21 sep. 2011

Edgar Morín - El mensaje del chimpancé






Entre todos los primates vivientes, el más próximo al hombre desde todos los puntos de vista es el chimpancé. El estudio llevado a cabo por J. van Lawick-Goodall (1971) nos ha aportado un testimonio de incalculable valor sobre una sociedad de chimpancés en libertad. El chimpancé es omnívoro y ocasionalmente carnívoro. Practica ocasionalmente la caza y es posible observar a un mismo tiempo cooperación y estrategia de acorralamiento y distracción cuando su objetivo es cobrar pequeños potamoqueros. Ocasionalmente se sirve de bastones que blande contra un adversario de otra especie y, también de modo ocasional, da forma a una herramienta, es decir, modifica un objeto natural, como sucede con esa especie de canuto que introduce en el termitero para succionar las termitas. Ocasionalmente anda o corre apoyándose tan sólo en sus miembros posteriores. Como muy bien ha destacado Moscovici, manifiesta de forma esporádica y ocasional algunos de los rasgos hasta hace poco considerados como específicos de la especie humana, para la que se han convertido en básicos y permanentes: la caza, la técnica y el bipedismo.

Entre los chimpancés la relación madre-hijo es particularmente prolongada: 4 años. La pubertad se manifiesta relativamente tarde, entre los 7 y 8 años, y la adolescencia social acostumbra a durar otros 7 u 8 años más. Los sentimientos afectivos de ternura y amistad parecen hallarse particularmente desarrollados entre ellos. El hijo mantiene durante mucho tiempo, una especial relación con su madre, probablemente hasta su muerte; el hermano y la hermana que han sido educados conjuntamente siguen siendo amigos a lo largo de toda su vida. El chimpancé transporta al campo de las amistades adolescentes las manifestaciones de ternura como abrazos y proto-besos (lips-smacking). De modo idéntico a como sucede con el hombre (aspecto muy frecuentemente olvidado), para el chimpancé la mano es un instrumento de comunicación afectiva: caricias, apretones de manos. Incluso es fácil ver cómo dos jóvenes amigos salen de paseo dándose el brazo.

El chimpancé no sólo es afectuoso, también es profundamente afectivo, y este aspecto le aproxima asimismo al hombre. Es emotivo, ansioso, juguetón, entra fácilmente en resonancia con la vida del medio ambiente que le rodea y se observa la aparición de instrumentación rítmica y danza en los brotes de «carnaval» que organiza (Reynolds).

El desarrollo de la afectividad va paralelo (e incluso creemos que se halla vinculado con él) al desarrollo de la inteligencia. Desde hace ya bastante tiempo se había hecho hincapié en la capacidad de adaptación a condiciones de vida sumamente diversas que posee el chimpancé, capacidad que se traduce en múltiples manifestaciones de ingenio. Se habían llevado a cabo en el laboratorio experimentos célebres en los que el chimpancé resolvía problemas tales como coger un plátano que parecía hallarse fuera de su alcance. Sin embargo ha sido necesario alcanzar los últimos años de la década de los 60 para que dos tipos de experimento, el de Premack (1971) sobre el chimpancé Sarah y el de Gardner (1969, 1971) sobre el chimpancé Washoe, nos revelaran aptitudes intelectuales invisibles hasta entonces para el observador o inexplotadas en las condiciones naturales en que se desenvuelve su existencia social. Todas las tentativas anteriores para enseñar el lenguaje humano a jóvenes chimpancés habían fracasado hasta entonces y la teoría dominante al respecto era de que el chimpancé no podía disponer de la aptitud cerebral necesaria al aprendizaje y uso del lenguaje. Los Gardner han enseñado a Washoe los rudimentos de un lenguaje de gestos basado en el que emplean los sordomudos. Premack ha enseñado a Sarah un lenguaje compuesto por signos escritos sobre fichas. Washoe disponía a los cinco años de edad de un repertorio compuesto por 550 símbolos (entre ellos, vamos, dulce, sucio, abrir, juguemos al escondite, etc.) que utilizaba para construir determinadas frases según una sintaxis elemental. Asimismo. Sarah podía dialogar con Premack componiendo frases con los signos dibujados en sus fichas. Parece ser, pues, que lo que le falta al chimpancó para, disponer de un sistema de comunicaciones más rico que el que le basta para su existencia hippie en el bosque no es la aptitud cerebral, sino la aptitud glótica y el estímulo social necesarios. Más aún que el hecho de ser perfectamente apto para emplear de forma elemental un lenguaje no fonético y, evidentemente, no alfabético, lo que se puso de manifiesto, precisamente a través de su aptitud para emplear tal lenguaje, es que el joven chimpancé poseía dos cualidades que se creían sólidamente vinculadas a la cultura e inteligencia humanas, la conciencia de su propia identidad y el ejercicio de la computación. Una película filmada por los Gardner nos revela el primero de los aspectos apuntados. Washoe se divertía mucho con un espejo. Un día el ayudante de los Gardner le preguntó por gestos, señalando la imagen reflejada en el espejo, «¿quién es éste?» y Washoe respondió:  «Yo (índice señalando a su pecho), Washoe (caricia sobre una de sus orejas que, convencionalmente, significaba Washoe).

Por su parte, Gallup (1970) confirmaba de forma ingeniosa el descubrimiento dejando a una serie de chimpancés que se miraran en un espejo, durmiéndoles posteriormente y embadurnándoles las mejillas durante el sueño. Al despertar, todos los chimpancés se llevaban las manos a sus mejillas en cuanto se les colocaba ante un espejo.

Tomados aisladamente, los dos experimentos que acabamos de indicar tal vez puedan ser sospechosos de ser el producto de un azar seleccionado por investigadores demasiado ávidos por demostrar su tesis o el resultado mimético de una conducta sugerida por los experimentadores. Sin embargo, la convergencia de sus resultados nos autoriza a poner ya en entredicho el dogma que reserva exclusivamente al hombre, no sólo la conciencia de su propia identidad, sino también la vinculación existente entre el ego subjetivo y la imagen objetiva de sí mismo.

Por otro lado, Premack observó cómo Sarah efectuaba operaciones lógicas en problemas planteados en base a objetos empíricos, es decir, que manifestaba poseer a un mismo tiempo pensamiento y conocimiento. Previamente había introducido en su lenguaje, a través de signos gráficos, los símbolos de identidad, equivalencia, diferencia, posible, imposible, más, menos, afirmación y negación. El «yo» de Washoe y el «pienso» de Sarah constituyen, una vez relacionados, un extraordinario cogito simiesco: «yo pienso». Bien es verdad que el simio no podía operar este cogito valiéndose exclusivamente de sus propios medios y que le ha sido necesaria la ayuda tutelar del hombre. Aunque así sea, no por ello deja de transmitirnos un mensaje preexistente a nuestra ayuda: «Yo, yo soy capaz de pensar»



En El paradigma perdido
Traducción: Doménec Bergada
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis