A Tony, que también se llamó Lucien
No, basta ya de nombrar a Lucien; basta ya de repetir su
nombre hasta la náusea. Tú no pareces darte cuenta de que hay
frases, de que hay recuerdos para mí insoportables; de que todas
las fibras se rebelan si esas cosas son dichas. Deja de nombrar a
Lucien. Pon un disco o cámbiale el agua a los peces. Dentro de un
rato vendrá Lola y podrás bailar con ella; ya sé que eres mundano,
que me desprecias un poco por mi aislamiento y mi misoginia.
¿Pero por qué nombraste a Lucien?
¿Era necesario que dijeses:
Lucien?
Ya ni siquiera sé si hablo contigo; me parece que estoy
solo en la biblioteca, sobre el río, sin nadie cerca. ¿Permaneces
ahí, Mauricio? ¿Fuiste tú quien mencionó a Lucien? No me
contestes, ahora; ¡qué ganaríamos con eso! Lo dijiste o no lo dijiste,
lo mismo da. Yo soy un profesor de vacaciones que pasa
sus vacaciones en su casa lacustre, mirando el río y recibiendo
amigos, a veces, o perdiéndose en un tiempo sin fronteras, sin
calendarios ni mujeres ni perros. Un tiempo mío, no compartido
ya con nadie desde que terminaron esas clases… ¿cuándo, tú
recuerdas?
Dame un cigarrillo. ¿Estás ahí? ¡Mauricio! Dame un cigarrillo.
Pronto vendrá Lola; le dije que te encontraría aquí. Busca
los discos si te aburres; ah, estás leyendo. ¿Qué lees? No, no
lo digas; me es igual. Si tienes sueño, ya te dije que la mecedora
quedó en la veranda; llama, el negrito te la traerá. Prescinde
de mí, yo estoy dormido y ausente; ya me conoces. ¿Para qué
darte explicaciones? Los médicos, y la escuela, y el reposo… cosas
sin consistencia. Pero tú eres Mauricio, al menos; tienes un
nombre, se te puede ver, oír. ¿Por qué me miras así? No, viejo,
Gabriel no está loco, Gabriel divaga; lo aprendí en los sueños y
en la infancia; claro que falta el intérprete que teja los hilos de
esta carrera incoherente… Tú no eres ese intérprete; apenas un
músico. Un músico cuya última balada me ha parecido deplorable.
Ya sé, ya sé, no expliques nada; en música nada tiene explicación.
No me gusta, y puede ser que la próxima me encante…
¡No me mires así! ¡Es tuya la culpa de que esté hablando
en esta forma! ¡Quiero olvidar, confundirme…! ¿Por qué hiciste
eso, por qué trajiste de su fondo de tiempo el nombre de Lucien?
¿No ves que lo olvido una o dos horas al día? Es el antídoto,
lo que me permite resistir. No te asombres, Mauricio; es
claro, tú qué sabes de aquello, estabas lejos… ¿Dónde? Ah, en
Jujuy, en las quebradas… por allá. Estabas lejos, lejos. Estabas
más allá y esto es un círculo; no puedes entrar. No, Mauricio,
no puedes entrar si yo no pronuncio el conjuro…
¡Pero por qué hiciste eso, imbécil…! Ven, siéntate aquí;
tira ese libro por la ventana… No, por la ventana no; caería al
río. Nada debe caer al río, ahora, y menos un libro. Déjalo
allí… sí, te lo voy a contar todo y después harás lo que te parezca.
Yo estoy harto, harto; estoy muerto, ¿entiendes? No, no entiendes,
pero escucha, ahora, escucha todo esto y no me interrumpas
como no sea para pegarme un tiro o ahogarme…
Ese vaso de agua… Así empezó el sueño. ¿No sueñas, tú?
