10 oct. 2011

Poesía anónima africana: Ijálá, la poesía de los cazadores







11. El día que Ògún vino de los montes

El día que Ògún vino de los montes
yo sé las ropas que usó:
se puso una capa de fuego
y una túnica de sangre.

Ògún protege el hogar de los cazadores
mientras cazan,
Ògún protege el hogar de los cazadores
mientras cazan,
un amo vigila mientras su sirviente sale,
Ògún protege el hogar de los cazadores
mientras cazan.

Es a Ògún a quien adoraré,
no adoraré a un rey mortal,
porque si el rey mortal me mata,
Ògún lo matará en venganza.

Ògún protege el hogar de los cazadores,
Ògún protege el hogar de los cazadores,
un amo vigila mientras su sirviente sale,
Ògún protege el hogar de los cazadores.

Sólo los que están locos
dicen si Ògún va al arroyo.
Que ellos irán a la granja;
pero su ignorancia los ciega
al hecho de que Ògún es un dios,
que puede controlar granja y arroyo.

Ògún, te rogamos, bendícenos con hijos,
Ògún, te rogamos, bendícenos con hijos;
al primer bocado no le falta salsa,
Ògún, te rogamos, bendícenos con hijos.

Le rindo homenaje a Ògún
Para poder disfrutar del acceso al arroyo
Y no ser ahuyentado de la granja.
Ògún, que cruje como la leña seca,
un dios fornido que puede luchar
Con la cabeza y los pies.

Ògún, te rogamos, bendícenos con hijos,
Ògún, te rogamos, bendícenos con hijos;
Al primer bocado no le falta salsa,
Ògún, te rogamos, bendícenos con hijos.

Ire no era el hogar original de Ògún,
si preguntas te explicaré;
Ògún tan sólo llegó allí
para comprar vino de palma,
Onimogún, un aristócrata en Ire.

Ògún protege el hogar de los cazadores
mientras cazan,
Ògún protege el hogar de los cazadores
mientras cazan,
un amo vigila mientras su sirviente sale,
Ògún protege el hogar de los cazadores
mientras cazan.

Cualquiera que prepare ñame machacado,
debe reservarle un poco a Ògún;
si preparas harina de ñame,
también separa un poco para Ògún.
Ògún, mi señor, el que gobierna en Ire.
Ògún, el dios del hierro y del comercio auxiliar.

Ògún, te rogamos, bendícenos con hijos.
Ògún, te rogamos, bendícenos con hijos;
al primer bocado no le falta salsa,
Ògún, te rogamos, bendícenos con hijos.


12. Erin, el elefante

Elefante que traes la muerte,
elefante, un espíritu en el monte.
Con su única mano puede derribar
dos palmas al suelo.
Si tuviera dos,
rompería los cielos como un trapo viejo.
El espíritu que come perro,
el espíritu que come carnero.
El espíritu que come un fruto de palma entero
con sus espinas.
Con sus cuatro patas mortales,
pisotea la yerba.
Por doquiera que marcha,
la yerba tiene prohibido alzarse de nuevo.
Un elefante no es una carga para un anciano,
ni para un joven tampoco.


13. Efón, el búfalo

Cuando oigas tronar sin lluvia,
es el búfalo que se aproxima.
Temblamos a su vista.
¡El búfalo muere enloquecido,
y hasta el jefe de la familia trepa
a un árbol!
Cuando el cazador se encuentre un búfalo
prometerá no volver a cazar.
Gritará y dirá: “¡Sólo pedí prestado este rifle!
¡Sólo cuido de él por mi amigo!”
¡El búfalo es la muerte que hace a un niño
escalar un árbol espinoso!
Aun el hombre que posea veinte caballos
no debe intentar acosar a un animal
con una piel tan dura.
Un animal maligno que usa un cuchillo
en la punta de sus cuernos.
¡Qué poco le interesan tus encantamientos de caza!


