30 oct. 2011

Maurice Maeterlinck - El Homero de los insectos







J. H. Fabre es autor de una decena de volúmenes compactos, en los cuales, bajo el título de Recuerdos Entomológicos, ha consignado los resultados de cincuenta años de observaciones, estudios y experiencias sobre los insectos que más conocidos y familiares nos parecen: diversas especies de avispas y abejas silvestres, algunos mosquitos, moscas, escarabajos y orugas; en una palabra, todas esas pequeñas vidas vagas, inconscientes, rudimentarias y casi anónimas que nos rodean por todas partes y a las cuales dirigimos una mirada distraída, que ya piensa en otra cosa, cuando abrimos nuestra ventana para recoger las primeras horas de la primavera, o cuando, en los jardines y en las praderas, vamos a bañarnos en los días azules del estío.

  Cogemos al azar uno de esos copiosos volúmenes y, naturalmente, esperamos encontrar en él, desde luego, las muy sabias y bastante áridas nomenclaturas, las muy meticulosas y extrañas especificaciones de esas vastas y polvorientas necrópolis que forman, casi exclusivamente, todos los tratados de entomología hasta aquí recorridos. Abrimos pues la obra, sin ardor y sin exigencia; e inmediatamente, de entre las hojas, se eleva y desarrolla, sin vacilación, sin interrupción y casi sin flexión, hasta el fin de las cuatro mil páginas, la mágica trágica más extraordinaria que a la imaginación humana le sea posible, no diré crear o concebir, sino admitir y aclimatar en ella.

  En efecto, no se trata aquí de imaginación humana. El insecto no pertenecía a nuestro mundo. Los demás animales, y hasta las plantas, a pesar de su vida muda y de los grandes secretos que mantienen, no nos parecen totalmente extraños. A pesar de todo, sentimos en ellos cierta fraternidad terrestre. Sorprenden, maravillan a menudo; pero no trastornan totalmente nuestro pensamiento. El insecto ofrece algo que no parece pertenecer a las costumbres, a la moral y a la psicología de nuestro globo. Diríase que viene de otro planeta, más monstruoso, más enérgico, más insensato, más atroz, más infernal que el nuestro. Parece haber nacido en algún cometa salido de su órbita y muerto loco en el espacio. Por más que se apodere de la vida con una autoridad y una fecundidad que nada iguala en este mundo, no podemos acostumbrarnos a la idea de que exista un pensamiento de esa naturaleza del cual pretendemos ser los hijos privilegiados y probablemente el ideal a que tienden todos los esfuerzos de la tierra. El infinitamente pequeño ¿qué es, en el fondo? Un insecto que nuestros ojos no ven. Hay, sin duda, en ese asombro y en esa incomprensión, no sé qué instintiva y profunda inquietud que nos inspiran esas existencias incomparablemente mejor armadas, mejor provistas de lo necesario que las nuestras, esas especies de condensaciones de energía y de actividad en que presentimos nuestros más misteriosos adversarios.

  Pero ya es hora de penetrar, bajo la conducción de un admirable guía, entre los bastidores de nuestra magia, a fin de ver de cerca a los actores y a los comparsas, inmundos o magníficos, grotescos o siniestros, heroicos o espantosos, geniales o estúpidos, y siempre inverosímiles e ininteligibles.

  Y he aquí desde luego, entre los primeros que encontramos, uno de esos personajes, frecuentes en el Mediodía de Europa, donde se le puede ver girar en torno del abundante maná que el mulo esparce con indiferencia a lo largo de los caminos blancos y de los senderos pedregosos: es el Escarabajo Sagrado de los egipcios, o, más simplemente, el Escarabajo por antonomasia, grueso coleóptero, vestido de negro, cuya misión en este mundo consiste en formar con las partes más sabrosas del hallazgo una enorme bola que se trata de hacer rodar después hasta el comedor subterráneo en que debe tener su desenlace la increíble aventura. Pero el destino celoso de toda felicidad demasiado pura, antes de cederle el acceso de ese lugar de delicias, impone al grave y probablemente sentencioso escarabajo innumerables tribulaciones, que complica siempre la llegada de un malhadado parásito.

