11 oct. 2011

E. T. A. Hoffmann - El caballero Gluck





Ritter Gluck (1809)

La última parte del otoño en Berlín suele tener algunos días hermosos. El sol sale de entre las nubes, evaporando la humedad del aire que sopla por las calles. Entonces se ve una multitud de gentes elegantes: burgueses con sus mujeres y sus hijos, vestidos de día de fiesta; clérigos, judíos, licenciados, muchachas alegres, profesores, modistas, bailarinas, oficiales, etc., que atraviesan los tilos en dirección al Jardín Zoológico. Pronto se ocupan todas las mesas de Klaus y Weber ; el café negro humea; los elegantes encienden sus cigarros; se habla, se discute de la paz y de la guerra, sobre si los zapatos de madame Bethmann  son verdes o grises, sobre el comercio privado  y los groschen falsos, etc., hasta que todo se funde en un aria de Fanchon , degollada al tiempo que martirizados los oyentes por un arpa desafinada, un par de violines desacordes, una flauta tísica y un fagot con calambres. Junto a la balaustrada que separa el terreno acotado del restaurante de Weber de la Herrstrasse se ven unas cuantas mesitas redondas y sillas de jardín; allí se respira el aire libre, se contempla a los paseantes y se está lejos del desentono de la malhadada orquesta. Allí yo me siento abandonándome a mi fantasía, que me presenta personajes con los cuales puedo hablar de ciencia, de arte, de todo lo más agradable. Cada vez más abigarrada, aumenta la muchedumbre; pero nada me estorba, nada ahuyenta a mi compañía fantástica. Sólo el maldito acorde de un vals canallesco me saca de mis ensueños. Oigo la voz agria del violín y de la flauta y el bajo ronco del fagot, que suben y bajan uno después de otro, deteniéndose en octavas que destrozan los oídos; y sin poderlo remediar, como alguien que se sintiese atacado de un dolor agudo, grito:

—¡Qué horror de música! ¡Dichosas octavas!

—¡Maldita suerte! ¡Otra octava! —oigo murmurar junto a mí.

Levanto la vista y advierto que sin yo notarlo, se había sentado a mi misma mesa un individuo que me miraba atentamente y del cual no podía apartar los ojos.

Nunca había visto una cabeza ni una figura que me produjeran más impresión. La nariz aguileña, se perdía en la ancha y bien dibujada frente, formando dos arcos elevados en las cejas pobladas, bajo las cuales asomaban unos ojos de expresión salvaje y casi juvenil —el hombre tendría unos cincuenta años—. La barbilla blanda contrastaba visiblemente con la boca cerrada y con la sonrisa irónica que contraía los músculos de sus marchitas mejillas y que parecía protestar contra la seriedad melancólica de la frente. La figura delgada iba envuelta en un sobretodo amplio y de última moda. Cuando el hombre se encontró con mi mirada, bajó los ojos y continuó la operación que probablemente le hiciera interrumpir mi exclamación. Consistía esta en verter, con visible satisfacción, el tabaco de unos cucuruchitos en una caja abierta que tenía delante y humedecerlo con vino tinto de una botella pequeña. La música se había callado; yo sentí la necesidad de hablarle.

—Más vale que se haya callado la música —dije—; ya era insoportable.

El anciano me dirigió una mirada distraída y vertió el último cucurucho.

—Sería mejor que no tocasen —insistí, tomando de nuevo la palabra—. ¿No es usted de mi opinión?

—Yo no tengo opinión —respondió—. Usted es músico y conoce el oficio.

—Se equivoca usted en ambas suposiciones. Hace tiempo aprendí a tocar el piano y teoría general, como se aprende todo aquello que sirve para la educación corriente, y entonces me dijeron, entre otras cosas, que no hay nada que produzca un efecto más desastroso que la combinación en octavas del bajo y la soprano. Como autoridad lo tomé entonces y, siempre que he tenido ocasión de comprobarlo, me he convencido de lo cierto de aquella afirmación.

—¿De verdad? —preguntó mi vecino.

Y levantándose se dirigió despacito hacia los músicos, mientras de cuando en cuando se golpeaba la frente con la palma de la mano, como el que quiere recordar alguna cosa. Le vi hablar con los músicos, a los que trató con cierta superioridad. Volvió a mi lado, y, apenas se hubo sentado, comenzó la orquesta a tocar la obertura de Ifigenia en Áulide .