Se dicen tantas tonterías sobre los sueños… Yo no creo más que
en las inferencias sexuales, y aun así… Mauricio, Mauricio,
cuando éramos niños nos hablaban de los sueños proféticos…
Y después, aquella tarde a la salida del Normal, cuando tú y yo
estuvimos leyendo el libro de Dunne y nos acordábamos del
tonto de Maeterlinck con su relato de la alfombra quemada, y
la profecía, y qué sé yo qué carajo más… Bah, humo y pavadas…
No me mires; Lucien me miraba del mismo modo cuando yo
decía una palabra gruesa; siempre creyeron que me quedaba
mal, puede que sea cierto. El sueño era idiota pero muy claro,
Mauricio, muy claro hasta cierto pasaje. Ahí se terminaba la
secuencia y seguía… nada, niebla. Lo llamé a Lucien y le dije:
“Anoche tuve un sueño”. Siempre nos contábamos los sueños,
¿sabías eso? Es que tú no tienes sueños, me lo has dicho
una vez; entonces no vas a entender lo que pasó, te va a parecer
sin sentido o que estoy loco o que me río de ti… Yo estaba muy
cansado y me dormí allá afuera en la veranda, mirando hacia el
río; había luna, no te lo digo para impresionarte; ya sé que la
luna es macabra cuando uno piensa un rato en ella; pero esta
luna del delta tiene color tierra a veces, y esa noche, como se lo
dije después a Lucien, la tierra venía mezclada con arena y con
cristales rojos. Me quedé dormido, muy cansado, y entonces
empezó el sueño sin que nada cambiara… porque seguí viendo
el mismo panorama que puedes ir a descubrir en la veranda,
desde la mecedora. El río, y los sauces a la izquierda como una decoración
de Derain, y una música de perros y duraznos que
caen y grillos idiotas y qué sé yo qué chapoteo raro, como manos
que quisieran prenderse al barro de la orilla y se van resbalando,
resbalando, y golpean con las palmas enloquecidas, y el
río las chupa hacia atrás como una ventosa horrible, y uno adivina
las caras de los ahogados… Pero ¿por qué, por qué dijiste
el nombre de Lucien…?
No te vayas… no pienso hacerte mal; ¿crees que no te conozco?
Vamos, músico amigo, quédate acá y calla; no, no quiero
agua ni bromuro ni morfina… ¿Oyes afuera?… Ya llega la
noche y empieza el chapoteo… primero despacio, muy despacio…
tentativas de las manos que llegan hasta la orilla y clavan
las uñas en el barro… Pero después se hará más fuerte, más
fuerte, más fuerte; es lo que le digo todas las noches al médico
pero hay que ser médico para no entender las cosas más simples.
Ah, Mauricio, en verdad era el mismo paisaje; ¿cómo saber
que estaba soñando? Entonces me levanté y anduve por el
río, flotando sobre él pero no en el agua, entiendes; como en los
sueños: flotando con las piernas un poco encogidas, en una tensión
maravillosa… por sobre las aguas, hasta cruzar estas primeras
islas, seguir, seguir… más allá del muelle podrido, más
allá de los naranjales, más, más… Y entonces yo estaba en la
orilla, caminando normalmente; y no se oía nada; era un silencio
como de armario por dentro, un silencio aplastado y sucio.
