La mala fama de la época había
tocado mis oídos;
deseándola falsa me deslizo de
la cumbre del Olimpo
y, aunque dios, bajo imagen
humana, recorro la tierra.
Gran demora sería contar
cuánta maldad ha sido hallada
en todas partes: menor que la
verdad fue la mala fama misma.
Yo había atravesado el Ménalos,
terrible por sus guaridas de fieras,
y junto con el Cilene los
pinares del helado Liceo;
aquí las sedes e inhóspitas
moradas del tirano Arcadio
arrastrando a la noche los
últimos crepúsculos, entero.
Di la señal de que había
llegado un dios, y la gente había empezado
a rezar; ríese primero Licaón
de las piadosas súplicas,
dice después:
"experimentaré con prueba clara si éste es dios
o mortal; y no sea dudosa la
verdad".
Se dispone a perderme a la
noche, preso del sueño,
con imprevista muerte:
complácele esta prueba de la verdad.
Y no queda con ello
satisfecho: de un rehén enviado
desde el pueblo de los Colosos
cortóle el cuello con la espada.
y así sus miembros medio
muertos en parte los ablandó
con agua hirviente, en parte
los tostó con fuego colocado debajo.
Tan pronto puso esto sobre las
mesas, yo con mi llama vengadora
derribé los penates dignos de
su amo sobre su morada.
Aterrorizado, el mismo huyó, y
habiendo alcanzado las soledades del campo
ulula y en vano intenta
hablar; desde lo íntimo de sí mismo
su boca acumula la rabia y su
habitual avidez de matanza
la emplea contra ganados y aún
ahora se goza en la sangre.
En pelos transfórmase su
vestimenta, en patas sus brazos:
se hace lobo y conserva
vestigios de su antigua forma.
Su canicie es la misma, la
misma la violencia de su rostro,
bríllanle los mismos ojos y es
la misma su imagen de fiereza.
Cayó una sola casa, mas no una
sola casa
fue digna de perecer; por
donde se extiende la tierra, reina fiera la Erinis.
Diríase que se han juramentado
para el crimen; sufran todos de inmediato
los castigos que han merecido
padecer: así firme está mi sentencia.[1]



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