Durante la
primera mitad del siglo XX, en Buenos Aires, vivieron y formaron parte de una
misma generación, y por lo tanto se conocieron, escritores de la talla de
Roberto Arlt, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, José Bianco,
Eduardo Mallea, Jorge Luis Borges. Algunos tuvieron como maestro a Macedonio
Fernández. Como si esto no bastara, un día llegó a la Argentina Witold
Gombrowicz y allí se quedó.
A este grupo disímil perteneció Manuel Mujica
Láinez, a simple vista el menos profesional de todos, en el sentido en que nos
es difícil imaginar a Mujica Láinez como un escritor que vive de y para la
literatura, sino más bien todo lo contrario, es decir un hombre que vive de
rentas y que dedica sus ocios, por otra parte escasos, a escribir novelas sin
otra ambición que la de ser leídas por su amplio grupo de amigos. Sin embargo,
Mujica Láinez fue tal vez el más prolífico de los narradores argentinos de su
tiempo.
No el más ambicioso ni el más seminal (un
papel reservado probablemente a Julio Cortázar y Ernesto Sábato), ni el más
cercano a la realidad argentina (un papel que se le puede adjudicar, según baje
o suba el grado de delirio, a Arlt, a Cortázar, a Sábato, a Bioy), ni el más
adelantado en concebir estructuras literarias capaces de internarse por
territorios ignotos (como Borges y Cortázar), ni el que más ahonda en el
misterio de la lengua (reino absoluto de Jorge Luis Borges, que además de ser
un gran prosista, no hay que olvidarlo, fue un gran poeta). Mujica Láinez, en
este sentido, fue de una discreción absoluta. De hecho, su figura, junto a la
de esos escritores irrepetibles y gigantescos como Borges, Cortázar, Arlt, Bioy
Casares y Sábato, parece empequeñecerse y buscar un refugio tranquilo en la
literatura estrictamente argentina, el refugio de las literaturas provincianas,
pero esta impresión, a poco que se lea su obra, resulta absolutamente
equivocada.
Desde su primera novela, Don Galaz de Buenos
Aires (1938), es dable hallar en las páginas de Mujica Láinez dos constantes
que lo acompañarán durante toda su vida de escritor. Por un lado, un manejo
exquisito del idioma, que es preciso, rico, lleno de variantes, sin caer nunca
en el español recargado y castizo. Por otro lado, y esto es posiblemente lo que
de verdad importa, una disposición feliz ante el hecho de narrar.
Es verdad que nunca asumió riesgos muy grandes
y que comparado con los grandes narradores latinoamericanos del siglo XX su
obra, de alguna manera, es la obra de un autor menor. ¡Pero qué lujo de autor
menor! Capaz de escribir, por ejemplo, Misteriosa Buenos Aires, o El viaje de
los siete demonios, o El unicornio, o Los viajeros, todos ellos libros gratos
de leer, libros discretos (y también algo nerviosos) como su autor, y
suficientes como para asegurarle su nombradía al lado de autores, asimismo
menores, como Mallea o José Bianco.
Pero Mujica Láinez aún nos tenía reservada su
mayor sorpresa y esta sorpresa es Bomarzo. Publicada en 1962, la novela obtuvo
el Premio Nacional de Literatura argentino y después el premio John F. Kennedy,
en 1964, premio compartido con Rayuela, de Cortázar, el cual (como nos recuerda
Marcos Ricardo Barnatán) le sugirió a Mujica Láinez la posibilidad de publicar
ambas novelas en una edición conjunta y con un título único, que podía ser
Ramarzo o Boyuela.
Mi generación, demás está decirlo, se enamoró
de Rayuela, porque eso era lo justo y lo necesario y lo que nos salvaba, y sólo
leímos Bomarzo algunos años después, casi como un ejercicio de arqueología.
Contra lo que esperábamos, no salimos indemnes de esta lectura, entre otras
cosas porque nadie o casi nadie puede salir indemne de cualquier lectura y
mucho menos si son las más de 600 páginas de Bomarzo, una novela feliz, es
decir una novela que hará feliz a todo lector mínimamente sensible, es decir
inocente, y que no le enseñará nada a ningún escritor joven.
La vida y aventuras del duque de Orsini, las
mil aventuras del duque y sus incontables desgracias y hazañas son el escenario
en donde se despliega una escritura, un arte de narrar, que al tiempo que
recuerda a los clásicos del siglo XIX, introduce lujos apócrifos del siglo XVI,
el siglo del monstruoso y angelical Orsini.
A simple vista Bomarzo se asemeja a una novela
de resistencia, a una novela de supervivencia, a una novela histórica, a una
novela de intriga, a un folletón. Puede que sea, efectivamente, todas esas
cosas.
Pero también es muchas cosas más: es una
novela sobre el arte y es una novela sobre la decadencia, es una novela sobre
el lujo de novelar y es una novela sobre la exquisita inutilidad de la novela.
También es, entre líneas, el comentario o el epílogo jocoso que Mujica Láinez
hace de sí mismo y de su familia. Y también es, por supuesto, una novela para
leer en voz alta y en familia, aunque esta última posibilidad siempre conlleva
el riesgo de que los niños huyan en tropel.
Después de Bomarzo poco más es lo que le
restaba por decir a Mujica Láinez. Viajó mucho y como un señor por diferentes
lugares del planeta. Escribió De milagros y melancolías y El gran teatro,
aparentemente sin la más mínima dificultad.
Y antes de morir, en 1984, a la edad de 74 años,
tuvo tiempo para escribir y publicar, en 1982, El escarabajo, una novela de más
de 500 páginas que narra las vicisitudes de los poseedores de un talismán
egipcio a través del tiempo, y que es una obra inteligente, bien escrita, grata
de leer (posiblemente grata de escribir), con dosificadas gotas de humor, dolor
y algo de turismo, una novela feliz como la mayoría de sus obras.
En Entre paréntesis



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