23 oct. 2011

Gombrowicz Witold - Marx





Lunes, 12 de mayo

Marx conoció a Hegel en su juventud, pero a los diecinueve años afirmaba en una carta a su padre que Hegel no le satisfacía.

¿Por qué?

Lo que alejó a Marx de Hegel fue el elemento abstracto, la lógica abstracta.

Es cierto que tomó prestado mucho de Hegel, pero revolucionó el sentido mismo de la filosofía.

Dijo que el problema del filósofo no es comprender el mundo sino cambiarlo.

El hombre está en relación con el mundo exterior.  Tiene necesidad de dominar la naturaleza y ése es su verdadero problema, el resto es puro ringorrango.

Marx afirmaba que la filosofía no debe ser aristocrática, es decir, hecha por hombres al margen de la vida común, sino que debe estar hecha a la medida del hombre medio, del hombre que tiene necesidades y vive en sociedad.

Se puede proceder, decía Marx, a una revisión del pensamiento y de los valores desde arriba hacia abajo.  Lo que proviene de arriba es forzosamente un lujo, un ornamento.  Pero lo que proviene de abajo es la realidad.  Por tanto, hay que ir desde la conciencia inferior a la superior.

De Hegel tomó la idea del devenir en un proceso dialéctico (tesis, antítesis, síntesis).

Siguiendo a Hegel: la idea de la historia que se realiza precisamente a través de antinomias y que es propia del hombre, puesto que os recuerdo que para Hegel la naturaleza es siempre la misma, se repite.  Los planetas giran siempre de la misma forma y la evolución de las especies inferiores, insectos, animales, es extremadamente lenta e invisible.

¿Cómo se presenta el mundo según Marx?

El primer aspecto es su materialismo.  El marxismo es la negación de la religión.  Considera la religión como un producto de los hombres para huir ante el peligro.  Y es un instrumento de la clase superior para dominar a la clase inferior.

El materialismo constituye la negación del idealismo, de toda metafísica, de todo recurso a las ideas.  Para el marxismo, no hay más que la realidad brutal y concreta de la vida.

Segundo aspecto: el marxismo se define por la célebre fórmula: el ser condiciona a la conciencia.

Para un filósofo clásico, la conciencia era algo primario, elemental.  Todo era para la conciencia y nada podía condicionaría.

Marx procede a una nueva reducción de la razón humana.  Se trata de una reducción sociológica del pensamiento.

Las sucesivas reducciones han sido:

1.° reducción [falta una palabra]
2.° reducción antropológica
3.° reducción fenomenológica (Husserl)
4.° reducción sociológica (Marx)
5.° Nietzsche, quien reduce la filosofía a la vida.

Para comprender la evolución del pensamiento conviene conocer estas reducciones.

La reducción sociológica significa que la conciencia está condicionada por la existencia.  Esto significa hacer de la conciencia un instrumento de la vida, que se ha desarrollado gradualmente a partir de la especie más baja mediante un proceso de adaptación, de desarrollo dialéctico, en fin, por un proceso natural, como todo.

Esto significa que la conciencia está en función de nuestras necesidades, de nuestra relación con la naturaleza.  Pero como el hombre no depende solamente de la naturaleza sino también, y sobre todo, de la sociedad, de las condiciones históricas producidas por esta sociedad, la conciencia está formada por dicha sociedad.  Por tanto, la conciencia es ante todo función de la historia humana.

El tercer aspecto: la necesidad crea el valor.  Si os encontráis por ejemplo en el desierto del Sahara, un vaso de agua puede significar para vosotros algo decisivo, pero si estáis en Vence, con el agua del Foux, entonces pierde su valor.

Esta tesis me parece absolutamente justa.

Observaréis que, por ejemplo, está en la base de mi crítica de la pintura y es también contraria a toda anarquía, a todo nihilismo y, en fin, a teorías arbitrarias , existencialistas, según las cuales no es la causa encarnada en una necesidad la que crea el valor, sino los objetivos que se propone el hombre en total libertad.

Por ejemplo, según Sartre, un hombre tiene necesidad de agua en el desierto porque elige la vida y no la muerte.  Para el marxismo, un ser vivo está obligado a elegir la vida y no puede hablarse aquí de libre elección.

La HISTORIA según la interpretación marxista.

La historia de la humanidad proviene de la necesidad de dominar técnicamente la naturaleza.

Ahora bien, la creciente conciencia de la humanidad le ha permitido organizar una sociedad y un Estado que son ante todo un sistema de producción de bienes.

En esta organización, un hombre debe estar sometido al otro de suerte que es a través de la explotación de un hombre por otro como se llega a la acumulación de bienes.  El hombre que forma parte de un grupo está sometido a la ley del grupo que quiere la fuerza, y esta fuerza es la consecuencia de la explotación del hombre por el hombre.  Por ejemplo, el ejército que obedece a un solo hombre a través de los generales, etcétera, o los esclavos, o, en fin, las castas, los diferentes grados en los sistemas feudales, las clases.