14. Etu, el antílope

Hermoso antílope de cuello esbelto.
Tus ancas valen veinte esclavos.
Tus patas son más preciosas
que treinta servidores.
Tu cuello es elegante como una talla
sagrada.
Marchas como un noble,
agitando las yerbas cual campanillas.
Tus marcas faciales son hermosas
y audaces,
hasta como las del rey de Ogbomosho.1
Bañas tu cuerpo de blanco.
Dios te ha honrado con el blanco.
El cazador está contento cuando el dueño
del blanco aparece.
No puedo estar contento cuando te mato,
hasta que no encuentro tu cuerpo en el monte.
La mujer preñada pide tu piel.
Yaciendo sobre ella, tendrá un hermoso niño.2


15. Ìjálá

Etu, te saludamos, Etu, te llamamos.
Tus patas son delgadas como varillas
de hojas de palma.
Tu cuerpo es pesado sobre el hombro del cazador.
El cazador mata camino de su casa,
en la granja y en el camino de Owu.
Mencionas el nombre del antílope suavemente,
pero no debes reírte de él,
porque dije que cazaría una guinea,
y cacé una hoja seca.
Dije que cazaría un antílope,
y cacé un hormiguero.
Dije que cazaría un cerdo,
Y cacé una palma seca.
El cerdo rosado vive en el río.
Tiene una azada en su boca.
Todas las palabras dentro de mí
golpean mis labios;
una golpea a la otra
y la empuja afuera.
El oído que pregunta por palabras
las oirá.
Cuando una madre es adúltera,
su hijo la atará con sogas.
¡Ògún, no dejes que me ocurra a mí!

Yo vi un tallo de maíz
que no cargaba hijos sobre su espalda.3
¡Ògún, no dejes que me ocurra a mí!
Ahora volveré a la casa de mi padre,
yo, Asunmo, dueño de un pájaro,
de un pájaro encantador.
Soy el hijo de las hojas del árbol okan
que dicen “kankan” cuando caen.
Soy el hijo de las hojas del árbol ogan
que dicen “ganke, ganke”
cuando caen.


16. Alogonigin, el valiente

En aquel tiempo,
todo cazador que quería matar un leopardo
seguía al animal por su habitual sendero del bosque,
furtivamente y con paso tembloroso.
El cazador corría un poco, caminaba otro poco,
siempre furtivamente.
Cuando estaba bastante cerca para apuntar sin miedo,
le tiraba al leopardo por detrás, y lo mataba.
Luego, con la piel del leopardo en la cabeza,
regresaba a la aldea con altanero paso,
lleno de vanidad por su pretendida hazaña.
Pero cuando mi abuelo Alogonigin decidía
matar un leopardo en la selva,
bajo el reinado del Oba Abiodun,
sus amigos y parientes le preguntaban, al verlo
abandonar la aldea:
“¡Oh padre!, ¿qué le harás al leopardo?”
Él respondía que iba a luchar con él.
Le preguntaban de nuevo: “¡Oh padre!, ¿qué le harás
al leopardo?”
Él respondía que iba a provocarlo a un combate singular.
Le preguntaban entonces por tercera vez:
“¡Oh padre!, ¿qué le harás al leopardo?”
Él respondía: “El leopardo y yo cambiaremos unos golpes.
Ojo por ojo, diente por diente.”
Así era Alogonigin, el valiente.
No tenía igual en muchas cosas.
Fue el primero en poseer una inmensa mansión
antes de cumplir los treinta años.

Fue en su juventud cuando construyó
su grandiosa residencia.
¿He terminado ya mi historia de la caza del leopardo?
Sean indulgentes conmigo... esta es la conclusión:
Alogonigin regresaba a la aldea
con la pesada y voluminosa piel de un leopardo
al hombro.
¡Pero sin una sola señal visible de bala!


Notas
1 Los habitantes de Ogbomosho tienen tatuada una marca facial que les cruza la nariz.
2 Creencia común entre las mujeres yoruba.
3 Generalmente se compara el tallo del maíz con la madre, pues lleva su mazorca sobre “la espalda” como acostumbran hacerlo las mujeres africanas con sus niños.

En Poesía Anónima Africana
Selección, traducción y notas de Rogelio Martínez Furé
Fundación Editorial El perro y la rana
Caracas, Venezuela, 2007