15 oct. 2011

Antonio Gamoneda: Aún








Hubo un tiempo en que mis únicas pasiones eran la pobreza y la lluvia.

Ahora siento la pureza de los limites y mi pasión no existiría si dijese su nombre.




Recuerdo el frío del amanecer, los círculos de los insectos sobre las tazas inmóviles, la posibilidad de un abismo lleno de luz bajo las ventanas abiertas para la ventilación de la enfermedad, el olor triste de la sosa cáustica.



Pájaros. Atraviesan lluvias y países en el error de los imanes y los vientos, pájaros que volaban entre la ira y la luz.

Vuelven incomprensibles bajo leyes de vértigo y olvido.




Alguien ha entrado en la memoria blanca, en la inmovilidad del corazón.

Veo una luz debajo de la niebla y la dulzura del error me hace cerrar los ojos.

Es la ebriedad de la melancolía; como acercar el rostro a una rosa enferma, indecisa entre el perfume y la muerte.




La luz se anuncia en los cuchillos y entran mendigos al mercado. El incesante habla rodeado de frutos.

Aún es bello y miserable, dice sílabas exactas, atraviesa el olvido.




Hablan los manantiales en la noche, hablan de los imanes del silencio.

Siento la suavidad de las palabras olvidadas.




Esta hora no existe, esta ciudad no existe, yo no veo estos álamos, su geometría en el rocío.

Sin embargo, éstos son los álamos extinguidos, vértigo de mi infancia.

Ah jardines, ah números.




No tengo miedo ni esperanza. Desde un hotel exterior al destino, veo una playa negra y, lejanos, los grandes párpados de una ciudad cuyo dolor no me concierne.

Vengo del metileno y el amor; tuve frío bajo los tubos de la muerte.

Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza.




Hay un anciano ante una senda vacía. Nadie regresa de la ciudad lejana; 
sólo el viento sobre las últimas huellas.

Yo soy la senda y el anciano, soy la ciudad y el viento.




Eres sabio y cobarde, estás herido en las mujeres
húmedas, tu pensamiento es sólo recuerdo de la ira.

Ves las rosas temibles.

Ah caminante, ah confusión de párpados.




Posa tus labios en las cánulas como hace el dios que llora en tus armarios, el que habla entre uñas amarillas; silba en las cánulas del sufrimiento y, en la pureza de las horas vacías, recuerda la torunda de tu padre, la soledad de las palomas extraviadas en la eternidad.




Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida.

Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz
sobre las ropas húmedas. Los espejos están vacíos y
en los platos ciega la soledad.

Ah la pureza de los cuchillos abandonados.




La obscenidad entró en mis huesos y, mas tarde,
aquel aceite sigiloso, el que prepara el corazón.

Ahora vendrán los días de las grandes milongas.




Sábana negra en la misericordia:
tu lengua en un idioma ensangrentado.
Sábana aún en la sustancia enferma,
la que llora en tu boca y en la mía
y, atravesando dulcemente llagas
ata mis huesos a tus huesos humanos
No mueras más en mí, sal de mi lengua.
Dame la mano para entrar en la nieve.




Amé todas las pérdidas.
Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.



Libro del frío, 3
Foto: Mónica Patxot