  Apenas ha empezado, con grandes esfuerzos del capirote y de las piernas torcidas, a hacer rodar, a reculones, la deliciosa esfera, cuando un colega poco delicado, que acechaba la conclusión del trabajo, se presenta ofreciendo hipócritamente sus servicios. El otro, sabiendo muy bien que aquí, ayuda y servicios, después de todo muy inútiles, se convertirán luego en reparto y expropiación, acepta sin entusiasmo la colaboración que se impone. Pero, invariablemente, para marcar bien los derechos respectivos, el legítimo propietario conserva su puesto primitivo, es decir que empuja de frente la bola, mientras que el inevitable invitado, por el lado opuesto, tira de ella hacia sí. Y así rueda entre los dos compadres, en medio de interminables peripecias, caídas aturdidas y tumbos grotescos, hasta el lugar elegido para ser el receptáculo del tesoro y la sala del festín. Una vez allí, el propietario se pone a excavar el refectorio, mientras que el gorrista finge dormirse inocentemente en lo alto de la bola. La excavación se ensancha y se ahonda rápidamente, y el primer escarabajo no tarda en desaparecer en ella. Es el instante que el solapado auxiliar acechaba. Este baja con presteza de la dichosa eminencia, y, empujándola con toda la energía que da una mala conciencia, procura huir con la presa. Pero el otro, bastante desconfiado para no estar alerta, interrumpe un momento sus laboriosas excavaciones, mira por encima de los bordes, ve el sacrílego robo y salta fuera del hoyo. Cogido in fraganti, el descarado socio procura engañar al dueño, rodea el orbe inestimable, y, empujándolo con esfuerzos falazmente heroicos, finge retenerlo desesperadamente en una pendiente que no existe. Se explican en silencio, gesticulan en abundancia con tarsos y mandíbulas, después de lo cual, de común acuerdo, se lleva la pelota a la excavación.

Se la juzga bastante espaciosa y cómoda. Se introduce el tesoro, se cierra la entrada del corredor, y, en las tinieblas propicias y la tibia y ligera humedad en que predomina el magnífico globo estercoral, se instalan frente a frente, para el festín, los dos comensales reconciliados. Entonces, lejos de las claridades y de las preocupaciones del exterior, y en el gran silencio de la sombra hipogeana, empieza solemnemente el más fabuloso de los festines cuyas absolutas beatitudes evocó jamás la imaginación del vientre.

  Durante dos meses enteros, permanecen enclaustrados, y, llenándose constantemente la panza con el desmoche de la inagotable esfera, arquetipos definitivos y soberanos símbolos de las delicias de la mesa y de los regocijos de la barriga, comen de continuo, sin interrumpirse un segundo, ni de día ni de noche; y, mientras se hartan, detrás de ellos, pausadamente, con un movimiento de reloj perceptible y constante, a razón de tres milímetros por minuto, se desarrolla y se alarga un interminable cordón sin ruptura que fija el recuerdo y computa las horas, los días y las semanas de la prodigiosa comilona.

  Después del Escarabajo, ese gracioso de la compañía, saludemos en el orden de los coleópteros, la pareja modelo del Minotauro Tífeo, bastante conocido y sumamente bonachón, a pesar de su nombre terrible. La hembra cava una inmensa madriguera, que tiene a veces más de metro y medio de profundidad y se compone de escaleras en espirales, mesetas, corredores y numerosas cámaras. El macho carga los escombros sobre el tridente que corona su cabeza, y los lleva a la entrada de su morada conyugal. Después va a recoger en el campo los inocentes vestigios que en él dejan las ovejas, los baja al primer piso de la cripta y, con su tridente, se pone a molerlos, en tanto que la madre, en el fondo, recoge la harina y la amasa formando enormes panes cilíndricos que servirán más tarde para alimentar a los hijos. Durante tres meses, hasta que las provisiones parezcan suficientes, sin ningún alimento, el desdichado esposo se extenúa realizando aquella tarea gigantesca. Al fin, cumplida su misión, sintiendo su fin próximo, a fin de no dejar en la casa el estorbo de un resto miserable, emplea sus últimas fuerzas en salir del subterráneo, se arrastra penosamente y, solitario y resignado, considerándose ya inútil, se va a morir lejos entre piedras.

