4 oct. 2011

Julio Cortázar - Relato con un fondo de agua





A Tony, que también se llamó Lucien 

No, basta ya de nombrar a Lucien; basta ya de repetir su nombre hasta la náusea. Tú no pareces darte cuenta de que hay frases, de que hay recuerdos para mí insoportables; de que todas las fibras se rebelan si esas cosas son dichas. Deja de nombrar a Lucien. Pon un disco o cámbiale el agua a los peces. Dentro de un rato vendrá Lola y podrás bailar con ella; ya sé que eres mundano, que me desprecias un poco por mi aislamiento y mi misoginia. ¿Pero por qué nombraste a Lucien? 

¿Era necesario que dijeses: Lucien? Ya ni siquiera sé si hablo contigo; me parece que estoy solo en la biblioteca, sobre el río, sin nadie cerca. ¿Permaneces ahí, Mauricio? ¿Fuiste tú quien mencionó a Lucien? No me contestes, ahora; ¡qué ganaríamos con eso! Lo dijiste o no lo dijiste, lo mismo da. Yo soy un profesor de vacaciones que pasa sus vacaciones en su casa lacustre, mirando el río y recibiendo amigos, a veces, o perdiéndose en un tiempo sin fronteras, sin calendarios ni mujeres ni perros. Un tiempo mío, no compartido ya con nadie desde que terminaron esas clases… ¿cuándo, tú recuerdas? 

Dame un cigarrillo. ¿Estás ahí? ¡Mauricio! Dame un cigarrillo. 

Pronto vendrá Lola; le dije que te encontraría aquí. Busca los discos si te aburres; ah, estás leyendo. ¿Qué lees? No, no lo digas; me es igual. Si tienes sueño, ya te dije que la mecedora quedó en la veranda; llama, el negrito te la traerá. Prescinde de mí, yo estoy dormido y ausente; ya me conoces. ¿Para qué darte explicaciones? Los médicos, y la escuela, y el reposo… cosas sin consistencia. Pero tú eres Mauricio, al menos; tienes un nombre, se te puede ver, oír. ¿Por qué me miras así? No, viejo, Gabriel no está loco, Gabriel divaga; lo aprendí en los sueños y en la infancia; claro que falta el intérprete que teja los hilos de esta carrera incoherente… Tú no eres ese intérprete; apenas un músico. Un músico cuya última balada me ha parecido deplorable. Ya sé, ya sé, no expliques nada; en música nada tiene explicación. No me gusta, y puede ser que la próxima me encante… ¡No me mires así! ¡Es tuya la culpa de que esté hablando en esta forma! ¡Quiero olvidar, confundirme…! ¿Por qué hiciste eso, por qué trajiste de su fondo de tiempo el nombre de Lucien? ¿No ves que lo olvido una o dos horas al día? Es el antídoto, lo que me permite resistir. No te asombres, Mauricio; es claro, tú qué sabes de aquello, estabas lejos… ¿Dónde? Ah, en Jujuy, en las quebradas… por allá. Estabas lejos, lejos. Estabas más allá y esto es un círculo; no puedes entrar. No, Mauricio, no puedes entrar si yo no pronuncio el conjuro… 

¡Pero por qué hiciste eso, imbécil…! Ven, siéntate aquí; tira ese libro por la ventana… No, por la ventana no; caería al río. Nada debe caer al río, ahora, y menos un libro. Déjalo allí… sí, te lo voy a contar todo y después harás lo que te parezca. Yo estoy harto, harto; estoy muerto, ¿entiendes? No, no entiendes, pero escucha, ahora, escucha todo esto y no me interrumpas como no sea para pegarme un tiro o ahogarme… 

Ese vaso de agua… Así empezó el sueño. ¿No sueñas, tú? Se dicen tantas tonterías sobre los sueños… Yo no creo más que en las inferencias sexuales, y aun así… Mauricio, Mauricio, cuando éramos niños nos hablaban de los sueños proféticos… Y después, aquella tarde a la salida del Normal, cuando tú y yo estuvimos leyendo el libro de Dunne y nos acordábamos del tonto de Maeterlinck con su relato de la alfombra quemada, y la profecía, y qué sé yo qué carajo más… Bah, humo y pavadas… No me mires; Lucien me miraba del mismo modo cuando yo decía una palabra gruesa; siempre creyeron que me quedaba mal, puede que sea cierto. El sueño era idiota pero muy claro, Mauricio, muy claro hasta cierto pasaje. Ahí se terminaba la secuencia y seguía… nada, niebla. Lo llamé a Lucien y le dije: “Anoche tuve un sueño”. Siempre nos contábamos los sueños, ¿sabías eso? Es que tú no tienes sueños, me lo has dicho una vez; entonces no vas a entender lo que pasó, te va a parecer sin sentido o que estoy loco o que me río de ti… Yo estaba muy cansado y me dormí allá afuera en la veranda, mirando hacia el río; había luna, no te lo digo para impresionarte; ya sé que la luna es macabra cuando uno piensa un rato en ella; pero esta luna del delta tiene color tierra a veces, y esa noche, como se lo dije después a Lucien, la tierra venía mezclada con arena y con cristales rojos. Me quedé dormido, muy cansado, y entonces empezó el sueño sin que nada cambiara… porque seguí viendo el mismo panorama que puedes ir a descubrir en la veranda, desde la mecedora. El río, y los sauces a la izquierda como una decoración de Derain, y una música de perros y duraznos que caen y grillos idiotas y qué sé yo qué chapoteo raro, como manos que quisieran prenderse al barro de la orilla y se van resbalando, resbalando, y golpean con las palmas enloquecidas, y el río las chupa hacia atrás como una ventosa horrible, y uno adivina las caras de los ahogados… Pero ¿por qué, por qué dijiste el nombre de Lucien…? 

No te vayas… no pienso hacerte mal; ¿crees que no te conozco? Vamos, músico amigo, quédate acá y calla; no, no quiero agua ni bromuro ni morfina… ¿Oyes afuera?… Ya llega la noche y empieza el chapoteo… primero despacio, muy despacio… tentativas de las manos que llegan hasta la orilla y clavan las uñas en el barro… Pero después se hará más fuerte, más fuerte, más fuerte; es lo que le digo todas las noches al médico pero hay que ser médico para no entender las cosas más simples. Ah, Mauricio, en verdad era el mismo paisaje; ¿cómo saber que estaba soñando? Entonces me levanté y anduve por el río, flotando sobre él pero no en el agua, entiendes; como en los sueños: flotando con las piernas un poco encogidas, en una tensión maravillosa… por sobre las aguas, hasta cruzar estas primeras islas, seguir, seguir… más allá del muelle podrido, más allá de los naranjales, más, más… Y entonces yo estaba en la orilla, caminando normalmente; y no se oía nada; era un silencio como de armario por dentro, un silencio aplastado y sucio. Y yo seguía caminando, Mauricio, y yo seguía caminando hasta llegar a un punto y quedarme muy quieto a la orilla del agua, mirando… 

Así le conté mi sueño a Lucien, sabes; se lo conté con todos los detalles hasta ahí, porque desde ahí empieza a oscurecerse; viene la niebla, la angustia de no comprender… ¡Y tú que no sueñas! ¿Cómo explicarte las cosas?… Con un piano, quizá; así imaginaba un amigo mío que se podían explicar las cosas a los ciegos. Escribió un cuento y en ese cuento había un ciego y el ciego tenía un amigo y el ciego era yo y pasaban cosas… Aquí no hay piano; tienes que escucharme y comprender aunque nunca hayas soñado. Tienes que comprender. Lucien lo entendió muy bien cuando le narré el sueño; y eso que en aquellos días estábamos muy distanciados, andando caminos distintos, y él creía que pensaba de una manera y yo creía que él debía pensar de otra, y él afirmaba que yo me equivocaba en todas mis acciones, que insistía en perpetuar estados caducos y que de nada servía oponerse al tiempo, en lo que tenía mucha razón lógicamente hablando. Pero tú sabes, Mauricio, tú sabes que la lógica… 

Entonces yo estaba parado junto al río, mirando las aguas. Después de todo mi vuelo y mi caminar estaba ahora inmóvil como esperando algo. Y el silencio seguía y no se escuchaba el chapoteo; no, no se lo escuchaba. Las cosas eran visibles en todos sus detalles y por eso pude después describirle a Lucien cada árbol, cada recodo del río, cada entrecruzamiento de troncos. Yo estaba en una pequeña lengua pantanosa que entraba en el río; detrás había árboles, árboles y noche. Tú sabes que mi sueño era de noche; pero ahí no había luna y sin embargo se destacaba el paisaje con una nitidez petrificada, como un paisaje dentro de una bola de vidrio, entiendes; como una vitrina de museo, nítida, precisa, rotulada. Árboles que se perdían en una curva del agua; cielo negro pero de un negro distinto al de los árboles; y el agua, el agua con su discurso silencioso, y yo en la lengua de tierra mirando el centro del río y esperando algo… 