Es el hombre quien obliga al hombre a trabajar.

Llegamos así a la noción de base, tan cara a los marxistas.

Esta base es la masa de los explotados.  La clase dominante forma la superestructura que crea la filosofía, la religión, la ley; la que, en una palabra, organiza la conciencia.  Precisamente, todo esto sirve de forma disimulada para mantener la explotación.

La religión, por ejemplo, establece que la autoridad proviene de Dios y los desgraciados de este mundo encontrarán el Paraíso.  El sentido profundo y único de la religión es simplemente el de transferir la justicia al otro mundo.

El cristianismo, que comenzó como una revolución de esclavos en Roma, tuvo sin embargo un elemento metafísico: Dios.  Pero a través de la Iglesia se convirtió en un instrumento de explotación.

Cuando contemplamos la moral reinante, vemos que se trata sobre todo de mantener el derecho a la propiedad y de imponer la moral burguesa al proletariado.

La esencia de la filosofía radica en una actitud contemplativo.  No quiere transformar el mundo. Huye hacia la metafísica.  Es, finalmente, la razón separada de su base, una superestructura que trata de ocultar sus dependencias.  Busca valores absolutos y no se ocupa de las necesidades.  Nuestra ley es un sistema que busca la consolidación del derecho a la propiedad y la explotación.  Podéis ver que el marxismo demuestra la mistificación, de igual modo que el freudismo o Nietzsche.  Esta consiste en demostrar que detrás de nuestros sentimientos «nobles» se ocultan complejos, bajezas y, en fin, la suciedad de la vida.  Uno de los grandes méritos de Nietzsche, quien procedió a una crítica extremadamente perspicaz de las actitudes puras, es haber demostrado que nuestro pensamiento está hecho de la misma materia que el resto de las cosas.

Todo esto nos lleva a descubrir, por decirlo así, la primera naturaleza del hombre.  La segunda es una naturaleza deformada por los hombres, por las necesidades de este sistema de explotación llamado sociedad, y cuyo objetivo es el de producir bienes sirviéndose de los demás hombres.  Estamos en un sistema económico que deforma nuestra conciencia.

Habéis visto cómo la religión, la moral, la filosofía y la ley están hechas para mistificar y para mantener al esclavo en su esclavitud.

Con ello llegamos a la famosa teoría de la plusvalía.

Los capitalistas, es decir, los miembros de la clase superior, compran el trabajo como si fuera una mercancía, por tanto, al mejor precio posible.  Este mejor precio representa solamente aquello de lo que el obrero tiene necesidad para alimentarse y para engendrar hijos.

La Plusvalía se forma, pues, porque el obrero produce mucho más que lo que se le paga; el resto va a parar al capitalismo.

El obrero produce siempre más que lo que se le paga.

Esto es la plusvalía.  El trabajo del obrero está sometido, como todas las mercancías, a la famosa ley económica de Adam Smith según la cual, si la oferta es mayor que la demanda, el valor de la mercancía baja.

Esta es la ley que explica el proceso de la devaluación.  Para frenar la devaluación hay que aumentar la oferta, es decir, la producción.

Si se devalúa la moneda, cada vez hacen falta más pesetas.  Como la Plusvalía va al bolsillo del capitalista, pues bien, los obreros, al ser pobres, tienen que ofrecer su trabajo a precios cada vez más bajos.  Así es como se produce la devaluación del trabajo y el aumento del capital, que es una fuerza anónima, al margen de lo humano: lo que produce la famosa alienación.

El hombre alienado, es decir, que no puede ser él mismo, está obligado a servir de máquina en lugar de llevar una vida normal.

Esta teoría es hermosa, pero en mi opinión no es aplicable al capitalista.

El capital sirve para crear otras riquezas, pero esta explotación del hombre por el hombre no se lleva a cabo precisamente para la felicidad del individuo.  El capitalismo no aprovecha únicamente al capitalista, pues si éste pretende devorar su dinero, no puede comprarse más de cien sombreros, un yate, etcétera, al año.  El resto de su dinero, ¿adónde va a parar?  A otras fábricas, otras industrias, etcétera, y de esta forma la pujanza técnica de la humanidad se hace cada vez mayor.  Esta explotación del hombre por el hombre es una necesidad fundamental del progreso humano, que resulta extremadamente difícil para el individuo.

Y ahora, pasemos a los «caramelos», es decir, a la  Revolución.

El capitalismo tiene esta particularidad: el gran capital devora al más pequeño y se concentra en un grupo muy reducido de hombres.  Marx preveía que a causa de esta evolución del capital, por una parte se formaría un reducido grupo de millonarios y, por otra, una masa enorme de proletarios que (frase incompleta).

