18 ago. 2011

Naguib Mahfuz - Olvido





Mi ardiente imaginación, por más que el flujo de sus olas rompiese en todas direcciones, nunca habría podido hacerse idea de la ciudad interminable, que ocupaba toda la extensión que el ojo abarca. Era como un alborotado gigante de tamaño infinito que agitase sus miles de miembros y apéndices. Por encima se alzaban innumerables filas de edificios colosales del estilo altivo y arrogante de la época. Los de otro tipo, de colores desvaídos, estaban claramente a merced de las violentas garras del tiempo, y había una tercera clase a punto de derrumbarse, de sucumbir, mientras sus residentes resistían con desesperada resignación. En todos los barrios había ruidosos altercados entre la gente, se enfrentaban unos con otros en tumultos enloquecidos. Autobuses, coches, carros de caballos, camellos y carretillas se perseguían unos a otros, y el ruido que producían confluía en medio de los innumerables accidentes, el estruendo de las bodas, los chirridos de los funerales, las discusiones encendidas, los abrazos calurosos y las gargantas que pregonaban mercaderías a oriente y a occidente, al norte y al sur, los gemidos de dolor mezclados con los gritos más suaves de alabanza y complacencia. 

El hogar comunal de los inmigrantes de nuestro pueblo era como un chaleco salvavidas en medio de una tormenta marina. El jeque de la tribu reasentada me recibió diciendo 

—Nuestro nuevo hijo... Bienvenido a tu familia. 

—Gracias, tío —respondí, y le besé la mano. 

También encontré un sitio esperándome en el instituto. Yo estaba bien considerado, de modo que el viaje fue coronado por el éxito. Ocupé un puesto en el Departamento de Inspecciones del gobierno y pensé: «El trabajo duro tiene su recompensa». Y después del trabajo me acercaba hasta el café para ver a mis amigos, aunque no me atrevía a gastar lo que gastaban otros parroquianos. Tenía la cabeza llena de fantasías, igual que un hombre que cuando ayuna sueña con comida y bebida, porque en nuestra residencia había muchas florecillas jóvenes que justamente empezaban a abrirse. 

La rueda de las mañanas, las tardes y las noches siguió girando hasta que algo nada llamativo aconteció: un sueño efímero, de esos que igual se recuerdan que se olvidan. Algo, sin embargo, debía de traslucirse en mi expresión, algo que no escapó a la aguda mirada del jeque. Estaba sentado con las piernas cruzadas en su otomana y recitaba las oraciones del rosario cuando me dijo: 

—Hay algo que te distrae. 

—Un hombre se ha acercado a mí en sueños —le confesé—. Me previno contra el olvido. 

El jeque se quedó un rato pensativo y luego me explicó: 

—Es para recordarte que no malgastes tu juventud. 

Consideré seriamente lo que me decía. En nuestra morada del exilio urbano no se ponían obstáculos entre un hombre y los deseos de su corazón, pues la nuestra era una tribu caritativa y fraterna. Una habitación era tan adecuada para una pareja como para una persona sola. La novia estaba ya esperando, y numerosos gestos y actos de amabilidad ayudaban a hacer más fácil el camino. 

—Mantengámonos fieles a nuestras sagradas tradiciones —dijo el jeque—, con la bendición de Dios. 

La habitación estaba recién pintada y también amueblada de manera adecuada. Y así, esa ciudad que no para mientes en nadie dio la bienvenida a la nueva pareja de recién casados. La vida en nuestro hogar lejos del hogar se enraizaba en la solidaridad: había muchos recursos ideados para vencer  las penalidades de los tiempos. Rebosante de felicidad, pensé para mis adentros: «Nuestro camino fue pavimentado para nosotros por tantos antepasados gloriosos...». 

Enfrascado en el amor y el matrimonio, en la paternidad y en el trabajo, un día le dije al jeque: 

—Todo esto es gracias a Dios, y a usted. 

—Nuestra casa —me contestó afablemente— es como el arca de Noé en medio del diluvio furioso que nos engulle a todos. 

—Tío —le dije—, la gente nos mira con malos ojos..., nos tienen envidia. 

—Eso sólo se hace más grande conforme pasa el tiempo —me repuso. 

Una noche me desperté sobresaltado porque había vuelto aquel sueño. El mismo hombre me prevenía contra el olvido. Lo vi exactamente con la misma apariencia de la primera vez, o así me lo pareció. El hombre era el mismo hombre, y sus palabras fueron las mismas palabras. 

El jeque me escuchó con preocupación. 

