En el Chubára de Dhunni Bhagat la comida vespertina había finalizado y los viejos sacerdotes fumaban o pasaban las cuentas de sus rosarios. Un niño pequeño desnudo entró correteando, con la boca abierta de par en par, un ramo de caléndulas en una mano y un trozo de tabaco en la otra. Trató de arrodillarse y hacer una reverencia de respeto a Gobinda, pero estaba tan gordo que se cayó hacia delante, sobre su cabeza afeitada, pataleando y jadeando, mientras las caléndulas se le caían por un lado y el tabaco por el otro. Gobinda se rió, lo puso de pie y bendijo las caléndulas mientras recibía el tabaco.
––
De parte de mi padre ––dijo el niño––. Tiene la fiebre y no puede venir.
¿Rezarás por él, padre?
––
Seguro, pequeño; pero hay niebla en la tierra y el rocío de la noche está en el
aire: no es bueno salir desnudo en otoño.
––
No tengo ropa ––dijo el niño–– y he estado llevando todo el día tortas de
estiércol de vaca al bazar. Hacía mucho calor, y estoy muy cansado ––temblaba
un poco porque el crepúsculo era fresco.
Gobinda
levantó un brazo desde abajo de su amplia y gastada colcha de muchos colores e
hizo un nido tentador a su lado. El niño se acurrucó en él y Gobinda llenó de
tabaco fresco su propia pipa de agua,
hecha de piel con incrustaciones de bronce. Cuando llegué al
Chubára, su cabeza afeitada, con un único mechón central, y sus brillantes ojos
negros surgían de los pliegues de la colcha como una ardilla que escruta el
exterior desde su nido, y Gobinda sonreía mientras el niño jugaba con su barba.
Hubiera
dicho algo amable, pero me acordé a tiempo de que si el niño enfermaba más
tarde me atribuirían el mal de ojo, y eso es una maldición horrible.
––
Quédate sentado, sin moverte, Thumbling ––le dije al ver que se disponía a
levantarse y echarse a correr––. ¿Dónde está tu pizarra?, ¿cómo es que el maestro
ha dejado en libertad a un personaje tan travieso, hoy que no hay policía
en la calle para protegernos a nosotros los apocados?, ¿en qué pabellón tratas
de romperte el pescuezo remontando cometas desde los techos de las casas?
––
No, sahib, no ––dijo el niño, escondiendo la cara en la
barba de Gobinda, y moviéndose incómodo. Hoy había vacación en la escuela, y
no me paso el día remontando cometas. Yo juego al crí––i––iquet como todos los
demás.
El
críquet es el deporte nacional entre los escolares del Punjab, desde los niños desnudos de las escuelas más
pobres que utilizan una vieja lata de petróleo como portería, hasta los
estudiantes universitarios que compiten por la Copa de la Liga.
––
¡Tú jugando al críquet! Si no llegas ni a la mitad del bate ––le dije.
El
niño asintió con la cabeza, decidido.
––
Sí, yo sí que juego. ¡Corre! ¡Corre! ¡Corre!. Lo se todo.
––
Pero esto no debe hacerte olvidar rezar a los dioses según la costumbre ––dijo
Gobinda, que no acababa de aprobar el críquet y las innovaciones occidentales.
––
Yo no olvido ––dijo el niño con voz apagada.
––
Y también respetar a tu maestro, y... ––la voz de Gobinda se suavizó––
abstenerse de tirarles de la barba a los hombres santos, ¿eh, pillín?
La
cara del niño estaba ya completamente oculta bajo la gran barba blanca y empezó
a lloriquear hasta que Gobinda le calmó como se calma a los niños en todas las
partes del mundo, con la promesa de un cuento.
––
No quería asustarte, pequeño tonto. ¡Mírame! ¿Estoy enfadado? ¡Vamos, vamos,
vamos! ¿Tendré que llorar yo también y hacer con nuestras lágrimas un gran
estanque en el que ambos nos ahoguemos, y entonces tu padre nunca se ponga
bien, ya que no te tendrá a ti para que le tires de la barba? Paz, paz, y te
hablaré de los dioses. ¿Conoces muchos
cuentos?
––
Muchos, padre.
––
Pues éste es uno nuevo que no has oído nunca. Hace mucho, mucho tiempo, cuando
los dioses caminaban con los hombres, como lo hacen hoy, aunque nosotros no
tenemos la fe necesaria para verlo, Shiva,
el más grande de
los dioses, y Parvati, su mujer, paseaban por el jardín de un templo.
––
¿Qué templo? ¿El del pabellón de Nangdaon? ––dijo
el niño.
––
No, muy, muy lejos. Quizá en Trimbak o en Hurdwar, adonde tendrás que peregrinar
cuando seas un hombre. Ocurrió que en ese jardín, sentado bajo los azufaifos,
había un mendigo, el cual había adorado a Shiva durante
cuarenta años y vivía de las ofrendas de las personas piadosas, y meditaba
acerca de la santidad, día y noche.
––
Oh, Padre, ¿eras tú? ––dijo el niño, mirándole con ojos llenos de admiración.
––
No, te he dicho que ocurrió hace tiempo, y además, este mendicante estaba
casado.