He aquí, por otra parte, unas orugas bastante extrañas, las Procesionarias, que no son raras, y de las cuales, precisamente, un monomio de cinco o seis metros, procedente de mis pinos parasolados, se arrastra en este momento por las calles de mi jardín, tapizando de seda transparente, según costumbre de la raza, el camino recorrido. Sin hablar de los aparatos meteorológicos de una sensibilidad inaudita que llevan a la espalda, estas orugas tienen de notable, como es sabido, que no viajan aisladamente, sino en número más o menos grande y en fin, cogidas unas a otras, como los ciegos de Breughol o de la parábola, cada una de ellas siguiendo obstinadamente, indisolublemente a la que la precede; de modo que habiendo nuestro autor colocado un día la fila de orugas procesionarias sobre el reborde de un gran pilón de piedra, de circuito cerrado, durante ocho días enteros, durante una semana atroz, sufriendo frío, hambre y cansancio, la desdichada tropa, en su ronda trágica, sin tregua, sin reposo, sin misericordia, recorrió el implacable círculo hasta la llegada de la muerte.

  Pero observo que nuestros héroes son infinitamente demasiado numerosos y que es imposible detenerse a describirlos. A lo sumo, en la enumeración de los más considerables y de los más familiares, se podrá conceder a cada uno de ellos un rápido epíteto, a la manera del viejo Homero. ¿Citaré por ejemplo, al Leucospis, parásito de la Abeja Albañil, el cual, a fin de matar en sus cunas a sus hermanos y hermanas, se arma de un casco de cuerno y de una coraza arpada (que se quita inmediatamente después del exterminio), salvaguardia de un espantoso derecho de primogenitura? ¿Hablaré de la maravillosa ciencia anatómica del Taquito, del Cerceris, del Amófilo, del Esfex Languedociano y de tantos otros que, según que se trate de paralizar o matar la presa o el adversario, saben exactamente, sin equivocarse jamás, qué ganglios deben herir el dardo o las mandíbulas? ¿Hablaré del arte de la Eumenes, que transforma su fortaleza en un verdadero museo adornado con granos de cuarzo traslúcido y de conchas; de la magnífica muda del Grillo ceniciento, del instrumento de música del Grillo, cuyo arco cuenta ciento cincuenta prismas triangulares, que hacen vibrar a la vez los cuatro témpanos del élitro? ¿Celebraré el mágico nacimiento de la ninfa del Ontofagio, monstruo transparente, de hocico de toro y que parece esculpido en un bloque de cristal?...

  ¡Y los monstruos que pasan, tales como Bosch y Callot no los concibieron jamás! La larva de la Catonia, que aunque tiene patas debajo del vientre, marcha siempre sobre las espaldas; el Grillo de alas azules, más desgraciado aún que la mosca carnicera y que no posee, para perforar el suelo, evadirse de la tumba y ganar la luz, más que una vejiga cervical, una ampolla de flema; y la Empusa, que, con su vientre en forma de voluta, sus grandes ojos saltones, sus patas provistas de rodilleras y armadas de cuchillas, su alabarda y su mitra interminable, sería el fantasma más diabólico de la tierra, si a su lado, la Manta Religiosa no fuese tan horrible que su solo aspecto inmoviliza a sus víctimas cuando ante ellas adopta lo que los entomólogos han llamado «la actitud espectral».

  No es posible mencionar, ni siquiera de paso, las industrias innumerables y casi todas interesantísimas que se ejercen en la roca, bajo tierra, en las paredes, sobre las ramas, las hierbas, las flores, los frutos, y hasta en los cuerpos de los animales estudiados; pues se encuentran a veces, como en las Meloes, una triple superposición de parásitos, y se ve al Gusano mismo, el siniestro convidado de los supremos festines, nutrir con su substancia a una treintena de bandidos.

  Entre los Himenópteros, que, en el mundo que estudiamos, representan la clase más intelectual, el genio constructor de nuestra maravillosa abeja doméstica es ciertamente igualado, en otros órdenes de arquitectura, por el de más de una abeja silvestre y solitaria; principalmente por el Megachile Sastre, pequeña mosca de mísera apariencia, que fabrica, para poner sus huevos, alvéolos formados de una multitud de discos y elipses cortados, con una precisión matemática, en las hojas de ciertos árboles.

