calor, y estoy muy cansado ––temblaba un poco porque el crepúsculo era fresco.

Gobinda levantó un brazo desde abajo de su amplia y gastada colcha de muchos colores e hizo un nido tentador a su lado. El niño se acurrucó en él y Gobinda llenó de tabaco fresco su propia pipa de agua, hecha de piel con incrustaciones de bronce. Cuando llegué al Chubára, su cabeza afeitada, con un único mechón central, y sus brillantes ojos negros surgían de los pliegues de la colcha como una ardilla que escruta el exterior desde su nido, y Gobinda sonreía mientras el niño jugaba con su barba.

Hubiera dicho algo amable, pero me acordé a tiempo de que si el niño enfermaba más tarde me atribui­rían el mal de ojo, y eso es una maldición horrible.

–– Quédate sentado, sin moverte, Thumbling ––le dije al ver que se disponía a levantarse y echarse a correr––. ¿Dónde está tu pizarra?, ¿cómo es que el maes­tro ha dejado en libertad a un personaje tan travieso, hoy que no hay policía en la calle para protegernos a nosotros los apocados?, ¿en qué pabellón tratas de romperte el pescuezo remontando cometas desde los techos de las casas?

–– No, sahib, no ––dijo el niño, escondiendo la cara en la barba de Gobinda, y moviéndose incómodo­. Hoy había vacación en la escuela, y no me paso el día remontando cometas. Yo juego al crí––i––iquet como todos los demás.

El críquet es el deporte nacional entre los escola­res del Punjab, desde los niños desnudos de las escuelas más pobres que utilizan una vieja lata de petróleo como portería, hasta los estudiantes universitarios que compi­ten por la Copa de la Liga.

–– ¡Tú jugando al críquet! Si no llegas ni a la mitad del bate ––le dije.

El niño asintió con la cabeza, decidido.

–– Sí, yo sí que juego. ¡Corre! ¡Corre! ¡Corre!. Lo se todo.

–– Pero esto no debe hacerte olvidar rezar a los dioses según la costumbre ––dijo Gobinda, que no acaba­ba de aprobar el críquet y las innovaciones occidentales.

–– Yo no olvido ––dijo el niño con voz apagada.

–– Y también respetar a tu maestro, y... ––la voz de Gobinda se suavizó–– abstenerse de tirarles de la barba a los hombres santos, ¿eh, pillín?

La cara del niño estaba ya completamente oculta bajo la gran barba blanca y empezó a lloriquear hasta que Gobinda le calmó como se calma a los niños en todas las partes del mundo, con la promesa de un cuento.

–– No quería asustarte, pequeño tonto. ¡Mírame! ¿Estoy enfadado? ¡Vamos, vamos, vamos! ¿Tendré que llorar yo también y hacer con nuestras lágrimas un gran estanque en el que ambos nos ahoguemos, y entonces tu padre nunca se ponga bien, ya que no te tendrá a ti para que le tires de la barba? Paz, paz, y te hablaré de los dio­ses. ¿Conoces muchos cuentos?

–– Muchos, padre.

–– Pues éste es uno nuevo que no has oído nunca. Hace mucho, mucho tiempo, cuando los dioses camina­ban con los hombres, como lo hacen hoy, aunque noso­tros no tenemos la fe necesaria para verlo, Shiva, el más grande de los dioses, y Parvati, su mujer, paseaban por el jardín de un templo.

–– ¿Qué templo? ¿El del pabellón de Nangdaon? ––dijo el niño.

–– No, muy, muy lejos. Quizá en Trimbak o en Hurdwar, adonde tendrás que peregrinar cuando seas un hombre. Ocurrió que en ese jardín, sentado bajo los azu­faifos, había un mendigo, el cual había adorado a Shiva durante cuarenta años y vivía de las ofrendas de las per­sonas piadosas, y meditaba acerca de la santidad, día y noche.

–– Oh, Padre, ¿eras tú? ––dijo el niño, mirándole con ojos llenos de admiración.

–– No, te he dicho que ocurrió hace tiempo, y además, este mendicante estaba casado.

–– ¿Le pusieron en un caballo con flores en la cabeza y le prohibieron dormir en toda la noche? Eso me hicieron a mí cuando celebraron mi boda ––dijo el niño, que se había casado hacía unos meses.

–– ¿Y qué hiciste? ––dije yo.

–– Lloré, y me insultaron, y entonces le pegué, y lloramos juntos.

