12 oct. 2011

Ian McEwan: Expiación (Primera parte, I)





Briony escribió la obra —para la que ella misma había diseñado los carteles, los programas y las entradas, construido la taquilla con una cartulina doblada por un lado, y forrado la caja de recaudación con papel crepé rojo— en una tormenta compositiva que duró dos días y que le hizo saltarse un desayuno y un almuerzo. Cuando los preparativos hubieron terminado, no le quedó nada más por hacer que contemplar el borrador acabado y aguardar la aparición de sus primos del lejano norte. Sólo habría un día para ensayar antes de que llegara su hermano. Por momentos gélida, a ratos tristísima, la obra refería la historia de un alma cuyo mensaje, transmitido en un prólogo en verso, era que el amor que no asentaba sus cimientos en la sensatez estaba condenado. La temeraria pasión de la heroína, Arabella, por un malvado conde extranjero es castigada con el infortunio cuando ella contrae el cólera durante un avance impetuoso hacia una ciudad costera con su prometido. Abandonada por él y por casi todo el mundo, postrada en cama en una buhardilla, descubre que posee sentido del humor. La fortuna le ofrece una segunda oportunidad en forma de médico empobrecido: en verdad, se trata de un príncipe disfrazado que ha elegido ocuparse de los necesitados. Curada por él, esta vez Arabella elige sensatamente y obtiene la recompensa de la reconciliación con su familia y una boda con el príncipe médico, «un día ventoso y soleado de primavera».

La señora Tallis leyó las siete páginas de Las tribulaciones de Arabella en su dormitorio, ante su tocador, mientras los brazos de la autora le rodeaban el cuello. Briony examinó la cara de su madre en busca de cada rastro de emoción cambiante, y Emily Tallis correspondió con expresiones de alarma, risas de alegría y, al final, sonrisas de gratitud y gestos de juicioso asentimiento. Cogió a su hija en brazos, la sentó en su regazo —ah, aquel cuerpecito terso y cálido que ella recordaba de la infancia y que todavía no había perdido, no del todo— y dijo que la obra era «magnífica», y accedió al instante, cuchicheando en la tensa voluta de la oreja de la niña, a que esta palabra suya se citase en el cartel que habría en el vestíbulo, colocado sobre un caballete, junto a la taquilla. 

Briony difícilmente podía saberlo entonces, pero aquél era el punto culminante del proyecto. Nada igualaba aquella satisfacción, todo lo demás eran sueños y frustración. Había momentos en los anocheceres de verano, después de haber apagado la luz, en que, acurrucándose en la penumbra deliciosa de su cama doselada, hacía que el corazón le palpitase con luminosas y anhelantes fantasías, obras breves en sí mismas, en cada una de las cuales aparecía León. En una, su carota bondadosa se contraía de pena cuando Arabella estaba desesperada y sola. En otra la sorprendían, cóctel en mano en algún abrevadero de moda, alardeando ante un grupo de amigos: Sí, mi hermana pequeña, Briony Tallis, la escritora, sin duda habéis oído hablar de ella. En una tercera daba un puñetazo exultante en el aire cuando caía el telón, aunque no había telón ni posibilidad de que lo hubiera. Su obra no era para sus primos, era para su hermano, para celebrar su regreso, provocar su admiración y apartarle de su alegre sucesión de novias para orientarle hacia la clase idónea de esposa, la que le convencería de que volviese al campo, la que dulcemente pediría que Briony oficiase como dama de honor. 

