20 sep. 2011

Dylan Thomas: El final del río






Doce generaciones de la familia Quincey, ese linaje de caras de perro, habían dejado su huella en la quinta. Los muros seguían en pie, aunque recubiertos por un moho verdoso que brotaba en las estancias y habitaciones de los Quincey a pesar de las podas. El jardinero no había descuidado el césped, y los arriates, aunque algo pálidos y deslucidos, estaban cuidados con todo su senil esmero, ya que Chubb jamás podría morir, ligado como estaba de forma indisoluble al seno de los Quincey. Sin embargo, las malas hierbas crecían a su antojo allí donde nadie cuenta con que brote la mala hierba. La hiedra trepaba por las paredes de las caballerizas; a pesar de las atenciones diarias de la más joven de las criadas, aunque no, había otra más joven que ella, el musgo invadía los peldaños de la entrada principal y la herrumbre se acumulaba espesa en la aldaba. En el corral recubierto por excrementos de ave, un corral que estaba a la entrada de la cocina, las gallinas morían a muy corta edad; los huevos que se las ingeniaban para poner rara vez eran ovalados, y a menudo eran más bien contrahechos, de una coloración moteada y desagradable. A los cerdos se les alimentaba como mejor podría alimentarse a un cerdo, pero adelgazaban y morían sin remedio. La leche de las vacas tenía un sabor avinagrado. 

La quinta de los Quincey, con una galería de retratos de caballeros perrunos, el suntuoso comedor decorado a lo largo de tres períodos históricos bien diferenciados, y los peligrosos soportales, en donde los Quincey a los que agua les corría por las venas cambiaban graves comentarios sobre la luna, sobre todo en las noches de verano, había resuelto desmoronarse, desestimar renovaciones y mejoras, restauraciones sin fin, asentada sobre la colina en forma de joroba de camello, por encima del río desagradable, y así esperaba su terminación. 

A sir Peregrine, el duodécimo barón, semejante resolución tan solo le inspiraba una enorme simpatía. La quinta había albergado a doce generaciones de aristócratas perrunos y a sus camadas sucesivas; había visto crecer a los chicos hasta convertirse en hombrecitos; les había visto conocer mujeres, emparejarse, yacer por fin en las honduras de la bóveda familiar, con las zarpas sobre sus pechos. Había servido de entretenimientos varios a la realeza, o casi, y disponía por consiguiente de un lujoso dormitorio real en el ala izquierda. Por encima de todas las pasiones de un mundo sumamente impuro había ido extendiendo sus techos artesonados, y en una ocasión de nota había ocultado, en una bodega repleta de vino rancio y de ratas, el cadáver del pobre sir Thomas después de ser asesinado. 

La quinta, pensaba sir Peregrine, tenía ya edad suficiente para morir. Había meditado más que de sobra sobre las locuras de los seres humanos, y no tenía ningún miedo a la muerte. 

Mesándose una barba de tres días, colocó la tumbona en la parte más segura de los soportales, miró de soslayo al sol y localizó el año de 1889 en las Crónicas de los Quincey. 

En algún rincón, una de sus hijas más románticas hacía sus ejercicios musicales del domingo. Su señora, en la quietud de sus aposentos, escribía a una prima que residía en Australia. En su habitación, el mayordomo leía las páginas literarias del Observer. Chubb, no demasiado lejos, estaba apoyado en la cancela del jardín y fumaba sin parar. 

Peregrine, leyó el duodécimo barón en las Crónicas, heredó el título de su padre, Belphigor, en 1889. En 1902 desposó a la honorable Katerina Hautley, hija segunda de lord y lady Winch, de la finca Todoelcamino, en el condado de Gloucester. De esta unión nacieron tres hijas: Katerina, que murió en una epidemia de gripe a los dos años de edad, Astasia y Phoebe Mary. Sir Peregrine fue coronel del ejército territorial hasta la Gran Guerra (1914-1918) y funcionario del Ministerio de la Guerra durante aquellos años de graves complicaciones. Fue elegido maestro de ceremonias de la cacería de Tidhampton en 1920, a raíz de la muerte de Alderman Alcock, y en 1922 se rompió un brazo cuando azuzaba a la jauría. Al año siguiente, Phoebe se casó con el honorable Douglas Dougal, hijo de sir Douglas y de lady Dougal, del castillo de Mitadimitad, en Perth. En 1924, Phoebe Mary falleció al dar a luz. 