–– El mendicante no se comportó así ––dijo Gobinda––, porque era un hombre santo, y muy pobre. Parvati lo vio sentado desnudo junto a las escalinatas del templo por donde todos subían y bajaban y le dijo a Shiva: « ¿Qué pensarán los hombres de los dioses, cuan­do los dioses desprecian de esta manera a los creyentes? Durante cuarenta años ese hombre de allá ha rezado ante nosotros, y sin embargo sólo tiene ante sí unos cuantos granos de arroz y unas cuantas cauris rotas. Los corazo­nes de los hombres se endureceráan ante eso». Y Shiva dijo: «Me ocuparé de ello», y así llamó al templo, que era el templo de su hijo, Ganesh, el de la cabeza de elefante, y dijo: ––Hijo, hay un mendicante que es muy pobre. ¿Qué vas a hacer por él? ». Entonces el gran Ser de cabeza de elefante despertó en la oscuridad y contestó: «En tres días, si está conforme a tu voluntad, tendrá cien mil rupias». Y Shiva y Parvati marcharon.

«Pero había un prestamista en el jardín, escondi­do entre las caléndulas ––el niño miró la bola de flores aplastadas que tenía en sus manos––, sí, entre las calén­dulas amarillas, y oyó hablar a los dioses. Era un hombre avaricioso y de corazón negro, y deseaba las cien mil rupias para sí. Así que fue hasta el mendicante y le dijo: «Oh, hermano, ¿cuánto te dan las personas piadosas dia­riamente?». Y el mendicante dijo: «No lo sabría decir. A veces un poco de arroz, a veces unas pocas legumbres y unas cuantas cauris, mangos en conserva y pescado seco».

–– Eso es bueno ––dijo el niño, chupándose los labios.

Entonces dijo el prestamista: «Porque te he estado observando durante mucho tiempo he aprendido a amar tu paciencia; te daré cinco rupias por todo lo que ganes en los tres próximos días. Sólo hay que firmar una fianza sobre el asunto». Pero el mendicante le dijo: «Tú estás loco. Ni en dos meses recibo el equivalente a cinco rupias», y se lo contó a su mujer aquella noche. Ella, sien­to una mujer, dijo: « ¿Cuándo se ha sabido que un presta­mista haga un mal negocio? El lobo corre a través del grano para cazar al venado gordo. Nuestro destino está en las manos de los dioses. No lo comprometas ni siquie­ra por tres días».

«Y el mendicante volvió al prestamista y le dijo que no estaba dispuesto a vender. Y entonces aquel hom­bre malvado se sentó durante todo el día frente a él, ofre­ciéndole más y más por sus ganancias de aquellos tres días. Primero, diez, cincuenta y cien libras; y después, como no sabía cuándo iban a conceder los dioses sus dávidas, miles de rupias, hasta llegar a la mitad de cien mil. Al llegar a esta suma, la mujer del mendicante cam­bió de opinión, él firmó el documento y le pagaron el dinero en plata, con grandes bueyes blancos que la lleva­ron a carradas. Pero aparte de aquel dinero el mendican­te no recibió nada más de los dioses, y el corazón del prestamista sufría debido a su expectación. Por lo tanto, al mediodía de la tercera jornada, el prestamista se fue al templo a espiar los consejos de los dioses y a aprender de qué forma iba a llegar el dinero. Al tiempo que él decía sus plegarias, una grieta entre las piedras bostezó y al cerrarse le pilló el talón. Entonces oyó a los dioses pase­ando por el templo en la oscuridad de las columnas, y Shiva llamó a su hijo Ganesh, diciendo: «Hijo, ¿qué has hecho respecto a las cien mil rupias del mendicante? », y Ganesh se despertó, porque el prestamista oyó el roce seco de su trompa mientras se estiraba, y contestó: «Padre, la mitad del dinero ya ha sido pagada, y al deu­dor de la otra mitad lo tengo yo aquí bien cogido por el talón».

El niño se partía de risa.

–– ¿Y le pagó el prestamista al mendicante? ––­ dijo.

–– Ciertamente, porque aquel a quien los dioses retienen por el talón, debe pagar hasta el máximo. El dinero se pagó al llegar la noche, todo en plata, en gran­des carros, y así Ganesh cumplió su cometido.

–– ¡Niño! ¡Niño! ¡Niño!

Una mujer llamaba en la oscuridad del atardecer junto a la puerta del patio.

El niño empezó a agitarse.

–– Es mi madre ––dijo.

–– Vete entonces, pequeño ––dijo Gobinda––, pero aguarda un momento.

Desgarró una generosa yarda de su colcha de remiendos, se la puso al niño sobre los hombros y el chi­quillo se fue corriendo.


En Cuentos de la India
Imagen: Philip Burne-Jones 1899 © Bettmann/CORBIS