Era una de esas niñas poseídas por el deseo de que el mundo fuera exactamente como era. Mientras que el cuarto de su hermana mayor era un desbarajuste de libros sin cerrar, ropas sin doblar, cama sin hacer, ceniceros sin vaciar, el de Briony era un santuario erigido a su demonio dominante: la granja en miniatura que se extendía a lo largo de un ancho alféizar contenía los animales habituales, pero todos miraban hacia un mismo lado —hacia su ama—, como si estuvieran a punto de cantar, y hasta las gallinas del corral estaban meticulosamente guardadas en el corral. De hecho, el cuarto de Briony era la única habitación ordenada de todas las del piso superior de la casa. Las muñecas, con la espalda rígida en su casa de muchas habitaciones, parecían haber recibido instrucciones severas de no tocar las paredes; las diversas figuras, del tamaño de un pulgar, colocadas de pie en el tocador —vaqueros, submarinistas, ratones humanoides— recordaban por el orden y la distancia que reinaba en sus filas a un ejército de ciudadanos a la espera de órdenes. 

El gusto por las miniaturas era un rasgo de un espíritu ordenado. Otro era la pasión por los secretos: en un precioso buró barnizado, en un cajón secreto que se abría presionando el extremo de un ingenioso ensamblaje a cola de milano, guardaba un diario cerrado con un broche y un cuaderno escrito en un código inventado por ella. En una caja de caudales de juguete, con una combinación de seis números secretos, guardaba cartas y postales. Tenía una vieja cajita de hojalata escondida debajo de una tabla suelta debajo de la cama. En la cajita había tesoros que databan de hacía cuatro años, desde su noveno cumpleaños, cuando empezó a coleccionar: una muíante bellota doble, pirita de hierro, un hechizo para provocar la lluvia comprado en una feria, una calavera de ardilla liviana como una hoja. 

Pero cajones secretos, diarios bajo llave y sistemas criptográficos no le ocultaban a Briony la sencilla verdad: que no tenía secretos. Su anhelo de un mundo organizado y armonioso le denegaba las posibilidades temerarias de una mala conducta. El tumulto y la destrucción eran, para su gusto, demasiado caóticos, y en su talante no había crueldad. Su estatuto, en la práctica, de hija única, y el relativo aislamiento de la casa Tallis, la apartaban, al menos durante las largas vacaciones del verano, de las intrigas femeniles con amigas. Nada en su vida era lo bastante interesante o vergonzoso para merecer un escondrijo; nadie sabía lo de la calavera de ardilla debajo de su cama, pero nadie quería saberlo. Nada de esto representaba para ella una congoja especial; o, mejor dicho, parecía representarlo sólo retrospectivamente, cuando se hubo encontrado una solución. 

A la edad de once años había escrito su primer relato; una tontería, una imitación de media docena de cuentos populares y desprovisto, como comprendió más tarde, de ese conocimiento vital de las cosas del mundo que inspira respeto a un lector. Pero esta torpe primera tentativa le enseñó que la imaginación era en sí misma una fuente de secretos: una vez empezada una historia, no se la podía contar a nadie. Fingir con palabras era algo demasiado inseguro, demasiado vulnerable, demasiado embarazoso para que alguien lo supiera. Hasta escribir los eya dijo y los y entonses le daba escalofríos, y se sentía una tonta al simular que conocía las emociones de una criatura imaginaria. Al describir la debilidad de un personaje era inevitable exponer la suya propia; el lector no podía no conjeturar que estaba describiéndose a sí misma. ¿Qué otra autoridad podía tener ella? Sólo cuando un relato estaba terminado, todos los destinos resueltos y toda la trama cerrada de cabo a rabo, de suerte que se asemejaba, al menos en este aspecto, a todos los demás relatos acabados que había en el mundo, podía sentirse inmune y en condiciones de agujerear los márgenes, atar los capítulos con un bramante, pintar o dibujar la cubierta e ir a enseñar la obra concluida a su madre o a su padre, cuando estaba en casa. 