Con los ojos entreabiertos, los brazos cruzados sobre la mesa, escuchó el andante; con el pie izquierdo llevaba lentamente el compás, indicando las entradas de las voces; de pronto levantó la cabeza, miró en derredor, colocó la mano izquierda abierta sobre la mesa, como si quisiera coger algún acorde, y levantó en alto la derecha: era un director de orquesta que daba la indicación de los tiempos. Luego bajó la mano y comenzó el alegro. Las pálidas mejillas de mi vecino se tiñeron de púrpura; sus cejas se fruncieron; la mirada adquirió un fuego violento que poco a poco fue desvaneciendo la sonrisa que aún se dibujaba en la boca entreabierta. Se echó hacia atrás, levantó las cejas, los músculos de las mejillas se contrajeron de nuevo, le brillaron los ojos, una especie de dolor profundo se desvaneció en una voluptuosidad que estremeció todas las fibras de su ser... y suspiró hondamente. Las gotas de sudor perlaban su frente; marcó la entrada del conjunto y algunos puntos importantes; su mano derecha no dejaba de indicar el compás; con la izquierda sacó el pañuelo, que se pasó por el rostro. Y así consiguió dar vida al esqueleto que representaban aquel par de violines. Yo escuchaba las quejas dulces y desvanecidas de la flauta, que se destacaba cuando amainaron los violines y el contrabajo y se apagó el estruendo de los timbales; oí las voces vibrantes del violoncelo, del fagot, que llenaron mi corazón de indescriptible emoción; volvió a comenzar al conjunto como un gigante augusto y venerable, continuó al unísono, las quejas sordas murieron en sus cadencias.

Había terminado la obertura. El hombre dejó caer los brazos y se quedó con los ojos cerrados como quien ha hecho un supremo esfuerzo. Su botella estaba vacía; llené su vaso de borgoña, que me sirvieron poco antes. Lanzó un profundo suspiro y pareció como si despertase de un sueño. Le invité a beber, lo hizo sin resistencia alguna y, mientras vaciaba de un trago el vaso, dijo:

—Estoy satisfecho de la ejecución. La orquesta se ha portado.

—Y, sin embargo —dije yo—, no han hecho más que dar una ligera idea de lo que es una obra maestra ejecutada con colores vivos.

—Si no me equivoco, usted no es berlinés.

—Efectivamente, no lo soy; sólo resido aquí por temporadas.

—El borgoña es bueno, pero va levantándose frío.

—Si le parece, podemos entrar dentro y allí vaciaremos la botella.

—Muy buena idea. No le conozco a usted ni usted me conoce a mí. No nos preguntaremos nuestros nombres; los nombres suelen ser un estorbo. Estoy bebiendo borgoña que no me cuesta nada, estamos juntos y todo va bien.

Todo esto lo dijo con amable cordialidad. Entramos en una habitación; al sentarse se abrió el sobretodo, y con admiración observé que llevaba una casaca bordada de largos faldones, pantalones de terciopelo negro y una espada pequeña. Luego volvió a abrocharse el sobretodo.

—¿Por qué me preguntaba usted si era berlinés? —comencé yo.

—Porque en ese caso me hubiese visto obligado a dejarle.

—Eso es un enigma para mí.

—No lo será en el momento en que le diga que soy compositor.

—Pues continúo sin dar en el clavo.

—Perdóneme mi exclamación de antes, pues ya veo que no entiende usted nada de Berlín ni de los berlineses.

Se levantó, anduvo apresurado arriba y abajo, se acercó a la ventana y comenzó a tararear el coro de Ifigenia en Táuride, al tiempo que marcaba el compás tamborileando en los cristales. Admirado, observé que recorría varios pasajes de la melodía dándoles una fuerza y una novedad asombrosas. Así se lo hice notar. Una vez que acabó, volvió a su asiento. Emocionado por la extraña conducta de aquel individuo y por la demostración de su talento musical extraordinario, me quedé callado. Después de un rato me preguntó:

—¿No ha compuesto usted nunca?

—Sí, alguna vez intenté hacer algo; pero lo que escribí en un momento de entusiasmo me pareció luego al leerlo soso y aburrido, y no volví a insistir.

