19 oct. 2011

Publio Ovidio Nasón - Licaón






La mala fama de la época había tocado mis oídos;
deseándola falsa me deslizo de la cumbre del Olimpo
y, aunque dios, bajo imagen humana, recorro la tierra.
Gran demora sería contar cuánta maldad ha sido hallada
en todas partes: menor que la verdad fue la mala fama misma.
Yo había atravesado el Ménalos, terrible por sus guaridas de fieras,
y junto con el Cilene los pinares del helado Liceo;
aquí las sedes e inhóspitas moradas del tirano Arcadio
arrastrando a la noche los últimos crepúsculos, entero.
Di la señal de que había llegado un dios, y la gente había empezado
a rezar; ríese primero Licaón de las piadosas súplicas,
dice después: "experimentaré con prueba clara si éste es dios
o mortal; y no sea dudosa la verdad".
Se dispone a perderme a la noche, preso del sueño,
con imprevista muerte: complácele esta prueba de la verdad.
Y no queda con ello satisfecho: de un rehén enviado
desde el pueblo de los Colosos cortóle el cuello con la espada.
y así sus miembros medio muertos en parte los ablandó
con agua hirviente, en parte los tostó con fuego colocado debajo.
Tan pronto puso esto sobre las mesas, yo con mi llama vengadora
derribé los penates dignos de su amo sobre su morada.
Aterrorizado, el mismo huyó, y habiendo alcanzado las soledades del campo
ulula y en vano intenta hablar; desde lo íntimo de sí mismo
su boca acumula la rabia y su habitual avidez de matanza
la emplea contra ganados y aún ahora se goza en la sangre.
En pelos transfórmase su vestimenta, en patas sus brazos:
se hace lobo y conserva vestigios de su antigua forma.
Su canicie es la misma, la misma la violencia de su rostro,
bríllanle los mismos ojos y es la misma su imagen de fiereza.
Cayó una sola casa, mas no una sola casa
fue digna de perecer; por donde se extiende la tierra, reina fiera la Erinis.
Diríase que se han juramentado para el crimen; sufran todos de inmediato
los castigos que han merecido padecer: así firme está mi sentencia.[1]




[1] Ovidio; Metamorfosis, Libro I (traducción, prólogo y notas de Alfredo J. Schroeder), Buenos Aires, Ediciones Biblos, sin mención de fecha.
En Jorge Fondebrider, Licantropía (Buenos Aires, 2004)
Imagen: Escultura de Ettore Ferrari