Sus esfuerzos recibieron aliento. De hecho, fueron bien acogidos porque los Tallis empezaban a entender que la benjamina de la familia poseía una mente extraña y facilidad para las palabras. Las largas tardes que pasaba consultando diccionarios y tesauros explicaban construcciones que eran incongruentes, pero de un modo inquietante: las monedas que un maleante escondía en sus bolsillos eran «esotéricas», un matón sorprendido en el acto de robar un automóvil lloraba «con indecorosa autoexculpación»; la heroína a lomos de un semental pura sangre hacía un viaje «somero» en plena noche, la frente arrugada del rey era un «jeroglífico» de su desagrado. Briony era exhortada a leer sus narraciones en voz alta en la biblioteca, y a sus padres y a su hermana mayor les asombraba oír a la niña apacible leyendo con tanto aplomo, haciendo grandes gestos con el brazo libre, arqueando las cejas al hacer las voces, y levantando la vista de la página durante varios segundos a medida que leía, con el fin de mirar una tras otra las caras de todos y exigir sin el menor empacho la atención total de su familia mientras vertía su sortilegio narrativo. 

Aunque no hubiese contado con la atención, el aplauso y el placer evidente de sus familiares, habría sido imposible impedir que Briony escribiera. En cualquier caso, estaba descubriendo, como muchos escritores antes que ella, que no todo reconocimiento es útil. El entusiasmo de Cecilia, por ejemplo, parecía un poco exagerado, quizás teñido de condescendencia, y además entrometido; su hermana mayor quería que todas sus obras encuadernadas fueran catalogadas y colocadas en los anaqueles de la biblioteca, entre Rabindranath Tagore y Quinto Tertuliano. Si aquello pretendía ser una broma, Briony hizo caso omiso. Ya estaba encauzada, y había encontrado satisfacción en otros planos; escribir relatos no sólo entrañaba secreto, sino que también le brindaba todos los placeres de miniaturizar. Se podía construir un mundo en cinco páginas, y hasta más placentero que una granja en miniatura. La infancia de un príncipe mimado podía comprimirse en media página; un rayo de luz de luna sobre un pueblo dormido era una frase rítmicamente enfática; era posible describir el hecho de enamorarse con una sola palabra: una mirada. Toda la vida que contenían las páginas de un cuento recién terminado parecía vibrar en su mano. Su pasión por el orden también se veía satisfecha, pues se podía ordenar un mundo caótico. Se podía hacer que una crisis en la vida de una heroína coincidiera con granizo, vendavales y truenos, mientras que las ceremonias nupciales, por lo general, gozaban de buena luz y brisas suaves. El amor al orden configuraba asimismo los principios de la justicia, en los que la muerte y el matrimonio eran los motores para el gobierno de un hogar, el primero reservado en exclusiva para lo moralmente dudoso, y el segundo como premio postergado hasta la última página. 

La obra que había escrito para el regreso de León a casa era su primera incursión en el teatro, y el cambio de género le había parecido muy fácil. Era un alivio no tener que escribir eya dijo, ni tener que describir el clima, el comienzo de la primavera o la cara de la heroína; había descubierto que una variación infinita. Un universo reducido a lo que se decía en él representaba el orden, en efecto, casi hasta el extremo de la inanidad, y, para compensar, cada frase se enunciaba enfatizando al máximo un sentimiento u otro, al servicio de lo cual era indispensable el signo de admiración. Puede que Las tribulaciones de Arabella fuera un melodrama, pero su autora no conocía aún ese vocablo. La obra no se proponía inspirar risa, sino terror, alivio e instrucción, por este orden, y la inocente intensidad con que Briony emprendió el proyecto —los carteles, las entradas, la taquilla— la hacía especialmente vulnerable al fracaso. Le habría sido fácil recibir a León con otro de sus relatos, pero fue la noticia de la llegada de sus primos del norte lo que la había empujado a dar el salto hacia un género nuevo. 