—Hizo usted mal. El mismo hecho de haber encontrado malos sus primeros ensayos, habla muy en favor de su talento. Aprendemos música de niños porque mamá y papá lo mandan; le hacen a uno rascar el violín o aporrear el piano, pero nadie se preocupa de averiguar si se tienen condiciones y se siente la melodía. Quizá una cancioncita medio olvidada, que se oye cantar a cualquiera, despierta los primeros pensamientos propios, y este embrión, nutrido trabajosamente por fuerzas extrañas, da origen al gigante que lo absorbe todo convirtiéndolo en médula y sangre suyas. ¿Cómo sería posible decir las mil maneras distintas por las que se llega a compositor? Es una gran carretera, en la que la muchedumbre se aprieta y grita: «¡Somos los elegidos! ¡Hemos llegado al límite!». Por la puerta de marfil se entra en el reino de los sueños; pocos son los que llegan a ver la puerta; menos aún los que traspasan sus umbrales. Resulta aventurado internarse por ese camino. Figuras extravagantes pululan de un lado para otro; pero no dejan de tener carácter tanto unas como otras. No se dejan ver en la calle poblada; sólo se las puede encontrar tras la puerta de marfil. Es difícil llegar a este reino: como ante el pueblo de Alcinen , los monstruos cierran el paso..., se agitan..., se yerguen..., muchos son absorbidos por los sueños en el mismo reino de ellos..., se funden en el sueño..., no proyectan sombra; si lo hiciesen, en ella advertirían el rayo que atraviesa este reino; pocos, muy pocos, despiertan y suben y recorren el reino de los sueños llegando a la verdad... al momento supremo: el contacto con lo eterno, con lo inexplicable. Mirad al Sol; él es el triple acorde del que descienden los demás acordes semejantes a estrellas y os rodean de hilos de fuego... Envuelto en fuego os encontraréis hasta que Psiquis se eleve al Sol.

Al decir las últimas palabras se puso de pie y levantó la vista y los brazos al cielo. Volvió a sentarse al poco, vaciando rápido el vaso que yo le llenara. Siguió un silencio que no me atreví a interrumpir por temor a distraer a aquel hombre extraordinario. Al fin continuó:

—Cuando yo habité el reino de los sueños me atormentaron mil dolores y angustias. Era de noche; me asustaban los fantasmas del monstruo que precipitándose sobre mí me arrojaban al fondo del mar o me elevaban por los aires. Los rayos luminosos atravesaban las sombras de la noche, y estos rayos eran notas que me rodeaban de una deliciosa claridad. Despertaba libre de mis dolores y veía un ojo muy grande y claro que miraba desde un órgano, y conforme estaba mirando salían notas que producían las armonías más inefables que nunca pude imaginar. La melodía lo inundaba todo, y yo nadaba en aquel torrente, deseando morir en él. Entonces, el ojo clarísimo me miraba y me transportaba sobre las olas embravecidas. Otra vez era de noche, y a mi encuentro salían dos colosos con brillantes arneses: el Tono maestro y el Quinto, que me arrebataban; pero el ojo clarísimo sonreía: «Yo sé que tu alma está llena de anhelos; el joven y dulce Tercio marchará detrás de los colosos, tú oirás su voz dulce, me volverás a ver y mis melodías serán tuyas».
Permaneció ensimismado.

—¿Y volvió usted a ver el ojo clarísimo?

—Sí, lo volví a ver. Durante muchos años suspiré en el reino de los sueños..., sí..., en un bosque magnífico, y escuché cómo cantaban las flores. Sólo un heliotropo callaba y, triste, inclinaba su cáliz hacia la tierra. Lazos invisibles me llevaron hacia él...; levanté la cabeza..., el cáliz se abrió, y dentro de él pude ver el ojo clarísimo que me miraba. Lo mismo que rayos de luz, las notas se elevaban por encima de mi cabeza en dirección a las flores, que las absorbían con ansia. Las hojas del heliotropo se hacían más y más grandes; de ellas emanaba un calor ardiente..., me rodeaban..., el ojo desapareció, y yo con él, en el cáliz de la flor.

Se levantó al pronunciar estas palabras y salió rápidamente de la habitación. En vano esperé su regreso y, en vista de que no volvía, retorné a la ciudad.

Cerca de la puerta de Brandemburgo, divisé una figura delgada que se paseaba en la oscuridad y reconocí en ella al hombre original. Le dirigí la palabra:

—¿Por qué me ha abandonado usted tan de repente?

—Hacía mucho calor, y la eufonía comenzaba a sonar.

—No le entiendo.

—Tanto mejor.

—Tanto peor, porque me gustaría entenderle a usted.

—¿No oye usted?

—No.

—Ya ha pasado... Vamos a andar. Si no, no me gusta la compañía; pero usted no compone... ni es usted berlinés.

—No me explico la manía que tiene usted a los berlineses. Aquí, donde tanto se respeta el arte y donde se practica en gran escala, creo yo que debía de encontrarse a gusto un hombre del espíritu artístico de usted.

—Se equivoca usted. Para mi martirio, me veo condenado a errar aquí, como un espíritu en el vacío, aislado.

—¿Aislado aquí, en Berlín?

—Sí, aislado, pues no me sigue ningún espíritu parejo del mío... Estoy solo.