Y yo seguía caminando, Mauricio, y yo seguía caminando hasta
llegar a un punto y quedarme muy quieto a la orilla del agua,
mirando…
Así le conté mi sueño a Lucien, sabes; se lo conté con todos
los detalles hasta ahí, porque desde ahí empieza a oscurecerse;
viene la niebla, la angustia de no comprender… ¡Y tú
que no sueñas! ¿Cómo explicarte las cosas?… Con un piano,
quizá; así imaginaba un amigo mío que se podían explicar las
cosas a los ciegos. Escribió un cuento y en ese cuento había un
ciego y el ciego tenía un amigo y el ciego era yo y pasaban cosas…
Aquí no hay piano; tienes que escucharme y comprender aunque
nunca hayas soñado. Tienes que comprender. Lucien lo
entendió muy bien cuando le narré el sueño; y eso que en
aquellos días estábamos muy distanciados, andando caminos
distintos, y él creía que pensaba de una manera y yo creía que
él debía pensar de otra, y él afirmaba que yo me equivocaba
en todas mis acciones, que insistía en perpetuar estados caducos
y que de nada servía oponerse al tiempo, en lo que tenía
mucha razón lógicamente hablando. Pero tú sabes, Mauricio,
tú sabes que la lógica…
Entonces yo estaba parado junto al río, mirando las
aguas. Después de todo mi vuelo y mi caminar estaba ahora
inmóvil como esperando algo. Y el silencio seguía y no se escuchaba
el chapoteo; no, no se lo escuchaba. Las cosas eran visibles
en todos sus detalles y por eso pude después describirle a
Lucien cada árbol, cada recodo del río, cada entrecruzamiento
de troncos. Yo estaba en una pequeña lengua pantanosa que
entraba en el río; detrás había árboles, árboles y noche. Tú sabes
que mi sueño era de noche; pero ahí no había luna y sin
embargo se destacaba el paisaje con una nitidez petrificada,
como un paisaje dentro de una bola de vidrio, entiendes; como
una vitrina de museo, nítida, precisa, rotulada. Árboles que se
perdían en una curva del agua; cielo negro pero de un negro
distinto al de los árboles; y el agua, el agua con su discurso silencioso,
y yo en la lengua de tierra mirando el centro del río y
esperando algo…
“Recuerdas el escenario con mucha claridad”, me dijo
Lucien cuando le describí el lugar. Mas a partir de ese punto
empezaba la niebla en el sueño y la cosas se tornaban esquivas,
sinuosas como en las pesadillas; el agua era la misma, pero de
pronto resonó y fue el chapoteo, el constante chapoteo de las
manos buscando tomarse inútilmente de los juncos, rechazadas
hacia el lecho del río por la succión de la inmunda boca
golosa… Siempre igual, clap, clap, clap, y yo ahí esperando,
clap, clap, hasta el horror de que no ocurriera nada y que sin embargo
hubiese que seguir así esperando… Porque yo tenía miedo,
comprendes Mauricio, dormido como estaba yo tenía
miedo a lo que iba a ocurrir… Y cuando vi llegar traído por las
aguas el cuerpo del ahogado, fue como un contento de que al
fin sucediera algo; una justificación de ese siglo de inmóvil
misterio. No sé si te cuento bien las cosas; Lucien estaba un
poco pálido cuando yo le dije lo del ahogado; es que nunca
controló sus nervios como tú. Tú no deberías ser músico,
Mauricio; en ti se ha perdido un gran ingeniero, o un asesino…
Bah, para qué vas a contestarme si desvarío… ¿Estás pálido
tú también? No, es el anochecer, es la luna que crece y se
desprende de los sauces y te golpea la cara; tú no estás pálido,
¿verdad? Lucien sí, cuando le dije lo del ahogado; pero ya no
pude contarle mucho más porque ahí se acaba el sueño; no sé
si te desilusiona pero en ese punto se termina todo… Yo lo
veía pasar, flotando dulcemente boca arriba… y no podía verle
la cara. Estaba seguro de conocerlo pero no podía verle la
cara. La angustia nacía allí: de saber que ese ahogado me pertenecía
en cierto modo, que lazos misteriosamente sensibles se
tendían de mí hacia él, y no poder verle la cara… Pero eso no
es nada, Mauricio; hay una cosa mucho más horrible… No,
no te levantes; quédate aquí, tienes que oír todo. ¿Por qué dijiste
el nombre de Lucien? Ahora tienes que oír todo. Hasta
esto, que es lo más desesperante; en un cierto momento, cuando
el ahogado pasó junto a mí, tan cerca que si él hubiera podido
estirar un brazo me habría aferrado por el tobillo… entonces,
en ese momento le vi la cara; la luz de mi sueño le daba
de lleno y yo le vi la cara y conocí quién era. ¿Entiendes esto?
Supe de quién era esa cara y jamás hubiera imaginado que la
olvidaría al despertar… Porque cuando me desperté el sueño
se interrumpía en ese instante y no fui capaz ya de recordar
quién era el muerto. Mauricio, yo sabía quién era pero no lo
recordaba; toda mi clarividencia se tornaba ignorancia en la vigilia.
Se lo dije a Lucien, estremecido de cólera y de angustia:
“No sé quién era y lo más horrible es que le vi la cara, le detallé
las facciones y recuerdo, eso sí lo recuerdo, que tuve como
un gran grito en las manos, en el pelo, como una revelación espantosa
que me galvanizaba…”
¿Oyes el chapoteo? Así era la tarde en que le conté mi sueño
a Lucien y él se marchó muy pálido, porque se impresionaba
fácilmente con mis cuentos. Tú no vibras como él; me
acuerdo de una noche, en un banco de madera allá por el oeste
de la ciudad, cuando le conté a Lucien un relato atroz que acababa
de leer; quizá tú lo conozcas, aquel de la mano del
mono… Me dio pena ver que entraba demasiado en el cuento,
en el clima de opresión y pesadilla… Pero tenía que contarle mi
sueño, Mauricio; lo estaba viviendo demasiado como para que
él fuese ajeno a ese suceder. Cuando se fue me sentí más aliviado;
pero la revelación no vino y seguí todo ese verano, justamente
cuando tú salías para el norte, sin lograr el instante de
conocimiento, el recuerdo que me permitiera extraer, de lo más
hondo, el final de aquella pesadilla.
No enciendas la luz, me es más fácil hablar así sin que me
vean la boca. Ya sabes que no resisto mucho tiempo una mirada,
ni siquiera la tuya; así es mejor. Dame un cigarrillo, Mauricio:
fuma tú también pero quédate; tienes que oír esto hasta el
final. Después harás lo que quieras; hay un revólver en mi escritorio
y teléfono en el living. Pero ahora, quédate. Estuviste lejos
de nosotros todo ese verano; yo pensé muchas veces en ti cada
vez que evocaba nuestros años de estudiantes; su fin, esta
vida de hoy, esta independencia tanto tiempo deseada y que se
traduce en amargo sabor de soledad… Sí, pensé en ti pero más
pensaba en el sueño; y nunca, entiendes, nunca en todas esas
noches de insomnio pude llegar más allá… Arribaba con nitidez
al momento en que aquello aparecía flotando y se escuchaba
nuevamente el chapoteo como manos de ahogados que quisieran
salir del río… Allí cesaba todo; todo. ¡Si por lo menos
hubiera recordado que sabía! Debe haber sueños piadosos, amigo;
sueños que afortunadamente se olvidan al despertar; pero
aquello era una obsesión torturante, como el cangrejo vivo en
el estómago del pez, vengándose de dentro afuera… Y yo no estaba
loco, Mauricio, como no lo estoy ahora; déjate de pensar
eso porque te equivocas. Ocurre que aquel sueño se me antojaba
real, distinto a los sueños de siempre; había profecía, anuncio…
algo así, Mauricio; había amenaza y prevención… Y horror,
un horror blanco, viscoso, un horror sagrado… Lucien
debía comprenderlo muy bien ya que no volvió a mencionar mi
sueño y yo prefería callar, porque en aquellos días en que tú te
fuiste estábamos los dos al borde de una separación definitiva.
Cansados mutuamente de inútiles concesiones, de perpetuar
afectos que en él habían muerto y que yo debía matar a mi
vez… ¿No sospechabas tú una cosa así? Ah, es que Lucien no te
lo hubiera dicho; tampoco yo. Nuestro mundo era otra cosa.