A Briony debería haberle importado más que Lola, que tenía quince años, y los dos gemelos de nueve, Jackson y Pierrot, fuesen refugiados de una acerba guerra civil doméstica. Había oído a su madre criticar la conducta impulsiva de su hermana pequeña, Hermione, y lamentar la situación de los tres niños, y denunciar a su cuñado, Cecil, pusilánime y evasivo, que había huido a la seguridad de All Souls College, en Oxford. Briony había oído a su madre y a su hermana Cecilia analizar las últimas novedades y agravios, las acusaciones y las réplicas a éstas, y sabía que la visita de sus primos tendría una duración indefinida y que quizás se prolongase hasta el comienzo de las clases. Había oído decir que la casa podía absorber con facilidad a tres niños, y que los Quincey podrían quedarse tanto tiempo como quisieran, siempre que los padres, si les visitaban los dos al mismo tiempo, se abstuvieran de dirimir sus querellas en el hogar de los Tallis. Habían limpiado el polvo de dos habitaciones cercanas a la de Briony, habían colgado cortinas nuevas y trasladado muebles de otros cuartos. Normalmente, ella habría participado en estos preparativos, pero casualmente coincidieron con una racha de escritura de dos días y con la reconstrucción de la fachada. Vagamente sabía que el divorcio era una aflicción, pero no lo consideraba un tema apropiado, y no pensaba en ello. Era un desenlace mundano irreversible, y por lo tanto no ofrecía oportunidades a un narrador: pertenecía al reino del desorden. Lo bueno era el matrimonio o, mejor dicho, una boda, acompañada de la pureza formal de la virtud recompensada, de la emoción de la pompa y del banquete, y de la promesa de vértigo de una unión de por vida. Una buena boda era la representación inconfesada de lo que todavía era impensable: el gozo sexual. En las naves de iglesias rurales y de grandiosas catedrales urbanas, en presencia de una sociedad completa de familia y amigos que aprobaban el acto, las heroínas y los héroes de Briony alcanzaban sus climax inocentes sin necesidad de ir más lejos. 

Si el divorcio se hubiera presentado como la antítesis ruin de todo esto, habría sido fácil arrojarlo al otro platillo de la balanza, junto con la perfidia, la enfermedad, el robo, las agresiones y las mentiras. Pero ofrecía una faz nada atractiva de complejidad insípida y discusión incesante. Al igual que el rearme, la cuestión de Abisinia y la jardinería, lisa y llanamente no era un tema, y cuando, después de una larga espera la mañana del sábado, Briony oyó por fin el sonido de ruedas sobre la grava que había debajo de la ventana de su cuarto, y agarró al vuelo sus páginas y bajó corriendo las escaleras, cruzó el vestíbulo y salió a la luz cegadora del mediodía, no fue tanto la insensibilidad como la reconcentrada ambición artística la que la impulsó a gritar a sus aturdidos y jóvenes visitantes, apretujados con su equipaje junto al carruaje: «Ya he escrito vuestros papeles. ¡Primera función, mañana! ¡Los ensayos empiezan dentro de cinco minutos!»

Inmediatamente aparecieron su madre y su hermana para decretar un horario más flexible. Los recién llegados —los tres, pelirrojos y pecosos— fueron conducidos a sus habitaciones, sus cajas fueron acarreadas por Danny, el hijo de Hardman, hubo un refresco en la cocina, un recorrido por la casa, un baño en la piscina y el almuerzo en el jardín del sur, a la sombra de las parras. Durante todo ese tiempo, Emily y Cecilia Tallis mantuvieron un ajetreo que sin duda privó a los huéspedes de la comodidad que supuestamente debía conferirles. Briony sabía que si hubiese viajado trescientos kilómetros para llegar a una casa extraña, las preguntas inteligentes y los comentarios jocosos, y el que le dijeran de cien maneras distintas que era libre de elegir, la habrían envarado. Nadie comprendía, en general, que lo que más querían los niños era que les dejasen en paz. Sin embargo, los Quincey se esforzaron mucho en fingir que el recibimiento les divertía y les liberaba, lo cual era un buen presagio para Las tribulaciones de Arabella: estaba claro que el trío poseía el don de ser lo que no era, aunque se parecían bien poco a los personajes que iban a representar. Antes del almuerzo, Briony se escabulló a la sala de ensayos vacía —el cuarto de juegos— y deambuló de un lado a otro de los tablones pintados, considerando las opciones referentes al reparto. 