—Pero ¿y los artistas, los compositores?

—¡Al diablo con ellos! No hacen más que criticar..., apurarlo todo hasta lo infinito; lo revuelven todo para hallar un pensamiento indigente; charlan sin tino del arte y su significado, y no llegan a crear nada, y se encuentran tan satisfechos como si hubieran descubierto algo, y el frío de sus obras demuestra la distancia a que se hallan del Sol... Es un trabajo de Laponia.

—Me parece un poco duro su juicio. Por lo menos, podría usted disfrutar de las representaciones teatrales.

—Me decidí una vez a ir al teatro para oír una ópera de un amigo, que no recuerdo cómo se titula. En ella aparece mucha gente; a través del tumulto de gentes acicaladas aparecen los espíritus diabólicos..., el demonio... ¡Ah! Don Juan. Pero apenas pude resistir la obertura, que la orquesta atacó prestísimo y sin la menor idea de lo que hacía. Y eso que iba preparado mediante ayuno y oración, pues sé que la eufonía de tales masas se expresa con poca limpieza.

—Ciertamente que las obras maestras de Mozart no encuentran aquí una interpretación muy adecuada; pero, en cambio, las de Gluck suelen tocarlas bien.

—¿Usted cree? Una vez quise oír Ifigenia en Táuride. Al entrar en el teatro oigo que están tocando la obertura de Ifigenia en Áulide. Vaya, me he equivocado, dan esta Ifigenia. Mi asombro no reconoce límites cuando escucho el andante con que empieza Ifigenia en Táuride y la tormenta en seguida. Entre ellas han transcurrido veinte años. Toda la fuerza de la tragedia ha desaparecido. Un mar tranquilo, una tormenta, los griegos que caen sobre el país: esa es la ópera. ¿Ha escrito el compositor la obertura del banquete para que la toquen como un aire de trompeta cuando quieran y como quieran?

—Estoy conforme con usted en la falta de tacto. Pero, a pesar de todo, se hace lo posible para dar realce a las obras de Gluck.

—Sí, sí —dijo mi amigo, sonriendo con una amargura cada vez mayor.

De pronto se puso en marcha y fue inútil que tratase de detenerle.

En un momento desapareció, y en vano lo busqué durante varios días por el Jardín Zoológico.

* * *

Transcurrieron varios meses. En una noche lluviosa, me había retrasado algo en un barrio extremo de la capital y buscaba el camino para mi casa, en la Friedrichstrasse. Tenía que pasar por delante del teatro; la música sonora, las trompetas y los timbales me recordaron que se daba Armida, de Gluck, y me decidí a entrar, cuando llamó mi atención un señor que hablaba solo junto a la ventana por donde se oían los acordes.

—Ahora llega el rey..., tocan la marcha...; más timbales, más timbales..., es muy alegre; hay que hacerlo once veces..., si no, no tiene lucimiento el cortejo...; ahora, maestoso...; escondeos, niños... Ahora se le cae la escarapela del zapato a un figurante. Justo, la duodécima vez, y siempre siguiendo al que dirige... ¡Oh, las fuerzas eternas! ¡Esto no acaba nunca! Ahora saluda... Armida le da las gracias expresiva... ¿Otra vez? Justo; faltan dos soldados. Ahora nos metemos en el recitado... ¿Qué mal espíritu me tiene aquí sujeto?

—El lazo se ha roto —exclamo yo—. Venga conmigo.

Agarro por el brazo a mi original amigo del Jardín Zoológico —que no era otro el individuo que hablaba solo— y me lo llevo de allí. Se muestra sorprendido y me sigue en silencio. Estábamos ya en la Friedrichstrasse, cuando de repente se paró.

—Le conozco a usted —dijo—. Estaba usted en el Jardín Zoológico..., hablamos mucho..., yo bebí algo... y se me subió a la cabeza...; después sonó la eufonía dos días seguidos...; he sufrido mucho...; pero ya ha pasado.

—Me alegro mucho de que la casualidad nos haya vuelto a reunir. Ahora podemos ser amigos. Yo vivo cerca de aquí; si usted quiere...

—Yo no puedo ni debo ir a ninguna parte.

—No, pues no se me escapa usted; le acompañaré yo.

—Entonces tendrá usted que andar aún un par de cientos de pasos conmigo. Pero ¿no iba usted al teatro?
—Pensaba oír Armida, pero ya...

—Ahora oirá usted Armida. Venga conmigo.