  Por falta de espacio no puedo, y lo siento muchísimo, citar las bellas y claras páginas que J. H. Fabre, con su conciencia habitual, consagra al profundo estudio de ese admirable trabajo; sin embargo, ya que la ocasión se presenta, escuchémosle, aunque no sea más que un instante y sobre un solo detalle:

  «Con las piezas ovales, la cuestión cambia de aspecto. ¿Qué guía tiene el Megachile para cortar en bellas elipses la fina tela del robinero? ¿Qué modelo ideal conduce sus tijeras? ¿Qué métrica le dicta las dimensiones? No parece sino que el insecto es un compás viviente, apto para trazar la curva elíptica por cierta flexión del cuerpo, de la misma manera que nuestro brazo traza el círculo girando sobre el apoyo del hombro. Un ciego mecanismo, simple resultado de la organización, parece ser el único agente en su geometría. Esta explicación me tentaría si las piezas ovales de grandes dimensiones no fuesen acompañadas, para colmar sus huecos, de otras piezas mucho menores, pero igualmente ovales. Un compás que, por sí mismo, cambia de radio y modifica el grado de curvatura según las exigencias de un plan, me parece un mecanismo que se presta a muchas dudas. Debe haber algo mejor que eso. Las piezas redondas de la tapa nos lo dicen.

  »Si, por la sola flexión inherente a su estructura, la cortadora de hojas llega a recortar óvalos, ¿cómo llega a cortar círculos? Para el nuevo trazado, de configuración y amplitud tan diferentes, ¿admitimos otros rodajes en la máquina? Bien que el nudo de la dificultad no está ahí. Esos círculos se adaptan, casi todos, a la boca del recipiente con una precisión casi rigurosa. Terminada la celdilla, la abeja vuela a centenares de pasos más lejos para hacer la tapa... Se posa sobre la hoja en que ha de recordar la pieza circular. ¿Qué imagen, qué recuerdo tiene del receptáculo que se trata de cubrir? Ninguno; no lo ha visto jamás, pues trabaja bajo tierra, en una profunda obscuridad. A lo sumo puede tener las indicaciones del tacto, no actuales, por cuanto el receptáculo ya no está allí, sino pasadas y sin eficacia en una obra de precisión. Sin embargo, la rodaja a recortar debe ser de un diámetro determinado: demasiado grande, no podría entrar; demasiado estrecha, cerraría mal, ahogaría el huevo bajando hasta la miel. ¿Cómo darle, sin modelo, las justas dimensiones? La abeja no vacila un instante. Con la misma celeridad que emplearía en cortar un lóbulo informe, recorta su disco, y este disco, sin más cuidados, resulta de las dimensiones que el depósito requiere. El que pueda explicar esa geometría que la explique. Para mí es inexplicable, aun admitiendo recuerdos proporcionados por el tacto y la vista...»

  Añadamos que el autor ha contado que se necesitaban, para formar las celdillas de un Megachile congénere, el Megachile Sedoso, exactamente mil sesenta y cuatro de esas elipses y de esos discos, que deben ser recogidos y dispuestos en el curso de una existencia que dura algunas semanas...

  No nos cansaríamos de coger a manos llenas preciosidades de esos inagotables tesoros. Por haber visto con tanta frecuencia sus telas extendidas por todas partes, creemos, por ejemplo, poseer nociones suficientes sobre el genio y los métodos de nuestras arañas familiares. Pero no es así; las realidades de una observación científica requieren un volumen entero en que se acumulan revelaciones de que no teníamos ninguna idea. Citaré simplemente, al azar, la armoniosa morada con arcadas de la araña Cloto, la asombrosa escapada funicular de los pequeñuelos de nuestra araña de los jardines, la campana de bucear del Argironeta, el verdadero hilo telefónico que pone en comunicación con la tela la pata de la Epeira oculta en su cabaña y le advierte que la agitación de sus lazos proviene de la captura de una presa o de un capricho de la brisa.

  Es, pues, imposible, a menos de disponer de páginas ilimitadas, dedicar más de dos palabras a los milagros del instinto maternal, que se confunden con los de la alta industria y forman el centro luminoso de la psicología del insecto. Sería necesario disponer también de varios capítulos para dar una idea sucinta de los ritos nupciales que constituyen los episodios más extraños y fabulosos de esas Mil y Una Noches desconocidas...

  En suma, las costumbres conyugales son espantosas, y, al revés de lo que pasa en todos los demás mundos, aquí es la hembra la que, en la pareja, representa la fuerza y la inteligencia al mismo tiempo que la crueldad y la tiranía que, al parecer, son su inevitable consecuencia. Casi todas las bodas concluyen con la muerte violenta o inmediata del esposo. Con frecuencia, la novia se come desde luego a cierto número de pretendientes. El tipo de esas uniones extrañas podría sernos ofrecido por los Escorpiones Languedocianos, que llevan, como es sabido, tenazas de cabrajo y una larga cola provista de un aguijón cuya picadura es en extremo peligrosa. Sirve de preludio a la fiesta un paseo de la pareja, tenazas dentro tenazas; luego, inmóviles, con los dedos siempre cogidos, se contemplan con beatitud, interminablemente, y transcurre el día sobre su éxtasis, y luego la noche, en tanto que permanecen frente a frente, petrificados de admiración. Luego, las frentes se acercan, se tocan, las bocas —si así puede llamarse el monstruoso orificio que se abre entre las tenazas— se unen en una especie de beso; después de lo cual traspasa al macho un aguijón mortal, y la terrible esposa se lo come y saborea con satisfacción.

  Pero la Manta, el insecto extático, el de los brazos siempre levantados en actitud de invocación suprema, la horrible Manta Religiosa hace más: se come a sus esposos (porque, insaciable, consume a veces siete u ocho seguidos), mientras éstos la estrechan apasionadamente contra su corazón. Sus inconcebibles besos devoran, no metafóricamente, sino de una manera espantosamente real, al desdichado elegido de su alma o de su estómago. Empieza por la cabeza, baja al tórax y no se detiene hasta las patas posteriores, que considera demasiado coriáceas. Rechaza entonces los infortunados restos, mientras un nuevo amante, que espera el fin del monstruoso festín, avanza heroicamente para sufrir la misma suerte.

  J. H. Fabre es verdaderamente el revelador de ese mundo nuevo, porque, por extraña que parezca la confesión en una época en que creemos conocer todo lo que nos rodea, la mayor parte de esos insectos, minuciosamente descriptos en las nomenclaturas, sabiamente clasificadas y bárbaramente bautizadas, casi nunca se los había observado en lo vivo, ni interrogado hasta el fin en todas las fases de sus apariciones evasivas y breves. Ha consagrado a la tarea de sorprender sus pequeños secretos, que son el reverso de los más grandes misterios, cincuenta años de una existencia solitaria, desconocida, pobre, con frecuencia vecina de la miseria; pero iluminada, cada día, por la alegría que aporta una verdad, que es la alegría humana por excelencia. ¡Pequeñas, verdades, se dirá, las que nos ofrecen las costumbres de una araña o de una langosta! No hay ya verdades pequeñas; no hay más que una, cuyo espejo, a nuestros ojos inciertos, parece roto; pero cada fragmento del cual, tanto si refleja la evolución de un astro como el vuelo de una abeja, contiene la ley suprema.

  Y esas verdades así descubiertas tenían la suerte de caer en un pensamiento que sabía comprender lo que ellas no pueden decir sino con palabras embozadas, interpretar lo que ellas tienen para callar, y comprender al mismo tiempo la trémula belleza, casi invisible para la mayor parte de los hombres, que resplandece un instante en torno de todo lo que existe, y sobre todo en torno de lo que aun permanece muy cerca de la naturaleza y sale apenas del santuario de los orígenes.

  Para que esos largos anales fuesen la abundante y deliciosa obra maestra que son y no el monótono y glacial repertorio de minúsculas descripciones y de actos insignificantes que amenazaban ser, se necesitaban dones diversos y, por decirlo así, enemigos. A la paciencia, a la precisión, a la minucia científica, a la ingeniosidad multiforme y práctica, a la energía de un Darwin en presencia de lo desconocido; a la facultad de expresar lo que es necesario, con orden, claridad y certeza, el venerable solitario de Serignan reúne varias de esas cualidades que no se adquieren, algunas de esas virtudes innatas de buen poeta que hacen de su prosa flexible, suave, segura, despojada de adornos añadidos y sin embargo adornada de atractivos sencillos y como involuntarios, una de las excelentes y duraderas prosas de nuestros tiempos, una de esas prosas que tienen su atmósfera propia, en que se respira con gratitud, con tranquilidad, y que no se encuentra sino en torno de las grandes obras.