Y de esta forma se producirá la revolución proletaria, que es una necesidad inevitable.

¿Adónde ha llegado el marxismo en 1969?

La gran crisis del marxismo proviene sencillamente del hecho de que -la situación en el Este lo ha demostrado- se trabaja mal y se produce muy poco. ¿Por qué?  La vida es ruda; si no se obliga a los hombres a trabajar, naturalmente no trabajarán.

La paradoja, y es una paradoja que salta de tal manera a la vista que hace falta toda la mala fe . de cierta izquierda para no darse cuenta, quiere que el único país del mundo que casi ha liquidado al proletariado, salvo entre los negros, sean los gloriosos Estados Unidos, es decir los capitalistas.  Los socialistas, en cambio, están en bancarrota por todas partes por la sencilla razón de que nadie tiene interés ni en producir ni en obligar a los demás a hacerlo, puesto que no hay ningún interés en juego.

Hoy en día la única esperanza de los comunistas es que el comunismo vaya mejor en los países altamente desarrollados, lo que no es más que un cuento, ya que basta que hable cinco minutos con mi masajista para ver que esto es del todo imposible, pues el hombre se hace aún más egoísta en una sociedad rica que en una sociedad pobre.

Los chinos. ¡Puro estalinismo!  Cada chino, en los reportajes sobre China, grita como un soldado.  Es de pánico.

La producción china ha aumentado a ojos vistas, ¡pero en absoluto como se pensaba!  Los últimos años han representado un gran desencanto.

El marxismo da esperanzas a los desposeídos.

El pensamiento marxista ha servido sobre todo para desenmascarar (frase incompleta), pero en general todo el pensamiento filosófico es utópico y no conduce a nada.

A mi juicio, la cuestión marxista ha sido absolutamente mal planteada, porque lo ha sido desde el punto de vista moral de la «justicia».  Pero el verdadero problema no es moral, es económico.  La prioridad es aumentar la riqueza; la distribución de las riquezas es algo secundario.

Se plantea la cuestión desde el punto de vista moral porque, naturalmente, es más fácil, y ello permite pronunciar hermosas frases.

Vemos por ejemplo que en Occidente el sistema capitalista ha conseguido aumentar enormemente la producción, sobre todo gracias a la técnica, de suerte que el nivel de vida de todo el mundo ha aumentado, mientras que con las frases más bonitas no se llega a nada de nada.  La producción baja.  Todo queda al mismo nivel y todo se adormece en la burocracia y el anonimato.

Hay algo elemental: si permitís desplegar a los hombres toda su energía y su inteligencia, uno dominará a la fuerza al otro, uno será superior al otro.  Pero de este modo, obtendréis. una enorme cantidad de energía, mientras que si queréis la igualdad entre los hombres , entonces, naturalmente, tendréis que frenar esta posibilidad de superioridad.

¿El porvenir del marxismo?

Supongo que dentro de veinte o treinta años el marxismo será puesto de patitas en la calle.

Si la clase superior sigue siendo tan estúpida y ciega como es ahora, y si abandona el poder a las masas, hay que prepararse para un periodo de regresión que durará hasta la producción de una nueva clase superior fuerte.  Pero si la derecha aguanta firme y no se deja imponer esta «mala conciencia» que caracteriza justamente a los marxistas, pues bien, el asunto puede resolverse con un enorme progreso galopante de la técnica que, según mis cálculos aproximados, puede transformar de forma radical el mundo en el plazo de veinte o treinta años.  Tendremos alitas para volar...

El fascismo es una revolución a contrapelo.

El gran defecto de la clase superior es el de ser esencialmente una clase de consumidores.  Por consiguiente, está habituada a las comodidades, se vuelve perezosa, delicada, y degenera.  Pero ahora la clase superior está compuesta cada vez más por ingenieros, productores, científicos e intelectuales; por fin personas que trabajan.

Noto un abuso del lenguaje de la izquierda, que ha hecho del fascismo algo terrorífico.  Así, la palabra «trabajador» no significa un médico que trabaja duramente de la mañana a la noche, sino que significa un barrendero de la calle que trabaja cinco minutos y después mira la pared, etcétera.  Veis que hasta el lenguaje ha sido falsificado.

Los izquierdistas son imperialistas.  Hay una cosa que no comprenden: que son aristócratas, y lo primero que hará la revolución será liquidarlos, como hicieron en Polonia.

Según el marxismo, nos encontramos ante una humanidad deformada.  La explotación es la fuente de la fuerza.  Nuestra conciencia está deformada porque se ha adaptado a un sistema de explotación que no quiere confesar.

El marxismo es una tentativa de desmitificación.

En un sentido filosófico, el marxismo no propone una idea precisa del mundo, sino sólo una liberación de la conciencia para que pueda reaccionar de una forma auténtica y no deformada ante el mundo y el hombre.


En Curso de filosofía en seis horas y cuarto
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis