17 sep. 2011

Jean Meslier: Crítica de la religión y del Estado (dos fragmentos)







Todas las religiones no son más que errores, ilusión e imposturas 

Sabed pues, amigos míos, sabed que todo lo que se declara y todo lo que se practica en el mundo para el culto y la adoración de los dioses no son más que errores, abusos, ilusiones e imposturas; todas las leyes y las órdenes que se publican bajo el nombre y la autoridad de Dios, o de los dioses, verdaderamente sólo son invenciones humanas, al igual que todos estos bellos espectáculos de fiesta y de sacrificios, o de oficios divinos, y todas estas otras prácticas supersticiosas de religión y de devoción que se hacen en su honor; todas estas cosas, repito, sólo son invenciones humanas que han sido, como ya he observado, inventadas por políticos refinados y astutos, cultivadas además y multiplicadas por falsos seductores e impostores, después recibidas ciegamente por ignorantes y luego, finalmente, mantenidas y autorizadas por las leyes de los príncipes y de los grandes de la tierra, que se han servido de esta clase de invenciones humanas para sujetar así con mayor facilidad a los hombres en general y hacer de ellos lo que quieran. Pero en el fondo todas estas invenciones no son más que infundios, como decía el señor de Montaigne (Essais), pues sólo sirven para contener el espíritu de los ignorantes y de los simples; los sabios no se sujetan, ni se dejan sujetar, porque en efecto sólo es de ignorantes y simples poner fe en ello y dejarse guiar así. Y lo que digo aquí en general de la vanidad y de la falsedad de las religiones del mundo, no lo digo únicamente de las religiones paganas y extrañas que ya consideráis falsas» sino lo digo igualmente de vuestra religión cristiana, porque, en efecto, no es menos vana ni menos falsa que cualquier otra, e incluso podría decir en un sentido que tal vez es más vana aún y más falsa que ninguna otra, porque no hay ninguna cuyos principios sean tan ridículos, ni tan absurdos, ni que sea tan contraria a la naturaleza misma y al sano juicio. Esto es lo que os digo, amigos míos, a fin de que en lo sucesivo no os dejéis engañar por las bellas promesas que se os hacen de las pretendidas recompensas eternas de un paraíso imaginario y que hagáis descansar también a vuestros espíritus y vuestros corazones contra todos los vanos temores que se os dan de los supuestos castigos eternos de un infierno que no existe; pues todo lo que se os dice de tan bello y tan magnífico de lo uno y de tan terrible y tan espantoso de lo otro no es más que fábula; no se puede esperar ningún bien ni temer ningún mal tras la muerte; aprovechad pues sabiamente el tiempo, viviendo bien y gozando sobria, pacífica y alegremente si podéis de los bienes de la vida y de los frutos de vuestros trabajos, pues es lo que os pertenece y el mejor partido que podéis tomar ya que la muerte, al poner fin a la vida, también pone fin a todo conocimiento y a todo sentimiento del bien y del mal. 

Pero como no es el libertinaje (como podría pensarse) lo que me hace entrar en estos sentimientos, sino que es únicamente la fuerza de la verdad y la evidencia del hecho lo que me hace convencerme de ello, y no pido ni quiero tampoco que nadie de vosotros, ni ningún otro, me crea sólo por mi palabra en una cosa que sería de tan gran importancia, y deseo, por el contrario, haceros conocer por vosotros mismos la verdad de todo lo que acabo de decir mediante razones y mediante pruebas claras y convincentes voy a proponeros aquí algunas tan claras y convincentes como no pueda haber en ningún tipo de ciencia, y trataré de hacéroslas tan claras e inteligibles que por poco talento que tengáis comprenderéis sin dificultad que efectivamente estáis en el error y que se os imponen muchos con respecto a la religión y que todo lo que se os obliga a creer como fe divina no merece que le adhiráis ninguna fe humana. 
[T. I (pp. 39-43) O. C. De la primera prueba] 


Debilidad y vanidad de los pretendidos motivos de credibilidad, para establecer ninguna verdad religiosa

Pero es fácil refutar todos estos vanos razonamientos y hacer ver claramente la vanidad de todos estos supuestos motivos de credibilidad, y de todos estos supuestos milagros tan grandes y prodigiosos que nuestros cristícolas llaman testimonios claros y seguros de la verdad de su religión. Pues, primero, es un error evidente pretender que argumentos y pruebas que pueden igual y tan fácilmente servir para establecer o confirmar la mentira y la impostura, como para establecer o confirmar la verdad, puedan ser testimonios seguros de la verdad. Luego, los argumentos y pruebas que nuestros cristícolas extraen de sus pretendidos motivos de credibilidad, pueden igual y tan fácilmente servir para establecer y confirmar la mentira y la impostura, como para establecer y confirmar la verdad. Prueba de lo cual es que efectivamente no hay religiones, por falsas que sean, que no pretendan apoyarse sobre semejantes motivos de credibilidad, ni hay ninguna que no pretenda tener una doctrina sana y verdadera, no hay ninguna que al menos no pretenda a su manera condenar todos los vicios y recomendar la práctica de todas las virtudes, no hay ninguna que no haya tenido doctos y celosos defensores, que han sufrido rudas persecuciones e incluso la muerte, para el mantenimiento y la defensa de sus religiones. Y finalmente no hay ninguna que no pretenda tener milagros y prodigios que han sido hechos en su favor. Los mahometanos, por ejemplo, los alegan a favor de su falsa religión, así como los cristianos a favor de la suya; los indios los alegan a favor de la suya y todos los paganos alegan también una infinidad a favor de sus falsas religiones, testigo todas estas pretendidas metamorfosis maravillosas y milagrosas de las que habla Ovidio, metamorfosis que son como tantos milagros grandes y prodigiosos que se habrían hecho a favor de las religiones paganas. Si nuestros cristícolas se amparan de los oráculos y de las profecías que pretenden haberse realizado a su favor, a favor de su religión, ocurre lo mismo en las religiones paganas y así la ventaja que se podría esperar poder extraer de estos pretendidos motivos de credibilidad se encuentra casi de igual modo en toda clase de religiones; esto es lo que ha dado lugar al juicioso señor de Montaigne a decir que «todas las apariencias son comunes a todas las religiones, esperanza, confianza, acontecimientos, ceremonias, penitencias, mártires... (Essais).