“Recuerdas el escenario con mucha claridad”, me dijo Lucien cuando le describí el lugar. Mas a partir de ese punto empezaba la niebla en el sueño y la cosas se tornaban esquivas, sinuosas como en las pesadillas; el agua era la misma, pero de pronto resonó y fue el chapoteo, el constante chapoteo de las manos buscando tomarse inútilmente de los juncos, rechazadas hacia el lecho del río por la succión de la inmunda boca golosa… Siempre igual, clap, clap, clap, y yo ahí esperando, clap, clap, hasta el horror de que no ocurriera nada y que sin embargo hubiese que seguir así esperando… Porque yo tenía miedo, comprendes Mauricio, dormido como estaba yo tenía miedo a lo que iba a ocurrir… Y cuando vi llegar traído por las aguas el cuerpo del ahogado, fue como un contento de que al fin sucediera algo; una justificación de ese siglo de inmóvil misterio. No sé si te cuento bien las cosas; Lucien estaba un poco pálido cuando yo le dije lo del ahogado; es que nunca controló sus nervios como tú. Tú no deberías ser músico, Mauricio; en ti se ha perdido un gran ingeniero, o un asesino… Bah, para qué vas a contestarme si desvarío… ¿Estás pálido tú también? No, es el anochecer, es la luna que crece y se desprende de los sauces y te golpea la cara; tú no estás pálido, ¿verdad? Lucien sí, cuando le dije lo del ahogado; pero ya no pude contarle mucho más porque ahí se acaba el sueño; no sé si te desilusiona pero en ese punto se termina todo… Yo lo veía pasar, flotando dulcemente boca arriba… y no podía verle la cara. Estaba seguro de conocerlo pero no podía verle la cara. La angustia nacía allí: de saber que ese ahogado me pertenecía en cierto modo, que lazos misteriosamente sensibles se tendían de mí hacia él, y no poder verle la cara… Pero eso no es nada, Mauricio; hay una cosa mucho más horrible… No, no te levantes; quédate aquí, tienes que oír todo. ¿Por qué dijiste el nombre de Lucien? Ahora tienes que oír todo. Hasta esto, que es lo más desesperante; en un cierto momento, cuando el ahogado pasó junto a mí, tan cerca que si él hubiera podido estirar un brazo me habría aferrado por el tobillo… entonces, en ese momento le vi la cara; la luz de mi sueño le daba de lleno y yo le vi la cara y conocí quién era. ¿Entiendes esto? Supe de quién era esa cara y jamás hubiera imaginado que la olvidaría al despertar… Porque cuando me desperté el sueño se interrumpía en ese instante y no fui capaz ya de recordar quién era el muerto. Mauricio, yo sabía quién era pero no lo recordaba; toda mi clarividencia se tornaba ignorancia en la vigilia. Se lo dije a Lucien, estremecido de cólera y de angustia: “No sé quién era y lo más horrible es que le vi la cara, le detallé las facciones y recuerdo, eso sí lo recuerdo, que tuve como un gran grito en las manos, en el pelo, como una revelación espantosa que me galvanizaba…” 

¿Oyes el chapoteo? Así era la tarde en que le conté mi sueño a Lucien y él se marchó muy pálido, porque se impresionaba fácilmente con mis cuentos. Tú no vibras como él; me acuerdo de una noche, en un banco de madera allá por el oeste de la ciudad, cuando le conté a Lucien un relato atroz que acababa de leer; quizá tú lo conozcas, aquel de la mano del mono… Me dio pena ver que entraba demasiado en el cuento, en el clima de opresión y pesadilla… Pero tenía que contarle mi sueño, Mauricio; lo estaba viviendo demasiado como para que él fuese ajeno a ese suceder. Cuando se fue me sentí más aliviado; pero la revelación no vino y seguí todo ese verano, justamente cuando tú salías para el norte, sin lograr el instante de conocimiento, el recuerdo que me permitiera extraer, de lo más hondo, el final de aquella pesadilla. 

