29 ago. 2011

Mario Bunge - Alienistas y brujos





Supongo que todos estamos dispuestos a perder cualquier cosa menos la razón, ya que esta es, según Aristóteles, la característica distintiva del ser humano. 

Por esto, las enfermedades mentales son las que más asustan e intrigan. Y por el mismo motivo los brujos y alienistas siempre han gozado de gran prestigio, aun cuando rara vez han sido eficaces. 

Por ejemplo, a fines del siglo XIX Charcot se hizo celebre por diagnosticar y «curar» lo que llamó "histeria" femenina haciendo presión sobre los ovarios, y la masculina apretando los testículos. (En casos graves, Charcot extirpaba el útero.) Sus cursos en la Salpetriere eran frecuentados por la flor y nata de la necrología europea, incluyendo a Freud. Nadie dudó de la certeza de los diagnósticos de Charcot ni de la eficacia de su tratamiento. 

La ineficacia de los alienistas fue proverbial hasta mediados del siglo pasado, cuando se descubrieron los primeros psicofármacos capaces de aliviar los sufrimientos de esquizofrénicos, depresivos y obsesivos. 

La ineficacia de la psiquiatría fue tema del maravilloso relato "El alienista", de Machado de Assis, el fundador de la literatura brasileña, injustamente ignorado por la enorme mayoría de los lectores en lengua castellana. 

¿A qué se debe la ineficacia de la psiquiatría hasta hace medio siglo? Edward Shorter, profesor de Historia de la Medicina en la Universidad de Toronto, nos da la respuesta en su fascinante tratado A History of Psychiatry, de 1997. 

Es sabido que los primitivos explicaban la locura como obra de espíritus malignos que se apoderaban del paciente. 

Siendo así, el remedio estaba a la vista: encargarle al brujo o sacerdote de turno que exorcizase a dichos espíritus malignos o invocase a espíritus benignos. 

Hipócrates de Kos, el padre de la medicina, no creía en espíritus sino en cosas materiales. El examen de heridas del cerebro lo había convencido de la verdad de la hipótesis de Alcmenón, según el cual los procesos mentales son procesos cerebrales. Siendo así, las enfermedades mentales deben de ser enfermedades del cerebro. Esta hipótesis, ampliamente afirmada por la neurociencia contemporánea, no resuelve el problema psiquiátrico, pero al menos ayuda a plantearlo correctamente. 

El problema de la psiquiatría desde hace dos siglos es reparar los mecanismos cerebrales que se descompusieron por algún motivo concreto: químico, celular o ambiental. Primero comprender el cuerpo, luego tratarlo. Esta es la consigna de la psiquiatría biológica, a diferencia de la chamánica. 

Shorter narra, en prosa clara y entretenida, como la psiquiatría biológica estaba ya establecida en 1900 cuando hizo irrupción el psicoanálisis, que ignoró el cerebro. (Yo agregaría que poco después dominó en psicología experimental otra escuela acéfala: el conductismo, que se limita a observar las conductas.) 

¿A qué se debe el éxito comercial y cultural del psicoanálisis, que dominó la psiquiatría norteamericana hasta aproximadamente 1970? Shorter menciona dos factores. Uno de ellos es que los psiquiatras biológicos encontraron muy poco porque pretendieron ver la locura al microscopio. Este medio es demasiado tosco,         excepto en el caso de la enfermedad de Alzheimer, o demencia senil, que va acompañada de alteraciones celulares e intracelulares enormes. 

Recién hacia 1970, con la invención de métodos refinados de visualización del cerebro vivo (PET y MRI), pudo descubrirse, entre otras cosas, que la depresión prolongada va ahuecando la masa encefálica. Aun así, todavía queda mucho por andar hasta dar con signos confiables de las diversas enfermedades mentales. Tampoco se dispone de una clasificación de las mismas aceptada por todos los expertos. 

Un segundo factor del éxito comercial y cultural del psicoanálisis fue la ausencia de psicofármacos eficaces antes del descubrimiento de la clorpromazina a mediados del siglo pasado. No es que los psicoanalistas curasen, sino que encontraron un vacío. 

Este vacío era doble: la ciencia no curaba ni estudiaba las emociones ni las pasiones, en particular el placer y el dolor, el amor y el odio. Las fantasías desbocadas de los psicoanalistas llenaron ese vacío y dieron empleo lucrativo a miles de individuos sin formación científica. 

La psiconeurofarmacologia marcó el fin de la etapa chamánica de la psiquiatría. 

El Prozac y sus parientes químicos reemplazaron al diván. Y los asilos echaron a la calle a centenares de miles de pacientes. 

Casi todos estos se reincorporaron a la vida normal. 

Pero quedaron afuera muchos miles de enfermos que no quieren o no pueden medicarse. Estos individuos viven solos, desamparados, desocupados, y a menudo drogados. Se los ve pululando por las aceras de las grandes ciudades. Mucho de lo que antes se gastaba en manicomios hoy se gasta en seguridad publica.

Shorter elogia a la industria farmacéutica por haber impulsado los estudios de psicofarmacología con mas vigor y eficacia que la universidad. Pero también denuncia sus abusos. Uno de estos abusos es la invención literal de trastornos, tales como el pánico, al que suele llamarse “enfermedad de Upjohn”, la firma que fa- brica la pildorita correspondiente. Otro abuso es haber promovido lo que Shorter llama "hedonismo farmacológico", o sea, la búsqueda de la felicidad en la farmacia. La píldora ayuda a olvidar desgracias, pero en realidad sólo el trabajo y el amor pueden dar felicidad. 

Al sociólogo de la medicina le interesarán también las paginas que Shorter dedica al movimiento llamado "antipsiquiatria". Este movimiento fue iniciado hacia 1960 por Michel Foucault, Thomas Szasz, Ronald Laing y Erving Goffman. Su tesis es que los trastornos mentales son una invención de las autoridades para reprimir a la gente. Obviamente, los antipsiquiatras no creen en sus propios cerebros. 

¿Pensarán, como los antiguos egipcios, que la función del cerebro es segregar mocos? (Por este motivo los embalsamadores egipcios conservaban en vasos canópicos todos los órganos del difunto excepto su cerebro.) ¿O creerán, como Aristóteles, que su función específica es refrigerar el cuerpo? 

La historia que tan bien narra Shorter se entiende aun mejor a la luz de la vieja controversia filosófica sobre la naturaleza del alma (o psique o mente en su versión laica). Es obvio que mientras los exorcistas, psicoanalistas y antipsiquiatras no creen en el cerebro, los psiquiatras biológicos (y los industriales farmacéuticos) creen que los trastornos psíquicos son enfermedades del cerebro. Esta hipótesis es la raíz filosófica del éxito sensacional de la nueva psiquiatría. 

Seria pues justo que los fabricantes de psicofármacos patrocinaran los estudios filosóficos de la hipótesis de que todo lo mental es cerebral. 

Esto no implica que todos los trastornos mentales deban tratarse mediante el escalpelo, el choque eléctrico o la droga. Los trastornos menores, tales como las fobias, pueden tratarse con la palabra. Al fin y al cabo, al pasar del oído al cerebro y transformarse en ideas o imágenes, las palabras desencadenan procesos neu- roquímicos que pueden interferir con procesos cognitivos o emotivos. De aquí la eficacia de la terapia cognitiva, aunque a menudo deba complementársela con la psicofarmacológica. 

En conclusión, la psiquiatría se tornó científica cuando admitió que los trastornos mentales son tan reales y concretos como los digestivos, por ser disfunciones cerebrales. 

Ya no queda lugar decente para brujos ni para chamanes. A no ser la política.


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