Nuestro, sabes; imposible cederlo a otros aunque sólo fuese
para explicar. Y llegábamos al fin de ese mundo y era necesario
abolir sus puertas, seguir caminos divergentes… Yo no creía
que existiera odio entre nosotros; oh, no, Mauricio, tú sabes que
yo jamás habría podido creer eso, y cuando Lucien venía a
casa íbamos a pasear como antes, corteses y amables, cuidando
de no herir pero sin ahondar en lo que estaba muerto…
Caminábamos sobre hojas secas; pesados colchones de hojas
secas a la orilla del río… Y el silencio era casi dulce; y parecía
de improviso como si todavía se pudiera pensar en quererse de
nuevo, en retornar a la amistad de otros días… Pero todo nos
apartaba ahora; el vernos, el hablar, rutinas que nos enervaban
vanamente.
Entonces, él me dijo: “Es una bella noche; caminemos”.
Y, como podríamos hacerlo nosotros ahora, Mauricio, salimos
del bungalow y bordeamos la caleta hasta encontrar la orilla
preferida. No decíamos nada, comprendes, porque nada teníamos
ya que decirnos, pero toda vez que yo miraba a Lucien me
parecía que estaba pálido y como preparándose a definir una situación
imprecisa que lo atormentaba. Andábamos, andábamos,
y no sé cuánto tiempo seguimos así entrando en zonas que yo
no conocía, lejos de esta casa, más allá del radio habitado, en la
parte donde el río empieza a quejarse y a flexionar su cintura
como una víbora quemándose; andábamos, andábamos. Sólo
se oían nuestros pasos, blandos en las hojas secas, y el chapoteo
en la orilla. Nunca podré olvidar esas horas, Mauricio, porque
era como ir hacia un sitio indeterminado pero sabiendo que es
necesario llegar… ¿para qué? Lo ignoraba, y cada vez que volvía
la cara hacia Lucien encendía en sus ojos un brillo frío, ausente,
como de luna. No hablábamos; pero todo hablaba desde
fuera, todo parecía impulsarnos a avanzar, avanzar; y yo no podía
olvidarme del sueño, ahora que esa ruta en la noche empezaba
a parecerse tanto a aquel sueño de tiempos pasados…
Cierto que no volaba sobre el río con las piernas encogidas;
cierto que ahora Lucien estaba conmigo; pero de una manera
inexplicable esa noche era la noche del sueño y por eso, cuando
después de un recodo de la orilla me encontré súbitamente en
el mismo escenario donde había soñado la horrible escena, apenas
me sorprendí. Fue más bien como un reconocimiento, entiendes;
como llegar a un sitio donde jamás se ha estado pero
que se conoce por fotografías o por conversaciones. Me acerqué
al borde del agua y vi la lengua de tierra pantanosa que permitía
entrar ligeramente en el río. Vi la luz nocturna, marcando tímidamente
el decorado de los árboles, oí con más fuerza el chapoteo
en la orilla. Y Lucien estaba a mi lado, Mauricio, y él
también, como si se hubiera acordado de pronto de mi descripción,
parecía recordar…
Espera, espera… No quiero quo te vayas, tengo que decirte
todo. ¿No oyes los ruidos, afuera? Es que algo busca entrar
en el bungalow desde que cae la noche; y esta noche no podría resistirlo,
Mauricio, no podría. Quédate ahí; ya vendrá Lola y entonces
decidirás lo que quieras. Deja que te diga el resto, el momento
en que me incliné sobre el río y después miré a Lucien
como diciéndole: “Ahora va a llegar”. Y cuando miré a Lucien,
pensando en el sueño, tuve la impresión… ¿cómo explicártelo?…
tuve la sensación de que él también estaba dentro del sueño,
dentro de mi pensamiento, formando parte de una atroz
realidad fuera de los cuadros normales de la vida; me pareció que
el sueño iba a recomenzar allí… No, no era eso; me pareció
como si el sueño hubiera sido la profecía, la presciencia de algo
que iba a ocurrir allí, justamente en ese sitio donde yo no había
estado jamás en la vigilia; en ese sitio que encontrábamos después
de una marcha sin sentido pero oscuramente necesaria.