No enciendas la luz, me es más fácil hablar así sin que me vean la boca. Ya sabes que no resisto mucho tiempo una mirada, ni siquiera la tuya; así es mejor. Dame un cigarrillo, Mauricio: fuma tú también pero quédate; tienes que oír esto hasta el final. Después harás lo que quieras; hay un revólver en mi escritorio y teléfono en el living. Pero ahora, quédate. Estuviste lejos de nosotros todo ese verano; yo pensé muchas veces en ti cada vez que evocaba nuestros años de estudiantes; su fin, esta vida de hoy, esta independencia tanto tiempo deseada y que se traduce en amargo sabor de soledad… Sí, pensé en ti pero más pensaba en el sueño; y nunca, entiendes, nunca en todas esas noches de insomnio pude llegar más allá… Arribaba con nitidez al momento en que aquello aparecía flotando y se escuchaba nuevamente el chapoteo como manos de ahogados que quisieran salir del río… Allí cesaba todo; todo. ¡Si por lo menos hubiera recordado que sabía! Debe haber sueños piadosos, amigo; sueños que afortunadamente se olvidan al despertar; pero aquello era una obsesión torturante, como el cangrejo vivo en el estómago del pez, vengándose de dentro afuera… Y yo no estaba loco, Mauricio, como no lo estoy ahora; déjate de pensar eso porque te equivocas. Ocurre que aquel sueño se me antojaba real, distinto a los sueños de siempre; había profecía, anuncio… algo así, Mauricio; había amenaza y prevención… Y horror, un horror blanco, viscoso, un horror sagrado… Lucien debía comprenderlo muy bien ya que no volvió a mencionar mi sueño y yo prefería callar, porque en aquellos días en que tú te fuiste estábamos los dos al borde de una separación definitiva. Cansados mutuamente de inútiles concesiones, de perpetuar afectos que en él habían muerto y que yo debía matar a mi vez… ¿No sospechabas tú una cosa así? Ah, es que Lucien no te lo hubiera dicho; tampoco yo. Nuestro mundo era otra cosa. Nuestro, sabes; imposible cederlo a otros aunque sólo fuese para explicar. Y llegábamos al fin de ese mundo y era necesario abolir sus puertas, seguir caminos divergentes… Yo no creía que existiera odio entre nosotros; oh, no, Mauricio, tú sabes que yo jamás habría podido creer eso, y cuando Lucien venía a casa íbamos a pasear como antes, corteses y amables, cuidando de no herir pero sin ahondar en lo que estaba muerto… Caminábamos sobre hojas secas; pesados colchones de hojas secas a la orilla del río… Y el silencio era casi dulce; y parecía de improviso como si todavía se pudiera pensar en quererse de nuevo, en retornar a la amistad de otros días… Pero todo nos apartaba ahora; el vernos, el hablar, rutinas que nos enervaban vanamente. 

Entonces, él me dijo: “Es una bella noche; caminemos”. Y, como podríamos hacerlo nosotros ahora, Mauricio, salimos del bungalow y bordeamos la caleta hasta encontrar la orilla preferida. No decíamos nada, comprendes, porque nada teníamos ya que decirnos, pero toda vez que yo miraba a Lucien me parecía que estaba pálido y como preparándose a definir una situación imprecisa que lo atormentaba. Andábamos, andábamos, y no sé cuánto tiempo seguimos así entrando en zonas que yo no conocía, lejos de esta casa, más allá del radio habitado, en la parte donde el río empieza a quejarse y a flexionar su cintura como una víbora quemándose; andábamos, andábamos. Sólo se oían nuestros pasos, blandos en las hojas secas, y el chapoteo en la orilla. Nunca podré olvidar esas horas, Mauricio, porque era como ir hacia un sitio indeterminado pero sabiendo que es necesario llegar… ¿para qué? Lo ignoraba, y cada vez que volvía la cara hacia Lucien encendía en sus ojos un brillo frío, ausente, como de luna. No hablábamos; pero todo hablaba desde fuera, todo parecía impulsarnos a avanzar, avanzar; y yo no podía olvidarme del sueño, ahora que esa ruta en la noche empezaba a parecerse tanto a aquel sueño de tiempos pasados… Cierto que no volaba sobre el río con las piernas encogidas; cierto que ahora Lucien estaba conmigo; pero de una manera inexplicable esa noche era la noche del sueño y por eso, cuando después de un recodo de la orilla me encontré súbitamente en el mismo escenario donde había soñado la horrible escena, apenas me sorprendí. Fue más bien como un reconocimiento, entiendes; como llegar a un sitio donde jamás se ha estado pero que se conoce por fotografías o por conversaciones. Me acerqué al borde del agua y vi la lengua de tierra pantanosa que permitía entrar ligeramente en el río. Vi la luz nocturna, marcando tímidamente el decorado de los árboles, oí con más fuerza el chapoteo en la orilla. Y Lucien estaba a mi lado, Mauricio, y él también, como si se hubiera acordado de pronto de mi descripción, parecía recordar… 