  Necesitábase, en fin —y no era ésta la menor exigencia del trabajo—, un pensamiento siempre dispuesto a hacer frente a todos los enigmas que, entre esas pequeñas materias, se alzan a cada paso tan desmesurados como los que pueblan los cielos y quizá más imperiosos, más numerosos, más extraños, como si la naturaleza hubiese dado aquí más libre curso a sus últimas voluntades y más fácil salida a sus pensamientos secretos. Está a la altura de todas esas interrogaciones sin límites que nos hacen obstinadamente todos los habitantes de ese mundo mínimo en que los misterios se superponen más compactos, más desconcertadores que en ningún otro. Encuentra y afronta así sucesivamente las terribles cuestiones del instinto y de la inteligencia, del origen de las especies, de la armonía o de los azares del universo, la vida prodigada a los abismos de la muerte; sin contar los problemas no menos vastos, pero más humanos, si cabe decirlo, y que, en lo infinito de los demás, se inscriben al alcance, si no a la disposición, de nuestra inteligencia: la partenogénesis, la prodigiosa geometría de las avispas y de las abejas, la espiral logarítmica del caracol, el sentido antenal, la fuerza milagrosa, que, en el aislamiento absoluto, sin que nada del interior pueda introducirse en él, decupla sobre el terreno el volumen del huevo del Minotauro y nutre, durante siete u ocho meses, con un alimento invisible y espiritual, no la letargia, sino la vida activa del escorpión y de los pequeñuelos de la tarántula y de la araña Cloto. No intenta explicarla por medio de uno de esos sistemas acomodaticios, como el transformismo por ejemplo, el cual, después de todo, se limita a trasladar el plano de las tinieblas, y que, dicho sea de paso, sale bastante mutilado de esas confrontaciones severas con incontestables hechos.

  En espera de que un azar o un dios nos iluminen, se trata de guardar en presencia de lo desconocido el gran silencio religioso y atento que reina en absoluto en las mejores almas de hoy. A los que le dicen:

—Ahora que habéis recogido tantos detalles, deberíais hacer suceder la síntesis al análisis, y generalizar, en conjunto, el origen de los instintos.

  Él contesta, con la humilde y magnífica lealtad que ilumina toda su obra:

  —¿Por qué he removido algunos granos de arena en la orilla, me hallo en estado de conocer los abismos oceánicos? La vida tiene secretos insondables. El saber humano será borrado de los archivos del mundo antes de que hayamos arrancado a un mosquito su último secreto. El éxito es de los que meten ruido, de los afirmativos imperturbables. Sacudamos ese defecto y reconozcamos que, en realidad, no sabemos nada, si hay que conocer a fondo las cosas. Científicamente, la naturaleza es un enigma sin solución definitiva para la curiosidad del hombre. A la hipótesis sucede la hipótesis; los escombros de las teorías se amontonan y la verdad huye siempre. El saber ignorar podría ser la última palabra de la sabiduría.

  No hay duda que eso es esperar demasiado poco. En el abismo, en el remolino sin fondo en que giran esos hechos contradictorios que se resuelven en la obscuridad, sabemos apenas tanto como nuestros antepasados de las cavernas; pero, al menos, sabemos que no sabemos nada. Recorremos la negra faz de los enigmas, tratamos de calcular su número, ordenar sus tinieblas, adquirir una idea de su situación y de su extensión. Lo cual ya es algo mientras llega el día de los primeros resplandores; es hacer, en presencia de los misterios, todo lo que hoy puede hacer la inteligencia de buena fe, y es también lo que hace el autor de esa incomparable Ilíada. Los mira atentamente. Consagra su vida a sorprender sus secretos más minuciosos; les prepara en sus pensamientos y en los nuestros el espacio necesario para sus evoluciones. Eleva a su altura la conciencia de su ignorancia y enseña a comprender más profundamente que son incomprensibles.



En La inteligencia de las flores (1907)
Traducción de Juan B. Enseñat
Buenos Aires, Editorial Tor
Foto: Maurice Maeterlinck in New York (1940) © Bettmann-CORBIS