A la vista de aquello, era improbable que Arabella, que tenía el pelo tan moreno como Briony, descendiese de padres pecosos o se fugase con un pecoso conde extranjero, alquilase una buhardilla a un posadero con pecas, se enamorase de un príncipe pecoso y se casara ante un párroco con pecas ante una feligresía igualmente pecosa. Pero la cosa iba a ser así. La tez de sus primos era demasiado nítida —¡casi fluorescente!— para poder ocultarla. Lo mejor que se podía decir es que la cara sin pecas de Arabella era el signo —el jeroglífico, quizás Briony hubiese escrito— de su distinción. Su pureza de espíritu jamás se pondría en duda, aunque ella se moviese en un mundo mancillado. Había un problema adicional con los gemelos: nadie que no los conociese podía distinguirlos. ¿Estaba bien que el malvado conde se pareciese tanto al guapo príncipe, o que los dos se pareciesen al padre de Arabella y al párroco? ¿Y si Lola hacía de príncipe? Jackson y Pierrot tenían aspecto de ser los típicos niños afanosos que seguramente harían lo que les dijeran. ¿Pero su hermana interpretaría a un hombre? Tenía los ojos verdes, huesos prominentes en la cara y las mejillas hundidas, y en su reticencia había algo frágil que sugería una voluntad fuerte y un genio muy vivo. El mero ofrecimiento a Lola de aquel papel tal vez provocase un conflicto, y, a decir verdad, ¿podría Briony cogerle de la mano delante del altar mientras Jackson recitaba la fórmula solemne del rito anglicano? 

Hasta las cinco de aquella tarde no pudo congregar a su elenco en el cuarto de juegos. Había colocado tres taburetes en fila, y ella acomodó el trasero en una antigua trona: un toque bohemio que le dio la ventaja de altura de un arbitro de tenis. Los gemelos acudieron a regañadientes desde la piscina, donde habían estado tres horas seguidas. Estaban descalzos y llevaban camisetas encima de los bañadores que goteaban sobre el suelo de madera. También les caía por el cuello agua procedente de su pelo enmarañado, y los dos tiritaban y sacudían las rodillas para entrar en calor. La larga inmersión les había arrugado y blanqueado la piel, por lo que sus pecas reaparecieron a la luz relativamente tenue del cuarto. Su hermana, que se sentó entre ellos dos, con la pierna izquierda en equilibrio sobre la rodilla derecha, guardaba, por contraste, una compostura perfecta tras haberse asperjado profusamente de perfume y puesto un vestido de cuadros verdes para compensar sus otros colores. Sus sandalias mostraban una pulsera en el tobillo y las uñas de los pies pintadas de bermellón. Ver aquellas uñas produjo en el esternón de Briony una sensación opresiva, y supo al instante que no podía pedirle a Lola que interpretara al príncipe. 

Todo el mundo ocupaba su sitio y la dramaturga estaba a punto de empezar su pequeña alocución, resumiendo la trama y evocando la emoción de actuar ante un auditorio adulto la noche siguiente en la biblioteca. Pero fue Pierrot quien habló primero. 
—Odio las obras de teatro y todas esas cosas. 
—Yo también, y disfrazarme —dijo Jackson. 

Durante el almuerzo habían explicado que a los gemelos se les distinguía porque a Pierrot le faltaba un triángulo de carne en el lóbulo de la oreja izquierda, por culpa de un perro al que había atormentado cuando tenía tres años. 

Lola apartó la vista. Briony dijo, juiciosamente: 
—¿Cómo puedes odiar el teatro? 
—Sólo sirve para lucirse —dijo Pierrot, y se encogió de hombros mientras enunciaba esta evidencia. 

Briony supo que tenía razón. Por eso precisamente ella adoraba las obras de teatro, o por lo menos la suya; todo el mundo la adoraría a ella. Al mirar a sus primos, debajo de cuyas sillas se estaba encharcando agua que luego se filtraba por las grietas entre las tablas, supo que nunca comprenderían su ambición. La indulgencia suavizó su tono. 
—¿Tú crees que Shakespeare sólo quería lucirse? Pierrot miró hacia Jackson por encima de las rodillas de su hermana. Aquel nombre bélico le era vagamente familiar, con su tufillo a escuela y a certeza adulta, pero los gemelos se infundían valor mutuamente. 
—Todo el mundo sabe que sí. 
—Segurísimo. Cuando Lola hablaba, primero se dirigía a Pierrot y a mitad de la frase se volvía en redondo para terminarla dirigiéndose a Jackson. En la familia de Briony, la señora Tallis nunca tenía nada que comunicar que requiriese decírselo simultáneamente a las dos hermanas. Ahora Briony vio cómo se hacía.
—O actuáis en la obra u os lleváis un tortazo y después hablo con «los padres». 
—Si nos das un tortazo, nosotros hablaremos con «los padres». 
—O actuáis en esta obra o hablaré con «los padres». Que la amenaza hubiese sido claramente rebajada no pareció disminuir su poder. Pierrot se chupó el labio inferior. 
—¿Por qué tenemos que hacerlo? La pregunta lo concedía todo, y Lola trató de revolverle el pelo pringoso.
—¿Te acuerdas de lo que han dicho «los padres»? Somos invitados en esta casa y debemos portarnos..., ¿cómo debemos portarnos? Venga. Dime cómo. 
—Dócilmente —dijeron los gemelos a coro, compungidos, tropezándose apenas con la palabra rara. 
Lola se volvió hacia Briony y sonrió. 
—Por favor, cuéntanos tu obra. 

«Los padres». Cualquier poder institucional que encerrase este plural, fuera la que fuese, estaba a punto de desmoronarse o ya lo había hecho, pero por ahora no podían saberlo, y exigía valor hasta de los más jóvenes. Briony se avergonzó súbitamente del egoísmo de su conducta, pues no se le había ocurrido pensar que sus primos no quisieran representar sus personajes en Las tribulaciones de Arabella. Pero tenían sus tribulaciones, una catástrofe propia, y ahora, en su calidad de huéspedes en su casa, se creían obligados. Lo que aún era peor, Lola había dejado claro que ella también actuaría a disgusto. Estaba coaccionando a los vulnerables Quincey. Y, sin embargo —Briony se esforzaba en captar el difícil pensamiento—, ¿no había una manipulación allí, no estaba Lola utilizando a los gemelos para expresar algo en su nombre, algo hostil y destructivo? Briony sintió la desventaja de ser dos años más joven que la otra chica, de tener dos años menos de refinamiento, y ahora su obra le parecía algo deprimente y bochornoso. 

Evitando todo el rato la mirada de Lola, empezó a resumir la trama, pese a que la estulticia de la misma comenzaba a abrumarla. Ya no le quedaban ánimos para inventar para sus primos la emoción de la primera noche. 

En cuanto hubo terminado, Pierrot dijo: 
—Quiero ser el conde. Quiero ser un malvado. 
Jackson se limitó a decir: 
—Yo soy el príncipe. Siempre soy un príncipe. 
Briony habría podido atraerles hacia ella y besarles la carita, pero dijo: 
—De acuerdo, entonces. 
Lola descruzó las piernas, se alisó el vestido y se levantó, como si fuera a irse. Habló con un suspiro de tristeza o resignación. 
—Supongo que como tú has escrito la obra, serás Arabella... 
—Oh, no —dijo Briony—. No. Nada de eso. 