Espera, espera… No quiero quo te vayas, tengo que decirte todo. ¿No oyes los ruidos, afuera? Es que algo busca entrar en el bungalow desde que cae la noche; y esta noche no podría resistirlo, Mauricio, no podría. Quédate ahí; ya vendrá Lola y entonces decidirás lo que quieras. Deja que te diga el resto, el momento en que me incliné sobre el río y después miré a Lucien como diciéndole: “Ahora va a llegar”. Y cuando miré a Lucien, pensando en el sueño, tuve la impresión… ¿cómo explicártelo?… tuve la sensación de que él también estaba dentro del sueño, dentro de mi pensamiento, formando parte de una atroz realidad fuera de los cuadros normales de la vida; me pareció que el sueño iba a recomenzar allí… No, no era eso; me pareció como si el sueño hubiera sido la profecía, la presciencia de algo que iba a ocurrir allí, justamente en ese sitio donde yo no había estado jamás en la vigilia; en ese sitio que encontrábamos después de una marcha sin sentido pero oscuramente necesaria. 

Le dije a Lucien: “¿Te acuerdas de mi sueño?”. Y él me contestó: “Sí, y éste es el lugar, ¿no es cierto?”. Yo noté que sonaba ronca su voz; dije: “¿Cómo sabes que éste es el sitio?”. Él vaciló, estuvo un momento callado y después confesó lentamente: “Porque yo he pensado en un sitio así; yo he necesitado un sitio así. Tú has soñado un sueño ajeno…”. Y cuando me dijo eso, Mauricio, cuando me dijo eso yo tuve como una gran luz en el cerebro, como un estallido deslumbrador y me pareció que iba a recordar el final del sueño. Cerré los ojos y dije para mí: “Voy a recordar… voy a recordar…”. Y todo fue un instante, y recordé. Vi al ahogado, delante mío, casi tocándome los tobillos, a la deriva, y le vi la cara. Y la cara del ahogado era la mía, Mauricio, la cara del ahogado era la mía… 

Quédate, por Dios… ya termino. Recuerdo que abrí los ojos y miré a Lucien. Estaba ahí a dos pasos, con los ojos hundidos en los míos. Repitió lentamente: “Yo he necesitado un sitio así. Tú has soñado un sueño ajeno, Gabriel… Tú has soñado mi propio pensamiento”. Y no dijo nada más, Mauricio, pero ya no hacía falta, tú comprendes; ya no hacía falta que él dijese una sola palabra más. 

¿Oyes el chapoteo afuera…? Son las manos que quieren aferrarse a los juncos, toda la noche, toda la noche… Empieza al caer la tarde y sigue toda la noche… Oye, allí… ¿oyes un chapoteo más fuerte, más imperioso? Yo sé que entre todas las manos de ahogados que quieren salvarse del río hay unas manos, Mauricio… unas manos que a veces logran aferrarse al barro… alcanzar las maderas de la caleta… y entonces el ahogado sale del agua… ¿No lo oyes? Sale del agua; te digo, y viene… viene aquí, pisoteando los frascos de bromuro, el veronal, la morfina… Viene aquí, Mauricio, y yo tengo que correr hacia él y destruir otra vez el sueño, entiendes… Destruir el sueño, arrojándolo otra vez al río para verlo flotar, para verlo pasar junto a mí con una cara que ya no es la mía, que ya no es la del sueño… Yo he vencido al sueño, Mauricio, yo he roto la profecía; pero él vuelve todas las noches y alguna vez me llevará con él… No te vayas, Mauricio… Me llevará con él, te digo, y seremos dos, y el sueño habrá cumplido sus imágenes… Allá afuera, Mauricio, oye el chapoteo, oye… Vete ahora, si quieres; déjalo que salga del agua, déjalo entrar. Puedes hacer lo que quieras, es lo mismo. Yo vencí al sueño, yo di vuelta el destino, comprendes; pero de nada vale todo eso porque el río me espera y dentro del río están esas manos y esa cara, injustamente rendidas a su boca sedienta. Y yo tendré que ir, Mauricio, y la lengua de tierra me verá pasar alguna noche, boca arriba, magnífico de luna, y el sueño estará completo, completo… El sueño estará completo, Mauricio, el sueño estará al fin completo. 

1941 

En Papeles inesperados
Madrid, Santillana Ediciones, 2010
Foto:  JC en Nicaragua, 1983 © Diego Goldberg/Sygma/Corbis