«Dios —dice— recibe y toma en su origen el honor y la reverencia que los hombres le rinden, bajo cualquier rostro, bajo cualquier nombre, de la manera que sea. Este celo — dice— ha sido universalmente visto desde el cielo con buen ojo. Todas las políticas —agrega— han sacado fruto de sus devociones, los hombres, las acciones impías, han tenido por doquier sucesos convenientes. Las historias paganas reconocen —dice— la dignidad, orden, justicia de los prodigios y de los oráculos empleados para su provecho e instrucción, en sus religiones fabulosas (Essais). Augusto — dice—, como ya he observado, tuvo más templos que Júpiter y fue servido con igual religión y creencia de milagros» (Id.). En Delfos, ciudad de Beocia, antaño había un templo muy célebre dedicado a Apolo, donde éste profería sus oráculos y por esto era frecuentado por todas las partes del mundo, enriquecido y ornado con infinitas plegarias y ofrendas de un gran valor (Dic. Hist.). Paralelamente, en Epidauro, ciudad del Peloponeso, en Dalmacia, había antaño un templo muy célebre dedicado a Esculapio, dios de la medicina, donde éste profería sus oráculos y donde los romanos acudieron a él cuando se hallaron afligidos por la peste, haciendo transportar a este dios en forma de dragón a su ciudad de Roma y en su templo de Epidauro se veían infinidad de cuadros en los que se representaban los curas y las curaciones milagrosas que se decía que había hecho... (Dict. Hist.). Y varios otros ejemplos parecidos, que sería demasiado largo referir aquí. Siendo así, como lo demuestran todas las historias y la práctica de todas las religiones se deduce que todos estos supuestos motivos de credibilidad, de los que nuestros cristícolas tanto quieren valerse, generalmente se encuentran en todas las religiones, y, por consiguiente, no pueden servir de pruebas, ni de testimonios seguros de la verdad de su religión, como tampoco de la verdad de ninguna otra. La consecuencia de ello es clara y evidente. 

[T. I (pp. 89-93) O. C. De la segunda prueba.] 


Acerca de Jean Meslier

Fue uno de los mejores espías de la Historia. Educado en la religión católica, sacerdote desde los 22 años hasta su muerte a los 65, en 1729, Meslier se atrevió a romper el gran tabú: dijo alto y claro que Dios no existe, que la religión es una fantasía, una mentira, inventada para oprimir y explotar al pueblo. El autor de Memoria contra la religión fue considerado por los pensadores del siglo XVIII como un revolucionario y entró en los libros de Historia como el padre del ateísmo. Durante más de 40 años, en su parroquia de Etrépigny, al norte de Francia, Meslier escuchó con paciencia las confesiones de los supuestos pecados de los fieles. Sus maneras eran poco ortodoxas y la nobleza local solía quejarse de él, aunque nadie se había imaginado la doble vida de este hombre de Dios. Nada más quitarse la sotana que vestía de día, Meslier aprovechaba las noches para leer todo lo que se alejaba de la Biblia. Desmenuzaba a Montaigne, Pascal, Séneca, Descartes y Fénelon −teólogo de referencia de la Francia de los siglos XVII y XVIII−, y escribía su testamento con un solo objetivo: que la gente alcance "la razón y la verdad" para "vivir felizmente". Meslier va al grano: la religión es "una invención e una institución puramente humana"; en la religión "está la verdadera fuente, el verdadero origen de los males que perturban el bien dentro de la sociedad humana y que hace que los hombres sean infelices". Y no se olvida de los sacerdotes, que "engañan y despojan astutamente de sus bienes" al pueblo. La obra podría parecer un panfleto lleno de soflamas escritas con el rencor de un hombre que se arrepiente de su vida. Pero Memoria contra la religión no es nada de eso. Son más de 700 páginas (en la edición publicada por Laetoli) que desconstruyen uno por uno, con argumentos teológicos, filosóficos cita a Platón, analiza los Evangelios los fundamentos de la fe.


Edición a cargo de Menene Gras Balaguer 
Ediciones Península 
Primera edición: enero de 1978 
Antología de textos extraída de las Oeuvres Completes publicadas por Editions Anthropos de París, 1970.
Traducción de Menene Gras Balaguer 
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