Decía que no, pero quería decir «sí». Por supuesto que ella interpretaba el papel de Arabella. A lo que objetaba era al «como tú» de Lola. No hacía de Arabella porque había escrito la obra, sino porque ninguna otra posibilidad se le había pasado por la cabeza, porque así era como León iba a verla, porque ella era Arabella. 

Pero había dicho que no, y ahora Lola decía dulcemente: 
—En ese caso, ¿no te importa que lo haga yo? Creo que lo haría muy bien. En realidad, de nosotras dos...
Dejó la frase en suspenso, y Briony la miró fijamente, incapaz de evitar una expresión de horror, incapaz de hablar. Sabía que le estaba arrebatando el papel, pero no se le ocurría nada que decir para recuperarlo. Lola aprovechó el silencio de Briony para apuntalar su ventaja. 
—Tuve una larga enfermedad el año pasado, así que también puedo hacer muy bien esa parte. ¿También? Briony no acertaba a ponerse a la altura de la chica más mayor. La desdicha de lo inevitable le enturbiaba el pensamiento. 
Uno de los gemelos dijo, con orgullo: 
—Y actuaste en la obra del colegio. 

¿Cómo decirles que Arabella no tenía pecas? Tenía la piel clara y el pelo negro, y sus pensamientos eran los de Briony. Pero ¿cómo iba a negárselo a una prima tan alejada de su hogar y cuya vida familiar había naufragado? Lola le leía la mente, pues entonces jugó su baza definitiva, el as irrecusable. 
—Di que sí. Es lo único bueno que me ha sucedido en meses

Sí. Incapaz de apretar la lengua contra esta palabra, Briony se limitó a asentir con la cabeza, y sintió al hacerlo un malhumorado escalofrío de aquiescencia autodestructiva que se le extendía por la piel y se expandía hacia fuera de ella, oscureciendo la habitación con sus pulsaciones. Tuvo ganas de marcharse, de tumbarse a solas, de bruces en su cama, para saborear el gusto repugnante del momento, y remontar las consecuencias ramificadas hasta el punto a partir del cual la destrucción había empezado. Necesitaba contemplar con los ojos cerrados toda la riqueza que había perdido, a la que había renunciado, y prever el nuevo régimen. No sólo había que tener en cuenta a León, sino ¿qué iba a pasar con el vestido antiguo de satén crema y melocotón que su madre tenía preparado para ella, para la boda de Arabella? No iban a dárselo a Lola. ¿Cómo iba su madre a negárselo a la hija que la había amado durante todos aquellos años? Al ver que el vestido se ajustaba perfectamente a los contornos de su prima y observar la sonrisa cruel de su madre, Briony supo que su única alternativa razonable sería en ese caso huir, vivir debajo de setos, comer bayas y no hablar con nadie hasta que un silvicultor la encontrase un amanecer de invierno, al pie de un roble gigantesco, hermosa y muerta y descalza, o tal vez con las zapatillas de ballet de cintas rosas...

Compadecerse a sí misma reclamaba toda su atención, y únicamente a solas podría infundir vida a los detalles lacerantes, pero en el instante en que asintió —¡cómo una simple inclinación de cabeza podía cambiar una vida!—, Lola ya había recogido del suelo el bulto del manuscrito de Briony y los gemelos se habían deslizado de sus sillas para seguir a su hermana al espacio central del cuarto que Briony había despejado la víspera. ¿Se atrevería a marcharse ahora? Lola deambulaba por las tablas con una mano en la frente mientras hojeaba las primeras páginas de la obra, murmurando las líneas del prólogo. Anunció que nada se perdía empezando por el principio, y ahora estaba designando a sus hermanos para que encarnasen a los padres de Arabella y les estaba describiendo la escena inaugural como si lo supiese todo sobre ella. El progreso de la dominación de Lola era implacable y tornaba extemporánea la piedad de Briony por sí misma. ¿O sería tanto más aniquiladoramente deliciosa? Briony, en efecto, ni siquiera había sido elegida para el papel de madre de Arabella, y sin duda era el momento de escabullirse del cuarto para derrumbarse de bruces en la oscuridad de la cama. Pero fue el dinamismo de Lola, su indiferencia por todo lo que no fuese su propio interés, y la certeza de Briony de que sus propios sentimientos no serían siquiera advertidos, y de que tampoco provocarían uno de culpa, lo que le dio la fuerza para resistir. 