Le dije a Lucien: “¿Te acuerdas de mi sueño?”. Y él me
contestó: “Sí, y éste es el lugar, ¿no es cierto?”. Yo noté que sonaba
ronca su voz; dije: “¿Cómo sabes que éste es el sitio?”. Él
vaciló, estuvo un momento callado y después confesó lentamente:
“Porque yo he pensado en un sitio así; yo he necesitado
un sitio así. Tú has soñado un sueño ajeno…”. Y cuando me dijo
eso, Mauricio, cuando me dijo eso yo tuve como una gran luz
en el cerebro, como un estallido deslumbrador y me pareció
que iba a recordar el final del sueño. Cerré los ojos y dije para
mí: “Voy a recordar… voy a recordar…”. Y todo fue un instante,
y recordé. Vi al ahogado, delante mío, casi tocándome los
tobillos, a la deriva, y le vi la cara. Y la cara del ahogado era la
mía, Mauricio, la cara del ahogado era la mía…
Quédate, por Dios… ya termino. Recuerdo que abrí los
ojos y miré a Lucien. Estaba ahí a dos pasos, con los ojos hundidos
en los míos. Repitió lentamente: “Yo he necesitado un sitio
así. Tú has soñado un sueño ajeno, Gabriel… Tú has soñado
mi propio pensamiento”. Y no dijo nada más, Mauricio,
pero ya no hacía falta, tú comprendes; ya no hacía falta que él
dijese una sola palabra más.
¿Oyes el chapoteo afuera…? Son las manos que quieren
aferrarse a los juncos, toda la noche, toda la noche… Empieza
al caer la tarde y sigue toda la noche… Oye, allí… ¿oyes un
chapoteo más fuerte, más imperioso? Yo sé que entre todas las
manos de ahogados que quieren salvarse del río hay unas manos,
Mauricio… unas manos que a veces logran aferrarse al barro…
alcanzar las maderas de la caleta… y entonces el ahogado
sale del agua… ¿No lo oyes? Sale del agua; te digo, y viene…
viene aquí, pisoteando los frascos de bromuro, el veronal, la morfina…
Viene aquí, Mauricio, y yo tengo que correr hacia él y
destruir otra vez el sueño, entiendes… Destruir el sueño, arrojándolo
otra vez al río para verlo flotar, para verlo pasar junto
a mí con una cara que ya no es la mía, que ya no es la del sueño…
Yo he vencido al sueño, Mauricio, yo he roto la profecía;
pero él vuelve todas las noches y alguna vez me llevará con él…
No te vayas, Mauricio… Me llevará con él, te digo, y seremos
dos, y el sueño habrá cumplido sus imágenes… Allá afuera,
Mauricio, oye el chapoteo, oye… Vete ahora, si quieres; déjalo
que salga del agua, déjalo entrar. Puedes hacer lo que quieras, es
lo mismo. Yo vencí al sueño, yo di vuelta el destino, comprendes;
pero de nada vale todo eso porque el río me espera y dentro
del río están esas manos y esa cara, injustamente rendidas a
su boca sedienta. Y yo tendré que ir, Mauricio, y la lengua de
tierra me verá pasar alguna noche, boca arriba, magnífico de luna,
y el sueño estará completo, completo… El sueño estará completo,
Mauricio, el sueño estará al fin completo.
1941
En Papeles inesperados
Madrid, Santillana Ediciones, 2010
Foto: JC en Nicaragua, 1983 © Diego Goldberg/Sygma/Corbis



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