I
El cielo pálido
de la ciudad
extranjera
se puebla de
aves.
Usted las
imagina
volando bajo
sobre el mar.
Ha leído todos
los libros
y nada sabe.
Ama los
puertos.
ama partir,
llegar y jamás quedarse.
Baila en una
plaza con mujeres invisibles.
Vuelan hojas
secas.
II
A las diez de
la mañana en el Hospital de la
Concepción ,
en Marsella,
hay olor a guiso.
Pronto servirán
el almuerzo. Alguien baldea los corredores
con agua de
lejía.
Nubes veloces
mudan el cielo.
Como perro
vagabundo usted husmea por los rincones y busca
palabras.
Un enfermo de
ojos apagados navega su desvarío.
Lo han traído
en angarillas por el desierto hasta el mar.
Dicen que es
poeta.
La palabra vela
trapeará al viento y encenderá su piel en lo oscuro.
La palabra
cuerpo abandonará su cuerpo, será polvo en el
polvo rapaz de
los caminos.
Roja estrella
inmóvil disecada contra el vidrio de un bar.
Calles húmedas.
Belleza de la sed.
Usted quisiera
escribir.
Toda luna es atroz y todo sol amargo
El barco ebrio
Llorando, veía el oro – y no pude beber…
Alquimia del verbo – Una estación en el infierno
Arthur Rimbaud
III
Ignoran el pulso
las hermanas de caridad
pero caminan
con sus medias blancas
rellenas de algodón.
El pulso
en la pierna del enfermo.
El pulso que bombea
un solo frenético y extraviado
desde la oscura pierna yacente
que alguien amputará
demasiado arriba.
No parece poeta –
murmuran las hermanas -
desaprobando el fez sucio y rojo
sobre la cabeza rapada.
Ignoran el pulso
pero llevan cofias
acaso alas
blanquísimas alas de pájaros
volando bajo sobre el mar.
Sólo el náufrago en su cama
oye el íntimo latido tumefacto
y casi ajeno.
El pulso
ignoran el pulso.
Polvo rapaz de los caminos
belleza imposible de la sed.
Ignoran que toda luna es atroz
y todo sol amargo.
Es seco y ardiente el desierto –
suspiran las hermanas – no se suda
allí
el aire evapora los humores.
El poeta cierra los ojos y piensa
en el mar,
en aquel aire henchido de velas
impalpables.
Pero ellas usan medias blancas
rellenas de algodón
y el pulso bombea
sigue bombeando trombas
resacas y corrientes todavía,
allí, donde la sangre en ritmos
lentos
tiñe la carne de azul
y la caridad lleva cofias
acaso alas, delira el náufrago
oyendo el íntimo latido
blanquísimas alas de pájaros
volando bajo sobre el mar.
Acaso oye rezos sueltos
despojos
de alguna implacable letanía.
Alquimia del verbo
para no morir.
Ignoran el pulso.
Pero cómo ¿ya no escribe el poeta?
Y es probable que Rimbaud
intentara
un gesto ambiguo, tal vez obsceno
mientras al ritmo del tambor
oculto
las visiones seguían fluyendo
definitivamente extrañas ahora,
azules
como esa pierna, abandonada en la
morgue
del Hospital de la Concepción , en
Marsella.
De Un color inexistente, Madrid, Torremozas, 2001
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