8 sep. 2011

Marco Denevi - Confusión de planos





Desde que alguien le regaló un plano de París, Gayoldo Costume vivió doblado en dos sobre ese mapa hasta aprendérselo de memoria. En tardes de lluvia solíamos quitarle el plano y, después de cerciorarnos, le preguntábamos, un suponer: 

—Gayoldo, la rue Richer. 

Ponía los ojos en blanco, jadeaba: 

—Esperen. La rue Richer. Noveno arrondisemén, Opera. Va del Faubourg Poissoniere al Faubourg Montmartre. Ahí cambia de nombre y se llama rue de Provence. 

Insistíamos: 

—¿La estación del metro que está más cerca? 

—Cadet, en la rue de La Fayette. 

Añadía precisiones increíbles: 

—Caminan una cuadra, larguísima, por la rue Saulnier, y llegan a la rue Richer. Ahí está el Follies Bergere si es lo que andan buscando. 

Todavía no sabíamos que pronunciaba el francés que daba lástima. 

A veces nos encarnizábamos, elegíamos una calle cortita, medio perdida en los bordes del plano. 

—Gayoldo, la rue Forceval. 

Levantaba una mano como pidiendo tregua, se ponía bizco: 

—Forceval. Forceval. Arrondisemén diecinueve, La Villete. Va de la rue du Chemin de Per hasta la rue Pasteur. 

Lo abrazábamos. Él se emocionaba, pobre Gayoldo. 

Una vez Balbueno Iridial, misteriosamente enterado, le preguntó: 

—Decime, ¿qué héroe argentino alquiló una casa en la rue de Provence por 1830? 

Le vimos la mortificación pintada en el rostro: 

—Perdonen, muchachos, pero tanto como eso no sé. Yo sé lo que figura en el plano y nada más. 

A Balbueno le prohibimos que se viniese con esas agachadas. 

Ninín Gabastú, que vivió dos años en París haciendo nunca dijo qué, nos murmuró: 

—Qué quieren jugarle a que ese infeliz no conoce una rue. 

Y después, a él: 

—Una curiosidad. Costume. ¿Dónde queda la rue du Soleil? 

Lo miramos con angustia. Pero Gayoldo, sin ninguna dificultad, al contrario, lo más sonriente, le contestó: 

—Es una cortadita que está en Menilmontant. Nace en la rue de Bellevile y no tiene salida. Un cul de sac, si me permiten. 

Nosotros lo felicitamos efusivamente, pero Ninín, mirándose la punta de la napia, se mandó una sonrisa de hiel: 

—Es increíble. En París ni los policías supieron orientarme y tuve que tomar un taxi. Pero el chofer tampoco sabía. Dimos tantas vueltas que el viajecito me salió un platal. De haberme acompañado usted, Costume, me habría ahorrado mis buenos francos. 

Pero apenas Gayoldo se fue, Ninín descargó la bilis. 

—Ese cretino terminará mal. Porque miren que saber dónde está la rue du Soleil sin haber estado nunca en París, qué locura. Encima pronuncia el francés que da risa. 

Entonces creímos que la ponzoña revuelta la hacía hablar así. Pero tenía razón: Gayoldo terminó mal. 

Una vez el Negro Meléndez estaba empeñado en ir a Plaza Italia y a la calle Serrano para comprarse un revólver en una armería que había visto por esos lares. Gayoldo le previno que en La Place d’Italie no había ninguna rue Serrano, y nosotros nos miramos con alguna alarma. 

Otra vez me aconsejó que para llegar más rápido a la calle Montevideo (dijo rue Montevideo) me bajara en la estación Dauphine, caminara tres cuadras por el boulevar Flandrin y doblara a la izquierda por la rue de Longchamps. Disimulé mi congoja. 

Una noche nos confió que lo esperaba una rubia en una esquina de Forest, cerca del cementerio. Qué íbamos a sospechar, si en efecto la avenida Forest queda por Chacarita. Nunca más lo volvimos a ver. Consultamos el plano de París y descubrimos que por los alrededores del cementerio de Montmartre hay una rue Forest. Quién sabe las horas que se pasó Gayoldo esperando a la rubia. Y lo peor sin saber una palabra de francés. Vagará por París sin atinar con el café donde sus amigos seguimos recordándolo


En El amor es un pájaro rebelde