En silencio subimos por la Friedrichstrasse; muy de prisa dimos la vuelta a una calle transversal y, sin apenas poder seguirle, continuamos calle arriba hasta que al fin mi amigo se detuvo ante una casa insignificante. Llamó durante un ratito, hasta que abrieron. A oscuras, tanteando el terreno, llegamos a la escalera y luego al cuarto, que estaba en el último piso, y entrando en él, mi guía cerró con mucho cuidado la puerta.

Me quedé quieto oyendo abrirse otra puerta, y en seguida apareció el individuo con una luz en la mano, y la vista de la habitación, decorada de un modo extraño, me causó no poca sorpresa. Sillas antiguas ricamente decoradas, un reloj con caja dorada y un ancho y pesado espejo daban al cuarto el aspecto sombrío de un lujo añejo. En el centro se veía un piano pequeño; encima de él, un tintero de porcelana, y junto a él, unas cuantas hojas de papel pautado. Una mirada rápida a aquellos preparativos para componer me convencieron de que hacía mucho tiempo que no se había escrito allí ni una nota, pues el papel estaba amarillento y el tintero cubierto de telarañas. El individuo se dirigió a un armario adosado a la pared, que yo no había visto aún, y al separar la cortina vi una hilera de libros bien encuadernados, en cuyos lomos, con letras doradas, se leía: Orfeo, Armida, Alcestes, Ifigenia, etc., en una palabra, todas las obras maestras de Gluck.

—¿Tiene usted las obras completas de Gluck? —le pregunté.

No me respondió; pero una sonrisa forzada contrajo su rostro, dándole una expresión terrible. Dirigió hacia mí su mirada severa y fija y cogió uno de los tomos. Era Armida. Con él en la mano se acercó al piano. Yo lo abrí en seguida y preparé el atril, que estaba recogido; aquello le agradó, al parecer. Abrió el libro y... ¿quién podría expresar mi asombro? Sólo vi el papel pautado sin una sola nota.

Luego comenzó a decir:

—Ahora voy a tocar la obertura. Vuélvame las hojas a tiempo.

Así se lo prometí, y comenzó a tocar de modo maravilloso y conmovedor el majestuoso tiempo de marcha con que empieza la obertura, ateniéndose por completo al original; pero el alegro tenía muchas cosas mezcladas a las ideas primordiales de Gluck. Hizo unos cambios tan geniales, que mi asombro iba subiendo de punto. Las modulaciones eran muy vivas, sin llegar a agudas, y mezclaba tantas melodiosas variaciones con las ideas del autor, que las hacía resaltar con más colorido. Su rostro ardía; frunció las cejas y una furia contenida se pintó en sus ojos, que a poco se inundaron de lágrimas. A ratos cantaba el tema, al tiempo que lo acompañaba con infinitas variaciones, con una agradable voz de tenor; luego imitaba los timbales. Yo volvía las hojas siguiendo su mirada. La obertura terminó, y mi amigo cayó extenuado en una butaca, con los ojos cerrados. Se levantó luego y, mientras volvía algunas de las hojas en blanco del libro, dijo con voz opaca:

—Todo esto, señor mío, lo escribí yo cuando retorné del reino de los sueños. Pero confié lo santo a los incrédulos y una mano de hielo hizo presa en el corazón ardiendo. No se rompió; pero yo fui condenado a morar entre los incrédulos como un espíritu aislado... sin forma, por lo cual nadie me conocerá hasta que el heliotropo me eleve de nuevo al Eterno... Ahora voy a cantar la escena de Armida.

Y cantó la escena final de Armida con una expresión que me conmovió profundamente. También en ella se separó mucho del original, pero sus cambios daban mayor relieve a la música de Gluck. Todo lo que se puede expresar de odio, amor, desesperación, delirio estaba expresado de la manera más hermosa en tonos enérgicos. Su voz parecía la de un joven, que de la insignificancia más vulgar y monótona se eleva a la fuerza más conmovedora. Todas mis fibras se estremecían..., estaba fuera de mí.

Cuando hubo terminado me eché en sus brazos y le pregunté con voz temblona:

—¿Qué es esto? ¿Quién es usted?"

Se puso de pie delante de mí y me midió con su mirada penetrante; cuando iba a continuar preguntándole desapareció con la luz tras de la puerta, dejándome a oscuras. Transcurrió casi un cuarto de hora; iba ya desesperando de verle y buscaba la puerta orientándome por la colocación del piano, cuando de repente apareció vestido con un traje de gala muy bordado, una casaca riquísima, la espada al cinto y con la luz en la mano.

Yo me quedé asombrado. Él se adelantó hacia mí, muy grave, y tomándome de la mano me dijo con una extraña sonrisa:

—Soy el caballero Gluck.


En Cuentos
Traducción: Berta Vías Mahou
Imagen: Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann, retrato anónimo