Eso era todo. Las Crónicas de sus antepasados, los Quincey de las generaciones anteriores, estaban escritas con todo lujo de detalles, y con una ornamentación tal que daba crédito de los méritos literarios de la familia. Sin embargo, a sir Peregrine le interesaban única y exclusivamente los hechos. Su vida, tal como la había vivido hasta ese momento, solo que despojada de esperanzas y estupideces, de su fuerza y de sus flaquezas, de sus deleites y sus penas, tan solo llenaba media página de tan voluminoso libro. Esa mínima vida encajada entre las excentricidades del excesivo Belphigor y de... 

Sir Peregrine dejó el libro a un lado. 

Chubb seguía apoyado en la cancela, fumando. El humo ascendía en vertical; no soplaba una brizna de viento. Chubb no se había movido. Descansaba su vista en el río, que iba a alguna parte que sir Peregrine desconocía, serpenteando, según sus suposiciones, por un mundo de campos sembrados y de rápidos, ruidoso sobre las guijas del fondo, hasta detenerse de pronto. Siempre lo había llamado el único río que no se devanaba a ciencia cierta hasta dar al mar. 

Astasia dejó de tocar el piano. 

La vida era buena, descubrió, la mayor parte de los domingos por la tarde. Hoy sin embargo estaba inquieto, y no podía permanecer sentado, tal como había hecho durante tantísimos años, y perderse en sus ensoñaciones en los soportales, sintiendo cómo crecía y murmuraba el mundo en derredor, escuchando la música de un piano dulcemente desafinado, o el canto de los pájaros. 

Era un día hermoso. Las nubes navegaban por el cielo. El sol calentaba. Miró el lugar en que descansaban las Crónicas a sus pies y supo, muy de repente y casi con un destello de felicidad, que eso era lo único que tenía importancia. Había llegado la hora de la disolución de los Quincey, había llegado la hora de que se derrumbase la quinta y la dinastía tocara a su fin. 

Sir Peregrine volvió a tomar el libro y sacó un lápiz ya minúsculo, con el que tenía por costumbre resolver infinidad de crucigramas. 

En 1924, leyó de nuevo, Phoebe Mary falleció al dar a luz. 

Phoebe Mary había sido su hija preferida. Pasó seis noches llorándola después del entierro. Después, también él la enterró bajo las nubes y las brumas de su mente. Una vez incluso llegó a olvidar su nombre, ¿Phoebe Mary?, dijo, y le dio por preguntarse de quién pudo ser tal nombre. 

Phoebe Mary falleció al dar a luz. 

El final de los Quincey, escribió a lápiz. 

Y añadió la fecha. 

Miró el jardín en derredor, las flores cuyos colores eran tan nítidos como los de una caja de acuarelas. Una suave brisa mecía los pétalos que, le pareció, inhalaban por última vez el dulce aire de los arriates. Sabía que estaban al tanto del clímax que se avecinaba, y las amó por mostrar tanta serenidad. Chubb las había cultivado, y el fin del mundo contemplaría al jardinero como si fuese un dios, esperando su recompensa con un delantal azul, un delantal de mujer. 

El fin del mundo era el final de la quinta. Y Chubb, aunque no fuera a decir nada, aunque no lo suscribiese ni lo contradijera, había cuidado el primer arriate para el primer barón. 
Sir Peregrine lo encontró al final del sendero. El jardinero no se movió. Sus brazos reposaban sobre la cancela que conducía a los siete campos por los que se bajaba hacia el río. 

Sir Peregrine se limpió un resto del almuerzo que tenía en su antiquísimo chaleco y contempló el lugar por donde corría el agua sobre las piedras sucias. Al final del agua estaba el final de todo. Ese día iba a caminar por los campos y a seguir el curso del río allá adonde fuera, por pueblos o campiñas, por encima o por debajo de las colinas, hasta el súbito momento en que cesaba de fluir. 

El jardín zumbaba a sus espaldas. 

Las nubes avanzaban mansamente hasta detenerse. 

¿Qué edad tienes, Chubb?, le preguntó sir Peregrine. Tú ya eras jardinero cuando lady Astasia cabalgó por los caminos pedregosos a lomos de un caballo pinto para presentarse ante su reina, Isabel. Tú cuidabas de las flores cuando Quentin, el tercero de los Quincey, escribió a su dama desde una torre de marfil, enrollando sus versos en torno al cuello de una paloma mensajera. En Navidad me hiciste muñecos de nieve. ¿Cuántos años llevas meditando sobre ese río sucio? Tú siempre has sabido que el final de todas las cosas se encuentra allí donde deja de fluir. Yo solo lo he sabido hoy. Se me ha ocurrido de pronto, y de pronto lo supe. 

El inmortal Chubb ni siquiera hizo ademán de responder. Se inclinó más aún el sombrero de fieltro sobre la frente y envió una nube de humo blanco al cielo. Su rostro, con su barba amarillenta, era tan redondo e inexpresivo como un plato. En cualquier momento, una ráfaga de viento podría surcarle otra grieta en la superficie, y esbozar un millar de sonrisas o fruncir mil veces el ceño. Respiraba y silbaba por un hueco que tenía entre los dientes, y elaboraba toda suerte de melodías misteriosas mientras fumaba en pipa. 

La apariencia exterior de Chubb delataba que por dentro era divino. No parecía más que un anciano jardinero, con su delantal femenino sujeto a la cintura. 

Chubb, me marcho. 

Sir Peregrine esperó a que las palabras atravesaran la humeante armadura del jardinero. 

Seguiré el curso del río hasta el final. Dame una palabra de ánimo antes de partir. Dime adiós, Chubb imperecedero. 

Las aves, dijo el jardinero, se han comido las semillas. 

Era más que suficiente. Sir Peregrine saltó la cerca en un visto y no visto y echó a correr por el campo. Al final del campo había un vallado. Lo salvó de un salto y siguió corriendo por un prado desigual, con el cabello alborotado y el chaleco de botones de latón aleteando en sus costados. Tres campos. Cuatro campos. El sudor le corría por la frente hasta empaparle el cuello y la camisa. Oía el atronar de su corazón en las sienes, pero siguió al mismo paso enloquecido, saltó otra valla, recorrió otro campo, se detuvo a trepar por un agujero abierto en un seto y siguió adelante, resoplando y jadeando. 

Un cuervo posado en el hombro de un espantapájaros se puso de pronto a graznar al ver pasar al galope al duodécimo barón y luego revoloteó por encima de él, acicateándolo con sus ásperos graznidos. 

Ya oía el rumor del río. En la orilla se quedó a mirar los pececillos y los guijarros relucientes. El cuervo, al verlo detenerse, soltó un graznido sardónico y concluyente, y volvió volando junto a su solitario compañero, que agitaba un brazo andrajoso al viento. 

Sir Peregrine sintió un gran alborozo en su interior, un alborozo que parecía reventar en su pecho. Se dio la vuelta y vio la quinta de los Quincey sobre su colina imperial, la vio mirarlo. Siguió la orilla del río por los sucios campos, por un bosque cuya coloración ocre se debía a las alas de las lechuzas. Vio cómo bajaba el sol en el cielo. Había dejado de correr, e iba trastabillando por los campos, con los ojos entrecerrados, llorosos, sin ver apenas. Tenía la ropa empapada. El cabello que se le había alborotado con tanto orgullo a lo largo de su enloquecida carrera por los siete campos se le había apelmazado sobre la frente. Estaba sediento, fatigado. Pero siguió adelante trastabillando. 

¿Dónde termina el río?, preguntó a gritos a una anciana que conducía unas vacas por un campo verde.

¿Dónde está el final?, preguntó. Sin embargo, los setos y los helechos y los guijarros parlantes no le respondieron. 

Llegó por fin a un pozo situado junto a un prado, y allí vio a una niña que lavaba la ropa. La vio entre las lágrimas que le nublaban la vista, y la oyó cantar. 

¿Es este el final? 

Sí, dijo la niña. 

El final, musitó sir Peregrine. El final de la quinta, de los Quincey, mi final. 

Las palabras resonaron con un ritmo tan agradable que se puso a cantarlas con su voz de antaño. 

El final de la quinta, de los Quincey, mi final. 

La niña se asustó. 

Durante doce generaciones, dijo, los Quincey han vivido allá arriba. Y señaló con la mano estremecida hacia el cielo. Este es el final, dijo. Sí, repuso la niña. 

¿Qué es el final?, preguntó él. ¿Qué es lo que tienes que darme? ¿Qué hay al final? 

Extendió las manos. 

Con un grito aterrado, la niña le arrojó a las manos una servilleta sin lavar aún. Él la aferró y ella se fue a la carrera. Sin mirarla, pero llevándosela al pecho, y con ruidos ahogados, suaves, deleitados en la garganta, sir Peregrine se tumbó sobre la hierba. Salió la luna. Chubb no había fallado. 

Y el jardinero inmortal, mientras el duodécimo barón se tendía en un lecho de hierba y de bostas suaves, fumaba su blanca pipa en la quietud de los jardines de los Quincey. Casi había terminado el domingo, y mañana sería otro día. Con contento, el antiquísimo jardinero, con su delantal de mujer, se apoyó sobre la cancela del jardín y siguió fumando. 



En Relatos completos 
Traducción de Miguel Martínez-Lage