29 oct. 2011

Naguib Mahfuz - El bosque embrujado





Una y otra vez me lo señalan y me advierten:

—No te acerques al bosque —dicen—. ¡Está embrujado por los demonios!

El bosque se encuentra en el borde sur del desierto del Cumpleaños del Profeta, en Abbasiya. Desde la distancia parece una montaña con muchos picos de un verde sombrío, de tres paradas de tranvía de largo y casi otro tanto de ancho. Por arriba, el cielo quizás se pinte de las rayas del humo que trae la brisa desde el vertedero donde la basura arde permanentemente. ¿De qué clase son estos árboles altivos, y cuál es la razón de su presencia en este lugar? ¿Quién los plantó aquí, y por qué? El desierto del Cumpleaños del Profeta es el lugar al que va a jugar al fútbol toda la gente joven de Abbasiya y donde entrena al mismo tiempo un buen número de equipos de aficionados. Cuando terminamos nuestros partidos amistosos, nos ponemos la galabiya sobre la ropa deportiva de diario y luego regresamos al barrio rodeando el bosque.

La niñez da paso a la adolescencia. Nuevas pasiones se encienden dentro de mí, incluido el amor a la lectura. En mi alma alborea una iluminación espiritual que celebra todo lo que es reciente y novedoso al tiempo que muchos viejos mitos se borran de mi cabeza. Ya no creo en los demonios del bosque... aunque no logro librarme por completo de los posos del miedo que siguen latentes en lo más profundo. Con frecuencia solía retirarme a solas al desierto, en especial durante las vacaciones de verano, a leer, meditar y fumar cigarrillos lejos de cualquier mirada censora. Contemplaba de lejos la floresta, y sonreía sarcásticamente con mis recuerdos. Aun así, guardaba las distancias. Al final acabé exasperado por mi actitud y sentí el impulso de desafiarla preguntándome: ¿No es hora ya de descubrir la verdad sobre el bosque?

Tras una deliberación nada corta, decidí muy audaz hacer algo al respecto. Resolví actuar a media tarde, a plena luz del día, puesto que la noche no sería segura en ningún caso. El sitio en el que solía sentarme estaba cerca de la estación de bombeo de agua, por la que pululaban trabajadores e ingenieros. Una vez saludé a uno de ellos y le pregunté por el secreto del bosque. Me dijo que pertenecía al complejo de la estación. Dijo que lo habían plantado hacía mucho tiempo, para sacar provecho de la abundancia de agua. No se había extendido más lejos, quizá, a causa de la conmemoración anual del nacimiento del Profeta que se celebraba justo al lado.

—Dicen —le comenté— que el bosque está lleno de 'afarit, de malos espíritus.

—Los únicos demonios son los seres humanos —me replicó.

Por primera vez, me encaminé al bosque. Me detuve en la linde, atisbé hacia el interior y vi los árboles gigantescos formando filas bien ordenadas, como batallones de soldados, y las hierbas que tapizaban el suelo con su verdor exquisito, en su punto. Un canal cortaba a lo ancho por en medio, y brillaban las acequias que se ramificaban a partir de él. Una vez familiarizado con todo, avancé sin sobresaltos. No encontré ningún ser humano, pero acabé embriagado de soledad y tranquilidad. «Qué despilfarro —pensé—. Tanto tiempo perdido... que Dios haga sufrir a quienes imaginan que el paraíso es un refugio de demonios.» Más o menos en el centro del bosque llegó a mis oídos una risa, y a decir verdad se me estremeció el corazón. Pero mi temor se desvaneció en un instante, pues no había duda de que eran risas que procedían de un descendiente de Adán. Inspeccioné los alrededores con cuidado y descubrí a lo lejos a un pequeño grupo de jóvenes. Rápidamente me di cuenta de que no eran extraños, sino vecinos y compañeros del colegio. Me dirigí hacia ellos aclarándome la garganta... Sus cabezas se giraron en mi dirección, así que les saludé y me detuve, sonriente. Tras un silencio, uno de ellos dijo:

—Bienvenido. ¿Qué afortunada coincidencia te trae por aquí?

—¿Y qué os ha traído a vosotros? —pregunté a mi vez.

—Como puedes ver, charlamos, o leemos, o mantenemos discusiones serias.

—¿Hace mucho tiempo que lo hacéis?

—No poco, desde luego.

Tras un cierto titubeo, me ofrecí:

—Me encantaría unirme a vosotros, si no os importa.

—¿Te gustan los estudios y el debate?

—Los adoro con toda mi alma.

—Entonces, si lo deseas, eres bienvenido.

A partir de entonces empecé una nueva vida, que quizás podría llamar la vida del bosque. Durante todas las vacaciones de verano pasaba al menos dos horas al día en aquel círculo, pues, como el canto de los pájaros, pensamientos y opiniones descendían de lo alto. El mundo había cambiado, había cambiado totalmente. Aquello no era un mero juego, una diversión o un ejercicio intelectual sin más. Más bien nos conducía a un viaje, una aventura... una experiencia que abarcaba todas las cosas posibles.

Por costumbre, solía sentarme con mi padre y mi madre después de cenar. Oíamos música en el fonógrafo, hablábamos. Yo venía escondiendo el secreto del bosque, sin revelárselo a nadie, y mis padres eran las últimas personas a las que podía imaginar que se lo contaría. Hace muchísimo tiempo —ya ni recuerdo cuánto— los dos partieron hacia el descanso eterno y se les concedió así una paz eterna. Mi padre nunca se emociona, salvo que le incite alguna noticia política, lo único que le anima a seguir y comentar. Un día concluyó su conversación exclamando:

—¡Cuántas maravillas hay en este país!

—¡Maravillas sin fin! —me apresuré a afirmar.

Me lanzó una mirada inquisitiva.

—Deja que te cuente algunas de las ideas que circulan en nuestra sociedad —le dije.

Hablé con concisión, muy concentrado. Me escuchó con bastante confusión.

—¡Dios me asista! —clamó a voces—. Quienes sostienen esos puntos de vista no son humanos, ¡son demonios!

Y entonces lo comprendí: me había convertido en uno de los demonios del bosque embrujado.


En El séptimo cielo