—Nos hemos ido acostumbrado a que sueñes con tus miedos —fue su conclusión. 

—Yo tengo plena confianza. No tengo miedos. 

—¿De verdad? —inquirió—. ¿No estás preocupado por el futuro de tu familia? 

—Felices hoy son aquellos que se preparan para el último día —farfullé como en protesta. 

—¿Qué harías mañana si las cargas que la vida te exige aumentasen mucho para ti? —me preguntó. 

Me quedé un rato sumido en una turbación silenciosa. 

—Haz lo que están haciendo muchos otros —me aconsejó—. Busca un trabajo extra. 

Gracias a su influencia, conseguí ingresar en un centro de formación para aprender el oficio de fontanero. Lo hacía estupendamente, todo eran elogios, de modo que por las tardes, después de salir del trabajo del gobierno, empecé a aprovechar la experiencia que iba adquiriendo. Mis ganancias no dejaban de crecer y mis ahorros también. El jeque contemplaba mis éxitos con satisfacción. 

—No hay duda de que esto es mejor que las ganancias ilícitas —dijo—. ¡Estos tiempos nos exigen ser como los gatos y tener siete vidas! 

Una energía fantástica impregnaba todos mis miembros. Me enamoré perdidamente de la vida, sin hacer caso del caos que reinaba a nuestro alrededor. Todo aquello me impulsó a alquilar un apartamento por el que pagué un depósito considerable. Mi tío me invitó a desayunar y me dijo: 

—Así es como son las cosas en estos tiempos.

Yo pensaba que ningún ser humano podía tener seguridad si no tenía trabajo y dinero, y lo más sólido que podemos conseguir en este mundo es un futuro del que nos podamos fiar. Yo mantenía costumbres austeras en la medida de lo posible; las únicas novedades en mi vida eran los cigarrillos, las comidas grasas y los dulces orientales. Mis hijos e hijas obtuvieron sus títulos en colegios de lengua extranjera, y el paso del tiempo sólo me traía cosas buenas. En medio de toda aquella deliciosa abundancia, una noche aquel viejo sueño regresó por tercera vez. El hombre me previno contra el olvido, como había hecho antes. Lo vi justo tal y como las dos veces anteriores, o eso me pareció: el hombre era el mismo hombre, y las palabras, las mismas palabras. 

Asombrado, no me lo tomé a la ligera. Por desgracia, no tenía al jeque a mano para comentarlo con él. Como estaba tan absorto en mis negocios, había dejado de verlo hacía algún tiempo y no soportaba la idea de visitarle para nada que no fuese un mero saludo. Aun así, me atenazaba una sensación de malestar que impregnaba cuanto hacía. Como sufría muchísimo por ello, mi mujer me riñó: 

—La bondad viene de Dios y la maldad de nosotros mismos. 

—¿Es que es algo más que un sueño? —dije despectivo. 

—Yo no veo que olvides ninguna cosa —repuso ella. 

Sin embargo, no podía escapar del influjo que aquella visión sorprendente ejercía sobre mí. Me perseguía incesantemente, ocupaba mis pensamientos. Bajo su dominio, salía corriendo de la acera para cruzar la calle sin prestar atención al tránsito de vehículos. De repente, sin darme cuenta, me encontré delante de un coche que no pudo frenar a tiempo. Me golpeó, me lanzó por el aire como una pelota. Perdí totalmente el conocimiento y lo recuperé en el hospital, donde supe que no tenía la menor esperanza de recuperarme. 

 * * * 

 Mirando atrás con tristeza y compasión, el jeque nos diría más tarde: 

Lo llevaron al hospital envuelto en las negras nubes de la muerte. Allí le operaron a la desesperada, mientras la investigación y el testimonio de los testigos oculares del accidente confirmaron que había salido corriendo en la calzada como si quisiese terminar con su vida. El conductor del coche, por consiguiente, fue declarado inocente de toda culpa. Estaba sentado junto al lecho de mi sobrino, sabiendo que no tenía ninguna oportunidad de sobrevivir, cuando apareció el conductor para ofrecer su humilde consuelo y brindar la ayuda que pudiera. Se quedó allí un rato y después se marchó solo. Una vez se hubo ido, los párpados de mi sobrino se agitaron y vi en su cara una expresión que conocía. Incliné la cabeza y acerqué el oído a su boca. 

—¡Ése era el hombre! —murmuró débilmente—. ¡El hombre del sueño! 

Ésas fueron las últimas palabras que salieron de sus labios. 



En El séptimo cielo, relatos de lo sobrenatural
Imagen: © Reza/Webistan/Corbis