––
¿Le pusieron en un caballo con flores en la cabeza y le prohibieron dormir en
toda la noche? Eso me hicieron a mí
cuando celebraron mi boda ––dijo el niño, que se había casado hacía unos meses.
–– ¿Y qué hiciste?
––dije yo.
–– Lloré, y me
insultaron, y entonces le pegué, y lloramos juntos.
–– El mendicante no
se comportó así ––dijo Gobinda––, porque era un hombre santo, y muy pobre.
Parvati lo vio sentado desnudo junto a las escalinatas del templo por donde
todos subían y bajaban y le dijo a Shiva: « ¿Qué pensarán los hombres de los
dioses, cuando los dioses desprecian de esta manera a los creyentes? Durante
cuarenta años ese hombre de allá ha rezado ante nosotros, y sin embargo sólo
tiene ante sí unos cuantos granos de arroz y unas cuantas cauris rotas. Los
corazones de los hombres se endureceráan ante eso». Y Shiva dijo: «Me ocuparé de
ello», y así llamó al templo, que era el templo de su hijo, Ganesh, el de la
cabeza de elefante, y dijo: ––Hijo, hay un mendicante que es muy pobre. ¿Qué
vas a hacer por él? ». Entonces el gran Ser de cabeza de elefante despertó en
la oscuridad y contestó: «En tres días, si está conforme a tu voluntad, tendrá
cien mil rupias». Y Shiva y Parvati marcharon.
«Pero había un
prestamista en el jardín, escondido entre las caléndulas ––el niño miró la
bola de flores aplastadas que tenía en sus manos––, sí, entre las caléndulas
amarillas, y oyó hablar a los dioses. Era un hombre avaricioso y de corazón
negro, y deseaba las cien mil rupias para sí. Así que fue hasta el mendicante y
le dijo: «Oh, hermano, ¿cuánto te dan las personas piadosas diariamente?». Y
el mendicante dijo: «No lo sabría decir. A veces un poco de arroz, a veces unas
pocas legumbres y unas cuantas cauris, mangos en conserva y pescado seco».
–– Eso es bueno ––dijo
el niño, chupándose los labios.
Entonces dijo el
prestamista: «Porque te he estado observando durante mucho tiempo he aprendido
a amar tu paciencia; te daré cinco rupias por todo lo que ganes en los tres
próximos días. Sólo hay que firmar una fianza sobre el asunto». Pero el
mendicante le dijo: «Tú estás loco. Ni en dos meses recibo el equivalente a cinco
rupias», y se lo contó a su mujer aquella noche. Ella, siento una mujer, dijo:
« ¿Cuándo se ha sabido que un prestamista haga un mal negocio? El lobo corre a
través del grano para cazar al venado gordo. Nuestro destino está en las manos
de los dioses. No lo comprometas ni siquiera por tres días».
«Y el mendicante
volvió al prestamista y le dijo que no estaba dispuesto a vender. Y entonces
aquel hombre malvado se sentó durante todo el día frente a él, ofreciéndole
más y más por sus ganancias de aquellos tres días. Primero, diez, cincuenta y
cien libras; y después, como no sabía cuándo iban a conceder los dioses sus
dávidas, miles de rupias, hasta llegar a la mitad de cien mil. Al llegar a esta
suma, la mujer del mendicante cambió de opinión, él firmó el documento y le
pagaron el dinero en plata, con grandes bueyes blancos que la llevaron a
carradas. Pero aparte de aquel dinero el mendicante no recibió nada más de los
dioses, y el corazón del prestamista sufría debido a su expectación. Por lo
tanto, al mediodía de la tercera jornada, el prestamista se fue al templo a
espiar los consejos de los dioses y a aprender de qué forma iba a llegar el
dinero. Al tiempo que él decía sus plegarias, una grieta entre las piedras
bostezó y al cerrarse le pilló el talón. Entonces oyó a los dioses paseando
por el templo en la oscuridad de las columnas, y Shiva llamó a su hijo Ganesh,
diciendo: «Hijo, ¿qué has hecho respecto a las cien mil rupias del mendicante?
», y Ganesh se despertó, porque el prestamista oyó el roce seco de su trompa
mientras se estiraba, y contestó: «Padre, la mitad del dinero ya ha sido pagada, y al deudor de la otra
mitad lo tengo yo aquí bien cogido por el talón».
El
niño se partía de risa .
––
¿Y le pagó el prestamista al mendicante? –– dijo.
––
Ciertamente, porque aquel a quien los dioses retienen por el talón, debe pagar
hasta el máximo. El dinero se pagó al llegar la noche, todo en plata, en grandes
carros, y así Ganesh cumplió su cometido.
––
¡Niño! ¡Niño! ¡Niño!
Una
mujer llamaba en la oscuridad del atardecer junto a la puerta del patio.
El
niño empezó a agitarse.
––
Es mi madre ––dijo.
––
Vete entonces, pequeño ––dijo Gobinda––, pero aguarda un momento.
Desgarró
una generosa yarda de su colcha de remiendos, se la puso al niño sobre los hombros
y el chiquillo se fue corriendo.
Imagen: Philip Burne-Jones 1899 © Bettmann/CORBIS



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