Tras una vida protegida y, en general, placentera, hasta entonces nunca había tenido que enfrentarse con nadie. Ahora lo veía: era como bucear en la piscina a principios de julio; simplemente tenías que incitarte a hacerlo. Cuando se bajó de la silla alta y estrecha y caminó hasta donde estaba su prima, el corazón le aporreaba engorrosamente el pecho y le robaba el aliento. 

Le quitó de las manos la obra a Lola y, con un tono más cohibido y agudo que el habitual, dijo: 
—Si tú eres Arabella, entonces yo soy la directora, muchísimas gracias, y leeré el prólogo. 
Lola se tapó la boca con su mano pecosa. 
—¡Perdddón! —gritó—. Sólo quería empezar. 
Como Briony no sabía muy bien qué responder, se volvió hacia Pierrot y le dijo: 
—No te pareces mucho a la madre de Arabella. 

La contraorden al reparto decidido por Lola y la risa que suscitó en los chicos establecieron un cambio en el equilibrio de poder. Lola alzó de un modo exagerado sus hombros huesudos y se fue a mirar por la ventana. Quizás ella también luchaba contra la tentación de huir del cuarto. 

A pesar del combate de lucha libre que entablaron los gemelos, y de que su hermana presintió la aparición de una jaqueca, el ensayo dio comienzo. Fue un silencio tenso el que se hizo mientras Briony leía el prólogo.

He aquí la historia de la espontánea Arabella 
que se fugó con un tipo extrínseco. 
Afligió a los padres que su primogénita 
desapareciera del hogar para irse rumbo a Eastbourne 
sin su consentimiento... 

El padre de Arabella, flanqueado por su esposa, de pie ante las puertas de hierro forjado de su heredad, primero suplica a su hija que reconsidere su decisión y luego, desesperado, le ordena que no se vaya. Frente a él tiene a la triste pero terca heroína, con el conde a su lado, y los caballos, amarrados a un roble, relinchaban y piafaban de impaciencia. Era de suponer que los más tiernos sentimientos del padre harían temblar su voz cuando decía: 

Querida mía, eres joven y adorable 
pero eres inexperta, y aunque pienses 
que el mundo está a tus pies, 
puede levantarse y pisotearte. 

Briony colocó a los actores en sus sitios respectivos; ella se aferraba al brazo de Jackson, y Lola y Pierrot, cogidos de la mano, estaban a varios palmos de distancia. Cuando los chicos cruzaron las miradas les invadió un acceso de risa que las chicas silenciaron. Ya había habido bastantes problemas, pero Briony sólo empezó a entender la sima que media entre una idea y su ejecución cuando Jackson comenzó a leer su hoja con un afligido tono monocorde, como si cada palabra fuese un nombre en una lista de personas fallecidas, y era incapaz de pronunciar «inexperta» por muchas veces que le dijeran cómo se pronunciaba, y se dejó las dos últimas palabras de su parlamento: «puede levantarse y pisotearte». En cuanto a Lola, recitó sus líneas correcta pero negligentemente, y en ocasiones sonreía de un modo inoportuno como si pensara en algo suyo, resuelta a demostrar que su mente casi adulta estaba en todas partes. 

Y así continuaron los primos del norte durante media hora, estropeando gradualmente la creación de Briony, y fue una bendición, por consiguiente, que su hermana mayor entrara para llevarse a los gemelos al baño. 

Traducción de Jaime Zulaika 
Barcelona, Anagrama, 2002