8 oct. 2011

Juan Rodolfo Wilcock - Absalón Amet






Absalón Amet, relojero de La Rochelle, puede llamarse en cierto modo el precursor  oculto de una parte no despreciable de lo que más adelante sería denominado la filosofía moderna -tal vez de toda la filosofía moderna-, y más exactamente de aquel amplio sector de investigación con fines superfluos o decorativos que consiste en la casual aproximación de vocablos que en la práctica corriente rara vez mantienen contacto entre sí, con la consiguiente deducción del sentido o de los sentidos que eventualmente se puedan desprender del conjunto; por ejemplo: «La Historia es el movimiento de la nada hacia el tiempo», y combinaciones semejantes. Hombre del siglo XVIII, hombre habilidoso, Amet jamás pretendió la sátira o el conocimiento; hombre de mecanismos, no quiso mostrar otra cosa que un mecanismo. En el cual se ocultaba amenazador -pero él no lo sabía- un hormigueante futuro de deshonestos profesores de semiótica y de brillantes poetas de vanguardia.

Amet había inventado y fabricado un Filósofo Universal que al comienzo ocupaba la mitad de una mesa pero que al final llenaba toda una habitación. El aparato consistía esencialmente en un conjunto bastante sencillo de ruedas movidas por muelles y reguladas en su movimiento por un mecanismo especial de resorte que detenía periódicamente el engranaje. Cinco (en la versión inicial) ruedas coaxiales, de diámetro diferente, con otros tantos cilindros gruesos y pequeños, enteramente recubiertos de etiquetas, cada una de las cuales llevaba escrito encima un vocablo. Estas etiquetas iban pasando sucesivamente ante una pantalla de madera dotada de ventanillas rectangulares de modo que en cada pausa, mirando por el otro lado de la pantalla, podía leerse una frase, siempre casual pero no siempre desprovista de sentido. Marie Plaisance Amet, única hija del relojero, leía estas frases y transcribía las más curiosas o apodícticas en su grueso cuaderno de contable.

Los vocablos del primer cilindro eran todos sustantivos, precedido cada uno de ellos del correspondiente artículo. En el segundo cilindro estaban los verbos. En el tercero, las preposiciones, propias e impropias. En el cuarto, estaban escritos los adjetivos y en el quinto de nuevo los sustantivos, diferentes, sin embargo, de los del primero. Los cilindros se podían hacer subir o bajar a voluntad, lo que permitía una variedad casi infinita de combinaciones. De todos modos, esta primera forma del Filósofo Universal, à six mots, seguía siendo evidentemente demasiado rudimentaria, a partir del momento en que sólo podía ofrecer pensamientos del tipo: «La vida-gira-hacia-igualpunto », «La mujer-elige-bajo-bajos-impulsos», «El universo-nace-de-mucha-pasión», u otros más frívolos todavía.

Para un mecánico experto como Amet, confeccionar un Filósofo más evolucionado, capaz, por tanto, de producir giros sintácticos más atrevidos y sentencias más memorables, sólo era cuestión de paciencia y de tiempo, dos cualidades que estaba claro que la desaparecida comunidad protestante de La Rochelle no regateaba a sus miembros. Añadió adverbios de todo tipo: de modo, lugar, tiempo, cantidad, calidad; añadió conjunciones, negaciones, verbos sustantivados y cien refinamientos semejantes. A medida que el relojero insertaba ruedas, cilindros, y ventanillas en la pantalla de lectura, el Filósofo aumentaba de volumen, y también de superficie. El ruido los engranajes evocaba a la joven Plaisance el rumor interior de un cerebro atareado, mientras a la luz de una, dos y finalmente tres velas, cada paso le ofrecía un pensamiento, cada combinación un motivo de reflexión, en sus largas tardes de otoño frente al gris océano.

No es que no anotase en su cuaderno frases del tipo: «El gato es indispensable para el progreso de la religión», o bien «Mañana casarse no vale un huevo inmediatamente»; pero ¡cuántas veces sin saberlo registró su pluma conceptos entonces oscuros y que un siglo, dos siglos después, serían llamados frases luminosas! En la colección publicada en Nantes en 1774, a nombre de Absalón y Plaisance Amet con el título de Pensées et Mots Choisis du Philosophe Mécanique Universel, encontramos por ejemplo una frase de Lautréamont: «Los peces que alimentas no se juran fraternidad», otra de Rimbaud: «La música sapiente falta a nuestro deseo», una de Laforgue: « El sol depone la estola papal». ¿Qué sentido de la irrealidad futura indujo a la joven -o a su padre en su lugar- a elegir entre millares de frases insensatas éstas que un día merecerían ser antologiadas?

Pero tal vez son más notables las de carácter estrictamente filosófico, en el sentido más amplio de la palabra. Sorprende leer en un libro de 1774: «Todo lo real es racional »; «El hervido es la vida, el asado es la muerte»; «El infierno son los demás»; «El arte es sentimiento»; «El ser es devenir para la muerte»; y tantas otras combinaciones del mismo tipo convertidas hoy en más o menos ilustres.

No sorprende, en cambio, saber que los tres únicos ejemplares que quedan del libro de los Amet se encuentran ahora, los tres, en la pequeña y desordenada biblioteca municipal de Pornic, Bajo Loira. Tal vez ya sea tarde para descubrirlos: no tardará en llegar un día, en efecto, si es que no ha llegado ya, en que todas las proposiciones del Filósofo Mecánico Universal, y otras muchas más combinaciones de vocablos, habrán sido acogidas con el debido respeto en el seno generoso de la Historia del Pensamiento Occidental.


En La sinagoga de los iconoclastas